Iván Efremov es el autor de La nebulosa de Andrómeda la novela de ciencia ficción soviética más famosa en todo el mundo y de todos los tiempos, convenida por el cineasta Eugene Cherstovitov en un film que en su tiempo pretendió ser la réplica soviética al 2001 de Clarke/Kubrick. Efremov es también un afamado paleontólogo, un científico de gran renombre, y el autor de ciencia ficción de la URSS mas conocido internacionalmente Aunque su producción literaria es abundante y continuada, lo mejor de su obra apareció en los años cuarenta y cincuenta (La nebulosa de Andrómeda fue publicada en 1958).
Escritor profundamente académico, gran ensalzador de las virtudes socialistas, sus relatos rebosan un gran optimismo y una profunda fe en la ciencia, junto con una enorme imaginación, todo lo cual se traduce en una gran verosimilitud en sus arriesgadas hipótesis científicas, no por aventuradas menos creíbles. La memoria genética de «El secreto heleno» es una buena muestra de los elementos más constantes en toda su obra.
—Tengo una deuda de gratitud con todos ustedes —dijo el profesor Israel Abrámovich Feinzimmer, dirigiéndose a los asistentes, mientras sus profundamente hundidos ojos brillaban—. En estos duros tiempos de guerra no se han olvidado de mi modesto aniversario... Para agradecérselo, voy a contarles una extraña historia sucedida hace poco. A los sabios no les gusta mucho divulgar teorías aún no corroboradas por los hechos, y menos aún hechos no explicados, así que consideren mi relato como una prueba de estima y de confianza hacia ustedes.
No ignoran que he consagrado mi vida al estudio del cerebro y de la psique humana. En lugar de abordar este apasionante campo de la ciencia por un solo camino, bajo la óptica de una sola disciplina, me he esforzado en comprender el funcionamiento y la estructura del cerebro en toda su complejidad, en cuanto considerado como aparato destinado a pensar. He sido anatomista concienzudo, fisiólogo, psiquiatra, y así he ido trabajando hasta haber fundado una psicofisiología del cerebro. Estos últimos años he experimentado mucho para elucidar la naturaleza de la memoria, aunque debo reconocer que he logrado bien poco, por lo penoso de la tarea. Progresando a tientas por entre el caos de los hechos no explicados, errando entre las interdependencias oscuras de las células nerviosas del cerebro, no he obtenido más que parcelas de certidumbre, sin ser capaz de desentrañar el fundamento válido de una teoría de la memoria. Incidentalmente, me he visto enfrentado a fenómenos más oscuros aún, que ni siquiera he tratado de divulgar. He denominado a estos fenómenos memoria de las generaciones, o memoria genética. Sin poder proporcionarles pruebas, les diré únicamente que un gran número de automatismos, bastante complejos e inconscientes, del sistema nervioso de los animales es transmitido por la herencia. A mi parecer, no deberían relegarse tos instintos y los reflejos a los centros inferiores, subcorticales, del cerebro. Necesariamente, la corteza cerebral tiene que ver con ellos, lo que hace que el mecanismo sea, en su totalidad, mucho más complicado de lo que se sospechaba hasta el presente. El tener una visión simplista de los mecanismos instintivos es uno de los errores graves de la fisiología moderna. Pero esto no está relacionado con la memoria. Ésta se halla situada mucho más arriba en la escala de las organizaciones de complejidad creciente que rigen la percepción y la toma de conciencia del mundo exterior. La ciencia moderna afirma que la memoria no es hereditaria, dado que las impresiones del ambiente, que recibe y archiva el cerebro durante toda la vida del individuo, desaparecen para siempre cuando muere, y no enriquecen en modo alguno a los descendientes del mismo.
Lo esencial de mi descubrimiento es que he reunido datos que demuestran que ciertas impresiones de la memoria son transmitidas hereditariamente, de generación en generación. Tendrán que perdonarme por este largo preámbulo, pero la cuestión es tan complicada que es preciso que les haya preparado antes, pues de lo contrario se verían obligados a acudir a la mística y a las brujerías para admitir mi insólita revelación. No se rían, por favor: no iban a ser ni los primeros ni los últimos que tomasen por sobrenatural un hecho comprobado, pero fuera de lo corriente.
Prosigo. Todos ustedes han notado, por ejemplo, sin concederle importancia, que la belleza de las formas, trátese de arquitectura, de paisajes o del cuerpo humano, es captada y apreciada de una forma casi igual por gente que pertenece a categorías muy diferentes de desarrollo y educación. Pero demos a analizar esa belleza al especialista competente: el edificio a un arquitecto, el paisaje a un geógrafo, el cuerpo a un anatomista, y nos dirán que la belleza es la perfección de la función cumplida, la perfección de la oportunidad, de la economía, de la solidez, de la fuerza, de la presteza. Pienso, pues, que la experiencia de innumerables generaciones nos ha procurado un conocimiento de la perfección, captada bajo los atributos de la belleza, y que este conocimiento viene impreso, desde un principio, en la memoria, en esta memoria inconsciente que es transmitida de forma hereditaria de generación en generación. Existen otros ejemplos de esta memoria inconsciente de las generaciones, pero no voy a citarlos ahora, para no cansarles.
Para la ciencia moderna, la memoria se aloja en los alvéolos constituidos por las uniones de las células nerviosas del cerebro en la corriente de la existencia individual, de la vida de un ser humano. Añadiría que algunos de esos alvéolos, puesto que la naturaleza de alrededor permanece esencialmente incambiada durante centenares de siglos, se forman de un modo semejante en todos los humanos de generación en generación, para transmitirse finalmente de un modo hereditario. Pues bien, esta memoria inconsciente o subconsciente de las generaciones da a nuestro pensamiento un bosquejo, común a todos notros, independientemente de la instrucción y de la educación. La búsqueda en este campo se halla erizada de dificultades, y no dispongo aún de un solo hecho corroborado por la experiencia.
Pero yo voy más lejos, y supongo que en algunos casos raros algunas combinaciones de alvéolos de memoria pueden ser transmitidas hereditariamente, conservando de la vida de las generaciones pasadas la memoria que emerge a la superficie de la consciencia.
Hay casos notorios, aunque generalmente tomados como dudosos, de descripción absolutamente fiel, por parte de ciertas personas, de lugares donde no han estado nunca; de sueños que recrean el decorado exacto de acontecimientos pasados, jamás vistos ni conocidos, y otros aún. Para los crédulos y otros chiflados, los fenómenos de esta clase pertenecen a la metempsicosis; en cuanto a los sabios, se contentan con alzarse de hombros, como el mono de la fábula que no tiene nada que decir. Verosímilmente, hay personas en quienes la memoria de las generaciones es más aguda, e inversamente.
Bien, así pues, queridos amigos, en estos tiempos de guerra, he obtenido inesperadamente la prueba de que la memoria de las generaciones existe realmente. La guerra me ha hecho abandonar mis investigaciones en el campo de la ciencia pura. No he creído poder permanecer apartado de las actividades médicas en el seno del ejército soviético, y he trabajado en varios hospitales militares donde las conmociones, shocks, psicosis y otros traumatismos cerebrales requerían de todos mis conocimientos.
Volvía por la noche, siempre muy tarde, a mi casa. En ella, situada en el paseo Stretenski, pasaba habitualmente dos horas en un sillón, ante mi escritorio, para relajarme y meditar sobre los casos más difíciles. A veces tomaba notas o bien consultaba obras especializadas para descubrir en ellas alguna analogía.
Este empleo del tiempo se había vuelto tradicional. No veía más que raramente a mis amigos y compañeros, debido a la falta de tiempo En cuanto al teléfono, siempre le he tenido horror, y solamente me sirvo de él en casos de extrema urgencia. Fue en una de esas veladas tranquilas y sin historia cuando me abordó lo insólito. En el silencio raramente turbado por el horripilante ruido de chatarra del tranvía, las ideas desfilaban en buen orden. Reflexionaba sobre la afasia de un teniente conmocionado por la explosión de una mina. Precisamente en el momento en que empezaba a formarme una convicción, sonó el teléfono. La sorpresa, en el silencio de aquella recogida noche, me hizo parecer aquel timbre tan estridente que lo descolgué con humor. Mi oído de médico registró la tensión nerviosa de la voz que preguntaba si aquél era realmente el apartamento del profesor Feinzimmer. Después, el dialogo se desarrolló así:
—¿Es usted el profesor Feinzimmer?
—El mismo.
—Le ruego que me disculpe por llamarle tan tarde Lo he hecho otras cinco veces durante el día, pero me han dicho que usted no volvía nunca antes de las once.
—No se preocupe, nunca me acuesto antes de la una de la madrugada ¿Qué puedo hacer por usted?
—Verá, ha sido el profesor Novgórodsev quien me ha recomendado encarecidamente que me dirigiera a usted. Me ha dicho que usted es el único capaz de ayudarme. Además, piensa que mi caso podría interesarle. Así que he creído...
—De acuerdo ¿Quién es usted?
—Un teniente. Fui herido, acabo de salir muy recientemente del hospital, y...
—Quiere usted verme De acuerdo: mañana a las dos, en la primera sección de la clínica quirúrgica ¿Sabe usted la dirección? Pregunte por mí, le guiarán.
La voz se extinguió después de algunas confusas palabras de gratitud, y colgué. El nombre de mi amigo cirujano, que extraía a menudo algunos casos que se salían de lo ordinario en mi honor, era prometedor. Me dediqué a algunas vanas conjeturas, después encendí un cigarrillo y volví a mis reflexiones con respecto al conmocionado.
El hospital ocupaba unos excelentes locales, y el cirujano jefe ponía de buen grado a mi disposición su despacho para las consultas importantes. A las dos en punto me interné en el pasillo de la clínica, a lo largo de los enormes ventanales, pisando una espesa moqueta que ahogaba los pasos. Ante la última ventana había un hombre, el brazo en cabestrillo. Me acerqué y distinguí un rostro joven y demacrado de expresión tensa. Una guerrera militar, que llevaba las huellas descoloridas de sus insignias de teniente, modelaba su atlético torso. Vino precipitadamente hacia mí, diciendo:
—Usted es el profesor Feinzimmer. Lo he adivinado en seguida. Soy el que le telefoneó ayer por la noche.
—Muy bien. Sígame —Abrí la puerta, y le hice entrar en el gabinete— Presentémonos —y según mi costumbre, le tendí la mano. El teniente, un poco confuso, me tendió la mano izquierda (la derecha pendía de un largo pañuelo color caqui) y se presentó:
—Víctor Filippovich Leontiev.
Encendí un cigarrillo y le ofrecí otro, que rehusó. Estaba sentado, ligeramente inclinado hacia delante, y los largos dedos de su mano válida palpaban nerviosamente las molduras de la mesa de roble macizo. Lo examiné con una atención muy profesional.
Rasgos regulares, nariz estrecha, cejas espesas, orejas pequeñas. Labios bien dibujados, cabellos y ojos oscuros «Una naturaleza impresionable y apasionada», me dije, notando la expresión a la vez culpable y avergonzada, tan frecuente entre los sujetos excesivamente nerviosos o gravemente heridos. Mientras lo examinaba con aire interrogador, me miró varias veces a los ojos, con convulsos movimientos de deglución. «Una neurosis», diagnostiqué.
El teniente habló por fin, visiblemente emocionado, con una voz ahogada y el aliento entrecortado. Sonrió, y me sentí seducido por aquella sonrisa fugitiva, pero extraordinariamente clara, que borró de golpe el taciturno tormento que marcaba su rostro tan joven.
—El profesor Novgórodsev me ha dicho que usted estudia desde hace tiempo diversas afecciones cerebrales difícilmente explicables. Tiene un corazón de oro, usted debe saberlo, y yo le estaré reconocido toda mi vida. Actualmente me siento muy mal, rodeado de alucinaciones y sujeto a una tensión terrible. Tengo la impresión de que estoy a punto de volverme loco. Y además, el insomnio y violentos dolores de cabeza aquí —señaló la parte superior de la nuca— Me han visto algunos médicos, pero sin ningún resultado positivo.
—Cuénteme cómo fue herido —pedí.
Nuevamente una encantadora sonrisa metamorfoseó su rostro.
—Oh, no creo que esto tenga relación alguna con mi enfermedad. Recibí un trozo de metralla en la articulación de la mano derecha, pero no sufrí ninguna conmoción. El impacto rompió el hueso, lo han retirado, y creo que pronto me harán una osteoplastia Mientras tanto, vea, la mano no funciona.
—Así pues, ¿ni en el momento de la herida ni más tarde se ha revelado el menor fenómeno conmocional?
—En absoluto.
—¿Cuándo se manifestó, pues, su insólito estado psíquico?
—No hace mucho. Un mes y medio aproximadamente... En el hospital donde me hallaba sometido a tratamiento, la sensación de angustia se fue acentuando a medida que avanzaba mi curación. Después esto pasó, y he aquí que de nuevo vuelve a ocurrirme ahora. Hace más de dos meses que salí del hospital.
—Dígame entonces lo que piensa usted mismo de las causas de su enfermedad.
El teniente intentaba dominar una creciente turbación. Me apresuré a tirarle de la lengua declarando severamente que si quería que le ayudara tenía que proporcionarme todos los datos posibles.
—Mire, no soy profeta ni curandero, soy un científico que tiene necesidad de hechos precisos para llegar al final de un problema. No hay por qué preocuparse de nada, en estos momentos tengo tiempo, así que es mejor que me proporcione el mayor número posible de detalles.
El paciente superó un poco su malestar e inició su relato: al principio tenía algún trabajo para encontrar las palabras, pero, animado por mi tranquila atención, me contó su historia, no sin cierta literatura, me atrevería a decir.
Antes de la guerra, el teniente Leontiev era escultor; recordé haber visto algunas de sus composiciones en la sala de exposiciones de la calle Kuznétskimost. Eran principalmente figurillas de deportistas, danzarines y niños, modeladas con simplicidad pero con el profundo conocimiento de la naturaleza del movimiento y del cuerpo humano que sólo está al alcance del auténtico talento.
El escultor era, por otro lado, un buen nadador. A raíz de un torneo de natación conoció a Irina, una muchacha que le impresionó por la perfecta armonía de su cuerpo. Los ojos del teniente brillaban con una intensa llama cuando me hablaba de su bienamada, e imaginé claramente, no sin una cierta sombra de envidia, a aquella soberbia pareja. Es preciso poseer un corazón de amante y un alma de artista para hablar de la mujer amada con tanta vivacidad, modestia y concisión. En pocas palabras, el teniente me conquistó y me dejó al mismo tiempo bajo el encanto de su Irina.
Este sentimiento donde se unían armoniosamente la exaltación del artista y la felicidad del amante aportó a Leontiev el imperioso deseo de trabajar, de hacer compartir al universo aquel maravilloso amor que era la creación de los dos, de Irina y él. Ese deseo, al principio vago, se perfilaba y se afirmaba, hasta que el artista se sintió totalmente subyugado por la idea.
—Comprenda, profesor —dijo, inclinándose hacia mí—, esa estatua debía ser no solamente una donación al mundo, no solamente la materialización de mi idea, sino también un homenaje de inmensa gratitud a Irina.
Le comprendí.
El proyecto del escultor tomaba cuerpo, su bienamada y él apenas se separaban, pero Leontiev pasó mucho tiempo antes de detener su búsqueda respecto al material de su estatua. La fantasmagórica blancura del mármol no convenía en absoluto a su idea, menos que el oscuro color mate del bronce. Otras aleaciones helaban la imaginación o carecían de solidez, mientras que lo que el artista intentaba era perpetuar la perfección alegre de su Irina.
La solución le llegó con la lectura de los autores griegos de la antigüedad, que describían estatuas de marfil, no conservadas hasta nuestros días. ¡El marfil! He ahí el material soñado, que permitiría ejecutar los más pequeños detalles, aquellos gracias a los cuales la magia del arte crea la impresión de la vida. Y después el perfecto pulimento, la perennidad. Si, en verdad, aquel material valía que uno se tomara la molestia de descubrirlo.
Sabiendo que tos trozos de marfil pueden pegarse entre si sin que quede rastro de su unión, el artista se consagró, pues, a buscarlos y adquirirlos. Esto no fue una tarea fácil, puesto que el marfil es más bien raro en nuestro país. Quizá no hubiera reunido jamás la cantidad necesaria de no haber sido por uno de sus amigos, geólogo, que acababa de desenterrar en el norte de Siberia una enorme cantidad de defensas de mamut. Empotradas en el hielo, estaban tan frescas que se las hubiera creído pertenecientes a animales abatidos la víspera y no hacía doce mil años Leontiev retiró rápidamente la cantidad de marfil que necesitaba y volvió a Moscú, ardiendo en deseos de ponerse de inmediato a la obra.
Fue entonces cuando estalló la guerra, separándolo de Irina y del universo de su amor Cumplió fielmente con su deber, se batió con valentía por su país, y volvía a estar en Moscú dos meses más tarde, después de haber sido herido gravemente Irina estaba allí para recibirlo: casi nada había cambiado en ella, salvo que su ternura era aún más profunda, y que a su despreocupada alegría de antes le había sucedido una pensativa tristeza.
El viejo sueño del artista obsesionaba cada vez más a Leontiev. Pero ahora se le añadía la abrumadora convicción de que con la única mano que le quedaba no podría esculpir su estatua, y que aunque lo intentara, todo su esfuerzo creador quedaría aniquilado por las dificultades técnicas de la ejecución. A la angustia de la impotencia se le añadía otra: comenzaba solamente a tomar conciencia del horrible poder destructivo de la guerra. Era el temor de no tener tiempo de poner en marcha su proyecto, de no poder perpetuar el esplendor de la radiante belleza de Irina. Sus dolorosos pensamientos le habían hecho pasar muchas noches sin sueño en su cama del hospital.
Su acorralado pensamiento buscaba una salida, la angustia penetraba más profundamente en su conciencia, y la tensión nerviosa aumentaba.
Las semanas pasaban, y la obsesión se hacía insoportable. Algo ascendía desde lo más profundo de su ser, algo enorme, enigmático y que buscaba liberarse. Le parecía a Leontiev que le era suficiente hacer un esfuerzo de memoria para que muy pronto la fuerza interior que le taladraba saliese fuera y volviese a él la serenidad de antaño. No dormía y apenas comía, toda relación con sus semejantes le resultaba un sufrimiento. Su sueño era tenso, y no bastaba para relajar la cuerda extremadamente tensa de su cerebro A menudo, la semiinconsciencia que ocupaba el lugar de su sueño estaba poblada de brumosas psicoimágenes. Un poco más, y la cuerda se rompería, abriendo las compuertas de la locura. Fue entonces cuando, después de varias tentativas infructuosas con otros médicos, Leontiev vino a verme.
Le pregunté si algunas de las alucinaciones —o psicoimágenes, como él las llamaba— no se repetían. El teniente se limitó a inclinar la cabeza y decir con voz muy baja que todos los demás médicos le habían hecho la misma pregunta.
—¿Y qué hay con ello? —objeté— Es lógico que dispongamos de los mismos puntos de partida, desde el momento en que todos hemos recurrido a la misma ciencia. Pero voy a hacerle esta pregunta en términos algo distintos: intente recordar si no existe en sus visiones una idea general, común a todas ellas.
Después de un breve tiempo de reflexión, Leontiev respondió:
—Pues sí, ciertamente.
—¿Cuál?
—Si no me equivoco, la Grecia antigua.
—¿Quiere decir que todas las imágenes que desfilan por su cerebro se hallan, de una u otra forma, ligadas a la idea que usted se hace de la Grecia antigua?
—Exactamente.
—Estupendo. Concéntrese, deje deslizar su pensamiento, y cuénteme dos o tres de sus alucinaciones de entre las más nítidas y completas.
—Hay muchas de ellas límpidas, pero no completas. El hecho más importante es precisamente que cada una de mis visiones se disuelve poco a poco en la niebla, huye y desaparece.
—Lo que me dice es muy importante, pero ya volveremos sobre ello. Déme de todos modos algunos ejemplos.
—He aquí uno particularmente nítido: una apacible ribera marina, bajo un sol deslumbrante. Las olas color topacio recubren la arena verdosa, y sus crestas alcanzan casi el lindero de un denso bosquecillo de frondosos árboles. A mi izquierda, un prado que se prolonga en dirección al horizonte azul, donde se perfilan confusamente algunos edificios de modestas dimensiones. A la derecha del bosque, una pendiente rocosa y escarpada donde serpentea un camino que contornea el bosquecillo —El teniente se detuvo y alzó hacia mí una mirada más bien contrita— Vea, esto es todo lo que puedo decirle, profesor.
—Perfecto, perfecto. Pero, antes que nada, ¿qué es lo que le hace creer que esto es la Grecia antigua, acaso esas visiones no se parecen a cuadros sobre temas antiguos, tal y como los imaginaban los pintores?
—No puedo decirle por qué sé que se trata de la antigua Grecia, pero no hay duda posible al respecto. Por otro lado, ninguna de esas visiones recuerda a esos cuadros de los que habla. En cuanto a los detalles, algunos se parecen, otros no, a la idea que nos hacemos de la antigüedad según las obras del arte y la literatura.
—Bueno, creo que ya es bastante por hoy, no quiero fatigarle. Cuénteme otra de sus psicoimágenes, y eso será suficiente.
—De nuevo una pendiente pedregosa, en un día de canícula. Un camino polvoriento que asciende. Una luz cegadora que atraviesa el aire tembloroso por el calor. En la cima de esta pendiente, unos árboles, y tras ellos un edificio blanco, con hileras de columnas. Y después, ya nada.
Los relatos del teniente no habían revelado una sola fisura en la muralla de lo insólito, nada que pudiera proporcionar un indicio al pensamiento. Me despedí de mi paciente sin la menor certidumbre de que le fuera de alguna ayuda, prometiéndole llamarle por teléfono algunos días más tarde, después de reflexionar.
Los dos días que siguieron tuve mucho trabajo y, sea a causa de la fatiga, sea porque carecía de datos, no llegué a formarme ninguna opinión respecto al caso Leontiev. Pero el plazo fijado por mí expiró, y una noche, con un claro sentimiento de culpabilidad, llamé a Leontiev por teléfono. Estaba en casa, y experimenté una cierta vergüenza al oír la nota de esperanza que hacia vibrar su voz. Le dije que había estado demasiado ocupado para poder estudiar seriamente su caso, y le prometí volver a llamarle en el término de algunos días más. Luego le pregunté si había algo nuevo.
—Pues sí, y mucho.
Le rogué que me describiera sus nuevas visiones, y eso es lo que oí:
—Un edificio blanco se yergue muy alto por encima del mar, y parece que el pórtico con sus seis columnas sobrepase peligrosamente el borde del acantilado. A uno y otro lado del pórtico, unas columnatas blancas se pierden en el verdor de los árboles. Una monumental escalera blanca, bordeada de bloques de mármol geométricamente ensamblados, conduce al pórtico. El reborde del parapeto es redondeado; está adornado con un friso en bajorrelieve que representa unas figuras desnudas en movimiento. Cada rellano está plantado con cipreses y adornado con estatuas. No puedo distinguir las estatuas a causa del cegador brillo del sol sobre los peldaños de mármol...
Tras esta conversación, volví a recostarme en mi sillón y reflexioné largamente sobre la extraña enfermedad de Leontiev. Es inútil enumerar todas mis infructuosas tentativas de resolver el problema. Se hallan tan desprovistas de interés como la sucesión ordinaria de los hechos de nuestra existencia, hasta el momento en que, súbitamente, se produce algo que lo cambia todo.
Este fue precisamente el caso. El flujo de ideas se condensó en un instante luminoso en el que me vino la revelación de que las imágenes fragmentarias vistas por el artista eran las piezas de un rompecabezas. Pero entonces ¿acaso había tropezado realmente con un caso de memoria genética, conservada desde hacía siglos precisamente en aquel cerebro? Entusiasmado por esta hipótesis, seguí enhebrando los hechos conocidos por mí con el hilo inopinadamente descubierto. Leontiev se quejaba de dolores en la parte superior de la nuca, y es precisamente en esta región, en las partes posteriores de los grandes hemisferios, donde se abrigan las conexiones más antiguas, los alvéolos de la memoria. Sin duda, bajo los efectos de una extrema tensión cerebral, las antiguas huellas, hasta entonces disimuladas bajo la rica memoria de la vida individual, remontaban desde las profundidades del cerebro. Y la impresión obsesionante de un esfuerzo de memoria provenía sin lugar a dudas de un deslizamiento inconsciente del pensamiento a lo largo de las capas no desarrolladas de la memoria. Como artista, su memoria visual se hallaba particularmente agudizada. Lo cual ayudaba a los fragmentos desarrollados a reflejarse en la psique bajo forma de imágenes.
Una vez hallado este punto de apoyo, seguí apuntalando mi hipótesis; pero interrumpí mis meditaciones para tomar el teléfono. Si mi razonamiento era justo. Leontiev me diría exactamente lo que necesitaba oír. Si no era así, entonces aquello significaría que había tomado un camino equivocado, y volverla a hallarme ante el muro sin fisuras de lo desconocido. Ni siquiera pensé en lo tardío de la hora. Según su costumbre, Leontiev no dormía y respondió de inmediato.
—¿Es usted, profesor? —oí su voz, ansiosa como siempre— ¿Ha encontrado una solución?
—Dígame más bien si conoce usted su genealogía.
—Me lo han preguntado a menudo. Por lo que sé, jamás ha habido en nuestra familia ni locos, ni borrachos ni aquejados de enfermedades venéreas.
—Dejemos a los locos, ¿quiere?; no me Interesan ¿Sabe usted la nacionalidad de sus antepasados? ¿De dónde, de qué país provenían? Juraría que es usted meridional.
—Tiene usted razón, profesor. Pero no veo...
—Se lo explicaré luego. No me interrumpa. De sus antepasados, ¿quién era procedente del Mediodía?
—No soy ningún gran señor para conocer a fondo mi árbol genealógico. Los padres de mi abuelo eran ambos originarios de Chipre. Hace ya mucho tiempo de ello, mi abuelo fijó su residencia en Grecia, y de allá pasó a Rusia, a Crimea más exactamente. Yo soy crimeo de nacimiento. ¿Pero por qué me pregunta todo esto, profesor?
Yo no podía disimular mi júbilo.
—Piense en ello. Si mi hipótesis es correcta...
Y cité a Leontiev para la mañana siguiente.
Durante largo tiempo aún, acostado en mi cama, medité. El razonamiento era claro, el diagnóstico exacto. Se trataba ahora de impulsar y prolongar la manifestación de la memoria generacional hasta un límite que fuera importante para Leontiev. Pero, ¿dónde estaba exactamente este limite? El propio Leontiev, evidentemente, lo ignoraba, y yo tampoco podía adivinarlo Mientras me adormecía, me dije que el futuro diría la última palabra.
A la mañana siguiente, Leontiev estaba en el mismo despacho y con la misma actitud que la vez anterior. Su pálido rostro había dejado de mostrarse taciturno y no me quitaba la vista de encima, mientras yo iba y venía de un lado para otro de la estancia, exponiéndole mi teoría. Cuando hube terminado, me dejé caer en el sillón, y él permaneció sumergido en un profundo ensueño. Hice un gesto. Leontiev se sobresaltó, y luego preguntó, mirándome fijamente:
—Dígame, profesor: ¿Cree usted realmente que fue debido al azar que se me ocurriera precisamente a mi la idea de una estatua de marfil?
—Es posible que no —admití, para no dejarme distraer del medio que acababa de imaginar para enfocar los recuerdos de Leontiev.
—Pero, ¿es que aquello que debo recordar tiene alguna relación con mi estatua? —insistió el escultor.
—Es muy, muy verosímil —asentí con convicción, ya que las palabras de mi interlocutor daban, tuve la impresión, definitivamente cuerpo a mi hipótesis.
Se quedó muy impresionado. Quizá sentía instintivamente la exactitud del camino elegido para resolver el problema y acudía en mi ayuda.
Le dije lo que debía hacer. Tenía que aislarse sin tardanza de todas las influencias exteriores. Encerrado en su casa, en la semioscuridad, intentaría concentrarse en sus visiones, y cuando las imágenes comenzaran a borrarse se esforzarla en hacerlas resurgir. En lugar de resistirse a la necesidad de hacer un esfuerzo de memoria, debería animar esta necesidad excitando su memoria por medio de productos específicos, que yo le prescribiría. El esfuerzo de memoria es susceptible de empujar la excitación nerviosa hasta un grado peligroso, pero era preciso aceptar los riesgos. Por la noche, Leontiev me informaría telefónicamente de sus visiones, y me comunicaría su estado general.
Aquella vez, el teniente se apresuró a marcharse. Siguiendo con la mirada su alta silueta, aprecié una vez más lo curiosamente agradable que se me había hecho aquel hombre. Pero aquella noche, contra todas las esperanzas, el teléfono no sonó. Vagamente inquieto, me sentí tentado a llamarle, pero me contuve para no turbar el posible recogimiento de mi enfermo. Sin embargo, me atormentaban algunas aprensiones con respecto a los riesgos de mi método, y cuando a la noche siguiente sonó el teléfono, dirigí al aborrecido aparato una mirada de alivio.
—Profesor, tenía usted razón: he entrado —me anunció inmediatamente Leontiev. Me pareció que aquella vez su voz ya no denotaba la tensión de los otros días.
—¿Entrado? ¿Dónde?
—En aquella casa o aquel palacio, en fin, en el edificio blanco sobre el acantilado —respondió el artista con voz entrecortada—. Todas aquellas escenas que veía tan nítidamente, sucediéndose las unas a las otras. Ahora veo el interior del edificio. Es una enorme sala. A modo de puerta hay una reja de bronce abierta de par en par. Placas de cobre recubren el suelo. Hay muchas estatuas y otros objetos, pero no los distingo claramente. Un vano de arcadas, practicado en el muro opuesto, deja ver un cielo resplandeciente. Ante esta arcada hay otras estatuas blancas, pequeñas tablas, recipientes... ¡Dios, acabo de comprender! ¡Es el taller de un escultor! ¡Adiós, profesor!
Un clic cortó la comunicación. Ahora yo ardía en impaciencia al menos tanto como el propio artista, consciente del carácter singularmente insólito del fenómeno. Pero mi oficio de investigador me ha enseñado la paciencia, y fui capaz de ocuparme de mis asuntos habituales pese a que el teléfono permaneció obstinadamente callado durante dos días consecutivos. No sonó más que a la segunda mañana siguiente, cuando iba a comenzar mi jornada de trabajo y no esperaba ninguna noticia de Leontiev. Con tono cansado, me pidió que acudiera inmediatamente a su casa.
—Creo haber terminado mi peregrinación a través de la antigüedad, profesor —dijo— Ya no comprendo nada. Tengo miedo.
—Bien, haré lo posible, espéreme. Iré o le llamaré —dije con precipitación.
Di los pasos necesarios para tomarme aquella mañana libre, me dirigí al barrio de Taganka, y descubrí no sin trabajo la casa gris en forma de pequeña torre, oculta al fondo de un jardín, en una esquina de la calle. El escultor me introdujo rápidamente a su habitación, muy sencillamente amueblada, sin afectar ese desorden que, yo no sé por qué, pasa por ser de artista.
La ventana, cubierta por una gruesa cortina, no dejaba pasar la luz. Una pequeña lámpara, bajo un paño azul, permitía distinguir apenas los objetos de alrededor. Sonreí al ver que todas mis prescripciones habían sido escrupulosamente seguidas.
—Dé un poco más de luz, no veo nada.
—Si usted me lo permite, lo dejaré así —solicitó tímidamente mi enfermo—. Tengo tanto miedo de disipar mi recogimiento. Creo que ya no tendría fuerzas para volver a empezar.
Asentí, por supuesto. Leontiev apartó el velo azul de la lámpara, me hizo sentar en un amplio diván bajo, y se sentó él también. Aunque dificultosamente, la luz se reveló suficiente para ver su rostro, pálido y hundido.
—Cuéntemelo todo —le pedí, sacando mis cigarrillos, sin dejar de observar sus brillantes ojos.
Leontiev tendió lentamente la mano hacia un velador, tomó un papel, y me lo pasó. La gran hoja estaba recubierta de líneas desiguales de signos ininteligibles. Cruces, cuñas, arcos y ochos, menos escritos que dibujados concienzudamente, formando grupos sucesivos que constituían, según todas las apariencias, palabras. De un modo muy general yo conocía los distintos alfabetos, antiguos y modernos, pero nunca había visto nada semejante. Había dos líneas cortas dibujadas en lo alto de la hoja, probablemente un título.
Contemplé largamente aquella página llena de enigmáticos signos, y el presentimiento de lo extraordinario me invadió poco a poco, una maravillosa sensación de espacio infinito e inexplorado que debe visitar cualquiera que haya hecho alguna vez un descubrimiento sensacional. Levantando los ojos, vi que el artista me observaba intensamente, con los labios entreabiertos, lo cual daba a su fisonomía un aire cómicamente pueril.
—¿Comprende usted algo, profesor?
—Absolutamente nada —respondí— Pero espero comprender cuando usted me haya contado su historia.
—Es siempre la misma sucesión de escenas ¿Recuerda que le hablé del interior del edificio? Mientras hablábamos, comprendí de repente que se trataba de un taller de escultura o de una escuela de arte. Este nuevo lazo de unión con mi viejo sueño me sorprendió, y me apresuré a volver a mis alucinaciones, en las cuales descubría poco a poco una cierta continuidad, un significado que intentaba penetrar.
»Me abandonaba cada vez mas a mis visiones, impulsándolas con mi concentración, tal como usted me había aconsejado, pero los cuadros que antes me obsesionaban eran ahora embrollados, indescifrables. En el momento en que iba a aparecer una visión nítida o prolongada, el taller de escultura volvía, invariablemente. No acertaba a ver otra cosa, y comencé a perder la esperanza. Esta sensación de un recuerdo consumado del que usted me había hablado no llegaba.
»De pronto me di cuenta de que una parte de la escena, a cada visión sucesiva, se precisaba más. Comprendí que la sucesión de imaginarias escenas debía situarse en el interior del taller: mis visiones no lo abandonaban. En vano me esforzaba en salir con el pensamiento del taller.
»Mientras tanto, la parte derecha del muro, frente a la reja, se hacía a cada instante más nítidamente visible. La visión se apagaba, luego reaparecía, y cada vez apreciaba mayor número de detalles.
»A la izquierda, sobre el fondo de los pinos y el cielo, en el encuadre del vano, se recortaba una estatua de marfil de dimensiones medias. Yo me esforzaba en distinguirla, pero se disolvía en vez de hacerse más nítida. Igualmente se borró un nuevo detalle, al principio más distinto que la estatua, una amplia y baja bañera de piedra gris, llena hasta el borde con un líquido oscuro. En aquella bañera percibía confusamente los contornos de una escultura, que al parecer representaba un cuerpo humano. Pero esta imagen desapareció, y vi surgir al lado de la bañera una mesa de piedra. En medio había una placa cuadrangular de cobre liso, sin ornamentos, pero recubierta de signos, con un puñal negro y una copa de cristal azul ante ella.
»Esta placa de cobre se precisaba mas y más, y finalmente toda la visión se concentró en ella. Veía ahora muy bien la superficie verdosa con los signos grabados. Sin comprender nada, tuve sin embargo la intuición de que allí estaba la meta de mis visiones, el fin del ciclo, como dice usted. Atenazado por una sorda angustia, me creí en el deber de copiar los signos de la placa de cobre. Vea, profesor —sus dedos agitaban un montón de hojas situado ante él—, era preciso empezar de nuevo constantemente Llegaba un momento en que la visión se apagaba y transcurrían horas antes de que volviera, pero yo esperaba pacientemente, hasta que llegué a llenar la hoja que tiene usted entre las manos. Ahora ya no veo nada, me siento mortalmente cansado, todo me es igual... Sólo que ya no puedo dormir, temo confusamente haber cometido un error. Antes, tenía la muy precisa convicción de que todo esto se refería a mí: las esculturas, la estatua de marfil. Pero ahora ya no comprendo nada ¿Qué significa todo esto?
—Esto es lo que quiero explicarle —respondí, muy emocionado— Pero ahora tome, le he preparado un fuerte somnífero para el caso en que hubiera abusado usted de sus visiones. En estos momentos tiene necesidad ante todo de dormir. Yo voy a llevarme sus notas, y desde esta noche nos ocuparemos únicamente de su significado. Efectivamente, sus alucinaciones han llegado a su fin. Aún no lo he comprendido completamente todo, pero tengo la impresión de que ha visto usted exactamente lo que tenía necesidad de ver... Tan solo estos extraños caracteres... Necesito preguntarle aún otra vez por qué está usted tan seguro de que sus visiones se sitúan en Grecia.
—Soy incapaz de explicárselo, profesor. Pero me siento absolutamente seguro de que es Grecia, o más bien fragmentos de Grecia.
—Bien. Intente dormir, y después quite todas estas cortinas. Ha vuelto a la vida. ¡Ya basta, ya basta! —exclamé, para cortar las preguntas del escultor. Y me retiré precipitadamente, llevándome conmigo el misterioso mensaje.
«Todavía un poco más de paciencia —me dije mientras me dirigía hacia la parada del tranvía—, y todo terminará por esclarecerse. O es realmente un mensaje extremadamente importante arrancado a los siglos, o bien.. o bien las divagaciones de un demente. Los mismos signos se repiten una y otra vez, los grupos desiguales se hallan separados por intervalos, la parte alta de la hoja es sin duda un título. Bueno, puesto que está tan seguro de que se trata de Grecia, veamos a un helenista. ¿Quién es el mejor especialista en Moscú?» Pese a todos mis esfuerzos, no lograba recordarlo. Apenas vuelto a casa, me arrojé sobre el anuario científico, sobre el almanaque de la Academia y sobre el tan odiado teléfono. Descubrí a mi hombre y, con la ayuda de la suerte, tres cuartos de hora más tarde me hallaba ante él en su despacho, con un cigarrillo entre los dedos, mientras mi anfitrión tomaba la misteriosa hoja.
—¿De dónde ha tomado, o mejor dicho copiado, esto? —exclamó, traspasándome con una mirada de sospecha.
—No le ocultaré nada, puede estar tranquilo al respecto; pero antes dígame qué es.
Mi interlocutor lanzó un suspiro de impaciencia, se inclinó directamente sobre el papel, y habló con una voz carente de inflexiones:
—Este texto se halla redactado en caracteres llamados chipriotas, un alfabeto silábico que se escribe de derecha a izquierda, es decir, según el proceso más antiguo de la Hélade. Se parece al dialecto eólico, y es por eso por lo que no me presenta demasiado esfuerzo traducir todo el texto a la lectura. Lo que resulta más interesante es el título. Está compuesto de tres palabras: arriba malakter elephantos y abajo zitos. Las dos primeras palabras significan literalmente «ablandador de marfil», lo cual quiere decir escultor en marfil. Es por otro lado la raíz de la palabra «maestro» Zitos es un líquido de composición desconocida que servía para ablandar el marfil. Ya que no debe ignorar usted que en la Grecia antigua se conocía el secreto de hacer el marfil tan maleable como la cera, lo cual permitía modelar obras perfectas. Una vez modelado, el marfil volvía a endurecerse. Este secreto se perdió con el transcurso de los siglos, y nadie, después...
—¡Dios mío, ahora lo comprendo todo! —exclamé, dando un salto. Ante la mirada perpleja y vagamente alarmada del sabio, le tranquilicé—: Perdóneme, en nombre del cielo, pero todo esto es excesivamente grave para mí, o mejor dicho para mi paciente ¿No podía traducirme usted el resto, aunque fuera muy sucintamente, para estar seguro?
El helenista se alzó de hombros, sin responder. Pero sus ojos recorrieron las líneas del texto, y yo permanecí inmóvil intentando dominar mi emoción y una loca alegría. Al término de algunos minutos, que me parecieron horriblemente largos, dijo:
—Por lo que puedo juzgar, se trata de una fórmula química, pero los nombres de los ingredientes requieren una interpretación específica. Se habla de agua de mar, de polvo de etaken, de aceite de Poseidón, etc. Sin duda se trata de la fórmula del producto del que le hablaba hace un momento. Es algo muy importante —concluyó el helenista, con un tono demasiado seco para aquellas circunstancias, tuve la impresión. Pero, fuera como fuese, la luz se había hecho.
La placa de cobre, y por lo tanto la hoja de papel, contenía la fórmula del producto destinado a ablandar el marfil. ¡El escultor lo había «recordado» después de decenas de generaciones, y ahora podría finalmente modelar una estatua digna de su Irina!
El hombre me observaba con una mirada interrogadora. Me levanté y le conté de principio a fin la historia de mi enfermo. Cuando hube terminado, la expresión de estupefacta incredulidad había desaparecido de los ojos del sabio. Su mirada se había vuelto sorprendentemente comprensiva, incluso un poco húmeda. Aún no me había ido cuando ya estaba sacando de su biblioteca volumen tras volumen. Persuadido de que la traducción del misterioso mensaje sería hecha tan rápidamente como fuera posible, me dirigí hacia la puerta, pero me detuve al recordar la descripción del acondicionamiento interior del edificio blanco.
—¿Por qué cree usted que había sobre la mesa un puñal y una copa de cristal azul?
—Puesto que nos hallamos en plena hipótesis, ¿por qué no suponer que el secreto del zitos no era entregado más que a los iniciados, tras prestación de juramento y con la amenaza de muerte en caso de divulgación? En este caso, el puñal y la copa de veneno son los atributos tradicionales de la iniciación. La memoria de los siglos ha conservado los elementos principales del rito...
La sensación de la serenidad recobrada y de la victoria conseguida por el genio humano no me abandonaban. Apenas llegué a mi casa telefoneé inmediatamente a Leontiev, que gritó:
—¡Voy inmediatamente!
Jamás olvidaré los tensos rasgos de Leontiev, acentuados por la luz de la lámpara, sus ojos relucientes por una honda tensión, atravesados por ramalazos de triunfo, cuando se sentó ante mi, mirándome con ojos ansiosos desde el otro lado del escritorio.
—Entonces, ¿he descubierto, o mejor recordado, el perdido secreto de los antiguos maestros? —exclamó, dudando si creer en la realidad del acontecimiento.
Le dije que la ciencia no disponía aún de datos exactos, pero que sin duda habían existido entre sus antepasados maestros escultores, iniciados en el secreto. Largos años de trabajo y el valor inestimable de la fórmula habían formado en el cerebro de uno de ellos conexiones indelebles que se integraron en el mecanismo de la herencia. Esas conexiones, disimuladas bajo el peso de su memoria personal, se habían manifestado en él, Leontiev, a causa de su identidad de intereses. En consecuencia, el único milagro de la historia era la coincidencia entre aquella manifestación de la antigua memoria y el valor que el secreto heleno tenía para él, escultor como su lejano antepasado. El intenso deseo de esculpir una estatua de Irina, el esfuerzo de su voluntad y la tensión de todas sus facultades, le habían ayudado a hacer surgir de su subconsciente imágenes de la memoria visual de antaño. Sin comprenderlas, tenía la sensación de que debía saber precisamente aquello de lo que más necesidad tenía.
Escuchó distraído el fin de mi perorata, inclinando la cabeza y dando a entender que estaba bien así, que había comprendido. Apenas hube terminado, me planteó inmediatamente la pregunta:
—Entonces, cuando el helenista haya terminado la traducción, ¿poseeré realmente la fórmula, profesor? ¿Está usted seguro?
Me siento impotente de describirles la alegría y la emoción que se apoderaron del escultor cuando respondí afirmativamente.
—¡Imagine! Ahora voy a poder realizar el sueño de toda mi vida con una sola mano —y sus largos dedos se movieron, como si estuvieran trabajando ya el maleable marfil— Ahora mismo, mañana quizá. Y es gracias a usted, profesor, gracias a la ciencia.
El artista se levantó de un salto, tomó mi mano, se lanzó hacia mí como lo haría un niño hacia su padre. Después, como si sintiera vergüenza de este movimiento, se volvió, se sentó ante la mesa, y apoyó la frente en su mano válida. Sus hombros se estremecieron. Salí de la estancia, presa de una viva emoción.
Los días pasaron, el verano sucedió a la primavera, luego llegó el otoño sin el menor aviso. Agotado (la edad, qué quieren ustedes), enfermo, guardaba cama, cuando recibí inesperadamente la visita de dos jóvenes. Reconocí a Leontiev, y adiviné a Irina. El escultor llevaba aún el brazo en cabestrillo, pero ya no era el mismo hombre. Raramente he visto en un rostro tanta luz y tanta bondad. En cuanto a Irina, solamente diré que era digna del amor del artista y de los esfuerzos que habíamos empleado por desvelar el secreto heleno.
Irina me besó en ambas mejillas, sin decir palabra. Su mudo agradecimiento me emocionó más de lo que hubieran podido hacerlo los más verbosos desahogos.
Leontiev me hizo saber que la estatua estaba terminada, que había sido dedicada a la ciencia y también a mi mismo, como homenaje del salvado al salvador, del corazón a la mente. He visto esta estatua. No soy yo quien debe describirla Como anatomista, he hallado en ella esa suprema perfección funcional que ustedes designan con el nombre de belleza. El amor del autor ha conferido a ese cuerpo perfecto un impulso feliz, casi una ligereza.
FIN
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