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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

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Miguel Espinosa - Juicio y expiación de Ángeles Hernández



Juez Primero:
Pasa, muchacha, siéntate, no receles; queremos iluminar tu ánima. Dinos: ¿es verdad que hablas con el Eterno? (Se santigua).
Muchacha:
Tan cierto como que vosotros sois tres.
Juez Primero:
«¡Ay de mí!, que he visto a Dios; estoy perdido». Y ¿qué dice El? Muchacha:
«Ángeles, no temas. Advierte la extensión de la Historia, cuenta los innumerables muertos que han sido y son, pon tus ojos sobre los pueblos y los individuos que se sucedieron. Pues bien: Yo te he elegido entre las arenas de las conciencias, y te he reservado un lugar en mi Reino, por lo cual serás bendita. Sin embargo, tendrás que padecer, porque así es mi marca; sólo el sufrimiento me conoce».
Juez Primero:
Y la mancha.
Juez Segundo:
Y la culpa.
Juez Tercero:
Y la desesperación... Mas, ¿qué respondes tú?
Muchacha:
«Llámame con mi nombre por los siglos de los siglos; ahora y cuando no haya Creación. Dime: ¡Ángeles, Ángeles, Ángeles!».
Juez Primero:
Y ¿qué contesta Él?
Muchacha:
¡Ángeles, Ángeles, Ángeles!, ¡qué obra tan perfecta eres!». Eso me anonada.
Juez Primero:
¿Qué razones puede tener el Bueno para preferirte entre las incontables existencias?, ¿qué razones para declararte diferente y bendita?, ¿qué razones para nominarte con tu nombre por los eternos evos?, ¿y qué razones para confesarte obra perfecta?
Muchacha:
El es una Subjetividad.
Juez Segundo:
¿Una subjetividad?
Juez Tercero:
¿Una subjetividad?
Juez Primero:
¿Cómo aparece esa Subjetividad?, ¿qué figura posee?, ¿cómo se muestra? Muchacha:
La cólera es la cara de la Santidad; no otro rostro tiene el Bendito.
Juez Primero:
¿Lo has visto? ¡Trázalo!
Muchacha:
Figuraos dolor y gozo, mansedumbre y superioridad, tristeza y complacencia, amor y desprecio a un tiempo; existe como obligado.
Juez Segundo:
¿Como obligado?
Juez Tercero:
¿Como obligado?
Juez Primero:
¿No querrás decir que existe con necesidad?
Muchacha:
¡Como obligado!, ¡como obligado!
Juez Primero:
Dios es el Sinsentido del sinsentido Bien y Mal, mundo y no mundo, pureza e impureza, inocencia y culpa, espíritu y vacío, y de todos los sinsentidos; no resulta una existencia que hayamos que buscar, sino una Manifestación: se muestra como la no explicación que explica lo que no tiene explicación. ¿Cómo te atreves, pues, a describir su rostro y a decir que existe obligado?
Muchacha:
¡Lo he visto!, señor.
Juez Primero:
Mira, muchacha, que vas a perderte.
Muchacha:
¡Lo he visto!
Juez Segundo:
Palomita, ¿es verdad que hablas también con el Maligno?
Muchacha (gozosa):
En efecto, señor.
Juez Segundo:
Y ¿cómo es ese Maligno? ¡Descríbelo!
Muchacha:
El mundo es la cara del Maligno; su semblante asoma en todas las cosas: en los niños que duermen, en las mujeres que lavan, en los hombres que trajinan; en las palabras, en los juicios, en las teorías, en los credos; en las piedras, en las plantas, en los animales, en las esquinas de las ciudades, en los sillares de las murallas, en las nubes, en la soledad de las aguas y de los planetas. Es densidad y opacidad, pura Objetividad.
Juez Primero:
¿Pura Objetividad?
Juez Tercero:
¿Pura Objetividad?
Juez Segundo:
¿Qué quieres expresar con ello?
Muchacha:
Quiero decir que no es un sujeto, sino todo lo dado; también existe obligado.
Juez Primero:
¿Obligado?
Juez Tercero:
¿Obligado?
Juez Segundo:
Presentas al Maligno como un silogismo; entre los sabios, algunos afirmaron que todas las cosas resultan silogismos. ¿Cómo se te ocurrió esa descripción del Malo?
Muchacha:
Lo he visto, señor.
Juez Primero:
¿Sostienes, pues, que el Maligno se encuentra ahora entre nosotros, tus jueces, que se muestra en nuestros rostros y que habla por nuestras bocas? ¿Crees que su viscosa compacidad ocupa este lugar, estos bancos y estas mesas, encarnada forma y actualidad del momento? ¿Mantienes que su crasitud penetra nuestras insignias y su brillo? ¿Afirmas, en resumen, que está aquí, llenando el tiempo y el espacio?
Muchacha:
Lo veo, señor. ¿No lo advertís también vosotros? Se halla en toda mímica, en cualquier objeto y su resplandor; también, en la conciencia y su afán. Escuchad los ruidos de la calle: son suyos. Miradlo como pensamiento, como implacable y mudo deseo, como callado propósito, como interior proyecto, como acto y su consecuencia; miradlo como Naturaleza, como valle y corno montaña, como lluvia y como sol; miradlo, finalmente, como signo, como imagen y como metáfora, como identidad y como alegoría.
Juez Primero:
¿Lo ves como tristeza?
Muchacha:
Como tristeza y como alegría.
Juez Primero:
¿Y como tedio y vacío?
Muchacha:
También como tedio y vacío; a veces, como un vacío lleno.
Juez Segundo:
¿Lo consideras el Príncipe de este Mundo?
Muchacha (gozosa):
El Príncipe de este Mundo, ¡el mundo!
Juez Primero:
Corcilla, ¿cómo puede resultar que hables con el Eterno, la Santidad, y con el Maligno, sin contradicción en tu alma y en el orden? ¿Cómo puede ocurrir que el Bueno quiera escucharte tras saber que tratas con el Malo?
Muchacha:
Ellos, como espíritus, y como contrarios, se tienen simpatía.
Juez Segundo:
¿Simpatía?
Juez Tercero:
¿Simpatía?
Juez Primero:
Ya nos confesaste qué suplicas al Eterno: la repetición de tu nombre por los siglos. Dinos ahora, hija, qué pides al Maligno.
Muchacha:
«Devuélveme al hombre que amo, el único; ha entrado en mis venas y corre por ellas como mi sangre; marchó con otra mujer y con ella vive».
Juez Primero:
¡Vaya! La ramera pretende ser la elegida del Creador, la bendita, la nominada por la Palabra, y, al mismo tiempo, la amante de un hombre; el fin desmerece del principio; en estas miserias concluyen las vulvas.
Juez Tercero:
Muchacha, ¿por qué no hiciste ese ruego al Eterno?
Muchacha:
Porque hay que pedir las cosas de este mundo al Rey de este Mundo.
Juez Segundo:
Y ¿qué respondió el Maligno a esa petición, palomita? ¿Entregóte al hombre?
Muchacha:
Dijo: «Ángeles, no me ha sido dado aumentar ni disminuir el dolor; no puedo agregar ni quitar un guijarro al camino angustioso».
Juez Segundo:
¿Cómo puede el Espíritu Maligno confesar su impotencia para obrar el mal, si resulta el mal mismo, acción y suceso, movimiento y resultado? «¡Ay de mí!, que he querido. ¡Ay de mí!, que he deseado. ¡Ay de mí!, que he consentido» ¿Acaso no se define el Malo como voluntad y anhelo?
Muchacha:
Es la Objetividad sin mezcla de subjetividad (ya os lo dije); ni hace ni deshace: representa el orden.
Juez Primero:
¡El orden! ¿Y qué es el orden? (A los otros jueces) ¿Entendéis algo? (A la muchacha) Gacelilla, ¿te participó el Bendito algunas otras nuevas?
Muchacha:
Murmuró: «Ángeles, no me imputes la Creación». Y habló así por ser la Subjetividad.
Juez Primero:
¿Y el Malo? ¿Te confidenció el Malo algo más?
Muchacha:
Susurró: «Ángeles, no me imputes la Creación». Y habló así por ser la Objetividad.
Juez Primero:
¡Subjetividad, Objetividad! Dulce niña, ¿sabes lo que estás afirmando? Haces renegar al Eterno de su obra, y, por añadidura, pones en labios del Maligno queja contra su propia manifestación. ¿Qué se concluye de todo esto? Aclara: ¿Qué se concluye?
Muchacha:
¿Qué queréis concluir?
Juez Segundo:
Queremos saber quién es el autor de lo dado.
Juez Tercero:
En cuanto acaece como fatalidad y como contingencia.
Muchacha:
El autor es anónimo.
Juez Segundo:
¡Anónimo!
Juez Tercero:
¡Anónimo!
Juez Primero:
¿Qué intentas decir con ello? ¿Pretendes sostener que el Bendito no se muestra en su obra? ¿Quieres significar que no la protagoniza? ¿Aspiras a manifestar que se trata de un Dios escondido, o más bien de un Dios que se evidencia escondido?
Juez Segundo:
¿Es la Creación la ocultación de Dios? ¿Es la Obra el escondite del Autor? Juez Tercero:
¿Hay un Dios clandestino al mundo? ¿Es el mundo necesidad para el cumplimiento de la secreteidad divina? ¿Crea Dios para emboscarse? ¿Revela su encubrimiento su encubrimiento?
Juez Primero:
He ahí mil problemas. ¡Acláralos!
Muchacha:
No tenéis oídos. ¡Dejadme!
Juez Primero:
¡Hola! La coima se permite dictar como Jesús (A la muchacha) Anda: ¿Por qué no afirmas: «Me buscaréis y no me encontraréis... Donde Yo voy, vosotros no podéis venir»?
Juez Tercero:
Soy viejo, nada me satisface, estoy en el zaguán de la muerte. Dime: ¿Qué debo hacer? ¡Ayúdame!
Muchacha:
Sólo puedes rezar.
Juez Tercero:
¿Y si no hallo respuesta?
Muchacha:
El silencio es respuesta. ¿No lo has comprendido?
Juez Tercero:
¡Ay!, «no se os dará ninguna señal».
Juez Segundo:
¿Oyes tú en el silencio?
Muchacha:
Oigo.
Juez Primero:
¿Oyes? Confiesa definitivamente quién eres. ¿Guardas para nosotros algún mensaje?
Muchacha:
Me llamo Ángeles; soy la delicia de Dios; me ama el Hijo y me ama el Espíritu Santo; trato con el Maligno, a quien veo en las cosas.
Juez Primero:
Suavísima niña, realmente resultas una posesa; sufrirás el tormento.
Juez Segundo:
Así será, parvulita.
Juez Tercero:
El dolor te iluminará.

II

Muchacha (en el tormento):
¡Ay!, soy una pobre niña, una débil muchacha. ¡Ay!, dolor, dolor. No sé de palabras, sino de visiones y voces. ¿Qué puedo decir? Acordaos de cuando jugaba, cuando crecía junto a mis padres, yendo de aquí para allá con mi cántaro. Me llamaban Angelita. ¡Ay!, ¿por qué me hacéis padecer? ¡Ay!, ¡ay! Yo quería tener un novio y ser cortejada, bailar en la plaza, dar en los ojos a mis amigas. ¡Ay!, ¡ay!, esos cordeles, esos cordeles. ¡Ay!, ¡ay!, ¡qué sudores! Ya no más, mi garganta se seca. ¡Ay!, Dios, mi amante, ¿por qué me desamparas? Y tú, el Maligno, ¿no tienes algún poder aunque sea suplicándolo? ¿Dónde estáis los espíritus? ¡Ay!, ¡ay!, este sudor, este sudor frío. ¡Qué horrible puerta se abre!, ¡qué inacabable zozobra!
Juez Primero:
¿Qué puerta ves?
Muchacha:
¡Ay!, dolor, sufrimiento. Tened piedad.
Juez Primero:
Confiesa, pues.
Muchacha:
¡Ay!, angustia, ¿cómo me encuentro tan sola?, ¿dónde se hallan los espíritus? Y vosotros, padre y madre muertos, ¿cómo calláis?, ¿cómo permitís? Mis amigas, mis caminos, luz de los días: todo se esfuma y me abandona. ¿Adónde va mi ser? ¡Oh qué abismo deshabitado veo! ¡No me dejéis caer!
Juez Primero:
No en vano apetecemos y hacemos; el castigo es la otra cara de la culpa, y exige su cumplimiento desde que comenzamos a obrar: los deseos nos conducen dulcemente a la pena. No resultan iguales los delirios que los hechos: la realidad es concreta, nadie escapa a su orden, donde se invierten y frustran todos los anhelos; la propia demencia se inclina ante ella.
Muchacha:
¡Ay!, ¡ay!, despojadme de este padecimiento, estas angustias, este terrible deshacerse.
Juez Primero:
Reconoce tu pasión y tu caída.
Muchacha:
¡Ay!, deshacimiento, ¡ay!, sima sin fondo.
Juez Primero:
Admite tu unión con el Maligno, habitante de tu interioridad, que habla con aquella voz; acéptate dueña de la mentira y del vacío; confiesa tu tristeza, pecado y la necesidad de la sanción. Sólo así quedarás en paz. ¿No ves que te quiero ayudar? ¡Confiesa!
Muchacha:
¡Ay!, confieso.
Juez Primero:
¿Sufres?
Muchacha:
Mucho, mucho, señor.
Juez Primero:
Ahora dices verdad: el dolor no habla mendaz ni banal.
Muchacha:
¡Ay!, quitádmelo.
Juez Primero:
La expiación te purifica. ¿Sufres?
Muchacha:
Mucho, mucho.
Juez Primero:
Téngote lástima, porque has sido hueco a llenar por el Mal, oquedad predestinada, tabla para escribir con rasgos impuros, cubo para la suciedad, campo para la confusión, ánima para la angustia sin conclusión. Y ¿por qué? No es lo mismo parir que nacer: lo primero resulta ingenuo, y lo segundo, terrible. ¡Oh si tus padres lo hubieran sabido! Mas cuando ellos sostienen al niño, deleitándose en su sonrisa y en el movimiento de sus bracitos, no imaginan sus pecados ni su agonía. ¿Sufres?
Muchacha:
Mucho, mucho.
Juez Primero:
¿Ratificas tu confesión? ¿Te abrazas a la pena? El castigo te tiende su mano salvadora. ¿Lo aceptas?
Muchacha.
¡Ay!, sí. Quitadme este dolor.
Juez Primero:
¡Ea! Te degollaremos, para que no padezcas el espanto de las llamas. ¿Agradeces nuestra benignidad?
Muchacha:
Sí. ¡Ay!, quitadme este dolor.
Juez Primero:
Hemos querido que la carne que suspiró, en deliquio, no profiera alaridos; la sagrada corrupción de la tumba purgará con suficiencia los empeños de tu conciencia, pues el orden se restablece en la muerte. El agujero oscuro de tu boca, abierta en el sepulcro, predicará la mofa de tus deseos y su delirio.
Muchacha:
¡Quitadme este dolor! ¡Llevadme a la paz de la tumba!
Juez Primero:
¡Sea en parte! (Al verdugo) Aflojad los cordeles y dejadle descansar. Es una dulce niñita.

III

Muchacha (atarla a un poste):
¿Qué sucederá después del primer tajo?
Verdugo:
Tal vez haya que dar el segundo.
Muchacha:
Y ¿padeceré mucho?
Verdugo:
No lo sé; sólo veo la exterioridad; algunos se agitan y mueven entre espumas.
Muchacha:
Tengo miedo.
Verdugo:
Comprende, palomita, que yo no he querido ejercer este oficio ni realizar estas cosas.
Muchacha:
¿Por qué me matáis?
Verdugo:
Hablaste y te comprometiste; no en vano se es sujeto.
Muchacha:
¡Dios, mi amante, prométeme que me llevarás de la mano por la planicie de los cielos!; mira que muero niña y enamorada. ¡Ay!, ¡qué lástima de mi cuerpo!
Verdugo:
¡Vamos, hija! Agárrate al crucifijo, apriétalo, fija allí tus manos. En verdad que me duele este sacrificio. Cierra los ojos, no será largo. (Le da un corte. ella se agita; le da otro corte; las manos se aferran al crucifijo).
Juez Primero:
¿Ha muerto?
Verdugo: (Distraído)
Mil veces que ejecuto, mil veces me maravillo. ¡Qué misterio! En pocos instantes, dejó de manifestarse esta individualidad, que jamás tornará al mundo. ¿Dónde estará ahora? ¿A quién hablará?
Juez Primero:
¿Ha muerto?
Verdugo:
Ha muerto. Vedla apretando el crucifijo; ahora calla.
Juez Primero:
He aquí la pena cumplida y el orden restaurado. Sólo la superficialidad podrá acusarnos de crueldad. Tenemos que prohibir, tenemos que prohibir, para que el espíritu reine en la Tierra, pues el sentimiento de pecado y culpa consciencia y eleva al hombre. Dios significa prohibición, y la prohibición significa Dios. Si todo resultara lícito, el vacío y la demencia devendrían nuestros señores; así, pues, prohibiendo, salvarnos. (Se va).
Verdugo:
Veo, oigo y hago sin entender. ¡Qué difícil resulta saber! (Mirando a la muchacha) Me limitaré a enterrar el cadáver, que no es poca cosa.

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