Nos atrevemos a asegurar que apenas hay nadie que
tenga la costumbre de pasearse por los barrios más populosos de Londres y no
pueda recordar entre sus "conocidos de vista", como decimos con frase
familiar, a algún ser de aspecto desastroso y ruin, cayendo cada vez más por
grados casi imperceptibles en la abyección y que, por lo andrajoso y mísero
de sus trazas, no provoque una fuerte y penosa impresión a aquel con quien se
cruza. ¿Existe por ventura, alguien, mezclado con la sociedad o que por sus
ocupaciones tenga que mezclarse de vez en cuando, que no pueda recordar los
tiempos en los cuales algún desdichado cubierto de harapos y cohombre, que
ahora va arrastrándose con toda la escualidez del sufrimiento y la pobreza,
había sido un respetable comerciante, o un oficinista, o un hombre de vida
próspera, con buenas perspectivas y medios decentes? ¿No puede alguno de
nuestros lectores recordar entre la lista de sus conocidos de algún día, a
algún hombre caído y envilecido, que perece sobre el pavimento, en hambrienta
miseria y de quien todo el mundo se aparta fríamente y que se defiende a sí
mismo de la inanición nadie sabe cómo? ¡Dios mío! Demasiados frecuentes son,
por desgracia, tales casos, que reconocen una causa -la embriaguez- esa avidez
por el lento y seguro veneno que triunfa de toda consideración; que deja a un
lado todo: mujer, hijos, amigos, felicidad y salud, y precipita locamente a sus
víctimas en la decadencia y la muerte.
Varios de estos hombres han
sido empujados por el infortunio o la miseria hacia el vicio que los ha
degradado: la ruina de sus esperanzas, la muerte de algún ser querido, la
tristeza que consume paulatinamente, pero que no mata, los ha aturdido, y
presentan el lamentable aspecto de los locos, muriendo lentamente por sus
propias manos. Pero la mayor parte se ha sumergido conscientemente en aquel
golfo donde el hombre que entra ya no sale más, sino que cae cada vez más
hondo, hasta que ya no hay esperanzas de salvación.
Uno de estos hombres estaba
una vez sentado junto al lecho donde su mujer se moría; tenía a sus hijos
arrodillados a su alrededor, mientras que, por lo bajo, mezclaba sus sollozos
con inocentes plegarias. La habitación era pobre y destartalada, y bastaba una
ligera ojeada para convencerse de que aquella forma pálida que iba perdiendo
la luz de la vida era víctima del dolor, la necesidad y las ansiosas
preocupaciones que habían apesadumbrado su corazón un año tras otro. Una mujer
más anciana, con el rostro cubierto de lágrimas, sostenía la cabeza de la
moribunda, que era su hija. Pero no era hacia ella a quien la agonizante
dirigía su pálido rostro. No era a su mano, que aquellos fríos y temblorosos
dedos apretaban: oprimían el brazo de su esposo. Los ojos a punto de ser
cegados por la muerte, se posaban en su faz, y el hombre se estremeció ante su
mirada. Su traje estaba sucio y roto, su rostro congestionado y sus ojos
sanguinolentos. Había sido reclamado desde alguna infame orgía, al lecho de
dolor y muerte.
Una luz velada, a un costado
de la cama, proyectaba una débil claridad sobre el grupo y a su alrededor,
dejando el resto de la habitación en tinieblas. El silencio de la noche
reinaba fuera de la casa y la quietud de la muerte dominaba en el ambiente. Un
reloj pendía de la pared, en un repostero; su cansino tictac era lo único que
rompía aquel profundo silencio, de una manera solemne, ya que todos aquellos
que lo oían sabían que antes de dar otra hora, aquella pobre mujer habría
muerto.
Es cosa terrible esperar la
llegada de la muerte, saber que se ha desvanecido toda esperanza y que no hay
salvación. Y estar sentado contando las horas temerosas de una larga noche,
larga, larga..., como sólo saben los que velan a los enfermos. Hiela la sangre oír
los secretos más caros al corazón -los secretos guardados largos años-, y que
ahora confiesa el desesperado e inconsciente ser que tenemos delante; y saber
que toda la ciencia de este mundo no sirve de nada para arrebatar a aquel ser
querido a la muerte. Muchos relatos han sido hechos por los moribundos; relatos
de culpa y de crimen, tan espantosos, que los circunstantes han huido del
lecho del enfermo con horror y espanto, a no ser que les haya herido la locura
por lo que oyeron; y más de un desgraciado ha muerto solo, delirando sobre
cosas que harían retroceder al más osado.
Ninguno de estos relatos
tenían que oírse al lado del lecho ante el cual unos niños se arrodillaban. Sus
sollozos y llanto medio ahogados rompían el silencio de la miserable habitación.
Y cuando, al final, la mano de la madre se aflojó y, mirando sucesivamente a
los hijos y al padre, intentó en vano hablar cayendo hacia atrás, sobre la almohada,
todo quedó tan silencioso que parecía que se había sumergido en un profundo sueño.
Se inclinaron sobre ella; la llamaron por su nombre, suavemente al principio, y
luego en los tonos agudos y profundos de la desesperación, sin que la pobre
mujer pronunciase una palabra. Auscultaron su pecho; pero no se percibió
ningún ruido. Buscaron su corazón; pero ni el más débil latido fue perceptible.
¡El corazón se había roto, y ella había muerto!
El marido se desplomó sobre
una silla al lado del lecho y cruzó sus manos sobre la frente, que le ardía.
Miró a sus hijos, pero cuando sus ojos llorosos se encontraban con los suyos,
desfallecía bajo las miradas. Ninguna palabra de consuelo llegaba a sus oídos,
ninguna mirada amable se fijaba en su rostro. Todos se apartaban de él y le
evitaban; y cuando, al fin, salió de la habitación, nadie le acompañó ni
intentó consolar al viudo.
Ya habían pasado aquellos
tiempos en que algún amigo le habría acompañado en su aflicción y algún pésame
sincero le hubiera consolado en su dolor. ¿Dónde estaban ahora? Uno por uno,
amigos, conocidos, sus más remotas relaciones habían abandonado al borracho.
Sólo su mujer se le había mostrado siempre fiel, lo mismo en la dicha que en
la desgracia, en la enfermedad y la pobreza. ¿Y cómo le había correspondido
él? Lo arrancaron de la taberna para llevarle a su lecho de muerte sólo por el
tiempo justo de verla morir.
Salió bruscamente de su casa
y anduvo de prisa por las calles. Remordimientos, miedo, vergüenza, todo se
confundía en su mente. Perturbado por la bebida e impactado con la escena que
acababa de contemplar, volvió a entrar en la taberna que hacía poco había
abandonado. Una copa sucedió a otra. Su sangre se exaltó y la cabeza empezó a
darle vueltas. ¡Muerta! Todos tenemos que morir; pero, ¿por qué ahora ella? Era
demasiado
buena para él; sus amistades
lo decían a menudo. ¡Malditos sean! ¿Acaso no la habían abandonado y dejado
llorando en su casa? Bien... Estaba muerta y quizá era feliz. Mejor que así
hubiese sucedido. Otro vaso... y otro... ¡Viva! La vida era alegre mientras duraba,
y él quería disfrutar de ella lo más posible.
Pasó el tiempo; los cuatro
niños que ella le dejó se hicieron mayores. El padre continuaba siendo el
mismo, aunque más pobre y más harapiento, con aire más disoluto, pero siempre
idéntico, firme e irremediable borracho. Los muchachos, que vivían en estado
casi salvaje, le habían abandonado. Sólo quedaba la hija, que trabajaba
rudamente y que, con amenazas o golpes, le proporcionaba a veces algo para la
taberna. De manera que él seguía su mismo camino habitual y se divertía de lo
lindo.
Una noche, a eso de las
diez, y como la muchacha hubiera estado enferma algunos días y sólo tuviese
escaso dinero para beber, dirigió sus pasos hacia su casa, pensando que si
quería que ella estuviese en disposición de proporcionarle dinero era preciso que
la enviase al médico de la parroquia o, en todo caso, se enterase de qué la
aquejaba, cosa que hasta entonces no había hecho. Era una noche húmeda de
diciembre, soplaba un viento frío y penetrante, y caía la lluvia pesadamente.
Mendigó unos cuantos medios peniques a un transeúnte y después de haber
comprado un panecillo, ya que le interesaba conservarle la vida a su hija, siguió
adelante tan de prisa como el viento y la lluvia se lo permitían.
A espaldas del Fleet Street,
entre ella y la ribera del río, hay una serie de patios pequeños y estrechos,
que forman parte de Whitefriars: a uno de estos dirigió sus pasos.
Los vericuetos por donde se
metió podían, en cuanto a suciedad y miseria, competir con el rincón más oscuro
del antiguo santuario en sus aspectos más inmundos y hampones de todas las
épocas. Las casas, de una altura de dos a cuatro pisos, tenían el sello
indeleble que una larga exposición a la intemperie, la niebla y el moho pueden
causar a un edificio construido con los más desparejos y groseros materiales.
Las ventanas tenían en vez de cristales, papeles, y, por cortinas, los más
estrafalarios trapos; las puertas se salían de sus quicios; se veían muchos palos
y alambres para tender la ropa, y voces de borrachos y ruido de discusiones
salían de cada casa.
La solitaria lámpara en el
centro del patio estaba apagada, fuese por la violencia del viento o por obra
de algún habitante que tenía buenas razones para oponerse a que su vivienda
llamase demasiado la atención; y la única luz que caía sobre el roto y desigual
pavimento procedía de unas miserables velas que aquí y allá lanzaban pálidos
destellos, en casa de aquellos potentados que podían permitirse tanto lujo.
Una cloaca corría por el centro del pasadizo, cuyo desagradable olor era más
intenso a causa de la lluvia; y a medida que el viento silbaba a través de las
viejas casas, las puertas y postigos crujían sobre sus quicios y las ventanas
batían con tal violencia que a cada momento parecía que amenazasen con
destruirlo todo.
El hombre que hemos seguido
hasta esta madriguera caminaba en la oscuridad, tropezando a veces con la
cloaca o con otros afluentes producidos por la lluvia, y que acarreaban toda
suerte de desperdicios. La puerta, o mejor dicho, lo que quedaba de ella, estaba
abierta de par en par, por la conveniencia de los numerosos vecinos; y por
ella el hombre emprendió la ascensión de la vieja y estropeada escalera, hacia
la buhardilla.
Sólo le faltaban para llegar
uno o dos escalones cuando la puerta se abrió, y una muchacha, cuyo aspecto
demacrado y mísero sólo corrían parejos con la vela que su mano intentaba
ocultar, asomó ansiosamente la cabeza:
-¿Eres tú, padre?
-¿Quién tenía que ser
entonces? -replicó el hombre con mal humor-. ¿Por qué tiemblas? Poco he podido
beber hoy, porque donde no hay dinero, no hay bebida, y donde no hay trabajo,
no hay dinero. ¿Qué demonios te pasa?
-No me encuentro bien,
padre, no me encuentro bien -respondió ella, estallando en lágrimas.
-¡Ah! -replicó el hombre en
el tono de una persona que se ve obligada a tener que reconocer algo muy
desagradable-. Tienes que ponerte mejor, porque tienes que ganar dinero. Anda
al médico de la parroquia y que te dé alguna medicina. Para eso le pagan,
¡maldito sea!... ¿Por qué te plantas así en la puerta? Déjame entrar.
-Padre -murmuró la
muchacha-, Guillermo ha vuelto.
-¿Quién? -exclamó el hombre
con un sobresalto.
-¡Calla! -replicó ella-.
Guillermo; mi hermano Guillermo.
-¿Y qué se le ofrece? -dijo
el hombre haciendo un esfuerzo para contenerse-. ¿Dinero? ¿Comida? ¿Bebida? Ha
llamado a una mala puerta, si es así. Dame la vela, tonta, ¡no te voy a pegar!
Y le arrancó la vela de la
mano y entró en la habitación.
Sentado en una vieja caja,
con la cabeza apoyada en las palmas de las manos y los ojos fijos en un
miserable fuego que ardía en el suelo, estaba un joven de unos veintidós años,
míseramente vestido con una chaqueta y unos pantalones viejos y ordinarios. Tuvo
un sobresalto cuando su padre entró.
-Cierra la puerta, María
-dijo el joven precipitadamente-. Cierra la puerta. Parece como si no me
conocieses, padre. Tiempo ha que me echaste de casa; también lo habrás tenido
para olvidarme.
-¿Qué necesitas ahora? -dijo
el padre, sentándose en un taburete al otro lado del fuego-. ¿Qué necesitas aquí
ahora?
-Ocultarme -replicó el
hijo-. Estoy en
un mal momento; eso es todo.
Si me encuentran voy a bailar en el cabo de una cuerda. Y es seguro que me
hallarán a menos que me esconda aquí.
-¿Quiere decir que has
robado o matado? -dijo el padre.
-Sí; eso es -replicó el
hijo-. ¿Te asombra eso, padre? -miró fijamente a los ojos del hombre, pero
este los esquivó, bajando la vista al suelo.
-¿Dónde están tus hermanos?
-preguntó luego de larga pausa.
-Donde no pueden estorbarte
-replicó su hijo-. Juan se ha ido a América y Enrique murió.
-¡Muerto! -exclamó el padre
estremeciéndose.
-¡Muerto, sí! -replicó el
joven-. Murió en mis brazos, de un balazo, como un perro. Se lo disparó el jefe
de una mesa de juego. Cayó para atrás y su sangre me salpicó las manos. Corría
como agua de su costado. Se sentía débil, se le nubló la vista, pero pudo
arrastrarse por la hierba y se arrodilló, rogando a Dios que si tenía a su
madre en el cielo, El escuchase sus ruegos en favor de su hijo menor. "Yo
era su favorito, Will -dijo-, y me alegra pensar que cuando ella se estaba
muriendo, yo, que no era más que un niño y que sentía que se me rompía el corazón,
me arrodillé a los pies de su cama y di gracias a Dios por haberme hecho tan
bueno para con ella, pues nunca hice yo brotar lágrima alguna de sus ojos.
¡Oh, Dios! ¿Por qué se llevaron a ella y padre se quedó?". Estas fueron
sus palabras antes de morir -dijo el joven-. Escúchalas como gustes. Tú le
pegaste en la cara, en un acceso de borrachera, la mañana que nosotros huimos;
¡y aquí está el final de todo!
La muchacha lloraba, y el
padre, hundiendo la cabeza entre sus manos y apoyando los codos sobre sus
rodillas, la balanceaba de un lado a otro.
-Si me agarran -continuó el
joven- me llevarán ante el jurado y me ahorcarán por
homicidio. No me pueden
seguir las huellas hasta aquí si tú me ayudas, padre. Tú, si quieres, me puedes
entregar a la justicia; pero, si no lo haces, me quedaré aquí hasta que pueda
escaparme al extranjero.
Durante dos días, los tres
permanecieron encerrados en la habitación destartalada, atreviéndose apenas a
moverse. A la tercera noche la muchacha se hallaba mucho peor que nunca, y los
pocos mendrugos que tenían se habían concluido. Era, pues, indispensable que
alguien hiciese algo. Y como ella no podía salir por sí sola, salió el padre.
Era ya casi noche cerrada.
En la parroquia le dieron
una medicina para la hija y una pequeña ayuda monetaria. A la vuelta ganó seis
peniques guardando un caballo. Y regresó a su casa con medios suficientes para
sobrevivir dos o tres días.
Pasó por delante de una
taberna. Titubeó un instante pero volvió atrás, dudó otra vez y, al fin, entró.
Dos hombres, de quien no se había dado cuenta, estaban al acecho de él. Ya se
disponían a abandonar todo, desesperados de dar con la pista, cuando aquellos
titubeos llamaron su atención; y al verle entrar en la taberna le siguieron:
-Beberá conmigo, maestro
-dijo uno de ellos, ofreciéndole una copa de whisky.
-Y también conmigo -erijo el
otro, vaciando su copa y volviéndola a llenar.
El hombre pensó en sus hijos
hambrientos y en los peligros que corría Guillermo. Pero esto no significaba
nada para el borracho: bebió, y la razón le abandonó.
-Hace una noche húmeda,
Warden -murmuró uno de ellos a su oído, en el momento en que él se disponía a
marcharse después de haberse gastado la mitad de su dinero del que, quizá,
dependiera la vida de su hija.
-La noche más apropiada para
que nuestros amigos puedan esconderse, maestro Warden -observó el otro.
-Siéntese -dijo el que había
hablado primero, llevándoselo a un rincón-. Nos hemos preocupado mucho por el
muchacho. Hemos venido ex profeso para decirle que todo está a punto; pero que
no podemos dar con él, ya que no sabemos dónde está metido, puesto que no nos
dio sus señas, cosa que no tiene nada de particular porque él mismo, cuando
vino a Londres, no sabía concretamente a dónde dirigirse.
-No; ciertamente -respondió
el padre.
Los dos hombres cambiaron
una mirada.
-Hay un barco en el muelle
que zarpa a medianoche, cuando la marea esté alta-resumió el primero-, y lo
llevaremos a él. Su pasaje está tomado a nombre de otro, y, lo que es mejor,
pagado. Ha sido una buena suerte encontrarle a usted.
-Grande -dijo el segundo.
-Una grandísima suerte
-profirió el primero, haciendo un guiño a su compañero.
-Otra copa, maestro. ¡De
prisa! -dijo el personaje primero. Y, cinco minutos después, el padre, en su
inconsciencia, había puesto a su hijo en manos del verdugo.
El tiempo se arrastraba
lento y pesado, mientras los dos hermanos, en su pobre escondite escuchaban el
menor ruido con ansiosa atención. Al fin, un paso torpe y fuerte resonó en la
escalera; llegó al descanso, y el padre irrumpió en la habitación.
La muchacha advirtió que
estaba borracho y avanzó hacia él con la vela en la mano, para sostenerlo; pero
se paró bruscamente y con fuerte chillido se desplomó en el suelo: había visto
la sombra de un hombre. Ambos entraron rápidamente. Enseguida, el joven era
preso y maniatado.
-Hecho sin ruido -dijo el
uno a su compañero- gracias al viejo. Levanta a la muchacha, Tom. ¡Vaya,
vaya! No sirve de nada llorar, niña. Todo se ha acabado y ya no tiene remedio.
El joven se detuvo un
instante ante su hermana y luego se revolvió fieramente hacia su padre, quien
había rodado hasta la pared y, apoyado en ella, contemplaba el grupo con la
torpeza propia del borracho.
-Oigame, padre -dijo en un
tono que estremeció a este hasta la médula de los huesos-. Mi sangre y la de mi
hermano caerán sobre tu cabeza. Yo nunca he recibido de ti ni una buena mirada,
ni una palabra cariñosa, ni cuidado alguno y, vivo o muerto, no he de
perdonarte. Muere cuando quieras o como quieras, que yo estaré a tu lado. Te
hablo como un hombre muerto y te advierto, padre, que tan seguro como un día te
veré ante el Hacedor, igualmente comparecerán allí tus hijos, tomados de ta
mano, pidiendo justicia contra ti. -Levantó sus manos esposadas en un ademán de
amenaza, fijó sus ojos en su tembloroso padre y salió despacio de la
habitación; jamás ni su padre ni su hermana le vieron ya en este mundo.
Cuando la pálida y triste
luz de la mañana de invierno penetró en la sucia ventana de la habitación
maldita, Warden despertó de su pesado sueño y se halló solo. Se levantó y miró
a su alrededor; el viejo colchón de la
na, en el suelo, estaba
intacto; todo se hallaba como recordaba haberlo visto la víspera y no había
signo alguno de que nadie, exceptuando él mismo, hubiese ocupado la estancia
aquella noche. Preguntó a los inquilinos y a los vecinos, pero nadie supo
darle razón de su hija; ni la habían visto ni oído. Vagó por las calles y
examinó todos los rostros miserables de los grupos que se agolpaban a su
alrededor. Pero sus pesquisas fueron infructuosas, y volvió a su cuchitril a
la noche, desolado y lleno de pesadumbre.
Por espacio de unos días
continuó estas investigaciones; mas no halló el menor rastro de su hija ni un
solo eco de su voz. Por último, ya sin esperanzas, abandonó la persecución.
Hacía tiempo que se había preocupado de la probabilidad de que ella lo abandonase
e intentase ganar su pan con tranquilidad en cualquier sitio. Le había abandonado,
al fin, para vivir sola. Apretó los dientes y la maldijo.
Mendigó su pan de puerta en
puerta. Cada penique era gastado de la misma manera. Pasó un año; el techo de
una cárcel era el único que le dio cobijo por unos meses. Durmió bajo los
puentes, en los depósitos de ladrillos, dondequiera que hubiese algún refugio
contra el frío y la lluvia. Pero, durante el largo lapso de su pobreza,
malestar y carencia de albergue, continuaba siendo el mismo borracho.
Al fin, una amarga noche
cayó sobre un peldaño; se sentía débil y enfermo. El desgaste prematuro
producido por la bebida y la disolución lo había dejado en los huesos. Sus
mejillas estaban secas y pálidas; sus ojos turbios y hundidos y las piernas
temblorosas. Una fría lluvia le calaba hasta los huesos.
En aquellos momentos, las
escenas de su inútil vida, ya largo tiempo olvidadas, se acumularon, rápidas,
en su cabeza. Recordó cuando tenía un hogar -un alegre hogary a todos los que
lo habitaban y formaban un grupo a su alrededor; hasta le parecía que tocaba y
oía las figuras de sus hijos. Miradas que hacia
tiempo diera al olvido se fijaban largamente en él; voces ya acalladas
por la tumba, sonaban en sus oídos como los tañidos de las campanas de la
iglesia del pueblo. Pero sólo era un instante. La lluvia batía furiosamente
contra su cuerpo y el frío y el hambre volvían a asaltarle atrozmente.
Se levantó y arrastró sus
débiles miembros unos pasos. La calle estaba silenciosa y desierta y los
escasos transeúntes pasaban a toda prisa, por lo tarde de la hora, y su voz se
perdía entre la tempestad. De nuevo un frío intenso le traspasó hasta el alma y
le heló la sangre en las venas. Se acurrucó en el quicio de una puerta e
intentó dormir un poco.
Pero el sueño había huido de
sus ojos turbios y apagados. La cabeza divagaba de una manera extraña, sin
embargo, estaba despierto y con el conocimiento íntegro. El ruido, bien
conocido, de la alegría causada por la embriaguez sonaba en sus oídos: la copa
tocaba a sus labios, la mesa estaba cubierta de ricos manjares; y él los veía
desde allí, sólo le bastaba alargar la mano y tomarlos...; pero, aunque sólo
era una ilusión, se daba cuenta de que estaba solo y sentado en la calle desierta,
contemplando cómo las gotas de lluvia golpeaban contra las piedras; que la
muerte se le acercaba por momentos; y que nadie se preocuparía de socorrerlo.
De pronto se sobresaltó:
había oído su propia voz en el aire de la noche, no sabía cómo ni por qué.
"¡Oye!". Un sollozo. Otro. Sus sentidos le abandonaban; palabras a medio
formar, incoherentes, se escapaban de sus labios: y sus manos querían desgarrar
su carne. Se volvía loco; gritó, pidiendo auxilio, hasta que la voz le faltó
del todo.
Levantó la cabeza y miró en
toda su longitud la calle infinita. Recordó que marginados de la sociedad
como él, condenados a vagar día y noche por estas calles miserables, a veces
habían perdido la razón a causa de su misma soledad. Se acordó de haber oído decir
años antes, que un pobre sin hogar había sido sorprendido en una esquina
afilando un cuchillo herrumbroso para clavárselo en el corazón, prefiriendo la
muerte al inacabable y doloroso ir y venir de un lado a otro. En un instante
fue tomada su resolución y sus miembros recobraron nueva vida; corrió, corrió
desde donde se hallaba y no se detuvo hasta llegar a la orilla.
Se arrastró sin ruido por
los escalones de piedra que llevan al pie del puente de Waterloo, hasta la
orilla misma. Se acurrucó en un rincón y retuvo el aliento mientras pasaba la
ronda. El corazón de ningún prisionero no ha sentido nunca transportes iguales
ante la esperanza de una libertad y vida nueva como la mitad del júbilo que
sintió este infeliz ante la perspectiva de la muerte. La guardia pasó cerca de
él, pero no fue visto; y aguardando a que el ruido de los pasos muriera en la
lejanía, descendió con cautela y se plantó bajo el oscuro arco que forma el
muelle del río.
La corriente refluía y el
agua se movía a sus pies. La lluvia había cesado, el viento estaba en calma, y
todo, por el momento, estaba quieto y silencioso, tanto que, cualquier ruido
en la otra orilla, aun el chapoteo de las aguas contra las barcas allí
ancladas, podía ser oído perfectamente. La corriente era lánguida y perezosa.
Formas extrañas y fantásticas emergieron del río y le hicieron señas de que se
acercara; ojos oscuros y brillantes asomaron del agua con gesto burlón por sus
dudas, y huecos murmullos a su espalda lo empujaban hacia adelante. Entonces
retrocedió unos pasos, luego recorrió un trecho y salió desesperadamente,
cayendo en el agua.
No habían pasado cinco
segundos cuando volvió a subir a la superficie de las aguas, pero ¡qué cambio
habían experimentado en tan breve tiempo sus pensamientos y sentimientos! La
vida; sí, la vida de cualquier forma, con pobreza, miseria, hambre, ¡todo
menos la muerte! Luchó y lidió con el agua y quiso gritar en las angustias de
su terror; pero la maldición de su hijo sonó en sus oídos. Una mano que le
diesen y estaba salvado... Mas la corriente se lo llevó bajo los arcos del
puente, y se hundió en ella.
Aun pudo subir y pelear por
la vida. Por un instante, un solo instante, los edificios de los muelles de la
orilla, las luces del puente, a través del cual la corriente le había arrastrado,
el agua negra y las nubes rápidas fueron visibles para él distintamente; pero
se hundió de nuevo y otra vez volvió a salir. Llamas brillantes cayeron del
cielo a la tierra, y se agitaron ante sus ojos, mientras el agua atronaba sus
oídos y le aturdía con su ruidoso bramido.
Una semana más tarde, un
cuerpo apareció en la orilla, unas millas más allá; era una masa informe y
horrible. Sin ser identificado ni llorado por nadie fue trasladado a la tumba.
Y hace tiempo que allí su cadáver se ha descompuesto.
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