Greg Egan es un escritor australiano, nacido en
1961, cuya obra más interesante se centra en temas relacionados con la
biología. Un ejemplo es el cuento "Capullo", aparecido en Axxón 73.
En el que presentamos aquí, aborda un tema que es objeto de controversias y
discusiones desde que existe la ciencia y la filosofía: la mente humana.
—Dame el parche.
El hombre vacila, a pesar del arma, el tiempo
suficiente para confirmarme que el parche debe ser genuino. Tiene ropas baratas
pero sus afeites son caros: manicura y depilación, la suave piel de bebé que
tienen los hombres ricos de mediana edad. Cualquier tarjeta que tenga en la
billetera debe ser solamente del tipo p-cash, anónima pero encriptada, inútil
sin sus huellas digitales vivas. No lleva joyas y el reloj-teléfono es de
plástico; el parche es lo único que vale la pena robarle. Las buenas
falsificaciones valen 15 centavos, los buenos y auténticos valen 15 K... pero
el tipo no tiene la edad ni la clase social de los que usan uno falso tan solo
por estar a la moda.
Tironea suavemente del parche y se lo
desengancha de la piel; el anillo adhesivo no le deja la más leve marca, ni le
arranca un solo pelo de la ceja. Su ojo, ahora desnudo, no pestañea ni se
entrecierra... pero yo sé que todavía no ve de verdad; las percepciones
suprimidas demoran horas en volver a despertar.
Me entrega el parche; espero que se me pegue a
la palma de la mano, pero no se pega. La cara externa es negra, como de metal
anodizado, y en una esquina hay un logo de color gris plateado que representa
un dragón que aparece como "sobresaliendo" de un dibujo recortado y
plegado de sí mismo, para morderse su propia cola. Visiones Recurrentes, en
honor a Escher. Aprieto el revólver un poco más contra su estómago, para
recordarle su presencia, mientras bajo la vista y doy vuelta el parche. Al
principio, la cara interna parece de terciopelo negro, pero cuando lo muevo veo
el reflejo de la luz de la calle, difractada como en el arcoiris por obra del
conjunto de láseres de punto cuántico. Algunas imitaciones de plástico están
fabricadas con materiales que producen un efecto similar, pero la definición de
imagen de este parche —dividida en colores, pero no borrosa— no se parece a
nada de lo que he visto en mi vida.
Levanto la vista y lo miro, y él me mira con
cautela. Sé lo que está sintiendo —el agua helada en las tripas— pero en sus
ojos hay algo más que miedo: una especie de curiosidad aturdida, como si
estuviera regodeándose en la extrañeza de todo esto. Parado ahí, a las tres de
la mañana, con un arma en sus intestinos. Le acaban de robar su juguete más
valioso. Se pregunta qué otra cosa irá a perder.
Sonrío con tristeza, sabiendo cuál es mi aspecto
con la máscara puesta.
—Debiste quedarse en el Cross. ¿Para qué
quisiste venir aquí? ¿Buscabas algo para llevarte a la cama? ¿Algo que aspirar?
De haberte quedado en los clubes nocturnos, esas cosas te hubieran llovido del
cielo.
No me responde... pero no aparta la mirada.
Parece como si estuviera luchando con todas sus fuerzas por entenderlo todo: su
terror, el arma, este momento. A mí. Tratando de elaborar todo y de encontrarle
un sentido, como un oceanógrafo atrapado en una ola gigante. No puedo decidir
si me resulta admirable o simplemente irritante.
—¿Qué estabas buscando? ¿Una nueva
experiencia? Yo te voy a dar una nueva experiencia.
Algo se desliza por el suelo con el viento,
detrás de nosotros: un envoltorio de plástico
o un manojo de ramitas. La calle es toda
terrazas convertidas en locales de oficina, silenciosos y asegurados con rejas,
con alarmas contra los intrusos, pero aparte de eso indiferentes.
Meto el parche en mi bolsillo y deslizo el
revólver más arriba. Le digo sin rodeos:
—Si te mato, te pondré una bala en el corazón.
Limpio y rápido, te lo prometo; no te dejaré aquí tirado para que te mueras
desangrado, con las tripas abiertas.
Hace gesto de hablar, pero después cambia de
idea. Se limita a mirar fijamente mi rostro enmascarado, transfigurado. Se
vuelve a levantar viento, fresco e imposiblemente suave. Mi reloj emite una
breve secuencia de bips que significa que ha bloqueado con éxito la señal del
implante de seguridad del tipo. Estamos solos en una pequeña zona de silencio
radial: las fases canceladas, las fuerzas delicadamente equilibradas.
Pienso: puedo perdonarle la vida... o no,
y empieza la lucidez, a descorrerse el velo, a despejarse la niebla. Ahora
está todo en mis manos. No levanto la vista... pero no necesito hacerlo:
puedo sentir que las estrellas giran a mi alrededor.
Murmuro:
—Puedo hacerlo, puedo matarte. —Todavía nos
estamos mirando, pero ahora lo veo por dentro; no soy un sádico, no necesito
verlo retorcerse. Su miedo está fuera de mí y lo que importa es lo que está
adentro: mi libertad, el coraje de asumirla, la fuerza para afrontar todo lo
que estoy afrontando sin vacilaciones.
Tengo la mano entumecida; deslizo el dedo por el
gatillo, despertando todas las terminaciones nerviosas. Siento que la
transpiración se me enfría en los antebrazos y que me duelen los músculos de la
mandíbula de tanto forzar la sonrisa. Siento que todo mi cuerpo se repliega, se
tensa, impaciente pero obediente, a la espera de mis órdenes.
Retiro el arma; después le pego con fuerza,
golpeándole la sien con la culata. Grita y se desploma de rodillas, mientras
del ojo le brota abundante sangre. Retrocedo, observándolo atentamente. Pone
las manos hacia abajo para no caer de cara, pero está demasiado aturdido y no
logra hacer otra cosa que quedarse arrodillado, sangrando y gimiendo.
Me doy media vuelta y escapo, arrancándome la máscara,
guardando el arma en el bolsillo, corriendo cada vez más rápido a medida que
avanzo.
Su implante debe haber hecho contacto con un
patrullero en cuestión de segundos. Atravieso los callejones, las calles
laterales desiertas, borracho de pura química visceral provocada por la huida,
pero aún bajo control, manejando mis instintos con facilidad. No oigo sirenas,
pero no es probable que las enciendan, de modo que cada vez que oigo que se
acerca un motor me zambullo en algún escondite. Tengo un mapa de estas calles
grabado a fuego en el cerebro, hasta el último
árbol, hasta la última pared, hasta la última carrocería de auto oxidado. Nunca
estoy a más de unos segundos de distancia de cualquier escondite.
Mi casa aparece como un espejismo, pero es real;
cruzo el último sector alumbrado con el corazón latiéndome fuertemente y trato
de no lanzar un grito de júbilo cuando abro la puerta y la cierro a mis
espaldas. Estoy empapado en sudor. Me desvisto y paseo por la casa hasta que
estoy bastante calmado para quedarme debajo de la ducha, mirando el techo,
escuchando la música de las hélices del extractor. Pude haberlo matado.
El triunfo que eso implica me corre por las venas. Fue una elección mía y de
nadie más. Nada me lo impedía.
Me seco y miro el espejo, observando cómo el
cristal empañado se va aclarando poco a poco. Me alcanza con saber que pude
haber apretado el gatillo. He afrontado la posibilidad; no queda nada que
demostrar. De alguna manera... lo importante no es la acción. Lo importante es
superar cualquier cosa que sea un obstáculo para la felicidad.
¿Pero la próxima vez?
La próxima vez lo voy a hacer.
Porque puedo.
Le llevo el parche a Tran, a la ruinosa terraza
Redfern llena de posters que muestran hojas de sierra belgas merecidamente
desconocidas. Tran me dice:
—Visiones Recurrentes Introscape 3000.
Tiene un precio de reventa de 35 K.
—Ya sé. Lo verifiqué.
—¡Alex! Me ofendes. —Sonríe, mostrando los
dientes manchados por el ácido. Demasiados vómitos; alguien debería decirle que
ya está muy delgado.
—¿Entonces, cuánto me consigues?
—Tal vez 18 ó 20. Pero podría tardar meses en
encontrar un comprador. Si quieres sacártelo de encima pronto, te daré 12.
—Esperaré.
—Como quieras. —Estiro la mano para recuperarlo,
pero él lo retiene—. ¡No seas tan impaciente! —Inserta una ficha de fibra en el
pequeño enchufe del anillo y luego comienza a teclear en la laptop para entrar
al corazón de su banco de pruebas.
—Si lo rompes te mato, hijo de puta.
Él gruñe. —Sí, mis grandes y torpes fotones
pueden romperle algún delicado resorte.
—Sabes lo que quiero decir. Puedes llegar a
bloquearlo.
—Si lo vas a conservar durante seis meses, ¿no
te interesa saber qué software tiene?
Casi me atraganto. —¿Piensas que lo voy a usar?
Probablemente tiene cargado un monitor de estrés para ejecutivos. Lunes Azul:
"Aprenda la correlación entre el panel indicador de estado de ánimo que
aparece en pantalla y los colores de referencia que están al costado, para una
óptima productividad y un total bienestar".
—No descartes la bio-realimentación hasta
haberla probado. Hasta puede ser la cura para la eyaculación precoz que tanto
estabas buscando.
Le doy un golpe en la nuca huesuda; después miro
por encima de su hombro la pantalla de la laptop, donde corre un borroso
galimatías hexadecimal.
—¿Qué es lo que estás haciendo exactamente?
—Todos los fabricantes reservan un bloque de
códigos para que los remotos no puedan disparar accidentalmente los
dispositivos que no corresponden. Pero también usan los mismos códigos para las
unidades que tienen cable. Así que sólo hay que probar con los códigos Visiones
Recurrentes...
En la pantalla aparece una elegante ventana de
interfaz de color gris marmolado. El título dice Pandemonio. La única
opción es un botón que dice Resetear.
Tran me mira, ratón en mano.
—Nunca oí del Pandemonio. Me suena a
mierda psicodélica. Pero si le ha leído la cabeza y la evidencia está guardada
ahí adentro... —Se encoge de hombros—. Antes de venderlo voy a tener que
resetearlo, así que puedo aprovechar y hacerlo ahora.
—Está bien.
Oprime el botón y aparece una pregunta: ¿Borrar
mapa grabado y prepararse para nuevo usuario? Tran cliquea: Sí.
Dice: —Usalo y diviértete. No te cobro nada.
—Eres un santo. —Tomo el parche—. Pero no lo voy
a usar sin saber para qué sirve. Entra en otra base de datos y teclea PAN.
—Ah. No hay registros de catálogo. Así que... es
del mercado negro... ¡no autorizado! —Me sonríe como un escolar que desafía a
otro a comerse una lombriz—. ¿Pero qué es lo peor que puede hacerte?
—No sé. ¿Lavarme el cerebro?
—Lo dudo. Los parches no pueden mostrar imágenes
naturalistas. Nada que sea fuertemente representativo... y nada de texto.
Hicieron pruebas con videos musicales, cotizaciones de bolsa, clases de
idiomas... pero los usuarios vivían chocándose contra todo. Lo único que
muestran ahora son gráficos abstractos. ¿Cómo vas a lavar un cerebro con eso?
Levanto el parche hasta mi ojo izquierdo,
experimentalmente... pero sé que ni siquiera se va a encender hasta que esté
firmemente pegado en su lugar.
Tran dice: —Haga lo que haga... si lo consideras
desde el punto de vista de la teoría de la información, no te podrá mostrar
nada que no tengas dentro del cerebro.
—¿En serio? Tanto aburrimiento podría matarme.
Sin embargo, parece una locura desperdiciar la
oportunidad. Es probable que cualquiera que tenga una máquina tan costosa como
esta también haya pagado una fortuna por el software... y si es tan extraño
como para ser ilegal, puede llegar a resultar una sensación.
Tran está perdiendo interés. —Es tu decisión.
—Exactamente.
Coloco el parche en su lugar, sobre el ojo, y
dejo que el anillo se fusione suavemente con mi piel.
Myra me dice: —¿Alex? ¿No me lo vas a decir?
—¿Eh? —La miro, fuera de combate. Está
sonriendo, pero parece levemente dolida.
—¡Quiero saber qué viste! —Se inclina hacia
adelante y comienza a recorrer el borde de mi pómulo con la punta del dedo,
como si quisiera tocar el parche, pero sin animarse a hacerlo—. ¿Qué viste?
¿Túneles de luz? ¿Ciudades antiguas explotando en llamas? ¿Angeles plateados
haciendo el amor en tu cerebro?
Aparto su mano.
—Nada.
—No te creo.
Pero es verdad. Nada de fuegos artificiales
cósmicos. Lo único que pasa es que los dibujos se vuelven más tranquilos cuanto
más me pierdo en el sexo. Pero los detalles son elusivos, como siempre lo son,
a menos que haya estado haciendo un esfuerzo consciente por visualizar la
imagen.
Trato de explicárselo: —La mayor parte del
tiempo no veo nada. ¿Tú te "ves" la nariz, las pestañas? El parche es
igual. Después de las primeras horas, la imagen simplemente... desaparece. No
se parece a nada real, no se mueve cuando mueves la cabeza... y por lo tanto tu
cerebro advierte que no tiene nada que ver con el mundo exterior y comienza a
filtrarla.
Myra está escandalizada, como si la hubiera
engañado de alguna forma.
—¿Ni siquiera puedes ver lo que te muestra?
Entonces... ¿qué sentido tiene?
—No *ves* la imagen flotando delante tuyo...
pero igual estás enterado de su existencia. Es como... hay una reacción
neurológica llamada "vista ciega", en la que una persona pierde toda
sensación de captación visual, pero puede adivinar lo que tiene delante, si
hace un buen esfuerzo, porque la información se sigue recibiendo...
—Como la clarividencia. Entiendo. —Acaricia el
ankh que cuelga de la cadena que lleva en el cuello.
—Sí, es algo sobrenatural. Me iluminas el ojo
con una luz azul y, por obra de una extraña magia, yo sé que es azul.
Myra gruñe y vuelve a recostarse en la cama.
Pasa un auto y las luces atraviesan las cortinas e iluminan la estatua que está
en el estante de los libros: una mujer con cabeza de chacal en posición de
loto, con su sagrado corazón al descubierto, debajo de uno de los senos. Muy
hippie y sincrética. Una vez, Myra me dijo, con rostro inexpresivo: Esta es
mi alma, pasada de reencarnación en reencarnación. Solía pertenecer a Mozart...
y antes a Cleopatra. La inscripción de la base dice "Budapest,
2005". Pero lo más extraño es que está hecha como una muñeca rusa: dentro
del alma de Myra hay otra alma, y dentro de ésta hay una tercera, y una cuarta.
Yo le respondí: Esta última no es más que madera muerta. No tiene nada
adentro. ¿Eso*no te preocupa?
Me concentro y trato de evocar la imagen de
nuevo. El parche mide constantemente la dilatación de la pupila y la distancia
focal de la lente del ojo tapado —que naturalmente son iguales a las del ojo
destapado— y ajusta el holograma sintético conforme a eso. O sea que la imagen
nunca está fuera de foco, ni se ve demasiado brillante, ni demasiado oscura...
sin importar lo que el ojo destapado esté mirando. Ningún objeto real se
comportaría de esa manera; con razón el cerebro desvía los datos tan
fácilmente. Incluso en las primeras horas, cuando podía ver sin ningún esfuerzo
los dibujos superpuestos a todo, los consideraba más parecidos a imágenes
mentales muy vívidas que a cualquier efecto producido por la luz. Ahora, la
idea de que podía sólo "mirar" el holograma y automáticamente
"verlo" me resulta ridícula; lo cierto es que se asemeja más a buscar
un objeto en la oscuridad e intentar visualizarlo.
Lo que visualizo es esto: hilos de colores
elaboradamente ramificados, que destellan contra el fondo gris de la habitación
como pulsaciones de tintura fluorescente inyectada en finas venas. La imagen
parece brillante, pero no encandila; todavía puedo ver lo que hay en las
sombras que rodean la cama. Cientos de estos dibujos ramificados destellan
simultáneamente, pero casi todos son tenues, de vida muy corta. En cualquier
momento
dado, hay tal vez unos diez o doce que
predominan, fosforeciendo intensamente más o menos medio segundo cada uno antes
de apagarse y dejarle el lugar a otros. A veces parece como si uno de esos
dibujos más "fuertes" le transfiriera su energía al dibujo que se
encuentra directamente al lado, arrancándolo de la oscuridad, y a veces se ve a
dos vecinos encenderse juntos, con los ramificados bordes entrelazados. En
otros momentos, la fuerza, el brillo, parecen surgir de la nada... aunque en
ocasiones, en el fondo de la imagen, percibo dos o tres sutiles cascadas, casi
demasiado tenues y demasiado rápidas para ser vistas, que convergen en un único
dibujo y desencadenan un
solo destello brillante y sostenido.
El circuito superconductor embutido en el parche
está representando gráficamente la totalidad de mi cerebro. Esos dibujos
*podrían ser* neuronas individuales, ¿pero qué objeto tendría una imagen tan
microscópica? Más probablemente, son sistemas mucho más grandes... redes de
decenas de miles de neuronas... y en conjunto forman una especie de mapa
funcional: conexiones verídicas, pero distancias adaptadas para facilitar su
interpretación. Las verdaderas ubicaciones anatómicas sólo le interesarían a un
neurocirujano.
Pero... ¿exactamente qué sistemas me está
mostrando? ¿Y cómo se supone que debo reaccionar al verlos?
Casi todo el software para parches es de
bio-realimentación. Los niveles de estrés o de depresión, de excitación sexual,
de concentración, de lo que sea, se codifican según los colores y formas de los
gráficos. Dado que la imagen del parche "desaparece", no implica una
distracción... pero la información permanece accesible. De hecho, las regiones
del cerebro que no están naturalmente equipadas para "reconocerse"
unas a otras se ponen en contacto, lo que les permite modularse mutuamente de
nuevas formas. O eso es lo que nos quieren hacer creer. Pero un software de
bio-realimentación
debe indicar claramente su objetivo: al lado de
la imagen en tiempo real, debe existir algún modelo fijo de referencia que
muestre el resultado al que habría que apuntar. Lo único que muestra este
parche es un... pandemonio.
Myra me dice: —Creo que ahora deberías irte.
La imagen del parche casi desaparece, como un
globo de historieta reventado de un pinchazo, pero hago un esfuerzo y logro
mantenerla.
—¿Alex? Creo que debes irte.
Se me erizan los pelos de la nuca. Acabo de
ver... ¿qué? ¿Los mismos dibujos cuando ella pronunció las mismas
palabras? Me esfuerzo por volver a evocar la secuencia en mi memoria, pero los
dibujos que tengo delante —¿los dibujos que representan "esforzarse por
recordar"?— me lo hacen imposible. Y cuando finalmente dejo que la imagen
desaparezca, es demasiado tarde: ya no sé lo que vi.
Myra me apoya una mano en el hombro.
—Quiero que te vayas.
Se me pone la piel de gallina. Aunque no tenga
la imagen delante mío, sé que están apareciendo los mismos dibujos que antes: Creo
que debes irte. Quiero que te vayas. No estoy viendo los sonidos
codificados en mi cerebro. Estoy viendo su significado.
E incluso ahora, con sólo pensar en su
significado, sé vagamente que estoy volviendo a ver la misma secuencia.
Myra me sacude, enojada, y finalmente me vuelvo
para mirarla.
—¿Qué problema tienes? ¿Querías hacer el amor
con el parche y yo me interpuse en tu
camino?
—Muy divertido. Vete.
Me visto lentamente, para fastidiarla. Después
me paro junto a la cama, mirando su delgado cuerpo acurrucado debajo de las
sábanas. Pienso: Si quisiera, podría lastimarla gravemente. Sería muy
sencillo.
Ella me observa, incómoda. Siento una ola de
vergüenza: la verdad es que no quiero ni asustarla. Pero es demasiado tarde; ya
la asusté.
Me permite darle un beso de despedida, pero todo
su cuerpo está rígido de desconfianza. Me gruñe el estómago. ¿Qué me está
pasando? ¿En qué me estoy transformando?
Sin embargo, afuera, en la calle, con el frío
aire nocturno, recupero la lucidez. Amor, empatía, compasión... todo lo
que sea un obstáculo para la libertad deber ser superado. No necesito optar por
la violencia, pero si mis decisiones obedecen a mandatos sociales y
sentimentalismos, hipocresías y autoengaños, no tienen sentido.
Nietzsche lo entendía. Sartre y Camus lo
entendían.
Pienso, con calma: Nada me lo impedía. Pude
haberle hecho cualquier cosa. Pude haberle roto el cuello. Pero elegí no
hacerlo. Elegí. ¿Entonces, cómo ocurrió? ¿Cómo... y dónde? Cuando le
perdoné la vida al dueño del parche... cuando opté por no ponerle un dedo
encima a Myra... en definitiva, fue mi cuerpo el que actuó de una forma y no de
otra... ¿pero dónde empezó todo?
Si el parche me está mostrando todo lo que
ocurre en mi cerebro —o por lo menos todo lo importante: pensamientos,
significados, los más altos niveles de abstracción— y si yo supiera interpretar
esos dibujos... ¿podría seguir el desarrollo del proceso en su totalidad? ¿Recorrerlo
hasta encontrar la causa original?
Me detengo en medio de un paso. La idea es
vertiginosa... y estimulante. En algún sitio, en lo profundo de mi cerebro, debe
estar el "yo": la fuente de toda acción, el yo que decide. No
contaminado por la cultura, la crianza, los genes... el origen de la libertad
humana, absolutamente autónomo, responsable sólo de sí mismo. Yo siempre lo he
sabido... pero hace años que estoy luchando por aclarar el concepto.
Si el parche pudiese poner un espejo delante de
mi alma... si yo pudiera ver a mi propia voluntad emergiendo del centro
de mi ser mientras aprieto el gatillo...
Sería un instante de perfecta honestidad, de
perfecta comprensión.
De perfecta libertad.
Estoy en casa, acostado en la oscuridad, y evoco
la imagen, experimento. Si voy a remontar el río, tengo que hacer lo posible
por dibujar un mapa del territorio. No es fácil: monitorear mis pensamientos,
monitorear los dibujos, tratar de encontrar las interrelaciones. Al obligarme a
realizar asociaciones libres, ¿estoy viendo las imágenes correspondientes a las
ideas mismas? ¿O estoy viendo imágenes relacionadas con el acto de atención,
que busca equilibrar la imagen misma con los pensamientos que yo supongo que
esa imagen refleja?
Enciendo la radio, encuentro un programa de
entrevistas y trato de concentrarme en las palabras sin permitir que la imagen
del parche se me escabulla. Logro discernir los dibujos provocados por algunas
palabras —o al menos los dibujos comunes a todas las cascadas que aparecen
cuando se utilizan esas palabras—, pero después de la quinta o sexta palabra le
pierdo el rastro a la primera.
Enciendo la luz, tomo un papel, comienzo a
tratar de bosquejar un diccionario. Pero es inútil. Las cascadas son muy
rápidas... y todo lo que hago para intentar retener un dibujo, para congelar el
momento, es una intrusión que borra el momento.
Ya casi amanece. Me doy por vencido, trato de
dormir. Pronto necesitaré dinero para pagar el alquiler, tendré que hacer
algo... a menos que acepte la oferta que me hizo Tran por el parche. Meto la
mano debajo del colchón y verifico que el arma esté ahí.
Pienso en los últimos años. Un diploma
inservible. Tres años desempleado. Los trabajos diurnos en casa, a salvo.
Después las noches. Arrancándome, capa tras capa, todas las ilusiones. El amor,
la esperanza, la moralidad... hay que superar todo eso. No puedo detenerme
ahora.
Y sé cómo tiene que terminar.
A medida que la luz penetra en mi habitación,
siento un repentino cambio... de qué? ¿De estado de ánimo? ¿De
percepción? Contemplo la estrecha faja de sol que ilumina el yeso descascarado
del techo... y nada parece diferente, nada ha cambiado. Recorro mi cuerpo
mentalmente, como si existiera la posibilidad de que esté sufriendo algún dolor
demasiado desconocido para poder reconocerlo instantáneamente... pero lo único
que recibo a cambio es la tensión de mi propia incertidumbre y de mi propia
confusión.
La extrañeza se intensifica... y lanzo un grito
involuntario. Siento como si mi piel estuviera reventando, como si diez mil
larvas salieran arrastrándose de la carne líquida que está debajo... salvo que
no hay nada que explique esta sensación: ninguna visión de heridas, ni de
insectos... absolutamente ningún dolor. Ni picazón, ni fiebre, ni sudor frío...
nada. Es como un cuento de terror sobre la abstinencia de drogas, sobre un
ataque de delirium tremens salido de una pesadilla, pero despojado de todo
síntoma a excepción del terror mismo.
Pongo las piernas fuera de la cama y me siento,
agarrándome el estómago... pero es un gesto vacío: ni siquiera tengo ganas de
vomitar. No son mis intestinos los que me hacen sentir náuseas.
Me siento y espero que pase el malestar.
No pasa.
Casi me arranco el parche —¿qué otra cosa
puede ser?—, pero cambio de idea. Primero quiero hacer una prueba. Enciendo
la radio.
—...alarma de ciclón para la costa noroeste...
Las diez mil larvas reptan y se retuercen; las
palabras las golpean como el chorro de una manguera de bombero. Apago la radio
de un golpe, calmando la sensación de náusea, y entonces oigo el eco de las
palabras en mi cerebro:
—ciclón—
La cascada forma un circuito cerrado alrededor
del concepto, disparando los dibujos correspondientes al sonido mismo, a una
tenue visión de la palabra escrita, a una imagen abstracta de cien mapas de
satélite meteorológico, a filmaciones de noticiero que muestran palmeras
dobladas por el viento... y más, mucho más, demasiado para que pueda digerirlo.
—alarma de ciclón—
La mayoría de los dibujos relacionados con
"alarma" ya se estaban manifestando desde antes, preparados por el
contexto, anticipando lo obvio. Los dibujos correspondientes a las filmaciones
de noticiero sobre la altura de la tormenta se fortalecen y desencadenan otras
representaciones: imágenes matutinas de gente parada frente a sus casas
destruidas.
—costa noroeste—
El dibujo correspondiente al mapa del satélite
meteorológico se tensa, enfocando su energía en una sola imagen,
recordada o reconstruida, donde el remolino de nubes está en la ubicación
correcta. Los dibujos disparan los nombres de media docena de ciudades del
noroeste, e imágenes de zonas turísticas... hasta que la cascada comienza a
desvanecerse, perdiéndose en vagas asociaciones de rústica y espartana
simpleza.
Y yo entiendo lo que está ocurriendo. (Se
disparan los dibujos correspondientes a "entiendo", se
disparan los dibujos correspondientes a "dibujos", se disparan
los dibujos correspondientes a "confundido", "abrumado",
"demente"...)
El proceso se atenúa ligeramente (se disparan
los dibujos que representan todos esos conceptos). Puedo analizar esto con
calma, puedo ver la salida (se disparan dibujos). Apoyo la cabeza en las
rodillas (se disparan dibujos), tratando de enfocar mis pensamientos lo
suficiente para poder manejar todas las resonancias y asociaciones que el
parche (se disparan dibujos) me muestra sin parar a través de mi ojo izquierdo
que en realidad no ve.
No había necesidad de hacer lo imposible:
sentarse y dibujar un diccionario en un papel. En estos diez días, los dibujos
estuvieron grabando su propio diccionario en mi cerebro. No hay necesidad de
observar y recordar concientemente qué dibujo corresponde a qué pensamiento; me
he pasado todos los momentos de vigilia a merced de exactamente esas
asociaciones... que han quedado grabadas a fuego en mis sinapsis a fuerza de
pura repetición.
Y ahora están dando sus frutos. No necesito que
el parche me diga lo mismo que yo diría que estoy pensando. Lo que me muestra
es todo el resto: todos los detalles que son demasiado tenues y escurridizos
para ser captados por simple introspección. No la sola y axiomática corriente
de la conciencia, la secuencia definida por el dibujo que sea más fuerte en
cualquier momento dado, sino todas las corrientes y contracorrientes que se
revuelven por debajo.
El caótico proceso del pensamiento en su
totalidad.
El pandemonio.
Hablar es una pesadilla. Practico solo,
respondiéndole a la radio, demasiado inestable para arriesgarme a una simple
llamada telefónica hasta que aprenda a controlarme o a no desviarme del
sendero.
Apenas puedo abrir la boca sin percibir una
docena de representaciones de palabras y
frases que surgen para la ocasión,
compitiendo por la posibilidad de ser pronunciadas; las cascadas que, en
cuestión de una fracción de segundo, tendrían que ser eliminadas por una opción
(así debió ser antes, pues de lo contrario el proceso nunca hubiera funcionado)
se quedan chisporroteando, inconclusas, sólo porque yo me he vuelto consciente
de todas las alternativas. Pasado un rato, aprendo a suprimir esa
realimentación... al menos lo suficiente para evitar la parálisis. Pero aún así
es una sensación muy extraña.
Enciendo la radio. Un entrevistado dice:
—Gastar el dinero de los contribuyentes en
rehabilitación no es otra cosa que admitir que no los hemos dejado en prisión
el tiempo suficiente.
Centellean cascadas de imágenes que representan
el sentido literal de las palabras y una multitud de asociaciones y
conexiones... pero *ya* están entrelazadas con otras cascadas que construyen
posibles respuestas e invocan a sus propias asociaciones.
Respondo lo más rápido que puedo:
—La rehabilitación es más barata. ¿Y qué es lo
que está proponiendo? ¿Encerrarlos hasta que estén demasiado seniles para
volver a delinquir?
A medida que hablo, los dibujos de las palabras
elegidas centellean triunfantes... mientras que los de las 20 ó 30 palabras y
frases restantes comienzan a desaparecer... como si escuchar lo que finalmente
digo fuera la única manera de confirmar que han perdido su oportunidad de ser
pronunciadas.
Repito el experimento, decenas de veces, hasta
que puedo "ver" claramente todos los dibujos alternativos de las
respuestas. Los observo tejer sus intrincadas redes de significado a lo ancho
de mi mente, con la esperanza de ser elegidos.
Pero... ¿elegidos dónde, elegidos cómo?
Me sigue resultando imposible saberlo. Si trato
de desacelerar el proceso, mis pensamientos toman el control por completo...
pero si logro individualizar una respuesta no tengo ninguna esperanza de hacer
un seguimiento de su dinámica. Uno o dos segundos después, todavía sigo
"viendo" la mayoría de las palabras y asociaciones que se fueron
desencadenando... pero tratar de rastrear la decisión que me llevó a contestar
lo que finalmente contesté hasta sus orígenes —hasta mi yo— es como
tratar
de identificar al infractor en medio de una pila
de mil autos después de haber sido testigo del suceso por un único y borroso
instante.
Decido tomarme un descanso de una o dos horas
(de algún modo, lo decido). La sensación de descomponerme en una montaña de
larvas que se retuercen ha perdido intensidad, pero no puedo desconectar
completamente mi conciencia del pandemonio. Podría tratar de quitarme el
parche... pero no me parece que valga la pena correr el riesgo de tener que
pasar por un largo y lento proceso de reacostumbramiento cuando vuelva a
ponérmelo.
Parado en el baño, afeitándome. Me detengo para
mirarme a los ojos. ¿Quiero terminar con esto? ¿Mirar mi alma en un espejo
mientras asesino a un extraño? ¿Qué cambiaría? ¿Qué demostraría?
Demostraría que dentro de mí hay una chispa de
libertad que nadie puede tocar, nadie puede reclamar para sí. Demostraría que
finalmente soy responsable por todo lo que hago.
Siento que algo está emergiendo del pandemonio.
Algo que surge de las profundidades. Cierro los dos ojos, me afirmo contra el
lavabo... y luego los abro y miro los dos espejos de nuevo.
Y finalmente lo veo, superpuesto a la imagen de
mi cara: un dibujo intrincado, con forma de estrella, como una especie de
criatura marina luminosa, que lanza delicados hilos para tocar diez mil
palabras y símbolos... toda la maquinaria del pensamiento está bajo sus
órdenes. Me provoca un sacudón de déja-vu: hace muchos días que estoy
"viendo" este dibujo. Cada vez que pensaba en mí como un sujeto, un
actor. Cada vez que me reflejaba en la fuerza de mi voluntad. Cada vez que
recordaba el momento en que casi aprieto el gatillo...
No tengo ninguna duda, aquí esta. El yo que
elige. El yo que es libre.
Vuelvo a mirarme a los ojos y en el dibujo fluye
de luz, no sólo por ver mi cara, sino por verme a mí mismo mirándola, sabiendo
qué es lo que estoy mirando y sabiendo también que en cualquier momento podría
dejar de mirar.
Me quedo contemplando esa maravilla. ¿Qué
nombre le pongo a esto? ¿"Yo"? ¿"Alex"? Ninguno de los
dos queda bien; su significado está agotado. Me pongo a buscar la palabra, la
imagen que me provoque la reacción más fuerte. Mi propia cara en el espejo,
vista desde afuera, provoca apenas una fluctuación, pero cuando me siento
como si estuviera en el interior de la oscura caverna de mi cráneo, anónimo,
mirándome con los ojos, controlando el cuerpo —tomando decisiones, manejando
los hilos—, el dibujo lanza llamaradas de reconocimiento.
Murmuro: —El Señor Volición. Ese soy.
Mi cabeza comienza a latir. Dejo que la imagen
del parche desaparezca de mi vista.
Al terminar de afeitarme, examino el lado
externo del parche por primera vez en días. El dragón se proyecta desde su
propio e insustancial retrato y adquiere solidez... o al menos está hecho para
que así lo parezca. Pienso en el hombre a quien se lo robé y me pregunto si
alguna vez habrá llegado a ver el pandemonio con tanta profundidad como yo.
Pero no debe haberlo visto, pues de lo contrario
jamás me hubiera permitido robárselo. Porque ahora que he entrevisto la verdad,
sé que yo defendería hasta la muerte mi potestad de percibirla así.
Salgo de casa alrededor de medianoche, hago un
reconocimiento del área, le tomo el pulso. Todas las noches hay flujos de
actividad sutilmente distintos entre los clubes, los bares, los burdeles, las
casas de apuestas, las fiestas privadas. Sin embargo, no estoy buscando
multitudes. Estoy buscando un lugar al que nadie tenga motivos para ir.
Finalmente, elijo un predio en construcción,
flanqueado por oficinas vacías. Hay un sector de suelo protegido de las dos
luces más cercanas, una amplia zona oscura, cerca de la calzada, una negra
sombra triangular. Me siento en la arena y el polvo de cemento húmedos de
rocío, tengo el arma y la máscara en la chaqueta, al alcance de la mano.
Espero tranquilamente. He aprendido a ser
paciente... y hay noches en las que he tenido que enfrentarme al amanecer con
las manos vacías. La mayoría de las noches, sin embargo, hay alguien que toma
un atajo. La mayoría de las noches hay alguien que se pierde.
Estoy atento por si oigo pasos, pero permito que
mi mente divague. Trato de seguir al pandemonio más de cerca, viendo si puedo
absorber la secuencia de imágenes pasivamente mientras pienso en otra cosa... y
luego las evoco en la memoria, la película de mis pensamientos.
Cierro el puño, luego lo abro. Cierro el puño,
luego... no. Trato de atrapar al Señor
Volición con las manos en la masa, ejercitando
mis poderes de imaginación. Al reconstruir lo que creo que "vi", la
imagen de miles de zarcillos vuelve a centellear con todo su brillo, pero la
memoria me juega extrañas bromas: no puedo reproducir bien la secuencia. Cada
vez que vuelvo a pasar la película en mi cabeza, primero veo centellear a casi
todos los otros dibujos incluidos en la acción, que luego disparan cascadas que
convergen en el Señor Volición y lo disparan a él... exactamente lo
opuesto de lo que sé que en realidad sucede. El Señor Volición se enciende en
el mismo instante en que yo siento que elijo, por lo tanto... ¿cómo puede ser
que haya otra cosa que preceda ese momento fundamental, a no ser que se trate
de estática mental?
Practico durante más de una hora, pero la
ilusión persiste. ¿Alguna distorsión de la percepción temporal? ¿Algún efecto
colateral del parche?
Pasos que se acercan. Una persona.
Me pongo la máscara, espero unos segundos.
Después me incorporo lentamente hasta quedar en cuclillas y espío desde el
triángulo de oscuridad. Ya pasó de largo y no está mirando para atrás.
Lo sigo. Camina rápidamente, con las manos en
los bolsillos de la chaqueta. Cuando estoy a tres metros de él —lo bastante
cerca para que la mayoría de la gente descarte la posibilidad de salir
corriendo— le grito:
—¡Alto!
Primero me echa un vistazo por encima del
hombro; después se da vuelta. Es joven, 18 ó 19, más alto que yo y
probablemente más fuerte. Tendré que estar atento por si se le ocurre la
tontería de hacerse el valiente. No se frota los ojos, pero la máscara siempre
parece producirles una expresión de incredulidad. La máscara y la atmósfera de
tranquilidad: si no me pongo a mover los brazos y a gritar obscenidades estilo
Hollywood, algunos no logran aceptar que soy de verdad.
Me acerco. Tiene puesto un diamante en una
oreja. Pequeño, pero mejor que nada. Lo señalo y él me lo entrega. Tiene una
expresión ceñuda, pero creo que no intentará hacer nada estúpido.
—Saca la billetera y muéstrame lo que hay
adentro.
Lo hace, poniendo en abanico el contenido para
que yo lo inspeccione, como si fuera un mazo de cartas. Elijo la f-cash,
"f" por "fácil de hackear"; no puedo leer el estado de
cuenta, pero me la guardo en el bolsillo y le permito conservar las demás.
—Ahora quítate los zapatos.
Él vacila y permite que un relámpago de puro
resentimiento brille en su mirada. Sin embargo, está demasiado asustado para
contradecirme. Me obedece con torpeza, apoyándose en uno y otro pie
alternativamente. No lo culpo: yo también me sentiría más vulnerable sentado. Aunque
no marcara ninguna diferencia.
Mientras ato los cordones de sus zapatos a la
parte de atrás de mi cinturón con una mano, él me mira como si estuviera
tratando de evaluar si yo comprendo que no tiene nada más que ofrecerme...
tratando de decidir si voy a estar decepcionado o enojado. Lo miro sin ningún
enojo, con la única intención de fijar su rostro en mi memoria.
Por un segundo, trato de visualizar el
pandemonio... pero no hace falta. Ahora estoy interpretando los dibujos bajo
sus propios términos, tomándolos como son y comprendiéndolos en su totalidad a
través del nuevo canal sensorial que el parche ha abierto para sí en la
neurobiología de la visión.
Y sé que el Señor Volición se está encendiendo.
Levanto el arma a la altura del corazón del
desconocido y destrabo el seguro. Su compostura se derrite, su rostro se
retuerce. Comienza a temblar y aparecen lágrimas, pero no cierra los ojos.
Siento una oleada de compasión —y también la "veo"— pero está
afuera del Señor Volición... y el Señor Volición es el único que puede elegir.
El desconocido me pregunta, simple y
lastimosamente:
—¿Por qué?
—Porque puedo.
Cierra los ojos, castañeteando los dientes; un
hilo de moco le cuelga de un orificio nasal. Me quedo esperando el momento de
lucidez, el momento de perfecta comprensión, el momento en que doy un paso al
costado para apartarme del flujo del mundo y hacerme responsable de mí mismo.
En vez de todo eso, se descorre un velo
diferente... y el pandemonio se muestra a sí mismo, en todos sus detalles:
Los dibujos de los conceptos de libertad,
autoconocimiento, coraje, honestidad, responsabilidad, están centelleando
en todo su esplendor. Son cascadas giratorias, inmensos gallardetes
entrelazados que tienen el largo de cientos de dibujos juntos, pero ahora...
todas las conexiones, todas las interrelaciones casuales, son finalmente claras
como el agua.
Y todo esto no sale de ninguna fuente de acción,
de ningún yo autónomo e irreductible. El Señor Volición se está disparando...
pero es sólo un dibujo más entre otros miles de dibujos, una elaborada espiga
más, que horada y penetra las cascadas que lo rodean con una docena de
tentáculos y que farfulla desenfrenadamente "Yo, Yo, Yo",
adjudicándose la responsabilidad por todo, pero que en realidad no es diferente
de ninguno de los demás.
Mi garganta emite un sonido de náusea y casi se
me doblan las rodillas. Demasiado por conocer, demasiado por aceptar.
Sin dejar de sostener el arma firmemente en la misma posición, meto la mano por
debajo de la máscara y me arranco el parche.
No hay ninguna diferencia. El espectáculo
continúa. El cerebro ha internalizado todas las asociaciones, todas las
conexiones... y los significados continúan desplegándose implacablemente.
Aquí adentro no existe una causa original, no
existe un lugar donde comienzan las decisiones. Esto
es sólo una extensa máquina con paletas y turbinas, accionada por cualquier
flujo incidental que pase por su interior... una máquina construida de palabras
hechas carne, de imágenes hechas carne, de ideas hechas carne.
No hay nada más: sólo estos dibujos y las
conexiones entre ellos. Las "opciones" se
presentan en todos lados... en todas las asociaciones, en todas las
interrelaciones de ideas. Es toda la estructura, toda la máquina, la que
"decide".
¿Y el Señor Volición? El Señor Volición no es más que la idea que él tiene de sí mismo. El
pandemonio puede imaginarlo todo: a Santa Claus, a Dios... al alma humana.
Puede construir un símbolo para representar cualquier idea y conectarlo con
millares de otros símbolos... pero eso no significa que la cosa representada
por ese símbolo sea real.
Con horror, lástima y vergüenza, clavo la vista
en el hombre que tiembla frente a mí. ¿A quién se lo estoy ofreciendo en
sacrificio? Podría haberle dicho a Myra: Una sola muñeca-alma ya está de
más. ¿Entonces por qué no podía decírmelo a mí mismo? No existe un segundo
yo dentro del yo, no existe ningún titiritero interior que maneja los hilos y
toma decisiones. Sólo existe la máquina en su totalidad.
Y ahora, sometida a escrutinio, la espiga que
antes sobresalía se está marchitando. Ahora que el pandemonio puede verse a sí
mismo por completo, el Señor Volición ya no tiene ninguna razón de ser.
No hay nada, nadie por quien matar, ningún
emperador de la mente que haya que defender hasta la muerte. Y no existen
obstáculos para la libertad que haya que superar: el amor, la esperanza,
la moral... Tiren abajo toda esa hermosa maquinaria y no quedará nada, salvo un
puñado de células nerviosas que se crispan aleatoriamente... y no un radiante,
puro e irrestricto Ubermensch. La única libertad que existe es la de ser
esta máquina y no otra.
De modo que esta máquina baja el arma, levanta
una mano en torpe señal de contrición, se da media vuelta y huye hacia la
noche. Sin detenerse para recuperar el aliento y consciente como siempre del
peligro de la persecución, pero llorando, todo el camino, lágrimas de
liberación.
Nota del autor: Este
cuento está inspirado en los modelos cognoscitivos "pandemonio" de
Marvin Minsky, Daniel C. Dennett y otros. Sin embargo, el grosero borrador que
he presentado aquí sólo tiene la intención de transmitir en sentido general
cómo funcionan esos modelos. No les hace la más mínima justicia a los detalles
finos. Los modelos detallados se describen en los libros Consciousness
Explained, de Dennett, y The Society of Mind, de Minsky.
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