I
Lena,
29 de julio.
Querido
León: Dispensa que no te haya escrito en tantos días: estoy completamente
absorbido por la caza, por esa distracción que borra tan bien los grandes
pesares y que sabe apartar de mi imaginación los nombres fatídicos de mis
acreedores, que no consigo ahuyentar de ella sino cuando echo al hombro la
escopeta y me pierdo por entre los poéticos jarales que circundan estos
alrededores. Tú, en calidad de chico estudioso, me preguntarás qué hice
de aquellas solemnes promesas de entregarme en cuerpo y alma al estudio, de
pasar las tardes enteras a la sombra de los árboles hojeando los autores de
texto; pero yo, querido amigo, te responderé que las he relegado al olvido; que
no vivo más que para la Naturaleza, y que, por apéndice, he resuelto creer en
la Providencia, en esa divinidad de los malos estudiantes, de los malos
políticos y de los jugadores de lotería. Es preciso creer, amigo mío; y si la
fe, como nos la enseña el Evangelio, remueve las montañas, malo será que, por
tibia que sea la mía, no tenga bastante fuerza para removerme de este
segundo año de Medicina en que me han dejado suspenso. Y luego, ¿la inspiración
no vale nada? ¿Los grandes artistas han estudiado en algún libro sus grandes
concepciones? ¿Por qué no he de creer, pues, en esa inspiración sublime del
momento, que inflama en nuestro cerebro una musa desconocida? Creer y esperar
son las dos palabras más bellas que hay en el diccionario de la lengua: el
estudiante estudioso es el peor de los ateos.
¡Ah!
Estoy aquí divinamente. Mi padre es un buen señor que no cuida más que de sus
rentas y de sus gallinas, y que está creído que tiene en su hijo un chico tan
sabio como pródigo. Vivo a mi albedrío, sin cortapisa, autonómicamente,
distribuyendo el tiempo del mejor modo posible entre los placeres que me son
más agradables. Con todo, no vayas a figurarte un solo momento que me he
convertido una sola vez en pescador de caña.
Querido
mío, basta ya. No quiero abusar de la superioridad que sobre ti me da la
ventajosa posición en que me encuentro. Sin quererlo, establecerías
comparaciones, y las comparaciones son siempre odiosas.
Tu
amigo de corazón,
Miguel.
II
Lena,
12 de agosto.
Querido
León: ¡Oh! ¿Por qué no estamos en los felices tiempos de las Amaralis, época
dichosa en que bailaban las zagalas al son del tamboril? ¿Por qué no
estamos en el que las pastoras adornaban sus dorados cabellos con las frescas y
odoríferas rosas cogidas en los valles, cuando la mano pródiga del alba
depositaba sobre sus corolas las perlas que destila? He aquí la interrogación
que hice en mi mente, al mismo tiempo que me servía un jarro de agua una
muchacha que debía ser muy linda, y que vive en uno de los pintorescos valles
que con más frecuencia recorro. Y digo que debía ser muy linda, porque
lo era a pesar de sus cabellos desgreñados, de sus manos tostadas por el sol y
de ese traje tan poco a propósito para ilusionar, que visten las aldeanas de
aquí.
La
pobrecita tembló para darme el jarro de agua, bajó sus ojos azules, y en
seguida se fue sin decirme una palabra. Al retirarme, lo confieso ingenuamente,
parecíame que me había quedado algo en la casa de la campesina. Fumé un
cigarro, cargué mi escopeta, ¡oh fortuna! Cuando yo estaba pensando en volverme
a beber otro jarro de agua, he aquí
que pasa a mi lado esa aldeana.
—¡Eh,
muchacha! —le dije cariñosamente.
—¿Qué
se le ofrece a usted? —respondió deteniéndose y mirándome con extrañeza.
—Toma
y dispénsame por haberme ido sin darte las gracias por la amabilidad con que
has apagado mi sed.
Y la puse en la mano un napoleón.
La
aldeana se quedó mirando la moneda sin atreverse a guardarla ni rehusarla.
—Guárdatela
—le dije, viendo su indecisión—. Yo cazo mucho por este valle y, en adelante,
beberé de esa agua riquísima que me has servido.
—¿Me
le da usted de veras? Yo no lo creo —balbuceó—. Mi abuela y yo trabajamos ocho
días para ganar esa moneda.
—Tanto
mejor...; eso consiste en que recompensan muy mal vuestro trabajo.
—Pues
bien, la guardo. ¡Voy a comprarme tantas cosas con ella! ¡Adiós, adiós!
Y
echó a correr como una loca, cantando, con su cántaro debajo del brazo.
Yo
me quedé contemplándola, lleno de esperanzas.
¿No
te parece que debo visitar a esa aldeana que, según mis noticias, vive con su
abuela, medio ciega? ¿Que debo cazar mucho en sus alrededores, y decirla que es
bonita y regalarla muchos napoleones, en vez de componerla algunas églogas?
La
ocasión la pintan calva; además, yo quiero tener unos amores agrestes; por
malos que sean, nunca serán tan amargos como los cortesanos; en fin,
amar a una aldeana, mitad mujer, mitad no sé qué.
En
fin, amigo mío, es necesario que agote todos los placeres que se me ofrecen...
¡Qué
bella tarde he pasado ayer con Ambrosio! Los dos hubiéramos dado cualquier cosa
porque tú estuvieras a nuestro lado, mezclándote en nuestra conversación,
respirando la atmósfera más pura, contemplando el paisaje ameno de nuestras
montañas, de nuestros bosques, de esta Naturaleza, en fin, tan rica, tan
animada, tan deleitosa, como diría un poeta bucólico. Muy triste nos ha
sido pensar que tú estarías encerrado entre cuatro tabiques, mirando desde la
ventana las paredes del patio, oyendo, en vez del gorjeo de las aves, ese
maldito canto de la Maritornes, que tantas veces hemos maldecido juntos.
No
quiero, no debo contestar a tus heréticos razonamientos. Ni por un momento has
conseguido hacer vacilar mi fe. Sí, te lo digo muy alto: Cruveilhier y Muller
nunca me inspirarán otra cosa que lástima... En esta parte no hago más que
obedecer los impulsos de la conciencia.
Desengáñate:
es una tontería, pero una tontería de a folio, consagrarse al estudio para
tener uno que cantar al fin de su jornada la palinodia, como el sabio aquél que
dijo, interrogado acerca de su sabiduría, sólo sé que no sé nada.
Tu
amigo de corazón,
Miguel.
III
Lena,
21 de agosto.
Querido
León: Me hacen gracia tus moralejas, y, sobre todo, el tono grave con que las
escribes. Quieres que desista de ver esa aldeanita, que no la persiga, que la
deje en paz... ¡Y cuándo me lo dices! ¡Cuando es una necesidad que yo la vea a
todas horas; en el momento en que mi corazón siente algo por ella! Eres
un niño; eres un viejo, mejor dicho, que no comprendes el corazón humano más
que en la sala de disección, con el escalpelo y las pinzas en la mano.
La
aldeana en cuestión se llama María; es huérfana, tiene dieciocho años, la tez
fresca y sonrosada como las rosas que nacen en su huerto.
Dime
tú ahora si hay camino para retroceder.
En
la parte moral, es una joven que parece cándida. ¡Suponte que me ha devuelto
los diecinueve leales, diciéndome que su abuela le había prohibido admitirlos!
Pero, en cambio, y esto es lo que la abuela no sabe, ha admitido otras monedas
más peligrosas. Me ama, y no ha podido disimularlo: no la amo en el sentido que
comprendo el verdadero amor, y la he hecho creer que la idolatro. Sin embargo,
hasta aquí no he querido abusar de mi posición. ¿Abusaré mañana de ella? La
casualidad puede darme el lauro de la virtud.
No
puedes formarte una idea del sentimiento que se apodera de mí al contemplar
cómo van pasando estos días hermosos de vacaciones. Te aseguro que si pudiera
convencer a mi buen papá que la Medicina, que todas las carreras son un
disparate inventado por la vanidad y el necio orgullo de los hombres, no
volvería a pisar los claustros, que maldigo con todo el odio de mi corazón.
Adiós:
voy a ver a María, porque esto me parece preferible a proseguir esta carta
estrafalaria.
Tu
verdadero amigo,
Miguel.
IV
Lena,
17 de septiembre.
Esta
vez, querido León, no has contestado a la mía, ¿por qué?, lo ignoro; no quisiera
que la causa de ello fuera motivada por algún incidente desagradable.
Empiezo
a escribirte bajo dos impresiones dolorosísimas. Hasta que el calendario, ese
libro terrible, ese reloj de arena, no me dijo la fecha en que nos encontramos,
no supuse siquiera que ya no me restan más que cuatro días para abandonar estos
bellos lugares. Y lo peor no es esto, sino que siento que aquella fe de que te
hablé en mis cartas se desvanece; que mis locas creencias se disipan. En mi
desesperación evoco los autores del texto, que me responden con una carcajada
homérica.
¡Añade
a esto que María está loca, que me ama con ese delirio de las mujeres vírgenes,
y que aquel algo que te dije experimentar por ella se ha evaporado
completamente, y tendrás una idea formada de mi situación! Luego, esa niña es
tan imprudente, que temo que mi familia vaya a enterarse de unos amores que no
me perdonarán jamás...
¡Pobre
niña! He despreciado tus consejos con una insensatez que ahora me abruma.
Adiós,
adiós, y no me contestes, porque uno de estos días te abrazará,
Miguel.
V
Era
una mañana de noviembre, y los estudiantes de Medicina salían en tropel de la
cátedra de Anatomía para dirigirse a la sala de disección. Entre los últimos
venía Miguel, el autor de las cartas que acabamos de transcribir, que no
sabemos si empezaba por la tercera o la cuarta vez los estudios de segundo año
de la facultad de Medicina.
—¡Magnífico
día —decía a uno de sus compañeros— para enterrar las manos en el vientre de un
cadáver! Dígase lo que se quiera, paréceme una solemne bestialidad destrozar
esos cuerpos ateridos... ¡Pobre ciencia humana, que tienes que encarnizarte,
como los buitres, contra los despojos de los muertos para engalanarte con un
miserable descubrimiento!
—Vamos,
no disparates —le contestó su condiscípulo—. Es necesario que abandones una
filosofía que, de otro modo, te va a eternizar en el segundo año.
—Tienes
razón —contestó Miguel con la volubilidad de carácter que le distinguía—. A
rajar, a cortar... alons!
Y
en el mismo momento, ya en la sala de disección, Miguel tiró de la sábana que
encubría el primer cadáver que encontró...
—¡Oh!,
magnífico; una joven. En estos cadáveres da gusto trabajar... Estas carnes
tersas y frescas...
Y Miguel se reclinó para operar sobre el pecho
de la joven, que parecía una de esas estatuas de mármol blanco acostadas sobre
un sepulcro, según la costumbre de la Edad Media. En esta actitud, semejábase
el estudiante más a un escultor que a lo que en realidad era. Pero de pronto
dio un grito y se balanceó para no caer.
—¿Qué
es eso? —le dijo un condiscípulo asiéndole del brazo—. ¿Te has cortado?
Miguel
no pudo responder; pasó maquinalmente la mano sobre su frente pálida y balbuceó
unas palabras que nadie pudo comprender.
—¡Oh!,
dejadme marchar —dijo a sus condiscípulos que le rodeaban, un poco calmado,
volviendo con tenacidad el rostro en dirección opuesta al cadáver—; dejadme
marchar.
Sus
compañeros le desasieron, y Miguel se lanzó como un loco fuera de la sala de
disección.
Epílogo
El
cadáver era de María, que había abandonado su escondida aldea para buscar a su
amante en la corte.
Pobre
y sin recursos, la había recogido un sereno, en una de esas heladas noches de
invierno, medio exánime, acurrucada en una calle, y dos días después moría,
víctima de una pulmonía fulminante, en el Hospital General. Por una fatalidad,
dos caprichos la habían elegido dos veces para ensangrentar su corazón.
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