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Pedro Escamilla - El gato negro


     Unos doscientos escalones tenía yo que subir para llegar a la primera
     plataforma de la torre. Las golondrinas que anidaban en el verano debajo
     de los canalones de piedra entre el musgo y la parietaria, no se asustaban
     con mi presencia; sabían que de mí nada podían temer.
     Por las tardes, poco antes de tocar el Ave María, cuando el sol llegaba a
     su ocaso, me asomaba a una de las ventanas para contemplar el magnífico
     panorama que a mi vista se presentaba, el cual siempre era nuevo para mí,
     aun cuando le viera todas las tardes.
     En efecto, la puesta del sol, ya se contemple cien años seguidos desde un
     mismo sitio, siempre ofrece un espectáculo distinto cada vez, aumentando
     sus encantos y su magia. Las tintas varían a menudo; las sombras presentan
     cada instante un nuevo aspecto, y el colorido se engalana siempre con mil
     tonos inesperados, debidos al fecundo pincel de la naturaleza. Luego este
     poético cuadro se completa llenándose más y más de armonía con el ruido de
     la brisa entre los árboles del bosque, las voces de los campesinos, el
     cencerro de los ganados, el murmullo del río, el aroma acre de la selva, y
     cerrando tan sublime conjunto, como la última nota en una frase musical,
     la campana que dobla en la torre, cuyo sonido se prolonga agradablemente
     en el espacio hasta perderse del todo.
     A mi izquierda se levantaban desiguales las casas del pueblo, con sus
     tejas encarnadas y sus techos de pizarra, coronadas con el ramaje de los
     tilos y enebros, que se elevaban por encima de las tapias de los huertos,
     formando un pequeño laberinto de calles y encrucijadas hasta perderse en
     el lindero del bosque, donde solo se veían ya medio ocultas en la espesura
     algunas chozas de blancas paredes, como las primaras avanzadas de un
     ejército. A la derecha el río, de espumosa corriente, cortando una pradera
     de huertos y sembrados, tapizadas sus orillas de verdes cañas y sauces
     llorones, por entre la yerba, y allá a lo lejos, en el horizonte, las
     primeras casas de la aldea donde habitaba Marcelina.
     Por eso subía yo a la torre y contemplaba absorto aquel espectáculo; por
     eso esperaba que llegase la noche con su manto de tinieblas para ver si
     brillaba la luz que me llamaba junto a mi amada.
     Pero ya habían pasado muchas noches y la luz no brillaba; la ventana de su
     aposento permanecía muda y la esperada señal no aparecía.
     ¿Me habrá olvidado Marcelina?
     ¡Olvidar!...¿Qué significa esta palabra para un corazón de dieciocho años
     que solo ha palpitado ante la pintada corola de una flor, que no ha
     sentido otra emoción.
     ¿Puede uno olvidar lo que ama? ¿Y si Marcelina me ardora, por qué me ha de
     olvidar? Pero entonces, ¿por qué no me llama?
     Yo iría a verla; me acercaría muy quedito junto a la tapia del huerto, y
     esperaría allí toda la noche para verla... para sentir sus lágrimas si
     llora... su risa si está contenta; sí, sí, vamos... bajemos de la torre;
     ya ha sonado el toque de ánimas...
     ¡Pero Dios mío! ¡si sale y me ve su gato negro!
     ¡Bah!... un gato... ¿a un gato tenéis miedo?
     Sí, Lulú, con su piel negra y lustrosa, sus ojazos siempre abiertos que
     brillan en la oscuridad como dos fúnebres antorchas, y sus enormes garras,
     me infunden pavor.
     Cuando me mira con fijeza y le veo enseñarme sus blancos dientes y
     azotarse los hijares con su cola, me estremezco a mi pesar, y un frío
     glacial penetra hasta la médula de mis huesos.
     Y sin embargo, dicen que Lulú es todo un gato honrado, tanto como puede
     serlo un animal de su especie... pero y desconfío de su benévola sonrisa
     que le hace erizar el bigote y enseñar los dientes de una manera terrible.

     Lulú es todo lo acomodado y feliz que puede desear; ni aun tengo la
     esperanza de que se muera de hambre.
     Morirse no... pero yo puedo matarle, y matarle impunemente, porque en el
     código no hay ningún artículo que castigue al que priva a un gato de su
     existencia; quizá no está previsto este caso por la ley, como tampoco lo
     estaba el parricidio en la legislación romana.
     ¡Matar a Lulú!
     Este pensamiento se había apoderado de mí de tal modo que no me abandonaba
     nunca. Porque lulú se oponía a mi boda con Marcelina, y esto era atacar
     directamente a mi felicidad, a la felicidad de un ser inofensivo y
     pacífico que en su vida había soñado con matar un mosquito.
     ¡Y por Dios que era inconcebible!
     ¡Hasta qué punto dependía mi dicha de la vida de un gato! ¿Y qué tenía que
     ver semejante animal con mi boda?
     Tal proceder me ponía furioso; aquello era ridículo hasta la insensatez, y
     el nombre de Lulú llegó a ser mi constante y aterradora pesadilla.
     Por eso el pensamiento de su muerte se ligó de tal modo a mis ocupaciones
     diarias, que llegó a ser en mí una necesidad.
     Mientras veía a Marcelina, aunque de tarde en tarde, la idea del asesinato
     no me punzaba tanto en el alma; pero así que dejé de verla sólo pensé en
     llevarle a cabo.
     --¡Ah pícaro animal, infame gato! Decía entre mí, ¿quieres prohibirme
     también que hable a mi querida Marcelina? Esto es decir que deseas mi
     muerte como yo la tuya... pues, bien, nos veremos.
     Y procuraba aturdirme a mí mismo con una especie de agitación febril, con
     un fingido valor que no sentía, y que desaparecía tan luego como por
     casualidad me encontraba a Lulú en el lindero del bosque, cuando el
     horrible animal salía a dar su paseo después de comer.
     Entonces él me miraba y se sonreía al pasar como si hubiese adivinado mi
     pensamiento y quisiera probarme que ningún temor le infundían mis
     tentativas de asesinato.
     Yo también le miraba de reojo y palidecía al contemplar su entornada
     pupila, que tenía en aquel instante una expresión sarcástica y mordaz.
     ¡Ahí no le mataría nunca!
     En mi interior luchaban terriblemente sensaciones distintas: el miedo y el
     odio a Lulú. Mientras el gato viviese, yo no podía abrigar ninguna
     esperanza acerca de mi matrimonio, y por otra parte, el animal disfrutaba
     una apariencia desconsoladora de longevidad. Aquella lucha continua que
     agitaba mi espíritu llegó a influir desgraciadamente en mi individuo. No
     comía, padecía vértigos horribles, y mi sueño era agitado e intranquilo:
     todo el pueblo en fin, llegó a apercibirse de mi estado; me creían loco,
     porque en medio de mi trabajo pronunciaba palabras incoherentes y
     prorrumpía en grandes carcajadas o palidecía de espanto, según iba obrando
     mi pensamiento al acercarse más o menos a las probabilidades de asesinato.
     La vista de un gato me ponía en un estado lamentable, y experimentaba una
     conmoción eléctrica cuando oía sus maullidos. Hasta entonces no llegué a
     comprender en su mayor intensidad las angustias y sobresaltos de un ratón,
     la estrategia del queso y el tocino.
     ¿Qué era yo más que un ratón perseguido por un gato?
     Todo esto impulsaba a mi pensamiento al asesinato.
     Una circunstancia insignificante e inesperada acabó de completar mi coraje
     y llegó a infundirme algún valor.
     Ya he dicho que debajo de los canalones de la torre anidaban por el verano
     muchas golondrinas, que como me conocían ya y eran mis amigas, no se
     asustaban al verme.
     Una tarde al entrar yo en la plataforma según mi costumbre, noté que todos
     aquellos pobres animales echaron a volar de pronto sin motivo aparente.
     Aquello era extraño.
     ¡Huir de mí las golondrinas! ¡Dios mío! No sabía qué pensar de semejante
     acontecimiento, y aun llegué a imaginar después de un instante, si ellas,
     enemigas como yo de los gatos, afeaban mi falta de resolución en librarme
     de Lulú, apartándose de mi lado. Me entristecí al creer probable semejante
     conducta, y entrando en la plataforma me dirigía a la ventana para
     contemplar sus nidos vacíos, cuando un espectáculo sangriento me dejó mudo
     de indignación.
     Un enorme gato dorado y ceniciento con manchas negras, se engullía
     tranquilamente una infeliz golondrina, fruto de su rapiña y crueldad. Al
     verme se detuvo, fijó en mí sus ojos tranquilos y serenos, relamiéndose el
     ensangrentado bigote como si me dijera; “está sabrosa.” Infame gato. Me
     precipité sobre él y le arrojé a la plaza desde lo alto de la torre. El
     ruido que hizo al caer en tierra hiró dulcemente mi oído al acordarme de
     Lulú.
     --¡Oh! decía, ¡si hubiese ocupado el lugar de este miserable! ¡Si guiado
     de su apetito viniese también a la torre a caza de golondrinas! Es preciso
     tenderle un lazo, excitar su gula... pero ¿cómo y con qué? Si le escribo,
     porque Lulú era un gato bien educado y sabía leer, conocerá mi letra...
     ¡qué hacer Dios mío!
     Un día estaba yo en la puerta de la iglesia pensando en mi pobre
     Marcelina; era un hermoso día de julio, un sábado... las gallinas con sus
     polluelos venían escarbando la tierra a picotear mis pies, y mi perro las
     miraba con indiferencia. De pronto sentí un escalofrió, levanté la cabeza
     y vi a Lulú que con su paso ordinario y su sonrisa burlona se dirigía
     hacia mí, mirando de cuando en cuando a la plataforma de la torre.
     Al verle me levanté para volverle la espalda, pero él me detuvo por un
     bazo con su asquerosa zarpa.
     --Señor Adriano, me dijo con dulce maullido, tendréis la bondad de
     conducirme a la torre donde se ha refugiado mi canario al escaparse de la
     jaula.
     --¡Cómo! Dije yo balbuceando, vuestro canario...
     --Sí, está en el canalón; mirad desde aquí cómo reluce su hermoso plumaje
     herido por el sol. ¿Queréis que subamos?
     Yo por toda contestación abrí la puertecilla y subí seguido de Lulú...
     ¡Dios mío! ¡Iba a encontrarme en la plataforma solo con él! Me acordé de
     Cuasimodo y del gato ceniciento, a quien había arrojado desde allí el día
     anterior.
     --¡Tunante, infame canario! Iba diciendo Lulú por la escalera, jadeando ya
     como un gato poco acostumbrado a trepar.
     Yo me sonreía de satisfacción. Bendito animal, decía entre mí, tú me
     proporcionas mi venganza, porque yo estaba decidido a todo, y en la
     palidez de mi rostro, en el tono de mi voz, y en la expresión de mis ojos,
     debía haber conocido Lulú el pensamiento de muerte que vagaba por mi
     imaginación, tomando fuerza y pidiendo resolución al mismo miedo.
     Pero el gato se volvió estúpido sin duda cuando nada sospechó en aquel
     momento.
     --Ya hemos llegado, le dije asomándome a la ventana y mostrándole el
     canario que en la punta del canalón permanecía tranquilo sin sentirnos.
     --Y bien, tened la bondad de salir al tejado, me dijo enseñándome una
     moneda.
     --Imposible, señor Lulú, la extraordinaria elevación me produce vértigos,
     y estoy muy débil a causa de mis padecimientos.
     Y Lulú, sin sospechar nada, se encaramó en la ventana y salió al tejado.
     Lo que yo sentí en aquel instante es incalificable. Cuando vi al zorro del
     gato pisar la pizarra con cautela y adelantar su mano hacia el extremo del
     canalón donde le esperaba el canario, sentí una especie de contracción
     nerviosa; las sienes se agitaban con la trepidación de la sangre; me
     zumbaban los oídos como si tuviese calentura; mi lengua seca se me pegaba
     al paladar, y únicamente mis ojos se entornaban reconcentrando la luz en
     un punto negro que tenía delante. La impunidad y el odio vencieron al
     miedo, impulsando mi mano sobre Lulú, quien al sentirse desprendido de su
     punto de apoyo y atravesando el espacio, me dirigió una penetrante mirada
     y dio un bufido que sería sin duda una maldición.
     Después, un ruido seco y terrible se dejó oír... era el miserable gato que
     se rompía los huesos en los guijarros de la plaza.
     --¡Marcelina, Marcelina! Grité yo con entusiasmo, y caí en el suelo
     desmayado de alegría...
     Cuando volví en mí estaba en un calabozo; una habitación de húmeda y
     negras paredes con una ventana enrejada que daba sobre la plaza; desde
     allí veía la torre de donde había arrojado a Lulú. ¿Pero por qué estaba yo
     encerrado?
     Al anochecer entró el carcelero que era un hombre alto y seco como una
     espica, con su gorro de lana y un farol. Le pregunté con extrañeza lo que
     significaba aquello, y él, mirándome con aire estúpido, me dijo que si
     estaba preparado.
     --¿Preparado a qué?
     --A morir, me contestó el hombre esqueleto con la misma tranquilidad que
     pudiera haber empleado para ponerme en libertad.
     --¡Morir! Dije yo sin acabar de comprender; pero, ¿por qué voy a morir?
     --¡Bah! ¿No os acordáis ya de vuestro crimen, u os habéis vuelto loco?
     Dijo con acento brutal.
     --¡Cómo! ¡criminal yo!... ¡Ah, quisiera saber cómo es eso!
     --¿Y el compadre Lulú?
     --¡Diantre! ¿Y vos llamáis compadre a un gato?
     --Cuando digo que está loco, murmuró el carcelero dando dos vueltas a la
     llave y alejándose por el corredor.
     Yo me quedé estupefacto. ¡Gran Dios! ¡morir por haber matado a un gato!
     ¿Constituye un crimen tal acción? Es imposible. ¿Pues qué no sabía yo bien
     la legislación de mi país? ¿No he visto yo a los muchachos del pueblo
     cazar con lazo a multitud de gatos y ahorcarlos de un árbol por haberse
     engullido un pájaro? ¿No maté yo mismo al gato ceniciento que devoró a mi
     golondrina, sin que dicha muerte tuviese otra consecuencia que un
     individuo menos en la especie? Repito que es imposible...
     A no ser que las consideraciones de que Lulú gozaba en el pueblo le
     colocasen en otra esfera... ¿Pero dejaría por eso de ser un gato aun
     cuando tuviese viñas y olivares de su pertenencia, y no se dedicase a
     cazar ratones?
     Yo quise hablar, y hablé, en efecto con un joven abogado que gozaba de una
     gran reputación en el país; le hice que me mostrase una ley que así
     privaba de la existencia por una acción que el jurisconsulto más pertinaz
     y recalcitrante no osaría en clasificar de crimen; y por último, le
     manifesté mi resolución en apelar de una sentencia que yo consideraba tan
     injusta como ridícula; pero é con una erudición que me dejó aturdido y que
     yo estaba muy lejos de sospechar en un aire asimplado y bonachón, me probó
     la indulgencia del tribunal, que sólo se había contentado con imponerme la
     muerte, siendo mi crimen tan espantoso. Me habló de las Partidas y del
     Digesto de los romanos, de la antigua civilización asiática, de la
     destrucción de Sodoma Y Herculano, desenvolviendo una teoría enteramente
     nueva sobre las consideraciones que se deben a todos los gatos en general
     y a algunos en particular, apoyando sus razones con mil notas históricas y
     juiciosas observaciones sobre las necesidades de las sociedades modernas,
     deduciendo yo de todo aquello que aun tenía que manifestarme agradecido al
     tribunal por la templanza de su sentencia, y las consideraciones que me
     había guardado al enseñarme en el umbral de la muerte muchas cosas de que
     podía haberme aprovechado, a no haber sido tan ignorante.
     YO no comprendía nada de aquello y miraba al leguleyo con aire espantado.
     Aquel hombre decía cosas verdaderamente extraordinarias. Figuraos cuál
     sería mi asombro al oírle afirmar muy formalmente que Lulú era tutor de
     Marcelina.
     En poco estuvo el que soltase una carcajada.
     ¡Un gato tutor de una doncella!
     Esto era superior a todas mis ideas sobre semejante raza.
     Di las gracias al joven, y quedé solo en el calabozo reflexionando sobre
     todo cuanto acababa de oír; pero lo que más me horrorizaba era la idea de
     morir tan pronto, cuando al libertarme de Lulú había creído asegurar mi
     felicidad. ¿Sería posible lo que aquel hombre había dicho, y estaría yo
     loco efectivamente?
     Ello es que dentro de muy pocas horas iba a cumplirse la caritativa
     sentencia del tribunal, vengando con mi vida un atentado hecho a las
     prerrogativas de los gatos en el individuo Lulú.
     Todo estaba listo: aquella noche me había desvelado, además de mis
     lúgubres pensamientos, varios golpes y martillazos que se oían en la plaza
     Eran los criados del verdugo que preparaban el tablado.
     Amaneció por fin, y yo salí de mi prisión con gran acompañamiento.
     La vida de un hombre iba a extinguirse cuando asomaban los primeros rayos
     del sol... ¡un bello sol de estío!
     El contraste no podía ser más terrible.
     La plaza estaba llena de una multitud ansiosa de contemplar mi último
     gesto, el estertor y la agonía. Todas las miradas se fijaban en mi rostro,
     miradas estúpidas, casi sangrientas y despiadadas como buitres hambrientos
     que esperaban un opíparo festín.
     Mis pies hacían rechinar ya la fatal escalera; todo estaba pronto; el
     asqueroso cordel oprimía mi garganta, y... cosa rara: anochecía ya.
     Algunas estrellas aparecían en el firmamento, y la luna asomaba su disco
     en el horizonte.
     ¡Dios mío! ¿qué luz es aquella que brilla entre los árboles del bosque? Es
     la señal misteriosa tanto tiempo esperada. Marcelina me llama, corro a su
     encuentro. Ya empieza el día eterno de nuestra unión... Partamos,
     Marcelina, la misión del verdugo ha terminado.

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