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David Drake - Allá en África


Cuarenta años de sol africano reluciendo sobre los cañones de la escopeta de sir John Holbom habían decolorado sus ojos de tal manera que, incluso mucho tiempo después de haberse retirado de la caza, tomaban el áspero tono gris de las balas de plomo cuando la conversación lo sacaba de sus casillas. Pero el frío de sus ojos se suavizó cuando, apartando la vista del rifle que había estado sosteniendo entre sus manos, la posó sobre la figura de su sobrino nieto.
-¡Adelante! -exclamó perentorio sir John-. ¡Tómalo! Yo no era mucho mayor que tú cuando cobré mi primer elefante.
Randall tomó cautelosamente el rifle de dos cañones, sacándolo de sus soportes en la pared y, sosteniéndolo, exclamó a su vez:
-¡Es enorme!
Su tono de voz mostraba el alcance de su asombro.
Holbom rió entre dientes, tomando él mismo el arma.
-Tiene que ser grande, chico, si no el retroceso del rifle te rompería el hombro.
Mientras sus pensamientos retrocedían al pasado, el viejo cazador deslizó su mirada por la sala de trofeos. En la pared más lejana, una enorme cabeza de elefante elevaba su trompa como si estuviese bramando enfurecido ante el cazador. Holborn se acercó a ella y con aire ausente pero con decisión introdujo la boca del arma en la del animal, allí donde un tiro alcanzaría directamente el cerebro de la pieza. Riendo de nuevo, se volvió hacia el muchacho, abriendo el doble cañón del rifle.
-Mira, chico -dijo-, es un agujero del ocho. Una bala redonda de plomo para este cañón debe de pesar unos sesenta gramos. Y las balas cilíndricas que yo solía usar eran bastante más pesadas. No se puede usar un rifle pequeño con tamaña potencia.
-Pues mi padre caza elefantes -dijo Randall, dubitativo-, y su rifle no es tan grande como éste.
-Sí, ya, tu padre dice que no hay ningún motivo para usar estos viejos cañones desde que en mil ochocientos noventa se empezó a usar la nueva pólvora nitrogenada -aceptó Holborn-. De acuerdo, quizá paso de moda hace unos quince años; pero si tuviese que ir de nuevo a África, éste es el rifle que llevaría conmigo. Puede que tu padre tenga razón al decir que su carabina calibre 450 acabaría con cualquier bicho del continente. Sin embargo, yo me pregunto si sería capaz de parar cualquier cosa, ésa es la auténtica cuestión. Tu latín está más fresco que el mío. ¿Recuerdas aquel dicho acerca de África...?
-«Siempre algo nuevo allá en África» -recordó el muchacho, traduciendo las palabras de Plinio para el anciano.
-¡Exacto! -exclamó Holborn-. Y también es cierto que quien caza en África no debe creer nunca que ya lo sabe todo acerca de ella. África acaba matando a quien lo olvida.
-¿Por qué dejaste de cazar, tío John? -preguntó Randall con curiosidad, contemplando maravillado los trofeos conseguidos en los cinco continentes, y que pendían de las paredes a su alrededor.
-Hum -gruñó el viejo cazador, sosteniendo con naturalidad el rifle abierto en el ángulo de su brazo izquierdo-. A algunos cazadores se les presenta una vez en la vida la oportunidad de abatir una pieza única; después de esa oportunidad, da lo mismo si se cobra la pieza o si ésta se escapa. Gordon-Cummings tuvo la suya cuando abatió aquel rinoceronte cuyo cuerno medía un metro y medio desde la base hasta la afilada punta. Meyerling falló un tiro fácil a un elefante que, según juraba, llevaba en sus colmillos un cuarto de tonelada de marfil. Una vez que has tenido la oportunidad de ese tiro, fallido o no, la llama de la pasión por la caza se extingue, y ya nunca vuelve a ser lo mismo. Yo la tuve; tuve esa oportunidad...
Randall notó cómo los pensamientos de su tío se remontaban al pasado.
-Cuéntamelo, tío John -le rogó.
-Quizá debería hacerlo, muchacho -le respondió Holbom-. No creo que me queden muchos años más de vida, y no vale la pena seguir conservando esa historia en secreto. Mi última cacería fue en el río Kagara, al noroeste del lago Victoria. Aquella región es una inmensa ciénaga poblada de papiros.
-Pero ¿qué podías estar haciendo en una zona como ésa? -preguntó el chico, intrigado.
-Cazar hipopótamos, muchacho -le respondió Holbom con una sonrisa-. Hipopótamos un tanto politizados, no obstante. Era el año mil ochocientos noventa y dos, ¿sabes?, y..., bueno, es una historia muy vieja, y no creo que pueda importarle ya a nadie. Por aquel entonces nuestras relaciones con el Kaiser eran bastante satisfactorias, y dado que en Londres y Berlín se pensaba..., ciertas personalidades así lo creían, que el rey Leopoldo no se estaba mostrando como una persona capacitada para controlar el Congo, Inglaterra y Alemania creyeron conveniente tomar cartas en el asunto. De las conversaciones que se mantuvieron sobre dicho tema no se sacó nada en claro, por supuesto, pero las negociaciones llegaron a un punto en que el Foreign Office pensó que lo mejor sería destinar un observador a la zona. Se pusieron en contacto conmigo, puesto que sabían con certeza que nadie pondría reparos al hecho de que sir John Holborn regresara a las sabanas. Y allí me fui, al este de la zona alemana de África, donde convergían las fronteras del Congo y Uganda.
»El río estaba lleno de hipopótamos. Y aunque no tuviese intención de cazarlos, debía cubrir las apariencias que me presentaban, exclusivamente, como cazador en la zona. La situación era difícil; ninguno de los hombres de las aldeas de los alrededores tenía ni la más mínima intención de acompañarme de cacería por los pantanos. Decían que le tenían miedo a los jimpegwes que allí viven.
»Nunca antes había oído ese nombre, pero por la descripción que daban los nativos, debía de ser un animal muy grande. Y por otro lado, en los pantanos sólo vivían dos animales de gran tamaño: los jorobados y rápidos antílopes, capaces de moverse por los márgenes de las aguas con sus anchas pezuñas; y los hipopótamos que ramonean los tallos tiernos de las cañas, manteniendo senderos abiertos entre la vegetación. Cuando los nativos me dijeron que el jimpegwe era un animal de gran tamaño que comía cañas y se caracterizaba por un comportamiento muy agresivo, tenían que estar refiriéndose a alguna especie de hipopótamo.
»Alguna especie, ahí estaba la clave. Todos los nativos estaban de acuerdo en que el jimpegwe era más grande que el imkoko, que es como ellos denominan al hipopótamo. De hecho, me comentaron que llegaba a matar a los hipopótamos que merodeaban por sus territorios. Cuando supe lo grande y terrible que era el jimpegwe, empecé a acariciar la idea de sorprender al mundo con una raza de hipopótamo mucho más grande que la conocida; igual que el rinoceronte blanco es más grande que el negro. Estaría situado cerca de los elefantes, dado su tamaño. Tras escuchar todas esas historias durante días, mientras buscaba guías y porteadores, me fui haciendo a la idea de lo que representaría introducirme en los pantanos acarreando mi propio equipo.
»Lo cual no estaba muy lejos de lo que iba a suceder al día siguiente. Los nativos de la zona me acompañaron muy solícitamente hasta el extremo de los pantanos, pero una vez allí, nada de lo que les ofrecí consiguió que aceptasen dar un paso más allá. No podía censurarlos abiertamente. Ellos no tenían ninguna razón para confiar en mi cañón del ocho, y los hipopótamos pueden ser, en efecto, muy peligrosos. Yo había visto en una ocasión a un aborigen partido en dos por uno de ellos que el nativo había alanceado. El hipopótamo esparció por el terreno los restos del pobre cazador; su carne no entraba en la dieta del animal.
»En definitiva, sólo los tres hombres que habían venido conmigo desde la costa me acompañaron; me eran imprescindibles para abrir un sendero.
»Partí tan ligero de equipaje como la ocasión me permitía, llevando sólo algunas galletas, botellas de agua, la brújula y los rifles. Pero aun así nos llevó más de una hora el avanzar a través de las cañas hasta un claro junto a un canal que zigzagueaba entre los cañaverales.
»El aspecto de aquella zona pantanosa era aterrador. Los papiros se elevaban casi dos metros en el aire; sus tallos rectilíneos sostenían en lo alto cúmulos de finas hojas. En los alrededores no había ningún árbol cuya altura sobrepasara a la de las cañas y que nos pudiese servir de referencia; la vegetación de recias varas crecía sobre las mismas aguas por todas partes. Con el paso de los siglos habían creado un grueso piso de vegetación, debajo del cual el agua podía tener hasta tres metros de profundidad. El temblor que sacudía a la base fangosa en que nos asentábamos cada vez que la brisa mecía los tallos de los papiros me hacía tener presente ese hecho. Incluso el canal estaba cubierto por una tupida capa de la venenosa berza de los pantanos, tan amarga que hasta los hipopótamos se negaban a comerla. El calor y los insectos eran igual de molestos que en cualquier otro lugar de África, pero ese pantano tenía además unas miasmas seculares que superaban con creces todo lo que hasta entonces había conocido como molestias en la naturaleza africana. Después de estar aguardando durante una hora, larga y monótona, tuve la impresión de que aquellos pantanos habían permanecido igual desde que Keops hiciese construir su pirámide. Incluso un millón de años antes de eso, la misma ciénaga asentada allí como un cáncer en el corazón de África.
»No disimulaba su malignidad. También en el Nilo, las aguas donde crecen los papiros se cobran sus víctimas, atrapándolas hasta que perecen ahogadas o muertas de hambre... Pero el Nilo era una serpentina de colores comparado con el Kagera.
»Aun así, ni a los porteadores ni a mí nos preocupaba en exceso el pantano en sí. En el interior de la enmarañada trama de vegetación se oían gritos y chasquidos, y era imposible adivinar a qué distancia se hallaba el animal que los producía. Pero por el momento nada había aparecido al alcance de nuestra vista. Los tallos de caña limitaban la visión más allá de donde nos hallábamos; exceptuando el claro que se extendía sobre las aguas del canal, todo lo que nos rodeaba era un enigma para nosotros. La misma sensación que había sentido años atrás cuando perseguía a un búfalo herido por una pradera de alta vegetación me dominó otra vez. A media tarde empecé a arrepentirme de aquella expedición, y tomé la decisión de ocuparme de los asuntos políticos a partir del día siguiente, olvidándome del maldito pantano.
»Uno de los hombres me tocó para atraer mi atención, pero yo ya había oído los ruidos. Habíamos encontrado a nuestro jimpegwe; o él nos había encontrado a nosotros. Algo realmente grande estaba ramoneando cerca del sendero que habíamos abierto por la mañana, haciendo temblar el islote donde nos hallábamos. Sus chapoteos nos llegaban muy cercanos, a sólo unos pocos centenares de metros, y estábamos con el viento en contra. Todavía no me sentía preocupado en exceso; ningún hipopótamo podía acercársenos atravesando las matas de papiros. No importaba cuan irascible pudiera ser el jimpegwe, tenía que aproximarse a través del claro abierto por el canal, donde me sería fácil pegarle un tiro.
»El jimpegwe nos había olido, estaba claro. Se oyeron unos chapoteos nerviosos y por encima de ellos un bramido como nunca antes escuchase. Para mi espanto, me di cuenta de que un animal de cuerpo muy pesado se nos estaba aproximando a través del estrecho margen, apenas un metro, de vegetación entrelazada que llegaba hasta el claro, sin la menor opción de visibilidad para apuntar con posibilidades de éxito. Los hombres y yo mismo constatamos que, fuera lo que fuese un jimpegwe, no se trataba de un hipopótamo.
»El pánico se apoderó de los porteadores e intentaron huir por el sendero abierto aquella mañana. Cegados por el miedo, tropezaron entre la vegetación y acabaron sumergidos en el fango hasta las caderas; se liberaban de él, cubiertos de rojizas sanguijuelas que culebreaban sobre su piel, y de nuevo volvían a hundirse.
»Me mantuve firme, aunque todo lo que podía ver eran los ondulantes tallos meciéndose ante mí, a un palmo de mis narices. Sesenta años no es una buena edad para huir por los pantanos. Y por otro lado, el intenso ruido que producía el jimpegwe al aproximarse me confirmaba que la bestia sería mucho más rápida que yo y me alcanzaría en mi huida.
»Los papiros se abrieron y entre sus penachos alcancé a vislumbrar al jimpegwe: una enorme y ancha cabeza de un verde grisáceo se elevó y un ojo inyectado en sangre se posó sobre mí. Al instante siguiente la bestia retrocedió con una brutal sacudida, que volvió a agitar el barro bajo mis pies. El animal se las había arreglado para encaramarse unos segundos sobre el inestable sendero antes de ser vencido por su propio peso. El vistazo que le había dado sirvió para confirmarme un detalle sobre los jimpegwes: la bestia se había elevado por encima de los papiros; unos dos metros de vegetación no le habían impedido observarme.
»Aunque ya no me quedaba tiempo para salir corriendo, tampoco podía permanecer más a la espera. Mis cañones del ocho estaban preparados; lo habían estado todo el día. Después de acariciar con mis dedos, en la mano izquierda, las dos balas de repuesto, no me quedaba nada más que hacer. Tenía el arma a punto, aguardando que el animal se dejara ver de nuevo lo suficiente como para aventurar un buen tiro. Pero si se le ocurría venir directo hacia mí a través de los tallos, no tendría la menor posibilidad de hacer un buen disparo.
»A la escasa distancia de cinco metros, el jimpegwe mostró de nuevo su cabezota. Apunté al centro de su ancha frente, pero de nuevo la aparición duró sólo un instante. La pétrea corteza de su piel resultaba impenetrable desde ese ángulo. No obstante, pude darme cuenta de que el jimpegwe tenía aspecto de reptil. Su cabeza era similar a la de un varano, salvo en el tamaño, aunque se unía al cuello en un ángulo recto, como si el animal anduviese a dos patas la mayor parte del tiempo.
»Las cañas fueron sacudidas como un bote en una tormenta mientras el jimpegwe cargaba hacia mí en los pocos metros que aún nos separaban. La vegetación nos hacía invisibles el uno para el otro. El grito de espanto de los porteadores fue silenciado por el crujido de la vegetación y el chapoteo violento de la bestia aproximándose. Mi vista estaba fija en las cimbreantes cañas, a la espera de vislumbrar un trozo de cuero verdegrisáceo entre ellas. Tenía miedo de fallar el tiro; pánico de ser despedazado sin luchar. Llegué incluso a pensar en la posibilidad de no dar en el blanco de la enorme masa oscilante y salir volando tras mis hombres.
»Cuando estaba a tres metros, y yo todavía no tenía a la vista su cuerpo, el jimpegwe lanzó un rugido silbante y apareció ante mí. Sus patas delanteras levantadas mostraban un espolón córneo en el lugar que ocuparía el pulgar en una mano humana. Tiré del gatillo derecho cuando la boca de mi arma se hallaba a un palmo de su ojo rojizo y reluciente de ira, y a continuación descargué el cañón izquierdo sobre la arrugada pulpa de su garganta.
»Aunque pude ver cómo su cabeza era despedida hacia atrás por la sacudida de los impactos, abrí el arma y cargué. Curiosamente, recuerdo que mientras la primera vaina cayó con un chasquido metálico entre las cañas, la segunda lo hizo silenciosamente. La ciénaga se había silenciado momentáneamente bajo el estampido de mis disparos. Y luego reverberó su sonoridad como un trueno lejano, mientras el jimpegwe se estremecía fuera de mi vista. Cuando reapareció por mi flanco derecho, vomitando rabia y sangre negruzca, le metí los dos tiros en el cuello. Una de las balas debió de partirle el espinazo, pues el jimpegwe se curvó como un arco y se dejó caer de espaldas sobre las aguas. Sus enormes cuartos traseros se sacudieron en el aire, pero el animal ya había sido abatido.
Randall había permanecido hechizado, de pie junto a la chimenea, durante toda la narración del anciano. Entonces le dijo:
-¡Es maravilloso, tío John! Pero ¿por qué lo has mantenido todo este tiempo en secreto? Han pasado casi quince años.
Los labios del cazador se contrajeron.
-Los científicos tienen sus propias creencias acerca de lo que es real y lo que no lo es cuando se habla de África, muchacho -dijo-. Recuerda cuántas barbaridades tuvo que oír Harry Johnston cuando intentaba hacerles creer la existencia del okapi, una especie de jirafa que había en la selva Ituri y que por entonces se consideraba extinguida. ¿Y qué clase de prueba podía haber traído yo solo, de aquellos pantanos?
Resoplando, sir John se aproximó a un escritorio que había a sus espaldas y, después de mirar entre una pila de papeles que había en una gaveta, alzó un objeto en la mano.
-Mira, ¿sabes qué es esto?
Randall tomó el objeto con precaución. Era un cuerno negro de unos treinta centímetros de largo. Tenía adheridos a su base colgajos secos de una carne que pudo ser de un reptil.
-¡El espolón! -exclamó el muchacho-. ¡Se lo cortaste al jimpegwe!
-Que quede entre nosotros, muchacho, pero sí, eso es lo que hice -dijo el anciano-. Sin embargo, cuando se lo mostré a un tipo muy culto de Cambridge, todo lo que aceptó fue que podía tratarse de un cuerno malformado de antílope; y es a él a quien creerían, ¿sabes?
No obstante, a pesar de la amargura de su voz, el rostro del cazador mostraba esa expresión que caracteriza a los hombres que se han realizado en la vida.

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