Pedro Andaur se puso la mano en la frente, a manera de
visera, para poder mirar a contraluz los puntitos negros de los jotes que
volaban sobre una quebrada próxima a su rancho.
—Llega a levantar ñeblina el joterío —masculló entre
dientes—; la tendalá no má
debe haber amanecío otra vez.
Luego, con la vista, buscó algo entre los cacharros
esparcidos junto a la vivienda, hasta descubrir ensartado en la quincha su
cuchillo de ancha hoja, con mango forrado de cuero.
—Hay que hacele empeño a un parcito de chalas
—monologó limpiando el acero en su mano áspera, llena de callosidades—, ahora
que anda el cuero botao, es
hasta maldad irle a dar ochenta cobres al llavero por sus chalas apercancás.
Ni por muy voltario que
uno sea...
Púsose en seguida los dedos junto a la boca, para
oprimirse los labios y emitir un agudo silbido, que roturó como un proyectil el
aire transparente y puro de la mañana.
—¡Calluza, Calluza! —llamó.
Un perro amarillo, de ancho pecho y cortas
extremidades, que dormía bajo una pequeña carreta maderera, se paró de un
brinco, sacudiendo las orejas con fuerte tableteo, para ir hacia el hombre
haciendo cabriolas, en tanto en un bostezo abría su hocico puntiagudo.
—¿Tabay
durmiendo, Callucita? —le acarició con la voz.
Miróle el quiltro con
sus ojillos inteligentes, lanzando un aullido de placer, para en seguida
desperezarse estirándose y darse un lengüetón por ambos lados del hocico, tal
si se lo abanicara.
Eran los principios de febrero. En los lomajes
próximos veíanse aún sementeras en pie, rizadas levemente por el viento del
amanecer. Por el callejón cruzaban a esa hora los peones con la echona al
hombro, llevando en la mano el jarro de lata reluciente y la bolsa de harina
tostada para hacer el ulpo, con el
agua de los esteros que se deslizaban cristalinos bajo la sombra de las tupidas
quilas. Con
pasos ágiles, dirigióse Andaur hacia la quebrada sobre la cual el volar de los
jotes había cesado. Seguramente estarían ahora en tierra, parados junto a los
cadáveres de los animales muertos esa mañana, víctimas de la terrible epidemia
que los diezmaba día a día.
El Calluza trotaba adelante, deteniéndose a ratos,
para meter su hociquillo curioso entre las matas o husmear bajo alguna gavilla
abandonada en el brusco vaivén de los carros emparvadores. De cuando en cuando,
algunos pajarillos salían volando rápidamente, sacados de su reposo por el
hocico impertinente del perro, que se daba una vuelta en el aire, para caer las
más de las veces espatarrado sobre el suelo, en su vano intento de darles caza.
A ratos esperaba al hombre, para hacerle una manifestación de afecto, que éste
correspondía con palabras y caricias.
—¡Gilidioso que
te han de ver mirá!
Eran los dos solos. Muerta la madre de Andaur, éste
jamás se había preocupado de buscar una mujer que hiciera más agradable la vida
en el rancho. Por lo demás, él no advertía esta falta. Borracho incorregible,
todo sus jornales iban a parar al chinchel de
Cheno Gutiérrez, quien le daba a cambio vino suficiente para llegar casi a
gatas a su vivienda, cuando no quedaba tirado por los caminos abrazado a su
perro, romanceando la borrachera. Allí dormían ambos, tapados sólo con el telón
inmenso del cielo salpicado de estrellas inquietas. Al despertar, cuando el
lucero moría en el nacer de la alborada, era sólo un breve tiritón, y cuando
más un estornudo la única señal que dejaba en ellos la noche al raso. Calluza
era dormilón. Vivía aún sus primeros años, y su amo casi siempre había de
despertarlo con un tirón en las anchas orejas:
—¡Levántate, guachito, con
eso vamos a componer el cuerpo!
Alzábase el perro perezosamente sobre sus patas
delanteras, y bostezaba, dejando escapar un aullido de mal humor. Después,
dando un alto ejemplo de abstinencia y buenas costumbres a su amo, íbase a
disfrutar de los tallitos tiernos que escogía entre el pasto. A veces Andaur
debía apremiarlo a que le siguiera:
—¡Andale pu ho! ¿Que no tenís ganas
de hacel la mañana?
Calluza adoptaba una tranquila indiferencia,
continuando en su búsqueda, y sólo cuando había concluido sus quehaceres
matinales tomaba un trote alegre y retozón tras de su amo.
Esa mañana había sido uno de los pocos amaneceres
tranquilos, pues habían alojado en el rancho. Cheno se mostraba reacio a
seguirle fiando, por más reiteradas peticiones de Andaur en ese sentido.
—Ya'stay muy hipotecao conmigo vos. Tenís que bajar algo
la dita pa
poderte valer otra vez.
Y Cheno cuando se negaba era inflexible. No había
quien le hiciera poner el tiesto negro en que medía los litros, bajo la llave
de la barriguda pipa del tinto.
—Hay que dar buenos cumplimientos primero —era su
invariable respuesta, mientras se secaba el sudor que inundaba su cuello
apoplético, con su gran pañuelo floreado.
Y para Andaur aquello era un suplicio. Él no podía
pasarse un día en blanco. Su más gran pesar era tener la boca seca y ni un
cobre en el bolsillo. Entonces consultaba al Calluza sobre la manera de
conseguirse algo para el litro, pero éste no demostraba gran interés por estas
ruines preocupaciones de su amo. Cuando más, si estaba de buen humor, movía la
cola como incitándolo a aprender de él, a quien no apremiaban tales vicios: con
un nidal de huevos frescos o un polluelo peloteado al pasar junto a una cerca,
tenía el día hecho.
Mientras caminaba, una idea asaltó de pronto al
hombre, circulando dentro de él, con rebullir alegre. ¿Y si le sacara el cuero
a uno de esos animales que morían como moscas todos los días? Recién muertos,
esto se podía hacer, sin que se rompiera con las pústulas malignas que a veces
no alcanzaban a reventar bajo la piel.
—¿Y si me da la picá? —razonó
temeroso
Pero el demonio de la tentación le espoleó entonces
con mayor ímpetu. Todo estaba en alcanzar a hacerlo sin ser visto. Y cualquiera
de esos toros daba como nada cuarenta o más kilos de gruesa piel, que
significaban otros tantos dobles de aquel vinillo guardado en las olorosas
vasijas de Cheno. Esta última idea le hizo restallar con fruición la lengua
contra el paladar, lamiéndose después los labios en ambos sentidos como lo
hacía el Calluza. Imaginó la llave abierta de la pipa del tinto, vertiendo su
obscuro caldo que exhalaba un aroma áspero y fuerte. Vióse dándole el primer
sorbetón al litro para bajarlo y poder echarle un "muño" de
harina tostada. ¡Ah, qué chupilca tan
rica sería ésa!
Y su pensamiento, acuciado por la oportunidad que se
ofrecía al paso, hubo de transformarse luego en la realidad del hecho.
Las reses muertas por "la picada" (carbunclo
bacteridiano) eran innumerables. El mal venido de un piño de la feria estaba en
todas partes. Por más que se quemaban los muertos y se aislaban los vivos, era
inútil. Dos tres, hasta seis vacunos diarios amanecían con el testuz rendido,
el hocico encajado entre sus fuertes remos delanteros, heridos en pleno
corazón, por la terrible enfermedad que se transmitía también a las gentes en
el más leve contacto. Las pobres bestias caían junto al estero o metidas entre
las quilas, buscando su frescor, asediadas por la terrible fiebre.
Y esa mañana Andaur, estupefacto, vio cómo los jotes
se habían dejado caer sobre el cuerpo inanimado del Solimán, uno de los más
hermosos toros de la hacienda. Había caído bajo un coihue sombroso junto a cuyo
tronco sus recias pezuñas hicieron un hoyo, escarbando el suelo en las supremas
y angustiosas rebeldías de su próximo fin. Estaba intacto aún. Los jotes,
ahítos con la carne de otros animales, no le habían sacado ni los ojos todavía.
Lo contemplaban con repugnante aspecto de borrachos: las alas caídas, el cuello
recogido y los ojuelos turbios. Calluza los ahuyentó a tarascones,
arrancándoles algunas plumas grasosas. Huían con pesado estrépito de aletazos,
hasta poder volar sin alejarse mucho de allí, atraídos por el intenso hedor de
las reses muertas, que acicateaba en ellos su insaciable voracidad.
Y como lo pensó lo hizo. En medio del pecho tenía el
Solimán la terrible hinchazón por donde reventaba el mal. Era como una ampolla gigantesca,
ya madura, y un tanto deshecha, después de expeler el pus infecto y fétido que
estriaba el pelaje de rayas amarillentas. Pero Andaur estaba decidido. Sin
ninguna repugnancia trazó con el cuchillo un círculo alrededor de aquella
vejiga y, en seguida, con una expedición y facilidad asombrosa, empezó a
descuerar el animal.
—Ta intautito tuavía
—monologó alegre, pensando en los pesos que obtendría en la venta del cuero—;
ni van a rochar que es
de la picá que ha muerto.
El olor penetrante y nauseabundo expelido por el
animal abierto, atraía de nuevo a los jotes, que, con una impavidez asombrosa,
dejábanse caer sobre él, graznando deleitosamente, entreabriendo el garfio de
sus picos, tintos en la sangre de sus recientes hartazgos. Era tal su
atrevimiento, que el hombre hubo de quebrar un grueso colihue para
ahuyentarlos a palos. El Calluza le secundaba, mordiéndolos enfurecido hasta
dejar a muchos moribundos.
Muy alto estaba el sol cuando terminó su faena.
Preocupado de ella apenas advirtió que al enderezarse, una rama le cruzó la
cara, haciéndole un rasguño. Instintivamente se la restregó con rápido manotón.
Después, con su fardo bajo el brazo, se alejó velozmente de allí, seguido por
el Calluza, a quien el olor de la carne hacía alejarse de mala gana del cuerpo
del Solimán.
Al atardecer de ese mismo día se lo vendió a don
Polidor, el viejo comprador de huesos y cueros, a quien encontró en las
cercanías del pueblo.
—No vaiga a ser de algún animal muerto de la picá —le
dijo el hombre, lanzándole una mirada de desconfianza—. Mira que vos soy muy picaronazo.
—¡Cómo se li ocurre, on Polito, por la vía que con
usté iba a cometer una aución así! A
los amigos no se les engaña... Si este es el cuero del toruno colorao que se le
fatalizó ayer a mi compaure
Lupercio...
Macuco Andaur, a fin de no despertar sospechas, se regodeó
con el precio ofrecido por aquél. Después de muchas cuentas y discusiones,
convinieron en partir la diferencia en que se estrellaban. Pero al recibir los
billetes mugrientos, contados varias veces por don Poli, no le fue posible
ocultar su estremecimiento de gozo, atenuado por una exclamación entre alegre y
rezongona:
—¡Me trabajó no má, on Polito!
Y nervioso, temiendo que el viejo llegara a descubrir
la maula,
convido al perro:
—¿Los vamos, Callucita?
Éste, que observaba atentamente la escena, al sentirse
nombrado, brincó con tales ímpetus de gusto, que fue a dar un hocicazo en plena
cara del hombre. Al fin y al cabo eran los dos solos, y la suerte del uno era
la del otro; él, por solidaridad con su amo, debía estar contento, aun cuando
no fuera mucho lo que disfrutara con el dinero obtenido por aquél.
Siguieron en dirección al pueblo, por el camino, ya
envueltos en las sombras de la noche. No era posible con aquella sed, y a tales
horas, andar casi cinco leguas para llegar a donde Cheno. Claro que allí estaba
mejor que en su casa, pues éste conocía todos sus gustos. Habiendo dinero, lo
atendía mejor "que a un hijo de rico", según su expresión. Pero donde
doña Antuca tampoco se pasaba mal, y por una parte mejor, pues vivía con una
muchacha que sabía tocar unas tonadas muy alarmantes. Y estaba allí cerquita, a
unas cuantas cuadras, en el barrio de las casuchas.
—Esta va a ser con vihuela, pues, guachito ¿Qué tal?
¿Te gusta? —consultó al perro.
—¡Claro! —pareció responder Calluza, con ladridos tan
expresivos y jubilosos como era todo en él.
Iba con trote liviano. La cola enroscada en alto y las
orejas recogidas. Fue el primero que se introdujo de rondón en el negocio, con
tales bríos que hizo salir disparado a un gato que dormitaba junto al brasero,
cerca del cual tomaba mate doña Antuca.
—Ya llegó este hombre de los diantres con su quiltro
molestoso. Salí p'llá entrusidá...
Éste es más satisfecho qu'el amo.
—No me insulte a la compaña, oña Antuquita, mire que
aquí hay muchos billetes pa pagar todos los perjuicios.
Contenta la mujer con la llegada del hombre, a quien
sabía rumboso cuando tenía dinero, le invitó a sentarse, pidiéndole noticias de
su "mapo",
donde ella tenía muchas amistades y algunos parientes. Mas Andaur, por el
momento, no estaba para preguntas.
—Póngame primero un doble, oña Antuquita. Espués le
daré razones de too lo que se li ofrezca. Al Calluza me le trae una trola de charqui que
nos'té muy grasosa.
El Calluza aprobó la pedida de Andaur, dándose un
lengüetón en tanto avizoraba atentamente de dónde sacarían el charqui.
Poniéndole fuerte y duro al trago, y comiendo sabrosos
causeos
preparados por la Antuca, transcurrió gran parte de la noche. Una moza rolliza
enferma, seguramente, de sed crónica, pues secaba los vasos con un entusiasmo
sin igual, chicharreó en la guitarra, entonando con voz chillona y monótona
algunos aires de la tierra, que eran rubricados al final con un:
—Relindo, m'hijita —del hombre, en tanto con el vaso
lleno en la mano, le obsequiaba diciéndole—: ¡Pa su casa voy!
—Esperándole estoy —replicaba ella.
Ojalá me hiciera el servicio.
Y las copas se vaciaban rápidamente, tal si se dieran
vueltas en un chuico.
A ratos se conversó con gran interés de las novedades
ocurridas en el campo. La Antuca era la más alborotada en sus comentarios,
celebrando con risotadas o exclamaciones consternadas, según fuera el carácter
de los sucesos narrados por el campesino. Luego, las graciosas aventuras de
Pedro Urdemales divirtieron a las mujeres, tanto como causaban su admiración y
temor las imaginarias visitas efectuadas por algún embustero amigo de Andaur a
la cueva de Salamanca.
Pero el hombre, por más empeño que ponía, no estaba
tan alegre y locuaz como otras veces. Sentía una vaga molestia; y a ratos una
comezón en toda la piel, tal si un rosario de espinas circulara por todo su
cuerpo. Mientras más bebía con el ánimo de alegrarse, notábase más decaído y a
momentos se tornaba triste y febril. Después experimentaba la sensación de irse
elevando, hasta llegar al techo, de donde se derrumbaba bruscamente, para ver
todo a su alrededor girando en un círculo vertiginoso. Era como si la
habitación se diera vueltas, y las mujeres, incluso Calluza, fueran muñecos
tiranteados por un ser invisible que los hiciera contorsionarse en las más
estrafalarias posturas.
Y al recobrarse un terror recóndito le turbaba. Una
voz lejana parecía gritarle una amenaza, que después leía en los ojos de su
perro, cuando éste, con el pescuezo estirado sobre sus rodillas, le miraba con
extraña expresión.
—No sé qué diantres tengo explicó quejosamente a las
mujeres, con la voz desmayada—. Parece que tuviera toitito el cuerpo ortigao. Me
ha caído mal el vino ¿No tiene un poquito de aguardiente? Puidera ser que con
eso afirmemos la chapa.
Pero el aguardiente le hizo el efecto de haberse
tragado un hierro ardiendo que le quemaba dolorosamente las entrañas. Una
sensación de vacío le acometió entonces, cual si la pieza fuera un hoyo y él
estuviera en el aire pugnando por no irse al abismo. Semiembriagado, su dolor
era obscuro y denso, privándolo de razonar y determinar la causa de aquel
repentino mal.
—Quisiera acostarme —rogó desfallecido—. Es como un
"solazo" el que me ha dao.
Las mujeres le arreglaron junto al mostrador unos gangochos,
sobre los cuales se tendió quejiqueando. El Calluza vino hasta él a lamerle la
cara cariñosamente. Pero el contacto del animal, lejos de calmarlo, le produjo
un estremecimiento de pavor. Estaba impregnado del olor a la res descuerada.
Del hedor nauseabundo del Solimán, muerto de la picada aquella mañana. Un lazo
de angustia le estranguló una exclamación:
—¡La picá ha de ser! ¡Tengo la picá! —gimió despacito.
Se tanteó el cuerpo para cerciorarse si el mal ya
había reventado en él. Pero nada aún. Sólo en la cara sentía un ardor
insufrible, y la piel como una lámina tersa y tirante.
Ya los pájaros chispeaban de trinos la alborada,
cuando logró dormirse con sueño visionario y doloroso. Vióse en el fondo de la
quebrada, junto al Solimán, que tenía ahora proporciones descomunales. Tan
inmenso era que su lomo arqueado sobrepasaba las copas de los árboles situados
en la cima de un cerro. Dos aguijones curvos, largos y amenazadores eran sus
cuernos que lo iban a reventar, hundiéndose en sus entrañas. Y él no podía
moverse, no podía huir, estaba como enterrado en el suelo, sin poder evitar el
estrellón del toro que venía a su encuentro con el belfo rezumante y los ojos
inyectados de sangre.
Hasta que de súbito la terrible bestia le hirió en el
medio del vientre. El rayo vengativo de sus ojos también se clavó en él. Sintió
su aliento denso y quemante, su resoplar ahogado con las fauces chorreantes de
su propia sangre, saltando a chorros de sus heridas. Despertó aterrado. Una
franja de sol le cruzaba la cara. Contra su costumbre, el Calluza, de ordinario
tan dormilón, ahora le observaba con inquieta curiosidad. Al verlo despierto
fue hacia él con aire medroso. Hubo un desgarramiento en la voz del hombre al
expresarle su caricia:
—Tamos en la mala, guachito. Parece que los vamos di acabuco.
Inútil fue cuanto hizo la Antuca para convencerlo que
se curara en su casa, donde no faltaría voluntad para atenderlo, y los remedios
estaban más a la mano. Pero el hombre se obstinó en irse.
—Si me muero, me muero en mi casa dijo—. Mi compaire
Lupercio es muy comprendío en estas dolencias. Toy seguro
qu'él me va a mejorar. Con la fresquita
me las emplumo. ¿No es cierto, Callucita? Si los morimos, los morimos los dos,
vos no desamparay a
tu amo.
Tal como lo pensó lo hizo. Aun cuando había pasado un
día horrible, a pesar de los remedios que le hizo la Antuca, al atardecer de
ese mismo día emprendió el regreso a su rancho. Sentíase más refrescado, el
dolor había declinado un tanto, como si el mal se hubiese adormecido en él. Su
naturaleza robusta lo resistía bien y su firme voluntad le daba bríos para marchar.
Afortunadamente, un campesino que iba hacia la montaña lo llevó en su carreta
hasta el cruce del camino que debía seguir.
Había ya anochecido cuando siguieron a pie. El Calluza
marchaba mohino, con la cola entre las piernas y las orejas colgantes. Nada
quedaba en él de su airoso aspecto del día anterior. Al principio el hombre
marchó bien, reanimado por el fresco de la noche, más a poco de una legua,
sintió que sus fuerzas se debilitaban. Parecíale tener el estómago retorcido en
un nudo que pugnaba por escaparse de su boca amarga y reseca. Tiritaba,
sintiéndose transido de frío hasta los huesos, y luego un sudor pegajoso le
inundaba todo el cuerpo. Después, el hormigueo le recorría entero, tal si
millones de insectos caminaran dentro de él, enterrándole una espina en cada
movimiento. A ratos sentíase estrangulado, como si el cuello se le fuera
oprimiendo hasta no dejarlo respirar, mientras la cara se le inflaba
adquiriendo proporciones descomunales. Al levantar los brazos para tratar de
tocársela, fue como si el filo de un cuchillo se le introdujera en las
articulaciones con un dolor cruelmente agudo.
—¡Ay, Callucita! —gimió—; ahora si qu'estamos pa
nunca.
El perro dio un aullido lúgubre, que pareció
encaramarse en la noche como una huiña herida
al saltar sobre un árbol. Luego, acezando con afligida inquietud, comenzó a
arañar el suelo, tal si quisiera demostrar su impotencia para calmar el dolor
de su amo.
Pedro Andaur sentado al borde del camino, rindió de
pronto su busto hasta el suelo, buscando la frescura del pasto, cual si
quisiera beber en un torrente imaginario. Así permaneció largos instantes,
anhelando roncamente, retorciéndose como un culebrón herido, mientras el perro
lanzaba agudos aullidos, yendo y viniendo, buscando a alguien que amparara a su
amo.
Pero no había nadie. Sólo estaba con ellos la noche
silenciosa y huraña. Apenas alentaba entre los cardales un viento tibio que
restregaba sus ásperas hojas. Lejos, como si fuera el alma errante de la
obscuridad, sentíase deshecho en la distancia el eco de un grito, a veces
semejante a un lamento humano, otras como el alarido de un animal.
Como pudo levantóse con actitud de ebrio, estirando la
mano al perro, como si fuera un hombre que pudiera ir de su brazo. Marchó
tambaleante, temeroso de estrellarse con un obstáculo desconocido o hundirse en
un abismo. Ligero despejo veníale a ratos, para tornarse casi inmediatamente en
fuertes tiritones alucinados.
Entonces veía que el cerco era una serpiente
monstruosa, que venía hacia él, retorciéndose sobre el camino, con la cola
crispada sobre su lomo en innumerables flecos, abierta la bocaza que se lo iba
a tragar. Después los árboles eran extraños e inmensos animales y marchaban a
su encuentro con cien brazos extendidos para aprisionarlo, en tanto levantaban
nubes de pedruscos y de tierra que le azotaba la cara cegándolo. Y tras ellos
galopaba el Solimán, con la cola extendida y los ojos fosforescentes de furor.
Se detenía, entonces, con el cerebro espeso, donde su
voluntad y su razón se hundían en un vano esfuerzo, para aferrarse al perro con
las manos contraídas y dolorosas que le clavaban la carne a la menor presión.
—¡Calluza, Callucita! —imploraba—. Los llegó la mala,
guachito.
Desorientado, se internó en un potrero de rastrojos,
cortado a poco por una quebrada cubierta de follajes, a donde el viento
susurraba melancólicamente. Intentó descender hacia el estero, pero no pudo
caminar cuesta abajo. Dobláronsele las piernas hasta derrumbarse entre las
quilas. El perro, afligido, le tiraba de las ropas y le lamía la cara. Con
ladridos inquietos trataba de infundirle ánimo, hasta hacerlo arrastrarse junto
al torrente, a donde el hombre hundió la cara bebiendo ansiosamente.
Imaginó que el agua le daba de súbito una energía
nueva, que recobraba toda su salud, que la mejoría tan ansiada venía por fin a
su cuerpo dolorido. Le encontró sabor delicioso, y hubo un rato que temió secar
el torrente, tales eran sus ansias de beber. En un instante de claridad mental
se asombró de haber sido tan enemigo de ella durante toda su vida, tan
refractario a su sabor, incomparablemente mejor que el vino, que recordó con
repugnancia.
—Toma agua, Calluza —murmuró bajito—, toma agüita,
esto los va a mejorar.
Mas, de pronto, entre temblores de vértigo, sintió que
el líquido era rechazado por su estómago, expeliéndolo violentamente en
convulsiones de muerte, que le acometían una tras otra en sucesión agotadora.
Hasta que al fin, rendido sobre la arena, empezó a sentir una dulce laxitud, un
delicioso bienestar, un suave deseo de descansar y de dormir. Vio cómo el
estero se atajaba en un árbol y se alzaba por encima del follaje en un arco
cristalino, chispeante de goteritas de sabor delicioso y fresco.
—¡Ay! —suspiró— ahora sí que ya estoy mejor.
Sólo la cara le ardía. Le ardía horriblemente. Quiso
hablar a su perro y un desfallecimiento infinito se lo impidió. Apenas pudo
balbucear, en un estertor ronco y estropajoso:
—¡Lámbeme,
Callucita, lámbeme, Ca...!
Y su voz se extinguió para siempre.
jote = (Cathartes
aura jota, Molina) Especie de buitre, de color negro, excepto la cabeza y
el cuello, que no posee plumas, con la cola bastante larga. Habita desde Arica
hasta Aisén. (DECh)
tendalá =
Profusión de personas, animales o cosas que por causa violenta quedan dispersos
o tendidos desordenadamente por el suelo. (DECh)
quincha =
Pared hecha de cañas, varilla u otro material semejante que suele aglutinarse
con barro, utilizada en la construcción de cercas, corrales, chozas, etc.
(DECh)
chala = Cierto tipo de calzado muy usado en Chile por los trabajadores del
campo y que consiste en un plantilla de cuero de vaca crudo o de caucho, con
cuatro agujeros y atada al pie con correas. (DECh)
quila = Nombre común de varias
especies de plantas gramíneas características por sus espiguillas trifloras y
por sus tallos, unas veces rectos y otras ramificados y trepadores, muy
empleados en cercos, techumbres de rancho y para lanzas entre los araucanos.
Las hojas perennes de algunas de ellas suministran un pasto excelente para el
ganado, especialmente el vacuno; con las semillas de otras, que según Philippi,
florecen cada quince o veinte años, los indígenas preparan una especie de sopa.
(DECh)
muño = Pelota u
ovillo, especialmente de materia blanda, plástica o flexible a la cual se le da
tal forma.
colihue =
Nombre común de diversas especies de gramíneas arbóreas características por los
tallos que se levantan perpendicularmente desde la tierra. (DECh)
charqui =
Carne seca comestible, cortada en tajadas, tiras, garras o trolas, salada o
acecinadas para que se conserven durante largo tiempo. (DECh)
causeo =
Comida generalmente fiambre que se sirve a deshora, preparada por lo común con
carne fría, preferentemente menudencias, acompañada de cebollas y tomates
picados y condimentos. Se puede adobar con queso, aceitunas y papas cocidas y
la carne puede ser reemplazada por cecinas o pescado. (DECh)
chuico = Vasija de vidrio, cuello corto, boca estrecha y cuerpo cilíndrico,
regularmente forrado en mimbre terciado, con capacidad para 10, 15 o 18 litros
y que se usa habitualmente para el expendio de vino. (DECh)
huiña = Felis guiña. Especie de gato montés de hasta cerca de medio
metro de longitud, de color amarillento con manchas negruzcas redondeadas que
se extienden hasta la cola. Se alimenta de animales pequeños, como pollos,
pájaros, ratas y conejos, y viven preferentemente en los árboles desde donde
sólo baja par abeber y cazar. (DECh)
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