La carreta iba bordeando el flanco rojizo del cerro de
"Las Minas" cubierto a retazos de frondosos macales y
pequeños grupos de hualles, que
llegaban hasta la cerca misma del camino, en cuyo lado opuesto se abría una
amplia hondonada montuosa, desde donde los pájaros, ocultos entre el boscaje,
dejaban oír la dulce armonía de sus cantos, saludando cada cual, a su manera,
la gloria del amanecer.
Brillaba un sol espléndido, que hacía poco había
asomado su disco de fuego, descolorando los macizos de rubíes que en los picos
de la cordillera prendían su hoguera inmensa.
Juan iba con la garrocha en la mano, sentado en el
borde delantero de la carreta, con las piernas colgantes a ambos lados del
pértigo. A su espalda, la Tomasa se acurrucaba junto a las barandillas,
envuelta en su manto verdoso, su falda obscura y tocada con una enorme chupalla que
ocultaba su cara casi por completo. Sólo en el mentón rugoso, que se perdía en
el curso de su boca desdentada, el sol ponía el reflejo dorado de su luz,
dándole un color amarillento.
Habló el viejo con voz cascada:
—Tan espiaos los bueyes tuavía.
La vieja, a su vez, abrió la boca, y luego replicó:
—Pobres güeicitos,
quedaron tan mal aveníos con la "pizota".
Si les dio tan bien juerte... El
Pájaro jue el más aporriao.
Juan Mardones asiente a lo que su mujer dice, mientras
estira el brazo, poniendo el extremo de la picana sobre el yugo y hablando a
los bueyes, que han empezado a bajar al trote una de las numerosas cuestas del
camino.
—Te, te, tezaaa... ¡Pájaro, Venao, chiiist...!
La carreta ha llegado al plan. Va cruzando ahora el
potrero de "Las Minas", nombre que toma del cerro. Es noviembre: a
ambos lados del camino, los trigales extienden su manto de esmeralda que riza
suavemente el viento del amanecer. Van tomando ya las sementeras un ligero
tinte amarillo, anunciador de su próxima madurez. Dentro de poco las máquinas
segadoras las cruzarán como bestias malignas para rebanarlas entre el áspero
rumor de su ferretería e ir dejando el campo sembrado de gavillas, como si una
bandada de enormes pájaros de doradas alas se hubiera posado sobre él. Las
espigas del cerro serán más felices que éstas: ellas oirán el canto de las
segadoras y la risa de las mozas que amarran las gavillas formándolas en el
molde tibio de sus brazas. Más de un beso dejará oír su chasquido, cuando la
hoz las doble en su caricia blanda y cruel, para cortarlas suavemente a esa
hora del crepúsculo, en que la voz melancólica de las esquilas hace temblar su
Angelus de paz entre la fronda de los montes aromados.
Los viejos van extasiados contemplando el trigal.
—Güena cosecha va a tener el patrón este año. A los
ricos mientras más tienen, más les da Dios dice Mardones.
—Así son no más contesta la Tomasa— y al pebre tanto
que le cuesta pa ganarse la vía.
Mardones refunfuña algo y apura los bueyes, mientras
su mujer exclama:
En efecto, el sol ha salido ardiendo. Un espeso y
dorado tierral envuelve a la carreta, que sigue rodando lentamente por el
camino inundado de su luz y de todos los perfumes del campo que ofrece la
mañana.
—¡Güenos días, on Caamaño!
—¡Güenos, on Mardones!
—¡Qué era de su vida, oña Tomasa!
—¡Viviendo pa no morirlos, pue, oña Trini!
Es en la entrada del pueblo, donde Juan Mardones ha
detenido su carreta frente a la vinería de Abdón Caamaño, del cual es gran
amigo.
Después de las preguntas de rigor, la Tomasa con la
mujer de Caamaño se dedican a bajar de la carreta todo lo que traen. Pollos,
pavos y patos vienen revueltos aleteando y cloqueando estrepitosamente. Un
gallo trintre
castellano que ha logrado desasirse de sus amarras, vuela sobre el mostrador a
donde derriba algunas botellas y un enorme vaso, al tratar de huir cacareando
desaforado, en el momento que la Trini intenta cogerlo.
—¡Gallo del diablo —grita Caamaño—, me quebró el
"potrillo"
más lindo que tenía!
Mardones, en tanto se ocupa de bajar un gran barril
que viene en la carreta, tapado con sacos, junto con una damajuana.
Ambas vasijas son para llevar los "útiles" que faltan en el negocio.
Caamaño pregunta:
—¿Del tinto va a llevar?
—Sí, pero me va a dar del más grueso que tengan,
porque ese filtrao que llevé "cuantuá"
no aguanta mezcla... Y hay que ponerle un poquito más pa que haga la cuenta. En
la mamajuana voy a llevar dos cántaros de aguardiente, d'ese más juertoncito
p'al chuflay.
Llenando las vasijas. comiendo causeos,
haciendo paquetes con las compras que la Tomasa ha hecho en los negocios del
centro del pueblo, ha llegado la hora del almuerzo, que es regado
abundantemente. Las dos mujeres no tienen nada que envidiar a sus maridos en el
arte de empinar el codo. Al negocio han ido entrando algunos obreros que
trabajan en "La Obra": una fábrica de tejas y ladrillos situada
enfrente. Piden pan con ají y un litro de vino por cabeza; este es su almuerzo.
Algunos jinetes campesinos que vienen llegando a la ciudad. pasan a la vinería
a echar la primera "remojada al guargüero".
Juan Mardones ya ha empezado a romancear una tonadilla compuesta por él, única
que sabe y que canta cuando está borracho, para hacer rabiar a su mujer:
La vidá si yo enviudara
otro sería el gallo,
la vidá, que me cantara...
otro sería el gallo,
la vidá, que me cantara...
Y después de alargarla con algunas variantes, a manera
de estribillo:
Vieja mañosa,
muérete di una vez
no siay cargosa...
muérete di una vez
no siay cargosa...
La Tomasa lo mira riendo, con los ojos encandilados y
la faz enrojecida por el alcohol. Dirigiéndose a la dueña de casa, le dice:
—¡Aguaite, oña Trini, el viejo fresco! ¡Quién le irá a
hacer caso! Será por lo nuevo y boñicho qu'es.
—Viejo, pero apellinao
—apunta Caamaño, celebrando con el aludido la frase, mientras ellas casi a una
voz exclaman:
—¡Miren qué yunta se juntó! ¡Apenas se pueden la
carreta y ya quieren correr con ella!
La tarde se ha deslizado sin sentir. Como son buenos
clientes y viejos conocidos, los Caamaño los atienden bien. Han hablado de todo.
De la trilla donde el "compaire Fidel"; de la bestia mulata que se le
fatalizó a don Inostroza; del tiempo que va tan malo para las chacras; de los
patrones. ¡Ah! Este es el tema más socorrido, pues han hablado largamente de
ellos, exaltando las bondades de algunos y las mezquindades de otros. Y llegan
siempre a esta conclusión: "El rico no es na sin el pobre, y tan horcao qu'es
con él".
Sin que lo noten, las sombras del crepúsculo han ido
invadiendo la estancia donde conversan. Pero de pronto, al darse cuenta que la
noche se avecina, se inquietan deseando marcharse.
—El camino es largo —dicen.
—¡Pst! La noche les corre pa andar —contesta la Trini
—Pero no conviene, anda mucha gente mala ahora
—replica medrosa la campesina.
Y mientras Juan, a trastabillones, pone los bueyes al
pértigo, la Tomasa envuelve su dinero en el pañuelo, y lo guarda, levantándose
la pollera, en un bolsillo que tiene en el refajo. Después, acercándose a la
Trini, le dice en secreto:
—Présteme, por un servicio, la mamajuanita chica pa
llevar un traguito, mire que puel camino da mucha sé.
La obscuridad se ha extendido por completo sobre los
campos, dormidos en un sueño de silencio y de paz que sólo turba la carreta de
Juan Mardones con su chirrido desapacible que va rasgando el denso velo de la
noche. Inerte van los viejos sobre ella, pues el licor ha hecho presa de sus
cuerpos sumiéndolos en un sueño pesado y profundo, cual si un poderoso
narcótico obrara sobre ellos.
Pero no hay cuidado de extraviarse. Los bueyes van con
sus trancos lentos rumiando su melancolía a través de la obscuridad, llevando
las testas inclinadas como si fueran listos para embestir a un enemigo que se
ocultara en las sombras. La noche, aun cuando arriba parpadean algunas
estrellas, es intensamente obscura, dando formas terroríficas a todas las
cosas. Los ranchos, que aparecen de vez en cuando a lo largo del camino, se
asemejan a bestias enormes que durmieran agazapadas entre los árboles,
agrupados a su alrededor como centinelas avizorando un peligro que asomara allá
en el fondo del horizonte.
De algunas viviendas salen los perros jadeando un
ladrido silencioso, como el ulular del viento cuando en las tardes de invierno
gime desconsolado su canción de tristeza entre las ramas desnudas de los álamos
y bajo el enorme desamparo de los cielos grises. Así, los perros llegan como
seres misteriosos en que rodara el viento de lo desconocido, hasta que, de
súbito sueltan junto a la carreta la estridencia de sus ladridos haciendo huir
el silencio al fondo de los potreros, donde las reses duermen su dulce modorra,
en medio de los pastizales olorosos, soñando, tal vez, en claros esteros y
profundos montes que van cruzando entre el crujir del quilantar y el
penetrante perfume de los olivillos.
De cuando en cuando, alguna casita muestra su luz
humilde a través del ventanuco abierto sobre la estancia, en cuyo interior la
llama humeante del chonchón
pinta cendales negros sobre las paredes enlucidas de cal. Otras veces la barba
enmarañada de algún viejo pone sus telarañas obscuras, junto a su silueta que
se recorta en el fondo de la estancia; con no sé qué de misterioso, evoca a
esos brujos que habitan los bosques encantados de los cuentos de Perrault.
De repente un pájaro, que vuela suavemente, ha pasado
junto al barandal de la carreta y ha lanzado un grito lúgubre y escalofriante.
—¡Tué, tué, tué!...
Y este grito tiene tanto poder, es tan intensa su
metálica y fría vibración, que hace despertar a Juan Mardones de su profunda
modorra, exclamando:
—¡Ave María Purísima! ¡Chonchón
dañino, pasa tu camino! ¿Oyiste, Tomasa'?
Un ronquido que hace como un recoveco en el pecho,
para terminar en un suspiro, es la contestación de la Tomasa, en tanto el
hombre hace la señal de la cruz para ahuyentar al Malo, mascullando entre
dientes:
—Vieja bruta, no má, le pone too el tiraje y se cura
como una burra.
Después siente la lengua seca, pegada al paladar, y en
la garganta el cosquilleo de la sed. Busca a tientas la damajuana chica, pero
no la encuentra, hasta que, por fin, la halla junto a la Tomasa. que la tiene
pescada ferozmente del asa. Trabajo le cuesta quitársela, y luego se siente el
glu—glú de su garganta en un trago interminable, que, por fin, concluye en un
"¡Ah...!" de satisfacción y de descanso. Siente que el sueño ha huido
de sus párpados y tiene deseos de andar. Lo hace poniéndose por delante de los
bueyes, llevando la picana al hombro. Camina silbando con ese silbido breve y
peculiar del hombre rústico y primitivo, que no imita la armonía de la música
sino el grito de algunos pájaros. A ratos intenta entonar una cueca, y lo hace
a retazos inconexos.
Van bajando la larguísima cuesta de Chufquén, y los
bueyes se afirman acortando los trancos y recogiéndose sobre sus patas
traseras. La Tomasa, apoyada en las barandillas, sentada encima del cabezal
delantero, sigue durmiendo acurrucada. De pronto, una de las ruedas se ha
montado sobre una gran piedra, que hace inclinarse a la carreta sobre un
costado, para irse en sentido contrario en fuerte barquinazo. La Tomasa se ha
ido sobre el pértirgo, para de ahí caer en una voltereta trágica sobre el
camino, a donde es una segunda piedra que encuentra la rueda, que le pasa por
el cuerpo, haciendo un ruido raro como el de algo que se troncha o se tritura.
Es el cuello de la infeliz que ha sido aplastado por su carreta y que queda
durmiendo su sueño sin fin sobre el sendero, sobre esa tierra donde nació y
vivió, donde supo del dolor y la alegría, y que ahora la recoge como algo
propio a su seno. El viejo, que ha vuelto a su estado de semiembriaguez, con el
trago que acaba de tomar, va ahora cantando a media voz su tonadilla:
La vidá si yo enviudara
otro sería el gallo,
la vidá, que me cantara...
otro sería el gallo,
la vidá, que me cantara...
Y la carreta de Juan Mardones sigue rodando a través
de la noche, con su chirrido desapacible, mientras los bueyes, como buenos
filósofos, siguen rumiando su melancolía a través de los campos dormidos.
Arriba las estrellas parpadean indiferentes a todas las visiones del mundo...
hualle =
Pellín (Fagus obliqua). Árbol muy alto y frondoso, con cáscara pardusca
y hojas delgadas, alternas, oblicuas y dentadas, de una o dos pulgadas de
largo, siempre verdes. Las flores masculinas son solitarias y las femeninas
poseen cúpula aislada y pedunculada compuesta de tres flores; el fruto tiene la
forma de cápsula que se abre como un pericarpio. Crece en lugares húmedos,
desde Curicó al sur.
chupalla =
Sombrero tosco de paja con alas anchas y extendidas, hecho genuinamente con chupalla
(= planta silvestre, Puya pyramidata.).
potrillo =
Vaso grande de cristal, a veces hasta de dos litros, que se usa para beber
licores, especialmente vino y chicha. (DECH)
damajuana = Vasija
de vidrio de cuello angosto y más largo que el del chuico, boca
estrecha, cuerpo barrigudo, regularmente forrado en mimbre, con capacidad para
5, 10 o más litros. (DECH)
causeo =
Comida generalmente fiambre que se sirve a deshora, preparada por lo común con
carne fría, preferentemente menudencias, acompañada de cebollas y tomates
picados y condimentos. Se puede adobar con queso, aceitunas y papas cocidas y
la carne puede ser reemplazada por cecinas o pescado.
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