La discusión versaba sobre las ilimitadas
posibilidades de la técnica moderna. Habíamos empezado con las neveras y los
automóviles, para pasar gradualmente a los televisores, los aviones a reacción
y los cohetes teledirigidos. Cada uno de los presentes hablaba como si fuera un
eminente especialista en la materia, pese a que el nivel del diálogo no
superaba la altura de los suplementos dominicales de los periódicos.
Como es natural, no podíamos olvidar la
cibernética. Hablábamos de esta nueva ciencia casi a media voz, tímida y
secretamente, del mismo modo que lo hacíamos cincuenta años atrás con el
hipnotismo o cien años atrás con el espiritismo. Sin embargo, el hecho de que
la cibernética existiera y las máquinas cibernéticas fueran ya una realidad
hacía que los interlocutores se mostraran un tanto acalorados.
–Nosotros las hemos construido, nosotros
–susurraba con entusiasmo el hombre rubio y alto con la raída camisa azul.
Adelantó las manos, separando sus gruesos dedos–. Mirad, todos mis dedos están
cubiertos de manchas rojas. Es el estaño. Desde la mañana hasta la noche no
hago otra cosa más que soldar esas malditas máquinas: hilos, válvulas... Vistas
por dentro parecen una tienda de radios. Y pensar que todo eso funciona. ¡La
técnica! Son capaces de derribar aeroplanos y adivinar con quién vas a
casarte...
–Pero eso ya es viejo, amigo. Esos trastos
llevan mucho tiempo con nosotros –afirmó con voz ronca el vagabundo calvo y
tétrico, agitando absurdamente las manos sobre su sucio impermeable–. No sólo
predicen con quién vas a casarte, sino que nombran a los gobernantes. El año
cincuenta y dos, un monstruo electrónico llamado «Univac» eligió al gobernador
del Estado de Nevada. Eso significa algo más que elegir esposa; eso significa
ponerse por encima de nosotros.
–¿Es cierto como dicen que la policía tiene
una máquina que señala dónde y cuándo va a darse un golpe? Dicen que cuando los
muchachos acuden a hacer un trabajo, siempre se encuentran con alguien que los
está esperando –dijo un tipo sospechoso con gafas negras, riéndose a
carcajadas.
–Es cierto. Existe. Tanto los tribunales
como la policía están equipados con ese tipo de máquinas. Son algo increíble.
La máquina te hace unas cuantas preguntas estúpidas, y tú sólo tienes que
contestar «sí» o «no». Y sólo el diablo sabe dónde tienes que colocar el «sí» y
dónde el «no», porque la máquina te pregunta cosas como: «¿Te gustaría visitar
la Luna?», o «Cuando eras niño, ¿te mordían los perros?» Después de contestar
al azar casi un centenar de esos «síes» y «noes», la máquina dice: «Pónganle
las esposas: le esperan diez años de trabajos forzados.» Y ya está. Será
nuestra ruina.
El vagabundo calvo mostró una actitud hosca.
–Muy pronto todas esas máquinas ocuparán
nuestro lugar. Vivirán por nosotros. Beberán cerveza. Irán al cine. Lo harán
todo ellas solas...
–Son máquinas inteligentes. Geniales. Restablecerán
el orden y el bienestar sobre la Tierra. El caos desaparecerá, florecerán los
negocios... –declamó con voz inspirada el borracho intelectual, que destacaba
de la masa de vagabundos a causa del frac que llevaba, conservado nadie sabía
cómo.
–¿Qué has dicho? ¿Que desaparecerá el caos y
florecerán los negocios? –el gamberro gordinflón, con su fisonomía enteramente
cubierta de rojo pelo, habló apasionadamente–. No te vayas a creer que somos
todos unos chiquillos. Muchacho, entiendes tanto de electrónica como yo de
castrar ratones. Esto es algo que no sucederá nunca, no te hagas ilusiones al
respecto.
–¿Y quién eres tú, si puede saberse? ¿Claud
Shennon o Norbert Wiener? –preguntó sarcástico el intelectual.
–Ni Wiener ni Claud. La electrónica la tengo
yo aquí –y se frotó expresivamente el cuello empapado de sudor con la palma de
la mano.
–Le han puesto una multa por no haber pagado
el impuesto de la radio –se burló el tipo de gafas obscuras.
–O le han metido dos meses a la sombra por
vender válvulas electrónicas fundidas.
–Os equivocáis, caballeros. Por si queréis
saberlo, conozco demasiado bien a todas esas malditas máquinas electrónicas.
Demasiado bien, podéis creerlo...
–Hey, se diría que has estado metido en
algún asunto sucio –intervino el borracho calvo.
–Peor –musitó lúgubremente el propietario de
la cara enrojecida, acercándose al grupo–. Me llamo Rob Day. Quizás hayáis oído
alguna vez este nombre. Incluso salí una vez en el cine.
–No, nunca lo he oído –dijo el intelectual.
–No importa. Ahora ya no me fío ni en sueños
de las máquinas electrónicas –y Rob Day dio un sorbo descorazonado a su whisky.
–Cuéntanos cómo ha sido –se interesó el tipo
de las gafas obscuras.
Y todos nos quedamos mirándolo.
–Existe en nuestro bendito país una empresa
industrial que hace publicidad de máquinas electrónicas para uso particular. Se
trata, por así decirlo, de máquinas caseras, cuya misión es hacemos menos
pesada la vida. En un domingo lleno de Sol, puedes leer en el periódico:
«Querido señor, si precisa usted de la compañía
de un buen interlocutor, si se halla solo y necesita una compañera, y si le
sirve un buen consejo para enderezar sus tambaleantes negocios, escríbanos.
Crooks Hermanos y su personal de expertos ingenieros le ofrecen sus servicios.
Díganos sus necesidades, y nosotros le proporcionaremos una máquina electrónica
pensante, capaz de llenar cualquier hueco de su vida privada. A buen precio,
segura y con garantía. Esperamos su pedido. Con nuestra mayor atención, Crooks
Hermanos y Compañía.»
Cuando leí este anuncio yo tenía algo de
dinero, el suficiente como para que un joven soltero pudiese llevar una
existencia decorosa. Y entonces me puse a reflexionar. La máquina electrónica
te elige la esposa. La máquina elige al gobernador. La máquina atrapa a los ladrones.
La máquina escribe guiones cinematográficos. Todos hablan de lo mismo: esto lo
ha hecho la máquina electrónica, aquello ha sido posible gracias a la máquina
electrónica, esto sólo lo podrá hacer la máquina electrónica. En resumen, la
máquina electrónica es algo parecido a la lámpara de Aladino en Las mil y
una noches. Bajo la sugestión de estas ideas, decidí dirigirme a Crooks
Hermanos a fin de encargarles algo para mi uso particular. Mis necesidades eran
limitadas y muy simples: una máquina electrónica que pudiera darme consejos en
operaciones financieras. Quería hacerme rico: punto. ¿Qué os parece? Un mes más
tarde, un camión se detuvo frente a mi casa en la Calle 95, llevando una enorme
caja que contenía algo parecido a un piano vertical. Entraron dos tipos.
–¿El señor Rob Day? –preguntaron.
–Sí, yo mismo.
–Por favor, ¿dónde le dejamos esto?
Acompañé a los dos hombres al interior, y
acomodamos la máquina.
–¿Cuánto cuesta? –pregunté.
–Diez mil dólares.
–¿Están locos? –exclamé.
–No, señor. Ése es su precio. Pero no tiene
que pagarlo ahora. Le cobraremos solamente cuando se haya convencido de que la
máquina funciona a su plena satisfacción.
–¡Ah! Entonces pueden dejarla... Enséñenme
cómo funciona.
–Es muy simple, señor. Además de los
correspondientes esquemas analíticos, la máquina va provista de cuatro
radiorreceptores y un televisor. Esos aparatos escucharán todas las
transmisiones durante las veinticuatro horas del día. Cada nuevo día deberá
introducir usted, por esa ranura alargada que ve debajo de la consola, tres
periódicos como mínimo. La máquina le prestará asesoramiento financiero sobre
la base de un delicado análisis de todas las informaciones de la situación
económica y política del país.
–Muy bien. ¿Y las operaciones financieras?
–pregunté.
–Durante una semana la máquina analizará
toda la información. Luego podrá ponerse usted a trabajar. Observe este teclado
con números. Sólo tiene cinco hileras. La de más a la izquierda corresponde a
las centenas de miles de dólares, la siguiente a las decenas, y así
sucesivamente. Supongamos que desea usted invertir cinco mil dólares. Pulsa
este número en el teclado y aprieta con el pie el pedal. Por la ranura de la
derecha le saldrá una tira de papel con el consejo impreso sobre cómo emplear
la suma indicada para obtener el beneficio máximo.
Como pueden ver, nada más sencillo. Los
muchachos montaron y probaron la máquina CE, modelo número Uno, la enchufaron,
y se fueron.
–¿Y qué es eso de CE? –preguntó alguien.
–Quiere decir Consejero Electrónico. Confieso
que esperé con impaciencia a que terminara la semana. Cada día le introducía
tres periódicos, escuchaba maravillado el ruido que hacía el papel en su
interior, observaba luego cómo los periódicos salían despedidos por la parte de
atrás, hechos un revoltijo. El monstruo se los leía de arriba a abajo. De su
interior brotaba un murmullo como el de una colmena.
Por fin llegó el día anhelado. Mi consejero
había asimilado ya todos los informes necesarios. Me acerqué al teclado,
pensando qué podía hacer. Como no soy tan estúpido como para invertir de golpe
una fuerte suma, marqué tímidamente «Un dólar», apoyé el pie sobre el pedal...
No tuve tiempo de reaccionar: de la ranura
lateral salía ya una lengua de papel donde había escrita la siguiente frase:
«A las siete de la tarde, en la esquina de
la Calle 95 con la Calle 31, en el local del Bar Universo, invite a cerveza a
Jack Linder.»
Así lo hice, pese a mi desconcierto. No
sabía quién era ese Jack Linder. Pero apenas entré en el bar, no hice más que
oír hablar de él: «Jack Linder es un tipo con suerte.» «Jack Linder es todo
corazón.» «Jack Linder tiene un corazón de oro.» Un minuto después me enteraba
del motivo de toda aquella adulación: Jack Linder había heredado una fuerte
suma de dinero de un lejano pariente australiano. Estaba de pie apoyado contra
el mostrador, con una sonrisa satisfecha en los labios. Me acerqué a él y le
dije:
–Señor, permítame invitarle a una jarra de
cerveza.
Y sin esperar contestación, le puse delante
una jarra de cerveza de un dólar.
La reacción de Jack Linder fue pasmosa. Me
abrazó, me besó en ambas mejillas, y metiéndome un billete de cinco dólares en
el bolsillo declaró, con toda seriedad:
–Por fin he encontrado entre toda esta
pandilla de friegaplatos a un hombre de bien. Toma, hermano, toma esto, no
hagas cumplidos. Te los doy por tu buen corazón.
Dejé el Bar Universo con los ojos llenos de
lágrimas de emoción, muy complacido por la inteligencia de aquel monstruo, la
máquina CE, modelo número Uno.
Después de esta primera operación, mi fe en
la máquina creció notablemente. La siguiente vez marqué «Diez dólares». La
máquina me aconsejó que comprara cinco paraguas y que fuese a un usurero, cuya
dirección me dio. Aquellos paraguas me fueron arrancados de las manos por la
mujer del usurero, que me pagó veinte dólares por ellos: en el terrado de su
apartamento habían estallado las conducciones de agua, y el municipio se había
negado a repararlas porque los inquilinos no habían pagado el alquiler.
Transformé luego ciento cincuenta dólares en
cuatrocientos de la siguiente manera: La máquina me ordenó que fuese a la
Estación Central y que me tumbase sobre las vías delante del rápido con destino
a Chicago. Estuve dudando un buen rato antes de decidirme a dar ese paso.
Finalmente, fui y me tumbé. No es una sensación muy agradable ver delante de ti
la enorme masa de la locomotora eléctrica. Se oyeron dos toques de campana, el
tren dio la señal, pero yo seguí tendido. Un agente vino corriendo.
–¡Levántate, vagabundo! ¿Qué haces aquí?
Yo seguí inmóvil, mientras mi corazón
palpitaba como si quisiera saltar de mi pecho. Empezaron a tirar de mí, pero me
resistí. Me dieron patadas, mientras yo me agarraba con las manos a los raíles.
–¡Sacad fuera de la vía a este cretino!
–gritó el maquinista–. ¡Por su culpa el tren lleva ya un retraso de cinco
minutos!
Muchas personas se me echaron encima a la
vez y me llevaron en vilo hasta la comisaría de la estación. El enjuto guardia
de servicio me puso una multa de exactamente ciento cincuenta dólares.
“Vaya –pensé–. Ésa es exactamente
la inversión que me ha aconsejado la máquina CE, modelo número Uno.”
Salí de la comisaría como un perro apaleado,
y de pronto me vi rodeado por una enorme masa de gente.
–¡Es él, es él! –gritaban–. ¡Llevémosle en
triunfo!
–¿Pero por qué? –pregunté–. ¿Qué he hecho?
–¿Y lo preguntas? ¡De no ser por ti, todos
estaríamos muertos!
–¿Pero de qué se trata?
–El tren de Chicago ha retrasado su marcha..
A la salida de la estación, las vías habían sido arrancadas. Cinco minutos
antes... ¡Viva nuestro salvador!
Entonces comprendí lo ocurrido y dije:
–Señoras y señores, los vivas están muy
bien, pero me han multado con ciento cincuenta dólares...
Inmediatamente todos los que estaban a mi
alrededor empezaron a meterme dinero en los bolsillos. Cuando volví a casa, lo
conté: eran exactamente cuatrocientos dólares, ni uno más, ni uno menos.
Acaricié tiernamente los cálidos costados de mi máquina CE, modelo número Uno,
y con un trapo suave le quité el polvo. Luego marqué «Cuatrocientos dólares» y
apreté el pedal. El consejo fue el siguiente: «Ponte de inmediato un traje
nuevo, vete al puente de Brooklyn, y salta al río Hudson entre el quinto y el
sexto pilón.»
Después de lo que había pasado en la
Estación central yo ya no temía nada. Por la tarde encontré una tienda de
trajes confeccionados en la Quinta Avenida, y compré allí el más elegante que
tenían. Me vestí como para una boda y me dirigí al puente de Brooklyn. Al
inclinarme sobre el parapeto y mirar hacia la obscuridad por donde corrían las
sucias aguas del Hudson sentí un escalofrío. Aquello era mucho más temerario
que tumbarse sobre unos raíles. Pero seguía teniendo una confianza ilimitada en
mi máquina, por lo que, cerrando los ojos, me tiré.
Entonces ocurrió algo inverosímil. A través
de los párpados semicerrados me vi inundado por una brillante luz. De pronto
todo se incendió a mi alrededor y, poco después, caía sobre algo blando y
elástico, daba una voltereta en el aire, volvía a caer, y quedaba como
suspendido en el vacío. Abrí los ojos y descubrí que había sido, atrapado por
una densa red tendida entre los pilones del puente. Desde la parte inferior una
batería de potentes reflectores iluminaba toda la escena, a su lado se
divisaban algunas figuras humanas. Finalmente, alguien gritó por un altavoz:
–¡Muy bien! ¡Espléndido! ¡Suba aquí!
Me arrastraron hacia arriba y empezaron a
felicitarme. Luego apareció un tipo que me entregó un fajo de billetes.
–Tenga –dijo–. Dentro de ocho días vaya a
ver en el cine Homúnculus la película en la que aparece usted como
suicida. Aquí tiene mil quinientos dólares. Después del estreno se le
entregarán otros quinientos.
Durante una semana entera asistí a todas las
proyecciones del cine Homúnculus para verme en mi papel de suicida. Pero
nunca vi los otros quinientos dólares. Me dijeron que me había admirado a mí
mismo en las sesiones exactamente por valor de esa suma.
Algún tiempo más tarde vinieron a visitarme
los representantes de la firma Crooks Hermanos, y les pagué gustoso el precio
de mi máquina electrónica. En lo sucesivo se transformó, por decirlo así, en
una parte de mí, en alma y cuerpo.
La siguiente operación que realicé por
consejo de la máquina electrónica fue mi matrimonio con una vieja dama de Park
Avenue. El matrimonio me costó mil dólares. Cinco días más tarde la dama murió,
dejándome un cheque de cinco mil dólares. Invertí esa suma en un viejo rancho
medio derruido. Por él cobré del gobierno, una semana más tarde, quince mil
dólares: en aquel terreno estaba proyectado construir la sección quinta de un
campo de tiro atómico. Con aquella cantidad compré a un canadiense cangrejos
del océano Pacífico, que revendí inmediatamente por treinta mil al restaurante
del Ritz: por un verdadero milagro, mis cangrejos eran los únicos entre todas
las partidas existentes en el mercado que poseían un grado de infección
radiactiva inferior al tolerado por la ley.
Tras todas estas afortunadas operaciones,
decidí hacerme millonario de una vez por todas. Un día, tras rezar
abundantemente, marqué en el teclado de mi consejera una cifra con cuatro
ceros, que representaba todo mi capital en aquellos momentos. Luego apreté el
pedal.
Jamás olvidaré aquella tarde.
La cinta no podía salir, ignoro el motivo.
Por fin asomó una esquinita, que volvió a desaparecer casi de inmediato. En el
interior de la máquina se oyó un estruendoso zumbido. Finalmente, cuando ya
estaba a punto de perder la paciencia, salió la cinta con el consejo, que
recordaré mientras viva:
«Quema en la chimenea todo el dinero que
tengas.»
Me rasqué la cabeza durante mucho rato,
pensando en si debía seguir o no el consejo de la máquina. Pero tenía una fe
ciega en ella. Tras reflexionar largamente, até con un cordel todos mis
dólares, encendí la chimenea, y arrojé el dinero al fuego. Sentado allí
delante, mirando cómo mi dinero se convertía en cenizas, aguardé,
agradablemente turbado, a que se produjera el próximo milagro de la serie. Un
milagro que ni siquiera podía imaginar, aunque mi inteligente máquina lo
supiera ya todo, tras el cuidadoso análisis de la coyuntura política y
económica.
El dinero se quemó tranquilamente. Removí
las cenizas con un palo, pero el milagro no se produjo. Ya vendrá, ya vendrá,
seguro, pensé mientras caminaba agitado de un lado para otro de la habitación,
frotándome nervioso las manos.
Pasó una hora, luego dos, y el milagro no se
producía. Finalmente me detuve perplejo ante el teclado. Dije:
–¿Y bien? –no obtuve respuesta–. Despierta.
¡Devuélveme mi dinero! La máquina seguía manteniendo un silencio sospechoso. En
realidad, no sabía hablar. Entonces perdí completamente la cabeza y marqué en
el teclado la misma suma que ya no poseía. Cuando apreté el pedal, ocurrió algo
extremadamente desagradable. La lengua de papel surgió completamente cubierta
de ceros. Ceros ininterrumpidos, sin una palabra entre medio que tuviera
sentido. Irritado, empecé a golpear la máquina con el puño, luego lo hice con
los pies, pero no se detenía. únicamente salían ceros. Esto me sumió en un
estado de furor tal que tomé la reja de fundición que sirve de guardafuego para
las chimeneas y empecé a golpear fuertemente con ella al consejero electrónico.
Volaron astillas, la cinta se detuvo, y la máquina se apagó de golpe. Y yo
seguí golpeando desesperado hasta que, sobre el pavimento, no quedó más que un
montón de chatarra, astillas de cristal y una masa informe de cableado
eléctrico.
Me derrumbé sobre el diván y, con la cabeza
entre las manos, grité como una pantera herida, maldiciendo a todo y a todos,
empezando por las válvulas de radio y terminando por los consejeros electrónicos
creados a partir de ellas. Durante este ataque de delirio lancé una ojeada a
los restos de mi máquina, y advertí entre ellos un trozo de cinta lleno de
letras. Cuando leí lo que había impreso en él y que aquel monstruo electrónico
no me había querido decir creí enloquecer.
«Véndeme, añade la suma que consigas a todo
lo que posees, y compra en Crooks Hermanos y Compañía la máquina CE
perfeccionada, modelo número Dos», decía la cinta de papel.
–¿Y por qué dices que la máquina no te lo
quiso decir? –preguntó a Rob el borracho calvo, que mientras escuchaba el
increíble relato parecía haber recuperado la sobriedad–. Es posible que,
simplemente, se hubiera estropeado.
–La verdad, y que el diablo la lleve, es que
no quiso. Me aconsejó adrede que quemase el dinero para que no pudiera
venderla. Pero no tuvo en cuenta mi carácter. Los periódicos no escriben de
esas cosas.
–Es extraño –observó el intelectual del
frac–. Se diría que lo que pasaba era que no quería separarse de ti.
–Exactamente. Me había tomado afecto. En los
últimos tiempos, cuando la fortuna me era tan particularmente favorable, le
había hecho la corte como si de una novia se tratara. La tapaba con una funda
de seda. Cada día le quitaba el polvo. Compré incluso algunas macetas con palmas
y las puse a su alrededor para que se sintiera a gusto. En vez de tres
periódicos leía diez. Y miren el resultado. Como consecuencia de la nueva
coyuntura económica, yo debería haberla vendido y adquirido en su lugar la
nueva CE perfeccionada modelo número Dos. Pero la muy canalla, con su
despiadado egoísmo, me engañó.
–Ése es el siglo en que vivimos –sentenció
el muchacho de la camisa azul–. Uno ya no se puede fiar ni de las máquinas
electrónicas...
Entre profundos suspiros empezamos a
marchamos, cada uno por su lado. Rob Day fue el último en hacerlo.
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