Mientras se
enfriaban el casco de la nave y el suelo quemado de las inmediaciones de las
toberas, Layter observaba impaciente las acciones del piloto.
—¿Qué tal?
—preguntó sin poder contenerse.
Green repasó
entre los dedos la cinta con los resultados de los análisis y se encogió de
hombros.
—Nada de
nuevo. Las condiciones son casi terrenales.
—¿Usted ya
estuvo aquí?
—Sí, con un
grupo de cartógrafos —respondió Green—. Pero no descendimos al planeta.
Accionó un
conmutador y, aguardando a que se abrieran las trampillas de las lumbreras,
repitió:
—Casi
terrenales. Y, no obstante... Conocemos poco la microflora, por eso le ruego...
—Sí —Layter
torció el gesto, sacando una cajita con una jeringuilla.
Quitó la
capucha de la aguja y, apuntando para arriba, expelió un poco de liquido, clavó
la aguja en un músculo junto al dedo pulgar. Puesta la inyección, dejó la
jeringuilla y se levantó.
—Podemos
salir.
Green abrió la
escotilla y dejó caer la rampa. Por ella descendió el carro con el cargamento y
se detuvo esperando. Layter miró en torno, aprestado el rifle. Realmente, el
paisaje era casi terrenal. El prado en el que habían descendido lo enmarcaba un
bosque, muy cerca chapoteaba una laguna llena de plantas con flores blancas.
Sus corolas estaban abiertas y parecían mirar hacia donde se hallaban los
recién llegados. El viento traía de la laguna gratos aromas que mataban el tufo
de la hierba quemada y del polvo levantado al atracar. Tras la laguna, en la
tremolante lejanía, se podía distinguir unas suaves colinas.
En la superficie
de la laguna, cerca de la orilla, se formó un pequeño embudo, y de pronto saltó
de él y quedó pendiente sobre una lengua de arena, agitando las alas sagitales,
un pequeño monstruo, semejante a un dragón. Pendía abriendo y cerrando el
párpado anaranjado de su único ojo.
Layter disparó
sin apuntar.
—Por lo que
parece, no hemos perdido el tiempo al volar aquí. La caza no será mala.
—Eso es cosa
suya —dijo Green.
Desaparecieron
las flores de la laguna. El monstruo se contorsionó a ras del agua, abriendo la
boca desdentada. Layter disparó varias veces el obturador de la cámara
fotográfica.
—Claro que es
cosa mía —refunfuñó—. Es mi dinero y mi negocio... —Sacó un cuchillo, desolló
hábilmente su presa, guardó la piel en una bolsa que contenía polvos de conservar
y la tiró a la plataforma del carro. Del agua asomó un capullo que se abrió en
flor. Luego una pequeña ola se hinchó como alto promontorio, rodó hasta la
arena, arrastró consigo al monstruo, y la laguna recobró su tersa superficie...
Echaron a andar
primero por la orilla de la laguna y luego a través de un bosquecillo, por la
hierba blanda y verde hacia las colinas. Detrás los seguía el carro. Unas
fierecillas que no merecían atención se apartaban despavoridas, y en el cielo
blanquecino aleteaban unas avecillas invisibles. Restalló un disparo, y Layter
sacó de la madriguera una serpiente larga y rayada. Enrolló rápidamente el
cuerpo descabezado y lo puso en el carro.
—No me gustan
los reptiles. Pero... Un momento, mire, eso nos conviene...
Al pie de la
colina había un seispies, mirando tranquilamente a los intrusos. Piel blanca,
sin la menor mácula, cabeza pequeña sobre un cuello largo, formas insólitas y
una sensación de rara armonía. Green se quedó inmóvil temiendo espantar al
sorprendente animal. El seispies arrancó con la mano delantera un tallo, se lo
llevó a los ojos, lo miró y bostezó. En aquel mismo momento Layter disparó. La
bala dio en la boca abierta y explotó dentro. El seispies murió
instantáneamente.
—¡Vaya un
tiro, piloto! —exclamó Layter—. Usted es testigo porque de lo contrario nadie
lo creerá.
Corrió hacia
la fiera caída y se acuclilló. La lana cedía suave y flexible bajo la mano.
—No he visto
nada semejante. Y nadie lo ha visto en la Tierra ni en el Cosmos.
Estuvo buen
rato arrancando cuidadosamente al seispies la valiosa piel hasta que el sol
azul tocó con su disco las copas de los árboles.
—¿Por qué no
me ayuda? —preguntó en tono bondadoso cuando ya terminaba.
Green no
respondió. Se levantó del pedrusco redondeado solamente cuando Layter y el
carro tras él empezaron a subir la cuesta. Desde la cumbre de la colina se
divisaba el valle con las destellantes cintas de los ríos, y las puntiagudas
cimas de las montañas en el horizonte. El aire fresco era puro y transparente.
Al otro lado de la colina, entre arbustos, serpeaba un arroyuelo, bordeando un
pequeño soto.
Layter escogió
sitio para pernoctar junto a un meandro del riachuelo. En la fronda un pájaro
desconocido hacia oír su alegre y melodioso canto sin par, acompañado por el
rumor de la enramada. En las sombras del crepúsculo Layter estuvo largo rato
registrando la copa del árbol con la mira telescópica, después salieron volando
repentinamente los cuerpecillos de los pájaros, como ovillitos, y el árbol se calló.
—¡Maldición!
—Layter bajó el rifle—. Las balas son demasiado grandes.
Ya casi a
oscuras, Layter derribó con el soplete el árbol y encendió una hoguera. Green
extrajo las provisiones. Cenaron a la luz de la lumbre y, conectando el campo
protector, se acostaron en el carro descargándolo de las piezas cobradas en la
jornada. Los rumores del bosque desaparecieron, y sólo el murmullo del
riachuelo rompía el silencio.
—¿Por qué esta
tan callado, Green? En todo el día no le he oído ni diez palabras. ¿Es que a
usted no le seduce la noble pasión de la caza?
—No, no me
seduce.
—Pero... usted
no es rico, y nada más que la piel del seispies le aseguraría un año de vida
sin preocupaciones.
—Soy piloto
—dijo Green.
Este planeta
no era el primero al que llevaba a buscadores de aventuras. Las aventuras y el
riesgo costaban caro. Carísimo, pero los hombres como Layter pagaban. Y la
corporación le pagaba a Green. Le pagaba por la travesía y, aparte, por el
riesgo. Su misión consistía en llevar al pasajero al planeta y traerlo de
vuelta. Claro está, cada planeta siempre era explorado previamente, pero Layter
disparaba...
Tres lunas
bajas asomaron sobre el bosque y cubrieron el carro de sombras como encajes. Ni
el piloto ni el cazador vieron como de unas matas se separaba algo oscuro e
informe y rodaba por la hierba sin estrujarla. Luego se levantó un remolino de
polvo, y la hierba del claro tintineó como cristal.
Por la mañana
Layter despertó al piloto:
—¡Maldita sea!
¿Qué pasa aquí?
Green se apeó
del carro. En torno a la hoguera apagada la hierba estaba sembrada de pájaros
muertos. Green los miró con expresión estúpida: eran de diversos colores,
pequeños y grandes; extendidas las alas, yacían en desorden sobre la hierba,
que refulgía con brillo de hielo y hería la vista. La hierba continuaba siendo
verde solamente en la zona del campo protector. Layter quitó la protección y
salió del circulo para recoger los pájaros. Los tallos se quebraban
chasqueantes bajo sus pies, y afiladas esquirlas salían disparadas a los lados.
—Es vidrio de
verdad —masculló—. ¿Usted entiende algo, Green? ¿Cómo han llegado hasta aquí
estos pájaros? ¿Por qué están muertos? ¡Pero no este ahí parado, demonio,
ayúdeme a cargar el carro!
Layter
derrochaba maldiciones y preguntas para las que no había contestación.
—Hay que
regresar —le interrumpió Green—. Mire.
La suave
colina que remontaran la víspera sin gran esfuerzo había cambiado durante la
noche. Había desaparecido la capa de tierra, dejando al desnudo la base de
roca: un caos de piedras intransitable para el carro.
Layter miró a
su alrededor. Los árboles continuaban siendo verdes, y sólo uno de ellos, en el
extremo del soto, había perdido las hojas y erizaba al cielo las ramas
despojadas. Layter sonrióse burlón; unos pliegues verticales se le marcaron
desde los ojos hasta la barbilla.
—Eso no es
problema para mi, piloto. Sólo empezamos a cazar, según el contrato soy yo
quien fija la fecha del regreso. Usted lo sabe, ¿verdad?
Green no
respondió, siguió colocando las pieles en el carro. Layter intentó largo rato
encender la lumbre, pero la leña se fundía en el plasma del soplete cortador
sin dar llama. Entonces sacó agua del riachuelo, disminuyó la llama del soplete
y la dirigió a la superficie del agua en la vasija. El agua rompió a hervir al
instante. Sintió un insoportable hedor a cadaverina.
Reprimiendo
los deseos de vomitar, Layter se lanzó al carro, y se alejaron a toda marcha
del riachuelo, levantando remolinos de irisado polvo vidrioso.
El carro
corrió algún tiempo por si mismo; luego Layter asumió la dirección y lo guió
rodeando los cúmulos de rocas. Desapareció la capa de vidrio. Layter cobró
aliento y se echó a reír:
—Quiere
asustarnos el planetita, ¿eh?
—Nos
advierte...
—Tonterías.
¿Qué sabemos de la tectónica y de la ecología del planeta? ¿Con qué frecuencia
cambia el relieve? Me refiero a la colina de ayer. Eso puede ser aquí tan
corriente como la lluvia en la Tierra. Usted mismo, piloto, hablaba de la
microflora. Su actividad es la que causa la podredumbre del riachuelo.
—Y la hierba
vidriosa...
Layter miro
atentamente al piloto de arriba abajo. Este iba sentado de costado, acurrucado
en el sillón del pasajero, hundida la cabeza en el cuello del anorac.
—¿Qué quiere
usted?
—Que no
dispare más —Green miraba frente a si sin parpadear.
—Esta expedición
me ha costado mas dinero que el que puede usted ganar en toda su vida.
—¿Y usted
espera resarcir los gastos?
—¿Resarcirlos?
—Layter entornó los ojos, colocando el rifle sobre las rodillas—. Yo cazo por
puro placer. Usted no puede comprenderlo. Cuando veo una fiera no puedo dejar
de disparar. Eso hay que sentirlo: mantener en el punta de mira una vida ajena.
En la Tierra, como usted sabe, esta prohibido cazar. Fetichismo ecológico. Allí
yo soy impotente, pero aquí...
Green fue el
primero en ver aquel raro y grueso anillo. De mas de dos metros de diámetro,
rodaba por el cauce de un riachuelo seco, dejando un rastro estriado. El centro
del anillo parecía una lente biconvexa y espejeaba con transparentes reflejos
azulados. El anillo recorrió un pequeño charco y se detuvo. La sombra del aro
rodeó en elipse el charco, y se vio cómo cambiaba la convexidad de la lente.
Después todo desapareció entre remolinos grises de vapor y humo. Layter acercó
el carro. El anillo yacía en el fondo del hoyo que había quedado del charco. Su
aro giraba alrededor de la lente, absorbiendo una papilla caliente de algas y
restos de bichos menudos.
—Es increíble
—dijo Layter en voz baja—. Una fiera rapaz que utiliza como arma la energía de
los rayos solares.
El aro aceleró
sus giros; de pronto empezó a girar también la lente, y en el mismo momento el
animal adoptó la posición vertical, poniéndose de canto hacia el carro. Layter
sin apresurarse alzó el rifle. El aro osciló, y su sombra se proyectó sobre el
carro.
—No haga eso
—dijo Green.
—No es cosa
suya, piloto. Simplemente, no se a dónde disparar. El aro oculta la lente, y
creo que ese es el lugar vulnerable.
Dio marcha
atrás al carro, y el aro se movió a un lado de modo que su sombra volvió a
proyectarse sobre el carro.
—¡Qué divertido
se vuelve esto! —Layter manipuló en la recamara, cambiando la característica de
la carga..
La explosión
hizo pedazos la cresta del aro. Al caer, el aro giró como una peonza y quedó
inmóvil, visible del todo. Las partes destrozadas del aro pulsaban, tratando de
juntarse, de la herida manaba un líquido transparente, y la lente perdía su
redondez a ojos vistas. Después un calor abrasador pasó un instante sobre el
carro.
Green volvió
en si al oír su propio gemido. Despegó trabajosamente los párpados, vio el bajo
cielo azul y sintió dolor primero en el cuello y luego en toda la piel abrasada
del rostro. Estaba sentado en el sillón del pasajero, recostado en el espaldar,
y respiraba una niebla húmeda con el conocido olor a miuradol. Pensó que
seguramente habría funcionado la automática: el carro había conectado la
protección, y el vivificante aerosol llegaba a los pulmones. El carro no se
movía y, por lo tanto, Layter no estaba allí. Si hubiera estado, el carro los
habría llevado ya a la nave.
Green volvió
la cabeza, sintiendo como reventaba en el cuello la epidermis inflamada, y
metió la mano en la célula de medicina del tablero. Luego el robot-médico lo
hizo todo él mismo: tomó los datos para los análisis, determinó el programa de
tratamiento e inoculó en la vena un cóctel de medicamentos y analgésicos.
A los dos o
tres minutos de inmovilidad absoluta, el piloto apretó el botón de retirar la
protección y se apeó del carro. Layter yacía boca abajo junto a la oruga. El
panel delantero del tablero de mando estaba cubierto de gotas de metal
derretido. El animal mortalmente herido aún se retorcía cual informe montón
gris en una nubecilla de vapor. Green dio la vuelta al cazador, le quitó del
pecho y el vientre los jirones del traje fundido y lo puso en el carro. Después
sacó de su casilla al medico automático, se lo echó a Layter sobre el vientre y
tomó asiento al lado.
El médico
reptaba como un pulpo pequeño por el cuerpo de Layter, succionando con las
ventosas de los analizadores y escupiendo un líquido verde y espumoso. Tiró
diestramente para abajo de la mandíbula del cazador y le introdujo un tentáculo
en la boca. Luego le clavó unas agujas en las venas de los brazos, se asentó en
el pecho y enrojeció. El cuerpecillo de plástico del robot se contraía rítmicamente.
De cuando en cuando escupía los detritos extraídos del cuerpo.
Green suspiró,
extendió la mano y acarició al médico. Un tentáculo libre se enrolló alrededor
de la mano y expelió una densa nubecilla de aerosol. Layter yacía casi desnudo.
Junto con la epidermis abrasada el médico lavó los restos del traje. Green,
como todo piloto, conocía las posibilidades portentosas del médico automático,
pero era la primera vez que observaba tan de cerca su labor. Miró con asombro
como se cerraban las heridas en el vientre del cazador, cómo se formaba un
nuevo tejido, al principio rosado, pero que palidecía rápidamente. El médico se
esforzaba al máximo. Finalmente, extrajo el tentáculo de la boca, retiró las
agujas y se inmovilizó. Layter suspiró y abrió los ojos. En el rostro casi no
tenía quemaduras. Sin cambiar de posición, movió los músculos y se sonrió:
—Se ha puesto
muy moreno, piloto. —Su mirada era clara y pura. Comprendió la situación sin
necesidad de explicaciones—. ¿Que porquería tengo encima? ¿Tan viscoso y maloliente?
Green retiró
con cuidado el autómata, lo puso en su casilla, miró la escala —marcaba casi
cero—, se sentó en el sillón ante el tablero de mandos y oprimió un botón rojo.
El carro se puso en marcha.
—Pare el
coche, piloto. Hay que recoger la caza.
Green ni
volvió la cabeza. Este hombre le inspiraba asco. Asco y fatiga.
—Usted lo
sentirá. La corporación conocerá su comportamiento. Usted ha olvidado las
condiciones del contrato: mientras nos encontremos en el planeta mando yo. Y
hace tiempo que perdí la costumbre de repetir las órdenes.
Mientras nos
encontremos en el planeta... Si fuera así. Los Layter mandan en todas partes.
—Esta bien
—dijo Layter tras una pausa—. Me equivoque, lo reconozco... Tenía que haber
duplicado la carga. Al fin y al cabo, le estoy incluso agradecido, aunque
comprendo que no me salvo a mí, se salvaba usted. Pero ahora su conducta no
tiene lógica. Porque todo ha acabado bien.
—Pero el
médico ha gastado en su reanimación todos los recursos medicinales. Ahora no
sirve mas que para sintetizar una mixtura contra el sarampión. ¿Comprende
usted? Si nos ocurre algo se acabó.
—Tonterías.
¿Qué nos puede ocurrir?
—¡Cualquier
cosa! —Green percibió acentos suplicantes en su voz y se volvió. Desde el
comienzo mismo había esquivado mirar a Layter a los ojos, algo se lo impedía
cuando se hallaban a bordo de la nave. Él conocía esta cualidad suya —eludir la
mirada de quien le inspiraba antipatía—, pero lo atribuía a su timidez. Ahora
se le había pasado...
Layter vio los
ojos del piloto. Sin párpados ni cejas, con venas enrojecidas de las frecuentes
sobrecargas, inexpresivos, casi claros en la piel inflamada y oscura del
rostro. Los abultados labios apenas se movían, se estremecía el mentón con un
hoyuelo infantil en el centro. Layter sonriose irónicamente para su capote:
carecía de sentido hablar de cacerías a un tipo con tal aspecto de vegetariano.
Por algo tenía reputación de ser un piloto que siempre regresaba. El riesgo
para él era contraproducente.
—Cualquier
cosa —repitió Green—. Creo que usted lo sabe mejor que yo. Aquí cada árbol
tiene su pájaro. Usted mató el pájaro, y se secó el árbol, cortó el árbol, y
murieron los pájaros.. Esta ligazón esta clara. Para mí es evidente. El planeta
nos dejo entrar sin saber que somos unos asesinos. Después pensó, sí, pensó,
que estos asesinatos eran casuales. Y nos advirtió. El que haya cambiado la
estructura de la capa herborea es una seria advertencia, Layter. Ahora se
defiende, y usted lo ha sentido eso en su propia pellejo. Pero como haya un
asesinato más acabará con nosotros.
—Se abrirán
los cielos, y el rayo fulminará al pecador... ¿Qué puede atravesar nuestra
protección, piloto? Solamente un campo de la misma naturaleza, pero de signo
inverso. ¿Cree usted que el planeta puede sintetizar ese campo?
La efímera
esperanza de convencer a Layter se desvaneció. Green le dio la espalda. El
carro corría por un llano montuoso con raros bosquecillos, y a la luz del sol
de mediodía ya se divisaba a lo lejos la cúpula de la nave. Si no les salía al
paso nada ni nadie lograrían llegar a la nave. Y no habría más expediciones de
caza. Esta sería la última en su biografía.
—¡Bah,
supersticiones ecológicas! El planeta pensó, el planeta advirtió... En este
planeta no vive nadie. ¿Para quién cuidarlo si aquí no hay ni un alma? En la
Tierra estoy hasta la coronilla de amor platónico a la naturaleza. Yo he pagado
por mantener en las manos y en los dientes la carne de este planeta y me
importan un bledo sus emociones, Green. A propósito, deme su anorac —soltó una
corta risa—. Creo que no esta bien que Layter vaya desnudo y Green vestido. No
le doy las gracias, usted mismo tenía que haberse dado cuenta. Pare el carro.
Tengo que echar una mirada.
Green obedeció
sin rechistar. No le molestó el tono ofensivo de las órdenes. El piloto tenía
por costumbre destacar lo principal en la situación en un momento dado y con la
misma espontaneidad dejar a un lado lo secundario. ¿Una ofensa? Ahora eso no
tenía importancia. Lo importante era el propio Layter, el era el foco de
peligro, y Green, sujeto por la disciplina, no podía neutralizarlo...
Un aro salió
rodando de tras unas matas, pequeño, no tendría más de un metro de diámetro.
Del lado opuesto al sol estaba indefenso, y Layter disparó, apuntando al
centro. La llama blanca de la explosión hizo pedazos la lente. El aro, ya vacío
por dentro, seguía rodando por inercia cuando Green apartó del tablero el codo
del cazador e, inclinándose por encima del asiento, apretó el botón de marcha
atrás.
El carro
osciló y retrocedió. Green aún no había quitado la mano del tablero cuando
delante se encabritó el terreno. El piloto no sintió el instante en que
comenzaba a cambiar el relieve, lo captó con el subconsciente y actuó
obedeciendo a una lógica desconocida: el pensamiento de retirar el carro
fulguró en el momento de la explosión de la lente y fue inseparable del acto.
El monstruo
gris surgió de la profundidad, un ronco y horrísono rugido llenó el espacio. La
fiera saltó.
Layter vio
estupefacto cómo en el vuelo cambiaba la forma del cuerpo, la masa de músculos
se reagrupó en la parte delantera y se alargó, estrechándose, un colmillo
negro. La fiera se lanzó desde arriba contra el carro. Pendió una décima de
segundo contenida por la protección —muy cerca se removió como Iégamo de
pantano un ojo enorme sobre el protector colmillo—, y el campo la rechazó
violentamente.
—¡Ahí tenemos
la cólera del planeta! —musitó Green. Layter enseñó los dientes. Entornando los
ojos siguió a la fiera con la mirada y pasó al máximo el regulador de la carga.
—Cambiemos de
asiento, piloto. —Ni siquiera se agachó cuando la fiera volvió a arremeter
contra el carro—. Ahora, cuando vuelva a accionar la protección, quite por un
segundo el campo para que yo tenga tiempo de disparar.
La fiera cayó
sobre la cola y de un gran salto se lanzó de nuevo contra el carro. Green
percibió físicamente la tensión del campo y lo desconectó cuando la fiera
estaba todavía en el aire. Layter disparó con increíble celeridad, casi una
ráfaga. Las explosiones, cada una de las cuales podía destrozar una roca
granítica, se confundieron en compacto estruendo. El monstruo desapareció entre
llamas crepitantes, dejando en el lugar de su caída un ancho embudo y montones
de tierra removida.
Sobrevino un
silencio zumbante. Lo interrumpió Layter.
—No se ha
portado mal, piloto —había, enronquecido un poco—. Tiene una reacción
envidiable. Y nos hemos convencido de que la protección es verdaderamente a
prueba de bombas. ¿Por qué calla otra vez?
—Mire —Green
indicó con un movimiento de cabeza la escala del campo eléctrico—. A juzgar por
el consumo de energía, la masa de la fiera es de más de diez mil kilogramos.
Con sus dimensiones relativamente pequeñas eso significa...
—¡No! —Layter
casi gritó—. No puede haber dos formas de vida en un mismo planeta. Eso es una
ley general en el Universo...
—Sí, usted
vence fácilmente la vida orgánica —pronunció en voz baja Green.
—¿Y que se
deduce de eso?
—Que el
planeta ha puesto su protección contra nosotros. Para quitarnos de en medio ha
sintetizado un organismo inorgánico: una fiera valedera para una sola vez.
Layter se
quedó mirando al piloto y sacudió la cabeza.
—Lo que me
faltaba. ¿Se ha vuelto usted supersticioso? ¿O el miedo le ha hecho perder el
juicio?
—No, Layter,
simplemente no he perdido la capacidad de razonar.
Un rugido que
rompía los tímpanos hizo callar al piloto. La fiera; indemne, seguía
revolcándose en el borde del embudo. Destrozando el terreno, encogió la cola,
ancha y plana, que le servía de extremidades inferiores, y, arrancando
rápidamente, se lanzó contra el carro.
Green
examinaba casi indiferente a la fiera, sus monstruosas excrecencias en los
costados y en la panza se inflaban al saltar y se desinflaban cuando la fiera,
rechazada una y otra vez por el campo protector, caía estremeciendo los
contornos. Asaltaba la protección en ataque frontal.
Layter no
quitaba la mirada vidriosa del indicador de la tensión del campo que se iba
acercando inconteniblemente al cero.
—Tenía usted
razón —profirió Green en un momento de calma—. El planeta no puede sintetizar
el campo. Ha encontrado otra salida: esta debilitando nuestro campo. Es también
una solución.
—¡Haga usted
algo! —chillo Layter—. ¡Usted es un piloto que siempre regresa!
—Es tarde.
Hubo una posibilidad: tenía que haberlo atado a usted. La desaproveché.
...Se diría que
el camino no tenía fin. Green andaba trabajosamente, tropezando por el
pedregoso valle. A veces una nube roja velaba su mente, y entonces el piloto se
detenía, tambaleándose. Llevaba a Layter en brazos, la cabeza del cazador
oscilaba al compás de los pasos. Green se lo echó al hombro —así era mas fácil
caminar—, pero Layter se contorsionaba en espasmos de vómito, y el piloto
volvió a tomarlo en brazos. Recordaba confusamente que el campo protector, roto
y estrujado, los había despedido del carro; hecho un ovillo, el había rodado
por la hierba ardiendo, se levantó de un salto, cayó y volvió a levantarse. La
fiera yacía inmóvil sobre el carro, y un humo con tufo asqueroso a pieles
quemadas lo envolvía. En un ancho surco el piloto encontró a Layter y, protegiéndose
con una mana la cara —la fiera despedía un calor insoportable—, arrastró con la
otra al cazador, tirando del cuello del anorac, apartándolo del humo y del
fuego...
Green sintió
frío en las piernas y se detuvo en medio del cauce de un estrecho riachuelo. Se
arrodilló, dejó al cazador en el agua y se tendió al lado. El agua fría lo
alivió, aclaró su mente. Layter profirió unos gemidos. El piloto se incorporó:
a un kilómetro nomás se veía claramente la nave. Green examinó al cazador: no
tenía fracturas, solamente rasguños y contusiones, el pulso, aunque atenuado,
le latía seguramente, Layter se encontraba bajo la conmoción del golpe.
Green arrastró
al cazador a la orilla, sacó una almorzada de agua y se la vertió en la boca.
Permaneció un rato observando cómo se retorcía Layter presa de un acceso de tos
y al mismo tiempo prestaba atención a un creciente dolor en la espalda.
Finalmente, Layter dejó de toser y se sentó. Respiraba con estertores y se
frotaba el pecho, extendiendo la sangre, que manaba y goteaba de un ancho
rasguño en el pómulo.
—¿Puede
levantarse? —la voz del piloto sonó compasiva. Layter sollozó y se incorporó—.
Vamos, esta ya cerca.
Sobreponiéndose
a la debilidad, el cazador echó a andar tras el piloto. Se sentaba con
frecuencia, y entonces Green regresaba y aguardaba callado a que se levantase.
—Usted me ha
llevado —dijo Layter. El malestar se le subía a la garganta, el corazón le
latía a saltos—. Me ha llevado.
—Sí, cuando
usted estaba sin conocimiento.
—Puedo
perderlo en cualquier instante —dijo Layter entre pausas—. Y sin mí no podrá
entrar en la nave.
Green le
escupió a los pies y se alejó sin volver la cabeza. Los harapos del overol,
pardos de la sangre coagulada, se le habían adherido a la espalda. Layter miró
cómo se alejaba, sintiendo que se le pasaba el dolor en los músculos y se le
aclaraba la mente. La cólera siempre lo animaba y le infundía energías. Deploró
no tener el soplete para disparar fuego a esa espalda y oír el grito. El
desprecio que se sentía en cada palabra del piloto despertó en el un odio
impotente. Impotente por el momento.
Cuando llegó
hasta la nave, Green estaba ya sentado en la rampa inclinada y miraba la
laguna. Se mecían las blancas corolas de las flores, del agua saltaban y
volvían a zambullirse ruidosamente jadeantes monstruos, surgían y desaparecían
pequeños remolinos: el lago tenía su vida. La hierba quemada al posarse la nave
ya se había levantado en desiguales matojos. Ahora llegaría ese canalla, ese
asesino, pondría su inmunda mano en la cerradura, se abriría la escotilla, y
entonces él elevaría la nave y otra vez la hierba se quemaría al despegar...
Layter, sin
mirar al piloto, subió por la rampa y se acercó a la escotilla. De la
profundidad de la superficie pulida le miró un rostro desconocido y desfigurado,
tumefacto, con la piel lustrosa y los ojos como ranuras. Se volvió. A lo lejos
se consumía el incendio que había devorado toda su caza y del que lo había
sacado Green salvando su pellejo.
Layter se echó
a reír. Su mirada destilaba odio y locura.
—Yo volveré
aquí, Green. No volveré solo. ¡Y ajustaremos las cuentas a este planeta! Estará
desnudo a mis pies. Como el primer día de la creación. Me esforzaré para que
usted lo vea.
—Estará a sus
pies... —repitió el piloto con voz apagada.
Se levantó,
haciendo una mueca por el dolor que sentía en la espalda, agarró a Layter y lo
levantó sobre su cabeza. Oyó cómo crujían y se quebraban bajo sus manos las
costillas del cazador y lo arrojó con fuerza...
FIN
Traducción:
Ángel Pozo Sandoval.
Publicado en:
Revista Literatura Soviética.
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