Cuarenta años de sol africano reluciendo sobre los cañones de la
escopeta de sir John Holbom habían decolorado sus ojos de tal manera que,
incluso mucho tiempo después de haberse retirado de la caza, tomaban el áspero
tono gris de las balas de plomo cuando la conversación lo sacaba de sus
casillas. Pero el frío de sus ojos se suavizó cuando, apartando la vista del
rifle que había estado sosteniendo entre sus manos, la posó sobre la figura de
su sobrino nieto.
-¡Adelante! -exclamó perentorio sir John-. ¡Tómalo! Yo no era mucho
mayor que tú cuando cobré mi primer elefante.
Randall tomó cautelosamente el rifle de dos cañones, sacándolo de sus
soportes en la pared y, sosteniéndolo, exclamó a su vez:
-¡Es enorme!
Su tono de voz mostraba el alcance de su asombro.
Holbom rió entre dientes, tomando él mismo el arma.
-Tiene que ser grande, chico, si no el retroceso del rifle te rompería
el hombro.
Mientras sus pensamientos retrocedían al pasado, el viejo cazador deslizó
su mirada por la sala de trofeos. En la pared más lejana, una enorme cabeza de
elefante elevaba su trompa como si estuviese bramando enfurecido ante el
cazador. Holborn se acercó a ella y con aire ausente pero con decisión
introdujo la boca del arma en la del animal, allí donde un tiro alcanzaría
directamente el cerebro de la pieza. Riendo de nuevo, se volvió hacia el
muchacho, abriendo el doble cañón del rifle.
-Mira, chico -dijo-, es un agujero del ocho. Una bala redonda de plomo
para este cañón debe de pesar unos sesenta gramos. Y las balas cilíndricas que
yo solía usar eran bastante más pesadas. No se puede usar un rifle pequeño con
tamaña potencia.
-Pues mi padre caza elefantes -dijo Randall, dubitativo-, y su rifle no
es tan grande como éste.
-Sí, ya, tu padre dice que no hay ningún motivo para usar estos viejos
cañones desde que en mil ochocientos noventa se empezó a usar la nueva pólvora
nitrogenada -aceptó Holborn-. De acuerdo, quizá paso de moda hace unos quince
años; pero si tuviese que ir de nuevo a África, éste es el rifle que llevaría
conmigo. Puede que tu padre tenga razón al decir que su carabina calibre 450
acabaría con cualquier bicho del continente. Sin embargo, yo me pregunto si
sería capaz de parar cualquier cosa, ésa es la auténtica cuestión. Tu latín
está más fresco que el mío. ¿Recuerdas aquel dicho acerca de África...?
-«Siempre algo nuevo allá en África» -recordó el muchacho, traduciendo
las palabras de Plinio para el anciano.
-¡Exacto! -exclamó Holborn-. Y también es cierto que quien caza en
África no debe creer nunca que ya lo sabe todo acerca de ella. África acaba
matando a quien lo olvida.
-¿Por qué dejaste de cazar, tío John? -preguntó Randall con curiosidad,
contemplando maravillado los trofeos conseguidos en los cinco continentes, y
que pendían de las paredes a su alrededor.
-Hum -gruñó el viejo cazador, sosteniendo con naturalidad el rifle
abierto en el ángulo de su brazo izquierdo-. A algunos cazadores se les
presenta una vez en la vida la oportunidad de abatir una pieza única; después
de esa oportunidad, da lo mismo si se cobra la pieza o si ésta se escapa.
Gordon-Cummings tuvo la suya cuando abatió aquel rinoceronte cuyo cuerno medía
un metro y medio desde la base hasta la afilada punta. Meyerling falló un tiro
fácil a un elefante que, según juraba, llevaba en sus colmillos un cuarto de
tonelada de marfil. Una vez que has tenido la oportunidad de ese tiro, fallido
o no, la llama de la pasión por la caza se extingue, y ya nunca vuelve a ser lo
mismo. Yo la tuve; tuve esa oportunidad...
Randall notó cómo los pensamientos de su tío se remontaban al pasado.
-Cuéntamelo, tío John -le rogó.
-Quizá debería hacerlo, muchacho -le respondió Holbom-. No creo que me
queden muchos años más de vida, y no vale la pena seguir conservando esa
historia en secreto. Mi última cacería fue en el río Kagara, al noroeste del
lago Victoria. Aquella región es una inmensa ciénaga poblada de papiros.
-Pero ¿qué podías estar haciendo en una zona como ésa? -preguntó el
chico, intrigado.
-Cazar hipopótamos, muchacho -le respondió Holbom con una sonrisa-.
Hipopótamos un tanto politizados, no obstante. Era el año mil ochocientos
noventa y dos, ¿sabes?, y..., bueno, es una historia muy vieja, y no creo que
pueda importarle ya a nadie. Por aquel entonces nuestras relaciones con el
Kaiser eran bastante satisfactorias, y dado que en Londres y Berlín se
pensaba..., ciertas personalidades así lo creían, que el rey Leopoldo no se
estaba mostrando como una persona capacitada para controlar el Congo,
Inglaterra y Alemania creyeron conveniente tomar cartas en el asunto. De las
conversaciones que se mantuvieron sobre dicho tema no se sacó nada en claro,
por supuesto, pero las negociaciones llegaron a un punto en que el Foreign
Office pensó que lo mejor sería destinar un observador a la zona. Se pusieron
en contacto conmigo, puesto que sabían con certeza que nadie pondría reparos al
hecho de que sir John Holborn regresara a las sabanas. Y allí me fui, al este
de la zona alemana de África, donde convergían las fronteras del Congo y
Uganda.
»El río estaba lleno de hipopótamos. Y aunque no tuviese intención de
cazarlos, debía cubrir las apariencias que me presentaban, exclusivamente, como
cazador en la zona. La situación era difícil; ninguno de los hombres de las
aldeas de los alrededores tenía ni la más mínima intención de acompañarme de
cacería por los pantanos. Decían que le tenían miedo a los jimpegwes que
allí viven.
»Nunca antes había oído ese nombre, pero por la descripción que daban
los nativos, debía de ser un animal muy grande. Y por otro lado, en los
pantanos sólo vivían dos animales de gran tamaño: los jorobados y rápidos
antílopes, capaces de moverse por los márgenes de las aguas con sus anchas
pezuñas; y los hipopótamos que ramonean los tallos tiernos de las cañas,
manteniendo senderos abiertos entre la vegetación. Cuando los nativos me
dijeron que el jimpegwe era un animal de gran tamaño que comía cañas y se
caracterizaba por un comportamiento muy agresivo, tenían que estar refiriéndose
a alguna especie de hipopótamo.
»Alguna especie, ahí estaba la clave. Todos los nativos estaban de
acuerdo en que el jimpegwe era más grande que el imkoko, que es como
ellos denominan al hipopótamo. De hecho, me comentaron que llegaba a matar a
los hipopótamos que merodeaban por sus territorios. Cuando supe lo grande y
terrible que era el jimpegwe, empecé a acariciar la idea de sorprender al mundo
con una raza de hipopótamo mucho más grande que la conocida; igual que el
rinoceronte blanco es más grande que el negro. Estaría situado cerca de los
elefantes, dado su tamaño. Tras escuchar todas esas historias durante días,
mientras buscaba guías y porteadores, me fui haciendo a la idea de lo que
representaría introducirme en los pantanos acarreando mi propio equipo.
»Lo cual no estaba muy lejos de lo que iba a suceder al día siguiente.
Los nativos de la zona me acompañaron muy solícitamente hasta el extremo de los
pantanos, pero una vez allí, nada de lo que les ofrecí consiguió que aceptasen
dar un paso más allá. No podía censurarlos abiertamente. Ellos no tenían
ninguna razón para confiar en mi cañón del ocho, y los hipopótamos pueden ser,
en efecto, muy peligrosos. Yo había visto en una ocasión a un aborigen partido
en dos por uno de ellos que el nativo había alanceado. El hipopótamo esparció
por el terreno los restos del pobre cazador; su carne no entraba en la dieta
del animal.
»En definitiva, sólo los tres hombres que habían venido conmigo desde la
costa me acompañaron; me eran imprescindibles para abrir un sendero.
»Partí tan ligero de equipaje como la ocasión me permitía, llevando sólo
algunas galletas, botellas de agua, la brújula y los rifles. Pero aun así nos
llevó más de una hora el avanzar a través de las cañas hasta un claro junto a
un canal que zigzagueaba entre los cañaverales.
»El aspecto de aquella zona pantanosa era aterrador. Los papiros se
elevaban casi dos metros en el aire; sus tallos rectilíneos sostenían en lo
alto cúmulos de finas hojas. En los alrededores no había ningún árbol cuya
altura sobrepasara a la de las cañas y que nos pudiese servir de referencia; la
vegetación de recias varas crecía sobre las mismas aguas por todas partes. Con
el paso de los siglos habían creado un grueso piso de vegetación, debajo del
cual el agua podía tener hasta tres metros de profundidad. El temblor que
sacudía a la base fangosa en que nos asentábamos cada vez que la brisa mecía
los tallos de los papiros me hacía tener presente ese hecho. Incluso el canal
estaba cubierto por una tupida capa de la venenosa berza de los pantanos, tan
amarga que hasta los hipopótamos se negaban a comerla. El calor y los insectos
eran igual de molestos que en cualquier otro lugar de África, pero ese pantano
tenía además unas miasmas seculares que superaban con creces todo lo que hasta
entonces había conocido como molestias en la naturaleza africana. Después de
estar aguardando durante una hora, larga y monótona, tuve la impresión de que
aquellos pantanos habían permanecido igual desde que Keops hiciese construir su
pirámide. Incluso un millón de años antes de eso, la misma ciénaga asentada
allí como un cáncer en el corazón de África.
»No disimulaba su malignidad. También en el Nilo, las aguas donde crecen
los papiros se cobran sus víctimas, atrapándolas hasta que perecen ahogadas o
muertas de hambre... Pero el Nilo era una serpentina de colores comparado con
el Kagera.
»Aun así, ni a los porteadores ni a mí nos preocupaba en exceso el
pantano en sí. En el interior de la enmarañada trama de vegetación se oían
gritos y chasquidos, y era imposible adivinar a qué distancia se hallaba el
animal que los producía. Pero por el momento nada había aparecido al alcance de
nuestra vista. Los tallos de caña limitaban la visión más allá de donde nos
hallábamos; exceptuando el claro que se extendía sobre las aguas del canal, todo
lo que nos rodeaba era un enigma para nosotros. La misma sensación que había
sentido años atrás cuando perseguía a un búfalo herido por una pradera de alta
vegetación me dominó otra vez. A media tarde empecé a arrepentirme de aquella
expedición, y tomé la decisión de ocuparme de los asuntos políticos a partir
del día siguiente, olvidándome del maldito pantano.
»Uno de los hombres me tocó para atraer mi atención, pero yo ya había
oído los ruidos. Habíamos encontrado a nuestro jimpegwe; o él nos había encontrado
a nosotros. Algo realmente grande estaba ramoneando cerca del sendero que
habíamos abierto por la mañana, haciendo temblar el islote donde nos
hallábamos. Sus chapoteos nos llegaban muy cercanos, a sólo unos pocos
centenares de metros, y estábamos con el viento en contra. Todavía no me sentía
preocupado en exceso; ningún hipopótamo podía acercársenos atravesando las
matas de papiros. No importaba cuan irascible pudiera ser el jimpegwe, tenía
que aproximarse a través del claro abierto por el canal, donde me sería fácil
pegarle un tiro.
»El jimpegwe nos había olido, estaba claro. Se oyeron unos chapoteos
nerviosos y por encima de ellos un bramido como nunca antes escuchase. Para mi
espanto, me di cuenta de que un animal de cuerpo muy pesado se nos estaba
aproximando a través del estrecho margen, apenas un metro, de vegetación
entrelazada que llegaba hasta el claro, sin la menor opción de visibilidad para
apuntar con posibilidades de éxito. Los hombres y yo mismo constatamos que,
fuera lo que fuese un jimpegwe, no se trataba de un hipopótamo.
»El pánico se apoderó de los porteadores e intentaron huir por el
sendero abierto aquella mañana. Cegados por el miedo, tropezaron entre la
vegetación y acabaron sumergidos en el fango hasta las caderas; se liberaban de
él, cubiertos de rojizas sanguijuelas que culebreaban sobre su piel, y de nuevo
volvían a hundirse.
»Me mantuve firme, aunque todo lo que podía ver eran los ondulantes
tallos meciéndose ante mí, a un palmo de mis narices. Sesenta años no es una
buena edad para huir por los pantanos. Y por otro lado, el intenso ruido que
producía el jimpegwe al aproximarse me confirmaba que la bestia sería mucho más
rápida que yo y me alcanzaría en mi huida.
»Los papiros se abrieron y entre sus penachos alcancé a vislumbrar al
jimpegwe: una enorme y ancha cabeza de un verde grisáceo se elevó y un ojo
inyectado en sangre se posó sobre mí. Al instante siguiente la bestia
retrocedió con una brutal sacudida, que volvió a agitar el barro bajo mis pies.
El animal se las había arreglado para encaramarse unos segundos sobre el
inestable sendero antes de ser vencido por su propio peso. El vistazo que le
había dado sirvió para confirmarme un detalle sobre los jimpegwes: la bestia se
había elevado por encima de los papiros; unos dos metros de vegetación no le
habían impedido observarme.
»Aunque ya no me quedaba tiempo para salir corriendo, tampoco podía
permanecer más a la espera. Mis cañones del ocho estaban preparados; lo habían
estado todo el día. Después de acariciar con mis dedos, en la mano izquierda,
las dos balas de repuesto, no me quedaba nada más que hacer. Tenía el arma a
punto, aguardando que el animal se dejara ver de nuevo lo suficiente como para
aventurar un buen tiro. Pero si se le ocurría venir directo hacia mí a través
de los tallos, no tendría la menor posibilidad de hacer un buen disparo.
»A la escasa distancia de cinco metros, el jimpegwe mostró de nuevo su
cabezota. Apunté al centro de su ancha frente, pero de nuevo la aparición duró
sólo un instante. La pétrea corteza de su piel resultaba impenetrable desde ese
ángulo. No obstante, pude darme cuenta de que el jimpegwe tenía aspecto de
reptil. Su cabeza era similar a la de un varano, salvo en el tamaño, aunque se
unía al cuello en un ángulo recto, como si el animal anduviese a dos patas la
mayor parte del tiempo.
»Las cañas fueron sacudidas como un bote en una tormenta mientras el
jimpegwe cargaba hacia mí en los pocos metros que aún nos separaban. La
vegetación nos hacía invisibles el uno para el otro. El grito de espanto de los
porteadores fue silenciado por el crujido de la vegetación y el chapoteo
violento de la bestia aproximándose. Mi vista estaba fija en las cimbreantes
cañas, a la espera de vislumbrar un trozo de cuero verdegrisáceo entre ellas.
Tenía miedo de fallar el tiro; pánico de ser despedazado sin luchar. Llegué
incluso a pensar en la posibilidad de no dar en el blanco de la enorme masa
oscilante y salir volando tras mis hombres.
»Cuando estaba a tres metros, y yo todavía no tenía a la vista su
cuerpo, el jimpegwe lanzó un rugido silbante y apareció ante mí. Sus patas
delanteras levantadas mostraban un espolón córneo en el lugar que ocuparía el
pulgar en una mano humana. Tiré del gatillo derecho cuando la boca de mi arma
se hallaba a un palmo de su ojo rojizo y reluciente de ira, y a continuación
descargué el cañón izquierdo sobre la arrugada pulpa de su garganta.
»Aunque pude ver cómo su cabeza era despedida hacia atrás por la
sacudida de los impactos, abrí el arma y cargué. Curiosamente, recuerdo que mientras
la primera vaina cayó con un chasquido metálico entre las cañas, la segunda lo
hizo silenciosamente. La ciénaga se había silenciado momentáneamente bajo el
estampido de mis disparos. Y luego reverberó su sonoridad como un trueno
lejano, mientras el jimpegwe se estremecía fuera de mi vista. Cuando reapareció
por mi flanco derecho, vomitando rabia y sangre negruzca, le metí los dos tiros
en el cuello. Una de las balas debió de partirle el espinazo, pues el jimpegwe
se curvó como un arco y se dejó caer de espaldas sobre las aguas. Sus enormes
cuartos traseros se sacudieron en el aire, pero el animal ya había sido
abatido.
Randall había permanecido hechizado, de pie junto a la chimenea, durante
toda la narración del anciano. Entonces le dijo:
-¡Es maravilloso, tío John! Pero ¿por qué lo has mantenido todo este
tiempo en secreto? Han pasado casi quince años.
Los labios del cazador se contrajeron.
-Los científicos tienen sus propias creencias acerca de lo que es real y
lo que no lo es cuando se habla de África, muchacho -dijo-. Recuerda cuántas
barbaridades tuvo que oír Harry Johnston cuando intentaba hacerles creer la
existencia del okapi, una especie de jirafa que había en la selva Ituri y que
por entonces se consideraba extinguida. ¿Y qué clase de prueba podía haber
traído yo solo, de aquellos pantanos?
Resoplando, sir John se aproximó a un escritorio que había a sus
espaldas y, después de mirar entre una pila de papeles que había en una gaveta,
alzó un objeto en la mano.
-Mira, ¿sabes qué es esto?
Randall tomó el objeto con precaución. Era un cuerno negro de unos
treinta centímetros de largo. Tenía adheridos a su base colgajos secos de una
carne que pudo ser de un reptil.
-¡El espolón! -exclamó el muchacho-. ¡Se lo cortaste al jimpegwe!
-Que quede entre nosotros, muchacho, pero sí, eso es lo que hice -dijo
el anciano-. Sin embargo, cuando se lo mostré a un tipo muy culto de Cambridge,
todo lo que aceptó fue que podía tratarse de un cuerno malformado de antílope;
y es a él a quien creerían, ¿sabes?
No obstante, a pesar de la amargura de su voz, el rostro del cazador
mostraba esa expresión que caracteriza a los hombres que se han realizado en la
vida.
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