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Luis Durand - Aprendiendo a Brujo



I
Atardecía lentamente. Desde un cerro próximo, el viento helado trajo el balar lamentoso de un corderillo extraviado entre las matas que poblaban el faldeo. Orillando el camino, cuyos barrizales ya comenzaban a orear los primeros vientos de travesía anunciadores de bonanzas, caminaba un jinete cuyas facciones exiguas apenas se advertían en la media luz del crepúsculo. El rac-rac de los cascos de su bestia cansina, despertaba un leve eco en la inmensa quietud que llenaba el ámbito. Unos árboles deformes y ateridos se curvaban extendiendo los brazos, como si quisieran cobijar su desnudez entre las matas del trigal que tapizaba el suelo, húmedo todavía con las últimas lluvias.
Lucas Quintral, sin acortar el menudo trote de su caballejo, sacó el brazo por debajo del halda de su poncho cardado, para dar fuego al pedernal y prender un largo cigarrillo de hojas. La pequeña llama alumbró un instante su cara de zorro hambreado por largos ayunos invernales. Tenía los ojos pequeños y desconfiados, y bajo los pómulos prominentes, las mejillas hundidas. Pero su nariz de pájaro de rapiña y el mentón agudo daban a su fisonomía un curioso aspecto entre audaz y malicioso. La ansiosa chupada que dio al cigarrillo le hizo escupir con energía sobre el camino, limpiándose en seguida el bigotillo escaso con el revés de la mano, que escondió después bajo el tibio reparo de su manta.
Lejanamente se oyó ladrar un perro, y luego todo volvió a sumergirse en un hondo silencio. Sólo a ratos los pidenes lo interrumpían desde los aguazales, lanzando su "riu-riu" agudo, como si soplaran un delgado cornetín que no alcanzara a emitir su nota más alta. Por entre una garganta de cerros se vieron, extinguiéndose en el horizonte, las luces del sol poniente, que mostraban una débil coloración, como la de las brasas cuando las cubre una leve capa de ceniza. De repente, el fino oído del campesino percibió un rumor sordo que poco a poco se fue haciendo más perceptible hasta que sus ojos, acostumbrados a perforar distancias, distinguieron el bulto informe de otro jinete que avanzaba a su encuentro. Venía aquél silbando, con ese silbido característico de los campesinos que insisten monótonamente en una misma nota, tal si imitara a los huíos, cuando desde la entraña de los montes parecen llamar la atención de los viajeros sobre algo recóndito y misterioso.
Cuidadoso y sin apremio sorteaba el otro los baches del camino. Su caballo lanzaba una larga queja al sacar trabajosamente las patas, cuando éstas se hundían en el barro espeso. Lucas Quintral trató de identificarlo con una larga y penetrante mirada. Su instinto le advirtió inmediatamente que no era un forastero. Los forasteros no acostumbraban a aventurar de noche por aquellos caminos endiablados y, cuando lo hacían, iban siempre bien montados.
En un borde resbaladizo fuéronsele los remos traseros a la bestia del desconocido, quien, afirmando las riendas, lanzó una enérgica interjección:
—¡Afírmate, flaco malo!
Aquella voz sonó a conocida en los oídos de Lucas que, aburrido de su largo silencio, gritó:
—¡Uuup! ¡Malos tan los caminos, compaire!
—Remalos, don. Este más parece putragán que camino.
—Oiga, si le digo que usté es don Vertancio, no la yerro naíta, ¿no es cierto?
—Hablando se conoce la gente, on Lucas. ¿Qué anda haciendo por estos caminos?
—Deligencias que nunca faltan, por más que a uno no le guste ser trajinante.
Cerca de unas pataguas se detuvieron a conversar. Antes que ellos, y a manera de saludo, las bestias se habían restregado las cabezas en los cogotes, con tal energía que los jinetes no pudieron darse inmediatamente las manos.
—Para servirle, on Lucas.
—A lo propio, on Venancio. ¿Cómo se halla la Etelvinita?
Alentá. ¿Y usté por qué se los ha perdío? Ni que le hubiéramos echao los perros.
Ey tao tan ocupadazo, on Vena. Montón de veces ey tenío la disposición de alcanzar puallá y no han faitao inconvenientes. Ya usté ve que hasta de noche es preciso andar, pa salir de apuros.
Mesmamente me ha pasado, on Lucas. Y con estos caminos, diga usté. Las bestias flacas y espiás andan más por el suelo que en pie. Y fíjese que yo estaba desiándolo. Tengo una punta de cosas que conversale; lástima que no los haigamos topao más temprano.
—Y endey qué los dilatamos. Eso no ha de ser motivo, porque la noche está sin atocarla. Podríamos alcanzal hasta onde on Vilches pa ponerle un algo por debajo de los bigotes. También un poco de licor no haría mal, pa calentar los huesos.
Aconviniente sería, aunque yo le diré que ando bastante amolao de la cintura, con tanto traquetiar a la siga de ese maldito jutre de la Rinconá, a quien cuesta la vía pa merecer.
—¿El jutre de la Rinconá? ¿Quién? ¿On Raimundo Dodríguez?
Quién otro había de ser pues, on Lucas, por l'amor de Dios. Le iré que el jutre ése me tiene más quemao que una callana. Es mal vivior el hombre y muy esconsiderao con el pobre. Usté habrá sabío la que me pasó con él, ahora días...
Se había hecho de noche completamente. Un frío penetrante mordía los huesos de los hombres, que ahora, iban por el centro del camino, muy cerca el uno del otro, envueltos en una densa obscuridad. Lucas, atorado con el humo de su cigarrillo, fue acometido por ruidosos estornudos que le impidieron hablar cuando trató de hacerlo. Por fin pudo articular:
—No había sabío na, on Venancio. A ver, cuente —y carraspeando, añadió—: ¡Mi maire el tabaco malo!
—Mm... Juertón parece ser por la fortaleza de la fragancia. Y como le iba diciendo, resulta que en vez pasá tuve una gallá con el jutre, por asuntos de unos chanchos de mi pertenencia, que se pasaron pa unas vegas que él tiene colindante con mi propiedá. Fue cierto que los animales le hozaron una mancha de lentejas que tenía sembradas, pero él debía haberme cobrado los perjuicios y no arriarme los chanchos pa las casas, a onde hasta el utual los tiene encerraos. Cuando jui a preguntarle cuánto era el valor de los daños, me salió diciendo que no sólo le habían hecho pedazo su siembra mis animales, sino que yo los había engordao en su talaje. Dése cuenta, on Lucas, ¡por la setenta!, que me quiere obligar a pagarle veinte pesos de multa por cada chancho y además sembrarle en su presencia las lentejas.
—¡Mi maire! Le largó toíta la punta al arao...
—Lo hizo con perrera. Contimás que siempre este jutre ha sido un pirata. Y como ahora está de juez, hace lo que se le antoja. Conmigo tiene picacena desde una vez que me ofertó una bestia rosilla mora en cambio de una potranca negra, tapá, que yo crié. Como no le aguanté el conchavo, ha andao desde entonces con el cominillo, viendo la manera de embromarme. Muy descalabazao ha de ser el pobre, pero no pa que le vengan a meter el deo en la boca. Ahora me tiene amolao, porque no quiere largarme los chanchos que se me están adelgazando día por día. Ayer no más me mandó a decir que si no los iba a rescatar luego me saldría mucho más pesao, por cuanto estaban gastando mucho en mantención. Y dice el sobrino mío, que ayer, cuando los fue a ver, los pobres brutos llegaban a aullar de hambre. ¡Creo en Dios Paire! Así será cómo algunos cristianos se acriminan. Mire que a ese jutre dan ganas de zurcirlo a tajos. Y pa más cacha hay que ver el modo bien burlisto que tiene...
Unos ladridos próximos al camino interrumpieron las palabras de Venancio. Lucas, que hasta ese momento le oyera silencioso, despegó los labios para exclamar:
—Si no es por los perros, los habíamos pasao de largo, on Vena. ¡Por la
setenta, la escuridá regrande!
Bajaron las varas de unos tranqueros, para entrar en el cerco en donde se alzaba la casa de Vilches. Una verdadera jauría de perros les salió al encuentro, ladrando furiosos. Algunos llegaron a tarasconear las patas de las bestias que resoplaron amusgando las orejas. Aquel tumulto ahogó la voz de los hombres cuando, junto a la vara, gritaron:
—¿Hay gente?
Una patada del caballo de Lucas disparó a uno de los quiltros, que se revolcó aullando de dolor. En ese momento se abrió la puerta, en cuyo vano apareció un hombre de baja estatura, ojos escrutadores y barba entrecana, que apoyando una mano en el marco, preguntó:
—¿Quién es?
—Gente conocida, on Vilches. ¿Que tiene crianza de perros, on Segundo, por l'amor de Dios? A poco más los descuartizan estos animales del diablo.
El dueño de casa rió, con risa breve, limpiándose lentamente la boca. A tiempo de salir al corredor, se afirmó con las dos manos el sombrero; después comentó:
—Lo hacen de puro alharaquientos estos quiltros de frionera. Como si no vieran nunca gente. Desmóntense. Pasen más ailante.
Empero los hombres se quedaron inmóviles sobre sus monturas, frente a la puerta de donde escapaba una rojiza y turbia claridad. Sonreían con aire insinuante, mirando a Vilches, que con voz baja y cierto desgano afectuoso, repitio:
—Desmóntense, miren que está muy helao el penetro.
En el humoso reflejo de la fogata que ardía en el interior de la estancia, se dibujaron débilmente las facciones de Venancio Faúndez. Era un hombre gordo, rechoncho y rubicundo. Como si fuera una araña o una mosca enorme que se hubiera detenido allí, veíase bajo el labio grueso el nudo del fiador de su sombrero, de anchas alas caídas.
Lucas fue el primero en hablar, dirigiéndose a Vilches:
—Nosotros pasábamos a ver si tenía algo que merendar y también un poco de líquido para alentar el ánimo.
—Un algo ha de haber, por eso es que les decía que se desmontaran —replicó Vilches—. Bien sabía yo que ustedes no pasarían por l'interés de verme a mí.
—Eso se llama cantar con buena voz exclamó Lucas alegremente.
—Y a dos razones —añadió Venancio, desmontándose con dificultad de su bestia, que se sacudió recia al no sentirlo sobre sus lomos.

II

El calor de la fogata y el de los tragos les obligó a sacarse el grueso poncho. Con los labios relucientes y el rostro abotagado, Venancio se limpiaba la frente, mojada de transpiración. Lucas, sentado frente a él, apoyaba la espalda en la pared, dando la impresión de no haber bebido. Sólo en sus ojos se advertía una lumbre no exenta de vanidad y de desdén, para acoger las palabras de su amigo.
El viejo Faúndez, por su parte, lo miraba con aire tímido y desconfiado. Se enredaba visiblemente para explicar lo que deseaba decirle, haciendo mucho hincapié en la amistad y en el aprecio que sentía por él. Hasta que por fin se encaró con Lucas, no sin haber mirado antes a Vilches, que ahora dormitaba sentado junto a la fogata agonizante.
—Pa ser claro di'una vez por todas y no andar "con tencas muertas ni zorzales emplumando", yo le iré, amigo Lucas, que por ey los hablantes cuentan que usté sabe el arte...
Venancio había dado cierta misteriosa inflexión a sus últimas palabras, cuyo significado su interlocutor comprendió claramente, pero se quedó un largo rato con el semblante hierático, como si sus nervios y su espíritu estuvieran acorazados contra toda emoción. Con el brazo doblado en ángulo recto, alzó la mano para llevarse el cigarrillo a los labios, dándole una larga chupada. Y mientras el humo florecía en su boca como un zarcillo azul y el labio se le estiraba en una mueca desabrida, replicó con despego:
—¿El arte? ¿Qué sé yo el arte? ¿Qué quieren decir con eso?
En los ojos de Faúndez se desleía ahora una luz tímida, que era como la petición de una excusa para Lucas y un sondeo para Vilches. Tartamudeando, prosiguió, a media voz cautelosa:
—Conmigo no hay cuidao, on Lucas. Yo sé que usté sabe la "maunífica" con toas las palabras redoblás. A mí no me lo oculte, porque estoy necesitando de usté más que repique en un bautizo. Yo quisiera pedirle ayuda pa castigar a ese jutre de la Rinconá. Ya que Dios no lo castiga y le perdona todas las ditas que tiene con él, es preciso que el pobre se dé a respetar como pueda. Contimás que esto sirve de ejemplo.
Lucas se acomodó en la banca, siempre con la espalda apoyada en la pared. Una sardónica sonrisa se inmovilizaba en su rostro, dándole cierta apariencia de ídolo azteca. Se advertía en él, claramente, un aire de superioridad sobre su amigo que con el vaso en la mano le invitaba a beber. Mas, de pronto, toda su afectada compostura se deshizo en una ruidosa carcajada. Dos granos de maquis, barnizados por una alegre luz, eran sus pupilas brillantes.
—¡Este on Vena tiene obra y no la trabaja! No necesita saber el arte pa conseguir lo que quiere. Y como dicen que entre güeyes no hay cornadas, yo le diré que algo sé de esa custión de que me habla, pero a fin de que eso le dé los resultados necesarios tiene que hacerlo usté mesmo. Así va con toda la intención, pa que el asunto ande.
—¡Pero cómo! —protestó el viejo con los ojos ardidos en una indefinible ansiedad—
Yo no podría... Pa eso hay que tener mucha conociencia y los dilataríamos mucho. Si no lo hace usté, no hay caso.
—¡Psh! Calleuque es un buen lugar, on Venancio. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Yo sé por qué se lo digo. Eso sí, tendría que ir a su casa más seguido, a fin de poder alistarlo en el asunto. Porque, pa esto, usté habrá de ver que se necesita mucha fortaleza de ánimo y no tenerle miedo al miedo. Y aemás que el loro esté muy callao...
El viejo Venancio le oía con una boba sonrisa de complacencia. En su semblante se reflejaba esa curiosidad ansiosa con que los campesinos oyen cuentos de aparecidos. Habíalo cautivado la generosidad de Lucas y quiso a su vez corresponderla mostrándose abierto y rumboso.
—¡Y endey qué estamos muertos, on Vilches! Acarree licor pues, don, mire que estamos más resecos que un cuero asoliao. Y si encuentra un algo pa darle que hacer al diente, no los haremos de rogar —y volviéndose a Lucas, con su sonrisa más afectuosa, le agregó—: Yo estaba seguro de que usté no me habría de negar este servicio. Los pobres tenimos que favorecernos, lo mejor que se pueda, cuando el rico quiere ponerle la soga al cuello a uno. Y a este jutre hay que darle su merecío, porque ende que ha llegao por estas orillas no ha dejao otomía por hacer. Usté también habrá sabío de lo que le pasó a on Faustino Pérez con él, por asunto de una chacra que tenían a medias. Como es tan laíno, on Dodríguez lo hizo hipotecarse con él hasta la tusa, hasta obligarlo después a venderle la cosecha en verde, por una frionera, en circunstancias que él vendió los porotos al tiple de lo que le costaron. Es tan traguilla que no se atora ni con un quisco.
Se veía en el viejo Faúndez el propósito manifiesto de provocar en Lucas Quintral el mismo rencor que él sentía por el Juez de Subdelegación. Por su parte, éste le oía sin dar a conocer en lo más mínimo sus impresiones, limitándose a mover afirmativamente la cabeza. Por último, su pensamiento se condensó en una frase breve, pronunciada en tono decidido:
—No hay más que dársela, pa que se le quiten las mañas.

III

La Etelvina no salía de su asombro, mezcla también de curiosidad, al ver la intimidad que así, de repente, habíase establecido entre Lucas y su padre. Todas las tardes, a esa hora cuando el sol se recuesta sobre los cerros y las quebradas se llenan de misterio, veía aparecer la silueta de tiuque desplumado de Lucas Quintral, a quien el viejo Venancio esperaba lleno de nerviosa ansiedad. En un rincón de la cocina y frente a una mesa, encima de la cual no faltaba un jarro de vino, se acomodaban los dos hombres para conversar en voz baja, casi sigilosa, sobre algo que su curiosidad de mujer no podía percibir, por más que hiciera cuanto le fue posible por conseguirlo. Sólo frases cortadas y raras palabras llegaban a sus oídos, cuando el entusiasmo de los hombres les hacía olvidar su cautelosa reserva. Después, ya caída la noche, se iban a esconder entre los viejos árboles de la quinta abandonada, en donde Venancio se quedaba entregado a quién sabe qué misteriosos ejercicios, mientras Lucas se volvía a esperarlo en la casa. Aprovechaba esos momentos para conversar con la muchacha, mostrándose con ella muy alegre y expansivo, pero sin aludir en ninguna ocasión a las conversaciones que sostenía con su padre.
La Etelvina, que en un comienzo se mostraba huraña y esquiva con él, fue poco a poco dándole confianza. Los dichos y chirigotas del hombre que al comienzo eran recibidos por ella con sonrisas disimuladas y gestos de afectado desdén, le provocaban ahora estrepitosas carcajadas. Mas, en medio de estas chanzas, ni un instante dejaba de bullir en su pensamiento la idea de aprovecharse de esta confianza para obtener de Lucas el secreto de sus misteriosas conversaciones con Venancio.
Una noche, mientras el viejo, como de costumbre, se había quedado entre los perales, Lucas, sentado junto a la moza, que estaba ocupada en limpiar una fuente de arvejas, aprovechó la distracción de ésta para abrazarla sorpresivamente. Alzó ella el rostro encendido de cólera, haciendo esfuerzos por desasirse de aquel abrazo. Pero el hombre apretaba fuerte, quemándola con el cálido aliento de su ansioso respirar.
—¡Mi indiecita quería, no sea tan ríspera con su pobre huacho que la quiere tanto!
Trató la Etelvina de levantarse, rezongando con fiereza, momento que el hombre aprovechó para doblarla hacia atrás y entonces quemarla con la brasa de sus labios. Fue, más que un beso, una mordedura de macho en celo, que dejó a la moza con los ojos encandilados y el pecho anhelante. Empero, con rabioso ademán, dejó la palangana sobre el banco y fue a pararse al otro lado de la fogata, cuyo rojo resplandor se proyectaba sobre el semblante del hombre, desgreñado, dándole un diabólico aspecto.
—Hay que ver que es bien propasao usté —prorrumpió al fin con la voz ligeramente enronquecida—. Tuavía no le fían un diez, cuando ya quiere salir con la venta al hombro.
—Pero cómo quiere pue, m'hijita, si usté me gusta tantísimo. Ni que me la hubieran mandao hacer sobre medía.
Mientras le hablaba, íbase acercando a ella, felinamente, mirándola con los ojos muy abiertos, como si en ellos destellara una luz que lo transformaba. Sentía la moza el deseo de abofetearlo y a la vez de dejarse acariciar por el hombre cuya mirada ejercía sobre ella una especie de fascinación.
—Así, enojaíta, es como me gusta verla. Le prometo que está de comérsela, mi indiecita. Pero no saca na con ponerse tan caita, porque yo pa andar por el cerro soy baquianazo. Allá es donde la pillo más ligero.
Habíale tomado las manos, acariciándola con mañosa zalamería. La Etelvina, como aturdida, le dejaba hacer sin desarrugar el ceño.
—Si el cariño es como la grasa, mi prenda. No hay más que ponerlo al fuego pa que se ponga chirriar. Y una sin otra no vale...
Súbitamente le apartó las manos, y ahora, sin resistencia, la besaba golosamente, mientras la muchacha, sacudida de raíz, respiraba con fuerza, como poseída de una anhelante fatiga. Hasta que por fin consiguió desceñirse:
—¡Déjese, que por ey siento tranquear a mi taita!
—A su casa no más llega. Y nosotros esperándolo.
—La purita que es bien hostigoso usté. Más que un tábano en una lastimadura.
Rió Lucas, a tiempo que entraba Venancio.
—Desiándolo estábamos, on Vena. La Etelvinita estaba con cuidao, creyendo que se habría topao con el lión.
—Ajá —hizo éste con aire de cansancio y de desgano, no baja el lión por estas orillas. Tiene muy poco monte onde atrincherarse pu aquí —y volviéndose a la moza, que le observaba absorta, le dijo—: Abrevee pue, hija, con la merienda, mire que ya estamos sintiendo mucha necesidá.
Comieron casi en silencio. Sólo se oían los fuertes sorbetones de los hombres al tomar el caldo caliente. Lucas, excitado, con los ojos brillantes, vaciaba uno tras otro grandes vasos de vino. Por el contrario, Venancio se mostró parco en las palabras y en la bebida. Era como si adivinara, aunque en forma vaga, lo ocurrido entre su hija y Lucas. Pero su odio al juez era más fuerte que el temor al daño que pudiera hacer en su casa aquel huaso socarrón, de quien se contaban innumerables historias con gentes de la comarca, en las que su actitud como hombre correcto no salía bien parada.
Pero Venancio no estaba dispuesto a dar crédito a lo que se dijera de su amigo Quintral. Esa noche, cuando éste se dispuso a marcharse, dándole una mirada de inteligencia, le dijo:
—Yo lo iré a encaminar, on Lucas. Pa que no se güelva...
Una expresiva mirada a Etelvina explicó a ésta bien claramente el significado de la respuesta de Lucas, dicha al salir de la estancia, con aire chancero:
—Y bien hartas ganas que me dan a veces, on Vena. Aquí se ha de dormir bien abrigao, mientras que afuera las noches van estando muy obscuras y frías.
Una afectuosa cordialidad parecía unir a los dos hombres. Sin embargo, cuando los envolvió la obscuridad de la noche, se quedaron silenciosos, como si repentinamente se les hubieran concluido los deseos de hablar. Tras un largo silencio, Lucas insinuó:
—¿Y qué ha pensao, on Venancio'? ¿,Cuándo piensa tirarse el corte? A mi modo de ver, yo creo que ya está güeno.
Carraspeó el viejo, ruidosamente, para en seguida quedarse en silencio. A lo lejos se oyó el bramido de un vacuno y luego, en los aguazales próximos, se alzó el metálico y trémulo croar de las ranas. De pronto Venancio exclamó:
—Me creo que ya soy capaz de hacer la prueba. La custión es que no me vaiga a turbar en las palabras redoblás. En lo demás me hallo bien firmero.
—Lárguese sin miedo, on Vena. Y no se le olvide que pa trabajar en el arte, lo principal es tener mucho coraje. También ha de tener presente que en los primeros volidos, cuando se tope con otros pájaros de la noche, usté tiene que estarse bien callampito. Ya una vez en los adres, uno compriende al tiro el idioma de los pájaros. Hay que ir, eso sí, con l'oreja al charqui. No es preciso tampoco aletiar muy tupío, pero sí tratar de contrapesarse bien. Cuando desee abajarse, tenga presente que hay que dejarse caer al copito de los árboles, porque en la ramazón, a uno que no es muy baquiano, se le enrean las alas y no es fácil afirmarse bien.
—Ajá —hizo el viejo—. ¿Pero al bajarse no habrá cuidao de mandarse al suelo? Mire que un guatacazo agarra cuero.
Lucas respiró con fuerzas antes de responder. La noche fue su cómplice al ocultar la diabólica sonrisa que se dibujaba en su rostro.
—No hay cuidao si usté hace las cosas como manda la ley. Tiene que fijarse que el viento esté firmecito. En el copito del álamo espera bien atento que pasen tres pájaros que vaigan volando p'al norte. Di atrasito del tercero se larga usté. El primer envión ha de ser con todas sus fuerzas, con pica le diré pa mayor claridá. Con las alas destendías a too el anchor de sus brazos, parte aletiando despacio, contrapesándose desde la partía. Ey es a onde tiene usté que pegar el grito: "¡Sin Dios ni Santa María!" Después lo va a encontrar tan facilazo que ni se va a dar cuenta cómo lo va a hacer. Encima de la casa del jutre, los vuelos los hace en círculos que va achicando hasta terminar en una na. A las siete noches, la casa va estar completamente embrujá. El jutre va a comenzar a isparatiar hasta que sin saber cómo se va a volver loco. Aunque yo preferiría que se lo trajera a la casa, en cuenta de perro o de chancho. Así se las pagaría toas las que le ha hecho, con ganancia.
Ansina no más sería, on Lucas —asintió Venancio con voz sorda. Y tras una pausa consultó:
—Entonces, ¿qué le parece que hagamos la prueba el viernes que viene?
—Anda bien. Esa noche yo me vengo temprano pa ayudarlo a alistarse.

IV

Los dos hombres se deslizaban en silencio, como fantasmas cautelosos entre los renuevos y los árboles greñudos de la quinta abandonaba. Un viento del sur soplaba con insistente regularidad, haciendo oír su quejumbroso rumor entre el ramaje. Las palabras se les escapaban sigilosas y, a ratos, con el chillido de un ave nocturna.
—No se le vaiga a olvidar de sacarse los zapatos, on Venancio dijo Lucas con trémulo y apenas perceptible susurro.
—No hay cuidao —repuso el viejo . Lo único malo es que estoy un poco lile. ¿No implicará eso?
Carraspeó bajo Lucas, sin responder al punto. Forcejeaba ayudando al viejo a ponerse un extraño atavío, que sólo sus ojos acostumbrados a la obscuridad podían ver.
—Eso no importa —repuso después—. La custión es que usté esté bien voltario. Lo demás no tiene na que ver. Yo di aquí me voy a ir a la cueva de Salamanca a hablar con mis amigos brujos a fin de que lo apuntalemos toos. Y no vaiga a fallar usté, pues, on Vena. Han de faltar unas dos horas pa que sean las 12. Calcule el tiempo, contando las palabras redoblás. ¡No la vaiga errar, pues, on Vena, por los cachos del Maliuno!
Con agilidad felina, Lucas se deslizó en el monte, en dirección opuesta a la casa de Venancio. Un rebullir de risa contenida le cosquilleaba el cuerpo. Sentía deseos de correr y de saltar, o de tirarse al suelo para aplacar la loca y maligna embriaguez risueña que se había apoderado de él, al recordar la facha del viejo y las graciosas consecuencias que tendría su farsa.
Pero había en él una ansiosa preocupación, más fuerte que todo el regocijo que aquella comedia ofrecía a su espíritu burlón. Necesitaba ver a la Etelvina y obtener de ella lo que hasta entonces no pudo alcanzar. La encontró sentada junto al fuego, tan abstraída que no sintió al hombre sino cuando éste le habló con melosa suavidad.
—¡Qué hay, Etelvinita! ¿Que se está quedando dormida?
Brincó la moza sobre su asiento, para volverse a mirar al hombre con expresión de temor y agravio:
—Jesús, el hombre del diantre que me asustó. ¿Y a ónde quedó mi paire?
—No se aflija por él. Fue a hacer una deligencia, allá onde don Raimundo Dodríguez. Tenía que hablar con él, esta noche, antes de las 12.
La muchacha, con el ceño áspero y el talante agresivo, le escrutaba con insistente fijeza.
—Yo no sé en qué camaricos anda usté con mi paire, mire. Ende que usté ta llegando aquí, que lo veo a él con un sucirio muy grande. Pero le prometo que si algo malo le pasa, usté me las paga toas.
El hombre se puso serio. Con la zalamería que acostumbraba con ella comenzó a explicarle el objeto de sus conversaciones con el padre. No se lo contó antes, porque era un secreto. Ahora ya no importaba. El Jutre Rodríguez tenía ofendido a su padre y era justo que lo castigara.
—Y yo, Etelvinita, por el cariño suyo, le ey enseñao cómo hacerlo. Ya verá si son buenas mis intenciones.
La moza poco a poco se fue suavizando, haciéndose menos esquiva. Terminaron por sentarse en el mismo banco donde Lucas la encontró. Entretanto, pensaba que no había mucho tiempo que perder. Tras las bromas siguieron las caricias, que Etelvina rechazaba con zahareña rudeza, pero sin la impetuosa rebeldía que la caracterizaba. Su naturaleza robusta, llamada por el instinto, se dejaba vencer, ahora sin enojos. Hasta que de pronto el lamparín se apagó y el rancho quedó sumergido en las tinieblas. También el resplandor de la fogata se había ido extinguiendo. La vivienda era sólo un montón informe en medio de la susurrante noche campesina.
Mas, de pronto, aquel silencio fue sacudido ruidosamente por un ronco y lamentable grito:
—¡Etelvina! ¡Etelvina! ¡Ven a favorecerme, Etelvina!
Y luego, palabras confusas y afligidas voces de mujer llenaron el ámbito. La moza, poseída de cruel ansiedad, corría sin tino hacia el sitio en donde el viejo se quejaba a grandes voces.
—¡A ónde está, pues, taitita!
Llegó por fin donde estaba Venancio. Estupetacta y con el humoso chonchón en la mano, la muchacha se quedó mirándole asombrada, sin saber qué hacer. El viejo, quejoso y suplicante, le pedía ayuda para ponerse de pie.
—¡Pero, taitita, por l'amor de Dios, qué le pasa! —prorrumpió por fin la Etelvina sin salir de su asombro al mirar a su padre, ataviado en forma tan absurda y estrafalaria, que creyó que se había vuelto loco o ella estaba viendo visiones.
Al pie del peral moto yacía Venancio con el semblante contraído por el dolor. Una especie de careta ladeada, sujetaba sobre su frente unos cuernos de carnero, mientras unas alas rotas, hechas con plumas de pavo, le colgaban fláccidas y lamentables de los brazos.
—¡Taitita, taitita! —imploraba la Etelvina, presa de una extraña y contradictoria impresión, pues junto con el susto experimentaba unos incontenibles deseos de reír—. ¡Qué li ha pasao, taitita, por la Virgen!
Pero Venancio, sin atender a su pregunta, trató de enderezarse. Un gemido, al cual siguió un juramento, le brotó roncamente de los labios.
—¡Mi maire el perro bien sin alma! Güeno pa que yo li hubiera hecho caso de tirarme di arriba del álamo como él quería.
Y en medio de su aflicción miraba, casi con gratitud, la copa rechoncha del peral moto.










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