La escena es un gran bosque, ennochecido y pacífico, al
borde de una ciudad.
A lo lejos se divisa una nave espacial fantasmagórica y,
entre los árboles, figuras enanas que se mueven con torpeza y lentitud. Vienen
de las estrellas para recoger vegetación de la Tierra. De pronto, irrumpen
hombres, en busca de un espécimen extraplanetario. Sólo vemos sus cinturas, sus
piernas eficientes, sus luces, un manojo de llaves. La nave parte
precipitadamente, dejando atrás, abandonado, a un miembro de la tripulación.
Ese ser monstruoso, un cruce entre tortuga, insecto y feto,
es el inesperado e insólito protagonista del último film de Steven Spielberg,
E.T., El Extra-Terrestre, que tiene serias posibilidades de convertirse en el
mayor éxito de boletería en la historia del cine.
Con tal aspecto físico, y tratándose de un visitante
inhumano de otra zona, sería fácil suponer que estaríamos frente a una obra más
entre tantas de horror a que nos ha acostumbrado el cine norteamericano en
estos tiempos. Lejos de ello, E.T. es un cuento de hadas contemporáneo, un
himno al amor entre las generaciones, las especies y las galaxias. Perseguido
por sus anónimos cazadores, el diminuto y feo invasor buscará refugio en la
casa y, finalmente, en los brazos de un niño norteamericano, Elliot. El
jovencito, desamparado él mismo debido a que su padre acaba de abandonar a la
familia para irse con otra mujer, hará de padre y madre del náufrago espacial,
ayudándolo a escapar de los adultos y retornar a su propia constelación. En el
proceso, ambos, E.T. y Elliot, como lo indican los sonidos que conforman sus
respectivos nombres, se irán identificando uno con el otro.
Los críticos de cine han observado que la extraordinaria
popularidad de la película se debe a que el director ha construido un universo
enteramente reducido a la perspectiva infantil, forzando al espectador a
rejuvenecer su mirada y su corazón. Spielberg excluye sistemáticamente a los
adultos de ese mundo. La madre es incapaz de entender lo que pasa debajo de sus
narices. A los acosadores no les vemos el rostro hasta la segunda mitad de la
película, tan lejanos son. Cuando finalmente hacen su aparición, se muestran
inútiles y ridículos. Con esto, Spielberg ha transformado a los seres mayores
en extranjeros, invasores de espacios íntimos que amenazan mucho más, que son
infinitamente más extraños y remotos, que un pobre hombrecito del espacio.
Lejos de aterrorizarnos, el Extra-Terrestre suscita nuestra
ternura. Carlo Rambaldi, el mismo que construyó el muñeco mecánico para la
segunda versión de King-Kong, gastó un millón y medio de dólares para traer a
la pantalla a un monstruo verosímil con un rostro expresivo que no sólo hablara
y caminara, sino que poseyera, junto a una serie de rasgos repulsivos,
exóticos, chocantes, alguna condición visual suficientemente humana como para
que el público de todas las edades pudiera tomarle cariño. Rambaldi lo logró,
otorgándole a su deforme huésped estelar, una cabeza gigante, ojos
desproporcionados y una mandíbula mínima. El célebre biólogo Konrad Lorenz
explicó, en un libro publicado en 1971, que tales rasgos son típicamente
infantiles, y tienen por objeto provocar la automática adhesión de nuestra
raza, el deseo de proteger y acariciar al pequeño. Siguiendo sin duda con toda
inconsciencia esta ley de la anatomía, Rambaldi construyó de plástico,
circuitos y goma un ser que, pese a su prodigiosa fealdad, nos recordara en el
fondo de las neuronas algo juvenil y desamparado.
El secreto del éxito de E. T., entonces, es que al venerable
viajero caído de las estrellas se lo trata como a un niño. Lo hacen sus
protectores infantiles, lo hacen quienes escribieron el guión, y lo hacen, por
último, los espectadores. Se supone que el visitante posee una sabiduría que
fluye de sus diez millones de años de edad, pero si es así, tal inteligencia
para nada se nota en el film. Más bien parece un recién nacido al que se le
debe enseñar todo. Camina con torpeza, choca con sillas y paredes, debe
aprender a hablar y a leer el abecedario, no sabe comer y se lo disfraza como a
una muñeca. Algo similar sucede con sus poderes mágicos, la telekinesis y la
telepatía. El director ha tenido sumo cuidado de que esa superioridad, el
control que ese ser tiene sobre la naturaleza, no lo aleje de nosotros, no
interfiera con el proceso de identificación tan esencial al mensaje. E.T. sólo
demuestra sus habilidades de vez en cuando, en los momentos que conviene a la
estrategia fílmica, es decir, para estimular risa, suspenso y estremecimientos,
y no cuando le conviene a él. Hay, por ejemplo, una larga secuencia en que los
hombres del FBI tratan de agarrar a E.T. y a los muchachos que huyen con él en
bicicleta. Sólo después de una interminable cacería, una vez que el público ya
ha recibido su cuota de emociones, sólo entonces, a último momento, cuando todo
parece perdido, utiliza el extra-terrestre su energía antigravitacional,
cumpliendo el sueño de Peter Pan y todo niño: volar. Lo fundamental es que el
público nunca se sienta amenazado por esos poderes, que pueda servir de familia
a ese organismo intergaláctico.
Porque el film está predicando la tolerancia hacia los seres
ajenos y diferentes, nos está sugiriendo que no hay para qué aniquilar o borrar
del mapa a todo ser que es incomprensible a primera vista. Tal mensaje va en
contra de toda la paranoia que se ha apoderado de EE.UU. en los últimos años. Y
también va en contra de la tendencia de los films de violencia o de horror que
han alcanzado la cumbre de la popularidad en este tiempo. Ahí, los monstruos
son metáforas que representan algo oscuro e inestable que está siempre a punto
de atacar. No hay un lugar seguro: ni la playa ni el hogar ni un aparato de
televisión ni nuestros pulmones ni la luna ni nada. El enemigo, minúsculo o
colosal, nos acecha. Frente a tanto psicópata y tanto engendro, la verdad es
que E. T. es un alivio. En momentos en que las naciones y los individuos se
miran con creciente recelo, en que conflagraciones bélicas absurdas se
desparraman por todos los continentes, en que se cazan ballenas y se extinguen
especies para hacer raquetas de tenis, resulta refrescante que un film de
alcance masivo anuncie la necesidad de consentir las diferencias y de no
reaccionar con la agresión frente a lo que no entendemos.
A riesgo de ser un
aguafiestas, sin embargo, es necesario observar que el extraterrestre no es un
ser absolutamente raro, no significa para el público un verdadero desafío ni
exige un ajuste a fondo de sus percepciones o costumbres como un auténtico ser
extra-planetario probablemente lo haría. Ante todo, por lo que ya mencionamos:
su cautivante puerilidad. Pero hay más. E.T. puede convertir a los espectadores
a su evangelio del amor universal, porque previamente él ha sido convertido o
asimilado a los presupuestos comunitarios de ese público. Su apariencia física
misma ha sido preparada por Sesame Street, por los Muppets, por los monitos.
Hay una escena, incluso, en que escapa a la mirada de la madre de los niños
simplemente sentándose entre los muñecos de la casa: E.T. es un maniquí más. El
público norteamericano puede proteger y cuidar a ese pequeño monstruo, porque
cabe a la perfección en sus hábitos cotidianos, en su folklore vivo, en su
cómoda mirada. Por eso, quizás, el director se preocupó especialmente de rodear
al extra-terrestre de símbolos de la vida norteamericana, de integrarlo a la
normalidad. Los primeros contactos entre Elliot y su extra-planetario se
realizan por medio de objetos que son familiares a cualquier niño
estadounidense. El muchacho tira una pelota de béisbol a un cobertizo donde se
guarece el monstruo; éste se la devuelve, anticipando que la relación entre
ellos será siempre juguetona. Después, Elliot, como si se tratara de convencer
a un animalito salvaje, saca del bosque al visitante utilizando un sendero de M
and Ms, los chocolatines preferidos de los niños por estos lados. El
extra-terrestre tendrá incluso la oportunidad de conocer las calles de la
ciudad sin ser descubierto, aprovechando la fiesta que acá llaman Halloween. En
esa celebración yanqui de la Noche de Walpurgis, cuando salen a rondar brujas y
los niños se disfrazan de fantasma y de jorobado, un verdadero monstruo puede
pasearse a su regalado gusto. En realidad, es una suerte para él que haya
naufragado en California.
Si no hubiera escogido un hogar acomodado, donde los niños
disponen de entretenciones de tecnología avanzada (pequeñas computadoras,
walkie-talkies, estéreos), jamás hubiera podido armar un aparato para transmitir
un llamado de auxilio a las estrellas.
De manera que el público norteamericano ha adoptado a E.T.
como se adopta a tantos huérfanos del Tercer Mundo. No hay con él ni con su
civilización ningún diálogo verdadero, ninguna mutua modificación. Como un indio,
un salvaje, una raza dominada, el extraterrestre paga un precio por ser
aceptado. Tiene derecho a existir solamente en los marcos de referencia que
coloca la cultura que le ha dado acogida. El sufre el destino de tantos otros
inmigrantes a este país que ha absorbido tantas olas desde el extranjero: ser
derretido en lo homogéneo e igualitario, perder la identidad propia y profunda.
Yo siento, como es natural,
alguna desconfianza frente a intentos como éste, aunque celebro el hecho de que
la industria cinematográfica de USA pueda producir un film popular que
establece la exigencia de tolerar a seres que no son idénticos a nosotros, que
combate la indiferencia al dolor ajeno. Pero tengo, tenemos, el derecho a
preguntar también: ¿Acaso hace falta que venga un viajante de las estrellas
para enseñamos esto? ¿No hay acá, en este planeta mísero y múltiple,
suficientes seres raros y diferentes y además cercanos, para que con ellos
practiquemos lo tentativo de una mirada fraternal?
No puede ser que todo
extranjero tenga que someterse a la infantilización y a la
nortearmericanización para ser respetado y recibido como un ser digno. No puede
ser que la alternativa sea la exterminación.
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