Reflexiones sobre la poética de Francisco Sánchez Bautista[1]
Enfrentado con la tarea gozosa y ardua de examinar la
obra poética de Sánchez Bautista (y digo tarea gozosa porque, aunque no es una
obra conclusa, no es una obra terminada, sí es una obra cerrada y, entonces, ya
es, por así decirlo, una cosa en sí que ofrece muchas facetas; no es un libro,
sino un conjunto de libros y el resultado de una labor poética que empezó en
1957 y dura hasta 1980, es decir, veintitrés años). Digo, que enfrentado con
este gozoso problema, he querido buscar una fórmula casi matemática de la cual,
tirando del hilo, devanáramos el ovillo, para sintetizar qué es esta obra de
este poeta, y qué es esta obra, a ver si la podemos sintetizar en una frase;
alguien ha sintetizado la novela de Dostoievski, Tierno Galván, diciendo que
Dostoievski es el problema de la vida, y otros han dicho que Balzac es el
problema del dinero. Entonces, yo he querido buscar una fórmula que nos diga
qué es el problema de Sánchez Bautista. No es que haya encontrado una fórmula
mágica y novedosa, he encontrado el mito de siempre, lo que es la poesía y, en
el fondo, toda filosofía y toda predicación y toda utopía. La fórmula que
encierra el problema de la obra de Sánchez Bautista es la mítica relación Cielo
y Tierra, quien no quiera usar la palabra Cielo, que use la palabra Misterio,
que use la palabra Existencia, y quien no quiera usar la palabra Tierra, que
use la palabra Hombre. Esta relación Padre-Cielo y Madre-Tierra, que es la relación
que ha movido siempre toda poesía y toda filosofía, es la fórmula de cuyo hilo
vamos a tirar para así devanar, si podemos, el ovillo de la obra de Sánchez
Bautista.
La relación Cielo y Tierra la han realizado muchos
hombres a la manera de titanes, de héroes que quieren escalar el Cielo. Así
tenemos, por ejemplo, a Nietzsche, a Hölderlin, a Santa Teresa, a San Pablo, a
Lutero, etc.; incluso podríamos decir a Hegel. Son titanes que quieren escalar
el Cielo, son héroes.
La manera de escribir y de hablar del titán tiene que
ser, necesariamente, retórica, tiene que ser grandiosa. Sánchez Bautista no
instituye la relación Cielo-Tierra a través del titanismo; renuncia a la
heroicidad. ¿Cómo la instituye? La instituye a través de la humanidad; él no es
un titán, es un hombre, y así se va a relacionar con el Cielo y la Tierra. Lo
que en el titán es heroísmo y es retórica, en Sánchez Bautista va a ser
Espíritu; su relación con el Cielo y la Tierra es la fuerza del Espíritu, y su
estar en la Tierra es su Alma, su Ánima. Entonces tenemos al poeta escindido ―dolorosamente,
porque el Mundo es una unidad― en dos: por una parte el Espíritu, por otra
parte la Humanitas, la Humanidad. En cuanto Sánchez Bautista se muestra como
Espíritu, se muestra como Profeta, porque el Espíritu es radical, el Espíritu
todo lo arrastra, todo lo quema; el Espíritu no pacta, el Espíritu es
intolerante, el Espíritu arrasa, el Espíritu condena, es fuego, es desierto y
no admite componendas.
En cuanto Sánchez Bautista se muestra como Alma, es decir,
no ya como Espíritu ―en esta escisión, repito, dolorosa― es un Hombre, y lo que
tiene es humanidad. Disiento de su prologuista[2] cuando dice que la poesía de Sánchez
Bautista es humanismo. Oyentes, mis
amigos, ninguna poesía es humanismo. Humanismo es la relación del hombre con el
hombre y por el hombre. La poesía es más radical, va más allá: si el poeta es pájaro, si es lluvia, si es cascada, si
es cereza, si es uvita, si es amanecer,
eso no es humanismo; es una relación mucho más radical; no podemos concebir la
poesía como un humanismo. Tampoco es, como dice el prologuista ―otra vez siento
disentir de él― poesía de tejas abajo.
No hay poesía de tejas abajo; habrá ciencia; de tejas abajo habrá técnica...,
los que estudian el color del pimentón, si no son locos, desde luego lo hacen
de tejas abajo. Pero el que maneja la palabra y quiere resolver el misterio o
comunicarse con el Cielo y la Tierra, no puede ser de tejas abajo; es una
paradoja; digamos que sería una poesía que, refiriéndose al Cielo dice: ¡oh cielos!, sólo existo de tejas abajo.
Esto es una paradoja de la poesía y, además, de toda literatura y de todo
pensamiento, como me ha enseñado, desde hace mucho tiempo, mi buen amigo José
López Martí.
Bueno. Admitiendo, con permiso de Vds., solamente como
andamio que después podemos quitar, esta escisión de Sánchez Bautista en
Espíritu y en Ánima, en Alma, vamos a estudiar cómo se verifica en él el
Espíritu y cómo se verifica el Alma, y al usar esta terminología un poco
tradicional, quiero decir que la voy a usar en sentido metafórico, para no
molestar a quienes piensen que no hay Espíritu, ni hay Alma, incluso en sentido
absolutamente metafórico.
Vamos a estudiar esta escisión y vamos a compararlas,
una a la izquierda y otra a la derecha. Sánchez Bautista ―que aquí lo tenemos
sentado― en cuanto Espíritu (y si Vds. han leído su poesía lo verán, y si no la
han leído, en cuanto la lean lo captarán) es furor profético, es ascetismo,
falta de sensualidad. Naturalmente, los espíritus, si somos espíritus, para qué
queremos los mares, los valles, las montañas y esas bolitas que están allá
arriba, las lunas, los soles; para qué queremos los espíritus esas cosas. Esas
cosas son como bromas, son como juguetes para el Espíritu. Repito que,
entonces, como Espíritu, es furor profético, es ascetismo, es anuncio de males;
está anunciando males en su poesía, es denuncia de males, y es combatir la
idolatría y el culto a lo finito, repito, combate la idolatría y el culto a lo
finito, como hacen todos los hombres que son furor de Espíritu, desde Feuerbach
(que está en un extremo político) dijéramos a Pablo de Tarso (que está en otro
extremo político), o a Teresa de Ávila; los profetas combaten la idolatría y el
culto a lo finito.
Y en ese furor profético de Sánchez Bautista tenemos
que meter su crítica social. Su crítica social, que parece política, es algo
más que eso. Sería una trivialidad que su crítica social fuera una crítica
política a la moda de 1960. Es una queja de lo finito del hombre. Cuando él
critica la pobreza, no es una crítica sociológica, es una crítica de la finitud
del Hombre, visto desde un punto de vista ontológico. No son en él estas
críticas sociales ―y el que las entienda así no penetra totalmente el alma de
esta poesía― críticas meramente políticas, porque para hacer eso, con que
hubiera hecho un panfleto escrito en prosa, una denuncia escrita, le hubiera
bastado. Para eso no se hace poesía. Lo que él hace al criticar socialmente las
estructuras en las que vivía y al criticar la pobreza, es, como profeta, lamentar
y llorar la finitud humana.
Esta es la parte de Sánchez Bautista como Espíritu.
Vamos a dejarla y vamos a la parte como Alma; deja de
ser Espíritu y es Ánima, Alma. Entonces, a eso corresponde su estilo llano de
hombre honesto, como dijo que había que escribir un teólogo que murió en un
campo de concentración nazi, me parece que...[3]. Pensemos, como mito, que las cosas, en
un tiempo que no está en la Historia, fueron traicionadas y entregadas a la
palabra. Desde que las cosas fueron entregadas a la Palabra ―y podemos recibir
la Palabra de una mujer en la que diga: te
amo―, desde ese momento, hablar, queridos oyentes, es endeudarse, cosa que
todo hombre debe saber, si no es político; hablar es endeudarse. Por eso da
temor de hablar. Pero se puede hablar, repito, en este estilo llano del hombre
honesto (y voy a decir una cosa, que a lo mejor les parece extraña[4]: ¡el estilo llano del hombre honesto es
el estilo de la poesía, y de la ontología! Precisamente de ¡la poesía! y de ¡la
ontología!, es decir, de las dos formas de pensar, de comparecer y de
concienciarse más profundas que nos han sido dadas). En este estilo llano de
hombre honesto, repito, que usa Sánchez Bautista, la metáfora está controlada
por el pudor que tiene el poeta de acercar cosas tan diferentes, de casar cosas
tan diversas; de casar azul con muchacha, y pájaro con máquina. Es el
pudor que le viene al poeta de ese saber inconsciente que tiene de que un día
las cosas fueron traicionadas y entregadas a las palabras. Al manejar ese
pudor, tiene cuidado de la metáfora, y al cuidar de esta manera la metáfora,
desaparece lo más repugnante que puede haber en el escritor, y es que nos
vuelque ―como si fuera nuestra amante en la cama― su maldita subjetividad; el
que respeta la metáfora, no nos vuelca su maldita subjetividad, ni nos da la
paliza hablándonos de sus cosas.
El estilo llano del hombre honesto no crean que es un
estilo desgarbado, y un no tener estilo[5]. Precisamente es voluntad de estilo. El
escritor, cuando empieza a escribir, tiene como un demonio, una inercia, una
gravedad, una pesantez que le conduce a escribir sin estilo, y a ser subjetivo.
La lucha por elevarse..., la flecha hacia arriba, es la voluntad de estilo. No
hay estilo llano sin voluntad de estilo, queridos oyentes, Cervantes, Miró,
Azorín..., son estilos llanos.
Hemos visto ya una forma del Espíritu, como furor
profético. Y una forma del Alma como estilo llano. Vamos a seguir en esta
escisión.
Volvamos otra vez a Sánchez Bautista como Espíritu.
En la poesía de Sánchez Bautista en cuanto aparece el
Espíritu y su furor profético, hay primicia del espacio sobre el lugar. Hay
espacio y no hay lugares; hay desolación, éxodo, destierro, peregrinación y
desierto. En cuanto Espíritu y su furor, la poesía de Sánchez Bautista carece
de paisaje. Señores, para el que tiene Espíritu, ¿qué puede ser el paisaje,
cualquier paisaje, si no un pequeño belén? Mira al mar, mira a la luna, mira a
los arbolitos... Si tengo Espíritu, para mí eso es un belén; todo es desierto y
todo es desolación: Entiendo por paisaje
un espectáculo que remite a un yo espectador; un ser ante los ojos; un lugar
donde descansar. El que tiene Espíritu no tiene dónde descansar; no tiene un
ser ante los ojos. El que tiene Espíritu en vez de ver paisaje, ve horizonte de
la existencia, es decir, el Mundo (en el sentido en el que esta palabra ―y que
no voy a explicar porque sería muy largo― la emplea mi amigo José López Martí).
El que tiene Espíritu ve horizonte de la existencia, es decir, el Mundo, no
espectáculo; la patria del que tiene Espíritu es el Mundo. Por eso, en cuanto
Espíritu y su furor profético, en la poesía de Sánchez Bautista ―¡pongan
atención a esto, señores!― no hay Geografía,
hay Geología. La Tierra es,
simplemente, Geología, es el erial,
es la greda, es la roca, etc. Ha sustituido la Geografía; el belén del paisaje lo ha sustituido por la grandeza
cósmica de la Geología. Visto así el
Mundo, con el furor del Espíritu ―y lo vemos en la poesía de Sánchez Bautista―
el Mundo aparece como desierto; pues, ¡señores!, si yo tengo Espíritu, ¿cómo
voy a ver un vergel jamás? Si tengo Espíritu, todo para mí será desierto; ¿cómo
voy a ver un vergel si tengo Espíritu? Por eso, desde el furor del Espíritu de
la poesía de Sánchez Bautista, el Mundo es desierto. ¿Y el sol?, que aparece
mucho en la poesía de Sánchez Bautista, ¿qué es el sol desde este furor del
Espíritu? El Sol en Sánchez Bautista es el sol que aparece en el desierto del
pueblo judío; que el desierto del pueblo judío no es el desierto del árabe. En
el árabe, el desierto es el hábitat, pero en el judío es el destierro, es el
castigo. Es el Sol del pueblo judío, que hace de la vida y de la tierra un
desierto, el Sol de Sánchez Bautista. No es el Sol de los griegos; el Sol de
los griegos era luz, era iluminación. El Sol de Sánchez Bautista, si Vds. leen
su poesía, es calor. No es una sensación visual, no es una sensación
iluminativa. Es una sensación visceral, es calor, es sensorial. Tampoco es el
Sol de Sánchez Bautista la divinidad de los aztecas, simbólica, etc., sino que
es calor abrasador que hace de la Tierra un desierto, desde el punto de vista
del Espíritu.
Dejemos ahora este trato que ha dado el Espíritu a las
cosas; a la izquierda de Sánchez Bautista..., no sé si poner el Espíritu a la
izquierda o a la derecha... Y vamos a ver el Ánima, que la ponemos a la
derecha.
Estoy haciendo la contraposición Sánchez Bautista como
Espíritu y furor profético, y Sánchez Bautista como Alma.
Frente al Espíritu de Sánchez Bautista, que es furor y
que no tiene lugar, aparece su Alma. Y así como el espacio en el Espíritu es
ningún lugar, así el lugar es el hecho localizado, a través del Alma, del
nacimiento y de la muerte; cuando no habla el Espíritu de él ―que es universal,
que es furor, que es profético― y habla el Alma, sí hay lugar en el Mundo; ya
no es un desierto. Y ese lugar ¿qué es? El pueblo donde ha nacido y el pueblo
donde muere. Es la patria chica que, en Sánchez Bautista, señores, como en
Cervantes, como en Lope, la patria chica era la única Patria; era, al mismo
tiempo, la patria grande, porque la idea de nacionalidad todavía no había
nacido en Europa.
Entonces, frente al espíritu de Sánchez Bautista, que
no hay lugar y que todo es desierto, aparece el alma y crea el lugar, que es el
sitio de nacimiento. Y frente al no paisaje que tenía el Espíritu, aparece el
paisaje como lugar y descanso del furor del Espíritu; como un oasis en el
desierto del Espíritu aparece el Alma. Como un oasis en ese furor del Espíritu,
en esa denuncia de los males, en ese anuncio de males, en esa voz profética,
aparece, de pronto, el lugar de nacimiento, su pueblo, con las acequias, con
los árboles, con la fruta..., como un descanso. El paisaje, visto por el Alma y
no por el Espíritu, repito, es lugar y está encerrado en la temática de la
huerta, mientras que el Espíritu estaba en el campo. Cuando él canta Fortuna,
es el furor del Espíritu, es el desierto y la desolación. Cuando está cantando
el Llano de Brujas, entonces es la huerta, es el tema de lo cual, del lugar
donde se ha nacido y donde se ha de morir, y es una relación super-íntima entre
Alma y Locus. Digo que es una relación super-íntima ―porque quisiera que me
entendieran bien― que el Alma hace al Lugar y el Lugar hace el Alma. Es una
dialéctica. Solamente cuando hay lugares hay Alma; si yo veo mi huerto y me
recreo en él, ya no soy Espíritu, ya no soy ello, ya no soy furor y desierto y
desesperación, ya soy yo, que tengo mi huerto, que he acotado un lugar ―en el
Mundo, en el Cosmos― para ser Yo.
El Alma de Sánchez Bautista acota el
Mundo y crea el paisaje. El Alma es como un ello mediante el cual se acota un
terreno y viéndolo como paisaje se configura un yo; así podríamos dar esta
definición de Alma: un Ello que acota un terreno y viendo un paisaje configura
un Yo. El yo de Sánchez Bautista se configura al acotar en el desierto del
Mundo el paisaje de la huerta de su pueblo. Naturalmente, un alma así
configurada tiende al animismo y aún al fetichismo, que es, precisamente, lo
que ha combatido, por otro lado, por el lado de la izquierda el espíritu de
Sánchez Bautista. Y, sin embargo, su alma, tiende al animismo, al fetichismo:
la temática de las frutas, de las acequias, de los huertos, de los melocotones,
de los sabores, de los olores, de los sonidos de las acequias..., es el Alma
que en el paisaje crea el animismo y el fetichismo, frente al desierto que
había creado el Espíritu. El mundo vegetal ―como muy bien ha señalado mi
antecesor en la palabra[6]―, de Sánchez Bautista es un mundo creado
por su alma y, paradójicamente, combatido por su espíritu. Y así como el
espíritu de Sánchez Bautista ha destruido la Geografía y la ha convertido en
Geología..., por el contrario el Alma hace Geografía y no Geología, y al hacer
Geografía nace la sensualidad: el agua, las flores, los amaneceres. En Geología
no hay amaneceres, ni hay agua, ni hay flores. Permítanme esta metáfora cursi:
Que los planetas deshabitados no tienen Geografía, tienen Geología; no hay
amaneceres, ni hay agua, ni hay nada, es pura Geología.
Vamos otra vez a dejar el Alma de Sánchez Bautista, en
esta escisión dolorosa de él; volvamos al Espíritu. El Espíritu como furor
profético de poeta en Sánchez Bautista es fuego, y el Alma es descanso y
distensión. El espíritu de Sánchez Bautista trata del Hombre, de Dios y del
Mundo, y el alma trata de los animales, de las mujeres, de los niños, de los
ancianos y de las cosas que yo llamaría primeras, es decir, en suma, del
Pueblo.
Es de notar la ternura que siente Sánchez Bautista,
que coincide con una palabra que yo empleo desde hace mucho tiempo, en una obra
mía; la ternura que siente por lo que yo llamaría cosas primeras, es decir, por lo inocente, que él pone precisamente
en los animales, en las mujeres, en los niños, y en los ancianos ―¡sobre esto
quiero que pongan mucha atención!― trata de la muerte como destrucción, al
igual que todo Espíritu. Y, sin embargo, su alma trata de los muertos pero no
como destrucción, sino como seres que están ahí y siguen siendo los muertos,
como seres que están ahí, como diría Valèry, con los perezosos muertos, con nuestros muertos, como dice el Pueblo o dice
el lenguaje popular en una expresión maravillosa: en tus muertos..., quiere decir: que mis muertos todavía son,
aunque no existan. Para el Espíritu, la muerte es destrucción total. Para el
Alma, los muertos están ahí, en otra forma de ser. Como Espíritu y furor y
profecía, la poesía de Sánchez Bautista es mística, y la mística exige un rigor poético, que él lo cumple. Por
otro lado, como Alma, Sánchez Bautista combina el rigor poético con una forma
de adjetivar sencilla y fácil, y esas frases sencillas son lugares de descanso
donde reposa el alma de la regresión al infinito, de los círculos viciosos, y,
en suma, de la tarea titánica e infinita que es el Espíritu. Cuando el lector
se encuentra con esas frases, agradece y halla el lector allí también su alma,
igual que Sánchez Bautista. Podemos decir, pues, que si el Espíritu es camino
en la poesía de Sánchez Bautista, el Alma es una posada donde descansa: se
descansa en los rumores de las acequias,
en el Sol de estío, en el ruiseñor del alba, en agua clara, etcétera, que son frases
absolutamente sencillas y de una adjetivación, dijéramos, fácil.
Por último... Veamos también que Sánchez Bautista
combina el rigor poético que exige el Espíritu ―porque sin rigor poético no hay
poesía―, y el Alma, viendo un paisaje será una sensiblera y dirá: qué paisaje tan bonito..., pero si no
hay Espíritu, no habrá poesía. El Espíritu exige el rigor poético. Pues Sánchez
Bautista combina el rigor poético del Espíritu con una claridad casi pedagógica
de estilo, una claridad paidética,
casi didáctica. Pueden ocurrirle al poeta dos cosas: que sacrifique la claridad
al rigor, es decir, que sea más riguroso que claro, y se produce el hermetismo.
Para hablar como los profesores de Universidad: entre nosotros, entre los aquí
presentes, un poeta hermético es José Luis Martínez Valero, porque ha
sacrificado la claridad al rigor poético, y ha puesto por encima de todo el
rigor poético. Si se sacrifica, por el contrario, el rigor poético a la
claridad, y se pretende la claridad por encima del rigor poético, se produce
una poesía trivial, un prosaísmo. Sánchez Bautista mantiene un equilibrio entre
rigor poético y claridad de estilo, que es el equilibrio al que todo poeta debe
tender, y que, para hablar también como un profesor de Universidad: dijéramos
que entre los presentes lo tiene de una manera nobilísima Eloy Sánchez Rosillo.
Me queda sólo decir que quiero poner a la
consideración de Vds., si es que no soy muy pesado, una distinción que hago en
el lenguaje.
Llamo yo magia
a una valoración total del Lenguaje. El Espíritu tiende a valorar el lenguaje
por encima de todo. Por encima de las cosas, y en este aspecto se porta con una
fuerza mágica. Señores, si tengo la Palabra, si tengo el Verbo, si tengo el
Logos, ¿para qué quiero las cosas?, es tal el Lenguaje como magia; la super-valoración
que hace el Espíritu del Lenguaje.
Por el contrario, frente a la magia que valora el
Lenguaje por encima de todo, hay una postura mística, que infravalora el
Lenguaje, y que piensa que más allá del Lenguaje está el Ente, lo Óntico, lo
imposible de conocer, el Misterio..., y hay una infra-valoración del Lenguaje.
Son dos posturas extremas y angustiosas. La postura
media es la del mediocre científico, que cree que tiene el Lenguaje, y tiene las
cosas, y que la cosa corresponde al Lenguaje y el Lenguaje a la cosa..., y se
queda tan tranquilo, y dice: el pimentón es rojo..., ¡pues de toda la vida!
Mientras que el furor del Espíritu no cree en el pimentón, y el místico no cree
en lo rojo, cree que el pimentón es un misterio que hay allá detrás de todo
aquello.
Bueno, pues ante estas dos posturas extremas, la
poesía debe quedar entre la magia y la mística.
El Lenguaje es tan incisivo, tiene tanta fuerza que
hasta los grafos, cuando escribimos, los vemos así, lo escrito con tinta, y es
magia, aquello es magia; ha aparecido aquello; las palabras están allí en el
papel..., han aparecido, con su verbo, con su estilo, con su caligrafía. Por
eso, también, nos atraen mucho los libros bien impresos..., no nos atrae aquí
lo místico del libro, no nos atrae el contenido, sino la magia del Lenguaje...,
¡qué bien impreso!... Ahora bien, la magia es lo hablado, lo dicho, lo expresado
y también, lo impreso; y lo místico, señores, es lo que está en blanco, entre
línea y línea; precisamente lo que está en blanco es lo místico. Entonces, el
equilibrio del poeta debe ser entre lo mágico y lo místico.
Y me queda decir que Sánchez Bautista cumple el
requisito... ―Esto lo digo así, ligeramente, pero es muy importante y es algo
fundamental de su poesía―... de estar entre lo místico y lo mágico del
Lenguaje. Su Lenguaje es suficientemente mágico para que sea Espíritu,
suficientemente místico para que sea Alma, para que sea Misterio, para que sea
Ontología, porque, señores, una lista de palabras bellísimas nos atraen mucho,
pero es simplemente lo mágico. Mientras que en la poesía debe estar, junto a la
lista de palabras, ese misterio de los espacios en blanco, que es lo que nos
atrae.
Muchas gracias.
[1] Trascripción de la cinta magnetofónica Miguel Espinosa-Sánchez
Bautista: Miguel Espinosa, presentando el libro Obra poética, de Francisco Sánchez Bautista; Editora Regional ―Comunidad
Autónoma―; 1982. La decisión de dar a conocer este discurso espinosiano en
forma de transcripción literal del soporte magnético (a la espera de que sea
presentado en la edición de su obra completa, con los inevitables retoques para
su forma escrita definitiva) parte de la creencia de que, además de su valor
biográfico ―M. Espinosa nos dejaba definitivamente dos meses después―, tiene el
valor sustantivo de ser la clave de una de las áreas de su meditación y
pensamiento: sus intentos por entender y gozar la realidad poética. En este
sentido es una importante y gratísima coincidencia el hecho de que nuestro
mayor poeta de todos los tiempos haya dado pie a quien es también nuestro más
notable escritor en prosa para laborar sobre su teoría de la poética. Otro
trabajo poético de Sánchez Bautista, Encuentros
con Anteo (1976), se publicó acompañado de otra reflexión al respecto de
Miguel Espinosa, en forma de prólogo.
Transcripción de José Antonio Postigo, agosto 1988. Revisada, 1994.
[2] Leopoldo de Luis (Nota de transcripción).
[3] Algo que no se grabó bien. Sucede lo mismo en dos o tres pasajes
más. Estas lagunas (al igual que los ‘lapsus’ de estilo propios de la forma
hablada-grabada) podrán quedar subsanadas cuando esta cinta pueda ser contrastada
con las notas manuscritas de las que M.E. se acompañó).
[4] Lo dice con énfasis (Nota de transcripción).
[5] Lo dice con énfasis (Nota de transcripción).
[6] Francisco Javier Díez de Revenga (Nota de transcripción).
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