DE TODOS los pueblecitos
fortificados que se hayan enclavados a lo largo de la orilla de la Selva Negra,
en Bavaria, Rothenburg es el más extraño de todos. Sirve de corona a una colina
pronunciada y sus torreones miran hacia el sinuoso río Tauber. A las doce del
día y de la noche, las contraventanas de la ventana más alta de la vieja torre
del reloj se abren lentamente para dejar salir un antiguo presidente municipal
del siglo quince, que hace una profunda caravana. Durante unos cuantos
segundos, el viejo gentilhombre, impulsado por un mecanismo, mira hacia las
piedras de la plaza del pueblo ―el mismo empedrado donde resonaron las pisadas
de los cruzados y sus caballos―, luego el muñeco se yergue repentinamente y se
cierran las contraventanas.
En las tardes de buen tiempo,
el sol, difundido por las hojas de los tilos, arroja sombras moteadas en los
callejones del pueblo. Los niños que vuelven a casa después de la escuela, se
agrupan brevemente alrededor de un afilador o saltan rítmicamente al compás de
una tiorba. Los ancianos se sientan a la sombra de la fuente cantarina y las
jóvenes cantan suavemente para sí mientras llenan los cántaros de agua.
Justo a un lado de la plaza,
bajando por una callejuela. angosta y sinuosa, está el taller de Wilhelm
Stunde. Se trata de una construcción pequeña que se inclina al peso de los
años, al igual que su propietario. Por las ventanas del taller se ven cien
relojes de otros tantos tamaños que miran a la gente que pasa por el callejón.
En la ventana del frente, una
pastora en miniatura
marca los segundos que
transcurren con leves movimientos del brazo. En un rincón, un herrero los marca
con golpes de su martillo sobre un yunque del tamaño del pulgar. Más atrás, en
las sombras, el Padre Tiempo marca las horas con golpes lentos y decididos de
su guadaña.
Wilhelm era famoso en todo el
Valle de Tauber debido a sus relojes.
―El viejo Wilhelm lo puede
arreglar, si alguien puede hacerlo ―decían los campesinos, que en ocasiones
agregarían―: Es muy excéntrico ese Wilhelm, pero conoce bien su negocio.
Y el ingenio de Wilhelm no se
limitaba a los relojes. Había construido el campanario de la torre de la
catedral. Sus dedos dotados habían formado la imagen del Burgomeister que se sentaba en la torre del reloj. La campana
tocaba las horas con tonos vibrantes que resonaban por todo el pueblo y cuya
sonoridad la debían a los sensibles oídos de Wilhelm.
A menudo, los niños se reunían
ante las empolvadas ventanas del taller del relojero para admirar la multitud
de figuras y números que resonaban a la vez, todos al unísono, quizá con alguna
diferencia de una fracción de segundo.
A veces, si Wilhelm estaba de
humor, los invitaba a asombrarse con algún reloj nuevo de concepción extraña
que les hacía abrir enormemente los ojos cuando lo observaban. Podía ser un
enorme reloj con figurillas que salían a marcar las horas con alguna
representación. O uno pequeño con campanillas diminutas que hacían que los
niños sintieran resonar todo su cuerpo. Los chicos se reían y carcajeaban y los
que pasaban le decían a sus compañeros:
―Ahí está el viejo Wilhelm
haciendo resonar los oídos de los chicos.
Y los compañeros, recordando
su propia niñez y las aventuras maravillosas aunque demasiado breves, vividas
en el taller de Wilhelm, asentían con la cabeza y sonreían pensativamente.
En el interior del taller,
entre telarañas, polvo y mil ruedas y engranes, podía encontrarse a Wilhelm
inclinado sobre un reloj maltrecho, buscando en su mecanismo con suavidad y
luego hacerlo volver a la vida.
Un caballero espléndidamente
vestido y que, evidentemente no estaba acostumbrado a viajar a pie, caminaba
cuidadosamente por el callejón y se detuvo frente al viejo y descuidado taller.
Leyó el escrito que estaba en la entrada y luego observó el enorme reloj ―la
marca usada por Wilhelm― que colgaba de una varilla de hierro enmohecida por
encima de la puerta.
Era indigno para el barón, el
octavo barón de Rothenburg, visitar un taller; pero Wilhelm había construido el
muñeco y el mecanismo del viejo presidente que se sentaba en la torre del
reloj, y el barón estaba satisfecho, completamente satisfecho de la estatua de
su bisabuelo. ¿No decían acaso, todos, que era su viva imagen?
―¡Casi se le puede ver
respirar! ―había dicho el médico el día de la inauguración del nuevo reloj.
Sí, ese reloj era una obra de
arte y un excelente tributo al antepasado del barón. Además, los impuestos
locales se encargaban de una parte del costo; un florín, cuando menos, era lo
que el barón debía pagar en persona. Era la forma en que el pueblo se aseguraba
de poder tener algún contacto con la nobleza.
El barón abrió la roída puerta
y se detuvo un segundo hasta que sus ojos se acostumbraron a las penumbras del
interior. Wilhelm reconoció al gentilhombre, se levantó de su banco y se
inclinó en una caravana lo más bajo que su torcida espalda se lo permitía.
―¡Su Excelencia!
―Buenos días ―dijo el barón
con un movimiento de cabeza―. Vine a agradecerle por su trabajo hecho en él
reloj, resultó una excelente obra, un verdadero triunfo.
―Su Excelencia, es muy
bondadoso conmigo ―contestó Wilhelm.
―En absoluto ―dijo el barón―.
Estoy verdaderamente satisfecho. Encontrará una pequeña recompensa en sus
honorarios.
Y al decir esto, lanzó por el
aire una bolsita de piel hacia el relojero.
―Un millón de gracias, señor
barón ―dijo Wilhelm sopesando el peso de la bolsa.
Mientras tanto, el barón,
distraído por el repiquetear qué se oía en todos los rincones de la habitación,
inspeccionaba un reloj con la forma de huevo que estaba sobre una repisa.
―Bastante aburrido esto, me
imagino ―dijo el barón, que había sido un militar casi toda su vida.
―¿Cómo dice, Excelencia?
―Que supongo que esto será
aburrido ―repitió el barón―. Me refiero a trabajar siempre con relojes.
El barón se dirigió a un
reloj, grande que estaba en un rincón, y que tenía a doce apóstoles que
marchaban alrededor de su corona.
―Todo lo contrario, Su
Excelencia ―dijo Wilhelm―. Nada de aburrido.
―¿Eh? ―preguntó el barón,
enarcando una de sus cejas―. Sólo hay doce horas al día, sesenta minutos en
cada hora y sesenta segundos cada minuto. ¿Qué otra cosa puede marcar un reloj?
El barón se detuvo para
observar un pequeña barco que se mecía interminablemente en medio de la esfera
de un reloj de pared.
―¡Ah! Pero existen muchos
tipos de relojes, señor barón ―dijo Wilhelm, quitándose el delantal y
acercándose al aristócrata―. Por ejemplo, éste es un reloj que marca las
estaciones del año.
Y Wilhelm señaló un mecanismo
de tamaño mediano, con una cara giratoria que indicaba las fases de la luna.
―Y éste ―explicó Wilhelm― es
un reloj que indica los signos del Zodiaco. Ese otro muestra el flujo y reflujo
de las mareas;
―Sí, por supuesto ―se rió el
barón―; pero un reloj, en realidad, no hace nunca nada importante, podemos
decir que es pasivo. Por ejemplo, no hay reloj ―prosiguió el barón con una
sonrisa― que pudiera matar a un hombre, ¿no es verdad?
―¡Oh, sí, ya lo creo que hay!
―dijo Wilhelm sonriendo para sí mismo.
―¿De veras? inquirió el barón,
sorprendido―. ¿En verdad existe?
―Se lo aseguro, Su Excelencia
―dijo Wilhelm, con seriedad, y se dirigió a la parte trasera del taller―. Es
cierto que existe.
Wilhelm abrió un gabinete que
se encontraba cerca de la pared, y sacó un reloj hermosamente trabajado.
―Este ―dijo el hombre,
sosteniendo el delicado mecanismo―, éste es el reloj que puede matar.
―¿Qué? ―exclamó el barón,
riéndose a carcajadas―. ¿Un reloj de cucú que puede matar a un hombre?
¡Tonterías! ¡Debes estar bromeando!
―¡No bromeó en absoluto, señor
barón! ―le aseguró Wilhelm con seriedad―. Le estoy diciendo la verdad, este
reloj puede matar.
―¿Y cómo? ―preguntó el barón,
con cierta impaciencia―. ¿Tiene acaso pólvora en su interior y explotará a
determinada hora?
―No, Excelencia ―respondió su
interlocutor―. Examine el reloj si lo desea.
Wilhelm le presentó al
aristócrata el delicado reloj. El barón abrió cuidadosamente la tapa trasera y
observó con atención el interior.
―Como ve, señor barón ―dijo
Wilhelm―, es un reloj absolutamente normal.
―¿No hay una pistola
escondida, ni una aguja envenenada en la llave? ―preguntó el señor con
incredulidad.
―En absoluto ―afirmó Wilhelm.
―¿Entonces cómo mata?
―inquirió el noble, fascinado.
―Me perdonará el señor barón
―dijo el artesano, con una reverencia―, pero ese es un secreto, si no le
molesta.
―Un secreto tonto ―se rió el
barón―. Y el reloj de un tonto ―agregó, devolviéndole el aparato al relojero.
Luego, el aristócrata se
detuvo. En su mente pensaba que Wilhelm estaba loco, completamente loco. Sin
embargo, su curiosidad se había despertado, cuando el relojero le afirmaba tan
seriamente que el reloj era mortal.
―Voy a proponerle algo ―le
dijo al artesano―. Deje que me lleve el reloj esta noche, y si es peligroso,
mañana le recompensaré con cien florines.
―No, Excelencia ―dijo Wilhelm,
con firmeza―. Me temo que sería demasiado peligroso.
―¡Ah! ―exclamó el barón―. ¿De
manera que trataba de engañarme? ¡En realidad, el reloj no es mortal!
―Lo es ―insistió Wilhelm―. ¡No
hay duda en absoluto de que es mortal!
―Bien, entonces... ―dijo el
noble, secamente―, eso lo veremos. Permítame llevarme el reloj ―le ordenó.
―Por favor, señor barón, no
juegue con él, se lo suplico.
―¡El reloj! ―demandó el barón.
―¡No, no, Excelencia! ―gimió
Wilhelm―, apretando el mecanismo contra su pecho―. Olvídese de lo que le dije.
Olvídese del reloj y váyase en paz.
―¡Entrégueme el reloj! ―gritó
el barón―. ¡Se lo ordeno, démelo inmediatamente!
El barón le dio a Wilhelm una
bofetada y le arrebató el reloj. El anciano artesano retrocedió, dando
traspiés, contra el mostrador, y vio cómo el caballero se ponía el reloj bajo
el brazo.
El barón se detuvo en la
puerta y se volvió a mirar al anciano tembloroso.
―No lo olvide ―dijo―, le daré
cien florines si funciona.
―Por favor, Excelencia
―exclamó Wilhelm, desesperado.
―Y si falla ―siguió diciendo el
otro, con sequedad―, lo siento por usted.
II
El barón retiró la silla de la
mesa y observó a los sirvientes mientras recogían los platos de la cena. La
cena había sido muy agradable, con un venado que él mismo había matado y un
buen vino del Rhin; luego, encendió una pipa y se acomodó mejor en el sillón.
―¿No necesita otra cosa, señor
barón? ―le preguntó el sirviente.
―¿Otra cosa? ¡Ah, si! En la.
mesa grande del corredor está un reloj, tráigalo y déjelo sobre la chimenea.
Ahí, donde brilla la luz.
―Como usted ―ordene, señor
barón.
―¡Ah! Y mis pistolas, Franz,
las españolas. Yo mismo las cargaré.
“Veremos”, pensó el barón, “la
potencia real del cerebro de niño de ese estúpido relojero.”
El barón se sintió ligeramente
burlado. Sentía que, en alguna forma, lo habían forzado a efectuar un
experimento tonto. “Afortunadamente, nadie lo sabe, nadie podrá reírse, excepto
yo mismo, cuando le devuelva el reloj mañana por la mañana, en pedazos.”
El sirviente trajo el reloj y
lo colocó sobre la chimenea, entre dos enormes velas. Luego dejó sobre la mesa
las pistolas, los cartuchos y la pólvora, hizo una reverencia y salió.
Dieron las ocho cuando el
barón terminó de cargar las armas. Y al colocar firmemente las bolas en su
lugar, la manecilla grande del reloj marcó la hora.
Se oyó un ligero chirrido de
engranes y una pequeña puerta que estaba en la parte superior del reloj se
abrió. Por ella salió un pájaro en miniatura, brillantemente pintado, que
surgía de entre hojas de roble delicadamente talladas, y comenzó a cantar.
―¡Cucú, cucú, cucú, cucú!
―¡Ja, ja, ja! se rió el
barón―. ¡Qué sonido más estúpido!
―¡Cucú, cucú, cucú, cucú!
―¿Y quién ha visto alguna vez
a un pájaro con alas rojas y cuerpo azul? ―el noble llenó nuevamente su vaso y
sonrió de buena gana.
―Este es el reloj que puede
matar a un hombre, ¿no es así? ¡Tonterías!
El barón hizo girar su silla
para quedar frente a la chimenea y poder ver mejor el reloj. Revisó sus
pistolas y volvió a llenar su pipa. La tibieza del fuego se extendió sobre él y
comenzó a cabecear.
Antes de que se diera cuenta,
había pasado una hora.
―¡Cucú, cucú, cucú! ―canturreó
el ave.
El barón abrió los ojos
bruscamente y se despertó malhumorado de su sueño.
―¡Santo Dios! ―exclamó―. ¡Qué
pajarillo tan estúpido e irritante!
―¡Cucú, cucú, cucú, cucú,
cucú!
―Me dará gusto llevarle este
desagradable reloj a su dueño ―susurró el barón y tomó otro sorbo de vino.
Encendió la pipa y comenzó a
fumar lentamente, dejando que el humo resbalara de su nariz; y mientras
observaba las imágenes que se formaban, a la luz parpadeante de la chimenea,
sus párpados volvieron a ponerse pesados. El repiqueteo monótono del reloj lo
arrulló y el vino contribuyó a ello.
―¡Cucú, cucú, cucú!
―¡Santo cielo! ―exclamó el
barón―. ¡No serán ya las diez!
―Cucú ,y el reloj lo repitió
siete veces.
El barón se levantó de la
silla y se paseó con nerviosismo, hasta llegar al mueble bar. Escogió una
botella de aguardiente de papas y le quitó el corcho.
Durante la siguiente hora se
divirtió bebiendo y alternando sus tragos, haciendo planes para castigar al
relojero por su estupidez.
―Se arrepentirá de su
atrevimiento ―se dijo, con gravedad― por haberme hecho creer esta estúpida
historia. ¡Ah! ¡Ya lo creo que lo lamentará ese estúpido relojero!
―¡Cucú! ―siguió el pajarito, y
repitió su canto diez veces más.
―¡Cómo va a lamentarlo! ―dijo
el barón, en voz alta, frunciendo el ceño y agarrando la. piedra con los dedos
rígidos.
El gentilhombre volvió a
cargar y a revisar sus pistolas. El cartucho no pudo entrar y, debido a su
borrachera, perdió cierto tiempo tratando de colocarlo en su lugar.
―¡Maldita sea! ―exclamó―. ¡Ya
estoy harto! Me voy a la cama y me olvidaré de esta tontería.
Pero no se fue de la
habitación, lo pensó nuevamente y se dijo que era una tontería que aquel
miserable reloj, hecho por un miserable relojero, pudiera molestar a una
persona de su categoría.
El barón se instaló nuevamente
en su silla, malhumorado. Tenía las pistolas en la mano y observó el reloj.
Durante una hora estuvo observando las adornadas manecillas que giraban
lentamente en torno a la esfera. Cuando volvieron a juntarse, en las doce, se
oyó de nuevo el ruido de los engranes y la puertecilla se abrió. El pajarito
brillante dio un salto.
―¡Cucú!
―Ahora ―dijo el barón― ha
llegado el momento de ponerle fin a esto. Veamos si puedes cantar después de
esto ―y levantó la pistola, hasta dejarla apuntando al reloj.
―¡Cucú!
―Cantarás otra cosa cuando te
ponga una bala en el pescuezo ―dijo, tratando de apuntarle al animalito en la
cabeza, en medio de la penumbra.
―¡Cucú!
―¡Maldita sea! ―exclamó el
noble―. ¿Por qué no puedo mantener firme la mano?
―¡Cucú!
―¡Cállate! ¡Cállate! ―gritó,
al tiempo que apretaba el gatillo de la pistola.
―¡Cucú!
La bala rebotó a treinta
centímetros por encima del reloj, e hizo volar una nube de yeso.
―¡Cucú!
―¡Santo cielo! ―gimió el
barón―. ¿No habrá nada que te haga callar?
Y comenzó a disparar
ciegamente con la otra pistola.
―¡Cucú!
El segundo disparo hizo añicos
el espejo largo que estaba en el rincón, llenando el suelo de fragmentos.
―¡Cucú!
―¡Cállate! ¡Cierra el pico!
―gritó el barón, con toda la fuerza de sus pulmones―. ¡Cállate, cállate,
cállate!
―¡Cucú!
El barón se levantó
enloquecido de la silla y se lanzó contra el reloj. El marco de madera del
aparato se partió en pedazos bajo el cuerpo del hombre, cuando ambos cayeron al
suelo.
―¡Cucú! ―gimió el reloj,
produciendo chirridos para detenerse.
―¡Cucú, cucú, cucú!
Cuando los sirvientes llegaron
a la habitación, el barón estaba muerto, y tenía el rostro torcido en un
paroxismo de rabia. Los engranes del reloj habían rodado a todos los rincones
de la habitación, y el pajarillo, con las alas rotas y colgando, yacía inerte
cerca del hogar.
La muerte del barón fue el
tema obligado de conversación en Rothenburg durante mucho tiempo. Todos tenían
una teoría: apoplejía, ataques, borrachera; pero nadie sabía la verdad... Es
decir, nadie excepto Wilhelm.
Pero, claro, Wilhelm sabía
cosas muy extrañas. Conocía incluso un sonido que si sonaba en el tono exacto y
se repetía a intervalos apropiados, podía hacer que un hombre enloqueciera por
completo.
Publicado en el
libro Cuentos Macabros
Editorial Novaro,
1972
Scan y revisión:
Centurion, 2003
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