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Mariano José de Larra - Dos liberales o lo que es entenderse


PRIMER ARTÍCULO



Entre las personas que me hacen demasiado fa­vor, sin duda, en ocuparse de los articulejos que he solido dar a luz durante mi corta existencia perio­dística, algunos hay que me dirigen diariamente amistosas reconvenciones sobre lo perezosa que se ha hecho mi pluma de algún tiempo a esta parte. Esto es lo que llamaría yo de buena gana no saber de la misa la media, si no temiese ofender a los que con su aprecio me honran y distinguen: no entraré en acla­raciones acerca del particular, porque acaso no me bastará el querer satisfacerlas: sólo les diré, que lla­marme perezoso equivale a reconvenir a un cojo de ambas piernas, porque no ande. Si esto no basta, ya no sé qué decir: ¡Ojalá no sobre! Les podré añadir que por una rara combinación de circunstancias que mis lectores no entenderán, y que yo entiendo dema­siado, nunca escribo yo más artículos que cuando ellos no ven ninguno, de suerte que en vez de decir: "Fígaro no ha escrito este mes", fuera más arrimado a la verdad decir el mes en que no hubiesen visto un solo Fígaro al pie de un artículo: "¡Cuánto habrá escrito Fígaro este mes!". Parece la cosa digna de explicación; pero, amigo lector, como de esas cosas suceden que no se explican, y como de esas cosas se explicarían que no se entenderían.
Sentadas estas bases, basta por toda satisfacción saber que tengo un criado montañés, que, a fuer de quererme, se toma conmigo raras libertades: lo mis­mo es ver que he escrito como cosa de un cuarto de hora, que es todo lo más que él me permite, porque blasona de cuidarse mucho de mi bienestar, éntrase en mi cuarto gruñendo entre dientes, como criado viejo; tiende la vista descortésmente sobre mi papel, y mirándose sólo con un ojo a causa de no tener otro: "¡Hola! -dice-, ¿oposicioncita, eh? ¡Basta, señor, basta!", y unas veces derribando el tintero sobre el escrito llénamelo de borrones, y otras, que son las más, asiendo de un apagador, encájalo por montera sobre el candelero y apaga la luz. Yo no sé con quién diablos ha servido el tal montañés; pero él jura que esto me conviene; verdad es que me co­noce, y sabe que si no me fuera a la mano estaría escribiendo todavía, porque, como él dice, la materia no es corta, y la intención no es buena. El monta­ñés tiene ascendiente sobre mí, sin que yo lo pueda remediar; por consiguiente, no hay que echarle de casa: conténtome, pues, con decir, cada vez que me corta el hilo de mis eternos discursos:
Dios le dé salud a aquel montañés que apagó la luz.
Cantaba yo por lo bajo este refrán (porque por lo alto no me atrevo a cantar) esta mañana misma, contemplando con las lágrimas en los ojos y a oscu­ras el estrago que había hecho en mi bufete la úl­tima visita de mi montañés, cuando vuelve éste a entrar con el correo en la mano: es de advertir que yo llamo correo a toda carta que recibo, por la sim­ple razón de que según está en el día el servicio de correos, resulta ser igual enviar una carta por la valija pública o llevarla uno mismo: entró, pues, con mi correo de Madrid, y entre algunas apunta­ciones que se envían mis corresponsales, las cuales así me guardaré yo de publicarlas, como se guardará el censor de permitirlas, encuéntrome con dos cartas evidentemente de liberales, puesto que cada uno trae su hoja de servicios al margen: ambos de buena fe, amantes ambos del bien de su país. Y como se re­duzcan ellas a darme cuatro consejos que tengo bien merecidos por los muchos desmanes que he come­tido en punto a escribir, y por los que pienso seguir cometiendo en cuanto pueda, trasladárelas al curioso lector, si es que ha quedado lector curioso en España después de todo lo que se ha leído en la larga fecha que llevamos de completa libertad intelectual (sea dicho con licencia de Dios y de la conciencia).
Dice el uno:
"Señor Fígaro: Gracias a Dios, impertérrito escri­tor, que ha dado usted algún descanso a su pluma: no le negaré a usted que sus artículos me han solido hacer reír alguna vez; pero siempre tuve en medio de eso deseos vehementes de dar a usted un con­sejo. Yo, señor Fígaro, soy liberal desde chiquito, así como hay otros chiquitos desde liberales; anduve en lo del año 12, asunto de grandes controversias; que salvé, pues, la patria de la dependencia francesa, no hay para qué decirlo; que vino el Rey, todo el mundo lo sabe: ¡ojalá nadie lo supiera! y que fui luego a Melilla, eso lo sé yo, y basta. Vino el año 20 y vine yo: es decir, que vinimos todos. Cómo se manejó aquello, pues la cosa fue sonada, ya habrá llegado a oídos de usted, porque le tengo por liberal de esta nueva cría. Fue el caso no habernos enten­dido, que a entendernos otro gallo nos cantara; pero
¿qué quiere usted? La inteligencia no fue el don de que anduvo más pródigo el Ser Supremo; en cambio, nos dio memoria de firme, para nuestra desdicha, y voluntad, la cual podemos tener todo lo mala posible. ¡Tal es el hombre! Por si nosotros no nos entendi­mos, parece que nos entendió Angulema, y aun nos tradujo y nos refundió de tal suerte, que quedamos peor parados que comedia antigua en manos de poe­ta moderno. ¿Y quién tuvo la culpa? La libertad de imprenta. Claro está. Y si no, lo probaré. Las naciones del norte vieron que la chispa eléctrica co­rría demasiado, suscitaron aquí el partido descon­tento, y alzáronse las guerrillas. Ya ve usted que esto es claro, ¡la libertad de imprenta!
"Dieron dinero y auxilios, y la facción creció. Verdad es que la facción no sabía leer. Pero si no hubiera sido por la libertad de imprenta, la facción no hubiera crecido.
"Acaloráronse los ánimos, y de puro no saber leer ni escribir, no nos pusimos de acuerdo. ¡Ya ve usted! ¡La libertad de imprenta!
"Entró Angulema, y ¿quién le dio sus bayonetas? La libertad de imprenta.
"Hubo desgraciadamente defección, torpeza o ma­la fe en nuestro ejército, y a Cádiz con la maleta. ¡La libertad de imprenta!
"Acabóse todo, publicóse el gran manifiesto im­preso. ¡La libertad de imprenta! y buenas noches. "Aquí entró la emigración, y de la emigración el  escarmiento. Ya ve usted, pues, si unido de esta suer­te a esta causa, puedo yo no ser liberal de veras. "Hoy es, y esta es la primera vez que hemos ve­nido los emigrados, sin venir ningún año particular. Nacimos el año 12, nos fuimos con el 14, volvimos con el 20 y escapamos con el 23. Ahora nos hemos venido sin fecha: como ratones arrojados de la des­pensa por el gato, hemos ido asomando el hocico po­co a poco, los más atrevidos antes, los más desconfia­dos después, hasta que hemos visto que el campo es nuestro.
"No comprendiendo nosotros mismos nuestra ve­nida, a cada paso creemos ver de- nuevo el gato. "Ahora bien, nuestro gato es la anarquía, porque el otro que había en la casa se escaldó para siem­pre. ¿Y le parece a usted justo, señor Fígaro, que yo y otros como yo, que hemos tenido la gloria y la fortuna de escapar de dos fechas en contra y de dos emigraciones, que hemos vuelto, y que, a causa de nuestros antecedentes y de nuestros talentos (per­done usted el galicismo, que me lo traje de Francia), nos hemos encontrado al frente de las cosas con muy buenos destinos, vayamos a incurrir en los mismos tropiezos de antes? No, señor; hemos hecho amande honorable. El andar de prisa los jóvenes sólo ten­drá por resultado atropellarnos a los viejos; por con­siguiente, queremos orden. Bien comprendo que que­rrán andar de prisa aquellos emigrados que no han encontrado destinos, porque andando, ellos los topa­rán. Lo mismo digo de los liberales que quedaron por aquí, y los de la nueva cría. Éstos al fin pue­den decir: Hos ego versiculos feci, tulit alter honores. Si no tienen otra cosa todavía, por fuerza han de tener prisa. Pero nosotros, señor Fígaro, los que he­mos llegado 'a mesa puesta. . .
"Nosotros no tenemos más norte que lo pasado: nosotros vemos la anarquía, exista o no; nosotros nos hemos enmendado; volvamos de nuestros errores y evitaremos a toda costa la libertad de imprenta y toda clase de libertad; la República nos acecha, el gorro nos amenaza, la guillotina nos amaga, y nues­tro libro consultor es el año 23, y sobre todo el 92. "He dicho todo esto porque, deseando el bien para mi patria, y que evitemos los escollos pasados, creo que debemos ir poco a poco y unirnos cordialmente los que tenemos los destinos, y los que no los tienen. Entendámonos, por fin, de esta manera. Ya ve usted que soy hombre que me pongo en todo; me he puesto en mi destino, y ahora me pongo en la razón. "Por lo tanto, los artículos de usted que tienden a una oposición directa, los artículos de usted, que quieren poner en ridículo nuestra lentitud, sólo pue­den dar armas a nuestros enemigos. Aquí no hay más divisa que Isabel II. Y en cuanto a escribir, escribir nuestros mismos defectos para que los corri­jamos, es disparate, porque no por eso los hemos de corregir; debe alabarse todo lo que hagamos, si­quiera para no dar que reír a nuestra costa a los carlistas, y le advierto caritativamente que si persiste en el camino de esa oposición que ha manifestado, haremos correr la voz de que todos los que hacen esa oposición nos quieren precipitar de nuevo y quie­ren reproducir el año 23; hasta diremos que están vendidos a don Carlos, y no faltará quien lo crea, pues aquí para todo hay creyentes, y lo que aquí no se cree, ya es preciso que sea increíble.
"Con lo cual queda de usted su efectísimo liberal escarmentado, y con competente destino; etc."
La siguiente carta del otro liberal, para el siguien­te número.


SEGUNDO ARTÍCULO


Al sentar la pluma en el papel para este segundo artículo, que en nuestro número 122 del jueves dejamos prometido, mal pudiera dejar de recordar cierto lance ocurrido no ha muchos años a un buen có­mico francés. Había empezado su carrera dramá­tica con no muy buenos auspicios; y esto en tales términos, que nunca le dejaba el público llegar al fin de la representación. Escarmentado el hombre de estudiar papeles en balde, y deseoso de mudar públi­cos, tomo la rara resolución de no dar en cada parte más de una representación, y de no estudiar nunca más que el primer acto del papel que a su cargo to­maba. Transcurrió así algún tiempo felizmente; pero hubo de llegar un día a un pueblo, donde, fuese por casualidad, fuese por alguna causa en él sobrena­tural, no sólo no le silbó el público desde los primeros versos, como le solía acontecer, sino que descendieron los aplausos sobre él, como el maná sobre los israeli­tas. Pero bajó el telón, acabado el primer acto, y nuestro cómico no habiendo estudiado el segundo, se vio precisado a salir y decir:
-Señores, no hallándome acostumbrado a la aco­gida benévola que este ilustrado público acaba de hacerme, me veo en la triste precisión de anunciar el segundo acto para mañana, a causa de no haberlo estudiado -con lo cual recibió la acostumbrada silba, entonces por haberlo hecho bien.
Los que hayan leído el principio de mi anterior artículo habrán comprendido ya el cuentecito; a los que no, les diré francamente que al ver por fin im­preso un artículo mío en El Observador del jueves, cosa a que no estaba ya acostumbrado, me hallé en el mismo, mismísimo caso que el cómico silbado. No presumiendo que hábía de imprimirse nunca ni aun la primera parte de mi artículo, quedéme in pectore con la segunda.
He aquí la causa de su detención en publicarse; supuesto, sin embargo, que me he visto tan agrada­blemente sorprendido, vuelvo a hojear mi correo, en­cuentra la continuación, y tal cual es allá sale la siguiente carta del otro liberal, si no lo han mis lecto­res por enojo.
"Yo, señor Fígaro, con permiso del Gobierno, soy liberal de padre a hijo, porque en mi casa éste fue mal de familia. Mala herencia me dejaron; pero sobre no haber otra, quien lo hereda no lo hurta. A saber yo hurtar, otro gallo me cantara, y no ten­dría necesidad de ser hoy en el día liberal, que antes pudiera ser lo que me diese la gana; y así podría irme a Francia con el dinero y la maldición del pú­blico, como tomar a mi cargo un buen destino de donde pudiera seguir haciendo de las mías, que el dinero llama dinero.
"El hecho es que no hay nada de esto, y que en mi casa no hay más que dos cosas: mi opinión libe­ral, con la cual me doy a todos los diablos, y una silla en la cual me siento.
"Yo fui de los primeros que tomaron las armas contra los franceses en tiempo de la independencia: a un mismo tiempo casi acabó la guerra y la Cons­titución. Entonces no extrañé yo que no me diese premio el recién llegado; pero llegó el año 20, y por más que peroré en todos los cafés de Madrid, por más patriotismo que lucí en listas públicas y motines, no pude ser nunca más que empleado en loterías. Yo fui miliciano nacional, yo pedí regencia. . ., yo. . ., qué sé yo lo que hice. Pero mi suerte era trabajar siempre para otros. En la guerra de la independencia trabajé, como todos, para su majestad; y dejemos este cuento, que es cuento de cuentos. En la Constitución trabajé para que se hiciesen ministros unos cuantos, y para que se hiciesen ricos otros pocos. Ésta es la suerte de los que vamos de buena fe. Hasta en mi empleo de loterías, al cabo, ¿qué hacía? Trabajar por­que les cayese a otros. El año 23 se fue a Cádiz la patria, y yo me fui con ella. Llegué roto y descalzo: hice prodigios en el Trocadero; la cosa se puso de pésima data, y cada pedazo de la patria tomó por donde pudo. Pedazo hubo que no paró hasta América. Solo yo, sin patria, que se me había ido entre las manos, y sin empleo, que se encargó un realista de regentar en Madrid durante mi ausencia; sin dinero, porque yo no había hecho más que motines, mien­tras que otros habían hecho pacotilla, volvíme a Ma­drid, donde me pasé en la cárcel muy buenos meses por haber sido liberal. Los diez años no hablemos de ellos. ¡Ojalá hubiera sido emigrado! Con sólo este deseo se podrá formar idea de mi situación.
"Ocurre lo de La Granja, y viendo un resquicio por donde salvar la patria, hágome cristino de aque­llos primeros que en secreto casi se armaron en Madrid. A poco, el ministro famoso que no quería innovaciones peligrosas debió de encontrar malo que hiciéramos la innovación de ser cristinos, y salimos desterrados yo y otros pocos.
"Vuelvo del destierro a fuerza de empeños, y ama­nece el día 27 de octubre. Los realistas amenazan a Madrid. Lleno de patriotismo, salgo a salvar la patria en peligro, desarmo cuantos puedo, a riesgo de mi vida; pero pasa el peligro, ceden los rebeldes, y una autoridad a quien presento mis trofeos me prende porque la patria no necesita mis servicios, y porque ando armado sin autorización. He aquí lo que es la suerte de los hombres. Si los realistas aprietan más, soy un héroe aquel día: cedieron pronto, y fui un desobediente, un perturbador. Si ellos hubieran ven­cido, me hubieran ahorcado. Mi partido fue más generoso: se contentó con prenderme.
"Salgo, por fin, de la cárcel, y mi entusiasmo siem­pre en pie. Al fin, los liberales, digo para mí, hemos de ser premiados algún día. Me presento a alistarme en las filas de la urbana, y me dicen que, habiendo perdido mis pocos bienes el año 23, no ofrezco ga­rantías. ¡Qué bien hicieron los realistas en dejarnos sin camisa! Si nos dejan algo, hubiéramos podido armarnos contra ellos. En el ínterin nace el Estatuto y las leyes fundamentales. Me presento a reclamar mi destino; pero, amigo, las leyes fundamentales no dicen nada de loterías: llévese el diablo las invencio­nes modernas. Por más que he registrado crónicas y partidas, nada he encontrado: me he convencido, pues, de que las loterías es una innovación. Mi em­pleo, pues, nada tiene que ver con la Monarquía; no apoyándose mi reclamación en las leyes fundamen­tales; es considerada como sin fundamento.
"Amplíase, entretanto, la milicia, y al fin entro en ella. Me ofrezco a la patria para lo de Vizcaya, creyendo hacer falta. ¡Error! Nadie hace falta allí. Aprendo el ejercicio, y como no nos reunimos, ¿querrá usted creer, señor Fígaro, que todavía no conozco la cara de mis compañeros?
"Pero no importa; ocurren no sé qué conspiracio­nes, y préndenme por anarquista. Se indaga, se bus­ca; lo único que se ha descubierto es que yo he estado en la cárcel. El peligro, pues, no era para la patria, sino para mí.
'Éste es mi estado, señor Fígaro. Con todo, sigo siendo liberal; así es que no me llega la camisa al cuerpo.
"En atención a estos datos, suplico a usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al Ministerio.
"Esto no marcha, y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. A ellos, pues, señor Fígaro, y dó­blelos usted a sátiras si quiere conservar el aprecio de su seguro servidor. El liberal progresivo, y sin destino."
Esas son las tíos cartas: las dos son liberales; las dos de hombres de buena fe, que sólo desean el bien de la patria. Si escribo en liberal, dirán unos que estoy vendido a don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al Ministerio. ¡Si al menos se supiese quién paga mejor!
¡Gracias a Dios, por fin, que ya estamos de acuer­do; gracias a Dios que nos entendemos!



Publicado en El Observador, noviembre de 1834.

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