LA
SOCIEDAD MANDARINESCA
Dividíase 1a sociedad mandarinesca en
castas o grupos estatificados. La casta era la objetivización de un lugar de la
cultura, y, por consiguiente, parte de la naturaleza de las cosas, o manera
civil de revelarse el suceso del hombre. Tal quiere decir que apenas se fundamentaba
sobre valoraciones de tipo económico ni categorías de porte, educación,
apariencia o sangre, a guisa de nuestros viejos estamentos, sino, precisamente,
sobre la cristalización de una fase de la sabiduría. El Libro de los Mandarines
decía que los acontecimientos más originarios del hombre eran dos: estar en el
Mundo y estar en la casta.
Los textos
auténticos apenas tratan de justificar la existencia de castas, pues la dan
como natural, conveniente e incontrastable. Sin embargo, al abandonar la
era clásica, se encuentran comentarios sobre el sentido de esta diferenciación.
He aquí algunas citas, correspondientes a la Época del Nihilismo, o Etapa del
Gran Desencanto:
“Contemplando el hecho político desde
un punto de vista eminentemente natural, es obvio que la estructuración de la
comunidad en castas responde a la organización intencional del Universo,
a la sustancia humana y al sentido de la Realidad. En efecto: Las castas
se limitan a reglamentar la sabia desigualdad; no la crean”, (Escritos
Políticos del Lego Ortodoxo: Contra los Filántropos).
“Pensando con categorías del Primer Día
del Mundo, que son, por lo demás, las eternas categorías del sabio, se adivina
que los hombres resultan desiguales en temperamento, intención, gracia, ingenio
y capacidad inventiva. Las castas los agrupan como el entomólogo reúne los
insectos, sin querer ser responsable de la diferencia habida entre estos
animalucos, que remite al Creador. Nada hay, pues, más en consonancia con el Espíritu
de la Tierra, o el propósito del Mundo, que una materialización de los
individuos en castas”. (Ídem).
“La ordenación de
la comunidad en castas es más filosófica que jurídica, y, por consiguiente, más
profunda que justa. De ahí la tenaz presencia de este concepto en todo creador
de utopías, pues el hombre suele soñar con inocencia y cinismo. Los filósofos,
y no los juristas, han imaginado mundos políticos típicamente naturales y
bellos. Contra esto arguyen los filántropos[1] la
crueldad del filósofo y el optimismo del jurista. Mas yo digo: ¿Acaso no es
cruel la Tierra? ¿Acaso el sabio ha de alejarse de la Tierra? En verdad que los
filántropos son hombres de sangre débil”. (Ídem).
“Algunos afirman
que la casta contraría el debe ser, la justicia y la razón; pero olvidan que el
debe ser, la justicia y la razón han podido surgir gracias a las castas. ¿Pues
cómo iba a poseer ideas un platerillo, si no las hubiera recogido de los
mandarines? Y porque han habido mandarines nihilistas y desencantados, hay
platerillos ensoberbecidos”. (Ídem).
“Caracteriza a la
casta superior el cinismo y el sentido realista, por el cual su gobierno
resulta despótico y retórico. Despótico, porque el sabio está de acuerdo con la
rerum natura; y retórico, porque usa un Falso Diccionario para hablar al
Pueblo. Los filántropos arguyen contra éstos dos razones: que el despotismo
quiebra la armonía humana, y que el Falso Diccionario contraría la sinceridad.
Los filántropos viven, pues, en el interior del hombre, y han hecho de la
persona un mundo, cuya medida es la razón, y cuya norma es el debe ser. De ahí
que esta secta haya rehusado el trato con el Libro y la autoridad del Libro”.(Ídem).
Dividíanse las castas en cinco
permanentes y una transitoria, a saber: Los mandarines, o casta eminente; los
legos, o casta administrativa; la gente de estaca, o casta militar; los cabezas
rapadas, o casta del ejercicio rural del Poder; la gentecilla, o casta que está
ahí; los becarios, o casta engendradora de mandarines. Los textos auténticos
usan, a veces, sinónimos literarios, pues a los mandarines llaman ancianos, o
crepúsculos pensantes; a los legos, corazones irremediables; a la gente de estaca,
hombres de porte, o jugadores de dados; a los cabezas rapadas, buenos padres; a
la gentecilla, primera de las primeras cosas; y a los becarios, pimpollos de
porvenir, huerfanitos, parvulitos del Libro, patitos y potrillos. He podido
descubrir hasta cien sinónimos de becario, por lo cual deduzco que fue la más
tierna, poética, espiritual e ingrávida de las catas. En otra ocasión hablaré
de ello.
Afirman algunos
que esta división no es exacta, ni corresponde a la realidad mandarinesca,
aunque resulte admisible desde el punto de vista enunciativo. Los que así
piensan, aseguran que los mandarines no conocieron más que dos castas: la
gentecilla y los señores, debiendo considerarse las otras como clases
funcionales, o meros estamentos de ocasión, al servicio de la casta suprema.
Para afianzar esta pretensión, arguyen dos razones: el carácter móvil del
oficio de lego, hombre de estaca, cabeza rapada, o becario; y la existencia del
Príncipe como Poder Moderador entre la plebe y los mandarines.
Es cierto que, al hablar de las cosas
primeras y últimas, la originación del Poder y el contrato social, los textos
no mencionan otras realidades que los mandarines y la gentecilla. Desde el
campo puramente filosófico, parece, pues, posible defender la permanencia de dos
castas. Mas desde al razón histórica y sociológica, no es lícito abandonar un
hecho tal como la presencia de los legos, los hombres de estaca, los cabezas
rapadas y los becarios, que configuraron grupos perfectamente delimitados y
aislados, sobre todo en la época clásica. Pudo ser que en principio existiesen
solamente los señores y la plebe, naciendo de sus relaciones las demás castas.
No conviene
confundir la calidad de casta con el carácter abierto de la misma, lo cual fue
común entre los mandarines. En efecto: Todo hombre, nacido en cualquier grupo o
lugar, podía aspirar a convertirse en señor, transformándose en becario, o a
ser nombrado lego, individuo de estaca o cabeza rapada. Al hab1ar de las castas
en particular, trataremos con detenimiento esta cuestión.
LAS COSAS PRIMERAS, O EL INSTINTO
La filosofía de los mandarines apenas
resulta metafísica, por así decirla, sino poética. Esto quiere decir que se
fundamenta en principios puramente estéticos e intuitivos, alcanzados por
comunicación directa con el sentido del Mundo. La sabiduría mandarinesca
proviene de clasificar la realidad en tres grandes grupos: cosas primeras, cosas
últimas y cosas contradictorias. Tales
conjuntos se muestran como esencias diferentes de la materialidad física, biológica,
y humana, y su constitución carece de base racional alguna. Veamos de
analizarlos por separado:
Las cosas primeras pertenecen al reino del
Instinto, es decir, a la vocación de la Tierra, y en ellas están implícitos la
presencia y la manifestación del Cosmos, la materia, los animales, las
mujeres, los niños y la gentecilla. He aquí algunos ejemplos:
“El instinto
reside en las cosas primeras, y obra como si el día de hoy se repitiese por los
siglos de los siglos”. (Discurso del Mandarín Sonriente: Sobre la
Premeditación).
“Así como el parvulito va de las primeras
a las últimas cosas, así va el sabio de las últimas a las primeras. Porque de
los seres que están ahí, sólo dos son puros e inocentes de su existencia: el
niño y el sabio. Y como los dos se crucen en este ir y venir, los dos son,
ciertamente, compañeros y semejantes”. (El Libro del Estar y del no Estar en el
Mundo).
“EI Gran Padre Mandarín dijo: La guerra os
ha dado la gallardía e inocencia de las cosas primeras. Pero en el gobierno del
Imperio habréis de buscar la dignidad del trato con las cosas últimas. Porque
si la guerra os ha transformado en un Suceso, las cosas últimas os convertirán
en un Derecho”. (Guerra Civil, VI).
La acción, la aventura, el amor, el
entusiasmo y todo lo que es espontáneo y vivo, concierne también a las cosas
primeras, comos se deduce de los siguientes textos:
“A la manera de un
parvulito he venido a posar entre las cosas primeras, como un enamorado y un
hombre espontáneo”. (Del Mandarín Enamorado de la Diosa).
“Dijo mi gacela: Los sabios afirman que la
filosofía carece de intimidad, porque no atañe a las cosas primeras. Mas yo no
soy la filosofía. (Ídem).
“Queriendo poseer carne recién hecha,
olvidé veinte mil años de sabiduría. Ahora podré sonreír a mi gacela, la más
bella de las primeras y tranquilas cosas". (Ídem).
LAS
COSAS ÚLTIMAS, O LA PREMEDITACIÓN
Así como las cosas primeras pertenecen al
reino del Instinto, así las cosas últimas corresponden al reino del juicio,
resultando, por ello, eminentemente humanas. Tales son las cosas de los sabios.
Ahora bien: los mandarines dividen el
juicio en dos especies: juicio dialéctico y juicio moral. El primero es
puramente gnoseológico e histórico. El segundo busca lo conveniente, y se llama
Premeditación. A este juicio incumben las cosas últimas, como se deduce de los
siguientes textos:
“Dos sabidurías
hay: la del instinto y la del juicio moral. Esta última se llama Premeditación”.
(Discurso del Mandarín Sonriente: Sobre la Premeditación).
“El instinto conoce la cara fresca y
lozana del Mundo. La Premeditación conoce el dolor y la necesidad de las
cosas". (Ídem, 3).
“Se llama doctrina a una larga
Premeditación. Así resultan las doctrinas un juicio conveniente sobre los hechos".
(Ídem, 5).
“Cuando la
Premeditación se transforma en costumbre, nace la regla. Una regla no es otra
cosa que la Premeditación convertida en el hacer de cada día”. (Ídem, 8).
“El instinto
quiere poseer el Mundo en el corazón; la Premeditación, en los bolsillos. Jamás
la Premeditación ha ido desnuda a las cosas”. (Ídem, 14).
“La Premeditación
tiene su nombre político: amor por el Espíritu. Este amor por el Espíritu usa
seis diccionarios: El primero, para hablar con Dios: diccionario falso. El
segundo, para hablar con el Pueblo: diccionario falso. El tercero, para hablar
con el Poder: diccionario falso. El cuarto, para hablar con los inocentes: diccionario
falso. El quinto, para hablar con la Historia: diccionario faso. Y el sexto, para
hablar consigo mismo: diccionario cerrado”, (Ídem, 16).
“Los niños creen
que en el dinero se acuña oro, o se acuña plata. Pero los sabios conocen que se
acuña Premeditación”. (Ídem,26).
“El hombre de la
Premeditación tiende a convertirse en esfinge, símbolo hierático del afán de
permanencia”. (Ídem, 29).
“Cosa de niños inocentes parece la
creación del Mundo, comparada con la obra de conservación que supone la
Premeditación. (Ídem, 36).
“Las oscuras y soterráneas fuerzas se
ponen de una parte de las cosas, o se ponen de otra. Pero hay tres elementos
que siempre están junto a la Premeditación: el tiempo, el corazón humano y la
vejez del Mundo”. (Ídem, 39).
Las relaciones entre las cosas últimas y
las cosas primeras han quedado igualmente expuestas en este Discurso del Mandarín
Sonriente. He aquí algunos ejemplos: ,
“Hay quien habla con el instinto; hay
quien habla con la sensibilidad; y hay quien habla con el juicio moral. El
instinto descubre las cosas; la sensibilidad las hace vanidosas; y el juicio las
relega. Las cosas primeras están ahí; las cosas últimas, en la cabeza del sabio.
Cuando la Premeditación ha llegado a las cosas últimas, el corazón ha olvidado
las primeras”. (Ídem, 41).
“Entre las cosas
primeras y las cosas últimas existe la misma antinomia que entre la libertad y
la fatalidad, el Bien y el Mal, la alegría y el desencanto, la verdad y la necesidad.
La Premeditación tiene un dogma supremo: hablar de las cosas primeras con
razones
de las cosas últimas”. (Ídem, 4.3).
“Dice el Libro:
Las cosas primeras tienen claros ojos; las cosas últimas, oscuros ojos. La
primera de las cosas primeras es la inocencia; la última de las cosas últimas,
la Moral. El conjunto de todas las primeras cosas se llama naturaleza primera
de las cosas; el conjunto de todas las últimas cosas, naturaleza humana. La
Premeditación es el aliento de la naturaleza humana”. (Ídem, 44).
“Jamás se levantará el Sol sin contemplar
este espectáculo: que las cosas últimas conspiren contra las cosas primeras”. (Ídem,
45).
“Las cosas
primeras tientan al sabio de siete maneras: por
la carne nueva, por la faz limpia, por el ritmo interior, por el candor increado,
por la ternura de lo efímero, por la presencia generosa y por la constante
modestia”.
“Contra estas siete tentaciones hay siete
reglas de Premeditación: la regla de la carne podrida, la regla de la cara
pocha, la regla del interior desvaído, la regla de la virtud moral, la regla de
las entrañas sin grasa, la regla de la permanencia tozuda y la regla de los
premios merecidos”. (Ídem, 47 ).
También debemos al Mandarín Sonriente
calificaciones políticas de la Premeditación, de acuerdo con el contenido de
las citas que siguen:
"Mirad las
bellas doctrinas corrompidas por los mediocres; pues las bellas doctrinas son
como los niños, que cuando crecen, pierden el candor. Tal han de conocer los
sabios: que los necios y los mediocres son la Premeditación instintiva”, (Ídem,
48).
“Hace milenios que corre este refrán:
Mejor es que haya tontos”. (Ídem, 50).
“Todos los hombres quieren ser objeto de
la Premeditación de los siglos. Los reyes dijeron un día: Para este oficio
hemos nacido, pues estamos predestinados al mando”.
“Las queridas de
los reyes añadieron: También nosotras hemos nacido para esto, pues no hay duda
de que la Premeditación de las cosas pensó en el rey y en la querida del rey”.
“Cuando se acabaron los reyes, dijo el
recién venido: Milenios y milenios han estado preparando mi llegada”.
“Y el coro de los esbirros y aduladores
del recién venido exclamó: En verdad que todo estaba escrito”.
“Aprended, pues,
esto: Los hombres prefieren ser amados por un dios sensato mejor que por un
dios espontáneo. Los más avispados guiñan el ojo, y consideran que, en el
fondo, un dios mediocre es un principio inmutable de seguridad. Por eso dice la
Premeditación: Oh, Principio de los Principios. Déjate de profundidades, y
danos un dios becario”. (Ídem, 52).
“La Premeditación es también el talento de
los sandios, la voluntad de los perezosos, la pasión de los abúlicos, el color
de las cosas descoloridas, el misterio de las almas desvaídas. Ella dice: Yo soy
una jerarquía ascética, que sólo pueden seguir los que renuncian, en principio,
a lo que no alcanzarán jamás. (Ídem, 55).
“Acaba diciendo la Premeditación: También
soy la cara seria del Mundo, la boca que no sonríe, las encías sin dientes; los
ojos sin brillo, la mueca de las sombras, la medida de todo lo raquítico, la osadía
de los enquencles, el atrevimiento de los cobardes y el espíritu de los
merecedores. Yo soy la regla”. (Ídem, 56 n).
“Habrá premeditación sin juicio, sin
interpretación, sin virtudes, sin necios, sin mediocres y hasta sin regla,
antes que Premeditación sin mandarines. Porque los mandarines son la
Premeditación en el vientre de la madre. Así dice el Libro: Si los
hombres nacen, los mandarines renacen. Todo auténtico mandarín ha estado ya en
este mundo”. (Ídem. 58 ).
LAS
COSAS CONTRADICTOIRIAS, O RAZÓN DIALÉCTICA
Más allá de las cosas primeras y últimas,
que resultan sustancias grávidas o definidas, se hallan las cosas
contradictorias o juicio dialéctico inmanente. Se trata de una esencia móvil,
un lugar fluido y cambiante de la sabiduría, cuyo conocimiento está reservado a
un solo hombre: el Gran Padre Mandarín, supremo intérprete del Libro y los
hechos.
El carácter estático de la civilización
mandarinesca se alía con la dinámica histórica a través de las cosas
contradictorias, logrando con ello mayor flexibilidad para los textos del
Libro. En la cita que sigue trataremos de averiguar, en lo posible, el sentido
que los mandarines dieron a esta soberana expresión del Mundo.
“Estando así las
cosas, el Gran Padre decidió esperar doce semanas, y luego envió emisarios al
Príncipe, para que se retractara. Pero el Príncipe no se retractó, sino que prosiguió
en sus deseos y aficiones, como un verdadero enamorado de las gacelas
contradictorias. Entonces, el Gran Padre
dio sentencia definitiva, liberando los súbditos de la obligación del pacto social,
anulando los compromisos tributarios y ordenando a los buenos padres que dejaran
de cumplir las pragmáticas que llevasen el lema infame”.
“La sentencia era muy extensa, y decía:
“Oh, ancianos. ¿Qué sería del Mundo si los
Príncipes reinaran en nombre de las cosas contradictorias? Los gobernantes se
harían como dioses, y el Principado se convertiría en opresión tiránica. Un Príncipe
quitaría a otro Príncipe; los hijos se alzarían contra los padres; los nietos, contra
los abuelos; y la ignorancia contra la sabiduría. Se vulgarizarían mis ,bellas gacelas,
jamás manchadas por mano de patán, y toda gente, por ínfima que fuere, querría poseer
verdades. La cabeza de la gentecilla tendría su tesis y su antitesis; las manos
sudorosas de de los jayanes hurgarían la nobleza de la sabiduría; y los pies de
la canalla pisotearían la virginidad de cuanto he criado con el amor de los
siglos. Los sabios contemplarían esto con dolor infinito, y sufrirían cuando un
mostrenco les hablare de tú a tú, diciéndoles: Yo pienso. Porque no hay cosa
más dolorosa para un sabio que oír a un cernícalo opinar. Las mujerzuelas, los
mozos de cuadra, los amanuenses, los escribanos. y cualquier carne manosearían
los libros sagrados, y dirían: ¿Por qué ha de ir el Gran Padre con esas
vestiduras? ¿Por qué ha de poseer tan gran mansión? Y los aficionados a
becarios asentirían con sus cerebros medio ilustrados, y la cabecita llena de ambiciones
de mando y goce, añadiendo: Eso, eso, eso. Pero ninguno comprendería que el
Gran Padre es el perpetuo enamorado de las bellas cosas, y que las bellas cosas
son gacelas que ellos no pueden conocer ni soñar en ver. El mundo se conserva
porque yo guardo, adulo, confío, halago y custodio las muchachas tentadoras que
son las cosas contradictorias. Pues si yo las soltara, se perdería la Tierra.
¿A qué, pues, ha de venir un Príncipe a declarar que reina en nombre de las
cosas contradictorias? Jamás han besado su frente, ni han velado su sueño, ni
han consolado su melancolía, ni han sosegado su ánimo. Mas si el Príncipe se
empeña en poseerlas contra nuestra voluntad, vendrán años malos para su
persona”.
“Tal fue la sentencia del Gran Padre,
llamada Sentencia Magna, o Sentencia sobre la Conservación del Mundo, que
conquistó el favor de los legos, los buenos padres, los becarios y la gente de
estaca”.
“El Príncipe conoció su texto; se irritó;
llamó al Mandarín Político, y dijo: Mira cómo es cruel y cínica esta sentencia
tan extensa y aparatosa. Trata mal a la gentecilla y a las costumbres y
aficiones de la gentecilla, sin advertir que el pueblo está aquí en nombre de las
cosas primeras, que merecen respeto de los sabios”.
“El Mandarín Político
cruzó sus manos y contestó: Oh, parvulito. Comprende que esa sentencia ha sido producida
desde el seno mismo de las cosas contradictorias, y la sabiduría de tales
gacelas tiene que ser a veces cruel y descarnada. Pues las cosas
contradictorias no poseen el encanto inocente de las cosas primeras, porque no
son cosas de amor. Tampoco tienen la espiritualidad de las cosas últimas,
porque no son objeto de fines y merecimientos. Las cosas contradictorias, oh
Príncipe, son precisamente la contradicción de las cosas y de los principios,
no existiendo nada más delicado, sutil ni problemático. Pues no son como
muchachas que están preguntando siempre, y como corzas que te muestran una vez
los senos floridos, y otra vez el esqueleto, con su calavera. Son un juicio que
te confunden; el sí y el no; la duda; la esperanza; la desesperanza; el recelo.
Por eso la sabiduría de los siglos ha colocado tales gacelas en manos de un solo
hombre, pues si andaran sueltas, ni tus bufones querrían ser menos que tú”.
“El Príncipe replicó: Oh, Padre. Perdona,
pero, en oyéndote, he sentido que mi corazón pertenece por entero a tales
gatitas, dignas gacelas de un príncipe. Así quiero reinar en su nombre, para
que digan las gentes del Orbe: Más acá de las cosas primeras, y más allá de las
últimas se halla el Príncipe, porque se encuentra aposentado entre las cosas
contradictorias”.
“Diciendo esto,
se fue. Y el Mandarín Político se arrepintió por primera vez
de haber enseñado filosofía a su Príncipe” (Reinado del Segundo Aguilucho,
VIII).
LA
NATURALEZA HUMANA
Así como la filosofía general divide las
cosas en primeras y últimas, así la intuición política clasifica la común
naturaleza en naturaleza primera y naturaleza segunda. Esta segunda naturaleza
es lo que normalmente se llama naturaleza humana.
Siete notas o
caracteres hallan los mandarines, en la naturaleza humana, y son: la calidad
irremediable, la calidad ineludible, la calidad inexcusable, la calidad fatal,
la calidad determinada, la calidad continua y la calidad de estar hecha de una
vez para siempre. Por eso dice un texto del Libro:
“La naturaleza
humana es como el amor auténtico. Pues todo auténtico amor resulta
irremediable, ineludible, inexcusable, fatal, determinado y continuo. Todo
auténtico amor está hecho de una vez para siempre”. (Del Mandarín enamorado de
la Diosa, II).
El problema de la bondad o de la maldad
del hombre no fue planteado hasta la Época del Nihilismo. A él hace referencia
el Lego Ortodoxo, cuando escribe:
“La vieja sabiduría intuyó que toda
cuestión política podía reducirse a considerar si el individuo es bueno o malo.
Los filántropos sostienen que la persona es naturalmente bondadosa. Pero
después de los filántropos han venido muchos a decir que el espíritu de la
maldad reside en el estilo de la Tierra, por lo cual, el hombre debe
divorciarse del Mundo. Emprendido este camino, fácil es que surjan todavía
quienes lleven el juicio lógico a sus últimos extremos, asegurando que no hay
diferencia entre las humanas criaturas, ni entre el necio y el sabio, el
malvado y el prudente, pues sólo existe una diversidad aquí abajo, y es la
desigualdad que trae la instrucción”. (Escritos Políticos del Lego Ortodoxo:
Contra los Filántropos).
“El Libro afirma que el hombre no es bueno
ni malo, sino que posee el sentido de la Tierra. Los que dicen que la sustancia
humana es buena, niegan, pues, el sentido de la Tierra, ya que el sentido de la
Tierra no es moral”. (Ídem).
Como se ve, los mandarines practicaban una
especie de naturalismo antropológico, cuyo último fundamento estribaba en la
concepción de la sabiduría como abrazo con la Tierra. Así aparece en este bello
texto:
“Más allá de la Naturaleza todo resulta de
una asombrosa continuidad. Sólo este mundo es discreto y desigual”. (Del
Mandarín Enamorado de la Diosa: Contestación de la Diosa a su fiel).
EL
CINISMO
Según los más antiguos textos, el cinismo
es la manera inocente de enfrentarse el hombre con la Realidad. Así dice el
Libro:
“Sólo el sabio y sólo el niño son
verdaderamente cínicos, porque sólo el niño y el sabio son inocentes de estar
en el Mundo”.
Por lo demás, el cinismo no es una forma
de ser o vivir, una pasión o un hábito, sino un modo de conocer el esquema de
la naturaleza de las cosas. La alta y profunda sabiduría resulta, por ello,
eminentemente cínica, como se ve en este texto:
“Me enamoré de la Tierra, y la Tierra me
guiñó un ojo. Desde entonces, entre el sabio y la Tierra hay un interesante
juego de guiños”. (Del Mandarín Enamorado de la Diosa).
Al cinismo, como sabiduría, corresponde el
ejercicio de la virtud política llamada hipocresía, que habla al Pueblo con el
Diccionario Falso. Esta virtud se realiza a través de la retórica, elemento
sine qua non para la feliz gobernación. Así aparece en el siguiente texto:
“El Príncipe ha de
buscar al retórico, que conocerá por su mala lengua. Pero si la mala lengua no
fuera bastante, diez caracteres distinguen al retórico: usar vocablos indefinidos,
manejar grandes conceptos, hablar de cuestiones espirituales, poner a Dios en
sus obras, repudiar las cosas modestas, servirse de la Moral, pretender
inaugurar una nueva edad feliz, interpretar el sentido de los libros sagrados,
ser testarudo y ser mediocre”. (Discurso del Mandarín Bizco: Sobre la
Corrupción, 39).
En los autores heterodoxos aparecen
abundantes ataques a la calificación eminente de la hipocresía. He aquí algunos
ejemplos:
“Sostenían los antiguos dos errores contra
la razón y la gentecilla: que todo Poder es un hecho y que el Estado resulta
algo naturalmente hipócrita. Éstas son las tesis que hoy defienden los
mandarines, pretendiendo conservar el mandato sobre el Pueblo. Pero nosotros,
desde que somos hermanos, hemos descubierto la sinceridad”. (Escritos del
Barberillo Autodidacta).
“Los demonios y la hipocresía son una
forma de la solemnidad, por lo cual, siendo nosotros parvulitos de la razón,
hemos decidido expulsar la solemnidad de nuestro reino”. (Ídem).
“Sé que los niños recitan todavía el viejo
poema de nuestros padres: “Cuando digas a una gacela: te amo, díselo con
solemnidad. Por ello sabrá que eres un mandarín”. Nosotros enseñaremos a los
niños que las mujeres no son gacelas, sino compañeras”. (Ídem).
Los textos
auténticos traen agudas observaciones sobre la relación entre el cinismo y la
hipocresía. Se trata de finas sugerencias de tipo psicológico, como las
expuestas a continuación:
“Sólo existe una
forma para hablar desde el cinismo, y es la manera literaria, o el modo de los
sabios. Pues todo hombre tiende por naturaleza a expresarse desde la hipocresía,
y ya, desde que va creciendo, es hipócrita. Solamente el sabio logra
desprenderse de esta costumbre de patán. Pero, aun el sabio, ha de buscar una
fórmula metódica y majestuosa para su cinismo; pues el cinismo, como la
inocencia, es ruboroso”. (El Libro de los Mandarines).
“Yo divido los hombres en fariseos,
filisteos y demoníacos. Los fariseos dicen: oh las virtudes, oh las costumbres,
oh la tradición. Los filisteos exclaman: oh la verdad, oh la justicia, oh el
espíritu. Los demoníacos repiten: oh los instintos, oh las intuiciones, oh la
realidad. Los primeros palidecen al hablar, porque las virtudes son pálidas.
Los segundos quedan impasibles, porque el espíritu es tozudo. Los terceros se
sonrojan, porque todo cinismo posee rubor”. (Reinado del Segundo Aguilucho, XIV).
LA
CORRUPCIÓN
Al fundamentar los mandarines la realidad
política sobre principios puramente naturales, hubieron de admitir como
inexcusable la tendencia de la persona humana hacia la corrupción dando
carácter de materialidad a esta inclinación. Los textos auténticos hablan de la
corrupción como de un elemento de gobierno o forma natural de revelarse el
hombre en el paisaje de las cosas civiles. He aquí algunos ejemplos:
“Sin corrupción
nada se conserva. Todo lo que se corrompe, se mantiene”. (Discurso del Mandarín
Bizco: Sobre la Corrupción).
“Aprended a corromper, y poseeréis la
Tierra. El hombre es corruptor por naturaleza, y el sabio, corruptor por
conveniencia. (Ídem, 13).
“El necio dice: Esto se halla corrupto,
pronto caerá. Mas el sabio replica: Esto se está corrompiendo, va a durar mil
años. Pues sólo perdura lo que se corrompe, y sólo en la corrupción hallan las
ideas su argamasa”. (Ídem, 16).
“Desde que las ideas triunfan, comienzan a
corromperse, pues las ideas son como las mujeres: que buscan dulcemente un
corruptor”. (Ídem, 17).
“Así como una
mujer virgen no pare niños; así una idea pura tampoco pare hechos. Toda mujer
núbil quiere ser desflorada, y toda, idea también núbil pretende ser corrompida”.
(Ídem, 18).
“Cualquier doctrina posee tres momentos:
el fundador, el corruptor y el jurista. El fundador dice, el corruptor
interpreta, los juristas distinguen Todo fundador va seguido de su corruptor, y
todo corruptor de sus juristas”. (Ídem, 19).
“Si la inocencia es cínica, la corrupción
es tímida. La inocencia se desnuda, y la corrupción se cubre. El manto de la
corrupción se llama retórica”. (Ídem, 21).
“Los necios son a la corrupción lo que la
necesidad al Mundo, pues toda corrupción ha de admitir fatalmente la presencia
de los necios. Si en la limpieza hay moscas, absurdo es intentar exterminarlas
de la podredumbre”. (Ídem, 29).
“La corrupción es algo que sólo puede ser
superado por la corrupción. Millones de hombres sueñan con la dicha de ser
corrompidos alguna vez. Pero no a todos les ha sido dada la ocasión de corromperse”.
(Ídem, 36).
“Habrá corrupción sin intereses, sin hogaza,
sin retóricos, y hasta corrupción sin necios, antes que corrupción sin
mandarines. Pues la sonrisa de los mandarines es la cara sensata y pocha de la
corrupción. (Ídem, 43).
“La corrupción está en los legos, y los
legos son la corrupción y prevaricación. No hay corrupción sin legos, ni legos
sin corrupción. Si los mandarines han de velar por el orden, han de saber que
la corrupción y los legos conservan las doctrinas; pues sin ellos triunfarían
las ideas puras, que son principios de disolución. (El Libro los Mandarines).
En la Época del
Nihilismo, el Lego Ortodoxo escribió en defensa del carácter tradicional de la
corrupción, diciendo:
“Afirman los
filántropos que la corrupción va contra el debe ser, el juicio y la razón. Pero
yo pregunto: Oh, filántropos, mostradme al hombre nuevo. ¿Dónde está esa segunda
naturaleza humana que habéis inventado en vuestros ocios de artesanos? Para
ellos cito la frase del Libro: He puesto entre los hombres el deseo de un nuevo
hombre, y a todos he picado con esta desazón que nunca ceja. Porque en todo
hombre hay muchos hombres, y solamente en el sabio hay un solo hombre. En el
sabio no es el hombre una esperanza”. (Escritos Políticos del Lego Ortodoxo:
Contra los Filántropos).
EL
SUCESO
El carácter eminentemente natural de la
filosofía política mandarinesca se agranda al llegar a la teoría del suceso. Es
obvio que la materialidad social se fundamenta en acaecimientos; pero en
ninguna concepción del mundo han llegado los hechos a poseer tan singular
categoría como en el caso que tratamos. En efecto: Los mandarines elevaron el
simple acontecer a razón universal, construyendo la más originaria doctrina
sobre la justificación de la soberanía y los modos de gobierno. He aquí algunos
ejemplos:
“Pedrarias dijo:
Oh ancianos, padrecitos. ¿Acaso está mal elogiar a nuestro Príncipe? Porque yo
no sabia que fuera delito ensalzar al soberano.
Los ancianos contestaron: ¿Quién eres tú y
quiénes somos nosotros para elegir nuestro Príncipe? Dice el Libro que el
Príncipe es un suceso. ¿Acaso elige el hombre sus propios sucesos?
Pedrarias replicó:
Ayer mismo ensalzabais al Príncipe, cogiéndole las manos y haciendo votos por
su victoria.
Los ancianos
añadieron: Ayer era el Príncipe un suceso irremediable. Pero puede ocurrir que
hoy aparezcan en el campo de batalla otros sucesos más irremediables. Y dice el
Libro que a un suceso irremediable sustituye otro suceso más irremediable”. (Guerra
Civil, I).
“Pedrarias
preguntó: decidme por qué señal conocéis vosotros que un Príncipe está con
Dios.
Los ancianos
contestaron: El Príncipe que está con Dios es todo un suceso, un hecho
consumado. Y todo Príncipe victorioso, que viene a sentarse en el trono de sus
descendientes, es un hecho consumado”. (Ídem).
“El sabio permanece como el Libro. Mas
todo lo que viene y todo lo que va se acomoda al Libro en el corazón del sabio”.
(El Libro de los Mandarines).
“Sólo los locos, los necios y los patanes
cargan con la responsabilidad de sus propias obras, pretendiendo intervenir en
la obra del Mundo. El sabio, por el contrario, úncese a los sucesos irremediables”.
(Ídem).
“Dejad que los sucesos sucedan a los
sucesos. Pues cuando un Príncipe se vuelve extravagante, fratricida, parricida
o necio, se vuelve más irremediable. Y un Príncipe tan inexcusable solo puede
ser sustituido por otro Príncipe más inexcusable. Oh ancianos, contad con el
tiempo y la obra del tiempo en los hombres”. (Sentencia incidental del Oran
Padre Mandarín).
Conviene advertir que, según la más pura
ortodoxia, el suceso convierte en posible lo indeterminado. Por eso, ni la
sustancia física ni los animales pueden considerarse como sucesos, sino como
presencia o paisaje del Mundo. Así aparece en estos textos:
“¿Acaso los
insectos son un suceso? Pues los insectos paren insectos, y los sucesos paren
indeterminación”. (Sentencia incidental del Garan Padre Mandarín sobre los
insectos y los sucesos).
“¿Quién ha dicho que la gentecilla sea un
suceso? Pues la gentecilla, como el Mundo, es mera presencia; algo que está
ahí”. (El Libro de los Mandarines).
Las cosas primeras tampoco pueden
entenderse como sucesos. En efecto: en opinión de los mandarines, ni la mujer,
ni el niño, ni el instinto, ni la inocencia poseen verdadera historia. He aquí
un texto ejemplar:
“Viendo lavar las
mujeres y jugar los niños; me pregunté: ¿Desde cuándo lava la mujer y juega el
niño? Pues juegan y layan desde el primer día del Mundo, por lo cual son
también paisaje de la Tierra”. (Obras Completas de los Mendigos Herejes).
Abundando,
podríamos afirmar que ni los mismos dioses resultan sucesos, como se deduce de
esta cita :
“Díjele a mi
gacela: Entre las cosas tranquilas, tú eres las primera y más bella, pues en ti
nada ocurre”. (Del Mandarín enamorado de la diosa).
De todo ello parece deducirse la calidad
típicamente histórica y política del suceso, cuya interpretación corresponde a
la casta superior. Corroborando esta idea, existe un texto heterodoxo, que
dice:
“Los mandarines pretenden conservar el
antiguo engaño, sosteniendo que los sucesos sólo acaecen a los mandarines, pues
el Pueblo está fuera de la Historia”. (Escritos Políticos del Barberillo
Autodidacta).
LO
IRREMEDIABLE
Unida al concepto de suceso aparece la
idea de lo irremediable. Se trata de una categoría de impronta material, que se
realiza en el mundo político a través de la ineludible presencia de elementos
formales, que no pueden ser soslayados de la sustancia social, pues son la
razón misma de la comunidad.
Los mandarines no
sistematizaron los factores irremediables; pero, siguiendo los textos, podemos
ofrecer algunos ejemplos. Son irremediables el Príncipe, los legos, la gente
de estaca, los becarios, la corrupción, el necio, la tiranía, etc. Así aparece
en las citas siguientes:
“Oh ancianos: Sabed que todo Poder y todo Príncipe
resultan sustancias trágicas e irremediables, como la Naturaleza, los dioses,
el Fatum, y los demonios. El saber antiguo afirma calidad irresponsable de
estas formas superiores del suceder, pues quien alcanza a contemplar de una
mirada el Paisaje del Mundo, se torna como un dios o como un niño. Importa, por
consiguiente, que la sabiduría quiera estar de acuerdo con lo que sucede,
aprendiendo a hacer distingos en cuestiones de hecho, y armonizando el suceso
principesco con la conveniencia de cada uno”. (Sentencia Definitiva del Gran
Padre Mandarín, II).
“Siempre habrá legos y corrupción, porque
los legos y la corrupción son cosas irremediables”. (Sentencia incidental del
Gran Padre Mandarín, contestando a la apelación del Becario Falca).
“No temas, oh Pedrarias. Eres hombre de
porvenir; y los Aguiluchos habrán de necesitarte, porque hacen la guerra para
ocupar el lugar de tu Príncipe y señor. Los que poseen esa jerarquía han necesidad
de legos, porque los legos son irremediables al Imperio y las cosas del Imperio”.
(Guerra Civil, II).
“Él dijo: Sé que has pretendido sonsacar a
tos soldados. ¿Acaso ignoras que la estaca es necesaria? Pues la estaca resulta
irremediable”.
“Yo contesté: Reconozco
que la estaca es precisa. Pero no está bien que me guste la estaca, porque mi
voluntad quiere ser más inocente que mi razón. Yo no soy hombre de razón ni de
porvenir, sino de instinto. Perdona que sea así”.
“Él replicó: Has
reconocido la razón de la estaca. Esto te servirá en juicio". (Historia
del Eremita).
“El Sumo Mandarín
contestó: Oh Estaca-mayor, no temas; porque no habrá residencias de aficionados
a becarios. Dice el Libro que un becario sólo puede ser sustituido por otro
becario, y no por aficionadillos”.
“Al oír tal,
exclamó el Estaca-Mayor: Si el Libro dice eso, ¿Por qué' me ayudaste
despanzurrar huerfanitos? Pues ahora veo que son gente irremediable”.
“El mandarín respondió: Oh Estaca,
inocentasco. Dice el Libro que siempre habrá becarios; pero yo opino que no han
de ser los mismos”. (Herejía de los Becarios).
“Sonríe y calla el sabio ante lo
irremediable de la estupidez, con la humildad suficiente para admitir la presencia
de los demás. Es bello que así se conduzca el sabio, tornándose modesto frente
a la calidad fatal del necio. Pues si no hubiera tontos, el sabio no podría ruborizarse”.
(Sentencia Definitiva del Gran Padre Mandarín).
“Sabed que la posibilidad de realizar lo
indeterminado desaparece cuando surge la estupidez como forma de lo necesario,
pues la fatalidad es la última y más grávida de las cosas”. (Sentencia Definitiva
del Gran Padre Mandarín, III).
EL
PODER
La típica condición natural de la
sabiduría política mandarinesca se refleja en la teoría del Poder. En efecto:
según la más pura ortodoxia, la soberanía corresponde a la casta superior, mas
no porque lo sea racionalmente, sino porque lo es de facto. Tal filosofía lleva
implícito el reconocimiento de que todo Poder es detentado, y de que, por
consiguiente, cualquier lucha contra el Poder es legítima, de acuerdo con la
naturaleza de las cosas. Así aparece en los textos siguientes:
“Todo Poder es un hecho. Todo Poder es legítimo.
Todo Poder es fatal. Todo Poder es inmanente”. (El Libro de los Mandarines).
“Un Poder no puede ser sustituido sino por
otro Poder”. (Ídem).
“Toda lucha contra el poder es humana, racional
y legítima. Pero no toda lucha contra el Poder puede justificarse a posteriori,
porque no siempre resulta victoriosa”. (Ídem).
De lo expuesto se
deduce que la soberanía es algo que se explica en sí mismo, pero se justifica
siempre a posteriori, como la vida y el Mundo. He aquí algunos ejemplos:
“Los hechos son
hechos cuando están más hechos. Y todo Poder que vence es un hecho”. (Guerra
Civil, I).
“Las cosas suceden a las cosas; pero los
hombres y los conceptos impugnados no suceden a nadie ni a nada. Sólo
permanecen por pereza de la lógica o misericordia de la voluntad”. (Guerra
Civil, II).
“Cuando el príncipe se convierte en un
recuerdo del pasado, los Padres de la patria han de salvar al Pueblo,
rememorando la existencia de las antiguas leyes. Y si un nuevo acontecer
irremediable se opone al suceso del Príncipe, las viejas y augustas leyes han
de colocarse frente al moderno acontecimiento; porque las leyes antiguas se han
hecho para que sirvan al último suceso”. (Sentencia Definitiva del Gran Padre Mandarín, V).
“Luego visitó el infante al Gran Padre
Mandarín, que dijo: Oh parvulito. Siéntate en el trono de tus padres y gobierna
tu Imperio y las gentes de tu Imperio. Mas advierte que si la guerra te ha
convertido en un Suceso, las cosas últimas te transformarán en un Derecho”.
“El Infante preguntó: Oh, padre. ¿Qué son
las cosas últimas?”
“El Mandarín
repuso: Oh, Príncipe. Las cosas últimas son las cosas de los mandarines”. (El
Príncipe Restaurador, I).
En la época del
Nihilismo, el lego Ortodoxo escribió en defensa de los caracteres tradicionales
del Poder, diciendo:
“Afirma el
Platerillo que todo auténtico Poder ha de ser moderado, ha de ser metódico y ha
de realizar la civilidad. No parece sino que el Platerillo pretendiera enseñar
modales a los mandarines, lo cual es gran locura de este tiempo”. (Escritos Políticos
del Lego Ortodoxo: Contra los filántropos).
“Si en el Mundo
hubiera una verdad, y esa verdad no residiera en la casta de los mandarines, no
merecería la pena vivir aquí abajo. Pues la verdad sería como una pelandusca
manoseada por la gentecilla. Igual digo del Poder”. (Ídem).
“Enseña la
tradición que los nuevos señores suelen ser recelosos. Por eso, el Poder de la
canalla resulta defensivo, y, por consiguiente, cruel y bajuno. ¿De dónde,
pues, ha sacado el Platerillo su pálida teoría sobre el dulce reino de la
gentecilla?” (Ídem).
EL PRÍNCIPE
Dentro de la filosofía general de
los mandarines, la Historia surge como objetivización de las relaciones entre
las castas. El Príncipe es el árbitro supremo de esas relaciones, y su misión
estriba en actuar como elemento moderador entre la gentecilla y los señores. De
ahí que carezca de verdadero valor sustantivo, como se deduce del siguiente
texto:
“Cada casta tiene su lugar en la naturaleza
de las cosas, y cada lugar, su Poder. Pugnan, pues, los Poderes, y hácese la
realidad social. La soberanía de cada casta es sustantiva, pues tiene sustancia
propia. Dominan los mandarines y obedece la gentecilla ¿Mas quién modera esta
lucha? La modera el Príncipe, que no tiene Poder sustantivo, sino adjetivo. Por
eso la soberanía del Príncipe se llama soberanía de moderación; que quiere
decir Poder Metódico. Si no hubiera Poder Metódico, la lucha de las castas
sería una pugna de fieras”. (El Libro de los Mandarines).
Por ficción
política, los mandarines sostienen que el Príncipe y su familia provienen de la
gentecilla, inventando así la más extraña teoría sobre el origen de los reyes,
considerados en otras civilizaciones como descendientes de la Divinidad. Las
citas antiguas hablan de una especie de pacto entre la casta eminente y la
plebe, por el cual consintió aquélla en establecer un Príncipe para cuidar de
la armonía. Así aparece en estos textos:
“Gobierna el
Príncipe, y dice: Yo voy de las primeras a las últimas cosas, y de las últimas
a las primeras. Pues ha convenido que yo esté sobre las castas, para que las
castas tengan un espectador y un árbitro de su presencia”. (El Libro de los
Mandarines).
“Así hablaron los mandarines: Oh, gentecilla.
Porque tenemos la costumbre de admitir a los demás, nombraremos un Príncipe
moderador, y ese Príncipe será, desde hoy, todo un suceso”. (Ídem).
Esta doctrina
sobre el origen del Príncipe y el pacto de soberanía tiende a resaltar dos
conceptos: que el Poder pertenece, en pura naturaleza, al más fuerte y sabio; y
que el Estado ha nacido para defender al débil, representándolo en un concierto
de la lucha general de Poderes. Por eso, los estandartes reales llevaban esta
leyenda: .
“El Príncipe y los
Mandarines en nombre de las Primeras y de las Últimas cosas”. (El libro de los Mandarines).
Por lo demás, tal
concepción del Soberano tiene su fundamento en algo que nunca nos cansaremos de
repetir: el carácter natural de la filosofía política mandarinesca. En efecto:
Si el Poder es un hecho, y la casta un lugar de la Cultura, el Príncipe resulta
una ficción creada por contrato, es decir, una entelequia inventada
racionalmente, para templar el ritmo de la rerum natura. De ahí que al Soberano
le esté vedado el trato con las cosas contradictorias o razón dialéctica, como
se deduce del ejemplo que sigue:
“Los ancianos
dijeron: Oh, Príncipe parvulito. Escucha la voz de la ortodoxia: En nombre de
las cosas primeras está la gentecilla en el Mundo; en nombre de las cosas últimas
están, los mandarines; en nombre de las cosas primeras y últimas está el
Príncipe, como Poder Conciliador entre los señores y la gentecilla; y en nombre
de ese Poder Conciliador están los legos, los buenos padres y la gente de
estaca, como emisarios de las cosas últimas ante las primeras, y viceversa.
Pero sólo el Gran Padre Mandarín está en nombre de las cosas contradictorias.
Por eso mismo, el Gran Padre puede decir que tú no reinas sobre él ni las cosas
que le son propias”. (Reinado del Segundo Aguilucho, VIII).
Es innecesario
advertir que no todos los Príncipes cumplieron la doctrina expuesta, pues muchos
gobernaron según su propia voluntad, humillando la ortodoxia y sometiendo la
libertad de los mandarines.
EL
PUEBLO
Sobre el concepto de Pueblo poseemos
abundante literatura, contenida especialmente en el discurso del Mandarín Cojo.
He aquí algunos textos:
“Todo hombre untuoso busca una mujer que lo descubra.
El Pueblo es como un adolescente que busca su mujer. Pero la mujer del Pueblo
se llama gobernación”. (Discurso del Mandarín Cojo, 2).
“El Pueblo no es instinto ni raciocinio,
sino costumbre. Dos son las costumbres que hacen Pueblo: estar aquí abajo y
admitir los sucesos”. (Ídem, 7).
“El Pueblo es algo
que está fuertemente unido a la tradición del Diablo; pues, como el Diablo, ama
el Pueblo la inteligencia y lo que hay en ella. Así tiene el Pueblo la mala
costumbre de creer inteligentes a sus gobernantes”. (Ídem, 14).
“El Pueblo y los
sabios coinciden en dar al tendero la importancia que merece. Porque si la
Eternidad es de Dios, y el Poder del Príncipe, la mantequilla y el tocino son
de los tenderos”. (Ídem, 18).
“Dos irremediables tendencias hacen también
Pueblo: oír los sacerdotes y escuchar los demagogos. Porque el Pueblo posee la extravagancia
de querer ser redimido”. (Ídem, 35).
“Las grandes ideas
no buscan la felicidad. Sin embargo, el Pueblo cree que las grandes ideas se
han hecho para hallar la dicha. De ahí que el Pueblo no pueda entender a los
filósofos. (Ídem, 37).
“El Pueblo cree que la acción política ha
de realizar el bien común. También piensan así los barberos, por lo cual se ha dicho
que muchos tienen ideas de barberos. Mas los espíritus auténticamente sabios conocen
que la política tiende a la pervivencia del estado contemporáneo de cosas, a
convertir los hechos en derechos, y a endurecer definitivamente los sucesos, transformando
lo antiguo en recién llegado. La política es la simpatía que el Poder siente
hacia sí mismo”. (Ídem, 39).
“La más grande fe del pueblo es la fe en lo
indeterminado, la esperanza en dejar de ser una forma de la Realidad. Por eso mismo,
el Pueblo es víctima de los retóricos, porque los retóricos prometen la
realización de lo indeterminado”. (Ídem, 41).
“Hay algo en el pueblo superior al hombre,
la razón y la necesidad, y es la extraña afición por los guiños. En efecto: Gústale
asomarse al pecho de un corazón guiñoso, pues halla las causas primeras y
últimas de las cosas en los gestos de un histrión. Un Príncipe avispado querrá
poseer sutiles juristas para su Pueblo; pero el más profundo de los Príncipes
buscará retóricos guiñosos”. (Ídem, 43).
“No conviene, sin embargo, que el Príncipe
o los mandarines guiñen el ojo al Pueblo. Déjese esto para los legos o los
becarios, pues los grandes señores han de tener intermediarios”. (Ídem, 44).
“He aquí la más alta justificación de todo
Poder: Deo volente. Populo ferente.
Queriéndolo Dios, y consintiéndolo el Pueblo. En efecto: Dios y el Pueblo están
de acuerdo con lo que necesariamente sucede: Tal ocurre en Dios porque es
anterior a los hechos y al Mundo; y en el Pueblo, porque es posterior al Mundo
y los hechos. Todo Príncipe profundo sabe que Dios y el Pueblo son conformes con
su reinado. Pues el que vence, alcanza victoria porque Dios quiere; y cuando el
triunfador ha vencido, también el pueblo consiente que haya vencido”. (Ídem,
50).
“Los hechos son tozudos, y el Pueblo
también. Pero más tozudo que el Pueblo ha de ser el Príncipe, y más que el
Príncipe, los aduladores. Pues los aduladores son los herederos de todos los
sucesos”. (Ídem, 52).
“Habrá Pueblo sin Príncipe, sin dioses,
sin costumbres, sin leyes y hasta sin retóricos; pero jamás sin mandarines.
Pues los mandarines son cara pocha del Pueblo”. (Ídem, 54).
LA POLÍTICA COMO TOTALIDAD
De lo expuesto se
deduce que la sabiduría mandarinesca concibió la política como hacer integral
del hombre, no sometido a ningún otro empeño de naturaleza religiosa,
filosófica, científica o hedonística. Los textos auténticos dan por supuesto el
carácter universal de la empresa del gobierno y convivencia, totalidad donde
están implícitas todas las tendencias y aficiones humanas. De ahí que hablen de
la vida como de lucha de Poderes; de las relaciones individuales, como de
enlaces o de conexiones civiles: de las castas, como de formas del Mundo; del
juicio moral, como de Premeditación, etc., etc.
Aunque los tiempos
modernos han llegado a poseer una conciencia semejante, parece difícil
superarla, pues los mandarines jamás imaginaron una materialidad ajena a la
obra pública, unciendo cualquier saber a la expresión de lo conveniente. He
aquí algunos ejemplos:
“La ortodoxia cede
a la política. Orthodoxia cedit recto civitatis ordini”. (Aforismo del Mandarín
Político).
“Yo divido los
hombres en rebeldes y afanosos. Los rebeldes miran caer la tarde; los afanosos
cumplen sus oficios, porque poseen intereses. Tened cuidado de no mirar la
tarde”.
“Quien posee
intereses se unce a la necesidad, rebus sic stantibus. El que mira la tarde no
ve lo inmediato ni ama el día de mañana. Tened cuidado de poseer intereses y
amar el día de mañana. (Arenga del Sumo Mandarín a los Becarios, 7 y 8).
“Yo divido los
hombres en rebeldes y guiñosos. Los rebeldes son como niños en un mercado; los
guiñosos como mercaderes que vociferan. Cuando se levantan las tiendas, cada
uno lleva su negocio; el niño, nada. Tened cuidado de no ser como niños en un
mercado”.
“Porque el niño ha
de tener padre que vele por su carne, y un niño no es padre de otro niño. Los
inocentes van de la mano de sus mayores; los guiñosos, conducidos de sus
guiños”. Tened siempre cuidado de encontrar un padre en vuestros guiños”.
(Ídem, 15 y 16).
“Yo divido los
hombres en rebeldes y respetuosos. Los rebeldes tratan lo antiguo como si fuera
de ayer; los respetuosos tratan lo de ayer como si fuera antiquísimo. Tened
cuidado de respetar el hecho más próximo”.
“Los sabios
conocen que los señores quieren ser antiguos, porque la antigüedad justifica.
El poderoso construye los hechos, y el respetuoso los convierte en derechos tradicionales.
Tened cuidado de estar de acuerdo con el día de hoy”. (Ídem, 21 y 22).
“Yo divido los hombres en rebeldes y
afincados. Los rebeldes obran como si fueran de paso; los afincados como gente que
se queda en este Mundo. Tened cuidado de no ir de paso”.
“El hombre que va de paso es capaz de
trastornar las costumbres y usos inveterados, corrompiendo el viejo orden con generosidades
efímeras. Puede decir: doy y no tomo; pago caro; entrego y no solicito; dono,
me desentiendo de los merecimientos. El ir de paso produce así inflación de
virtudes. Tened cuidado de afincaros y no elevar el precio de los merecimientos”.
(Ídem, 31 y 32).
“Yo divido los hombres en rebeldes y
discretos. El rebelde habla igual a todos; el discreto posee varios diccionarios.
Tened cuidado de saber diferenciar vocablos para hablar a los hombres”.
“El necio habla como un niño, y el sabio
como un juicio largamente rumiado. Cada Poder tiene su gramática, y cada gramática
su diccionario. Por eso, el más avispado conoce y usa el diccionario más
contemporáneo, para poseer la hipocresía que conviene al momento”. (Ídem, 37 y
38).
“Yo divido los hombres en rebeldes y
oportunos. Los rebeldes aman aquello que les parece bueno o bello, perdiendo el
tiempo en defender lo inactual o reivindicar los muertos. Los oportunos saben hacer
e intentan hacer coincidir lo bello con lo conveniente, y lo bueno con lo
actual. Tened cuidado de encontrar una razón moral para el ultimo hecho”.
“Pues tan sólo un
loco es capaz de ser amigo del demonio, cuando el demonio no priva; ir contra
la razón de la estaca, o ponerse de parte de un dios caído. No hay en la Tierra
juicio suficiente para convertir en inactual un hecho contemporáneo. Tened
cuidado de estar con lo que sucede”. (Ídem, 39 y 40 ).
“El Estado es
presencia de lo irremediable. Sabed convertir esa presencia en cosa vuestra”. (Consejos
del Eterno Becario a sus compañeros).
“El Estado es
cualidad política. La cualidad política son tres cosas: rebaño que mandar,
estómagos con intereses y tiempo que acumular”. (Ídem).
“El Sumo Mandarín dijo: Oh mendigo, parvulito.
No temas, pues el Justo no te examinará. Porque desde que se ha convertido en
el Hombre Más Justo del Mundo, tiene mucho que hacer, y no le queda tiempo para
examinar mendigos. Advierte que es el Justo oficial del Imperio, y un Justo
oficial siempre lleva prisa”. (Historia del Mendigo).
“Hubo un lego, beatísimo y ortodoxísimo,
que dijo: Propongo que se ordene la caridad y se saque del caos en que se encuentra.
Pues, ¿de qué me sirve hacer el bien si no lo hago para el recto orden del Imperio?
Así opino que se tenga en cuenta la espiritualidad de los estómagos, y que
solamente concedamos limosna a los mendigos de estómagos espirituales”.
“Como llegara esta tesis al Consejo de Mandarines,
el Consejo sonrió y replicó: ¿Qué hay de nuevo en ello? Es una antigua
sabiduría que ya practicamos nosotros con los becarios y los estómagos de los
becarios”. (Historia del Mendigo).
[1] He
traducido por filántropos la expresión “enamorados de la capacidad de
pretensión del hombre”, que en el original es una sola palabra. Se trata de una
secta de plebeyos ilustrados, dirigida por un platero y un barbero.
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