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Ofelia Dracs - La carta revelada



Recibí la carta entre todo un montón de correspondencia en el correo de la tarde. El sobre llevaba en el dorso, con una letra más o menos gótica de tono plateado, las siglas L. C. Creo que no me sorprendió demasiado, posiblemente porque pensé que se trataba de alguna circular publicitaria que ya había recibido con anterioridad.

También recibí carta de Augusto W. D., y de Llops; otra de L. S. del Camp; una postal que me enviaba Ch. Dexter desde Arkham; el catálogo mensual de la Librería Privada de Mitos Ocultos, y diversos paquetes con libros, entre los que se encontraba la esperada Encyc1opedia of Primitive World, una rara edición catalana del Necronomicón, que había encargado tiempo atrás, y el De Furtivis Literarum Notis de Giambattista Porta.

Pasé todo el atardecer consultando la enciclopedia, yendo de una palabra a otra, de uno a otro concepto, buscando datos nuevos sobre el origen del mito que estaba investigando: la Identidad Primordial.

Por la noche, después de una frugal cena, me desplomé sobre el lecho para dormir unas horas. Recordé la carta, y una extraña curiosidad me empujó a buscarla. No la encontré entre la correspondencia; quizá la había tirado al cubo de la basura, pensé, y lo dejé correr.

Pero la carta no me abandonó tan fácilmente. Al conciliar el sueño, una pesadilla espantosa me la visualizó. Aparecía como un larguísimo, inacabable pliego de papel negro, y con unos caracteres luminosos blancos se sucedían los párrafos en una lengua extraña que, no obstante, yo iba comprendiendo, aunque con un angustioso esfuerzo, y olvidando en el acto lo que acababa de leer.

Cuando desperté ﷓ completamente empapado por el salobre sudor que siempre me han producido mis pesadillas cotidianas ﷓ encontré muy cerca de mi mano la enciclopedia y, entre sus páginas, la carta en cuestión.

Se trataba de un impreso, en letra grande, redactado bastante retóricamente que me invitaba a formar parte de un Club Privado de Letraheridos Esotéricos y formulaban como único requisito para poder ingresar en él el de enviar una especie de autobiografía. Una firma ininteligible encabezaba el nombre del club: «LoveCraft LoveCraft.»

Sin darle la menor importancia, deposité la carta sobre la bandeja de la correspondencia y bajé a la biblioteca para comenzar mis tareas diarias.

Muy poco adelanté al finalizar el día sobre aquella Identidad Primordial que investigaba con tanto afán. Todos los datos que encontré me remitieron a otros; un libro a otro libro; cualquier averiguación, a la necesidad de seguir averiguando, a la búsqueda de nuevos datos, a otros libros.

No comí nada en todo el día, y a pesar del ayuno no me apetecía ningún tipo de alimento. La intensa lectura en la que me había sumergido desde muy temprano hizo que me olvidara de mí mismo y de las necesidades más primarias. Realmente, nunca me he cuidado demasiado; mis preocupaciones iban más allá y pasaban en primer lugar por los libros. Libros, lecturas y relecturas, notas y un montón de escritos sobre lo leído; eso era lo que había constituido desde siempre mi verdadera vida, lo que había configurado, más o menos mi biografía. Al menos hasta entonces.

Entonces, al sentarme junto a mi mesa para redactar el informe de todo lo estudiado durante la jornada, volvió a mis manos la carta del Club «LoveCraft﷓LoveCraft».

Tal vez, a causa del desánimo, o por la fatiga de todo un día de trabajo intensivo y de alguna manera inútil,' me dio una especie de mareo seguido de un sudor frío y expulsé algo de espuma salada por la boca.

Antes de que el sueño me venciera, todavía conseguí escribir algunas líneas.

A la mañana siguiente, al releer lo que había escrito, comprobé que había comenzado a esbozar una especie de autobiografía. Al principio estaba mi nombre, y a continuación el lugar en que se suponía que había nacido, como también mi año de nacimiento. Datos que estaban de acuerdo con los documentos que poseía, acreditativos de mi identidad. Después, cuando pasaba a hablar de mis orígenes en un sentido más amplio, encontré sobre el papel una serie de líneas y algunas palabras apenas descifrables a causa de algún elemento húmedo que las había emborronado.

No le quise dar demasiada importancia, me encerré en la biblioteca y me esforcé en concentrarme en el estudio que me había programado para aquel día. Automáticamente estuve tomando notas, rellenando fichas, clasificando todos los descubrimientos que conseguí sobre el estudio realizado.

La idea de las notas autobiográficas y la de complementarlas vagó a menudo por mi cabeza; a veces como un deseo concreto, impulsado por un remoto anhelo.

Por la noche, en cuanto me dormí una espantosa pesadilla me devolvió a los acontecimientos del día y a su sentido más profundo.

En el sueño me vi como un ser sin rostro, era como una especie de ojo ciclópeo, que abarcaba con su intensa mirada todo el entorno. Y ese ser que me representaba en mis sueños navegaba por un mar de palabras, de enormes páginas escritas con letra menuda; un infinito en una lengua muy elaborada, o quizá primaria. También parecía una lengua corriente escrita al revés. Ese ser leía sin cesar, devoraba por los poros de su ojo la historia que se le relataba. Una historia extrañamente escrita en futuro y que a pesar de eso, me pareció conocida, vivida. Una historia personal y al mismo tiempo universal.

Me despertó una fuerte sensación de sequedad viscosa. Tragué a grandes sorbos el agua y permanecí echado un rato, con los ojos abiertos, intentando olvidar aquel espantoso sueño, aquella enfermiza historia, el ser inefable, sin identidad, pero espeluznante como una impronunciable blasfemia.

Al bajar a la biblioteca, cogí el Secret Anfivius Tractatus, para poder leer algo sobre unos supuestos seres primitivos que habitaban en tiempos inmemoriales ﷓ quizá fuera de nuestra actual concepción del tiempo ﷓ en las profundidades marinas.

Pero pronto me vi escribiendo sobre una hoja la autobiografía que me había sido demandada por aquel insólito club de estudiosos de la literatura más prohibida:

«Hasta donde me alcanza la memoria con plena nitidez, recuerdo haber estado siempre solo. Más allá mi memoria se confunde. Aunque vagamente, puedo recordar sensaciones táctiles, y éstas sí me remontan a una vivencia compartida con otros seres, quizá numerosos, aunque aseguraría que sólo con uno de ellos mantuve una gran proximidad. La memoria consciente me impide recordar si he residido en otro lugar que el actual. Pero este sitio ya existía antes de mí, pues, concretamente en lo que a la biblioteca se refiere, si bien es cierto que muchos de los libros que contiene los he adquirido yo a lo largo del tiempo, también hay que tener en cuenta que otra gran parte de estos miles de volúmenes ﷓ algunos tienen siglos ﷓ ya existían en este lugar; y como él, me preceden a gran distancia.

»La biblioteca está situada en la parte más baja del edificio, aunque no sea la más baja de las partes conocidas. Sus paredes, hoy completamente cubiertas por montones de libros, parecen ser de un grosor excesivo, posiblemente para protegerse de la humedad y el ruido, aunque puedo asegurar que, a veces, en el más profundo silencio de la noche se escuchan unos sonidos imposibles de reconocer y advierto una cierta sensación de humedad los días que tengo los sentidos más sensibles. Aquí, encerrado, paso la mayor parte día, especialmente de la noche, pues tengo hábitos nocturnos. Costumbres, las mías, que han sido siempre inalterables aunque resulten mínimas como ahora: investigar en la biblioteca, dormir unas horas al día, ingerir los alimentos indispensables...

»Como cualquier alimento aparte del pescado, que cuando lo veo, la sola idea de poder comérmelo me produce náuseas.»

Un timbrazo hizo que abandonara la redacción que tan afanosamente comenzara. El correo me trajo un paquete de una librería extranjera y al desenvolverlo descubrí con gran alegría que me enviaban la importante obra Documentos de Historia Maldita del rector medieval español Alonso de Alcántara, un grueso volumen  ﷓ que no recordaba haber pedido ﷓, titulado Voyage au
Fond de l’Etre et le Néant, anónimo al parecer, y el segundo volumen de De Vermis Mysteriis, de Bloch.

Dediqué el resto del día a los tres nuevos libros, hojeándolos por entero, consultando sus índices, recurriendo a la bibliografía que me remitían, releyendo los párrafos que me parecieron de mayor interés.

Me dormí al alba, con la cabeza recostada sobre las nuevas adquisiciones literarias.

Al despertarme, una necesidad imperiosa de beber agua hizo que me abalanzara sobre el grifo. Al ver correr el agua, me vino a la cabeza una imagen terrorífica que – supuse ﷓ había soñado poco antes de despertarme. La rechacé con todas mis fuerzas. Pensé que estaba empachado de lecturas y de estudios y que ésa sería la causa que me llevaba al estado actual de confusión mental en el que se mezclaban realidades y sueños. Lo que había soñado, me dije, era producto de una mezcla de imágenes que habría extractado de los confusos libros que de una forma tan absorbente me prendieron la noche anterior.

Tenía que distraerme, y tal vez por eso se me ocurrió proseguir escribiendo sobre mí.

Taché la referencia a mi aversión por ingerir pescado al considerar que estaba fuera de lugar y proseguí así:

«Aparte de mi círculo de corresponsales (otros investigadores que habitan  lugares lejanos, editores y libreros
que me proporcionan los libros que les pido) y de los que se encargan de mis necesidades básicas (el empleado de
correos, el recadero del supermercado) con los que realmente jamás nos hemos visto cara a cara, mis relaciones con
“el animal humano” son prácticamente nulas. Todos mis conocimientos provienen de los libros, y mi única preocupación fue, como lo sigue siendo ahora, la de llegar al fondo de estos conocimientos. Y quizá encontrar el primer libro que sea el origen de todos los libros y, por lo tanto, de toda la sabiduría. (Lo que, por otro lado, considero casi imposible, ya que otros lo intentaron antes que yo y no llegaron más allá de una mínima aproximación a lo que pueda ser la Identidad Primordial.)
            »¿Qué puedo decir de mí mismo? Recuerdo haber sido siempre tal y como soy ahora. Más bien bajo y magro de carnes. Poseo una agilidad física extraordinaria, teniendo en cuenta que paso casi todo el tiempo sentado. Soy de nervios hipersensibles, con una fuerte propensión a las jaquecas y frecuentes trastornos digestivos. Una sed continua y una sensación salobre en la boca son los rasgos que más afectan a  mi vida cotidiana. Creo que también poseo unos ojos demasiado sensibles, puesto que tengo que protegerme de
la luz demasiado intensa que a duras penas soporto. Mis ojos... Me pregunto cómo son en realidad mis ojos, ¿cuál es mi verdadera faz ... ?»

Sin dejar la pluma de escribir, me levanté y miré a mi alrededor. Esta vez, los libros que cubrían de arriba a abajo las paredes de mi habitación más íntima no podrían contestarme; eso lo intuía certeramente, ahora lo tenía claro. Recorrí la habitación con la absoluta seguridad de que existía alguien que desde siempre se me había ocultado y que tenía la respuesta de lo que me preguntaba a mí mismo. Al fin, en el rincón más bajo y oscuro, advertí un pequeño hilo de luz. Sin más dilación, levanté un montón de libros que estaban sobre el suelo y que cubrían parte del rincón. Entonces, en aquel lugar tanto tiempo escondido, descubrí una especie de trampilla con una argolla oxidada. Tiré con fuerza de ella y poco a poco fui levantando la trampa. Empapado de sudor, temblando un poco, pero sin titubear, fijé la mirada ante lo que se abría a mis ojos... Como un inmenso espejo, de un color verde oscuro y a un mismo tiempo transparente, la mar me devuelve la mirada, mis ojos, mi faz. Todo aquello que ningún hombre podrá conocer, leer, porque lo que acababa de descubrir estaba más allá de lo inefable.

La Carta Revelada del colectivo catalán Ofelia Dracs (formado por ocho hombres y dos mujeres) procedente de su Antología “¡Lovecraft, Lovecraft!”. Ediciones Forum, 1983. Traducción del catalán por Emmanuela Beltrán Rahola. Collage de la cubierta de Emma Cohen, incluida junto con el texto.

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