Salvador Pedro, cura italiano de familia española, tuvo al
llegar a Dolores de Buenos Aires una honda tribulación. Justo es creer que un
espíritu más educado que el suyo hubiera previsto mejor ese golpe a la Sacra
Iglesia y su justiciera intervención. Sobre todo ¡qué impiedad! La fiebre, que
esa noche le tuvo en cama después de su desastre, llenóse de muchachas y
muchachos de su pueblo natal que iban a consultarle en diarias conturbaciones
que él aplacaba, como así debía ser. Y aquí, en esta América de crimen, ¡cielo
santo!
En la aventura, sin embargo, no tuvieron ellos mayor culpa.
Pedro llegó a Dolores lleno de una inocencia terrible. Nadie estaba más seguro
que él del santo derecho espiritual, y aunque se sabía ignorante y todo, creía,
como en Dios, en la misión de su sotana negra. Muchas discordias había
desenvuelto, y a más de un hogar en peligro llegó él sin que lo llamaran, para
verter en aquel infierno el rocío de su celeste personificación. No es pues de
extrañar lo que le pasó.
Llegó aquí sin saber adónde llegaba; y el mismo hecho -tan
rápido- se adelantó a las explicaciones que no hubiera dejado de hacerle el párroco,
acerca del camino más que prudente que se debe seguir aquí.
El mismo día de su instalación -teniente cura- una penitente
fue en busca de su consuelo, bañada en llanto. La pobre muchacha había dado su
corazón y su mano a un ingrato que el día anterior había roto el compromiso,
llevándose con él la palabra dada y un largo trimestre de besos. Mucho la
consoló, y el consuelo más dulce fue la promesa de que el ex novio volvería al
camino de la fe y al honor familiar.
Apenas salió ella, tomó su sombrero y emprendió el camino a
casa del infiel, tranquilamente, como viejo pastor que no se inquieta ya por la
oveja perdida en una encrucijada habitual.
Golpeó y se anunció. Al largo rato se le hizo entrar y saludó
a una persona que lo miraba con la mayor curiosidad posible.
-¿El señor Carlos Alzaga?
-Soy yo, señor.
Al no sentirse llamar padre, hizo un ligero movimiento. Pero
desde que había entrado se hallaba mal, sobre todo por la curiosidad constante
de aquellos ojos que no se apartaban un momento de los suyos.
Para animarse rompió:
-¿Es verdad que el señor ha dado palabra de casamiento a la
señorita Lina Oggiero?
Los ojos expresaron más irónica curiosidad aún. -Sí, señor.
-Me han dicho -¡sabe Dios si es verdad!- que el señor ha
retirado su palabra sin ningún motivo.
-Sí, señor.
Pedro perdía toda serenidad; ¡aquello era tan nuevo para él!
Tuvo, sí, la intuición de una enorme impiedad y deshonor que salía de esa persona
y de la casa entera. Logró dominarse y comenzó a hablar de memoria al
principio, luego con tesón: La llorosa criatura abandonada; la palabra que,
dada aun a solas, es lo mismo que dada allá en el cielo; ¿qué vida es posible
si no se empieza por cumplir, no tanto la obligación social, pero la promesa de
unión que Dios ha oído?; muy alto sube la voz de una criatura engañada, y el
remordimiento eterno no alcanza siempre a salvar un alma.
Le hablaba de pie, levantando los brazos, seguro ya de la
situación, en el recuerdo de tantas otras a que habían seguido furiosos
reconocimientos de culpabilidad. Su interlocutor lo miraba sin hacer un movimiento.
Al fin cesó de hablar y se pasó el pañuelo por la frente. Cuando aquél estuvo
seguro de que había acabado, le preguntó cortésmente.
-¿Concluyó el señor?
-Sí -balbuceó Pedro.
-Bueno, ahora hablo yo. Vea señor: aquí en América, sobre
todo en mi casa, sobre todo yo, uno hace justamente aquello que tiene ganas de
hacer, y nos parece siempre de la más mala educación dar consejos cuando no se
nos pide, como el señor cura ha tenido el mal gusto de hacerlo. Por gracia de
Dios, que está en mí, aunque usted no crea, sé desde hace muchos años lo que
debo hacer, aunque lo haga mal, y el señor cura será muy feliz si recuerda
siempre lo que le digo ahora, que es lo que le diría cualquiera. Bien sé que su
palabra es alta y bien intencionada, y mi placer mayor sería oírle con calma;
pero su alocución de hoy me ha ocasionado un fastidioso dolor de cabeza que
nuevos consejos exasperarían; y como esto sería peligroso para ambos, le ruego
se retire lo más pronto que le sea posible, y recuerde que estos consejos míos,
sobre todo el último, valen más que todos los del señor cura.
Pedro sintió que una oleada, no de cólera sino de vergüenza,
le tapaba la cara. No dijo una palabra, cogió su sombrero y se dirigió a la
puerta. Al abrirla vio en el zaguán tres muchachas que le miraban curiosamente.
-Son mis hermanas -explicó Alzaga a Pedro. Y volviéndose a éstas-:
El señor cura, que ha tenido la bondad de venir a darme consejos paternales.
Y al estar en la vereda ni aún tuvo Pedro el consuelo de un
rayo de ira al volver los ojos, pues el cuarteto se había entrado ya
tranquilamente.
Publicado
en Caras y Caretas, Buenos Aires,
año
VIII, N° 372, noviembre 18, 1905.
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