—¡Suerte más perra! —rezongó Rosendo Farías, al
echarse de nuevo el saco de "monos"
al hombro . Ni que estuviéramos apestados. Hay que ver la gente bien
desconsiderá pa ayudar al pobre. Y di hay, ¿qué hacimos? —interrogó,
volviéndose hacia su compañero, que, sentado en la cuneta del camino, se
amarraba despaciosamente una chala.
—La alojá es la
molestosa —repuso el otro con aire distraído, pasándose el revés de la mano por
la nariz roja de frío.
—Sí, pue, la alojá no más será —agregó de nuevo
Farías, con irritado acento—. El hambre que nos maltrata, serán florecitas en
el ojal, ¿no es cierto?
Miraba a su "cumpa",
de soslayo, en una actitud que le era peculiar, muy abierto e inmóvil el ojo
izquierdo, enturbiado por una nube. Era un hombre alto, cenceño, con el rostro
derrumbado por el cansancio y las penurias de una existencia aporreada. Unos
pelos ralos le poblaban a retazos la cara y, junto a la nariz, como un torrente
seco, una ancha cicatriz le cruzaba la piel.
—¿Y qué sacai con ajisarte? No
vamos a componer el apero por andar chillando como rueda sin aceite. O vos creís que yo
no llevo hambre... Tengo tamién las
tripas que ya me hablan.
Sonreía entreabriendo los labios gruesos y sensuales,
mostrando unos dientes blancos y enteros, capaces de devorar a un buey. A guisa
de chalina, se
abrigaba el cuello con un ponchito desflocado. Y sobre la frente despejada se
le iba un mechón de pelos negros como sus ojos, alegres y brillantes. Alvaro
Pérez estaba hecho, sin duda, de otra pasta harto distinta de la de su
malhumorado compañero de correrías.
Echaron a andar de nuevo por el reborde alto del
camino, sorteando el barrizal que en los bajos se convertía en lagunas espesas,
de color chocolate. Un crepúsculo húmedo, de luz mermada prematuramente, daba
triste entonación al canto o silbido de los pájaros cuando pasaban volando bajo
unas nubes negras y amenazadoras.
En la distancia, clareó fugazmente el horizonte,
tiñendo de rosa y amarillo algunas nubes. Pero aquello fue sólo como la
insinuación de una sonrisa, pues muy pronto la luz se veló de nuevo y las
sombras se apretaron, desdibujando el contorno de los árboles, de los ranchos
próximos al camino y los de algunos vacunos que, de rato en rato, bramaban
desolados en el fondo de los potreros.
—Va a llover qu'es vicio exclamó Pérez—. Y la del
diantre que por aquí ni autos pasan pa que nos acarreen a un hotel, a onde
podamos servirlos una güena cazuela di
ave y unas varas de longaniza,
con su medio cántaro de mosto, pa calentar las tripas. Después nos iríamos a
dormir en un colchón bien alto y el riñón abrigao con una de esas frazadas
capaces de hacer sudar a un riel. Si la plata hay que gastarla, huacho.
—¡Eja! Dale güira no más
a la lengua. L'hambre te está haciendo difariar. Yo
no sé qué objeto tendrá eso de andar hablando vanidades. Más es la pica que
baja.
—¡Las cosas tuyas! Pa divertirlos, pues ho. Pior es
ponerse tragedioso. Contimás que
uno se asarea, queda
en los mismos pelos. Si la vida del pobre es así... Y como no habimos conocío
otra.
—Muy verdá es —convino Rosendo, pero no por eso nos
hemos de conformar. Date vos cuenta que los alimales, con ser brutos, viven
mejor que nosotros. No pasan necesidades y tienen su güen galpón a onde duermen
bien reparaos. Lo
que el pobre no merece muchas veces, ni un pedazo de rancho pa favorecerse de
la lluvia.
—Razones son esas. Pero el hombre no saca na con
lamentarse si no hace empeño a buscarse un acomodo. A naide le cae la breva
pelá y en la boca. Es preciso considerar una cosa tamién, y es que a nosotros
los gusta tantísimo la tomaúra.
Somos más sufríos p'al litro que p'al arao. Y es qu'es tan bonitazo andar por
el camino sin que naide lo gobierne a uno. Dándole gusto al cuerpo no más. Y
toparse por ey con los
pobres gallos
afirmándolas día a día, a la siga de los güeyes.
Rosendo Farías masculló algunas palabras que Pérez no
se preocupó de averiguar. Silbaba ahora una vieja tonada, la única que sabía, y
que jamás dejaba de recordar cuando lo roía alguna preocupación. El Negro Pérez
era de carácter risueño y francote,
detrás del cual ocultaba todo cuanto lo podía hacer desmerecer ante el propio
concepto de su hombría. En ese momento iba meditando en la razón de haberse
apareado con Farías, que con su cara de vinagre y su voz chillona, no caía bien
en ninguna parte. El día antes, sin ir más lejos en sus recuerdos, pasaron a
pedir trabajo en un fundo cuyas casas se divisaban desde el camino.
Los atendió el propio dueño, un hombre de aspecto
bonachón, que los miraba con unos grandes ojos pardos, mansos y tranquilos.
Después de oír la petición que le formularon, les contestó afablemente:
—Trabajo tengo, y al buen peón aquí no le va mal. Si
quieren quedarse, pasen a la cocina a comer y ahí hablan con el mayordomo
cuando llegue la gente a entregar el apero.
El Tuerto Farías se lo quedó mirando con su actitud
característica: el ojo turbio muy abierto e inmóvil y el otro de soslayo. Con
su chillona voz de tiuque en un
día de lluvia, preguntó:
—¿Cuánto pagan aquí?
Y cuando el hacendado se lo dijo, Farías
desdeñosamente replicó:
—¡Chs! Por esa plata yo no le trabajo a naide. Pa eso,
mejor estoy sentao en mi casa.
El dueño se encogió de hombros, sin pizca de malicia.
Afirmándose el fiador del sombrero y levantando las riendas del caballo que lo
esperaba, les dijo a manera de despedida:
—¡Que les vaya bien!
Al Negro Pérez, no obstante el disgusto que aquella
salida de tono le causara, le dio una loca tentación de reírse a gritos. Y, ya
en el camino, le dijo:
—Güeno, pue ho, ¡ahora nos iremos a sentar a tu casa!
Y ante la furiosa mirada de Farías, Alvaro Pérez había
dejado escapar el atropellado tumulto de carcajadas que le estaba haciendo
cosquillas en la garganta. Esa noche durmieron al abrigo precario de un muelle
de paja que encontraron al paso. Muy trillado por los animales y ya pasado por
el agua de las lluvias, aquella alojada fue harto penosa. Apenas clarearon las
primeras luces, Pérez se enderezó entumecido, exclamando:
—Oye, ta güeno que le mandís a
componer el techo a tu casa. Tengo la cara como cartón con la garuga de
anoche. Güeno, pues, hombre, llama luego a la empliá pa que
nos traiga desayuno. A mí me gusta el caldo por la mañana.
Mediante algunos escasos centavos que les quedaban
comieron pan con ají en un chinchel del
camino. Rosendo caminaba silencioso y huraño rumiando su mal humor. El Negro,
indiferente, como si no lo afligiese ninguna preocupación. Sin embargo, iba
decidido a aprovechar la primera oportunidad que se le ofreciera para separarse
de su inconfortable amigo.
Bajo un cielo nuboso, la noche se había extendido por
el campo. En los charcos se oía el metálico croar de los sapos, mientras los
perros, desde los ranchos distantes, comenzaban a bravuconearle a la obscuridad
engendradora de fantasmas. El viento húmedo les mojaba las espaldas
hormigueando en la carne, con helada insistencia.
La mezquina luz de una fogata interior les mostró en
un recodo una vivienda. Y de común acuerdo se acercaron a ella para hablarles a
sus moradores. El Tuerto Farías, con la voz más melosa que pudo sacar, exclamó:
—Buenas noches toa la gente. ¿Podríamos hablar con el
dueño de casa?
Por la ventana que daba al callejón, asomó el rostro
de una mujer desgreñada y flaca, con una criatura en los brazos. Sus ojos
curiosos trataron de perforar la obscuridad para ver a los que llegaban.
Recelosa, inquinó:
—¿Quiénes son ustedes?
—Gente honrá,
señora. Por favor, dígalos si podríamos hablar con su marido.
—Ta durmiendo el dueño de casa. ¿Que lo conocen ustedes?
—No, pero como somos forasteros de pu aquí y como no
tenimos conociencias, quisiéramos pedirle una ayudita. Andamos con harta
necesidá y no tenimos ni a onde alojar.
El gruñido imitado de un quiltro se
oyó en ese momento, junto con la voz de un chiquillo que habló medrosamente:
—¡Taitita!
despiértese, taitita.
Fastidiada la mujer lo hizo callar:
Cállate vos, chiquillo intruso —y dirigiéndose a los
hombres, les habló en seguida con voz desabrida y quejumbrosa, en la que no
obstante se advertía cierta compasión por ellos—: Oigan. No sacan na con hablar
con Filidor, porque no tenimos ni una na con qué poderlos favorecer. Es mejor
que sigan hasta La Rinconada. Allí pueden encontrar algún acomodo, aunque sea
pa dormir. A la vuelta del cerro está la casa de on Jesús Chandía, qu'es hombre
rico y muy güen cristiano pa tratar al pobre. Hasta trabajo les puede dar,
porque endenantes no
más le oí decir a mi marido que al jutre ése le
estaba haciendo falta gallá pa la
siembra. Por ahí van bien, porque lo qu'es p'al pueblo, es casi toa gente pobre
la que vive. Contimás que no hay casa a onde no tengan enfermos. Ha cargado
mucho una epidemia que la mientan gripe. Es como cotipao con
calentura. Y el pobrerío es el que más padece. Va duro el año éste...
A la mujer se le había desatado la lengua, y llevaba intenciones
de seguir adelante con su cháchara, cuando el Negro Pérez se la cortó de
pronto, diciéndole:
—Muchas gracias, señora. Que pase güenas noches con
toa la compaña.
Rosendo Farías, que escuchaba con gran interés la
conversación, pues era muy aficionado a esta clase de tertulias, pegó un
respingo de caballo rabioso, se tocó el ala del sombrero y con aire grave
aprobó las últimas palabras de la mujer:
—Malo va el año. Muy verdá, señora.
A poco andar encontraron el cerro de que les habló la
mujer. En la obscuridad era como un enorme monstruo informe que, recostado
junto al camino, acechaba a los viajeros. Descendieron hasta un bajo abrigado
por unas pataguas y
luego subieron hacia el alto, en donde el viento vino de nuevo a clavarles sus
heladas agujas. Arriba, las nubes se habían desgarrado para mostrar un cielo
lívido, de difusa claridad lunar. Caminaban ahora junto a una tapia, por encima
de la cual algunos árboles extendían sus ramas hacia el camino. En el interior,
oíase el ronco vozarrón de un perro que ladraba a intermitencias.
Al final de la tapia se alzaba un largo edificio de
construcción ligera y en seguida una casa de adobes, en cuyas ventanas, a
través de los postigos cerrados, se filtraba la luz del interior. El Negro
Pérez se acercó a poner el oído junto al postigo y después de escuchar un
momento exclamó en voz baja, atrayendo por una manga a su compañero:
Oye, gallo. ¡Tan cuchariando
en lo mejor! Aquí sí que nos puede ir bien. Vos sabís que
guatita llena corazón contento. Cómo van a ser tan piratas que se nieguen a
favorecerlos con algo.
—¡Mi maire! Se me está haciendo agua la boca. Me
recondenara si no son porotos con chicharrones
los que están comiendo.
Tras de una prudente espera, golpearon discretamente.
Oyóse adentro el ruido de una silla que se aparta y luego unos pasos enérgicos
hacia la puerta. En seguida la pregunta de rigor, formulada con voz recia:
—¿Quién llama?
Esta vez fue el Negro Pérez quien se apresuró a
contestar, dando a su acento la mayor amabilidad que pudo:
—Somos nosotros, patrón Chandía, que querimos hablar
unas palabras con su mercé.
Crujió una tranca y rechinó una llave antes de que se
abriera la puerta. En el vano de ella apareció la voluminosa figura de Jesús
Chandía, con un sombrero alón metido hasta las orejas y envuelto en un poncho
largo, color vicuña. Sus cejas canosas y erizadas se arqueron, tratando de
identificar a los recién llegados. Después su vozarrón inquirió:
—¿Qué se les ofrece?
—Andamos buscando liga a onde ponerle el hombro,
patrón Chandía, y como sabimos que su mercé está necesitando güena gallá,
venimos a ofertarlos con mi compañero. En el trabajo somos rotos harto
sufríos y empeñosos.
Jesús Chandía irguió su alta figura, dejando escapar
un ¡ejem! tan sonoro y vigoroso, que pareció quedarle vibrando en el pecho.
Después de sonarse estrepitosamente con un gran pañuelo floreado, les dijo con
voz de severa reconvención.
—Pero estas no son horas de venir a molestar a una
casa. El buen peón llega a la luz del día a pedir trabajo y no anda ocultándose
en las sombras de la noche. Para mí que ustedes son rotos mañosones.
Iba a contestar el Tuerto Farías, pero el Negro lo
atajó, diciendo alegremente:
—La purita que es bien verdá lo que nos dijeron de que
usté era muy divertío, patrón. ¡Qué vamos a ser rotos mañosos! Pregunte usté en
"Santa Teresa", en "El Peumo", o aquí más cerca, en
"Las Rosas", y le dirán quienes somos nosotros. Aguaite, su
mercé, estos tremendos callos. Lo que hay es que se nos hizo tarde, porque los
caminos están muy barrosos y pesaos y andamos necesitaos de echarle algo por
debajo del bigote.
Jesús Chandía apoyó la mano sobre la puerta, en la
actitud de cerrarla diciéndoles:
—De noche no entro en tratos con nadie. Si quieren
trabajo, vuelvan mañana, que será otro cuento.
—Conformes, patrón, pero hágase cargo que andamos
entumíos y con hambre. Lo que su mercé disponga se lo agradeceremos.
Sin contestarles, Chandía dio un grito hacia el
interior de la casa:
—¡Hermelinda! Ve si hay comida en la cocina y tráete
dos raciones. También un pan grande. ¿Andan trayendo en qué recibir comida
ustedes?
—Sí patrón. Aguárdese un momentito.
Apresurados buscaron entre las pilchas de su
saco un jarro de latón grueso, que alargaron a Chandía. A tiempo de recibirlo
éste volvió a gritar:
—¡Que venga caliente esa comida!
Al poco rato apareció Hermelinda, una moza de carrillos
encendidos, ojos vivos y una naricita respingada que le agraciaba. Traía una
fuente llena de porotos que despedían un vaho cálido y apetitoso. Los vació en
el jarro de aquellos huéspedes no convidados y se los pasó junto con un gran
pan. Pérez le dijo:
—En su nombre nos vamos a servir esta comidita. ¡Qué
rica ha de estar! Se ve que la hizo usté, prenda.
Chandía, en ese momento exclamó desde el medio del
pasadizo:
—¡Cierra bien la puerta, mujer!
—Muchas gracias, patrón Chandía... ¡Hasta mañana!
Otra vez las tinieblas del camino. Mas, ahora llevaban
adentro una loca alegría que era como un rayo de sol.
Rosendo Farías, enternecido, dijo con trémula voz:
—Seco el viejo, pero harto, güen cristiano, no se
puede negar. Toy dispuesto
a trabajarle una güena tirá de días. Tamos
necesitando unos cobres pa comprar tantísimas faltas. Ni pa los vicios habimos
tenido estos días. Yo, cuando no pito, te diré
que me pongo bien lile. Oye,
vamos p'al bajo a merendar porque allí hay muy güen reparo.
—Esa es la letra. Los juimos dijo la venida. Ahí
estaremos bien y después nos serviremos una güena cachá
e mosto blanco, de ese que pasa por debajo del puente.
Comieron amistosa y fraternalmente, conversando de las
incidencias de su cotidiano deambular. El estero gorgoriteaba leve a pocos
pasos de ellos. Arriba el cielo se había limpiado, dejando ver algunas
estrellas.
—Parece que quiere componerse el tiempo —opinó el
Negro Pérez, echando una rápida mirada hacia el cielo, en el momento de
levantarse para ir a lavar su cuchara—. Oye, voy a ver cómo anda la cosa por
aquí para que arreglemos el dormitorio.
Crujieron las ramas del pequeño monte en donde se
metió. Después gritó:
—No sirve esto, gallo. Ta muy húmedo. Se nos puede
echar a perder el colchón aquí. Vamos a tener que seguir taloneando pa La
Rinconada.
—De allá somos, pues —le contestó Farías, con el ánimo
muy levantado.
—¡Ah chitas que
te hicieron bien los porotos ho! Yo creo que ahora serías bien capacito de
dormir parado debajo de un árbol.
—Voltario que
me hallo.
Pero, al pasar junto al galpón de Chandía, oyeron el
recio estornudo de un animal y, acercándose más, el poderoso crujir de sus
dientes triturando el pasto.
De pronto el Negro dio un brinco de júbilo.
—¡Oye, oye! Aquí hay una ventana, y si no tiene
barrotes, estamos al otro lao. Atrácate, con eso me encumbras.
De pie encima de los hombros de Farías, el Negro
alcanzó la ventana. Un juramento se escapó de sus labios al comprobar que la
defendían gruesas barras de hierro.
—Abájate luego, ho, si estamos pa nunca —rezongó
Rosendo.
—¡Chiiist! Aguántate un ratito, gallo, mira que una
barra está jugando. Conque la saco, pasamos pa entro como un aceite.
Afortunadamente, la vigueta que sujetaba los hierros
estaba ya podrida y fue cediendo poco a poco, hasta desastillarse. Pérez apartó
el barrote y metió los brazos hacia adentro. La lisa y tibia suavidad de la
paja le acarició las manos. Afirmándose en el marco, se alzó de un envión y,
una vez adentro, se volvió para asomarse hacia la calle a decirle con voz
gozosa a su compañero:
Una alegre risotada fue la respuesta. Farías le pasó
los sacos con los "monos" y
Pérez a tiempo de recibirlos le advirtió:
—Oiga, on Farías, no vaiga a dejar
la sobrecama abajo. Es preciso cuidar las prendas ahora, porque están los
tiempos muy estériles.
Alargándole la correa de la cintura ayudó a Farías en
la subida. Adentro había una atmósfera tibia que olía a estiércol fresco y a
pasto seco En el recinto contiguo oíase a los animales que seguían devorando su
ración.
Enterrados en la paja conversaron un rato. Al Negro se
le ocurrió preguntar:
—Oye, gallo, ¿y vos cuánto tiempo hace que te dedicai
a los viajes?
—¡Bututui! Montón de tiempo, pues, ho. Pa no mentirte,
te diré que yo ey sío
siempre muy trajinante.
Me entra un tremendo aburrimiento cuando estoy mucho tiempo en una parte. Y
entonces me las emplumo a la sin
rumbeque... Pero el hombre andante padece mucho también.
—Se padece. A mí a veces me tira de quedarme por ey, arranchao. Y
buscarme una mujer que me haga la merienda y me costuree. Así
se anda como jergel de tirillento.
—Es cierto. Pero la mujer es muy llevá de sus ideas y
muy amiga de gobernar al hombre como chiquillo mediano. Y en tocante a esa
cuestión yo soy muy ríspero. El
hombre, cuando la mujer quiere pagarse de su capricho, debe ser muy tieso de
mechas. Sí no, ta perdío. ¿No te parece? En las lindes del sueño, Pérez murmuró
algunas palabras que no se entendían. En seguida se oyó su ronquido acompasado.
Rosendo Farías era de sueño tardío y se quedó oyendo el susurrar del viento y
los chillidos de las ratas que se festejaban con algún pedazo de sebo en el
cuarto de los aperos. No supo cuando se durmió con un sueño sobresaltado. A
ratos volvía a oír las palabras entrecortadas del Negro Pérez, que en un
trabajoso diálogo contestaba a algún misterioso personaje que visitaba su
sueño.
Y, en efecto. Pérez soñaba con una puebla que lo
tenía obsesionado allá en la hacienda de "Las Mercedes", en
Talagante. Estaba situada en una pequeña vega junto a un camino interior. En el
fundo, entre maquis, culenes y chilcos
pasaba el estero, con el que se regaba esa tierrecita negra y mullida, muy a
propósito para sembrar hortalizas y legumbres. En ese fundo, él había hecho
mérito largo tiempo, hasta captarse la simpatía del administrador. Y mientras
maduraban sus proyectos le echaba e ojo a la Rosa Amelia, la hija de on
Paredes, un mediero
ricachón. Pero cuando le manifestó sus aspiraciones al administrador, éste le
cortó el aliento de raíz con una rotunda negativa. Aquella puebla estaba en
poder de un antiguo sirviente, muy apreciado por el patrón. Pensar en
quitársela era como hacerle una raya a la luna. Y más él que era un afuerino.
Era imposible.
Y esa noche soñaba que había vuelto a "Las
Mercedes". Estaba de ayudante de capataz y caminaba por una larga alameda,
en donde silbaban los zorzales, montado en un alazán cariblanco que tenía una
rienda de primera. Se dirigía hacia la puebla de la vega que por fin había
conseguido para él y la Rosa Amelia, su mujer. ¡Qué lindo estaba todo! Unos
cardos azules junto a las trancas, y
más adentro, varas de amapolas florecidas. Primavera de luz transparente y
cálida. Un chancho overo, amarillo y negro, dormía en el patio, haciendo un
¡ho—ho! deleitoso. Y en el fondo de la huerta las flores amarillas de los
zapallos, cuyas guías se encaramaban por las ramas secas.
Subiendo el repecho venía una vaca clavela bramando,
con su ternero que la cabeceaba hambriento. Y tras ella, Rosa Amelia, con la
correa de manear y las mejillas rojas como las amapolas que el vientecillo
jovial y travieso agitaba suavemente.
Alvaro Pérez sintió la noche de un suspiro. Aquellos
porotos calientes y sabrosos, y esa paja en la que se dormía tan abrigado, eran
como para soñar sueños de dicha. Sintió una furia atroz cuando el frío de la
mañana vino a despertarlo.
Se enderezó fastidiado. En la penumbra del amanecer se
oía el rumor del campo que despertaba. Gallos que cantaban, perros ladrando,
relinchos de potrillos, y más cerca el chismorreo jubiloso e indiscreto de las
aves de corral. Y a ratos un silencio profundo hacía grave el rumor del viento,
cuyos dedos entumecidos no eran capaces aun de insinuar melodías.
Después de dormir en ella, al Negro Pérez lo afiebraba
la paja. Bajó apenas despertó, para darse cuenta del panorama que lo rodeaba.
Al otro lado había una yunta de bueyes, un caballo y dos vacas. Un de ellas era
una clavela de narices rosadas y húmedas, que lo miraba con una dulce y
asombrada curiosidad. En el cobertizo del frente dos terneros trataban
vanamente de escaparse por la puerta del chiquero que resistía tercamente sus
atropelladas.
Una alegre idea vino a acariciarlo. Un desayuno con
leche sería estupendo. Y él era harto "baqueano"
para ordeñar. Sin pensarlo más sacó al ternero clavel, laceado con su correa de
la cintura, y lo llevó donde su madre que lo recibió bramando bajito, con
temblorosa ternura. Sin alzar mucho la voz llamó:
—Rosendo. ¡Despierta, hombre! Pásame el jarro pa
lechar esta vaquita que nos mandó p’al desayuno on Chandía. No se puede negar
qu’es harto atento el jutre.
Aún medio dormido, bajó Rosendo con el tiesto. Y muy
pronto un grueso chorro comenzó a sonar dentro de él. Era leche tibia y
sustanciosa, alimento de primer orden que sus paladares no saboreaban con
frecuencia. Rosendo se sirvió un trago largo y se volvió a repetir. Después
tomó lentamente Pérez, gozándola con visible deleite. En seguida ofreció de
nuevo a Rosendo, pero este muy cumplido rehusó:
—Ya no soy capi
pa más. Te lo agradezco. Y sería güeno que juerai
abreviando, no sea cosa que se levante el jutre y nos eche una elevada.
Pérez le contestó:
—Fíjate, hombre, lo que es la vía. Anoche dormí
soñando que estaba allá en "Las Mercedes", viviendo en la puebla de
on Quiñones. Y la Rosa Amelia era mi mujer. Teníamos chancho, vaca y cuanto
hay. Me está bajando pensión de
recordar too eso te diré. Gana de embelármelas
pa allá. ¿Que decís vos?
Era un hombre serio Pérez, y fue de nuevo a encerrar
el ternero. En seguida subieron al pajar y se descolgaron hacia la calle por la
ventana. En ese momento el sol, como un rubí gigantesco del cual se desprendían
llamas enrojecidas, se encumbró por encima de un cerro. Y la luz, con su
aliento vivificante, animó e inundó de alegría todo lo que se extendía por el
campo.
Rosendo Farías exclamó:
—¡Lindo día, hombre!
—¡Lindo!
Y fue entonces el Negro Pérez quien propuso:
—¿Que te parece que volvamos otro día a trabajarle a
on Chandía?
Rosendo, con aire de fatiga y displicencia, repuso:
—Muy justo. Alguna vez el pobre también ha de darse un
gusto en algo.
chala = Cierto tipo de
calzado muy usado en Chile por los trabajadores del campo y que consiste en un
plantilla de cuero de vaca crudo o de caucho, con cuatro agujeros y atada al
pie con correas.
alojá = Alojada,
huésped.
cumpa = Compadre.
sacai = Sacas, logras.
ajisarte = Molestarte,
incomodarte.
creís = Crees.
tamién = También.
chalina = Bufanda.
cazuela = Plato típico
chileno, que consta de caldo, carne (de ave, cordero, vaca o chancho), papas y
verduras cocidas.
longaniza = Chorizo.
huacho = Cría de animal; como
término afectivo = amigo, camarada.
güira, dar =
Azotar.
difariar = Delirar.
pica = Rabia, ira.
contimás = Cuanto más.
asarear = Hacer enojarse o
exasperarse.
reparaos = Abrigados.
tomaúra = Acción y efecto de
"tomar", es decir, beber en abundancia.
ey = Ahí
gallos = Hombres,
personas.
güeyes = Bueyes.
francote = Franco.
tiuque = Nombre de diversas
aves rapaces de la familia falconidea, subfamilia poliborinea, muy beneficiosas
para la agricultura porque devoran toda clase de insectos o desperdicios. Son
aves sedentarias que poseen su coto caza y anidan en grietas y en los árboles
más altos. Suelen reunirse en bandadas para comer y se caracterizan por tener
el vuelo poco despegado y por capturar a su presa persiguiéndola en el suelo a
saltos y carreras.
mandís = Mandes.
garuga = Garúa.
empliá = Empleada,
sirvienta.
chinchel = Taberna ordinaria
donde se vende al por menor vino u otras bebidas alcohólicas.
honrá = Honrada.
quiltro = Perro no de raza.
taitita = Diminutivo de
"taita": padre.
endenantes = Hace un instante; recién.
jutre = Variante de
"futre": Hombre que viste con elegancia y pulcritud.
gallá = Personal.
cotipao = Costipado; resfrío.
compaña = Compañía, acompañante.
patagua = Nombre de ciertos
árboles autóctonos, siempre verdes de la zona centro meridional.
cuchariando = Comiendo.
sabís = Sabes.
chicharrones = Residuos muy fritos que
quedan al derretirse las pellas de manteca de cerdo u otro animal.
su mercé =
Fórmula de tratamiento usada por el inquilino o campesino para dirigirse a su
patrón o a cualquier otra persona de clase social superior a quien considere
digna de respeto.
roto = Varón chileno,
especialmente del pueblo.
mañosones = Mañosos.
aguaite = Vea, mire.
pilcha = Ropa de
vestimenta u abrigo.
toy = Estoy.
tamos = Estamos.
pito = Fumo.
lile = Endeble, enclenque.
una güena cachá =
Una buena cantidad.
¡Ah chitas! = Interjección familiar con
que se denota sorpresa o admiración.
voltario = Dispuesto,
voluntario.
ailante = Adelante.
cotipar = Resfriar.
monos = Bártulos.
vaiga =
Vaya.
dedicai =
Dedicas.
ey sío = He sido.
trajinante =
Dícese del que está constantemente trajinando de un lado a otro o rebuscando
cosas.
arranchao =
Estable.
costurear =
Coser.
jergel =
Mosquito (?)
tirillento =
Andrajoso, harapiento.
ríspero =
Áspero
puebla =
Casa rústica con terreno sembradío que el propietario de una hacienda
proporciona al inquilino para que viva allí con su familia.
maqui =
Aristotelia maqui. Arbolito eleocarpáceo de hojas verdes perennes, de
diez a doce pies de alto, algo velloso en las ramas tiernas, con cáscara lisa
de color moreno violáceo. El fruto es pequeño, redondo, liso y muy morado. Se
cría con mucha abundancia junto a los torrentes y a los bosques húmedos y
sombríos de las colinas, desde el río Illapel hasta Chiloé. Sus hojas secas y
en polvo se utilizan para curar heridas, las frescas para aplacar la fiebre.
Los carreteros hacen varas con sus vástagos y los artesanos frabican
instrumentos musicales y molduras con su madera. Además, las huiras, de su
corteza se emplean en cestería. Los frutos son muy codiciados. Con ellos se
hacen confites y helados y mezclados con uva se prepara un vino exquisito. Los
indios preparan con él una chicha muy apetecida llamada tecu. Existe
también la variedad de fruta blanca, mucho más apetecida. (DECh)
culén =
Psoralea glandulosa. Arbusto autóctono perteneciente a la familia de las
leguminosas, aromático, con hojas glandulosas de casi un decímetro de largo que
son verdaderas hojuelas acuminadas de a tres en cada péndulo, y con flores
blancas azuladas o purpurinas muy pequeñas, dispuestas en espiga o racimos
axilares, crece en las partes húmedas desde Coquimbo hasta Valdivia y aún es
cultivada en otras regiones como Chiloé. Se emplea para usos medicinales,
especialmente como antifebrífugo, antidispéptico y hasta para preparar bebidas
refrescantes o alcohólicas. (DECh)
chilco =
Nombre común de diversas especies de plantas y arbustos autóctonos silvestres,
preferentemente de la familia de las compuestas. (DECh)
mediero =
Inquilino que tiene contrato de mediería con su patrón.
tranca =
Valla.
¡Caracho! =
¡Caracoles!, ¡caramba!; expresa disgusto o extrañeza.
relindas =
Muy lindas, muy bonitas.
baqueano =
Diestro, hábil.
no soy capi = No soy capaz.
juerai =
Fueras.
pensión =
Nostalgia.
embelármelas =
Irme, trasladarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.