INTRODUCCIÓN
Para entender con suficiencia este
trabajo conviene admitir los puntos de vista del autor, a saber:
Que hay un sentir estético y un sentir
eidético del mundo. Que el primero resulta irracional y mágico; y el segundo,
típicamente racional y lógico. Que el sentir estético antepone la verdad,
entendida como Ethos, trascendencia y ultimidad, a la realidad, entendida como
naturaleza y razón. Que, por el contrario, el sentir eidético antepone la
realidad a la verdad. Que tales sentires no pertenecen solamente al individuo
aislado, sino a los grupos o razas, resultando, por ello, eminentemente
históricos. Que el sentir estético es específico de Oriente, y el sentir
eidético, de Occidente, concebido como suceso iniciado por Grecia e
interrumpido por las invasiones bárbaras.
Que la historia occidental puede dividirse en
etapas correspondientes a culturas del sentir estético, culturas del sentir
eidético y culturas de síntesis entre ambos. Que la llamada cultura clásica o
antigua es símbolo originario del sentir eidético. Que, tras la caída del mundo
antiguo, llega una primera Edad Media, o Edad Medía estética, que va desde el
Concilio de Nicea (325) al siglo XII. Que seguidamente ábrase el período de una
segunda Edad Media, o Edad Media sintética, donde se realiza la avenencia entre
el viejo sentir mágico y el sentir racional, descubierto a partir del siglo
XIII como patrimonio de los antiguos, y representado por la filosofía de Aristóteles.
Que esta segunda Edad Media abarca hasta la revolución religiosa, debiéndose a
su presencia la configuración de los elementos característicos del Occidente
moderno.
Que durante el referido período aparece en
Europa, al par que el movimiento escolástico, el proceso de los humanismos,
encarnación contemporánea del ideal eidético, entendido como ideal de la
Hélade. Que, desde entonces, tal ideal es una constante en la historia europea,
habiendo producido cuatro clases de humanismos: El primer humanismo
(renacimiento italiano, renacimiento nórdico), interrumpido por la reforma
protestante; el segundo humanismo (racionalismo postcartesiano, jusnaturalismo,
descubrimiento de las ciencias naturales); el tercer humanismo (racionalismo
paidético de la ilustración), y el cuarto humanismo (Hölderlin, Nietzsche y la
cultura historicista alemana). Que el ideal de la Hélade, aun conservando unos
fundamentales caracteres comunes, resulta diferente en cada uno de estos
procesos humanistas.
Que en nuestros días no existe ningún
humanismo, habiéndose quebrado la presencia del ideal de la Hélade en
Occidente. Que, por constitución originaria y propia historia y concepción del
mundo, los Estados Unidos y Rusia resultan enemigos de todo humanismo. Que
Europa ha dejado de ser occidental para convertirse en occidentalista, como la
antigua Grecia se convirtió en helenística. Que, por último, podemos
plantearnos la cuestión de si surgirá en Europa un quinto humanismo.
I
EL
SIGLO XII
Al comenzar el segundo milenio, la conciencia oriental del espíritu,
concebido como algo eminentemente confuso, sucio y negativo, ganó parte del
alma medioeval, sumida en trance de perder los vestigios de la herencia
grecolatina, es decir, los últimos rasgos de su constitución occidental. El
ansia de un conocimiento irracional y posesivo de la verdad, el grado ínfimo de
autoridad a que había llegado la razón y la exacerbación de la expresión mágica
del mundo, coincidieron en configurar un fenómeno de histerismo y melancolía
general, que estuvo a punto de sumir Europa en la barbarie del nihilismo, la
dejadez y la renuncia definitiva a toda jerarquización racional de las cosas.
El odio instintivo hacia la realidad, tan característico de las grandes razas
empeñadas en negar la belleza, la alegría y la espontaneidad de la vida; la
valoración trascendente de lo absoluto, irracional y abstracto, tan típico de
la conciencia oriental, y la identificación entre intuición mágica, o
percepción elemental, y verdad, conformaron un específico tipo de alma mística,
que se creyó a sí misma encarnación originaria de la predicación evangélica,
entendida como camino y esperanza.
La
más alta y concreta expresión de este fenómeno se manifestó en las herejías que
florecieron durante el siglo XII, consideradas hoy como errores contra la
sociedad y la misión terrena de la Iglesia, en cuanto conjunto de esquemas
modeladores de la comunidad, mejor que como errores contra la fe misma. Los
cátaros o puros, que pretendían poseer el don de la consolación en la tragedia
de estar en el mundo, y que alcanzaron un rigor ascético y un desprecio de la
naturaleza humana verdaderamente asiáticos, situaron la más alta sabiduría
intuitiva en la llamada endura o busca de la muerte por la total
privación. Pedro de Brys (quemado en 1126), Pedro Waldo (condenado en 1179,
excomulgado en 1181), Arnaldo de Brescia (quemado en Roma, bajo Adriano IV),
Joaquín de Fiore (1145-1202), Amauro de Behe (muerto en 1207) y David de Dinat
(muerto en 1215), representaron la misma ambición nihilista de pobreza,
renuncia, oposición a toda paideia, ascetismo y aniquilamiento. Tan
extravagante ideal viose igualmente encarnado en el espíritu, algo más
ortodoxo, de las órdenes mendicantes, admitidas por el Concilio de Letrán.
Una revolución semejante a la que derribó el
mundo antiguo parecía convocarse para derrumbar el medioeval. Los últimos
rasgos del ideal helénico palpitante en el cristianismo, su herencia platónica
y su buen sentido romano, estaban a punto de perderse, dejando amplio campo a
la barbarie del sentir estético llevado a ultranza. La primera Edad Media, que
había antepuesto la verdad a la realidad, se halló entonces ante el peligro de
caer en el éxtasis de un misticismo que situara al hombre en el más ínfimo
lugar de la jerarquía de las cosas, como sucedió en Oriente.
Es
obvio que a un proceso sólo puede oponerse otro proceso. Pero también resulta
claro que los procesos, en cuanto movimientos de ideas, no pueden ser
inventados por la autoridad, ya que nacen en la sociedad, son incontrolables y
poseen un origen explicable a posteriori. La Iglesia reaccionó inmediatamente
contra el fenómeno de general nihilismo; mas su lucha no hubiese dejado de ser
local y torpe, como es la acción de la estaca frente a la fatalidad histórica,
si no hubiera surgido otro proceso vigoroso y antitético, apenas previsto ni
querido por la misma Iglesia, si bien recogido con vehemente simpatía. Veamos
de analizarlo desde nuestro punto de vista.
II
LA
OBRA SINTÉTICA DE LA ESCOLÁSTICA
La
cultura de la primera Edad Media poseía ya un sistema de verdades alcanzadas a
través de la intuición trágica. El peligro de nihilismo y disolución de esta
cultura apareció, como hemos visto, en el siglo XII, con tenaz empeño; para
conjurarlo, bastaba conceder a la realidad, en cuanto razón, un lugar en el
esquema mágico de valores, lo cual equivalía a configurar bajo formas eidéticas
los hallazgos alcanzados por la sabiduría de salvación. Tal fue la obra
realizada por la escolástica.
El
saber eidético de la antigüedad apareció oportunamente en la figura de
Aristóteles, descubierto por la especulación abstracta de la filosofía árabe.
En menos de veinte años, la doctrina del estagirita señoreó Europa, ávida de
razón, a pesar de la oposición del viejo espíritu estético, encarnado en el
platonismo de los agustinos y franciscanos. Alberto el Magno y Tomás de Aquino
realizaron, definitivamente, la configuración formal lógica de la sabiduría
mágica en moldes racionales, donados por el ideal de la Hélade. Así se verificó
una sutil revolución capaz de perpetuar en figuras eidéticas, perennes y
correctas, el saber intuitivo de la primera Edad Media.
La
escolástica apareció, pues, como un inmenso andamio de formas construidas para
recibir el contenido de la sabiduría estética, dada a priori. Más que
una filosofía fue un nuevo método y una disciplina que sometió las creaciones
del sentir estético al rigor del juicio. Se ha dicho que el tomismo cristianizó
a Aristóteles, pero mejor se diría que peripatizó el contenido de la cultura
estética medioeval, concediendo valor real al mundo, a la naturaleza y a la
razón. Asombra imaginar hasta qué extremos nihilistas hubiese llegado Europa
sin esta presencia oportuna del estagirita, que salvó a Occidente del sueño
místico dormido por el Asia.
III
CONFIGURACIÓN
DEL HUMANISMO
A
partir de la síntesis realizada por la escolástica se pergeñaron los más
originarios rasgos del hombre moderno occidental, tal y como aparece desde la
eclosión de los renacimientos. En efecto: la conformación del Occidente moderno
fue verificándose en un proceso paralelo a la cristianización del viejo fluido
estético medioeval en moldes aristotélicos. Admitida la presencia de la
realidad en la sinopsis medioeval de valores, pudo ir naciendo, poco a poco,
cierta confianza en la obra del hombre, considerado como parte espontánea de la
rerum natura, no ya como trágico compuesto de cuerpo y alma. Tal
confianza surgió de una manera inicialmente tímida e inquieta, es decir, como
una especie de inocente asombro y de amorosa y tierna sensibilidad para el
mundo que descubre.
Hasta el presente, Occidente no registra un
acontecimiento tan misterioso y delicado como este inquietarse del alma mágica
medioeval hacia el final de sus siglos propios, por natural intuición de la
realidad y del sentir eidético. No sólo en Italia, donde habían aparecido las
repúblicas de mercaderes, con el típico espíritu liberal del comercio, sino
también en los Países Bajos y en el centro de Europa, donde surgió la burguesía
como clase especificada, nació una sutil nostalgia por un mundo más claro,
civil y limpio, unida a la inclinación vehemente por las formas naturales de
saber, que podían convertir la vida en algo más bello.
Llamaremos primer humanismo occidental a la
cristalización de esta fina inquietud de la sociedad medioeval en un proceso
intelectual y sensitivo que tenía la obra de la escolástica como antecedente
necesario; el saber antiguo, como patrimonio recién descubierto; el ideal de la
Hélade, como ambición, y el ansia de conformar un mundo claro y bello, como
propósito.
El
primer humanismo occidental, igual que todo proceso humanista, se reveló
sustancialmente como un hacer paidético, fundamentado en la síntesis entre
naturaleza, razón y hombre. Por ello, su obra resultó dirigida a la comunidad, no
a la intimidad del individuo. Es obvio, por lo demás, que todo verdadero
humanismo tiende a realizar la politeia, no la interioridad; es educación, no
consuelo. En el siguiente esquema trataremos de resumir el contenido de este
primer humanismo :
A) Primacía de la realidad, que se revela como naturaleza, en las
cosas, y razón, en el hombre.
B) Autoridad consiguiente de la naturaleza de las cosas y de la
razón.
C) Importancia del hombre, como expresión total del mundo.
D) Primacía de la educación como hacer que sintetiza en el hombre la
naturaleza y la razón.
E) Unidad del hombre en cuanto producto eminente de esta síntesis.
F) Ausencia de toda concepción dualista y, por tanto, de todo sentir
trágico del mundo.
G) Optimismo antropológico, deducido del lugar preeminente del hombre
en el Cosmos y de la fe en la educación como proceso de configuración humana.
H) Importancia de la comunidad como objeto del hacer paidético. El
hacer en la comunidad como el fin más alto de la persona humana, según el
modelo del hombre griego.
I) Fe en el progreso de la comunidad y en la liberación de la
angustia trágica por medio de la educación.
J) Ambición de poseer la Tierra Con la sabiduría natural del hombre.
K) Concepción de la Divinidad como centro de toda paideia. Influencia
de la tríada griega: piedad hacía los dioses, piedad hacia el Estado y piedad
hacia los semejantes.
No
es difícil adivinar en el contenido de estas premisas el ideal de Grecia. Es
sabido cómo la cultura helena simbolizó el más alto grado de humanismo, pero
también es sabido que tal humanismo no fue atemporal ni existió como sustancia
inmóvil y constitutiva del alma antigua, sino como ambición de la paideia
que propugnó el siglo de Platón, y que recogió el helenismo. Antes de Platón,
el alma griega pugnó entre la dualidad representada por Dionisos y Apolo, la
poesía y la filosofía, la tragedia y la razón, el demiurgo y la eideia,
elementos tan helénicos como la humanitas platónica. Esta advertencia nos
servirá para distinguir, en su momento, el concepto de ideal de la Hélade en cada
uno de los humanismos occidentales, y para aseverar, desde ahora, que el primer
humanismo calcó su modelo del propio ideal platónico, recogido por los
alejandrinos y asumido por Roma, de donde llegó a la Edad Media.
IV
EL
HIERATISMO ECLESIÁSTICO
Al
tiempo que se desarrollaba el proceso humanista, por obra de individualidades
poderosas, la vieja cultura estética medioeval íbase endureciendo en los moldes
de la escolástica, hasta perder su carácter vivo y convertirse en cultura de
albaceas. En efecto: la disciplina lógica fue transformando el método en
sustancia, y la técnica en contenido. El más bárbaro de los racionalismos
invadió los ánimos, y cometió todo poder creador de los silogismos. Las summas
degeneraron en Brachylogus y Mammetrectus; el antiguo vigor estético, en
administración; las ideas, en palabras, y las creencias, en intereses, hasta
dejar el mundo lleno de silogismos y prebendas.
Llamaremos hieratismo eclesiástico al fenómeno
de endurecimiento de la cultura estética medioeval al final de sus propios
siglos, que produjo un divorcio entre todo sentir espontáneo, ya eidético o
ya específicamente estético, y las instituciones sociales habidas como
vigentes. Es de advertir que este fenómeno no fue solamente específico de la
Edad Media, sino también de cualquier época final.
He
aquí el esquema de valores de la sociedad hierática medioeval :
A) La autoridad de las citas como verdad.
B) El Ethos deducido de la autoridad.
C) La salvación deducida del Ethos y de la autoridad.
D) La sabiduría a través de figuras formales.
E) El saber de salvación en estancos-compartimentos.
F) El estar en el mundo como administración del alma.
Bajo la barbarie de este esquema se
configuraron y desarrollaron las instituciones del final del medioevo,
construyendo una sabiduría contemporánea, una conciencia de prestigio y un
estado de cosas que perduraron, en muchos países sin proceso humanista, hasta
bien adentrado el siglo XVIII.
V
EL
FENÓMENO DE LOS RENACIMIENTOS
Para advertir la diferencia entre proceso y
fenómeno, expondremos los siguientes postulados:
1º. Las ideas preceden a los hechos.
2º. Las ideas forman procesos.
3º. Los procesos devienen en fenómenos.
4º. Los fenómenos, no obstante, se apoyan también en hechos. Todo
nuevo ideal tiene su génesis en un proceso y en la situación misma del
estado contemporáneo de cosas.
5º. Cuando se trata de cambiar una materialidad social y política,
coinciden los fenómenos resultados de los procesos y los fenómenos, deducidos
de la misma materialidad, es decir, la ideas y la rebeldía.
6º. El cambio de un estado de cosas es impulsado desde lo más
profundo y originario de la realidad que se pretende revisar. Toda revolución
es un movimiento de reforma, no de comienzo.
7º. Entre la voluntad que impulsa una revolución y la naturaleza
de las cosas ábrese la indeterminación soberana de la Historia, que aparece
como la resultante del ideal pretendido, en cuanto deber-ser, y la naturaleza
del mundo y del hombre. La historia se produce, por tanto, como suceso ajeno a
los humanos.
De acuerdo con estas premisas, al
finalizar el siglo XV, el proceso general del humanismo medioeval produjo dos
fenómenos bien diferentes, según los estados de cosas habidos al sur y al norte
de los Alpes. Tales son los fenómenos del renacimiento italiano y renacimiento
nórdico, que, aun siendo producto de un mismo acaecer ideológico, no pueden ser
considerados de igual forma. Por consiguiente, veamos de analizarlos
separadamente.
VI
EL
RENACIMIENTO ITALIANO
Conforme se recrudecía el hieratismo
eclesiástico, el proceso del humanismo abocaba en Italia al fenómeno del
renacimiento. En el seno mismo de la sociedad eclesiástica hieratizada, y de
acuerdo con el instinto de sus jerarquías más eminentes, el ideal humanista
encontró facilidad para desenvolver lo que tenía de buen gusto y de cultivo de
la personalidad, mas no lo que poseía de movimiento típicamente ideológico, de
paideia dirigida hacia la comunidad y de antítesis de la concepción intimista y
medioeval del mundo.
El renacimiento italiano, ya en su
primera manifestación cuatrocentista, más originaria, o ya en su segunda forma
cinquecentista, menos alta y bella, surgió con caracteres de continuidad
medioeval y como movimiento de individualidades aristocráticas que pretendían
cultivar su personalidad. Desde Nicolás V (1447.-1455), el primer Papa
humanista, hasta el saco de Roma por Carlos V (1527), el ideal renacentista,
ora latinista y clasicista en las jerarquías eclesiásticas, ora realista y
cínico en los señores que luchaban por el poder natural, se reveló como fenómeno
de engrandecimiento de la intimidad humana, liberada de trabas éticas y
elevadas por la plástica artística y por la acción al más alto grado de
indeterminación, jamás como encarnación de la expresión eidética del mundo
frente al sentir mágico y sus formas de vida. De ahí que su obra resultara
típicamente artesana (arquitectura, escultura, pintura), nunca ideológica,
positiva y social, ya que nada hay tan dócil a la expresión de la personalidad
como el arte mismo.
Los renacentistas italianos se revelaron
generalmente como artistas o como hombres de acción, es decir, como puras
individualidades impulsadas por un poder irracional; en suma: como primitivos.
La libertad de espíritu recién descubierta para el arte y la aventura política
produjo un diluvio de formas e historias. Desde la unión mágica de la pintura
de los cuatrocentistas, hasta el pathos propagandístico de Miguel Ángel, los
hallazgos y los estilos se suceden en febril efervescencia; igualmente las
anécdotas. Tanto en arte como en política se copia la naturaleza y se admira su
formidable espontaneidad, pero no se crea ningún sistema eidético. El concepto
que los italianos poseían del Ideal de la Hélade ignoraba la síntesis helénica
entre naturaleza, razón y hombre, es decir, la paideia. Su modelo fue Roma,
entendida como arquetipo de una ambición que después había de llamarse
nietzscheana.
La
ausencia del ideal paidético en el renacimiento italiano repercutió en la
primacía de la individualidad sobre la comunidad y del sentimiento sobre la eideia,
hinchazón intimista que está fuera de todo verdadero humanismo. Ello fue causa
de la falta de equilibrio entre la rerum natura y el hombre, vieja
ambición de la Hélade. La educación se entendió así como configuración de la
intimidad para la belleza del individuo, no como hacer en la comunidad. Por
tanto, se despreció la noción de Estado, en cuanto expresión de una totalidad
cultural, arquetipo del humanismo griego, y se la sustituyó por el concepto de
poder engrandecido en la lucha natural de poderes. Tal muestra la obra de
Nicolás Maquiavelo (1467-1527): una ambición que entusiasmaría a Nietzsche,
pero que repugnaría a Ptatón.
Resumamos los caracteres del renacimiento
italiano en este breve esquema:
A) Primacía de la realidad, entendida simplemente como naturalaza,
sobre la verdad.
B) Primacía de lo irracional sobre la eideia.
C) Primacía de las formas expresivas de la individualidad sobre las
de la comunidad.
D) Primacía de las figuras plásticas sobre las eidéticas.
E) Primacía del individuo sobre la comunidad. Ausencia del sentir de
comunidad como totalidad. El Estado como poder natural engrandecido.
F) Primacía del poder político natural sobre el poder conferido
(medioeval) o racional (moderno).
G) Falta de sentir antitético del mundo medioeval.
VII
EL
RENACIMIENTO NÓRDICO
Mientras el humanismo floreció en Italia
dentro de la propia casta hieratizada, en la Europa transalpina creció en el
seno de la comunidad civil, recién conformada como sociedad de mercaderes y
artesanos, es decir, como burguesía. Esta diferencia cambió la dirección del
proceso humanista nórdico, que mostrose, desde el principio, como
específicamente antitético. El resultado fue la configuración de un
renacimiento bien distinto al italiano, pues si en Italia destacó cuanto el
humanismo poseía de buen gusto y de cultivo de la personalidad, en la Europa
transalpina floreció lo que tenía de movimiento ideológico, de paideia dirigida
hacia la comunidad y de antítesis de la concepción medioeval e intimista del
mundo.
Los renacentistas italianos, como ya sabemos,
pergeñaron su obra a impulsos de la expresión de la personalidad, la belleza
plástica y la acción; los nórdicos, en nombre de un valor recientemente
descubierto por la sociedad burguesa: el buen sentido. En la acepción aquí
usada, la palabra sentido posee un carácter típico, que no debe confundirse con
el sentir ni la razón. Sentir es la expresión del mundo que alberga un
determinado tipo de alma, y pertenece, por entero, al patrimonio de la
comunidad, apareciendo, por lo demás, como poder extrarracional. Razón es la
relación entre la realidad o rerum natura, y el intelecto, configurada
como forma del mundo. Sentido es la síntesis entre concepto y sentimiento,
razón y sensibilidad, idealidad y necesidad, ser y deber ser. Buen sentido
equivale a sinopsis equilibrada, ponderación, humanitas, justa medida. La
antítesis del buen sentido es la extravagancia de la letra muerta, el
silogismo, la autoridad de las citas, el dogmatismo, la lógica encasillada, los
brachylogus y mammetrectus. La encarnación de buen sentido, según
se desprende de Erasmo, son las bonae literae, génesis de claridad,
limpieza, educación, civilidad y belleza.
En
nombre del buen sentido, que muchas veces coincidió con el propio sentido común
de la burguesía, el ideal humanista nórdico, típicamente tenaz, pergeñó los
caracteres de un Occidente pensaroso y racionalista, crítico y mordaz, como se
vislumbró en la obra de Erasmo (1466-1536), Ulrich von Hutten (1488-1523) y
Rabelais (1490-1553). Este Occidente nació didáctico y pedagógico, dado a
dilucidar, moralizar y humanizar. Espíritus como Montaigne (muerto en 1490) y
Cervantes fueron sus más tardíos productos[1].
Conviene advertir que el renacimiento nórdico
jamás copió la Naturaleza, a la manera del italiano, ni colocó en la acción o
en el cultivo de la personalidad la más alta ambición humana. Antes bien: el
ideal de estudio y retraimiento, la fe en el carácter victorioso de la causa
humanista y el afán de combatir los valores del viejo mundo medioeval,
invadieron la Europa transalpina, que no intervino en los descubrimientos y
conquistas de nuevas tierras, empeño de españoles, portugueses e italianos. Por
lo demás, es obvio que la valoración y el cultivo de la personalidad, ya por la
realización del buen gusto, o ya por la materialización de la obra política,
resultan categorías típicas de una sociedad estructurada en castas, donde las
relaciones humanas giran en torno al séquito y la intriga, formas de vida que
repudiaba la incipiente sociedad burguesa.
Frente al renacimiento italiano, el
renacimiento nórdico surgió como movimiento de reforma social e intelectual,
específicamente dotado de actitud crítica. De ahí que resultara popular, y de
ahí también que lograra configurar un nuevo tipo de alma europea, ambición que
no alcanzó el renacimiento italiano, sólo capaz de producir el ejemplo de
grandes personalidades aisladas y un buen número de anécdotas. Entre Erasmo y
la conciencia medioeval típica hay más distancia que entre Miguel Ángel y la
misma conciencia. En efecto: ambas individualidades están separadas por la
sociedad hierática.
La
presencia del ideal paidético y crítico en el renacimiento nórdico produjo la
conciencia de primacía de la comunidad sobre la individualidad, y de la eideia,
entendida como buen sentido, sobre el sentimiento y el Ethos, jerarquización
presente en todo verdadero humanismo. Ello condujo a un racional equilibrio
entre el hombre y la rerum natura, armonía que rompió la revolución
religiosa. La educación se concibió como hacer para la comunidad. Por ello se
criticó la idea natural del poder, tan ensalzada por el renacimiento italiano,
y se pensó fundamentar la justificación del Estado sobre síntesis puramente
racionales, una vez que pudo definirse la verdad como deber ser racional
(Moro).
Importa señalar, por último, que el
renacimiento nórdico se reveló, desde el principio, como la conciencia del
justo espíritu cristiano, unido a las bonae literae, y como la voz que
denunciaba la corrupción del viejo fluido mágico y la impotencia del hieratismo
eclesiástico para mantener vigorosas las esencias de un cristianismo vivo.
Resumamos los caracteres del renacimiento
nórdico:
A) Primacía de la realidad, entendida como naturaleza y razón, sobre
la verdad.
B) Primacía de la eideia, entendida como buen sentido, sobre lo
irracional.
C) Primacía de las figuras eidéticas sobre las plásticas.
D) Primacía de la comunidad sobre el individuo. Típico sentir de
comunidad. El Estado justificado en síntesis racionales.
E) Primacía del poder político racional sobre el poder natural (Italia)
o conferido (medioeval).
F) Sentir antitético del mundo medioeval. Actitud crítica.
VIII
ACTITUD
REVOLUCIONARIA DEL RENACIMIENTO NÓRDICO
Desde cualquier punto de vista, la más real
aportación del renacimiento nórdico a la historia europea fue su actitud
crítica o antitética capaz de incubar la primera gran revolución de Occidente.
Esta postura crítica se produjo igualmente contra el hieratismo
eclesiástico, contra la sociedad contemporánea y contra la obra del
renacimiento italiano. En primer lugar, porque un ideal humanista que
partiera de la naturaleza de las cosas, como es obvio, y de la avenencia entre
razón y sensibilidad, tenía que chocar con la inamovilidad del espíritu
hierático; en segundo lugar, porque la materialidad social y cultural no
respondían a la ambición humanista, ni siquiera al ideal de un mundo medioeval
vivo, y en tercer lugar, porque el renacimiento italiano parecía pergeñarse con
despreocupado olvido de los valores cristianos y el buen sentido.
La
crítica se produjo inicialmente de una manera tímida y literaria, no
ciertamente vacía de humor y sutilezas. Las individualidades humanistas
comenzaron por atacar el principio de autoridad, que ocupaba lugar preeminente
en la jerarquía hierática de valores. Seguidamente, la naturaleza del Ethos, en
cuanto deducido de la autoridad; la salvación como vía formal, que no pertenece
al individuo, sino a la organización espiritual terrena; la sabiduría en
figuras lógicas, estancadas en los partimentos de la escolástica; el saber de
salvación convertido en minucias de frailes, y el estar en el mundo como
administración del alma. Después, la corrupción real de la sociedad hierática,
su desmesurado aprecio de la riqueza y la antinomia entre el verdadero espíritu
cristiano y la obra del renacimiento italiano. Todo ello se hizo en nombre del
buen sentido, en sutil intento de trabar las esencias originarias del
cristianismo con el mundo de la paideia clásica. Por lo demás, el contenido de
esta crítica estaba dado desde que el humanismo construyera un esquema de
valores diferentes del medioeval. Bastaba sólo la osadía de compararlos.
La técnica de la crítica se proyectó en la intención dialéctica de
llevar al absurdo las consecuencias del imperio teocrático corrompido, entre
ironías, sarcasmos y el escándalo del honrado sentido común. Ello produjo,
naturalmente, la sonrisa y regocijo de una sociedad que anhelaba la
independencia y las formas civiles de vida. Sin embargo, es de advertir que
nunca se atacó la fe, sino las personas y las instituciones. A este respecto
conviene recordar la liberalidad de la censura eclesiástica, ceñida sólo a
cuestiones de dogma. Las instituciones medioevales, aún hieratizadas, fueron
bastante más liberales que el Estado moderno, ateniéndose a postulados muy
concretos y delimitados. Cuando el censor eclesiástico se enfrentaba con nuevas
interpretaciones, jamás pensaba que el resultado de la censura podía hacerle
perder su puesto en el séquito del Papa o del Emperador; mirábalas,
simplemente, como expresiones filosóficas o teológicas, refiriendo su
apreciación a un esquema secular de saberes y creencias.
Asombra contemplar la decisión y la libertad de criterio que hubieron de
necesitar los humanistas nórdicos para arremeter contra un sistema milenario.
Las individualidades que lo hicieron tuvieron que sentirse respaldadas de algún
modo por valores mágicos medioevales y por ideales racionales de validez
general, es decir, por el viejo y el nuevo sentir. La sustancia mágica
medioeval fue el fervor del pueblo, elemento mítico de tan sagrado vigor en los
siglos medios; lo racional, el buen sentido, la aparente justicia y la claridad
eidética. La crítica humanista supo hacer actual la antigua fe y la futura
esperanza, el instinto de salvación y la ambición de poseer la Tierra secundum
rationem. Los ataques a Roma verificados anteriormente por Wyclyffe
(1320-1384) y J. Huss hubieron de fracasar por su contenido dogmático y su mofa
de la fe, cuestiones que no podían atraer el entusiasmo del pueblo.
A
través de la crítica ideológica, y solamente mediante ella, fue posible la
conformación en fenómeno social y político de un proceso que pertenece por
entero al reino de las ideas. El sentir renacentista residía ya en la
conciencia de la burguesía; pero fue el choque con Roma quien lo elevó a la
categoría de realidad comunal y consciente. En el desarrollo de esta pugna
crítica, vencida la timidez inicial de una sociedad que era vasallo milenario
de Roma, la comunidad del Norte de los Alpes llegó a tener conciencia de sí
misma, configurándose desde entonces como antinomia del mundo latino. Hegel
afirma que el espíritu se supo entonces libre, y quiso lo verdadero, eterno y
universal. Mas, dicho de forma más común y racional, podemos aseverar que la
sociedad nórdica se halló entonces mayor de edad e independiente de la cultura
eclesiástica, informando un ideal autóctono.
[1] Convendría estudiar alguna vez la personalidad de Cervantes como
alma típicamente renacentista, paidética y optimista, más nórdica y erasmiana
que latina. Frente a sus contemporáneos españoles, y frente a los barrocos,
Cervantes es un moderno. (Nota de Espinosa).
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