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Charles Dickens - La historia del viajante de comercio


Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a 
un hombre en uj calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que 
cruza Marlborough Downs en dirección Bristol. Digo que pudo vérsele, y sin duda 
habría sido así si hubiera pasado por ese camino cualquier que no fuera ciego; 
pero el tiempo era tan malo, y la noche tan fría y húmeda, que nada había fuera 
salve el agua, por lo que el viajero trotaba en mitad del camino solitario, y 
bastante melancólico. Si ese día cualquier viajante hubiera podido ver ese 
pequeño vehículo, a pesar de todo un calesín, con el cuerpo de color de arcilla 
y las ruedas rojas, y la yegua hay y zorruna de paso rápido, enojadiza, 
semejante a un cruce entre caballo de carnicero y caballo de posta de correo de 
los de dos peniques, habría sabido in mediatamente que aquel viajero no podía 
ser otra que Tom Smart, de la importante empresa de Bilsoi y Slum, Cateaton 
Street, City. Sin embargo, comí no había ningún viajante mirando, nadie supo 
nada sobre el asunto; y por ello, Tom Smart y su calesa de color arcilla y 
ruedas rojas, y la yegua zorruna d paso rápido, avanzaron juntos guardando el 
secrete entre ellos: y nadie lo sabría nunca.
Incluso en este triste mundo hay lugares muchísimo más agradables que 
Marlborough Downs cuando sopla fuerte el viento, y si el lector se deja caer por 
allí una triste tarde invernal, por una carretera resbaladiza y embarrada, 
cuando llueve a cántaros, y a modo de experimento prueba el efecto en su propia 
persona, sabrá hasta qué punto es cierta esta observación.
El viento soplaba, pero no carretera arriba o carretera abajo, lo que ya habría 
sido suficientemente malo, sino barriéndola de través, enviando la lluvia 
inclinada, como las líneas que solían trazarse en los cuadernos de escritura en 
la escuela para que los muchachos marcaran bien la inclinación. Por un momento 
desaparecía y el viajero empezaba a engañarse creyendo que, agotada por su furia 
anterior, ella misma se había apaciguado, cuando de pronto la oía silbar y 
gruñir en la distancia y precipitarse desde la cumbre de las colinas, barriendo 
la llanura, reuniendo fuerza y estruendo al acercarse, hasta que caía en una 
fuerte ráfaga contra el caballo y el hombre, metiendo la lluvia afilada en las 
orejas, y calando su fría humedad hasta los mismos huesos; y después batía 
detrás de ellos, muy lejos, con un asombroso rugido, como si se mofara de la 
debilidad de ellos y se sintiera triunfante por la conciencia de su propia 
fuerza y poder.
La yegua baya chapoteaba en el barro y el agua con las orejas caídas; de vez en 
cuando sacudía con fuerza la cabeza como para expresar su disgusto ante esa poco 
caballerosa conducta de los elementos, pero manteniendo un buen paso, a pesar de 
todo hasta que una ráfaga de viento, más furiosa que cualquier otra que les 
hubiera atacado anteriormente, la obligaba a detenerse de pronto y plantar las 
cuatro patas con firmeza en el suelo para que no la. derribara. Y fue algo 
especialmente misericordioso que así lo hiciera, pues de haber sido derribada, 
la yegua zorruna era tan ligera, y el calesín era tan ligero, y Tom Smart tenía 
un peso tan ligero, que infaliblemente habrían ido todos juntos rodando hasta 
llegar a los confines de la tierra o hasta que cesara el viento; y en cualquiera 
de los casos lo más probable sería que ni la yegua zorruna, ni e calesín color 
de arcilla y ruedas rojas ni Tom Smar hubieran vuelto a encontrarse aptos para 
el servicio
-Condenadas sean mis correas y bigotes -exclamó Tom Smart (a veces Tom tenía un 
desagradable hábito de lanzar juramentos)-. ¡Condenadas sea¡ mis correas y 
bigotes, si esto no es agradable, que m, soplen!
Probablemente el lector me preguntará que por qué razón, puesto que a Tom Smart 
ya le habían soplado bastante, expresó ese deseo de someterse d, nuevo al mismo 
proceso. No puedo responder; b único que sé es que Tom Smart lo dijo así, o por 
1l menos siempre le dijo a mi tío que así lo había dicho, y es la misma cosa.
-Que me soplen -dijo Tom Smart, y la yegua re linchó como si fuera exactamente 
de la misma opinión-. Alégrate, vieja -añadió Tom tocando a la yegua en el 
cuello con el extremo del látigo-. En una noche como ésta es inútil seguir 
tirando adelante, así que en la primera casa a la que lleguemos nos 
presentaremos, por lo que cuanto más rápido vayas, antes terminará todo. Vamos, 
vieja, con suavidad, con suavidad.
Es evidente que no puedo saber si la yegua zorruna conocía lo suficiente los 
tonos de la voz de Tom como para entender su significado, o si bien le resultaba 
más frío quedarse quieta que seguir en movimiento. Lo que sí puedo decir es que 
no había terminado de hablar Tom cuando la yegua levantó las orejas y se lanzó 
hacia delante a una velocidad que hizo traquetear el calesín de color arcilla 
hasta tal punto que uno supondría que cada uno de los radios rojos iba a salir 
volando sobre la hierba de Marlborough Downs; y Tom, a pesar de llevar el 
látigo, no pudo detenerla ni controlar su paso hasta que por sí misma se detuvo 
ante una posada situada a mano derecha del camino, aproximadamente a un cuarto 
de milla del final de los Downs.
Tom lanzó una mirada presurosa a la parte superior de la casa mientras llevaba 
las riendas a la pistolera y metía el látigo en la caja. Era un lugar antiguo y 
extraño, construido con una especie de tablas de ripia encajadas, por así 
decirlo, con vigas cruzadas, con ventanas terminadas en faldones que se 
proyectaban totalmente sobre el camino, y una puerta inferior con un porche 
oscuro y un par de empinados escalones que conducían a la casa, en lugar de la 
moda moderna de utilizar media docena de escalones más bajos. Sin embargo, era 
un lugar agradable a la vista, pues por la ventana enrejada salía una luz: 
potente y alegre que lanzaba rayos brillantes sobre e camino, llegando incluso a 
iluminar los setos de enfrente; y había una luz rojiza y parpadeante en la; otra 
ventana, que en algunos momentos era débil mente discernible, y después brillaba 
con fuerza a través de las cortinas cerradas, lo que daba a entender que había 
un buen fuego en el interior. Valoran do esas pequeñas evidencias con el ojo de 
un viajero experto, Tom desmontó con la agilidad que le permitieron sus piernas 
casi congeladas y entró en la casa.
En menos de cinco minutos, Tom se hallaba acomodado en la habitación opuesta al 
bar, la habitación en la que había imaginado el fuego ardiente ante un fuego que 
rugía compuesto por un cubo di carbón y suficiente madera como para provenir de 
media docena de buenos matorrales de uva espinados apilados hacia arriba en la 
chimenea, que rugían, crujían con un sonido que, por sí solo, habría calentado 
el corazón de cualquier hombre razonable Aquello resultaba cómodo, pero no era 
todo, pues una joven agradablemente vestida, de mirada brillante y tobillos 
finos, estaba poniendo sobre la mesa un mantel blanco y muy limpio; y mientras 
Tom estaba sentado con los pies, calzados con zapatillas, sobre el guardafuegos 
de la chimenea, dando la espalda a la puerta abierta, vio una atractiva 
perspectiva del bar reflejada en el espejo colocado soba la repisa de la 
chimenea, con deliciosas filas de botellas verdes con etiquetas doradas, junto a 
frascos de adobos y conservas, quesos y jamones cocidos, y redondos de vaca, 
dispuesto todo sobre anaqueles de la manera más tentadora y deliciosa. Bueno, 
también esto era confortable; pero no era todo: pues en el bar, sentada frente a 
un té en la mesita más agradable, cerca del pequeño fuego más brillante, había 
una rolliza viuda de unos cuarenta y ocho años, de rostro tan confortable como 
el bar, que era evidentemente la propietaria de la casa y la señora suprema de 
todas aquellas agradables posesiones. Tan sólo había un inconveniente en la 
belleza general del cuadro, y era un hombre alto, un hombre verdaderamente alto, 
de abrigo marrón con botones brillantes de cestería, bigotes negros y cabello 
negro y ondulado, sentado con la viuda en la mesa del té, y del que no se 
necesitaba gran penetración para saber que estaba en el camino adecuado de 
persuadirla para que dejara de ser viuda, confiriéndole a él el privilegio de 
sentarse en ese bar durante lo que le quedara de vida.
Ni mucho menos tenía Tom una disposición irritable o envidiosa, pero por una u 
otra razón el hombre alto del abrigo marrón con los brillantes botones de 
cestería despertó esa pequeña inquina que tenía en su composición, y le hizo 
sentirse extremadamente indigno: todavía más porque de vez en cuando podía 
observar, desde su asiento colocado frente al espejo, ciertas pequeñas 
familiaridades afectivas entre el hombre alto y la viuda, que indicaban en grado 
suficiente que el hombre alto recibía un trato de favor tan elevado como su 
propio tamaño. A Tom le encantaba el ponche caliente -m aventuraría a decir que 
le encantaba demasiado el ponche caliente-, y después de haber comprobado que la 
yegua zorruna estaba bien alimentada y dormía sobre suficiente paja, y de 
haberse comido hasta el último bocado de la agradable cena caliente que la viuda 
preparó para él con sus propias manos, se limitó a pedir un vasito a modo de 
experimento Ahora bien, si en toda la gama del arte doméstico había un artículo 
que la viuda supiera elaborar mejor que cualquier otro, era ése precisamente, y 
el primer vaso se adaptó tan agradablemente al gusto d Tom Smart que pidió un 
segundo con el menor retrasó posible. El ponche caliente, caballeros, es algo 
agradable -algo extremadamente agradable bajo cualquier circunstancia-, pero en 
aquel cómodo antiguo salón, ante un fuego rugiente, mientras viento soplaba en 
el exterior haciendo crujir todos los maderos de la vieja casa, a Tom Smart le 
resulta absolutamente delicioso. Pidió otro vaso, y luego otro más -no estoy muy 
seguro de que no pidió otro después de aquél-, pero cuanto más ponche caliente 
bebía, más pensaba en el hombre alto.
-¡Que su insolencia le confunda! -exclamó Tom para sí mismo-. ¿Qué asuntos tiene 
que resolver e este cómodo bar? ¡Un villano tan feo! Si la viuda tt viera algún 
gusto, elegiría seguramente a un tipo mejor que ése.
Tras decir aquellas cosas, la mirada de Tom pasó del espejo colocado sobre la 
repisa de la chimenea que había sobre la mesa; y conforme se fue sintiendo cada 
vez más sentimental, vació el cuarto vaso de ponche y pidió un quinto.
Tom Smart, caballeros, se había sentido siempre muy atraído por el negocio 
tabernero. Desde hacía, tiempo su ambición había sido atender un bar de su 
propiedad vestido con un abrigo verde, calzones de pana y fustán de pelo. Tenía 
grandes ideas acerca de cómo sentarse en cenas joviales, y había pensado a 
menudo lo bien que podría presidir con su conversación un salón propio, y qué 
ejemplo supremo sería para sus clientes en el departamento de bebidas. Todas 
estas cosas pasaron rápidamente por la mente de Tom mientras estaba sentado 
bebiendo ponche caliente junto al crujiente fuego, y se sintió justa y 
apropiadamente indignado por el hecho de que el hombre alto estuviera en el 
camino de conseguir tan excelente casa mientras que él, Tom Smart, estaba tan 
lejos de ella como siempre. Por ello, tras deliberar mientras tomaba los dos 
últimos vasos, acerca de si tenía perfecto derecho a iniciar una disputa con el 
hombre alto por haber conseguido éste la gracia de la rolliza viuda, Tom Smart 
llegó finalmente a la satisfactoria conclusión de que era un individuo 
perseguido, cuyas dotes no habían sabido utilizarse, y haría bien en irse a la 
cama.
La joven elegante guió a Tom por unas escaleras amplias y antiguas, utilizando 
una mano como pantalla de la vela para protegerla de las corrientes de aire que 
en un lugar tan antiguo y con tanto espacio para corretear habrían podido 
encontrar mucho sitio para divertirse sin apagar la vela, pero que, sin embargo, 
la apagarían; ello permitiría a los enemigos de Tom la oportunidad de afirmar 
que había sido él y no el viento, el que apagó la vela, y que mientras simulaba 
soplar para encenderla de nuevo en realidad estaba besando a la joven. Pero en 
cualquier caso obtuvieron otra luz y Tom fue conducido a través de un laberinto 
de habitaciones y pasillos hasta una estancia que había sido preparada para su 
recepción, en la que la joven se despidió de él deseándole buenas noches y le 
dejó a solas.
Era una habitación buena y grande con amplio armarios y una cama que habría 
servido para un internado completo, por no hablar de un par de roperos de roble 
en los que habrían cabido los equipajes de un pequeño ejército; pero lo que más 
llamó la atención a Tom fue una extraña silla de respaldo alto y aspecto 
horrendo tallada de la manera mi fantástica, con un cojín de damasco floreado y 
una abultamientos redondos en la parte inferior de lo patas cuidadosamente 
envueltos en paño rojo como si tuviera gota en los dedos. De cualquier otra 
extraña silla Tom sólo habría pensado que era una silla extraña, y ahí habría 
terminado el asunto; pero en esa silla particular había algo, aunque no podía 
decir qué era, tan extraño y tan diferente a cualquier otro mueble que hubiera 
visto nunca que pareció fascinarle. Se sentó delante del fuego y se quedó 
mirando fijamente la vieja silla durante media hora como si el demonio se 
hubiera apropiado de ella; el tan extraña que no podía apartar los ojos de 
aquel, objeto.
-Vaya -dijo lentamente mientras se desvestía sin dejar de mirar un solo momento 
la vieja silla, erguida con aspecto misterioso junto a la cama-. Jamás en mi 
vida vi cosa tan peculiar. Muy extraño -añadió Tom, que con el ponche caliente 
se había vuelto bastante sagaz-. Muy extraño.
Sacudió la cabeza con actitud de profunda sabiduría y volvió a contemplar la 
silla. Sin embargo, no pudo sacar nada en claro, por lo que se metió en la cama, 
se tapó hasta estar bien caliente y se quedó dormido.
Media hora después, Tom despertó sobresaltado de un confuso sueño en el que 
participaban hombres altos y vasos de ponche: y el primer objeto que se presentó 
ante su imaginación despierta fue la extraña silla.
-No voy a mirarla más -se dijo apretando los párpados uno contra otro y tratando 
de persuadirse de que iba a dormir de nuevo. Inútil; por sus ojos sólo bailaban 
sillas extrañas que coceaban con sus patas, saltaban las unas sobre los 
respaldos de las otras y realizaban las cabriolas más extrañas.
-Será mejor ver una silla auténtica que dos o tres series completas de sillas 
falsas -dijo sacando la cabeza desde abajo de las ropas de cama. Y ahí estaba, 
claramente discernible a la luz del fuego, tan provocativa como siempre.
Miró la silla y de pronto, mientras la contemplaba, pareció producirse en ella 
un cambio de lo más extraordinario. La talla del respaldo asumió gradualmente el 
alineamiento y la expresión de un rostro humano viejo y arrugado; el cojín de 
damasco se convirtió en una antiguo chaleco de solapas; los bultos redondos se 
convirtieron en dos pares de pies embutidos en zapatillas de paño rojo; y la 
vieja silla se asemejó a un anciano muy feo, del siglo anterior, con los brazos 
en jarras. Tom se sentó en la cama y se frotó los ojos para deshacer la ilusión. 
Pero no. La silla era un anciano feo; y lo que es más, le estaba guiñando un ojo 
a Tom Smart.
Tom era por naturaleza una especie de perro temerario y descuidado, y se había 
tomado cinco vasos de ponche caliente; es por eso que, aunque a principio se 
mostrara algo sorprendido, empezó < indignarse en cuanto vio que el anciano 
caballero le guiñaba un ojo y le sonreía descaradamente con un aire tan 
insolente. Finalmente decidió que no iba, soportarlo; y como el rostro 
envejecido seguía haciéndole guiños con mayor rapidez que nunca, con tono 
verdaderamente colérico, le dijo:
-¿Por qué diablos me está guiñando el ojo? -Porque me gusta, Tom Smart -contestó 
la silla o el anciano caballero, como prefiera llamarle el lector. Sin embargo 
dejó de hacer guiños cuando Ton habló, y empezó a sonreír como un mono viejísimo 
-¿Y cómo sabe mi nombre, viejo cascanueces -preguntó Tom con bastantes titubeos, 
aunque creía estar haciéndolo bastante bien.
-Vamos, vamos, Tom-dijo el anciano caballero, esa no es manera de dirigirse a 
una sólida madera de caoba española. Que me condenen si no me trataría con menos 
respeto si fuera de contrachapado.
Cuando el anciano caballero dijo esto, miró con tal violencia a Tom que éste 
empezó a asustarse. -No pretendía tratarle con ninguna falta de respeto, señor 
-dijo Tom en un tono mucho más humilde que el que había empleado al principio. 
-Bueno, bueno -contestó el anciano-. Quizá no... quizá no, Tom...
-Señor...
-Lo sé todo sobre ti, Tom; todo. Eres muy pobre, Tom.
-Ciertamente que lo soy -replicó Tom Smart-. Pero ¿cómo ha llegado a saber eso?
-No tiene importancia -dijo el anciano-. Y te gusta mucho el ponche, Tom.
Tom Smart estuvo a punto de protestar afirmando que no había probado una gota 
desde su último cumpleaños, pero cuando su mirada se encontró con la del anciano 
caballero, éste parecía tener tal conocimiento que Tom enrojeció y guardó 
silencio. -Tom, la viuda es una hermosa mujer... verdaderamente hermosa... ¿eh, 
Tom?
En ese momento el anciano levantó la mirada hacia arriba, alzó una de sus 
pequeñas y desgastadas patas y pareció tan desagradablemente amoroso que
Tom sintió un absoluto desagrado por la vanidad de su conducta... ¡a sus años!
-Soy su guardián, Tom -dijo el anciano. -¿Eso es lo que es? -preguntó Tom Smart. 
-Conocía a su madre, Tom -dijo el viejo-. Y a su abuela. Ella me tenía mucho 
cariño... fue la que me hizo este chaleco, Tom.
-¿Eso hizo? -preguntó Tom Smart.
-Y estos zapatos -añadió el anciano levantando una de las zapatillas de paño 
rojo-. Pero no lo cuentes por ahí, Tom. No me gustaría que se supiera que ella 
estaba tan unida a mí. Podría producir ciertas situaciones desagradables en la 
familia.
Cuando el viejo truhán dijo aquello tenía un aspecto tan extremadamente 
impertinente que, tal como declaró después Tom Smart, no habría sentido el menor 
remordimiento de sentarse encima de él,
-He sido un gran favorito entre las mujeres de mi época, Tom -afirmó el disoluto 
y viejo crápula-, Cientos de hermosas mujeres se han sentado en mi regazo 
durante horas. ¿Qué piensas de eso, eh, perro?
El anciano caballero iba a proceder a contar algunas otras hazañas de su 
juventud cuando le sobrevino un ataque de crujidos tan violento que fue incapaz 
de proseguir.
«Ahí tienes lo que te mereces, viejo», pensó Tom Smart; pero no llegó a decir 
nada.
-¡Ay! -exclamó el anciano-. Esto me inquieta, mucho ahora. Estoy envejeciendo, 
Tom, y he perdido casi todos mis barrotes. También me han hecho ya una 
operación, una pequeña pieza del respaldo, ) fue una prueba muy dura, Tom.
-Me atrevo a decir que así fue, señor -añadir Tom Smart.
-Sin embargo, eso no viene al caso -replicó e anciano caballero-. ¡Tom, quiero 
que te cases con la-, viuda!
-¿Yo, señor? -preguntó Tom.
-Sí, tú-contestó el anciano.
-Bendito sea su reverendo relleno -exclamó Tom, aunque apenas si le quedaban 
unos cuantos pelos de caballo-. Bendito sea su reverendo relleno, pero ella no 
me querría -exclamó Tom suspirando involuntariamente al pensar en el bar.
-¿Que no? -preguntó con firmeza el anciano. -No, no -respondió Tom-. Hay otro en 
el campo. Un hombre alto... un hombre terriblemente alto... de bigote negro.
-Tom -le informó el anciano-. Ella nunca le tendrá.
-¿Que no? -preguntó Tom-. Si estuviera usted en el bar, anciano caballero, 
hablaría de otra manera.
-Bah, bah. Lo sé todo sobre esa historia. -¿Sobre qué? -preguntó Tom.
-Sobre besos detrás de la puerta, y todas esas cosas, Tom -añadió el anciano.
En ese momento lanzó otra mirada insolente que encolerizó mucho a Tom, pues como 
todos ustedes, caballeros, saben bien, escuchar a un viejo,
que por serlo debería conocer mejor el mundo, hablar sobre esas cosas resulta 
muy desagradable... nada más que por eso.
-Lo sé todo al respecto, Tom. Lo he visto hacer muy a menudo en mi época, Tom, 
entre más personas de las que me gustaría mencionarte; pero al final nunca se 
llega a nada.
-Ha debido ver usted algunas cosas extrañas -preguntó Tom con mirada 
inquisitiva.
-Puedes afirmarlo, Tom -replicó el viejo con ut complicado guiño-. Soy el último 
de mi familia Tom -añadió el anciano lanzando un melancólico suspiro.
-¿Y fue muy grande? -preguntó Tom Smart. -Éramos doce, Tom; tipos hermosos de 
respaldo, tan bello y recto como le gustaría ver a cualquiera Nada de esos 
abortos modernos... todos con brazo y con un grado tal de pulido que habría 
alegrado t, corazón contemplarnos.
-¿Y qué ha sido de los demás, señor?
El anciano caballero se llevó un codo al ojo al tiempo que contestaba:
-Murieron, Tom, murieron. Teníamos un duro trabajo, Tom, y no todos poseían mi 
constitución Tenían reuma en piernas y brazos, y acabaron en cocinas y 
hospitales; y uno de ellos, tras un prolonga do servicio y una dura utilización, 
perdió el sentido se volvió tan loco que tuvieron que quemarlo. Qué cosa tan 
sorprendente ésa, Tom.
-¡Terrible! -exclamó Tom Smart.
El anciano guardó silencio unos minutos, evidentemente mientras combatía sus 
emotivos sentimientos, y después añadió:
-Sin embargo, Tom, me estoy apartando del tema. Ese hombre alto, Tom, es un 
aventurero ruin En el momento en que se casara con la viuda vendo ría todos los 
muebles y escaparía. ¿Y cuáles serían las, consecuencias? Ella quedaría 
abandonada y reducida a la ruina, y yo moriría de frío en alguna tienda de 
muebles viejos.
-Sí, pero...
-No me interrumpas. De ti, Tom Smart, tengo una opinión muy diferente; pues bien 
sé que si alguna vez te asentaras en una posada, nunca la abandonarías mientras' 
hubiera algo que beber dentro de sus paredes.
-Me siento muy agradecido por su buena opinión, señor-le informó Tom Smart.
-Por tanto -siguió diciendo el anciano con tono autoritario-: tú serás el que la 
tenga, y él no. -¿Cómo puede impedirse? -preguntó ansiosamente Tom Smart.
-Con esta revelación: el ya está casado.
-¿Cómo puedo demostrarlo? -preguntó Tom saliendo a medias de la cama.
El anciano caballero separó un brazo de su costado y tras señalar a uno de los 
vestidores de roble volvió a colocarlo inmediatamente en su antigua posición.
-Poco piensa él que en el bolsillo derecho de unos pantalones de ese vestidor ha 
dejado una carta en la que se le pide que regrese junto a su desconsolada 
esposa, con seis niños, toma buena nota, Tom, seis niños, y todos ellos 
pequeños.
Cuando el anciano caballero pronunció con solemnidad aquellas palabras sus 
rasgos se fueron haciendo menos y menos claros y su figura se volvió más 
sombría. Sobre los ojos de Tom Smart cayó una película. El anciano pareció 
fundirse gradualmente con la silla, el chaleco de damasco convertirse en cojín, 
las zapatillas rojas encogerse en pequeñas bolsas
de paño rojo. La luz desapareció suavemente y Tom Smart se dejó caer sobre la 
almohada y se quedó profundamente dormido.
La mañana despertó a Tom del sueño letárgico en el que había caído al 
desaparecer el anciano. Se sentó en la cama y durante unos minutos trató 
vanamente de recordar los hechos de la noche anterior. Repentin4mente se acordó 
de ellos. Miró la silla; era ciertamente un mueble fantástico y feo, pero sólo 
una imaginación notablemente viva e ingeniosa podría haber descubierto cualquier 
parecido entre el mueble y el anciano.
-¿Cómo se encuentra, anciano? -preguntó Tom. A la luz del día se sentía más 
audaz, como le sucede a la mayoría de los hombres.
La silla permaneció inmóvil y no dijo una sola palabra.
-Hace una mañana espantosa -añadió Tom. Pero no. La silla no se sentía dispuesta 
a conversar. -¿A qué vestidor señaló? Al menos podría decirme eso -insistió Tom. 
Pero la silla, caballeros, no decía una sola palabra.
-De cualquier manera, no es muy difícil abrirlos -siguió diciendo Tom al tiempo 
que salía de la cama. Se dirigió hacia uno de los vestidores. La llave estaba 
puesta en la cerradura; la giró y abrió la puerta. Allí había unos pantalones. 
¡Metió la mano en el bolsillo y sacó una carta idéntica a la que había descrito 
el anciano caballero!
-Qué cosa tan extraña es ésta -exclamó Tom Smart mirando primero a la silla, y 
luego al vestidor, después a la carta y finalmente otra vez a la silla-. ¡Muy 
extraño! -repitió.
Pero como no había allí nada que amortiguase la extrañeza, pensó que también él 
debía vestirse y arreglar enseguida los asuntos del hombre alto... sólo para 
sacarle de su desgracia.
Tom fue fijándose al pasar en las distintas habitaciones, mientras bajaba, con 
el ojo atento de un propietario; considerando que no sería imposible que en 
breve tiempo las estancias y sus contenidos fueran de su propiedad. El hombre 
alto estaba de pie en el cómodo bar, con las manos a la espalda, sintiéndose muy 
en su casa. Dirigió a Tom una sonrisa vacía. Un observador casual podría haber 
supuesto que lo hizo sólo para mostrarle sus dientes blancos; pero Tom Smart 
pensó que una conciencia de triunfo ocupaba el lugar en el que había estado la 
mente del hombre alto. Tom le sonrió directamente y llamó a la patrona.
-Buenos días, señora-dijo Tom Smart cerrando la puerta del saloncito cuando 
entró la viuda. -Buenos días, señor -respondió ella-. ¿Qué tomará para el 
desayuno, señor?
Tom estaba pensando en la forma de introducir el tema, por lo que no respondió.
-Tenemos un jamón muy bueno -dijo la viuda-. Y una estupenda ave fría mechada. 
¿Le sirvo eso, señor?
Esas palabras sacaron a Tom de sus reflexiones. La admiración que sentía por la 
viuda aumentaba conforme ésta hablaba. ¡Qué criatura tan considerada! ¡Qué 
comodidad para proveerle de todo!
-¿Quién es el caballero que está en el bar, señora? -preguntó Tom.
-Se llama Jinkins, señor -respondió la viuda sonrojándose ligeramente.
-Es un hombre alto -dijo Tom.
-Es un hombre muy bueno, señor -contestó la viuda-. Y un caballero muy 
agradable.
-¡Ah! -exclamó Tom.
-¿Desea alguna cosa más, señor? -preguntó la viuda, que se sentía bastante 
perpleja por las maneras de Tom.
-Bueno, sí -contestó Tom-. Mi querida señora, ¿tendría la amabilidad de sentarse 
un momento?
La viuda pareció muy sorprendida, pero se sentó, y Tom lo hizo también cerca de 
ella. Caballeros, no sé cómo sucedió... la verdad es que mi tío solía contarme 
que Tom Smart le dijo que tampoco él sabía cómo había sucedido; pero el caso es 
que, de una manera o de otra, la palma de la mano de Tom se posó sobre el dorso 
de la mano de la viuda, y la dejó allí mientras hablaba.
-Mi querida señora -dijo Tom Smart, pues siempre había pensado lo importante que 
era mostrarse amable-. Mi querida señora, merece usted un marido excelente... 
cierto que sí.
-¡Vaya, señor! -exclamó la viuda, lo que no resulta ilógico, pues la manera que 
tuvo Tom de iniciar la conversación era bastante inusual, por no decir 
sorprendente, teniendo en cuenta el hecho de que hasta la noche anterior no la 
había visto nunca-. ¡Vaya, señor!
-Desprecio las adulaciones, mi querida señora. Pero merece usted un marido 
admirable, y sea éste quien sea, será un hombre afortunado.
Al decir aquello, la mirada de Tom pasó del rostro de la viuda a las comodidades 
que le rodeaban. La viuda parecía más sorprendida que nunca, e hizo un esfuerzo 
por levantarse. Tom le apretó suavemente la mano, como para detenerla, y ella 
permaneció en su asiento. Las viudas, caballeros, no suelen ser timoratas, tal 
como mi tío solía decir.
-Estoy segura de sentirme muy agradecida hacia usted, señor, por su buena 
opinión -dijo la rolliza patrona riéndose a medias-. Y si alguna vez vuelvo a 
casarme...
-Si... -repitió Tom Smart mirándola astutamente con el rabillo del ojo derecho-. 
Si...
-Bueno -añadió la viuda riéndose con franqueza esa vez-. Cuando lo haga, espero 
conseguir un esposo tan bueno como el que usted describe.
-Como por ejemplo Jinkins -dijo Tom. -¡Vaya, señor! -exclamó la viuda.
-Ay, no me diga eso -insistió Tom-. Le conozco. -Estoy convencida de que nadie 
que le conozca sabrá nada malo de él -dijo la viuda, pasando al ataque ante el 
aire misterioso con el que había hablado Tom.
-¡Ejem! -exclamó Tom Smart.
La viuda empezó a pensar que era ya un buen momento de llorar, por lo que sacó 
su pañuelo y preguntó a Tom si es que deseaba insultarla: si es que pensaba que 
era propio de un caballero hablar mal de otro a sus espaldas; que por qué 
motivo, s tenía algo que decir, no se lo decía al caballero como un hombre, en 
lugar de asustar a una pobre, débil mujer de esa manera, y cosas por el estilo.
-Se lo diré a él enseguida-dijo Tom-. Pero quiero que usted lo escuche primero.
-¿De qué se trata? -preguntó la viuda mirando fijamente el rostro de Tom.
-Le va a asombrar -contestó Tom llevándose una mano al bolsillo.
-Si es eso, que él quiere dinero -dijo la viuda- ya lo sé, y no tiene usted que 
preocuparse.
-Bah, qué tontería, eso no es nada -dijo Ton Smart-. También yo quiero dinero. 
No es eso. -Entonces, amigo mío, ¿de qué se trata? -excla mó la pobre viuda.
-No se asuste -le respondió Tom Smart mien tras sacaba lentamente la carta y la 
abría-. ¿Está segura de que no gritará? -le preguntó con vacilación -No, no 
-contestó la viuda-. Déjeme verla.
-¿Y no va a desmayarse, ni hará ninguna otra tontería? -preguntó Tom.
-No, no -contestó la viuda inmediatamente. -¿Y no saldrá corriendo para 
golpearle? -volvió, preguntar Tom-. Porque voy a hacer todo esto por usted; será 
mejor que no se lo tome a mal.
-De acuerdo, de acuerdo -dijo la viuda-. Déjeme verla.
-Así lo haré -contestó Tom Smart, y diciendo esas palabras colocó la carta en la 
mano de la viuda Caballeros, oí decir a mi tío que Tom Smart dijo que las 
lamentaciones de la viuda cuando se enteró de aquello habrían traspasado un 
corazón de piedra. El de Tom era ciertamente muy tierno, y traspasaron el suyo 
hasta la misma médula. La viuda se columpiaba hacia delante y hacia atrás 
retorciéndose las manos.
-¡Ay, qué hombre tan engañoso y vil! -exclamaba la viuda.
-¡Espantoso, mi querida señora! Pero compórtese.
-¡Ay, cómo voy a hacerlo! -gritó la viuda-. ¡Nunca encontraré a ningún otro a 
quien pueda amar tanto!
-Ay, claro que lo encontrará, mi querida señora -exclamó Tom Smart dejando caer 
una verdadera lluvia de enormes lágrimas por la piedad que sentía por el 
infortunio de la viuda. En la energía de su compasión, Tom Smart había rodeado 
con un brazo la cintura de la viuda; y la viuda, movida por la pasión de la 
pena, había sujetado la mano de Tom. Ésta miró a Tom al rostro y le sonrió entre 
sus lágrimas. Tom miró el semblante de ella, y sonrió entre las suyas.
Nunca pude averiguar, caballeros, si Tom besó o no a la viuda en ese momento 
particular. Solía decirle a mi tío que no lo había hecho, pero tengo mis dudas 
al respecto. Entre nosotros, caballeros, estoy convencido de que lo hizo.
En todo caso, Tom echó a patadas al hombre alto por la puerta delantera media 
hora más tarde y se casó con la viuda al cabo de un mes. Y solía recorrer el 
campo con el calesín de color arcilla y rueda, rojas y la yegua zorruna de paso 
rápido hasta que muchos años después abandonó el negocio y se fui a Francia con 
su esposa; y más tarde, la vieja casa se vino abajo.

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