—Así pues,
¿sigues pretendiendo que dos más dos son cuatro? —el gran sacerdote Krts
levantó ambos brazos en señal de horror e invocó a la Luminaria Mlrprvlttsl,
que relucía suavemente al otro lado de la ventana.
—Sí, gran
monarca... —el esclavo-matemático cayó a los pies de Krts y lamió
apasionadamente el suelo alrededor de sus doradas sandalias.
—¡Oh, dioses!
—balbuceó Krts; su voz enronquecía de indignación—. Dioses, ¿cómo seguir
viviendo? Si dos más dos...
Calló, y
rechazó al esclavo con el pie.
—¿Te atreves a
refutar nuestra ciencia ancestral? ¿Osas considerarte como el igual del Ungido
del Señor? De seguir así, cualquier día te atreverás a sostener que el blanco
es... blanco, y no negro como es la opinión generalizada. ¡Acude inmediatamente
a los guardias y diles que yo he ordenado que te corten en pedazos! ¡Eso quizá
te dé un poco de sabiduría!
El esclavo
salió dispuesto a obedecer las órdenes de su soberano. Krts empezó a pasear con
pasos nerviosos por la dorada galería del palacio. Por encima de la capital de
la Atlántida, que desde tiempos inmemoriales se había llamado F, el sol
brillaba imperturbable pese a los problemas del gran sacerdote...
—Monarca, me
ha sido imposible obedecerte.
—¿Por qué?
—preguntó Krts, encolerizado.
El esclavo se
aplastó de nuevo contra el suelo, en el lugar más sucio.
—El centurión
a quien he pedido que me cortara en pedazos ha querido saber cuál era mi
crimen. Le he dicho que dos más dos eran...
—¡Silencio!
¡No repitas otra vez esta blasfemia!
—Sí,
Monarca..., le he explicado de qué forma había profanado tus sagrados oídos. Él
se ha puesto a pensar, finalmente ha sido de mi misma opinión, y...
—¡Arrrrrggggghhhhh!
—estalló el sacerdote. Una sucesión de groseras maldiciones profanas en antiguo
atlante brotó de sus labios—. Regresa inmediatamente con el centurión: ambos
seréis desmembrados por caballos salvajes. ¡Que todo un regimiento de soldados
os escolte!
—Sí, Señor.
Pero si...
—¡Fuera,
miserable gusano! —aulló el sacerdote.
Aterrado por
los gritos, el esclavo huyó a toda prisa. Un poco más calmado, Krts se acercó a
la ventana para vigilar la ejecución de su sentencia. A sus pies, en el patio
de mármol negro y verde, un regimiento de soldados se llevaba consigo al
esclavo y al centurión, azuzándolos con la punta de sus lanzas de bronce en los
lugares más sensibles para hacerlos avanzar más aprisa.
—¡Ajá! —aprobó
el sacerdote, y una sonrisa afloró a sus labios. Pero, en aquel mismo instante,
observó con abominación que el esclavo-matemático le decía algo a los soldados.
Estos se detuvieron en mitad del patio y empezaron a contar con los dedos...
—¡Aaaaaaaaah!
—Krts tomó su cetro de marfil y empezó a golpear todos los gongs a su alcance.
Los esclavos, los servidores, se precipitaron a la estancia: el gran esclavo
encarado de sonarle, y el esclavo que le hacía cosquillas en los talones, y la
esclava que masticaba por él las cortezas...
Krts los
amenazó a todos con el puño.
—Detengan
inmediatamente a todos esos rebeldes. Derramen sobre ellos pez hirviendo,
arrójenlos a los leones, y si por casualidad queda alguno vivo, tráiganmelo
para que lo interrogue...
Aquella misma
tarde estallaba un motín en la ciudad. El esclavo-matemático, aquella miserable
criatura nacida de madre desconocida en los espacios desérticos del norte,
explicaba por todos lados que dos más dos eran... ¡Oh dioses! ¡Qué blasfemia!
Todos empezaban a contar con los dedos y a darle la razón. Ya nadie obedecía
las órdenes del gran sacerdote. Krts condenó a muerte cada vez a más gente, y
soñó con torturas siempre más horribles, pero aquello no detuvo a los
insurrectos.
Al filo de la
noche, el consejo supremo de los sacerdotes se reunió en el palacio de oro del
Zar Vrbtstst IIVXIIV, que viva y reine por siempre. Cada sacerdote lamió todos
los dedos del pie izquierdo de Krts, tras lo cual recibió la autorización de
ocupar su asiento. Abrieron mucho sus bocas, dando a entender que estaban
listos para escuchar con la mayor atención.
—¡Oh tú, el
mayor entre los Elegidos de Dios! —dijo el Zar a Krts—, ¿qué es lo que has
hecho? Has condenado a muerte a la mitad de mis súbditos. No es que sus vidas
me importen demasiado, pero si la ciudad queda despoblada, ¿quién pagará los
impuestos?
—¡Oh Zar, Hijo
del Sol, Hermano de la Cúpula de los Cielos, Cuñado de la Noche! Tus palabras
son para mis oídos la voz de la sabiduría, pero no he podido actuar de otro
modo... Imagina que ese bueno para nada (perdonen, oh dioses, mis palabras
sacrílegas), que ese bueno para nada se atreve a afirmar impúdicamente que dos
más dos son... No, no puedo repetir la blasfemia. Además, hace contar a la
gente con los dedos para convencerles de su insensata teoría. ¡Se ha rebelado
contra nosotros! Contra nosotros que conocemos los antiguos papiros, contra
nosotros que leemos el futuro en las estrellas, ¡contra nosotros que sabemos
descifrar las entrañas de los perros ofrecidos en sacrificio! Cuenta. ¿Quién le
ha dado el derecho a contar? ¡Que el gran Mlrprvlttsl sea testigo, no tendré un
instante de reposo hasta que la verdad divina sea restablecida y todos los
herejes hayan sido castigados!
El Zar se echó
la corona sobre la frente, se rascó la nuca y dijo:
—Pero, ¿y si
tuviera razón? ¿No crees que deberíamos verificarlo?
El Zar se
volvió hacia uno de sus consejeros más sabios y le hizo señas para que se
aproximara.
—Veamos, esto,
tú, ¿cómo te llamas?... Ayúdame un poco... ¿Cómo se hace para contar?
Y, lentamente,
el Zar empezó a doblar sus dedos, uno tras otro, repitiendo los gestos del
viejo sabio, que se concentraba sacando un poco la lengua. Uno... Dos...
Como un
torrente desenfrenado, el terror se extendió por todas las venas del gran
sacerdote. Levantó los brazos al cielo, como si intentara trepar por él, y se
lamentó:
—¡Oh dioses!
¡Todo está perdido! ¡La Tierra está perdida! ¡La vida va a detenerse! ¡Si hasta
nuestro gran Zar (que viva y reine por siempre) pone en duda la sabiduría de
nuestros antepasados, entonces ya no hay ninguna esperanza! ¡Es el fin de la
ciencia! ¡Es el fin del mundo! ¡Es el fin de la Atlántida!
A la mañana
siguiente, hacia las cuatro horas (Tiempo del Meridiano de Greenwich), la
Atlántida se hundió efectivamente en las aguas. ¿Por qué? Hasta ahora, nadie ha
conseguido saberlo.
FIN
Publicado en:
Revista Nueva dimensión, nº 133.
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