¿Conocéis
acaso La Piroche ?
No. Ni yo
tampoco. Así es que no temáis que abuse de mi ciencia para haceros una
descripción, y sobre todo porque —dicho sea entre nosotros— las descripciones
son muy aburridas. Esto a menos que no se trate de las selvas vírgenes de
América como en Cooper, o del Missisipí como en Chateaubriand, es decir, de
países que no están al alcance de la mano, y para los cuales la imaginación
necesita la ayuda de los viajeros poetas que los han visitado a fin de poder
representárselos mejor en todo su detalle. En general, las descripciones no
sirven de gran cosa sino es para que el lector se las salte. Aunque la
literatura tenga la triple ventaja sobre la pintura, la escultura y la música
de poder hacer por sí sola un cuadro con un epíteto, una estatua con una frase,
una melodía con una página, no está bien que abuse de este privilegio y hay que
dejar a las artes especiales el derecho de su especialidad. Confieso, pues, por
mi parte y, salvo mejor opinión, que, cuando me encuentro en el caso de tener
que describir un país que todo el mundo puede haber visto o que todo el mundo
puede ver, sea porque esté próximo, sea porque no difiera gran cosa del
nuestro, prefiero dejar al lector el placer de recordarlo, si lo ha visto, o de
figurárselo si no lo conoce todavía. Al lector le gusta que se le deje su parte
creadora en la obra que está leyendo; esto le halaga y le lleva a creer que
también podría hacer el resto. Adular a los lectores presenta también sus
ventajas. Además todo el mundo sabe lo que es el mar, una llanura, un bosque,
una puesta de sol, un efecto de luna, una tormenta. ¿Para qué ponerse pesado
con estas cosas? Vale más trazar el paisaje de una sola pincelada como Rubens o
Delacroix, dicho sea sin ánimo de establecer comparaciones, y guardar el valor
de nuestra paleta para los personajes a los que queremos dar vida. Por más que
emborronemos páginas enteras con descripciones, jamás daremos al lector una
impresión igual a la que experimenta el más ingenuo burgués que se pasea un bello
día de abril por el bosque de Vincennes, o la más ignorante muchacha que, en
junio, atraviesa a las once de la noche y del brazo de su novio, las avenidas
sombrías del bosque de Romainville o del parque de Enghien.
Todos
tenemos en el espíritu y en el corazón una galería de paisajes hechos de
nuestros recuerdos, que pueden servir de fondo a todas las historias del mundo.
Basta decir una palabra: día o noche, invierno o primavera, tempestad o calma,
espesura o descampado, para que en seguida podamos evocar el paisaje más
completo.
Sólo he
de decir, por lo tanto, que en el momento en que comienza la historia que voy a
referiros luce el sol en mediodía, que estamos en mayo, que el camino por el
cual vamos a entrar está bordeado a la derecha por unos setos vivos y a la
izquierda por el mar; esto os basta para saber lo que no os digo, es decir, que
los setos son verdes, que el mar murmura, que el cielo está azul, que el sol
aprieta y que la carretera está llena de polvo.
Sólo
tendré que añadir que esta carretera se desliza a lo largo de la costa normanda
y que va desde La Poterie
a La Piroche ,
que La Piroche
es una aldea que no conozco, pero que debe ser como todas las demás, que la
acción se desarrolla en pleno siglo XV, justamente en 1448, y que dos hombres
uno de mas edad que otro, el uno padre del otro, campesinos ambos, siguen esta carretera
montados en sendos jamelgos que van trotando a un paso bastante aceptable
teniendo en cuenta que se trata de jamelgos que llevan encima a campesinos.
—¿Llegaremos
a tiempo? —preguntaba el hijo.
—Sí
—respondía el padre—, no es hasta las dos y por la posición del sol, podemos
deducir que son ahora las doce y cuarto.
—Es que
tengo curiosidad por verlo.
—Sí que
lo creo.
—¿De modo
que lo ahorcarán con la armadura que ha robado?
—Sí.
—¿Y cómo
diablo puede uno tener la idea de robar una armadura?
—Lo
difícil de tener no es la idea.
—Es la
armadura —atajó el hijo, que quería participar por mitad en el chiste de su
padre.
—¿Y era
una buena armadura?
—Dicen
que magnífica, toda repujada de oro.
—¿Entonces
lo han cogido cuando se la llevaba?
—Sí.
Puedes comprender que la armadura no se dejaba robar sin armar un estrépito de
mil demonios, no quería abandonar a su verdadero amo.
—Y además
que era de acero.
—El ruido
que producía despertó a la gente del castillo.
—Y
echaron mano al ladrón.
—No así
como así. Primero han comenzado por sentir miedo.
—Naturalmente,
las gentes robadas siempre empiezan por tener miedo cuando están en presencia
de los ladrones, sin lo cual no le quedaría ninguna ventaja al ladrón.
—Ni
experimentaría ninguna emoción la víctima. Pero esas buenas gentes no creían
habérselas con un ladrón.
—¿Pues
entonces con quién?
—Con un
fantasma. Este desdichado es un hombre muy fuerte y llevaba la armadura
agarrada por delante de su cuerpo, manteniendo la cintura de la misma a la
altura de la cabeza. De ese modo, cuando avanzaba por el pasillo, parecía un
gigante. Une a eso un ruido sordo que el granuja iba haciendo detrás del
armatoste y podrás figurarte el espanto de los criados. Desgraciadamente para
el ladrón la servidumbre se fue a
despertar al señor de La
Piroche que no tiene miedo ni a vivos ni a muertos y que él
solo ha detenido sencillamente al randa y lo ha entregado, atado de pies y
manos, a su propia justicia.
—Y su propia
justicia...
—Lo ha
condenado a ser ahorcado revestido de la armadura en cuestión.
—¿Y por
qué han puesto esta cláusula en la condena?
—¡Ah!
Porque el señor de La Piroche
no sólo es un valeroso capitán, sino al mismo tiempo un hombre de buen sentido
e ingenioso que quiere sacar de esta justa condena ejemplo para los demás y
provecho para sí mismo. Ya sabes que dicen que lo que ha estado en contacto con
un ahorcado se vuelve un talismán para el que lo posee. El señor de La Piroche ha dado orden de
poner al delincuente la tal armadura para recogerla después de su muerte y
contar así con un precioso talismán en nuestras próximas guerras.
—Pues
ciertamente tiene ingenio.
—Ya lo
creo.
—Vamos a
darnos un poco de prisa entonces porque no quiero perderme el espectáculo de
ver ahorcar a ese desgraciado.
—¡Bah!
Tenemos mucho tiempo. No hay necesidad de cansar a las caballerías; no vamos a
quedarnos en La Piroche ,
tenemos que ir una legua más allá y volver a La Poterie.
—Sí, pero
como no volveremos hasta por la noche, nuestros caballos podrán descansar cinco
o seis horas.
Padre e
hijo continuaron su camino sin dejar de hablar y media hora más tarde llegaban
a La Piroche. Tal
y como había dicho el padre, llegaron a tiempo. ¿Tendrán siempre los padres el
privilegio de llevar razón?
Había una
gran concurrencia en la vasta plaza frente al castillo, pues allí era donde se
había levantado el patíbulo: una preciosa horca, a fe mía, de soberbia madera
de encina, poco alta, es verdad, pues era para un vil y oscuro criminal, pero
bastante alta sin embargo, para que la muerte pudiera desarrollar su trabajo
entre el suelo y el extremo de la cuerda, la cual se enroscaba con el viento
fresco del mar como una anguila colgada por la cola.
El
condenado estaba seguro de contar con un hermoso panorama en el momento de su
muerte, pues iba a morir con la cara vuelta hacia el océano. Tanto mejor si
esta vista podía servirle de consuelo, pero por mi parte lo dudo mucho. Sin
embargo, el mar estaba azul y de vez en cuando entre el azul del cielo y del
mar se deslizaba por el horizonte una vela blanca, como si fuera un ángel
dirigiéndose a Dios, cuyo largo vestido tocase aún el mundo que abandonaba.
Los dos
compañeros se acercaron cuanto les fue
posible al patíbulo para no perder detalle de lo que iba a ocurrir; luego
esperaron como todo el mundo. Llevaban la ventaja sobre los demás de que
estaban montados a caballo y podían ver mejor sin cansarse tanto, La espera
no fue larga. A las dos menos cuarto se
abrió la puerta del castillo y apareció el condenado precedido de la guardia
del señor de La Piroche
y seguido del ejecutor de la justicia. El ladrón venía revestido de la armadura
robada y montado al revés en un burro sin ensillar. Llevaba la visera baja y la
cabeza también. Le habían atado las manos a la espalda y, si queréis saber lo
que opinamos de él, diremos sin duda alguna que, a juzgar por su aspecto ya que
no por su rostro que no se le veía, debía de encontrarse muy a disgusto y estar
haciendo en aquel momento las más tristes reflexiones.
Lo
llevaron junto al patíbulo y ante el reo comenzó a dibujarse sobre el azul
celeste un cuadro muy poco agradable. El verdugo acababa de arrimar su escalera
a la horca y el capellán del señor de La Piroche , subido en un estrado preparado al
efecto, daba lectura al proceso. El condenado no se movía. Hubiérase dicho que
les había gastado a los espectadores la broma de morirse antes de ser colgado.
Le ordenaron a voces que se apease del asno y se pusiera en manos del verdugo.
Continuó sin moverse. Comprendemos fácilmente su indecisión. Entonces el
verdugo lo cogió por los codos, lo bajó del burro y lo colocó de pie en el
suelo. ¡Vaya mocetón el tal verdugo! Al decir que lo puso de pie en el suelo no
mentimos; pero sí mentiríamos si dijésemos que se quedó tal y como lo habían
puesto, pues en dos minutos, había recorrido los dos tercios del alfabeto lo
que en lengua vulgar quiere decir que en vez de permanecer derecho como una I
había terminado en zig-zag como una Z.
Durante
ese tiempo el capellán había terminado de leer la sentencia.
—¿Tienes
algo que pedir? —preguntó al paciente.
—Sí
—respondió el desgraciado con una voz triste y velada.
—¿Qué es
lo que quieres?
—Quiero
mi indulto.
No sé si
la palabra farsante se había inventado ya en aquel tiempo, pero la ocasión de
inventarla y de decirla fue entonces o
nunca.
El señor
de La Piroche
se encogió de hombros y ordenó al verdugo que pusiese manos a la obra. Este se
dispuso a subir por la escalera apoyada al patíbulo, que impasiblemente y con
toda su fuerza iba a separar un alma de su cuerpo, y trató de hacer subir al
reo delante de él lo que no era tarea fácil, pues no se querrá creer la serie
de dificultades que ponen en general para morir todos los condenados.
El
verdugo y este que nos ocupa parecían deshacerse en cumplidos a ver cuál pasaba
primero. El ejecutor de la justicia tuvo que recurrir, para hacerle subir piula
escalera, al medio que había ya empleado para hacerlo apear del jumento; lo
cogió en vilo por la mitad del cuerpo, lo colocó en el tercer escalón y se puso
u empujarlo de abajo arriba.
—¡Bravo!
—gritó la multitud.
No hubo
más remedio que subir. Entonces el verdugo diestramente pasó alrededor del
cuello del paciente el nudo corredizo que ornaba el extremo de la cuerda y
dándole un vigoroso puntapié en la espalda lo lanzó al espacio que se parecía
mucho a la eternidad. Un inmenso clamor acogió este desenlace previsto y un
estremecimiento corrió por la multitud. Por grande que sea el crimen que haya
cometido, un hombre que muere está siempre, al menos durante un instante, por
encima de los que lo ven morir. El ahorcado se balanceó dos o tres minutos en
la punta de la cuerda. Como tenía derecho a hacerlo, pataleó, se retorció y
después se quedó tieso e inmóvil. La Z había vuelto a convertirse en una I.
La gente
miró todavía unos momentos al paciente cuya armadura dorada brillaba al sol.
Luego los espectadores se dividieron en grupos y tomaron el camino de sus casas
hablando del acontecimiento.
—¡Puah!,
la cochina muerte —decía el hijo del campesino que reanudó su camino con el
padre.
—A fe mía
que ser ahorcado por no haber podido robar una armadura resulta un poco caro
¿no te parece?
—Yo me
pregunto qué le hubieran hecho si por fin se hubiese llevado la armadura.
—No le
hubieran hecho nada, pues si por fin hubiera podido robar la armadura, habría
escapado del castillo y es probable que entonces no hubiese vuelto a que lo
prendieran.
—De ese
modo resulta más castigado por un delito que no ha cometido que si realmente lo
hubiera cometido.
—Sí, pero
tenía la intención de cometerlo.
—Y con la
intención basta...
—Es de
perfecta justicia.
—En todo
caso no es un plato de gusto verlo.
Y como
hubiesen llegado a un altozano, los dos caminantes se volvieron para contemplar
por última vez la silueta del desdichado.
Veinte minutos
después llegaban al pueblecito donde, que Dios me perdone, tenían que cobrar
cierta cantidad y de donde deberían salir anochecido para estar de regreso en
casa la misma noche.
Al amanecer del
siguiente día, dos soldados salieron de castillo do La Piroche para ir a
descolgar el cadáver del ahorcado del que debían retirar la armadura de su
señor; pero se encontraron con algo que ni por lo más remoto se esperaban: la
horca y la cuerda estaban en su sitio, mas el ahorcado no se encontraba allí.
Ambos soldados, creyendo soñar, se frotaron los ojos; pero el hecho era una
realidad: el ahorcado había desaparecido y con él la armadura. Y lo más
extraordinario es que la cuerda no estaba rota ni acortada, sino que se hallaba
justamente en el mismo estado de antes de recibir al reo.
Los dos
soldados fueron a anunciar el acontecimiento al señor de La Piroche , pero éste no
quiso darles crédito y decidió convencerse por sus propios ojos de la veracidad
del hecho. Era un señor tan poderoso que estaba seguro de que, yendo él, el
ajusticiado tendría que encontrarse en su sitio; sin embargo, no pudo ver más
que lo que ya habían visto los demás. ¿Qué había sido del muerto? Pues no cabía
duda de que la víspera el ajusticiado había quedado bien muerto ante los ojos
de todo el pueblo. ¿Acaso otro ladrón había aprovechado la oscuridad de la
noche para apoderarse de la armadura? Pudiera ser que fuera así; pero, al coger
la armadura, hubiera sin duda dejado el cadáver que no le servía para nada.
¿Tal vez
los amigos o los parientes del muerto habían querido darle una sepultura
cristiana? Semejante suposición no era descabellada, pero el delincuente no
tenía amigos ni familiares y por otro lado, de haber existido unas gentes de
tan religiosos sentimientos, se hubieran limitado a recoger el cadáver dejando
la armadura. Por lo tanto, tampoco parecía acertado creer esto. ¿Qué había que
creer entonces?
El señor
de La Piroche
estaba desolado por la pérdida de la armadura. Mandó publicar la promesa de una
recompensa de diez escudos de oro al que entregase al culpable vestido como lo
estaba en el momento de morir. Se registró casa por casa y no se encontró nada.
Tampoco acudió nadie a presentarse.
Hízose
venir a un sabio de la ciudad de Rennes y se le planteó esta cuestión:
—¿Cómo un
ahorcado muerto ha podido hacer para soltarse de la cuerda que lo tiene
suspendido en el aire?
El sabio
pidió ocho días para reflexionar, al cabo de los cuales respondió sin
vacilaciones.
—No ha
podido soltarse.
Entonces
se le planteó esta segunda cuestión:
—Un ladrón
que no ha podido robar cuando estaba vivo y que ha sido condenado a muerte por
robo ¿puede robar después de su muerte?
El sabio
respondió que sí. Al preguntársele cómo podía haber ocurrido de esta manera,
respondió que no lo sabía. Era el sabio más grande de su época.
El sabio
se marchó y las gentes se contentaron con la creencia —pues era la época de las
brujerías— de que el ladrón era brujo. Entonces se mandaron decir misas para
conjurar a este mal espíritu que sin duda alguna iba a vengarse del señor que
había ordenado su muerte y de los que habían venido a verle morir.
Transcurrió
un mes en pesquisas infructuosas. La horca continuaba siempre en su sitio,
humillada, triste y despreciada. Jamás otra horca había cometido semejante
abuso de confianza. El señor de La
Piroche seguía pidiendo su armadura a los hombres, a Dios y
al diablo... Pero nada. Finalmente, iba sin ningún género de dudas, a
resignarse, cuando un buen día por la mañana, al despertar, oyó mucho ruido en
la plaza donde la ejecución había tenido lugar. Ya se preparaba a informarse de
lo que ocurría, cuando su capellán entró en la habitación.
—Monseñor
—le dijo—, ¿sabéis lo que sucede?
—No, pero
voy a preguntároslo.
—Os lo
diré.
—¿Qué
ocurre?
—¡Un
milagro de Dios!
—¿De
veras?
—El
ahorcado está allí.
—¿Dónde?
—En la
horca.
—¿Ahorcado?
—Sí,
monseñor.
—¿Con su
armadura?
—Con vuestra armadura.
—Justo es
decirlo así puesto que es mía. ¿Y está muerto?
—Perfectamente
muerto. Solamente...
—¿Solamente
qué?
—¿Tenía
espuelas cuando lo han colgado?
—No.
—Pues
bien, señor, ahora las tiene y en lugar de haberse puesto el casco, lo ha
depositado cuidadosamente al pie de la horca y se encuentra ahorcado con la
cabeza descubierta.
—Vamos a
verlo, señor capellán, vamos a ver pronto todo eso.
El señor
de La Piroche
corrió a la plaza que estaba llena de curiosos. El cuello del ejecutado estaba
otra vez en el nudo corredizo, el cuerpo estaba a continuación del cuello y la
armadura estaba ciertamente cubriendo el cuerpo. Era prodigioso. Diríase que
era un milagro.
—Se ha
arrepentido y ha vuelto a ahorcarse —decía el uno.
—Siempre
ha estado ahí —decía el otro—; únicamente era que nosotros no lo veíamos.
—Pero
¿por qué tiene espuelas? —preguntaba un tercero.
—Sin duda
porque viene de lejos y ha querido volver pronto.
—Lo que
yo digo es que, ni de lejos ni de cerca, a mí no me hubieran hecho falta las
espuelas, porque no hubiera vuelto.
Y las
gentes discutían entre bromas y veras y miraban la espantosa mueca que hacía el
muerto. En cuanto al señor de La
Piroche no pensaba más que en asegurarse de que el ladrón
estaba bien muerto y en recobrar su armadura.
Se
descolgó el cadáver, se le despojó y, después de despojado, se le volvió a
colgar. Los cuervos se aplicaron de tal modo en sus carnes que a los dos días
estaba completamente desgarrado, a los ocho era un verdadero pingajo y a los
quince no se parecía ya a nada. Si se parecía a algo era a esos ahorcados que
dibujábamos cuando íbamos al colegio en la primera página de nuestros libros,
debajo de los cuales escribíamos esta cuarteta medio latina:
«Aspice»
Pierrot ahorcado
«Qui hunc librum» no ha devuelto
«Si hunc librum reddidisset»
Pierrot ahorcado «non fuisset.»
«Qui hunc librum» no ha devuelto
«Si hunc librum reddidisset»
Pierrot ahorcado «non fuisset.»
Pero ¿qué
había podido acontecer que después de ahorcado se escapara y que después de
haberse escapado se hubiera vuelto a ahorcar?
Vamos a
daros las tres versiones que nos han facilitado:
Un
encantador discípulo de Merlín, declaró que, en el momento de morir, el
paciente había tenido la voluntad de desaparecer y había podido absorber su
cuerpo en su voluntad. Siendo la voluntad una cosa inmaterial, invisible e
impalpable, el cuerpo absorbido por ella y oculto en ella se volvía por
consiguiente impalpable, inmaterial e invisible, y que si el del ladrón había
aparecido al cabo de un mes y al cabo de una cuerda, es que en ese momento
supremo, su voluntad perturbada por el temor no había tenido bastante fuerza
para una absorción eterna. Tal vez ésta no es la buena versión, pero es una de
ellas.
Los
teólogos afirmaron que el paciente había logrado escaparse; pero que,
perseguido por sus remordimientos y en su avidez de reconciliarse con Dios,
sólo había podido soportar un mes más de vida, impulsado por el
arrepentimiento, había venido a hacerse él mismo la justicia a la que había
escapado la primera vez. Acaso ésta tampoco sea la verdad, pero siempre, es una
razón cristiana, y como cristianos no debemos rechazarla enteramente.
Por
último, se decía también que dos campesinos, padre e hijo, al regresar ya de
noche camino de su casa y pasar por cerca del patíbulo, habían oído quejas,
resoplidos y como una oración; que entonces se habían persignado devotamente y
habían preguntado qué sucedía; que nadie les había respondido, pero que los
gemidos continuaron pareciéndoles que procedían del cadáver que se balanceaba
encima de su cabeza. Entonces cogieron la escalera que el verdugo había dejado
cerca del patíbulo, la apoyaron contra el brazo de la horca y el hijo, subiendo
hasta el nivel del ajusticiado, le preguntó:
—¿Eres tú
el que se queja?
—Sí.
—¿Luego es que vives todavía?
—Sí.
—¿Y te arrepientes de lo que has hecho?
—Sí.
—Entonces
voy a descolgarte y, como el Evangelio manda socorrer a los que sufren y tú
sufres, voy a socorrerte y a devolverte a la vida para que la emplees en hacer
el bien. Dios prefiere un alma arrepentida a un cuerpo en expiación.
El padre
y el hijo desataron entonces al moribundo y comprendieron por qué estaba
todavía vivo. La cuerda, en lugar de oprimir el cuello del ladrón, apretaba el
arranque del casco, por lo que el paciente había resultado suspendido, pero no
ahorcado; la cabeza había hallado una especie de punto de apoyo en el interior
del casco lo que había permitido al reo respirar y vivir hasta el momento en
que nuestros campesinos habían pasado de regreso. Estos lo desataron y lo
llevaron a su casa, donde fue confiado a
los cuidados de la madre y de la joven hermana.
Mas no es
del ladrón cambiar de condición. Sólo había dos cosas que robar en casa del
campesino, ya que el dinero que había traído no era de él. Aquellas dos cosas
eran su caballo y su hija, virgen rubia de dieciséis años.
El
ex-ahorcado decidió llevarse el uno y la otra, pues tenía deseos de un caballo
y se había enamorado de la hija. Por consiguiente, una noche se vistió la
armadura, ensilló el caballo, se puso espuelas para hacerlo andar más aprisa y
vino a coger a la muchacha dormida con intención de llevarla a la grupa.
Pero la joven se despertó y comenzó a dar gritos. El padre y
el hermano acudieron. El ladrón quiso encaparle, pero era demasiado tarde. La
chica contó la tentativa del granuja y su
pudre y su hermano, viendo que no había que esperar arrepentimiento de
tal hombre, decidieron hacerse justicia un poco mejor de lo que se la había
hecho el señor de La
Piroche. Ataron al ladrón al caballo que él mismo acababa de
ensillarse, lo llevaron a la plaza de La Piroche y lo colgaron otra vez en el mismo sitio
donde ya había estado colgado, pero depositando su casco en el suelo para estar
seguros de que no se volvería a escapar. Luego, se volvieron tranquilamente a
su casa.
Esta es
la tercera versión. No sé por qué me figuro que es la más verosímil y que
haréis bien en darle, como yo, preferencia sobre las otras dos.
En cuanto
al señor de La Piroche ,
como tenía un talismán seguro, partió alegremente para la guerra donde fue el primero que cayó para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.