La nítida luna creciente que empezaba el nuevo mes colgaba desde el cielo occidental a través del callejón. Jehan tenía apenas doce años, demasiado joven para llevar velo, pero lo hacía de todos modos. Nunca antes había estado afuera, tan tarde y a solas. Escuchaba a lo lejos los sonidos de la celebración, el festival de tres días que marcaba el final del mes sagrado de Ramadán. Dos voces embriagadas cantaban mientras pasaban el callejón; otros dos disputaban fuerte y airadamente el precio de unos pasteles de miel. Las risas y los gritos llegaban a Jehan como desde otro mundo. En el pasado, siempre le había gustado la fiesta de Id-el-Fitr; sin embargo, ahora no participaba de los festejos y le parecía raro que alguien todavía pudiera hacerlo. Enseguida no le prestó más atención. Este año tendría una reunión más importante que cualquier festividad. Suspiró, encogiéndose de hombros. El festival ocurriría otra vez el año próximo. Esta noche, con la única compañía de la luna plateada, tembló dentro de su bata negro azulado.
Jehan Fátima Ashûfi retrocedió unos pasos hacia el fondo del callejón, lejos de la luz. A todo lo largo de toda la calle, las personas que de otro modo no serían vistas en ese barrio, se estaban decididas a divertirse. Jehan tembló otra vez y esperó. El momento que anhelaba vendría al amanecer. Ahora, el cielo estaba todavía lo bastante oscuro para mostrar a la luna y a las primeras estrellas impetuosas. En el Mundo Islámico, la noche comenzaba cuando uno ya no podía distinguir un hilo blanco de uno negro; todavía no era noche. Jehan se arrebujó en su bata sujetándola con la mano izquierda. En la derecha, escondida por la manga larga, sostenía la curvada hoja, filosa y brillante, que había tomado de la habitación de su padre.
Estaba hambrienta y deseaba tener dinero para comprar algo para comer, pero no tenía. En el Budayeen había muchas muchachas de su edad que tenían formas de conseguir dinero por sí mismas; Jehan no era una de ellas. Echó un vistazo a su alrededor y solamente vio barro mugroso y losetas fangosas. El hedor del callejón le repugnaba. Estaba aburrida, sola y asustada. Entonces, como si todo su mundo sórdido se disolviera repentinamente en otra cosa, en algo completamente extraño, ella vio más.
* * * *
Jehan Ashûfi tenía veintiséis años. Estaba vestida con un oscuro traje conservador de lana gris, más largo y más severo que lo que la moda determinaba, pero adecuado para una joven física brillante. No usaba joyas y su pelo negro iba arreglado en una trenza larga sobre la espalda. Todas las mañanas ponía un poco de esfuerzo para parecer tan sencilla como fuera posible mientras acompañaba a su eminente profesor y consejero. Ésa había sido la idea de Heisenberg: en esos días, ¿quién creería que una mujer hermosa podía ser también una científica muy talentosa? Jehan pronto supo que su deseo de ser invisible era inútil. La piel oscura y el acento la señalaban como extranjera. Evidentemente, no era europea. Posiblemente tuviera sangre del Levante. La mayor parte de los que la conocían pensaba que probablemente fuera judía. Era Göttingen, Alemania, y 1925.
El brillante Max Born, quien había empleado la expresión mecanismo cuántico en un trabajo escrito dos años atrás, estaba presidiendo un encuentro de físicos de la universidad. Estaban hablando sobre las últimas propuestas de Max Planck con respecto a sus propias teorías de radiación. Planck había desarrollado algunas ideas básicas en el emergente campo de la física cuántica, utilizando todavía la mecánica clásica Newtoniana para describir las interacciones entre luz y materia. Estaba claro que este enfoque era inadecuado, pero todavía no había un sistema mejor. En la conferencia de Göttingen, Pascual Jordan se puso de pie para presentar una solución intermedia; pero antes de que Borh, el presidente del departamento, pudiera responder, Werner Heisenberg tuvo un violento ataque de estornudos.
—¿Estás bien, Werner? —preguntó Born.
Heisenberg solamente agitó una mano. Jordan intentó continuar, pero otra vez Heisenberg empezó a estornudar. Sus ojos estaban rojos, y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Obviamente, daba pena. Se volvió hacia su asistente graduado.
—Jehan —dijo—, haz los arreglos inmediatos, por favor; debo salir. Es mi maldita fiebre de heno. Quiero partir inmediatamente.
Uno de los presentes en la reunión objetó:
—Pero, el coloquio...
Heisenberg ya se había puesto de pie.
—Puedes decirle a Planck se vaya directo al infierno y que se lleve a De Broglie y a sus ondas de materia con él. Lo mismo para Bohr y sus malditos electrones saltarines. No puedo soportar más.
Heisenberg dio unos pasos inseguros y dejó la habitación. Jehan se quedó atrás para hacer algunas anotaciones en su agenda. Entonces, regresó con Heisenberg a sus apartamentos.
* * * *
No había ningún minarete en el Budayeen pero en la ciudad que estaba alrededor del barrio amurallado, había muchas mezquitas. Desde las altas y antiguas torres las fuertes voces llamaban a los creyentes a las oraciones matutinas.
—¡Venga a orar, venga a orar! ¡Orar es mejor que dormir!
Apoyada contra una pared mugrienta, Jehan escuchaba los cantos de los almuecines pero no les prestaba atención. Miraba fijamente el cuerpo muerto a sus pies, el cadáver de un muchacho unos años mayor que ella, alguien a quien había visto por el Budayeen pero de quién no conocía el nombre. Todavía sujetaba el cuchillo ensangrentado que lo había matado.
En unos minutos, tres hombres se abrieron paso a través de la multitud que se había reunido en la boca del callejón. Los tres hombres observaron a Jehan con seriedad. Uno era oficial de policía; otro era un qadi que interpretaba los antiguos mandamientos islámicos a la vida moderna; y el tercero era un imán, un líder orador que había llegado presuroso desde una pequeña mezquita no lejos de la puerta este del Budayeen. Dentro de las murallas, los carteristas, las putas, los ladrones y los degolladores podían hacerse lo que quisieran. Una muerte en el Budayeen no atraía la atención del resto de la ciudad.
El oficial de policía era alto y fornido, con bigote negro y espeso, y ojos adormecidos. Sólo sentía curiosidad porque había velado por el Budayeen durante quince años y nunca había investigado un homicidio cometido por una muchacha tan joven.
El qadi era joven, bien afeitado y obviamente dependía del imán. Todavía no estaba claro para los presentes si el asunto debía quedar bajo la responsabilidad de las autoridades civiles o religiosas.
El imán era alto, más aún que el policía, pero delgado y estrecho de hombros; sin embargo, el ascetismo no era la causa de su levedad. Era bien conocido por dos cosas: su sentido común con respecto a los conflictos en los asuntos cotidianos, y por el alto grado de placeres terrenales que se permitía. Él también estaba perplejo y curioso. Llevaba una corta barba gris, entrecana, y sus tiernos ojos marrones quedaban casi escondidos en la retícula de arrugas que había grabado su cara lentamente. Como el oficial de policía, el imán había llevado alguna vez un bigote negro magnífico, pero los días de ferocidad habían pasado por él hacía mucho tiempo. Ahora, parecía decente y amable. En verdad, no era así; pero encontraba útil cultivar esa reputación.
—Oh, mi niña —dijo con voz áspera. Estaba muy contrariado. Prefería explicar oscuros pasajes del glorioso Corán antes que ver asuntos tan groseros como flagrantes cuerpos muertos en las calles cercanas.
Jehan levantó la vista hacia él, pero no dijo nada. Volvió a mirar al muchacho desconocido que había matado.
—Oh, mi niña —dijo el imán—, dime, ¿has sido tú quien ha matado a este muchacho?
Jehan volvió a mirar con tranquilidad al anciano. Estaba oculta debajo del pañuelo, el velo y la bata; lo único visible eran sus oscuros ojos y los largos dedos delgados que sujetaban el cuchillo.
—Sí, oh Sabio —dijo—, yo lo maté.
El oficial de policía echó un vistazo al qadi.
—¿Rezaste a Alá? —preguntó el imán. Si esto no hubiera sido el Budayeen, no habría necesitado preguntar.
—Sí —dijo Jehan. Y era verdad. En su vida, había rezado en algunas ocasiones, y podría rezar aún otra vez.
—¿Y sabes tú que hay una prohibición en contra de tomar la vida humana que Alá ha hecho sagrada?
—Sí, oh Sabio.
—¿Y sabes tú, además, que Alá ha puesto una pena sobre los que violan esta ley?
—Sí, lo sé.
—Entonces, oh mi niña, dinos por qué has atacado tú a este pobre muchacho.
Jehan soltó el cuchillo ensangrentado en el callejón empedrado. Sonó ruidosamente y luego fue a descansar contra una pierna del cadáver.
—Lo maté porque me haría el daño en el futuro —dijo.
—¿Te amenazó? —preguntó el qadi.
—No, oh Respetado.
—¿Entonces...?
—¿Entonces cómo estás segura de que te haría daño a ti? —terminó el imán.
Jehan se encogió de hombros.
—Lo he visto muchas veces. Me lanzaría al suelo y me mancillaría. He visto las visiones.
Un murmullo creció en la multitud que todavía se amontonaba en la boca del callejón detrás de Jehan y los tres hombres. Los hombros del imán se desplomaron. El oficial de policía esperaba pacientemente. El qadi parecía desalentado.
—Entonces, ¿no te produjo el daño a ti esta mañana? —dijo el imán.
—No.
—¿De veras, como has dicho, nunca te dañó a ti?
—No. No lo conozco. Nunca he hablado con él.
—Sin embargo —dijo el qadi, con evidente tristeza—, ¿lo asesinaste por lo que habías visto? ¿Como en un sueño?
—Como en un sueño, oh Respetado, pero más verdaderamente como en una visión.
—Un sueño —farfulló el imán—. El Profeta, que las mayores bendiciones sean sobre su nombre y paz, no brinda absolución para el homicidio provocado solamente por los sueños.
Una mujer en la multitud gritó.
—¡Pero tiene apenas doce años!
El imán se volvió y se abrió camino a través del populacho.
—Sargento —dijo el qadi—, esta joven muchacha está ahora bajo su custodia. El Camino Correcto hace claro nuestro deber.
El oficial de policía asintió y se adelantó. Ató las muñecas de la joven y la empujó por delante a lo largo del callejón. La multitud de fellahines se abrió para dejarles pasar. El Sargento condujo a Jehan a una pequeña celda fría y húmeda hasta que ella pudiera tener una audiencia. Un jurado de mayores religiosos la juzgaría de acuerdo con el Shari’a, el código de leyes contemporáneo que derivaba del antiguo y noble Corán. Jehan no sufría en su celda insalubre. Una vida en el Budayeen la había familiarizado con las privaciones. Esperó pacientemente cualquier resultado que Alá hubiera decidido.
No esperó mucho tiempo. Le otorgaron una breve audiencia, durante la cual el concejo le hizo muchas de las mismas preguntas que el imán. Respondió a todas ellas sin titubear. Sus jueces se veían entristecidos pero estaban obligados a dar su veredicto. Le dieron la oportunidad de cambiar su declaración, pero ella se negó. Por fin, el miembro más viejo del panel se puso de pie frente a ella.
—Oh, joven —dijo con la más renuente de las voces—, el Profeta, que las bendiciones sean sobre su nombre y paz, dijo «Para quien mata a un creyente, la recompensa es el infierno para siempre». Y en otra parte, «Quién matara a un ser humano por otra razón que el homicidio impremeditado o la corrupción, será como si hubiera matado a toda la humanidad». Por lo tanto, si quien mataste hubiera planeado corrupción sobre ti, tu acto habría estado justificado. Sin embargo, lo niegas. Te apoyas en tus sueños, tus visiones. Una defensa tan poco substancial no puede persuadir a este concejo de otra manera que la de tu culpabilidad. Debes pagar la culpa como está escrito. Será mañana por la mañana, justo antes del amanecer.
La expresión de Jehan no cambió. No dijo nada. En sus muchas visiones, también había presenciado esta escena particular. A veces, como ahora, era condenada; a veces era liberada. Aquella noche tuvo una buena comida, mejor que la mayoría de las que había tomado en su vida de pobreza. Durmió y estuvo lista cuando los funcionarios civiles y religiosos vinieron a por ella por la mañana. Un imán de gran reputación le habló con profundidad, pero Jehan no le escuchó con cuidado. Los actos y movimientos restantes de su la vida parecían mecánicamente arreglados y no le prestó mucha atención. Caminó hacia donde era llevada, respondió sin entusiasmo cuando le exigieron una respuesta, y subió a la plataforma instalada en el patio de la gran Mezquita de Shimaal.
—¿No sientes remordimiento? —preguntó el imán, colocando una mano gentil sobre su hombro.
Hicieron que Jehan se arrodillarse con la cabeza sobre el bloque. Se encogió de hombros.
—No —dijo.
—¿No sientes cólera, oh, mi niña?
—No.
—Entonces que Alá en su inmensa piedad consienta la paz en ti. —El imán se alejó. Jehan no veía al verdugo pero escuchó el suspiro colectivo de los observadores mientras la enorme hacha se levantaba a gran altura en los primeros rayos pálidos del amanecer, y luego la hoja cayó.
* * * *
Jehan se estremeció en el callejón. Mirar su muerte siempre la hacía sentir excepcionalmente intranquila. No era mucho más tarde; el quinto y último llamado a oración había sonado no mucho antes, y ahora era de noche. La fiesta continuaba a su alrededor más intensamente que antes. Que la acción que intentaba podría terminar sobre el bloque del verdugo no la disuadía. Sujetó con fuerza el cuchillo, deseando que el tiempo pasara más rápidamente, y pensó en otras cosas.
A fines de mayo de 1925 estaban instalados en un hotel sobre la diminuta isla de Helgoland a unas cincuenta millas de la costa alemana. Jehan descansaba en una habitación cómodamente amueblada. La arrendadora hizo que su marido pusiera los equipajes de Heisenberg y de Jehan en la mejor habitación y la más costosa. Heisenberg tenía la esperanza de librarse de sus problemas alérgicos. También pensaba estudiar un poco la opaca mezcla de teorías y contra-teorías presentadas por sus colegas, allá en Göttingen. Mientras tanto, la arrendadora lanzaba miradas ardientes y duras a Jehan en cada encuentro, pero no decía nada. El propio Herr Doktor estaba demasiado preocupado para atender algo tan trivial como el decoro, la moralidad, la reputación de ese retiro en Helgoland, o la paz interior de Jehan. Si alguien levantara las cejas por el asunto, sin dudas Heisenberg permanecería alegremente inconsciente; caminaba como insensible a todo excepto al polen y a los ocasionales acantilados escarpados de los que, una vez, estuvo a punto de caer.
Jehan estaba consciente de la desaprobación de la anciana. Sin embargo, había llevado una vida completa y cruel en sus veintiséis años, y una ceja levantada tenía un valor muy bajo en su lista de cosas por las que preocuparse. Había visto a demasiadas personas abandonadas al hambre, a demasiadas personas despojadas y reducidas a la miseria, a demasiados extranjeros matando en el nombre de Alá, a demasiados mutilados o decapitados a través de los intrincados engranajes de la justicia islámica. Durante todos estos años, Jehan había guardado la daga ensangrentada de su padre escondida ahora bajo sus suéteres de lana de Shetland y todavía tan mortal como siempre.
La salud de Heisenberg mejoró en la isla y desde su habitación tenía una hermosa vista del mar. Su humor se alegró rápidamente. Una mañana, mientras caminaba con él por la costa, Jehan leyó un pasaje del glorioso Corán.
—Este sura es llamado El Sismo —dijo—. En el nombre de Alá, el Caritativo, el Misericordioso. Cuando la Tierra sea agitada en su sismo final, y la Tierra coseche su carga y será dicho al Hombre: ¿Qué la aflige? Ese día ella relatará sus crónicas, porque su Señor la inspirará. Ese día, la humanidad se exhibirá en grupos distintos para ser mostrada por sus actos. Y el que haya hecho el bien del peso de un átomo será visto entonces. Y el que haya hecho el mal del peso de un átomo será visto entonces.
Y Jehan lloró, sabiendo que sin importar lo bueno que pudiera hacer, nunca podría superar las injusticias que ya había llevado a cabo. Pero Heisenberg sólo observaba las revueltas olas grises del océano. No escuchó con atención las estrofas sagradas, sin embargo algunas de las palabras de Jehan lo impresionaron.
—Y el que haya hecho el bien del peso de un átomo será visto entonces —dijo, enfatizando las palabras. Una sonrisa pequeña e insegura estremeció las comisuras de sus labios. Jehan lo abrazó para confortarlo porque parecía helado, y lo llevó de regreso al hotel. El clima se había puesto más frío y el aire estaba saturado de rocío de mar; juntos escuchaban los gritos de las gaviotas mientras se zambullían por arenques o se sostenían en el aire chirriando sobre la franja de playa. Jehan pensaba en lo que había leído sobre el fin del mundo. Heisenberg pensaba solamente en su origen, y en sus secretos aún celosamente guardados.
Les gustaba su diario y tranquilo deambular por la isla. Ahora, más que nunca, Jehan llevaba consigo una copia del Corán, y frecuentemente le leía breves estrofas. Era tan diferente de la literatura bíblica que había escuchado toda su vida que Heisenberg las dejaba pasar sin comentarios. Sin embargo, le parecía que ciertas imágenes específicas le ofrecían sus significados sólo a él.
Finalmente, Jehan vio que él se sentía bien. Heisenberg retomó en tiempo completo el enredo que era el estado actual de la física cuántica. Era tanto su vocación como su forma de descanso. Le dijo a Jehan que las mejores mentes científicas del mundo entero estaban trabajando desesperadamente para improvisar un modelo matemático desmañado, uno que pudiera explicar todos los datos observados. Cualquiera fuera la propuesta que intentaran, los datos no encajarían bien. Sin embargo, él daría en la tecla; estaba muy seguro. No estaba muy seguro de cómo lo haría, pero, en realidad todavía no se había dedicado totalmente al asunto.
Jehan no estaba entretenida. Le leyó:
—¿Acaso no has visto a los que fingen que creen en lo que es revelado a ti y lo que fue revelado antes de ti, buscar el fallo en sus disputas a falsas deidades cuando les ha sido ordenado abjurar de ellas? Satanás los llevaría por el mal camino.
Heisenberg se rió con ganas.
—Tu Alá no está hablando de Göttingen allí —dijo—. Tiene a Bohr en la mente, también, y a Einstein en Berlín.
Jehan frunció el ceño ante su impiedad. Era la irreverencia y la ignorante ridiculez del kaffir, el no-creyente. Se preguntaba si la vieja religión, que verdaderamente no había tenido ningún derecho sobre ella, era todavía parte de ella. Se preguntaba cómo se sentiría después de todos esos años, caminando por las calles angostas, atestadas y ruidosas del Budayeen otra vez.
—No debes hablar así —dijo por fin.
—¿Hmm? —dijo Heisenberg. Casi había olvidado lo que había dicho.
—Mira allí —dijo Jehan—. ¿Qué ves?
—El océano —dijo Heisenberg—. Olas.
—Alá creó esas olas. ¿Qué sabes sobre eso?
—Podría determinar su frecuencia. Podría medir su amplitud.
—¡Medidas! —gritó Jehan. Sus muchos años de estudios científicos quedaron repentinamente ensombrecidos por un imaginario insulto a su herencia—. Mira aquí —exigió—. Un puñado de arena. Alá creó esta arena. ¿Qué sabes sobre ella?
Heisenberg no podía entender lo que Jehan estaba tratando de decirle.
—Con los instrumentos apropiados —dijo, un poco temeroso de ofenderla—, con el ajuste correcto, podría tomar un solo grano de arena y decirte... —Sus palabras cesaron repentinamente. Se puso de pie despacio, como un anciano. Miró el mar, luego la orilla, y otra vez el agua—. Olas —murmuró—, partículas, no hay ninguna diferencia. Lo que cuenta es lo que en realidad podemos medir. No podemos medir las órbitas de Bohr, porque realmente no existen. De modo que las líneas espectrales que vemos son causadas por las transiciones entre dos estados. Pares de estados, sí; pero eso significará una nueva forma de expresión matemática sólo para describirlos, tablas de referencia con el listado de cada posible...
—Werner —Jehan sabía que ahora él estaba perdido para ella.
—Sólo los cálculos tomarán días, si no semanas.
—Werner, escúchame. Esta isla es tan pequeña que puedes lanzar una piedra de un extremo al otro. No voy a sentarme en esta playa helada o en tu triste y sombrío acantilado mientras haces tu brillante descubrimiento, sea cual sea. Estoy diciéndote adiós.
—¿Qué? ¿Jehan? —Heisenberg parpadeó y regresó al mundo tangible.
Ella no podía volver a mirarle a la cara. Estaba vertiendo un puñado de arena a través de los dedos de la otra mano.
Entonces, le llegó repentinamente a la mente. Si no tienes el agua necesaria para realizar la ablución antes de la oración en dirección a la Meca, tienes permiso de lavarte con arena limpia a cambio. Empezó a llorar. No podía escuchar lo que Heisenberg le estaba diciendo, si efectivamente estaba hablando.
* * * *
Era un poco más tarde, un par de horas, en el callejón, y se estaba poniendo aun más frío. Jehan se envolvió en su bata y caminó de un lado para el otro.
Había tenido visiones de esta noche en particular durante cuatro años, fugaces atisbos de las formas posibles en que podía concluir. A veces, el joven la veía en el callejón apenas después del amanecer, a veces no. A veces ella lo mataba, a veces no. Y, por supuesto, estaba la cuestión sin resolver si sus acciones resultarían en su libertad o en su ejecución.
Cuando tuvo la primera visión, no sabía qué estaba ocurriendo o qué estaba viendo. Solamente supo del miedo, del dolor y del terror. El muchacho la lanzaba bruscamente al suelo, rasgaba su ropa, y la violaba. Entonces, la visión terminaba. Jehan no se lo dijo a nadie; su familia habría pensado que estaba loca. Aproximadamente tres meses después, la visión regresó; sólo que esta vez era sutilmente diferente. Estaba en el callejón como antes, pero esta vez le sonreía al muchacho y le hacía señas, invitándolo. Él devolvía la sonrisa y la seguía hasta el fondo del callejón. Cuando él le puso la mano sobre el hombro, sacó la daga de su padre y la clavó en su estómago. Eso fue todo lo que la visión le mostró entonces. La aterrorizó aún más que la escena de la violación.
A medida que el tiempo pasaba, las visiones adquirían otras formas. Ahora ella estaba segura de que no siempre estaba mirando su porvenir, el porvenir, sino solamente un porvenir, cada uno tan posible de ocurrir como los otros. No era posible que todas las visiones pudieran ser verdaderas. En algunas de ellas, se vio viviendo su vejez en la ciudad, exactamente allí en ese mugroso barrio del Budayeen. En otras, ella se movía por lugares extraños que no parecían islámicos en absoluto, y hablaba lenguas definitivamente no árabes. No sabía si estas visiones opuestas estaban tratando de decirle o de advertirle de algo. Jehan rezaba por saber cuál de estas versiones debía realmente vivir. Poco después, como recompensa por su fe, empezó a tener visiones menos fuertes. Podía mirar en el futuro brevemente y encontrar objetos perdidos o prevenir sobre planes de viaje desafortunados o pronosticar el alza y la caída de los precios de la cosecha. Los vecinos, divertidos al principio, empezaron a asustarse de ella. La madre de Jehan le aconsejó que nunca hablara de esos "sueños" a nadie, o Jehan podría quedar encerrada en una institución horrible. Jehan nunca le contó a su padre sobre sus visiones, porque nunca le contaba nada. En esa familia, como en las otras del Budayeen —y del resto de la ciudad, para el caso— el padre no se preocupaba mucho por sus hijas. Los hijos eran su orgullo; él tenía tres hijos fuertes y creía firmemente que algún día acrecentarían infinitamente el prestigio y la riqueza de los Ashûfi. Jehan sabía que estaba equivocado, porque ya había visto qué sería de los hijos —dos morirían en la guerra contra los judíos; el tercero sería un cobarde debilucho, y un fugitivo en los Estados Unidos. Pero Jehan no dijo nada.
* * * *
Una visión: era justo después del amanecer. El joven —cuyo nombre Jehan nunca supo— estaba caminando por la calle empedrada hacia el callejón. Jehan lo sabía aun sin mirar. Aspiró profundamente. Hizo algunos pasos hacia la calle, miró a la izquierda y captó su mirada. Hizo un breve ademán, giró y se adentró en la oscura intimidad del callejón. Estaba segura de que la seguiría. Su estómago dolía y rugía, y estaba temblando por la excitación. Cuando el joven le puso la mano sobre el hombro, murmurando sugerencias indecentes, su mano se extendió hacia el cuchillo oculto, pero no lo agarró. Él la derribó con brusquedad, le arrancó la ropa y la violó. Entonces la dejó allí. Ella estaba casi paralizada, llorando y maldiciendo sobre las horribles y malolientes piedras mojadas. Fue encontrada momentos después por dos mujeres que la llevaron a un médico. Sus peores temores fueron confirmados: su honor había sido vulnerado irremediablemente. Su vida había acabado, en el sentido de convertirse en una mujer adulta normal en esa comunidad islámica. Una de las mujeres regresó con Jehan a su casa para relatar las noticias a su madre, quien todavía debía decírselas al padre de Jehan. Ella se escondió en la habitación que compartía con sus hermanas. Escuchó a su padre romper violentamente el mobiliario y decir obscenidades estridentes. No había nada más que hacer. Jehan no sabía el nombre de su agresor. Estaba arruinada, menos que inútil. Una mujer joven que ya no era virgen no podía exigir dote. Todos esos años de mantener a una hija inútil en la esperanza de recuperar la inversión con el contrato matrimonial —todo esfumado ahora. No era sorprendente que el padre de Jehan “se sintiera traicionado y el padre de una tonta criatura”. No había compasión para Jehan; la historia verdadera, la que pudiera ser, no podía modificar los hechos. Ella sólo tenía el llanto de sus hermanas y de su madre. Desde aquella mañana en adelante, Jehan fue repudiada permanentemente y lanzada de su casa. El padre de Jehan y sus tres hermanos ni siquiera la mirarían ni le ofrecerían una despedida.
Los años pasaron cada vez más rápidamente. Jehan se hizo una mujer de las calles. Por un tiempo, debido a su juventud y belleza, logró ganarse una buena vida. Luego, cuando las décadas dejaron sus inalterables señales sobre ella, incluso le fue difícil ganar lo suficiente para comida y una habitación donde dormir. Se hizo más vieja, más amarga y llena de aversión. ¿Odiaba a su padre y al resto de su familia? No, su destino había sido arreglado por voluntad de Alá, aunque le fuera imposible comprenderlo, o por su propia timidez en el momento justo de la elección del destino en el callejón hacía tantos años. No podía decirlo. Sin importar la respuesta, no podía ahora beneficiarse con la perspicacia o la sabiduría. Su vida era como era, de acuerdo con los inescrutables designios de Alá el Misericordioso. No se necesitaba su comprensión.
Al final, la encontraron muerta, macilenta y hambrienta, y su cadáver retorcido y acurrucado estaba por coincidencia en el mismo callejón donde el joven había arruinado violentamente cualquier posibilidad de felicidad para Jehan en este mundo. Después de muerta, no había nadie para llorarla. Quizás Alá el Benefactor tuviera compasión de ella, mostrándole piedad a quién había recibido tan poca piedad de sus vecinos mientras vivía entre ellos. Siempre había sido un lugar frío para Jehan.
* * * *
Durante el tiempo lejos de Heisenberg, Jehan trabajó con Erwin Schrödinger en Zurich. Al principio, las ideas de Schrödinger la confundieron porque iban en contra de muchas de las suposiciones básicas de Heisenberg. Por ese tiempo, Heisenberg rechazaba cualquier simple imagen de como era el átomo, ningún modelo en absoluto. Schrödinger, más viejo y más conservador que el grupo de Göttingen, quería explicar los fenómenos del quantum sin matemáticas nuevas e imaginería fugaz. Trató el electrón como una función ondulatoria pero de una clase diferente que la de De Broglie. Las propiedades de las ondas en el mundo físico eran conocidas y sin ambigüedades. Sin embargo, cuando Schrödinger calculaba cómo un cambio en el nivel energético afectaba a su onda de electrones, sus soluciones no coincidían con los datos observados.
—¿Qué estoy pasando por alto? —preguntaba.
Jehan sacudió la cabeza.
—Donde yo nací, dicen, “No vuelques el agua de tu cantimplora por un espejismo”.
Schrödinger frotó sus ojos cansados. Echó un vistazo al manojo de papeles que sostenía.
—¿Cómo puedo saber si esta agua merece mantenerse o si es algo que pertenece a una alcantarilla? —Jehan no tenía la respuesta, y Schrödinger dejó a un lado su trabajo, insatisfecho. Algunos meses después, algunos artículos indicaron que después de tener en cuenta los efectos relativistas, los cálculos de Schrödinger coincidían con los resultados experimentales excepcionalmente bien, después de todo.
Schrödinger estaba complacido.
—Sabía en mi corazón que la física cuántica probaría ser un mundo cuerdo, no un reino habitado por fantasmas y gobernado por fuerzas fantasma.
—Ahora me parece irreal —dijo Jehan—. Si usted dice que el electrón es una onda, usted está diciendo que es un fantasma. En el océano, la onda es agua. Como en el sonido, es el aire el que lleva la onda. ¿Qué existe en sus ecuaciones para que sea una onda?
—Es una onda de probabilidad, dice Born. Ni aun yo mismo lo comprendo completamente —dijo—, pero mis ecuaciones explican que demasiadas cosas son ilusiones.
—Señor —dijo Jehan, frunciendo el ceño—, puede ser que en este caso el espejismo esté en su cantimplora y no delante de usted en el desierto.
Schrödinger se rió.
—Eso podría ser verdad. Tal vez tendría que abandonar mis imágenes mentales, pero no abandonaré mis matemáticas.
* * * *
Era una tarde sofocante en la ciudad. Los árabes locales parecían no sentirse molestos por el calor, pero el pequeño grupo de europeos estaba empezando a sufrir. Su crucero había llegado a tierra en el puerto pequeño, y se había organizado un viaje hasta la ciudad, unas cincuenta millas al sur. Dos horas después, los viajeros llegaron a la conclusión de que la expedición había sido un error.
Entre ellos estaba David Hilbert, el matemático alemán, un conferenciante en Göttingen desde 1895. Iba acompañado por su esposa, Kathe, y su empleada, Clarchen. Al principio estaban encantados por la rareza de la ciudad, por el panorama, los sonidos y los olores extraños; pero después de un tiempo, sus sentidos estaban saturados de novedad, y lo que había sido exótico al principio era ahora solamente deplorable. Mientras caminaban despacio a través de los bazares, bajo la sombra ineficaz de toldos o estrechas galerías de ramas, anhelaban el susurro de alguna brisa fresca. Unos árabes vestidos con blancas gallebeyas largas gritaban estridentemente, todo el tiempo observando furiosos a los europeos. Era imposible saber qué estaban diciendo los árabes. Algunos arrastraban pequeños carros cargados de tazas y ollas mugrosas... ¿agua?... ¿té?... ¿limonada? No había diferencia. El cólera residía en cada puesto; cada mendigo ofrecía tifus cuando les tiraban de las mangas.
La esposa de Hilbert se abanicó débilmente. Estaba casi agotada y cerca del colapso. Hilbert miró a su alrededor desesperadamente.
—David —murmuró la empleada Clarchen, el único amorío de Hilbert que Frau Hilbert podía tolerar—, hemos llegado demasiado lejos.
—Lo sé —dijo él—, pero no veo nada... en ningún lugar.
—Hay unas damas y caballeros en ese lugar. Creo que es un lugar de comer. Déjanos allí a Kathe y a mí y busca un taxi. Luego regresaremos al bote.
Hilbert vaciló. No soportaba la idea de dejar a las dos mujeres sin protección en medio de ese extravagante mercado salvaje. Entonces vio qué pálida se había puesto su esposa, cómo caían sus párpados, cómo se tambaleaba contra el hombro de Clarchen. Hizo un gesto con su cabeza.
—Déjame ayudarte —dijo. Juntos lograron llevar a Frau Hilbert al restaurante, donde el aire no estaba más fresco pero por lo menos los ventiladores de techo creaban una ficción de frescura. Hilbert se presentó a un hombre bien vestido que estaba sentado en una mesa con su familia, esposa y cuatro niños. El matemático trató en tres idiomas antes de ser comprendido. Explicó la situación, y el caballero y su esposa aseguraron a Hilbert que no debía preocuparse. Hilbert salió corriendo a buscar un taxi.
Pronto estuvo perdido. Allí no había calles, no en el sentido europeo de la palabra. Los espacios angostos entre los edificios eran callejones que se abrían en pequeñas plazas y se cerraban otra vez; otros pasajes angostos se retorcían en desconcertantes direcciones. Hilbert se encontró de regreso en un mercado; al principio pensó que estaba donde había empezado y buscó el restaurante, pero estaba equivocado. Éste era otro mercado, completamente diferente; probablemente había centenares en la ciudad. Estaba empezando a entrar en pánico. Incluso si conseguía un taxi, ¿cómo podía hacerle regresar hasta donde su esposa y Clarchen esperaban?
La mano de un hombre lo sujetó. Hilbert trató eludir esos largos dedos. Miró el rostro de un hombre magro y de mejillas hundidas vestido con una bata rayada y una gorra azul tejida. El árabe repetía continuamente unas palabras, pero Hilbert no podía encontrarles sentido. El árabe lo tomó del brazo y mitad condujo y mitad empujó a Hilbert a través de la multitud. Hilbert se dejó llevar. Cruzaron por dos bazares, una hojalatería y una venta de aves. Entraron en una calle empedrada y aparecieron en una plaza inmensa. Sobre el costado más alejado había una mezquita de muchas torres y construida con piedra rosa. La primera impresión de Hilbert fue de sobrecogimiento; era tan encantador como el Taj. Entonces, su guía lo empujó otra vez a través de la muchedumbre, o apurándose por delante para abrirle camino. La plaza estaba atestada de personas. Enseguida Hilbert pudo ver por qué —una plataforma había sido levantada en el centro, y sobre ella estaba de pie un hombre que sostenía algo que únicamente podía ser un hacha de ejecución. Hilbert se sintió enfermo. Su guía árabe había empujado a todos a un lado hasta que Hilbert estuvo al pie de la plataforma. Vio a un policía uniformado y a un anciano barbudo conduciendo a una muchacha. La multitud se abrió para dejarles pasar. La joven era extremadamente hermosa. Hilbert miró sus inmensos ojos oscuros — recordó las palabras de Omar Khayyam ‘como los ojos de una gacela’—, y vislumbró sus formas delgadas que no disimulaba su modesta vestimenta. Cuando ella subió los peldaños, le miró directamente. Hilbert sintió una sacudida en el corazón; sintió un tremendo estremecimiento. Entonces, ella apartó la mirada.
El guía árabe le gritó en la oreja. El matemático no entendió. Miró con horror cuando Jehan se arrodillaba mientras el verdugo levantaba el arma de su oficio. Cuando el aullido feroz se alzó de la multitud, Hilbert notó que su traje estaba salpicado con motas rojas. El árabe le gritó otra vez y sujetó con más fuerza el brazo de Hilbert hasta que se quejó. El árabe no lo soltó. Con la otra mano, Hilbert sacó su billetera. El árabe sonrió. Por encima, Hilbert observó que algunos hombres se llevaban el cuerpo de la muchacha decapitada.
El guía árabe no le dejó partir hasta después de haber pagado una suma enorme.
* * * *
Quizás había pasado otra hora en el callejón. Jehan se retiró hasta la parte más oscura y se sentó en un húmedo rincón con las piernas recogidas y la cabeza contra la áspera pared de ladrillo. Si pudiera dormir, se dijo, la noche pasaría más rápidamente; pero no dormiría, lucharía si la somnolencia la amenazara. ¿Qué pasaría si se durmiera y despertara en la mañana anterior, con el peligro y su oportunidad ya perdidos? Su única compañía, la luna creciente, la había abandonado; levantó la mirada hacia los fragmentos de constelaciones, estrellas bastante familiares en grupo pero indistinguibles individualmente. Qué diferentes de las personas, donde era cierto todo lo contrario. Suspiró; no era una persona profunda, y no le convenía tener ideas profundas. Éstas no debían ser ideas realmente profundas, pensó; el cansancio la estaba engañando. Despacio, dejó caer su cabeza hacia adelante. Cruzó los brazos sobre las rodillas y acunó su cabeza. Ya había pasado la mayor parte de la noche, y de la calle llegaba solamente el silencio. Quizás faltaran solamente tres horas para el amanecer...
* * * *
En poco tiempo se demostró que la mecánica de ondas de Schrödinger era equivalente a la mecánica de matrices de Heisenberg. Era también una validación del trabajo de ambos hombres y de todo el campo de la física cuántica. Al final, la imagen simplista de la onda del electrón de Schrödinger fue abandonada, pero sus leyes matemáticas permanecieron indiscutibles. Jehan recordó que Schrödinger había predicho que podía necesitar hacer ese paso.
Jehan había regresado finalmente a Göttingen y a Heisenberg. Él había “perdonado su mal genio”. Le dio la bienvenida gustosamente, debido a sus genuinos sentimientos hacia ella y porque tenía mucho que hacer. Acababa de desarrollar oficialmente lo que llegó a ser conocido como el principio de incertidumbre de Heisenberg. Ésta era la primera señal de que el observador imparcial no podía evitar tener un papel esencial y activo en el universo de las partículas subatómicas. Jehan comprendió el concepto de Heisenberg fácilmente. Los otros científicos pensaban que Heisenberg simplemente estaba haciendo una crítica trivial de las limitaciones de sus experimentos o de la calidad de sus observaciones. Era más profundo que eso. Heisenberg estaba diciendo que uno nunca puede saber tanto la posición como el momento de un electrón al mismo tiempo, bajo cualquier circunstancias. Había destruido para siempre la suposición del observador imparcial.
—Observar es perturbar —decía Heisenberg—. A Newton no le hubiera gustado nada de esto en absoluto.
—A Einstein todavía no le gusta en este mismo momento —dijo Jehan.
—Me gustaría tener un punto por cada vez que ha hecho ese amargo comentario de “Dios no juega a los dados con el universo”.
»Es exactamente la manera en que él ve una “onda de probabilidad”. El curso del electrón no puede ser conocido a menos que se lo observe; pero una vez mirado, uno cambia la información.
»Así que tal vez Dios no juegue a los dados con el universo —dijo Heisenberg—. Juega al veintiuno, y si Él no tiene un as adicional en Su manga, Él crea uno —primero la manga, luego el as. Y da vuelta más veintiunos naturales que los estadísticamente posibles. ¡Espera, Jehan! No estoy siendo sacrílego. No estoy diciendo que Dios hace trampas. Más aun, Él inventó las reglas del juego, y continúa inventándolas; y esto le da una ventaja bastante grande sobre los pobres físicos y su lenta comprensión. Somos como campesinos mirando los trucos de naipes de alguien que puede ser genio o charlatán.
Jehan reflexionó sobre esta metáfora.
—En la conferencia de Solvay, Bohr presentó su idea de complementariedad, que un electrón era una función ondulatoria hasta que era detectado, y luego la función ondulatoria colapsaba en un punto, y entonces se sabía dónde estaba el electrón. Luego, era una partícula —a Einstein tampoco le gustó eso.
—Ése es el truco de naipes Dios —dijo Heisenberg, encogiéndose de hombros.
—Bien, el noble Corán dice, Ellos te preguntan sobre la bebida fuerte y los juegos de azar. Responde: En ambos casos, es gran pecado y algo provechoso para los hombres; pero el pecado en ellos es mayor que el provecho.
—Olvida dados y naipes, entonces —dijo Heisenberg con una breve sonrisa—. ¿Qué clase de juego consideraría Alá apropiado para jugar con nosotros?
—La física —dijo Jehan, y Heisenberg rió.
* * * *
—¿Y sabías tú que hay una prohibición de tomar la vida de un ser humano que Alá ha hecho sagrada?
—Sí, oh Sabio.
—¿Y sabías tú además que Alá ha puesto una pena sobre los que violan esta ley?
—Sí, lo sé.
—Entonces, oh mi niña, dinos por qué has matado a este pobre muchacho.
Jehan tiró el cuchillo ensangrentado al callejón empedrado. Sonó ruidosamente y luego fue a descansar contra una pierna del cadáver.
—Yo estaba celebrando el Id-el-Fitr —dijo—. Este muchacho me siguió, y tuve temor. Hizo ademanes obscenos y dijo cosas terribles. Me alejé deprisa, pero corrió detrás de mí. Me agarró por los hombros y me presionó contra una pared. Traté de escapar, pero no pude. Se rió de mi miedo, entonces me golpeó muchas veces. Me arrastró por las calles más angostas, donde no había muchos para presenciarlo; y luego me jaló a este lugar infame. Me dijo que pensaba profanarme, y describió con todo detalle lo que me haría. Fue entonces que saqué la daga de mi padre y lo apuñalé. Pasé la noche en el horror de sus intenciones y de mi acto, y he rogado a Alá el perdón.
El imán puso una mano temblorosa sobre la mejilla de Jehan.
—Alá es Todo Sabiduría y Todo Perdón, oh mi niña. Permíteme regresar contigo a tu casa, donde pueda tranquilizar los corazones de tus padres.
Jehan se arrodilló a los pies del imán.
—Todo mi agradecimiento sea para Alá —murmuró.
—Alá sea alabado —dijeron el imán, el oficial de policía y el qadi, al mismo tiempo.
Más de una década después, cuando Jehan tenía sus propias hijas, les contó esa historia. Pero en esos días últimos los niños no prestaban atención a las advertencias de sus padres, y los hijos y las hijas de Jehan y su marido hicieron muchas cosas tontas.
* * * *
El amanecer se deslizó incluso al angosto callejón donde Jehan esperaba. Ella tenía mucho sueño y hambre, pero se puso de pie y dio unos pasos tambaleantes. Los músculos se le habían acalambrado y podía escuchar a su corazón latiendo en sus oídos. Jehan se sostuvo con una mano sobre la pared de ladrillo. Fue despacio hasta la boca del callejón y espió afuera. No había nadie a la vista. El muchacho no venía de la izquierda ni de la derecha. Jehan esperó hasta que algunas personas aparecieron, comenzando las tareas del nuevo día. Entonces escondió la daga en su manga una vez más y salió del callejón. Volvió rápidamente a casa de su padre.
Su madre la necesitaría para hacer el desayuno.
* * * *
Jehan estaba al comienzo de sus cuarenta ahora; el pelo negro corto, los ojos enmarcados por oscuros anteojos, la belleza perdida por la tensión, la mala dieta y el insomnio. Llevaba una bata blanca de laboratorio y una tablilla sujetapapeles, como parte de ella como de su título, Fraulein Profesor Doctora Ashûfi. Esto ya no era Göttingen; era Berlín, y se estaba perdiendo una guerra. Todavía estaba con Heisenberg. La había protegido hasta que sus propias credenciales científicas lo hicieron. En ese momento, los funcionarios nazis fueron obligados a hacerla una aria "honorífica", así como a los físicos y matemáticos judíos cuya cooperación necesitaban. Jehan permanecía en Alemania solamente por la antigua lealtad hacia Heisenberg. La guerra no le interesaba; no era su pueblo, ni tampoco los británicos, los franceses, los rusos, ni los estadounidenses. Su único interés era su trabajo, la mejora de la física, la interminable expectación del descubrimiento... Sin embargo, se sintió feliz cuando el proyecto de la bomba atómica alemana fue quitado del control del ejército alemán y entregado al Reich Research Council. Una de las primeras cosas que hacer era convocar una conferencia de investigación en el Kaiser Wilhelm Institute of Physics de Berlín. La conferencia sería llevada a cabo bajo la seguridad más estricta; no se daría a conocer con anticipación un temario preliminar de modo que ningún agente extranjero pudiera ver términos tales como secciones transversales fisionadas y enriquecimiento de isótopos, resultando en especulaciones sobre los objetivos a largo plazo de estos físicos.
Al mismo tiempo, el Reich Research Council decidió tener una segunda conferencia para los funcionarios superiores del gobierno en el mismo día. La idea era que los científicos que hablaban en la reunión del Kaiser Wilhelm Institute podían presentar resúmenes breves y elementales de su trabajo en lenguaje claro, con el propósito de que los jefes políticos y militares pudieran ser sucintamente informados sobre el progreso que se estaba haciendo hacia un arma nuclear... Entonces, siguiendo la presentación de los profanos, los físicos podían reunirse y hablar de los mismos temas en su jerga más técnica.
Heisenberg pensaba que era una buena idea. Era 1942 y se estaba poniendo difícil de encontrar el soporte material, político y financiero. El ejército quería poner todos los recursos de investigación disponibles en el programa de cohetería; argumentaban que los experimentos nucleares no estaban mostrando éxitos suficientes. Heisenberg era un físico teórico, no un ingeniero; no podía encontrar una manera de decir al concejo que el desarrollo de la bomba de uranio debía ser necesariamente lento y metódico. Cada nuevo adelanto en la teoría tenía que ser evaluado cuidadosamente, y cada experimento era costoso tanto en tiempo como en dinero. Al Reich, sin embargo, solamente le importaban los resultados positivos.
Una noche Jehan estaba sola en una oficina administrativa del Reich Research Council, escribiendo su propuesta para una importante prueba de la técnica de separación de isótopos. Vio dos pilas de papeles sobre el escritorio. Una, contenía una lista de las sinopsis simples que los físicos habían preparado para los Ministros de Reich que tenían poca o ninguna formación en ciencia. Ella tomó esos trabajos y los escondió en su maletín. La segunda pila eran los programas secretos de la reunión de los físicos: "La física nuclear como un arma", por el profesor Dr. Schumann; "La fisión del átomo de uranio", por el profesor Dr. Hahn; "Las bases teóricas para la producción de energía de la fisión del uranio", por Heisenberg; etcétera. Cada persona que asistiera al seminario técnico recibiría un programa después de entrar en la sala de conferencias, y le exigirían firmar el recibo. Jehan pensó un largo rato en la oficina silenciosa. Recordó su infancia desgraciada. Recordó su llegada en Europa y las personas que había llegado a conocer, la vida que había llegado a llevar aquí. Pensó cómo había cambiado Alemania mientras ella permanecía escondida en su castillo de conceptos científicos abstractos, en absoluto involucrado con el mundo exterior. Por fin pensó qué podría hacer esta nueva Alemania con la bomba de uranio. Supo exactamente qué debía hacer.
Le llevó solamente unos minutos tomar los programas técnicos y meterlos dentro de los sobres con las direcciones para ser enviados a los jefes del Tercer Reich. Ella se había asegurado de que la breve discusión de introducción no sería escuchada por nadie. Jehan podía imaginar fácilmente la respuesta que obtendrían los trabajos científicos de los líderes políticos y militares —excusas breves y educadas por no poder estar en Berlín ese día, o que sus compromisos les impedirían asistir.
Era todo tan fácil. Los gobernantes del Reich no escucharon las conversaciones y no supieron qué cerca estaba Alemania de desarrollar una bomba atómica. Nunca más habría esperanzas de que ese arma pudiera ser desarrollado a tiempo de salvar al Reich —todo porque las invitaciones equivocadas habían sido introducidas en unos pocos sobres.
* * * *
Jehan se despertó de un sueño y vio que la noche estaba muy avanzada. No pasaría mucho tiempo antes de que el sol empezara a inundar el cielo con luz. Pronto tendría una solución a su ansiedad. Sabría si el muchacho vendría al callejón o se quedaría afuera. Sabría si la violaría o si ella encontraría el valor de defenderse. Sabría si sería juzgada culpable o inocente del homicidio. Debería tener una visión del resultado de todas las cosas que le concernían.
Sin embargo, estaba tan cansada, hambrienta e incómoda que estuvo tentada de dejar su vigilia. El impulso de irse a casa era potente. Sin embargo siempre había creído que sus visiones eran dones concedidos por Alá, y podría ofenderlo hacer caso omiso de las claras advertencias. Por Alá y por sí misma, decidió de mala gana esperar el final de la noche que moría. Había visto tantas visiones desde la tarde anterior —más que cualquier otro día de su vida— algunas nuevas, otras conocidas de muchos años atrás. Era, de una manera pequeña y humana, casi comparable a la Noche del Poder que fuera otorgado al Profeta, sean las bendiciones de Alá sobre él y la paz. Entonces, Jehan se sintió culpable y blasfema al compararse así con el Mensajero.
Se puso de rodillas, miró hacia la Meca y dirigió una oración a Alá, recitando uno de los últimos suras del glorioso Corán, el denominado "Las Horas Matutinas", que parecía particularmente relevante a su situación.
—En el nombre de Alá, el Benefactor, el Misericordioso. En las horas matutinas, y por la noche cuando es más tranquilo, tu Señor no te ha abandonado ni te odia, y en verdad la última parte será mejor para ti que la primera, y en verdad tu Señor se pondrá sobre ti con el propósito de que estés contento. ¿No te encontró huérfano y te protegió? ¿No te encontró perdido y te condujo? ¿No te encontró indigente y te enriqueció? Por lo tanto el huérfano no está agobiado, por lo tanto el mendigo no se aleja, por lo tanto la recompensa de tu Señor es su palabra.
Cuando terminó de rezar, se puso de pie y se apoyó contra la pared. Se preguntaba si ese sura predecía que pronto sería huérfana. Esperaba que Alá comprendiera que ella nunca planeó que sucediera algo horrible a sus padres. Jehan ansiaba sufrir cualquier consecuencia que Alá deseara, pero no le parecía justo que su madre y su padre tuvieran que compartirla con ella. Tembló en el aire húmedo y frío y miró fijamente arriba para ver si aún había algún brillo en el cielo. Imaginó que las estrellas ya estaban empezando a desaparecer.
* * * *
La plaza estaba atestada. Pronto Hilbert pudo ver por qué —en el centro había sido levantada una plataforma, y sobre ella había un hombre de pie con lo que sólo podía ser una hacha ejecutoria. Hilbert se sintió enfermo. Su guía árabe había empujado a todos a un lado hasta que Hilbert estuvo al pie de la plataforma. Vio a un policía uniformado y a un anciano barbudo conduciendo a una muchacha. La multitud se abrió para dejarles pasar. La joven era extremadamente hermosa. Hilbert miró sus inmensos ojos oscuros — recordó las palabras de Omar Khayyam ‘como los ojos de una gacela’—, y vislumbró sus formas delgadas que no disimulaba su modesta vestimenta. Cuando ella subió los peldaños, le miró directamente. Hilbert sintió una sacudida en el corazón; sintió un tremendo estremecimiento. Entonces, ella apartó la mirada.
El guía árabe le gritó en la oreja. El matemático no entendió. Miró con horror cuando Jehan se arrodillaba, cuando el verdugo levantaba el arma de su oficio. Hilbert gritó. El guía aumentó la presión en el brazo del extranjero, pero Hilbert arremetió con furia y lanzó al hombre contra un grupo de mujeres con velo. En la confusión, Hilbert subió los escalones del andamio. El imán y los oficiales de policías lo miraron con enfado. La multitud empezó a gritar fieramente por esta interrupción, por la profanación de un kaffir europeo, un no-creyente. Hilbert corrió hasta el policía.
—¡Usted debe detener esto! —gritó en alemán. No lo comprendieron y trataron de quitarlo de la plataforma—. ¡Deténganse! —gritó en inglés.
Uno de los oficiales de policías le respondió.
—No puede ser detenido —dijo rudamente—. La muchacha cometió homicidio. Fue encontrada culpable, y no puede pagar el precio de la sangre a la familia de la víctima. Debe morir en su lugar.
—¡Precio de sangre! —gritó Hilbert—. ¡Eso es bárbaro! ¿Mataría usted a una joven sólo porque es pobre? ¡Precio de sangre! ¡Yo pagaré su maldito precio de sangre! ¿Cuánto es?
El policía conferenció con los otros y luego fue hasta el imán por su consejo. Finalmente, el oficial que hablaba inglés regresó.
—Cuatrocientos kiam.
Hilbert sacó su billetera con manos temblorosas. Contó el dinero y se lo entregó al policía con obvia aversión. El imán hizo una declaración con voz débil. Las palabras fueron pasadas rápidamente a través de la multitud, y los mirones se enfurecieron más porque se estropearía del espectáculo de la mañana.
—Tómela y váyase rápidamente —le dijo el oficial de policía—. No podremos protegerlo, y la multitud se está poniendo furiosa.
Hilbert asintió. Agarró la delgada muñeca de Jehan y la arrastró tras él. Ella le preguntó en árabe, pero él no pudo responder. Mientras se abrían paso a través de una multitud amenazadora, fueron alcanzados por piedras, una y otra vez. Hilbert se preguntaba qué había hecho, si él y la niña salían vivos de la plaza de la mezquita. Su afición por las mujeres jóvenes —era una broma franca en Göttingen— ¿había sido eso lo que lo había motivado? ¿Había decidido rescatar a la muchacha y llevarla a Alemania, inconscientemente? ¿O era algo más loable? Nunca lo sabría. Se asustó: mientras trataba de proteger a la joven y a sí mismo de los crueles golpes de la multitud, sólo pensaba cómo podría explicarlo a su esposa, Kathe, y a su amante Clarchen.
* * * *
En 1957 Jehan Fátima Ashûfi tenía cincuenta y ocho años y vivía en Princeton, Nueva Jersey. Por coincidencia, Albert Einstein había llegado allí a vivir los últimos años de su vida, y antes de morir en 1955 pasaron muchas agradables tardes en su casa. Al principio, Jehan quería hablar de física cuántica con Einstein; incluso le contó la respuesta de Heisenberg para la objeción de Einstein acerca de que Dios jugaba a los dados con el universo. Einstein no lo encontró muy divertido, y desde entonces la conversación versó solamente en los recuerdos nostálgicos de mejores días en Alemania, antes del advenimiento del Nacionalsocialismo.
Esta tarde, sin embargo, Jehan estaba sentada en una sala de conferencias de Princeton, escuchando que un joven leía un trabajo extraordinario, su tesis Doctoral. Su nombre era Hugh Everett, y lo que estaba diciendo era que había una explicación para todas las paradojas del mundo cuántico, una manera simple pero extraña de mirarlas. Su idea novedosa incluía la interpretación de Copenhague y explicaba todas las objeciones que podían ser planteadas por físicos de mentes menos abiertas. Antes que nada, dijo que la mecánica cuántica proveía predicciones que eran siempre correctas cuando se comparaban con los datos experimentales. La física cuántica tenía que ser consistente y válida, ya no había dudas. El problema era que la teoría cuántica estaba empezando a dirigirse hacia alternativas poco apetitosas.
La paradoja del gato de Schrödinger —en la que el gato en la caja era simplemente una función cuántica ondulatoria, no vivo y no muerto, hasta que un observador observaba en qué estado estaba el gato— estaba eliminada. Everett mostró que el gato no era una simple función ondulatoria fantasmal. Everett dijo que las funciones ondulatorias no "colapsan", escogiendo una alternativa u otra. Dijo que el proceso de la observación escogía una realidad, pero que la otra realidad existía por propio derecho, tan "verdadera" como nuestro mundo. Las partículas no escogen al azar qué curso tomar —toman cada curso en un mundo separado y recién bifurcado para cada alternativa. Por supuesto, a nivel de partícula, esto significaba una enorme cantidad de bifurcaciones ocurriendo a cada momento.
Jehan sabía que esta idea casi metafísica encontraría una fría recepción en la mayoría de los físicos, pero ella tenía razones especiales para aceptarla ansiosamente. Explicaba sus visiones. Vio la bifurcación particular que sería "real" para ella y también las que serían "reales" para las otras versiones de ella, sus propios duplicados que vivían en incontables mundos paralelos. Ahora, mientras escuchaba a Everett, sonrió. Vio a otro joven entre el público que llevaba una camiseta y que dijo:
—Wigner, ¿piensa usted que su amigo podría alimentar a mi gato? Heisenberg no estaba seguro. Gracias, Schrödinger.
Ella lo encontró muy divertido.
Cuando Everett terminó la presentación, Jehan se sentía bien. No era paz; era más como el alivio que uno siente después de una discusión que había estado alimentándose por largo tiempo. Jehan recordó las curvas y los atajos que había tomado desde aquel amanecer en el callejón del Budayeen. Sonrió otra vez, tristemente, aspiró profundamente y soltó el aire. ¡Cuántas cosas había hecho, cuántas le habían sucedido! Habían sido largas, extrañas vidas. La única pregunta que todavía quedaba era: ¿Cuántos incontables futuros tendría todavía que crear, que fabricar, de los irrelevantes recursos de ese momento? Mientras estaba allí sentada —en algunos mundos— Jehan sabía que los porvenires continuaban fuera de su voluntad, sin necesidad de su permiso. No sentía cautela por cuándo vendría el mañana, sino por cuál vendría.
Jehan los veía a todos, pero todavía no comprendía. Ella pensaba, «Los chinos dicen que un viaje de mil li empieza con un paso». ¡Qué miope era esa frase! Mil viajes de mil li empiezan con cada paso. O con cada paso no realizado. Se quedó sentaba hasta que todos los demás salieron de la sala de conferencias. Entonces, se incorporó lentamente, con dolor de espalda y de rodillas, y dio un paso. Se imaginó innumerables Jehan reflejadas haciendo ese paso con ella, e innumerables que no lo hacían. Y en todos los mundos a través del tiempo, era otro paso en el futuro.
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