A qué se llama austeridad
El
verdadero sentido de la palabra austeridad sólo se conoce cuando se enlaza con
la modestia. Lo modesto es rehusar lo innecesario, desde el momento en que lo
innecesario nada significa. Se es naturalmente modesto, mas no por renuncia,
sino por predisposición, por ideales o por instinto. De tal forma se es
igualmente austero; se rehúsa el lujo porque el lujo nada significa, pero no se
renuncia al lujo. Sería absurdo que, en nombre de la austeridad, renunciara un
mendigo al dinero, o un eunuco a la aventura galante; o un resentido a la
espontaneidad de la danza. En su verdadero sentido se llama, pues, austeridad
a la modestia o predisposición a rehusar lo innecesario, y así es como
generalmente hubieron de entenderlo los romanos, y como nunca lo entendieron
los españoles.
Que
los mendigos, que los asténicos o que los resentidos prediquen la austeridad
es, pues, absurdo, como también lo es que la prediquen los políticos, cuando
el más alto grado de austeridad estriba, o debiera estribar, en rehusar el
trato con el Estado.
1-11-57
ASKLEPIOS, EL ÚLTIMO GRIEGO
PRÓLOGO
Me
llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme, lo cual
hago por cumplir la necesidad de experimentarme verdadero, como ordenó
Demócrito.
Amo
la comparecencia de todas las cosas, grandes y pequeñas, en la Tierra, entre la
Tierra y el Sol, y más allá del Sol, existentes. Busco lo originario, y detesto
indagar el fin de cuanto está ahí y permanece, bastando a mi razón el postulado
que muestra el hecho.
Me
enternecen los niños y las mujeres, cuya dócil presencia se revela compañía. El
Poder no tienta mi voluntad, pero siento inclinación a teorizar sobre este
suceso. Denomino teorizar a enjuiciar desde principios y concluir
implacablemente.
Repudio
las ficciones y sus consecuencias, siéndome ajena, por consiguiente, la
conciencia de casta o superioridad. No puedo admitir que se disfrace cuanto el
juicio correcto ofrece como verdadero. Odio los reverenciosos, me repugnan los
mágicos y aborrezco toda doctrina irracional. Me avergüenzan las retahílas de
vocablos carentes de significado; no puedo soportar, por ejemplo, que alguien
diga: “mi hermano espiritual”, “nuestro destino manifiesto”.
Me
burlo de toda grandeza, porque pienso que cualquier grandeza es falsa. Entre
vanidosos, soy el demiurgo que los hincha; entre hipócritas, el demiurgo que
los escandaliza; y entre neutrales, el demiurgo que los implica. Como todo
proscrito, padezco nostalgias, y éstas son las nostalgias que yo, un griego,
vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad.
Rehúso
la tristeza, pero valoro la melancolía. De vez en vez, mi naturaleza se torna
melancólica, y halla su gozo en los dulces brazos del desencanto. También la
acedia es pasión digna de un griego, aunque combatida por Epicuro.
No
sigo camino ni ando por senda de maestro conocido; me río de todos los
maestros, como adicto que soy a la capacidad de enjuiciar desde postulados y
concluir implacablemente, también llamada libertad de reflexión o de ciencia,
que hace posible la vida racional entre los griegos y no griegos.
De
los escritores, admiro la voluntad del concepto, la voluntad de estilo y la
voluntad de síntesis o facultad de acuñar expresiones. Por eso releo a Platón.
Amo
a los débiles; pienso que la heroicidad aparece forzosamente en ciertos
individuos, verbi gratia, en quienes trabajan y no ganan para el desayuno.
Entre tales, me siento como entre los míos, y también entre quienes muerden su
hogaza de salazón y contemplan sencillamente el espectáculo del sábado. Por las
buenas familias, los poderosos, los exquisitos, los calologistas y los
adoctrinados no siento simpatía.
Defino
el Arte como la objetivización del sentir estético a través de la materia; la
libertad, como posibilidad de realizar lo indeterminado; y la justicia, como un
punto de vista sobre el Mundo. Amo el Arte, la libertad, la justicia y el
ser-bueno. Sin embargo, nada espero de los dioses ni de los hombres. Por eso
soy hombre.
Considero
el Estado como organización metódica de Poder, y el Derecho, como método del
Estado. Los principios del llamado Derecho Romano me parecen una antigualla,
construida para asegurar a ciertos palurdos la explotación del mundo entonces
conocido. Valoro lamentable que tal Derecho haya servido de ciencia asnal a
centenares de generaciones aficionadas a la sopa estatal y boba.
Gusto
de sacar la lengua a los fariseos, filisteos y demás etcéteras, haciéndoles
comprender que nada saben, y esto juicio a juicio, sistemáticamente, sin
claudicaciones. Al enfrentarme con ellos, confieso: "Nada concederé si no
lo prueban signo a signo". Y jamás me he hallado en la necesidad de
admitirles una verdad evidenciada según la razón por la que somos hombres.
Me
llamo Asklepios, y desde Megara, cuando niño, mis padres a esta Ciudad me
trajeron de la mano.
CAPÍTULO XVII. AVIDEZ
Quiero tratar
de algo muy difícil: el ser ensimismado en sí y ávido del mundo a un tiempo. No
me contradigo. Hablo del hombre que, absorto en su mesmedad, goza disposición
de ánimo hacia los sucesos posibles, y, sin abandonar a quien es, tiende a ver
y conocer, aprehender y sumir en el yo cuanto constituye la Presencia, la
Manifestación y la Revelación de las cosas, o sea, la realidad como física,
como vida y como historia.
El saber y sus
opiniones son obra de nuestro demiurgo o interioridad, que ve o sueña el
universo; a una viva interioridad corresponde un profundo ensimismamiento, y,
al mismo tiempo, una honda vocación de opinar, en suma, una insaciable avidez.
El que no tiene interioridad, no siente avidez, y viceversa; quien no vive el ensimismamiento,
no goza del conocimiento; aunque parezca contradicción, el absorto es un
constante investigador.
La avidez emana del ensimismado a la manera de
una especie de libido; entiendo por librido una tendencia insaciable y gozosa,
tanto en su origen como en su desenvolvimiento, que nos ensancha el mundo, al
desarrollarse y buscar su objeto. ¡Libido de
formas!, ¡libido de acaecimiento!, ¡libido de momentos!, ¡libido de
conocimientos!, ¡libido de palabras! ¡Avidez de figuras!, ¡avidez de
experiencias!, ¡avidez de sentires!, ¡avidez de hallazgos!, ¡avidez de
reflexiones!, ¡avidez de teorías!, ¡avidez de significados! He aquí el hombre
en disposición.
La avidez nace con la plenitud de la
adolescencia, después de surgir la interioridad, y sólo cuando el ser tiende a
la incorporación metódica de las creaturas. Tener opiniones aparece entonces
como irreductible vocación y alta necesidad; conocer y saber resultan ser;
aprehender es gozar. "Llamo avidez al deseo constante e inextinguible del
mundo, tal como surge en la adolescencia y se prolonga dignamente en el hombre.
Perder la avidez es morir" -decía el famoso Heraclides Póntico. Después,
añadía: "¡Destino!, no me arrebates la alegría de captar y descubrir el
universo; no inhabilites mi olfato para sus olores; mi tacto, para su tacto;
mis oídos, para sus sonidos; mi vista, para sus colores; mi corazón, para sus
valores, ni mi razón para sus leyes en sistema. Déjame desear el cosmos como a
la mujer; consiente que siempre espere y descubra, pues en la conciencia ávida
habita el gozo".
- ¡Qué ávidos son los griegos! -exclamaron los
egipcios cuando conocieron a Platón y sus acompañantes. Y hablaban con razón,
pues el sobrino de Critias hurgó hasta en los catálogos de los colegios
médicos, sin olvidar interrogar a los sacerdotes, a quienes ingenuamente tenía
por filósofos. Platón vivía ensimismado en sí y ansioso del mundo, siempre
indagando, y, no obstante, siendo él mismo. El ávido pretende incorporarse el
universo y deglutirlo a su modo, sin salir por ello de su yo. Obra a la manera
del organismo autónomo, que transforma en propia sustancia cuanto ingiere; por
comer vaca durante una larga vida, el hombre no adquiere carne de vaca.
Un cierto Dión, que después de la paz de Nicias
escribió un libro de viajes, manifestaba así: "En el valle del Nilo, junto a
los grandes templos, vi a las mujeres egipcias andar casi desnudas, mostrando
el soma de su enigmática raza. Jamás contemplé algo más inexpresable. Emanan
origen; poseen carne tan terrena como el barro; se consumen de avidez dirigida
hacia el interior; viven tranquilas y ansiosas a un tiempo. ¿No es esto
maravilla para contar entre griegos?". Sospecho que la avidez y la
ansiedad residían en Dión, más que en las egipcias. De todas formas, los
griegos supieron valorar a Egipto. Yo mismo no puedo dejar de sentir indecible
emoción ante su arte, que, como las mujeres de Dión, emana origen y enigma
indescifrado.
"Huyendo de Jerjes hemos venido a las
montañas. Esta mañana me levanté muy temprano, para conocer el lugar; subí a
las cimas y esperé que apareciera el sol. Luego que llegó la luz, los pájaros
dieron en cantar; después, la Naturaleza entera empezó a animarse, como
resucitado a la vida. ¡Qué armonía y concordia tan maravillosa! Los insectos
que se arrastran, pululaban calientes; los que vuelan, iban y venían; las
arañas estaban a punto sobre sus telas; gusanos, orugas, lombrices y otros
animálculos, comparecían ante el Sol; las aves trinaban; camaleones lagartos y
demás sabandijas impávidas mostraban sus estáticas figuras en espera del
suceso. ¡Cuánto susurro y afán bajo el calor de Febo! Esto es lo que tú llamas
la gran simpatía de la Naturaleza, que realiza su futuro a cada instante,
porque la biología y la piedra sólo tienen presente. ¡Qué avidez he sentido! ¡Qué
avidez!, Asklepios. Nunca como ahora he querido ser criatura, estar en simpatía
y tenerte en el lecho!" -me escribía la pecosa Iobe, hija de un calderero
de las costas que miran al Asia, poco antes de la defensa de las Termópilas.
La perenne avidez de los griegos fue resultado
de conservar, convenientemente acrecidas y rectificadas, ciertas energías
nacidas en la adolescencia. He aquí el milagro. Y aunque nosotros, en cuanto no
ávidos, seamos capaces de describir y catalogar al ávido, en cuanto hombres honrados
estamos obligados a admirar aquel suceso. Los modernos nada tienen de ávidos;
observan, piensan y dominan el mundo, pero no lo comparten, carecen de asombro.
Solamente algunos estudiosos de la Naturaleza, movidos por tranquilo entusiasmo
hacia las experiencias, parecen obrar como si conocieran esta inédita frase:
"Atenea, da a mi avidez larga paciencia".
Nada
hay tan implacable como la avidez del ser ensimismado; nunca ceja, siempre
actúa, señorea sin la impaciencia del mal aprendiza, jamás improvisa. No se
puede poseer verdadera paz sin avidez, que sería muerte, ni avidez sin paz, que
sería dispersión y locura.
CAZADOR DE MARIPOSAS
Desempolvando los trastos de un viejo desván, refugio
silencioso de los últimos recuerdos del siglo XIX, se halló de pronto la
melancólica presencia, siempre hecha algarabía popular, de un artilugio amañado para cazar mariposas.
Su llegada al mundo de nuestra consciencia fue tan inesperada y repentina como
violenta; buscábamos, en la chistera que creíamos encerrada en aquél cuarto,
las formas sociales del pasado siglo, y encontramos en el cazador de mariposas
las esencias intelectuales y el puro símbolo del Racionalismo austero y
constructor.
La eclosión efervescente de la Razón y el rabioso afán
de sistematizar del «homo sapiens» ochocentista llevó estos artilugios
caza-insectos a manos inocentes y hasta devotas del mundo, pero que por el sólo
hecho de reconocerse con un cerebro, creían en la necesidad de poseer un museo
de numismática o entomología. Tal cazador de mariposas fue el racionalista
doctorado en alguna clase de hidalguía, como lo fueron Pickwick, Héctor Servadac
o nuestro mismo Ramón y Cajal. Iba el «macrocéfalo» con ojos miopes ―que vienen
al gran cerebro como anillo al dedo―, el huelgo retenido, la actitud felina y
el aparato cazador escondido tras las espaldas, para hacer reír a las muchachas
de servir, y apenas atrapaba cualquier lepidóptero, ya le atravesaba el pecho
con un alfiler, lo colocaba sobre un tablero y le ponía, debajo, un nombre
latino.
Sirvió, pues, el cazador de mariposas a la más pura y
fervorosa ansia de explicar el mundo con la Razón y unos cuantos latinajos,
encerrándolo en el puño de un saber científico que se llamaba progreso y
suponía, como vivas armas, el microscopio y el compás. En nombre de la Ciencia
se permitió asesinar mariposas casi brutalmente, o partir cadáveres humanos en
pequeños trozos de muestra. Tras las barbas rojizas se adivinaba los ojos
ensoberbecidos de los preclaros hijos de Voltaire, sucesores también de Kant,
que se llamó el padre de la moderna ciencia.
Si el instinto que surge de lo profundo rigió en
cualquier ocasión la noche de Walpurgis de un cazador de alimañas y fieras, el
suave y plácido ardor del intelecto, convertido en tabla de sistemas y
clasificaciones, ungió el corazón del cazador de mariposas en los momentos de
transcendentes alegrías y zozobras. Así pudo colocarse entre las cosas
inocentes del mundo el atrapar insectos con una red, y también entre las
vanidades de la soberbia. Fabre rehusó este entretenimiento, porque su
racionalismo le llamaba al amor de la experiencia directa y la observación
aguda, y no a la flaca satisfacción del que sonríe tras añadir un ejemplar
desconocido a su colección de especies raras; pero, sin embargo, sustituyó el
alfiler por la lupa, que sin una y otra cosa no hay verdadero racionalismo.
El ideal del intelecto, que quiso atrapar el mundo y
clavarlo en el tapiz de «las lecciones de cosas», encontró en el caza-insectos
su propia imagen. Así lo predica la mariposa resecada sobre el muestrario;
vamos a palparla y se deshace como polvo, igual que todo aquello construido por
la razón, pero sin el lejano aliento de cualquier espíritu creador. Al insecto
disecado nada le une con sus antiguos semejantes, porque la forma,
al morir el hálito, quedó
como estampa endeble. Una mariposa clavada tras las vitrinas de un Museo, es
aún menos que otra mariposa pisada y muerta en el jardín; aparece la una como
pedazo del cotidiano vivir, que mata o vivifica, y la otra como oscura
cristalización de un vaho intelectual y razonable. Digamos que la primera es la
mariposa sacada de la Razón, y hallada «casualmente» por la experiencia; la
segunda el caso de esa otra dichosa que escapa al ejemplo de lepidóptero que
señalan los libros y repite el maestro de escuela.
Siglo y medio de concienzudo racionalismo dogmático fue
suficiente para definir todas las especies de lepidópteros y quedar en paz con
el imperativo que nos manda describir la Creación. Ante las tablas de los
Museos de Ciencias Naturales pudo el Diablo remedar la obra de Adán, al poner
nombre a todas las criaturas inferiores, aunque esta vez se hiciese con
cadáveres yertos. Y no es extraño que Astarot apareciera laborioso y puntual en
este trabajo de exactitudes nominativas, pues ya dijo Nietzsche que el Demonio fue
el más antiguo amigo del conocimiento. Tal vez esta figura, vestida convenientemente
de levita, usara también el caza-insectos en algún famoso Congreso, y aún
aportara cualquier ejemplar curioso de mariposa vagabunda. En cuestiones de
inteligencia y requestas sobre saberes razonables, luchando por aparecer como
el más agudo, siempre olvidó el Diablo su natural irónico y descuidado; se
volvió neciamente severo y nos mostró, al fin, el secreto de la profunda
sabiduría que le designó como ejemplo vivo de estupidez.
Afirmemos que el Diablo fue el primer cazador de
insectos y, desde luego, el primer intelectual engolado y circunspecto. Ante
las mariposas disecadas por talentudos racionalistas, sólo el mismo Rey de las
Moscas pudo sentirse conmovido y en trance de ensoberbecerse por acumulación de
conocimientos en demasía.
Mas lograda ya la ambición de poseer la colección
completa ―como los niños que juntan estampas―, sólo resta el hastío y el queñor
incentivo de destruirla. Definidas así por el Racionalismo las especies de
lepidópteros, queda saber qué uso dará la Técnica a este conocer entomológico,
y qué gusto sentirá la barbarie cuando se aplique a su recreo. No olvide el que
hace Ciencia que tras ella viene la Técnica, y tras la Técnica los lozanos
bárbaros. La Razón aplicada a un mundo sin dioses se entretiene un siglo en
atrapar mariposas pacientemente, y luego, porque olvidó otras cosas, se muere
de aburrimiento y da en quemar y destruir lo que construyó un día con venerable
tesón.
Tal es el destino de un mudo excesivamente inteligente
y voluntarioso. Nos lo dice así el caza-insectos abandonado en el rincón de un
desván, sin un mal rayito de sol.
El
ser de las cosas
Texto escrito en 1981, como
presentación de una exposición de pinturas y dibujos de Vicente Ruiz.
Generalmente,
el valor que vemos en las cosas es algo puesto allí por nosotros o por el
Diablo, es decir, por nuestra conciencia, ese error y temor, o por la
concupiscencia de los ojos, que tienden hacia lo que brilla y es nada. ¿Qué
puede ver, en efecto, el timorato de espíritu en una botella de vino
renombrado, sino lo que el Diablo ha colocado? El vino es lo dado, la naturaleza,
pero aquel algo más que el vino, que deslumbra al timorato, es lo puesto en la
botella; resulta claro que el timorato adora la botella por lo puesto, no por
el vino, y en esto consiste el reino de la mímica y de lo hueco, el mal.
Nos
preguntamos: “¿Hay cosas cuyo valor y virtud no sean consecuencias de aquel
poner por nosotros o por el Diablo? ¿Hay cosas cuyo viso no nos engañe y nos
conduzca a la nada?” La respuesta es afirmativa: los objetos configurados por
el arte no son resultado de poner alguno; en sí mismos, ellos tienen. ¿Y qué
tienen? Tienen ser y realidad: son la realidad que tienen, y tienen por el ser
que poseen.
Cualquier
interpretación de estas pinturas será inferior a ellas mismas, inacabables e
inabarcables, y ello por encarnar precisamente la modestia del ser y de la
necesidad. La serie de discursos sobre un cuadro, nace interminable, si el
cuadro es arte. Quien hable, por consiguiente, de las pinturas que observamos,
habrá de comenzar manifestando: “Es mi interpretación”. Esta afirmación no es
expresión de la cautela, sino de la necesidad: el arte emana y no se agota.
En
estas pinturas que vamos a contemplar, nada hay puesto por nuestra conciencia
ni por el Diablo; encierran ser y realidad, son esto que está ahí, lo
enteramente particular, la sintaxis de las apariencias, el hermoso fuera de las
acaecencias, la figura irrepetible que existe bajo la forma canónica: la forma
habita nuestro espíritu, pero la figura ocurre descubierta y mostrada por el
pintor. Lo que vemos aquí resulta, pues, arte: reiteración de las esencias y
mediación de unas con otras: el mundo.
Volvemos
a preguntar: “Amén de los objetos de arte, ¿hay algunos otros que no devengan efecto de aquel poner de que
hemos hablado?” La respuesta también resulta afirmativa: se trata de las cosas
que son vida o que son muerte. La vida posee su realidad y su ser, y la muerte,
los suyos: no hay mímica ni oquedad en ellas. ¿A quién se le ocurriría sostener
que la vida y la muerte han sido puestas por nosotros o por el Diablo?
He
aquí, por tanto, que la vida, la muerte y el arte son la única realidad y el
único reino del ser. Sobre ellos, el Diablo no tiene jurisdicción; tampoco
nuestra vanidad ni nuestro temor. Ser vida es lo más profundo; después, ser
arte; de la muerte no sabemos, sino su contundencia.
El
cursi, el vulgar, el trivial, ponen realidad y ser en cosas que son nada, como
aquella botella lujosa que hemos mencionado; de ahí la angustia que sus
manifestaciones o exhibiciones nos producen: viven, en efecto, un mundo de
mentirijillas: lo que no es.
Nosotros
sentimos santo temor del ser y de la realidad; por eso amamos la vida y el
arte, y pensamos, constante, en la muerte: son el misterio.
José López
José López ha llegado a la Estación de Ferrocarril, se
ha acercado a la ventanilla y ha comprado un billete de primera clase para
Madrid. Luego ha montado en su tren, que sale a las tres y arriba a las nueve.
Es un tren moderno y confortable, que se desliza suave, mientras se balancea de
uno a otro lado. En el vagón apenas hay doce personas; todas, aisladas, viajan
en silencio. José López ha elegido su butaca y se ha sentado sin compañía;
sobre el sillón de su derecha ha colocado su equipaje. Durante unos minutos, el
hombre ha mirado el paisaje caldeado por el sol de la tarde.
José López nunca lee periódicos ni revistas. Opina que
representan la actualidad, y piensa que la actualidad no es la historia, sino
las pasiones, la moda, el entretenimiento, el falso valor, los idolillos de la
plazuela. Mantiene, por ejemplo, que la actualidad de 1606 era, sin duda, el
nombramiento de un arzobispo, y no Cervantes. Empero, aquel arzobispo no era la
historia, y Cervantes, sí. Sostiene que el contenido histórico de los hechos,
es decir, los acontecimientos, no aparecen reflejados en la actualidad. La
actualidad son las actrices del cinema, las coimas importantes, los políticos,
las modalidades y cuanto es trivialidad y fruslería. Él se recrea en imaginar
que la Historia puede anidar en las meditaciones de un zapatero remendón de
Chinchilla, y sabe que el tal zapatero no es la actualidad ni lo será jamás. En
resumen: José López no lee periódicos porque rehúsa vivir «sub specie
instantis».
La actualidad nos enajena, entretiene, aturde, disipa
y aparta de nuestra calidad de criaturas históricas ―considera José López―.
Para enfrentarse a ella, no basta dejar de leer periódicos, porque aquel
demonio nos envuelve, filtrándose en nuestro ser, hasta convertirlo en simple
resultado; en suma: en baladí. La actualidad acecha para arrancarnos de la
historia, sacarnos de nosotros y arrastrarnos hacia su Infierno, donde todo es
nadería y sucedáneo. Pretende separarnos de los brazos de la Naturaleza, del
pensamiento, de la tragedia y del dolor.
José López entiende que la lucha contra nuestra
actualidad debe encarnarse en guerra contra la adquisición desmedida de
mercancías, y cree que este principio puede ser fundamento ético de un
Humanismo moderno. Es inmoral gastar sin necesidad, y sólo hay necesidad cuando
la exigencia resulta natural, no social ―dice él―. O, expresado de otra manera:
consumir como felicidad es el postulado más satánico que cabe proponer. En una
sociedad adquisitiva, todo bien tiene precio, y nada, dignidad. Como Manuel Kant,
José López llama dignidad a la condición de lo que no puede ser sustituido, y
que, por tanto, carece de equivalente y precio, como la Naturaleza y el Arte.
Una comunidad que tenga por fin la apropiación de objetos ―afirma José López―
renuncia de antemano a cuanto posee dignidad; en una palabra: rebaja
arbitrariamente al hombre, comenzando por no exigirle nada.
Juan Eugenio
La calle principal de la antigua ciudad de Murcia se
llama Trapería, y divide el viejo casco urbano en dos mitades. La Trapería
aparece hoy, todavía, como arteria de lo que Murcia tiene de ágora o reunión;
por la Trapería se pasa, pero también se está en la Trapería. Allí se habla.
Juan Eugenio es un hombre de
cuarenta años, de cuarenta y dos tal vez. ¿Qué característica destaca más en
Juan Eugenio? ¿Por qué le traemos a este relato? ¿Por qué le hacemos
protagonista y cosa esencial de esta narración? Contestamos sencillamente: Juan
Eugenio no pasa por Trapería ni se aposenta jamás en esa calle, y en esto
consiste su total estilo y su particular traza.
Juan
Eugenio es profesor de la Universidad; posee allí un despacho, costeado por el
erario público, y en el despacho unas fotografías de sus hijos y de su esposa,
una reproducción de la «Escuela de Atenas», cuadro de Rafael, unos carteles con
aforismos sobre el mejor modo de pensar, y una imagen del científico Einstein,
vestido desaliñadamente. Como Juan Eugenio es profesor numerario, y en
propiedad, cree también que posee el despacho en propiedad, por eso coloca
aquellos caprichos sobre los muros estatales.
Juan
Eugenio no pasa por Trapería porque habita constante su despacho. Y ¿qué hace
Juan Eugenio en su despacho? Contempla la figura de Einstein, descuidadamente
trajeado, la mano en la barbilla, y piensa: «¡Qué bien está Einstein en esa
fotografía!». Ve Juan Eugenio la exterioridad de Einstein y se dice: «En cierto
modo, él y yo coincidimos en mucho: somos profesores, vestimos ralo,
descuidamos los atuendos, poseemos un despacho, disfrutamos de alumnos y damos
lecciones». Y tiene razón Juan Eugenio: la exterioridad de Einstein y su
exterioridad se muestran iguales; ambas criaturas sólo se diferencian en la
interioridad, suceso por el cual el uno resulta Einstein y el otro resulta Juan
Eugenio.
Juan Eugenio no pasea por Trapería para confirmar su
exterioridad de profesor honesto y amador de la ciencia. Considera el hombre que
la calle de Trapería representa lo provinciano, y su despacho lo universal, y
no se equivoca, pues no en vano el despacho de Juan Eugenio se halla en la
Universidad y está financiado por la universalidad de los ciudadanos.
Mas
volvamos a preguntar «¿Qué hace Juan Eugenio en ese despacho, amén de
contemplar la exterioridad de Einstein y constatar que se iguala a la suya?
Cita a los alumnos a la hora del crepúsculo; cuando el visitante llega, el
profesor abandona su sitial presidencial, o la mesa de la reflexión, se allega,
como un gobernador, hacia el recién venido y le invita a compartir unas
confortables butacas. Luego indaga con ademán de sosegar: «Ramírez, ¿qué opina
usted de la ciencia?». Generalmente, Ramírez se conturba.
Otras veces no es Ramírez, sino Gómez, o Martínez, los
emplazados. Se repite la escena y su ceremonia. Gómez escucha estas palabras:
«Crea usted, señor Gómez, estamos olvidados de la sociedad; se precisa de gran
vocación para investigar sin oír un aliento; de volver a nacer, me haría yo
fontanero». Se maravilla Gómez de la humildad y la profundidad del sabio,
mientras observa su chaquetilla raída, sus pantalones más que usados, su
camisilla barata y los retratos de sus inocentes hijos y su esposa en la
institución estatal, más la fotografía de Einstein. Cuando el visitante deja la
estancia, va pensando incesable: «¡Qué honesto profesor es Don Juan Eugenio, y
qué buen esposo y padre, yerno, cuñado! ¡Qué amigo de la humanidad toda y qué
sacrificado por la ciencia!» .
Insistamos:
«¿Qué hace Juan Eugenio en ese despacho, amén de contemplar la exterioridad de
Einstein, formular a los alumnos esas terribles cuestiones y expresar dulces
objeciones al mundo? Algunas mañanas, o algunas tardes, mientras percibe los
ruidos que de la calle llegan, sueña que ha escrito un pequeño libro
copernicano, uno de esos libros que cambian los tiempos, un libro de apenas
ciento doce páginas, así titulado: El número uno. Ve Juan Eugenio el
libro material, con su ingenuidad de cosa hecha, fabricada, como un conjunto de
papeles recortados, cosidos, encuadernados, allí reposando, con sus pastas,
sobre una mesa cualquiera, como algo cándido y desvalido; y ve, por otra parte,
el libro como contenido, como pensamiento y saber, atrapados en esa modesta
materialidad, y se asombra, en sueños, de la grandeza humana. Se figura el
libro marrón, en suave marrón, con titulación en color negro. Extasiado,
imagina las versiones a otros idiomas, todas en formato estricto y simple,
aparición elegante: The number one, Le nombre un, I1 numero uno. Pero le
extasía especialmente la traducción alemana, que así reza, en caracteres
góticos: Die Zahl ein.
Porque
Juan Eugenio carece de interioridad para escribir ese libro, y no obstante
sueña que lo ha escrito, vive la exterioridad del que lo ha escrito, suceso que
lleva a cabo en su despacho, territorio de su pertenencia y lugar donde todo
ocurre como si el hombre fuera realmente el autor modesto y acreditado del
famoso Die Zahl ein. Esto se llama acaecer y suceder en un mundo de
mentirijillas.
No
digamos que en un mundo de mentirijillas son falsos todos los hechos. La
interioridad es falsa, pero la exterioridad es verdadera; el libro no existe,
pero existe el despacho, los cuadros sobre los muros, las ventanas entornadas
en el crepúsculo, la suavidad del profesor, el gesto de meditación, el alumno
que visita, el buen consejo, la admiración del advenido, el susurro de la
misteriosa frase, la queja del hombre moral, las vestiduras humildes, el sabio
ensimismado y esa taza de café que el sabio bebe al caer la melancolía de la
tarde. ¿Acaso Juan Eugenio no coincide con Einstein en todo esto? Un cierto
Dionisio Sierra ha apuntado: «Juan Eugenio se ha apoderado de la mitad de la
cosa; la otra mitad la tiene Einstein», y luego ha añadido: «¡Pero qué mitad la
de Einstein!». Un tal José López Martí ha enunciado, al respecto, esta terrible
expresión: «Juan Eugenio prefiere su propia mitad: comparece más ostentosa y
tangible; la interioridad no posee despacho ni alumnos, no cobra emolumentos ni
muestra estampa de profesor honesto ni deshonesto, nada recibe».
Juan
Eugenio, como es un sabio bueno, quiere transformar el mundo, del cual se
siente acreedor. Por eso, Juan Eugenio milita en una facción política que
sostiene como principio el ejercicio de aquella transformación. «¡La realidad
resulta intolerable!» ―ha declarado Juan Eugenio. Y José López Martí se ha
preguntado atónito: «¿Cómo sería un mundo hecho por Juan Eugenio?». Sin duda,
la pregunta se revela aterradora.
Una
mañana vemos a Juan Eugenio andar furtivo, con su chaquetilla, con sus ropas
elegidas de pobre, con su camisa manifiestamente barata; deambula el hombre
callejones, los ojos brillantes, la barba desarreglada, la figura encogida, el
ademán del predestinado, el gesto del desamoldado al mundo; no diríamos que una
llama que consume arde en su vista, sino en su estómago; como personaje del
Greco, el cuello torcido, la cabeza en ascensión, parece un hombre sin
intestinos ni grasas, oquedad de la carne, fuego sagrado que clamara: «No
permitas, Materia, que en mí haya una debilidad burguesa». Esta expresión
traduce a nuestra época y sus progresismos la oración de los hombres del Greco:
«No permitas, Señor, que en mí haya una voluptuosidad». En verdad que produce
respeto y reverencioso temor descubrir, en la ingenuidad de la mañana,
semejante caballero.
Y
¿adónde va Juan Eugenio con esa figura que tanto nos impone? Se dirige hacia un
Banco, donde ha de percibir sus emolumentos mensuales, equivalentes al salario,
también mensual, de siete obreros. Siguiendo las doctrinas de su facción, Juan
Eugenio, que ocupó la Universidad y obtuvo el territorio de su despacho en
tiempos de dictadura, se denomina a sí mismo obrero de la enseñanza; sin duda,
Juan Eugenio debe valer como siete obreros.
En
la oficina bancaria, Juan Eugenio firma su papelito y recibe su dinero, que no
mira ni cuenta, y en esto se diferencia de los comerciantes, de los burgueses,
de los pensionistas jubilados y de los fontaneros y otros artesanos, y se
acerca, ciertamente, a los padres de algunas congregaciones piadosas. Tuerce
Juan Eugenio el cuello hacia la izquierda mientras su mano coge el dinero y lo
guarda en un bolsillo del raído pantaloncillo. Otra vez, su alma parece
implorar: «No permitas, Materia, que yo caiga en la pasión de los burgueses».
Cuando llega a su despacho, empero, repasa los billetes, y ello porque ama el
orden de las matemáticas.
Al
abandonar la oficina bancaria, encuentra Juan Eugenio otro correligionario. Se
trata de un profesor, de grado más alto, que cobra del Estado el socorro
equivalente al salario de diez operarios. Se gloria Juan Eugenio de llamar
Perico a tan alto profesor e individuo entregado a la modificación del mundo.
Caminan ambos, caminan.
PROPOSICIONES
IDEOLÓGICAS Y SOCIOLOGÍA DEL PENSAR
En adelante, pues, el estudio de los juicios contenidos en
proposiciones ideológicas no será competencia de ninguna ciencia de propios
objetos lógicos, éticos. memoriales, estéticos o estéticos, sino de la
Sociología del Pensar[1].
Convengamos
en denominar juicio desinteresado al contenido lógico de una proposición cuyo
arquetipo general dice: «esto y esto se
da en el Mundo». Las viejas teorías de gravitación universal, las recientes
teorías sobre las trayectorias geodésicas, la ley de Avogadro, o los principios
de la termodinámica, son ejemplos claros de juicios desinteresados. En términos
generales, las proposiciones que albergan tales juicios pueden llamarse fácticas,
porque pretenden dar cuenta de un Hecho.
Por
el contrario, convengamos en titular juicio interesado al contenido lógico de
un proposición cuyo arquetipo general expresa: «así es el Mundo», o: «así debe
ser el Mundo». Los principios del optimismo antropológico, las formulaciones
de cualquier intento metafísico, o los mandamientos de una ética particular,
devienen típicos ejemplos de juicios interesados[2]. En términos igualmente
generales las proposiciones que dictan tales juicios pueden nominarse
ideológicas, porque proponen una Idea del Mundo.
Admitido
esto, vamos a tratar de analizar dos proposiciones ideológicas que expresan un
mismo, solo y único juicio interesado e idéntico, pero que, frente al criterio de verdad convenido por los
sujetos de una cierta situación-social-histórica, suelen aparecer como
formulaciones contrarias[3] y en constante antinomia.
La
primera de estas proposiciones proviene de Tomás de Aquino, y así reza, poco
más o menos: «Por debajo de un cierto nivel material de vida, la virtud no
resulta exigible». Si llamamos «grado cero» a ese cierto nivel material de
vida, enunciado por Tomás, podremos traducir su tesis a nuestro propio
lenguaje, así expresando: «Por debajo de cero no existe suceso ético». Y si
denominamos «espiritualidad» al acontecimiento ético que representan las
virtudes propuestas por el mismo Tomás, estaremos en trance de formular
definitivamente aquel juicio de la siguiente manera: «La espiritualidad, en cuanto comparecencia de unas determinadas
virtudes, no existe por debajo de un cierto nivel material de vida, llamado
grado cero».
La
segunda proposición no proviene de autoridad alguna, sino de nosotros mismos, y
así dice: «Lo que titulamos espiritualidad, en cuanto comparecencia de unas
tales virtudes, deviene resultado de cierto nivel material de vida, denominado
grado cero».
Como
advertirá el lector, ambas proposiciones encierran el mismo y único juicio
interesado, a saber: que la espiritualidad,
concebida de una determinada manera, tiene por referencia un objeto exterior
a ella propia, y, en concreto, un cierto nivel material de existencia, llamado
«grado cero».
Sin
embargo, desde el punto de vista y la propia verdad de los sujetos cuya
situación-social-histórica posee como techo la ideología de Tomás, la segunda
proposición deviene típicamente heterodoxa y contraria a la primera. ¿Cómo es
posible ello? ¿Qué ha sucedido para que un mismo juicio resulte ortodoxo y
heterodoxo a la vez? Pues ha ocurrido, sencillamente, que tal juicio pertenece
a proposiciones implicadas en una dialéctica de intereses cuya tesis viene
encarnada en cierta situación y su clase, y cuya antítesis, en otra situación
diferente. En la primera proposición, los símbolos espiritualidad, virtud y material poseen un significado, y en la
segunda, otro distinto. Mas conviene advertir que no se trata de significados lógicos evidenciables, sino estéticos o
emocionales, ya dados fatalmente por los intereses que amparan ambas
formulaciones.
En
efecto: para la clase que valora por techo ideológico la ortodoxia de Tomás,
los símbolos espiritualidad y virtud están en función conservadora de
cierta situación prescrita[4]; por el contrario, para
quienes se encuentran en otra situación y con otro techo ideológico, la propuesta
de sus intereses se halla encarnada en el signo material. Los unos parten de la convención que admite como real la
existencia de un tal espíritu, y los
otros, de una tal materia.
La
meditación de lo expuesto nos conduce necesariamente a insinuar que ninguno de los tres símbolos citados posee
significado real, lo cual quiere decir que los vocablos espiritualidad, virtud y material nada
representan ni relevan, sino que son meras propuestas estéticas realizadas por
los intereses de ciertas clases, en suma: denominaciones configuradas para
luchar por la posesión del Mundo. Por ello mismo, nada enseñan.
Desde
otro punto de vista, conviene señalar que se trata de signos forzosamente
determinados a llevar implícitos sus contrarios, y, por tanto, de momentos
dialécticos o instantes detenidos y abstraídos de un proceso. Con diferentes
palabras, diríamos que nos hallamos ante signos fatalmente asociados, signos
parejas, o signos de oposición polar, como los denomina la lógica material.
Nadie puede pensar el signo materia sin el signo espíritu[5], ya que ambos resultan
polos de un mismo concepto, por así expresarlo de forma antigua, y cuando se
emplea solamente uno de ellos, pretendiendo ignorar el otro, no se hace más que
configurar una actitud dialéctica que
niega el símbolo contrario. Por eso, lo verdaderamente científico consiste
en no manejar ninguno de tales símbolos estéticos.
Resumiendo
este breve ensayo, nos atrevemos a sintetizar sus conclusiones en la siguiente
y provisional sinopsis:
Primero: Las proposiciones ideológicas, en cuanto dicen cómo es, o
cómo debe ser el Mundo, encierran juicios típicamente interesados.
Segundo: En las proposiciones ideológicas, la proposición misma es
diversa de su contenido lógico o juicio.
Tercero: Dos proposiciones ideológicas, dotadas de un mismo e
idéntico juicio, pueden resultar contrarias, representando, la una, cierta
ortodoxia, y la otra, cierta heterodoxia.
Cuarto: Toda proposición ideológica encarna una actitud dialéctica,
y su verdad viene condicionada por los intereses que dicha formulación ampara.
Por tanto, el significado de una tal proposición nunca es real, sino estético o
emocional.
Quinto: Los signos pares, también llamados de oposición polar en
la lógica de conceptos, generalmente usados en la configuración de
proposiciones ideológicas, carecen de significado, y, por consiguiente, nada
enseñan.
Sexto: La verdad de las proposiciones ideológicas es cuestión
cuyo estudio corresponde a la Sociología del Pensar, jamás a la ciencia lógica
ni a cualquier pretensión epistemológica.
Proposiciones
de este tipo: «E1 Poder proviene de Dios», «el Poder proviene del Pueblo», «el
Derecho es esto o lo otro», «más vale ser víctima que verdugo», «el Amor todo
lo gana», «el error es vida», «el saber es muerte», «el error es muerte», «el
saber es vida», «el Estado es la Totalidad en la Tierra», «el Estado ha de
realizar el Bien Común», «el Espíritu es la causa de la materia», «la materia
es causa de cuanto denominamos Espíritu», «la persona humana es así», «sólo hay
esto», «sólo hay aquello», «la sociedad se origina de pacto», «la sociedad es
naturaleza», «existen demiurgos», «no existen demiurgos», «Eolo infla las
velas de los navíos», «nadie infla las velas de los navíos», «hay dioses», «no
hay dioses», etcétera, nada enseñan, por resultar típicamente ideológicas,
muchas veces preñadas de signos pares. En consecuencia, formular con ellas es
jugar a construir estéticas que amparan intereses, y estudiarlas con
pretensión de encontrar allí un ápice que releve lo real, perder el tiempo.
La
Sociología del Pensar desenmascara toda falsa grandeza, evidenciando la
bastardía de ciertas agrupaciones de signos. Así deviene ciencia de la humildad
humana.
La
humildad no sirve intereses.
Enero 1961
[2] A esta clase de juicio pertenece la famosa expresión
de mister Bertrand Russell: «La existencia
buena está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento».
[3] Entiéndase que digo formulaciones
contrarias, a la manera de blanco y negro, no contradictorias, a la manera
de blanco y no blanco.
[4] Por situación
prescrita ha de entenderse un estado de cosas ya dado, es decir, unos ciertos
hechos endurecidos y convertidos en Derecho. La esclavitud era una situación
prescrita en el mundo antiguo.
[5] Lo cual
demuestra hasta qué punto... [Aquí se interrumpe esta nota, debido al mal del
original.]
¿Qué podía ser yo sino
griego?
Todos
los hombres han poseído un mundo propio, compuesto de un suelo de sucesos y un
techo de creencias e ideales.
A
muchos se les cayó y derrumbó ese mundo, tras nacer y vivir en él cierto
tiempo, como sucedió a Edipo, cuando supo el secreto de su madre, a Orestes y a
otros diversos griegos y bárbaros. Después de semejante catástrofe, tales
individuos, náufragos en la contradicción planteada entre la necesidad de
restaurar el orden perdido y la imposibilidad de hacerlo, no encontraban otra
solución que la muerte o la locura, que son el perpetuo exilio de la patria
querida.
Mas
otros no tuvieron ocasión de conocer ni padecer ningún derrumbamiento del
propio mundo, porque, por voluntad de un destino mil veces más riguroso,
despertaron ya en el destierro, es decir, sobre un suelo de sucesos y un techo
de creencias que nunca pudieron amar ni querer, valorar ni gozar. ¿Hay mayor y
más desesperante desgracia?
Así
ocurrió a mi persona, nacida en un ámbito extraño y ajeno a su naturaleza y
sustancia, al instinto de su sangre y a las formas y figuras que sus ojos buscaban.
Desde que vi la luz crecí y experimenté sensaciones, después de asustarme ante
una pintura de aquel Ignacio de Loyola y temblar de pavor frente a los cuadros
de El Greco, cuyos hidalgos encarnan el rencor hacia la varia riqueza y
plenitud de la vida, nada contemplé que no me fuera dispar y produjera espanto
o tristeza. La frase de Terencio «hombre soy y nada humano considero extraño» a
mí, no valía para esta circunstancia.
En
múltiples sitios y situaciones de ese ambiente, o cultura, puse la mirada, y en
ningún jugar hallé tan siquiera un ascua de la verdad, la bondad y la belleza.
Todas las instituciones y hombres se mostraban retorcidos, interesados, acobardados
e hipócritas, y todos parecían resultado de una intriga de siglos contra el
justo juicio, el pensamiento y la inocencia. No más asombrado y sin esquemas
vitales hubiera quedado un griego ante un lama de novecientos años que yo ante
aquella gente.
De no descubrir la luz de la Hélade, y el camino que
conducía a la continuidad con mi estirpe, como quien descubre el dulce consuelo
que la sinrazón da a la desesperanza, en defensa del organismo atormentado, el
mismo Esquilo, tan terrible, hubiera carecido de pluma, inspiración y ánimo
para narrar mi tragedia y hacer sufrir a los espectadores. Tampoco habría sido
capaz de soportar la vida, así de vacío, aislado y sin entusiasmo ni alegría
existiendo.
¿Qué podía ser yo sino griego?
¿Hubiera podido, acaso, convivir con señoritos
feudales, que valoraban su nobleza por el número de fanegas y abanicos
decimonónicos de sus venerables abuelas? ¿Y con caballeros al modo hanseático y
comercial, que sentían cotidiano contento de descubrirse y palparse elegantes y
nada inseguros? ¿Y con sus hermanas, primos, cuñados y suegros burgueses?
¿Hubiera podido experimentarme tan espiritual como
esos hombres, y pedir y obtener un director de conciencias de la Compañía de
Jesús? ¿Y opositar con porfiado tesón a opulento y santo, diciendo con voz
aflautada: «Padre Solís, padre Solís, elijo la carrera más gananciosa y la
virtud más difícil de entre las estatuidas»? ¿Y pertenecer a sectas de patanes
empeñados en conquistar el poder y la riqueza de la Tierra, invocando la obra
de Dios?
¿Hubiera podido dejar de cumplir y defender los
preceptos que se deducen del razonamiento correcto, anteponer la pasión al
juicio, torcer el cuello y hacer de la Divinidad guardián de mis intereses y
conveniencias? ¿Y colaborar en el envilecimiento del hombre, ignorando a la
persona? ¿Y disfrutar el jolgorio de ejercer la dádiva en nombre del asco, del
desprecio irremediable, de la lástima y de un futuro cielo continuador de la
apipada vida presente?
¿Hubiera podido matar toda espontaneidad, candor y reflexión,
untar mi frente de ceniza, embutirme sayo oficial, y, así de truhán, solicitar
de lo estatuido? ¿Y arrimarme al poder para sustanciar ansias de placer y
mando, dando satisfacciones a lo que se llama individualidad? ¿Y sentar plaza
de nigromante y mágico, siempre con el vocablo a punto para adular al que
gobierna y ofender al que obedece?
¿Hubiera podido, más modestamente, llamar
excelentísima señora a una vieja marquesa, e ilustrísimo a un necio, mientras
doblaba el espinazo de humilde pretendiente, traicionando así a todos los
inocentes, a todos los pobres y a todos los que sufren sin esperanza? ¿Y
sostener que es bueno y verdadero lo que resulta malo y falso?
¿Hubiera podido, en fin, ser miembro permanente y
numerario de esta sociedad de delirio, mueca y mofa?
¿Qué podía ser yo, sino griego?
Riqueza de los sentimientos y multitud de los deseos
Cuando Heracles visitó
Toledo, en el siglo XVI, para cumplir su decimotercero e imposible trabajo,
que consistía en entender lo que viera, hubo de oír las siguientes palabras
del Inquisidor General:
Me irrita de los griegos
la conciencia de estrenar el mundo. Siempre estuvieron repletos de sentimientos
y deseos; su voluntad de pensamiento e indagación sólo tuvo parangón con su
voluntad de sentir. ¡Compáralos con nosotros!, únicamente interesados en
quemar adversarios y ser consumidos por la llamita que alumbra nuestra
interioridad: el alma. El más sabio de vosotros apenas hubiera acertado a
pugnar en un sínodo rural, cuanto menos en un Concilio de obispos y
patriarcas. Sin embargo, con vuestros textos hemos conspirado para lograr la
posesión de la Tierra. ¿No ves claro?».
Pero Heracles no veía.
Luego, continuó el Inquisidor como sigue:
«Ahora escucha la
descripción del último y más moderno de nuestros tormentos: Se apresa al arriano,
si lo Hubiere, monofisita, judío, judaizante, ateo o hereje en general, se le
atan las manos a la espalda, y se le mete desnudo en una especie de reloj de
arena, del tamaño de un hombre, cuyas paredes interiores están sembradas de puntiagudos
clavos...»
―¡Poco trabajo me
costaría romper esa urna!― exclamó Heracles.
―¿Ves?― replicó el
Inquisidor. Ya caíste en desmesuras, dejándote arrebatar por espontaneidades.
¿Qué sentido tiene liberar del sufrimiento a los hombres? Importa hacer lo
que es conveniente y está de actualidad. Y hoy conviene salvar el alma. ¿Entiendes?
Pero Heracles no
entendía al Inquisidor, ni éste a Heracles. El griego tenía el espíritu a
punto; el ánimo, en plena disposición; y el demiurgo interior, nuevo. Por el
contrario, en el español todo era vejez y cansancio, limitación y soberbia,
mucha soberbia. Los antiguos pudieron ser duros, crueles, caprichosos,
teatrales, embusteros, supersticiosos y dados a prepararse la posteridad, pero
nunca soberbios. La soberbia compareció en el mundo al tiempo que el
cristianismo y la Iglesia, cuyos individuos, por tristes y necios que sean en
estado natural, se inflan al sentir que encarnan la institución. Ser cardenal,
arzobispo, obispo, o simplemente clérigo, es ser, de algún modo, demiurgo de la
institución, que se entrega al hombre con toda su magia y su poder. De tal
forma, la Iglesia resulta un suceso de intriga y continua conspiración contra
propios y enemigos; un ente que siempre acecha y vigila. Ella misma podría
decir que ninguno de sus santos ha subido al cielo sin sufrir persecución de
otros santos.
¡Qué diferencia entre
Heracles y el Inquisidor! ¡Qué diferencia entre yo mismo y mis contemporáneos
españoles, eclesiásticos y no eclesiásticos! Los unos estábamos poseídos por
sentimientos y deseos espontáneos; los otros, por premeditaciones y
arrogancias.
Cuando el espíritu está
a punto, y la psique en plena disposición, es grande la riqueza de los
sentimientos y la multitud de los deseos, lo cual ocurre en la adolescencia.
El demiurgo que piensa, y trae la reflexión; el demiurgo que se emociona, y
trae el éxtasis; el demiurgo que hace, y trae la obra; el demiurgo que
contempla, y trae el recogimiento; el demiurgo que protesta, y trae la queja.
Todas estas comparecencias parecen pugnar por habitar la estructura del
adolescente, llevando al ánimo gran número de sentires e impulsos, porque la
voluntad se pone en situación de colaborar y ser arrastrada por todo lo nuevo.
«Muchos hombres se creen
inspirados por demiurgos o ponencias que les ordenan pensar o hacer de alguna
manera. Se trata de una conciencia que emerge con la adolescencia, y se
mantiene y desarrolla, a veces hasta la locura, cuando el ser resulta capaz de
conservarse adolescente y seguir estrenando el mundo» ―decía Bión de Boristenes,
discípulo del famoso Teofrastro de Ereso.
Melancolía deferida,
alegría sin causa, ternura sin estímulo, incitante calma, fatal
ensimismamiento, feliz entusiasmo, sensación de espera, tenue ensueño, visión
de claros espacios, lenta recreación. He aquí algunos de los sentimientos
gozados en la adolescencia, amén de otros más indefinidos, que apenas pueden
ser investigados ni descritos.
Sentimientos producidos
por la presencia de objetos inanimados, por el transparente aire, por el sol
del otoño, por la humedad del campo, por el verde del bosque, por el brillo de
la piedra. Sentimientos ante el ingenuo día, la densa noche, la graciosa
mañana, la pacífica tarde. Sentimientos nacidos de contemplar la estampa de la
mujer, el movimiento de sus piernas, su diverso andar, su modo de hablar, su
mirar y su mundo todo, tan particular frente al del muchacho. Sentimientos
generados por el rostro humano, la figura animal, el sillar levantado y el arte
de remotas culturas. Sentimientos aparecidos al comulgar con el tiempo, segundo
a segundo, hasta hacer fundir el ánimo con los instantes, como madeja que se
devana continua y sin parar, suave y silenciosa. Sentimientos germinados al
escrutar el pasado, lo más irreversible de cuanto puede existir, lo lejanísimo,
lo inaccesible, lo fugado para siempre. Sentimientos advertidos al pretender
objetivizar y aprender el propio yo, que fluye como el humo, desvaneciéndose, o
como las partículas del radio, de manera perenne y eterna, jamás detenida.
Sentimientos revelados en el intento de descubrir, en introspección, la
fuente interior de uno mismo, la idea que regula todas las ideas del yo, y la
emoción que determina todas las emociones, matrices nunca halladas.
Sagrados sentimientos de
indecible afecto hacia los padres y personas particularmente amadas, por
compartir en el mismo rincón el suceso de la vida. Misteriosos sentimientos
del ser en soledad; sentimientos que formulan preguntas, como si, en lo más
profundo, la emoción fuera igual al intelecto, y, por tanto, capaz de representarse
el mundo, enjuiciar y concluir. ¿No os ha ocurrido, en ocasiones, sentir llegar
a la mente una cuestión, originada en un lugar más hondo, a la manera de un
cuerpo que surgiera del fondo y flotara sobre la superficie de unas aguas?
A cada uno de aquellos
sentimientos correspondía un deseo igualmente indefinido e indecible. Voluntad
de existir lentamente, habitar el contento, poseer norma, tener criterio,
saber el camino, desvelar lo vedado, escuchar y estar en paz. Voluntad de
apurar la mañana, la tarde, el día y la noche. Voluntad dirigida hacia la
presencia y formas de la mujer; deseo del calor que da el ser; deseo de
palabras; deseo de mirar y quedar mirado por los ojos que revelan un ánimo
dispuesto. Voluntad de apartamiento y voluntad de compañía; deseo de sucesos.
¡Multitud de inenarrables deseos!
«Atenea, la diosa, creó
la lógica, en cuanto estructura formal de la razón, y esto fue en ella una
arbitrariedad» ―decía un enemigo de Aristóteles, llamado Cércidas, que habiendo
vivido después de Sócrates, pretendía, ante todo, ser presocrático.
¡Luminosa sentencia! La
razón y su guía, la lógica, fueron inventadas por los dioses al configurar el
mundo, resultando, así, tan terrenas como la montaña y la hormiga. Por el
contrario, los sentimientos parecen venir de un origen más lejano e increado,
por lo cual son también más imprecisos e inaprehensibles que las ideas y
juicios: no pueden ser expresados como los números de Pitágoras.
«Me aterra escribir,
pues la mecánica del discurso quiebra la continuidad de la conciencia y parcela
sus sentires. Cuando cojo el punzón, dejo mucho en el camino, y no porque me
falten signos, sino porque no hay fórmulas para pensar lo que siento, y lo
impensado niega el lenguaje» ―exclamaba, en el siglo III, un tal Fenicio de
Agrigento.
Y hablaba verdadero. Lo
que se dice con significado, nace ya dicho, y, por ello, con estructura
determinada. Existen muchas cosas esencialmente inefables, y en cuanto dichas,
mistificadas por el vocablo y sus reglas de conexión. No cabe poesía precisa;
la intimidad es inexpresable.
¡Sentimientos y deseos
indecibles de mi adolescencia y de otras adolescencias!, venturosos
acaecimientos, siempre inéditos, surgidos y quedados en la interioridad, yo
os amo, porque simbolizáis el espíritu a punto y la fecunda lozanía.
Sobre la palabra Verdad
Mister Bertrand Russell se lamenta de que
algunos escriban la palabra Verdad con mayúscula, propensión que incapacita, a
su entender, para conocer la verdad. Si el vocablo Verdad pudiese ser figurado
con minúscula, el concepto que representa se encontraría, ciertamente, en este
mundo, relevando a un hecho que tal vez hubiese atrapado el mismo Bertrand
Russell.
Cierto mandato de modestia, que por lo
demás, se revela como el primero de los principios de toda ciencia, nos ordena
escribir con minúscula el menor número posible de palabras. Ciencia sin método
no puede existir, y la esencia del método estriba en la modestia. ¡Figurémonos
lo que sería la manifestación de un pensamiento donde todos los conceptos
resultasen mayúsculos! Seguramente, la obra de un loco, una magia cabalística,
o la exposición de motivos de un Hacedor megalómano.
Escribir los vocablos con letra mayúscula
o minúscula no es, simplemente, una cuestión de buen gusto o de ortografía,
sino problema de precisión y, por tanto, asunto filosófico. El concepto
configurado con mayúscula se convierte en modelo, sustancia única, soberana y
aislada. En medio de la frase, el vocablo así pergeñado resalta como el corazón
de un solitario entre las cosas. Todas las palabras mayúsculas se crecen; el
nombre común se transforma en propio; la cualidad, en calidad; y el adjetivo,
en sustantivo. Cuando de tal forma se escribe, se manejan necesidades, no
casualidades.
Por su propio engrandecimiento, el
vocablo pergeñado con mayúscula se aleja del mundo, convirtiéndose en parábola,
en techo, en límite, o, si se quiere, en espía de la realidad. Quizá le
pareciera a mister Bertrand Russell que la palabra Verdad, así escrita,
acechaba al mundo y a la propia obra del filósofo británico. En cierto sentido,
no otra cosa ha realizado la metafísica: espiar y transformar el mundo en
alegoría.
Es explicable que espíritus tan asentados
sobre la tierra como los hombres dedicados a las ciencias de la naturaleza
hayan sentido, la incomodidad de ser espiados por la presencia de vocablos
mayúsculos, cuya presencia ha de resultar típicamente extravagante para quienes
manejan hechos y palabras que relevan hechos, ni más ni menos. La ciencia
natural es enemiga de la alegoría.
Mientras la letra mayúscula aleja el
vocablo del mundo, la minúscula le hace de este mundo, transformándolo en algo
tangible, mensurable, racional, cotidiano y propio del hombre, lo cual es una
forma de preñar los conceptos de parentesco. De linde a linde de la razón, todos
los vocablos escritos con minúscula son primos hermanos, habitantes de la misma
casa, cosillas determinadas, continuas y repetidas indefinidamente.
Poco habrá que argüir para demostrar que
solamente a partir de la costumbre de figurar los conceptos con letra minúscula
ha sido posible el crecimiento de la ciencia natural, si se entiende ésta como
conjunto de proposiciones que dan cuenta de hechos por medio de un lenguaje
donde el signo releva directamente a los elementos del hecho. Si la deducción
pudo cimentarse alguna vez sobre conceptos escritos con mayúscula, la inducción
jamás hase fundamentado sino en nombres comunes, en ideas referentes a cosas
repetidas. Por lo demás, la seguridad de la ciencia natural se basa en la
conciencia de manejar sucesos de este mundo.
A medida que un determinado saber o
intuir, como por ejemplo, el saber lógico, fue elevándose a ciencia, figuró sus
propios conceptos con letra minúscula, por causa misma de la familiarización.
La aprehensión metódica y sistemática de una realidad, si quiera resulte
meramente intelectual, habitúa a la conciencia con los elementos de la
materialidad definida, transformándolos, ipso facto, en objetos de este mundo.
Tal ocurre, incluso, con las idealidades más abstractas, que pergeñadas en sistema,
hácense nombre común.
Si escribimos con letra mayúscula la
palabra Verdad, alejaremos este concepto de la tierra, y, en consecuencia,
haremos imposible su aprehensión. Concebida de esta manera, la Verdad se
transformará, por un lado, en límite de una sucesión indefinida de preguntas y
respuestas sobre nuestro propio mundo; y por otro, en la antinomia de cuanto
sucede, es decir, en la Bondad y en la Belleza, que vienen a ser como el techo
de nuestro sentires. Siendo así, resulta obvio que nadie, situado aquí abajo,
pretenderá estar en posesión de la Verdad, sino, acaso, en algún punto de
aquella sucesión cuyo límite es la Verdad mima.
Aunque el mandato de figurar los
conceptos con letra minúscula sea un eminente principio de modestia, y, por
tanto, el origen de todo método, arguye más modestia y mejor método pergeñar al
palabra Verdad con mayúscula; y esto sucede porque, en relación con la Verdad,
todo ha de ser excepción.
Alguien podrá aducir que, desde el punto
de vista lógico, la verdad, así escrita con minúscula, es un hecho de este
mundo, algo que se encuentra en las cosas, en el juicio o en la mecánica del
lenguaje. Tal es la verdad del siguiente tipo de proposiciones: el sol aparece
todos los días, los cuerpos caen, dos y dos son cuatro. Ahora bien, si
analizamos profundamente tales enunciaciones, observaremos que nuestro lenguaje
no dice, ni puede decir jamás, que su contenido sea verdad, sino, simplemente,
que se da en el mundo, rebus sic stantibus.
Tontería y Sociología del Pensar
Generalmente, todos los hombres piensan por
participación en la inteligencia ambiente, es decir, dentro del medio
intelectivo de la totalidad. Sin embargo, algunos hombres enuncian y defienden
juicios y conclusiones que no se hallan de acuerdo con el método pensaroso de
la inteligencia ambiente y su lógica. Se trata de lo que podríamos llamar, en
principio, juicios excepciones, ajenos a toda actualidad intelectiva. Un
ejemplo de esta clase de juicio sería como dice: «Puesto que la muchacha
cohabitó con el Demonio, y así lo reconoció en el proceso, bien condenada
estuvo.» Esta proposición, que pertenece a la inteligencia ambiente del siglo
XVI, no tiene hoy actualidad intelectiva. Nuestra época no concibe la
posibilidad legal ni ilegal de cohabitar con el Demonio, y, por tanto, el
método pensaroso no puede concluir nada de esa premisa, aunque la confiesen
todas las mujeres del mundo. Es un sinsentido.
Cuando tales juicios, aun hallándose fuera de
la inteligencia ambiente, son productos de la inteligencia universal, y han
sido originados por un acto típicamente racional, libre y espontáneo, nos
encontramos ante el hecho del filósofo o del teorizador, de cuya reflexión mana
el pensamiento de manera espontánea e inocente. Por el contrario, cuando amén
de estar fuera de la inteligencia ambiente también están fuera de la
inteligencia universal, como ocurre en el ejemplo anterior, nos encontramos de
lleno ante el suceso del loco, del tonto y del malvado. El filósofo, pues, es
hombre que piensa fuera de la inteligencia ambiente, pero dentro de la
universal; el loco, el tonto y el malvado, hombres que piensan más acá de toda
inteligencia. Los cuatro son casos particulares en la Sociología del Pensar,
cuyo objeto es estudiar solamente la inteligencia ambiente.
A
muchos extrañará nuestro empeño en considerar al filósofo, al loco, al tonto y
al malvado, como excepciones o casos particulares a la ley general del
pensamiento ambiente, haciendo de todos ellos un grupo. Y así es, en efecto,
pues, respecto a la actualidad intelectiva, tan extraño es el filósofo como el
tonto: ambos enjuician particularmente, si bien el primero con capacidad de
probar sus proposiciones según ley universal, y elevarlas a categoría general. Los
dos conspiran desde lo particular, frente al ambiente. si bien el uno tiene la
razón y lo real de su parte, mientras que el otro, simples palabras.
Dejando aparte al filósofo, vamos a bucear un
poco en el subgrupo formado por el loco, el tonto y el malvado, siempre desde
el punto de vista de la Sociología del Pensar. El loco apenas debe merecer
nuestra atención, por tratarse de algo predeterminado por razones biofísicas;
es un hecho antipensante, una anti-razón; el esquema reflexivo está allí
trastornado. El tonto y el malvado nos interesan, sin embargo, muy
particularmente, pues nos ofrecen la ocasión de poder estudiar con libido
scienciae la originación y comparecencia del juicio ajeno a toda
inteligencia. En cuanto sociólogos del pensar, estudiamos, pues, al tonto como
el físico estudia la piedra, de manera humilde e implacable.
¿Cómo es posible, nos preguntamos, que en una
estructura psicosomática no dañada ni trastornada a priori por causas
materiales se pueda producir un juicio ajeno a cualquier inteligencia? No
podemos exigir a todos los hombres que reflexionen como filósofos, con razón
propia, pero sí que piensen, al menos, conforme al medio que les ofrece la
totalidad, es decir, por participación o inteligencia sustituida. A un notario,
a un barbero, a un propietario, a un orador de Cádiz, pongo por caso, no
podemos imputar la ausencia de reflexión universal y científica; sería como
juzgar a la tortuga por lenta; pero sí podemos procesarles, desde el punto de
vista de la legalidad lógica, por la enunciación de juicios de este calibre:
«Porque era bastardo, y no de limpia sangre real, demostró al fin su mala fe».
El concepto bastardo no es universal o científico, pero tampoco actual o
ambiental. Está fuera de toda inteligencia y su lógica.
Nos preguntamos, pues, por qué el tonto ni
siquiera piensa por participación. A nuestro entender, la pregunta podría
responderse definiendo al tonto, desde la Sociología del Pensar y sólo desde la
Sociología del Pensar , como una parcela de la totalidad social, coaccionada
por circunstancias constantes y singulares, que le aíslan del medio ambiente
intelectivo y le determinan a pensar fuera de la inteligencia general. Según
esto, el mero hecho de nacer y vivir dentro de ciertos grupos, eminentemente
estancados, por orgullo interior o imposición exterior, en un estadio concreto,
resignados a su propia supervivencia y reproducción, conduciría inexorablemente
hacia la tontería. Nacer, por ejemplo, en la aristocracia o en la esclavitud,
determina científicamente a la memez, porque el sujeto se incapacita para
participar en la inteligencia ambiental, y esto es un hecho tan fatal y
automático que sólo puede ser superado por la comparecencia de la inteligencia
universal en el individuo, como sucede en el caso del conde Bertrand Russell,
acontecimiento, por lo demás, extrañísimo. Es de advertir, por otra parte, que
el primer juicio universal del conde Bertrand Russell consistió precisamente en
renunciar a su título nobiliario, arbitrario para la razón cromagnón. Entre los
dos extremos del pensamiento particular, filósofo o tonto, míster Bertrand
Russell eligió el primero; mas esto no le ha sido dado a cualquiera.
Lo
expuesto nos conduce a la conclusión de que, desde el punto de vista de la
Sociología del Pensar , el tonto no debe considerarse como naturaleza
irremediable, sino como un suceso que puede ser rectificado. En efecto: si
cambiamos las circunstancias que rodean a un individuo aislado y separado del
ambiente intelectivo de la totalidad, cambia su pensamiento, que termina por
actualizarse. A esto se ha llamado, en ocasiones, incorporación de las castas,
de las clases, o de los grupos, a lo real. En algún aspecto, la Historia
Universal es el relato minucioso de un lento proceso de incorporación de
ciertos grupos y sus intereses a la inteligencia ambiente; se trata, desde
luego, del relato de una lucha entre la ficción y la prescripción, por una
parte, y la evolución inexorable de la inteligencia ambiente, por otra.
El
mito, la ficción y la prescripción son las formas que adquieren los intereses
de los grupos o castas empeñados en mantener, contra la evolución intelectiva,
un estado de ideas, método pensaroso y cosas, típicamente añejo. Por el mito se
admite como verdad incontrovertible algo que está, por definición, más allá de
la reflexión y de los puros principios racionales; por ejemplo, la calidad
mágica de un grupo, llamado nobleza o llamado sacerdocio. Por la ficción se
concede a este grupo ciertas cualidades, sin previa demostración; por ejemplo,
se presupone que sus individuos no tienden al robo, y se les exonera de probar
su honradez. Por la prescripción se admite como natural, y conforme a la razón
y la ética, una situación de hecho determinada; por ejemplo, la propiedad
heredada del feudo.
Quien vive identificado con el mito, la
ficción y la prescripción de un cierto grupo, piensa espontáneamente como
tonto, sin malicia moral alguna, esto es, sin premeditación particular, aunque
sus juicios se manifiesten como una forma de la gran conspiración de los intereses
contra lo racional y el ser debido. Así se revela, de una vez para siempre, y
sin mayor posibilidad de discusión, quien honradamente mantiene que la solución
a los problemas contemporáneos estriba en devolver su reino al duque Vladimiro,
digo por caso, o a todos los duques, reyes y príncipes antañones. Este ejemplo
de tontería sólo puede ser expresado por un hombre que habite dentro de un
grupo de los llamados aristócratas. La Sociología del Pensar carece de esquemas
para concebir el mismo juicio en boca de un albañil, como la mente humana
carece de categorías para entender la coexistencia lógica de dos
contradicciones. Si hubiera un albañil capaz de exponer dicho juicio de manera
honrada, se trataría, sin duda, de un albañil loco.
Según la Sociología del Pensar, pues, la
tontería es una forma honrada de manifestarse, como juicio particular y
extravagante, el pensamiento de un sujeto aislado de la inteligencia ambiente
por circunstancias de grupo. Mientras el tonto se limita a pensar sus tonterías,
resulta honrado y decente, entre otras cosas, porque en sí, la tontería no es
buena ni mala; carece de valor ético y eidético, revelándose como pura
estética. El juicio de un tonto nos alegra o irrita como una mañana de sol o el
chirrido de unas ruedas mal engrasadas; la recepción de la memez nos produce
sensaciones, pero no ideas. Sin embargo, en cuanto el tonto obra para realizar
sus juicios, se convierte automáticamente en malvado, lo cual tiene su
explicación en el hecho de que actúa contra lo racional y conspira contra lo
real. De ahí que, ciertas personas o grupos de personas, en sí inocuos y muy
particulares, como los bobos de los pueblos, pero empeñados en actuar en nombre
de un pensamiento contra la inteligencia ambiente y la inteligencia universal,
se conviertan en comparecencias eminentemente peligrosas. La tontería, pues, en
acción no tiene defensa de ninguna clase, y debe ser absolutamente condenada,
sin mayor apelación. Existe la responsabilidad objetiva del tonto.
Muchos no se conforman con ser temidos y
servidos de hecho. También quieren ser reverenciados espontáneamente. Por ello
les irrita que la inteligencia ambiente de una determinada época no coincida
con la situación circunstancial. En este caso recurren a la fuerza, la coacción
y el dinero, para imponer como inequívoca y verdadera la concepción de los
tontos. A esto se llama opinión impuesta, que nada tiene que ver con la opinión
uniforme, cuya característica es la espontaneidad inconsciente y elemental. Hoy
es opinión uniforme, por ejemplo, el derecho que los hombres tienen a
gobernarse por medio de representantes. Hoy sería opinión impuesta sostener,
por la fuerza, que Dios concedió a una cierta familia el privilegio absoluto de
gobernar el resto de las familias. En la actualidad, todas las gentes saben que
en Dios no puede haber razones para una tal arbitrariedad, siendo así como es y
está hecho el Mundo, según pensamos desde Galileo.
¿Puede la opinión impuesta prevalecer
indefinidamente sobre la opinión uniforme? O dicho de otra manera: ¿Puede la
opinión impuesta detener la evolución de la inteligencia ambiente y su
constante progreso hacia lo racional? La Historia, la reflexión y la conciencia
nos muestran que la respuesta ha de ser rotundamente negativa. La evolución de
la inteligencia ambiente es un fenómeno cósmico, y, por consiguiente, no puede
ser detenido ni dirigido en ningún sentido. A veces nos podrá parecer que la
reacción ha estancado el progreso en un determinado lugar y por mucho tiempo.
Empero, en cuanto la reacción se afloja o desaparece por los hechos o los
procesos ideológicos, la opinión impuesta se volatiliza, y surge
espontáneamente la opinión uniforme, restaurada en su grado contemporáneo. De
tal forma, los intereses no pueden, ni han podido jamás, contra las ideas, que,
ya de forma subterránea o ya a flor de tierra, forman corrientes irrefrenables
o irremediables.
UN COMENTO SOBRE DAMIANA Y LUCÍA [1980]:
DA MIANA Y LUCÍA
Anónimo
Tercero de la Escuela de Murcia
El
algo que Damiana representaba, no era sustancia que se salvara o se condenara;
simplemente ocurría, se reproducía y moría. La trafagosa era género, no
individuo; carecía, en buena ley, de nombre propio, y poseía, a la vez, mil
apelativos. De su existencia se concluía que el mundo es poco e insignificante;
también, que la naturaleza, el hacer que hace la vida, o la Divinidad, producen
lo feo y lo estúpido, como si su único propósito fuera la cantidad y la
presencia del movimiento. La boticaria, en efecto, se movía, y, además, podía
ser pesada y medida; cierta vez sufrió un raspado de genitales, y expulsó
sangre oscura; si la anestesiaban, dormía; su cuerpo respondía a los principios
físicos.
Daniel,
el amigado de Damiana, se resistía a admitir la verdad que definía a su galana
como conducta gregaria, plebeyez, lugar común y repetición de lo barato y cargante,
como lo ruin, en suma. No impulsaba a Daniel, en esta ceguera, la pasión de
dignificar a su amante, sino la de ennoblecer el mundo. Si Damiana era como
las gentes decían, la realidad se revelaba indigencia, obra garbancera,
pelonería y desgracia, inutilidad chocarrera. Mientras Damiana concubitó con su
amador, fue, pues, salvada por el hombre, que salvó en ella la carencia y
penuria de lo cotidiano.
Como
conocen hasta los parvulitos, Damiana se inclinó un día por la vulva de Lucía,
la hedionda, y abrió su huerto a todas las insuficiencias y miserias, pues la
modista no encarnaba solamente la afición homófila, que sería querencia
ingenua, sino la estrechez, la reducción y la carestía. Por aquella
determinación de su nomeolvides, el mundo se mostró a Daniel en su seca
futilidad e inanidad, y se derrumbó ante sus pies como peso ramplón. Este fue
el pasmo del hombre.
Acaecido
el percance, pudo Daniel sumarse al consentimiento universal y aceptar la
verdad de Damiana y del ser como vulgaridad y fealdad sin valores; la razón así
lo ordenaba con sensatez raquítica.
Mas
el hombre, que quería, a toda costa, conservar la significancia y fascinación
que había colocado en los días, y mantenerlos sugestivos y agigantados, recogió
el instinto bollero de su antigua viña florecida, lo levantó, con la totalidad
de las cosas, arrastradas en el caso, y se lo puso con ellas a las espaldas,
igual que Atlas. Aprovechó, pues, Daniel la acucia tribádica de su Filis para
salvar el mundo y asegurar su condición de hechizo, misterio y preñez. De tal
manera, el pasmo del asustado se convirtió en éxtasis y comentario inacabable,
en espíritu, en suma; y la escasa y fea Damiana, la triste boticaria, en Tríbada
Falsaria, héroe que inaugura el Infierno de las Mujeres Celebradas, abierto a
nosotros por vez primera.
Juana,
la singular enamorada de Daniel, trató de combatir el empeño de su amado en
condenar a Damiana, y ello por repugnancia hacia la cerecita, ya que sólo se
condena lo que vale. Dice Juana en una de sus famosas cartas: «Descubro que has
configurado una prodigiosa Damiana, imaginada como voluntad libre, que quiere
cuanto realiza, es decir, como un espíritu puro. La visión resulta grandiosa,
pero falsa. Tu palomita, en efecto, no es Satanás, sino un animalito y una
continua contracción y disminución». Y luego: «Has elevado, como digo, tu
centellita de amor a espíritu dañino, y su actuar, a iniquidad. De tal forma
has hecho advenir el mal a ella, y el mal te ha sugestionado ¡Pobre mío!, pones
en los seres significaciones, y acabas por depender de ellas; sé que tal
función es propia de la imaginación, que se indaga de esta manera a sí misma».
Y también: «He sabido que Damiana fastidia con su tedio lineal y su charla
matraquista. He conocido sus contradicciones y embustes, que causan grima y
pena. He sufrido su faz asustada, desamoldada, higo triste, y me he preguntado:
¿Cómo puede esta cosa perturbar la luz y la inocencia? En el ominoso hecho he
adivinado la presencia del misterio, que no reside en la innecesaria Damiana,
sino en que su figura alcance a espantarte».
Tras
escuchar largamente a Daniel, Juana acaba por comprender el esfuerzo del
desesperado, que describe así: «La aventura tribádica es simple mecánica,
fricción y succión; empero, al exponerla desde tu visión, la has transmutado
espanto; en tu agónico y reiterado relato, has dibujado el rostro de Damiana y
has traído la impudicia a la Tierra. La palabra de Fabre elevó el insecto,
desde el accidente de albúmina, a objeto de una meditación cuasi religiosa: la
tuya ha elevado a Damiana, desde el automatismo de fricar y succionar, a la
gloria del infierno».
Contagiada
al fin, Juana trasluce, en uno de sus sueños, el angustioso afán por valorar a
Damiana objeto de salvación o condenación. Dice: «Vi el anillo en la afilada
mano de la criatura, un cintillo muy delicado, y repetí la sentencia de
Francisco Montijano: Acoge, Señor, a tu sierva Damiana». Pero, al punto,
aparece la opinión de las gentes, que no encuentran seducción, encanto ni
inspiración en el mundo, y que, por consiguiente, simbolizan la permisión
indiferenciada. Añade Juana: «Surgió entonces Antonio Abellán, a quien desconozco,
y profirió feroz: Déjate de dioses y monsergas, acepta la gana de la mujer y
permite, de una vez, que frique limpia». Juana zozobra y advierte que Damiana
oía y silenciaba.
El
empecinamiento de Daniel, Atlas, como dijimos, que sostiene el mundo, para que
no se derrumbe en escombrera, frente a la mísera rendición de ese Antonio
Abellán, tristemente razonable, se muestra en las siguientes palabras,
escándalo de muchos: «Me has pedido que comprenda y tolere. Contesto:
comprender es participar de lo comprendido, bailar su danza. No hemos de
concebir el infierno como incomprensión, sino como untuosa comprensión de todos
en todos, a la manera que Lucía comprende a su grofa, la Damiana, y ésta, a su
lumia, la Lucía. Para separarnos y diferenciarnos, debemos incomprender;
condenar es mejor que perdonar».
Puede
ocurrir, en efecto, que la condenación del otro genere espíritu en el otro, y
que toda significación tenga su origen en una prohibición. Puede ocurrir que la
condenación de Damiana enaltezca y honre la realidad, alzándola desde la mera
estructura de grasa y tripería. «¿Acaso el espíritu y el infierno son una
misma cosa?» ―exclama Juana. Y al hablar así, confirma la libido de condenar,
anidada en la conciencia profunda, que valora y ama al mundo.
Sin
la condenación de su uvita, milagro, milagrito, el llanto de Daniel por la
Damiana, tortillera insólita, se transformaría lloro por la sordidez de la
realidad que produce y contiene a la tortillera sólita, aceptada suceso
insustancial.
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