Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

José Donoso - Una señora


No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su 
existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía 
que atravesaba un barrio popular.
Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar 
algún tranvía, cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde 
llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo 
esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una semana, 
limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles. 
No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el 
tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, 
sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia 
como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la 
reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello 
rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro 
personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una 
botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón 
rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta 
por un impermeable verde junto a mi rodilla. 
Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en 
indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la 
sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para 
ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde. 
Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un 
sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que 
hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones 
regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más 
de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de 
su rostro. 
Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de 
la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo 
desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que 
limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un 
despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se 
prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos 
ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios 
exiguos. 
Iban tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó 
del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no 
volví a pensar en ella? No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente. 
Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el 
tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a 
medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, 
ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas 
de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de 
atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo 
la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer 
que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol 
reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes 
en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a 
pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. 
Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba 
bajo los árboles por la calle solitaria. 
Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El 
movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las 
vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los 
hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de 
nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las 
veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se 
había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la 
ciudad. 
En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas 
partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me 
asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la 
deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio 
de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto 
rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón 
con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. 
Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero 
yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo 
grande, bastante vulgar. 
Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. 
Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la 
señora en vez de concentrarme en lo escrito. Lo colocaba en situaciones 
imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos 
acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba 
el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras 
para las comidas de su casa. 
A veces sentía la necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado 
para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía 
malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante 
el resto de la noche. 
Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en 
el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, 
parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los 
árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser 
plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una 
esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que 
charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer 
nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, 
papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la 
plaza no propiciara mayor intimidad. 
Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. 
Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la 
señora decía con tono acongojado: -¡Imposible! 
La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. 
Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero. 
Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para 
preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en 
que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día. 
No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la 
esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía 
haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la 
menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si 
el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que 
soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus 
parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por 
quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana. 
Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para 
quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al 
cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando 
menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que 
la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, 
físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí 
a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna. 

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un 
cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando 
una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la 
estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las 
calles. 
Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella 
ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las 
calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido 
con el resto de las personas que habitan la ciudad. 
Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba 
muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de 
mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por 
un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del 
jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los 
ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido... Pero en alguna parte de 
la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir. 
Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar. 
Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde 
fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz 
fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el 
jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para 
la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía 
desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró. 
Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un 
pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio 
desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, 
y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La 
tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos 
acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de 
esa tarde. 
Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia 
anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?… Sí. Sin duda 
era ella. 
Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, 
entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por 
quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa 
tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial. 
Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde. 
A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no 
es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me 
ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de imperturbable verde. Pero 
me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una 
pared con centenares de nichos todos iguales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.