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Charles Dickens - La historia del tio del viajante


Mi tío, caballeros, dijo el viajante, era uno de los tipos más alegres, 
agradables y listos que haya existido nunca. Me gustaría que lo hubieran 
conocido, caballeros. Aunque pensándolo bien, no desearía que lo hubieran 
conocido, pues en ese caso todos estarían ya, siguiendo el curso ordinario de la 
naturaleza, si no muertos, en todo caso tan cerca de la desaparición como para 
haberse quedado en casa abandonando la compañía, lo que me habría privado del 
inestimable placer de dirigirme a ustedes en este momento. Caballeros, desearía 
que sus padres y madres hubieran conocido a mi tío. Se habrían encariñado 
notablemente con él, especialmente su: respetables madres; sé que habría sido 
así. Si entre las numerosas virtudes que adornaban su carácter tuviéramos que 
dar predominio a dos de ellas, diría, que eran su ponche mixto y sus canciones 
de sobremesa. Excúsenme si me extiendo en estos recuerdo: melancólicos sobre el 
fallecido, no se ve a un hombre como mi tío todos los días de la semana.
Siempre he considerado como algo importante del carácter de mi tío, caballeros, 
el hecho de que fuera compañero y amigo íntimo de Tom Smart, de la importante 
empresa de Bilson y Slum, Cateator
Street, City. Mi tío vendía para Tiggin y Welps, pero durante mucho tiempo 
estuvo muy cerca del mismo recorrido que Tom, y la primera noche que se 
conocieron mi tío se encaprichó por Tom y éste por mi tío. No había pasado media 
hora desde que se habían conocido cuando se habían apostado ya un sombrero nuevo 
a ver quién de los dos hacía el mejor litro de ponche y se lo bebía con mayor 
rapidez. Se consideró que mi tío ganó en la elaboración del ponche, pero que Tom 
Smart le venció al beberlo en la mitad de tiempo. Pidieron otro litro entre los 
dos para beber cada uno a la salud del otro, y desde ese momento se convirtieron 
en los amigos más fieles. En estas cosas hay un destino caballeros, y no podemos 
evitarlo.
En cuanto al aspecto personal, mi tío era algo más bajo de la media; era también 
algo más rollizo que los hombres ordinarios, y quizá su rostro tuviera un tono 
más rojizo. "Tenía la cara más alegre que han visto nunca, caballeros: parecido 
en algo a Punch el títere, pero con la barbilla y la nariz más hermosas; sus 
ojos estaban siempre chispeando y centelleando por el buen humor; y en su 
semblante había perpetuamente una sonrisa, y no una de esas sonrisas rígidas sin 
significado, sino una auténtica, alegre, cordial y amable. En una ocasión salió 
lanzado del calesín y se golpeó la cabeza contra una piedra señalizadora. Y allí 
quedó aturdido, y con tantos cortes en la cara por la gravilla que se había 
acumulado allí que, utilizando una fuerte expresión de mi propio tío, si su 
madre hubiera vuelto a visitar la tierra no le habría reconocido. La verdad, 
caballeros, es que cuando me pongo a pensar en el asunto estoy absolutamente 
seguro d, que no lo habría hecho, pues murió cuando mi tía tenía dos años y 
siete meses de edad, y considera muy probable que, incluso aunque no hubiera 
habido gravilla, sus botas altas habrían asombrado no poco a la buena señora, 
por no hablar de su cara jovial y rojiza. Pero el caso es que allí se quedó 
tumba do, y he oído decir a mi tío, muchas veces, que e hombre que lo recogió 
dijo que sonreía tan alegre mente como si se hubiera dejado caer por una fiesta 
y que después de que le sangraran, las primeras débiles y vacilantes muestras de 
recuperación fueron que salió de un salto de la cama, soltó una risotada, besó 
la joven que sostenía el recipiente y pidió un trozo d cordero y una castaña 
adobada. Siempre le gustaron mucho las castañas adobadas, caballeros. Decía 
siempre que había descubierto que, sin el vinagre, tenían gusto a cerveza.
El gran viaje de mi tío se hallaba en el período otoñal, dedicado a cobrar 
deudas y recibir pedidos en el norte: iba desde Londres hasta Edimburgo, d 
Edimburgo a Glasgow, de Glasgow volvía a Edimburgo y desde allí a Londres por 
gusto. Queda entendido que su segunda visita a Edimburgo la hacía por su propio 
placer. Solía regresar durante una semana sólo para ver a sus viejos amigos; y 
desayunando con éste, almorzando con aquél, comiendo con un tercero y cenando 
con otro solía pasarse una bonita semana entera. No sé si alguno de ustedes, 
caballeros, ha compartido alguna vez un desayuno escocés hospitalario, 
sustancioso y verdadero, y ha salido luego a tomar un ligero almuerzo 
consistente en un barrilito de ostras, más o menos una docena de cervezas 
embotelladas y una o dos jarras de whisky para terminar. Si alguna vez lo ha 
hecho, estará de acuerdo conmigo en que se necesita una cabeza bastante fuerte 
para después salir a comer y a cenar.
¡Pero benditos sean sus corazones y sus cejas que aquello no era nada para mi 
tío! Estaba tan habituado que aquello no era más que un simple juego de niños. 
Le he oído contar que cualquier día podía encontrarse con gentes de Dundee y 
volver luego a casa sin tambalearse; y eso, caballeros, que los habitantes de 
Dundee tienen una cabeza tan fuerte como su ponche, y probablemente no podrá 
encontrarse otro más fuerte entre los dos polos. He oído decir que un hombre de 
Glasgow y otro de Dundee bebieron uno frente al otro durante quince horas 
seguidas. Pudo saberse que ambos se sintieron sofocados en el mismo momento, 
pero con esa ligera excepción, caballeros, no se sentían peor por ello.
Una noche, a las veinticuatro horas de haber decidido embarcar para Londres, mi 
tío se detuvo en la casa de un antiguo amigo suyo, un tal alguacil Mac con 
cuatro sílabas detrás que vivía en la vieja ciudad de Edimburgo. Estaban allí la 
esposa del alguacil, las tres hijas del alguacil y el hijo ya mayor del 
alguacil, y tres o cuatro amigos escoceses robustos, de cejas pobladas y hombres 
prudentes que el alguacil había reunido para honrar a mi tío y ayudarle a 
alegrarse. Fue una cena gloriosa. Tomaron salmón ahumado, bacalao finlandés, 
cabeza de cordero y un «haggis» -un famoso plato escocés, caballeros, que mi tío 
solía decir que cuando lo veía en la mesa se le asemejaba mucho a un estómago de 
Cupido-, y aparte otras muchas cosas cuyos nombres he olvidado, pero que no 
obstante eran cosas muy buenas. Las muchachitas eran hermosas y agradables; la 
esposa del alguacil era una de las mejores personas que hayan vivido nunca, y mi 
tío estaba de un humor excelente. La consecuencia de ello fue que las jóvenes 
damas rieron entre dientes y sofocaron risitas, y que la dama mayor se rió 
estruendosamente, y el alguacil y los otros tipos rugieron hasta que se les puso 
el rostro colorado y aquello empezaba a resultar peligroso. No puedo recordar 
exactamente cuántos vasos de ponche de whisky se bebió cada uno después de la 
cena, pero lo que sí sé es que hacia la una de la mañana el hijo mayor del 
alguacil perdió el sentido cuando iba a iniciar el primer verso de una poesía 
popular, y como desde hacía una hora era el único otro hombre al que podía 
vérsele por encima de la mesa de caoba, a mi tío se le ocurrió que casi había 
llegado el momento de pensar en, irse, puesto que habían comenzado a beber a las 
siete de la tarde, para poder regresar a casa a una hora decente. Pero pensando 
que no sería muy cortés irse en ese momento, se levantó de la silla, mezcló otro 
vaso, lo alzó a su propia salud, dirigiéndose a sí mismo un discurso limpio y 
lleno de cumplidos, y se le bebió con gran entusiasmo. Como todavía nadie 
despertaba, mi tío se sirvió un poco más, pero esta vez sin agua, no fuera que 
el ponche le sentara mal, y llevándose violentamente las manos al sombrero, se 
lanzó a la calle.
Cuando mi tío cerró la puerta del alguacil hacía una noche ventosa, y 
sujetándose firmemente el sombrero sobre la cabeza, para impedir que el viento 
se lo llevara, se metió las manos en los bolsillos, miró hacia arriba y analizó 
brevemente el estado del tiempo. Las nubes pasaban por encima de la luna a la 
máxima velocidad: en algunos momentos la oscurecían totalmente, en otros 
permitían que brillara en todo su esplendor y arrojara su luz sobre todos los 
objetos de alrededor; después volvían a colocarse sobre ella, con mayor 
velocidad aún, y lo envolvían todo en la oscuridad.
-Realmente esto no va-dijo mi tío dirigiéndose al tiempo, como si se sintiera 
personalmente ofendido-. Esto no es en absoluto el tipo ideal de clima para mi 
viaje. No lo haré, a ningún precio -dijo mi tío en tono impresionante.
Y tras repetir aquello varias veces, recuperó el equilibrio con cierta 
dificultad -pues estaba bastante mareado por haber mirado hacia el cielo tanto 
tiempo- y comenzó a caminar alegremente.
La casa del alguacil estaba en Canongate, y mi tío se dirigía hacia el otro 
extremo de Leith Walk, un recorrido de algo más de dos kilómetros. A ambos lados 
de él, como lanzadas contra el cielo oscuro, había unas casas altas, esparcidas 
y delgadas, con las fachadas manchadas por el tiempo, y unas ventanas que 
parecían haber compartido el destino de los
ojos de los mortales y haberse oscurecido y hundido con la edad. Las casas 
tenían seis, siete y ocho pisos de altura; se apilaba un piso sobre el otro como 
los que hacen los niños con cartas de juego, lanzando sus sombras oscuras sobre 
la calle desaliñadamente pavimentada y volviendo más oscura la oscuridad de la 
noche. Había algunas lámparas de aceite, muy lejos unas de otras, pero sólo 
servían para indicar la entrada sucia a algún estrecho callejón o para señalar 
dónde una escalera comunicaba, mediante revueltas empinadas e intrincadas, con 
las casas de arriba. Mirando todas aquellas cosas con la actitud de un hombre 
que las ha visto a menudo antes, por lo que no podía considerarlas ahora dignas 
de fijar en ellas la atención, mi tío subió por mitad de la calle con un pulgar 
metido en cada uno de los bolsillos del chaleco permitiéndose de vez en cuando 
variadas estrofas cantadas con tan buen espíritu y voluntad que las gentes 
honestas y tranquilas se sobresaltaban y despertaban de su primer sueño y se 
quedaban temblando en la cama hasta que el sonido desaparecía en la distancia; 
una vez convencidas de que se trataba sólo de algún borracho inútil que trataba 
de encontrar el camino de regreso a su casa, volvían a taparse para estar 
calientes y se dormían otra vez.
Describo en -particular, caballeros, la forma en que mi tío subía por mitad de 
la calle con los pulgares metidos en los bolsillos del chaleco, porque como él 
solía decir (y con buenas razones para ello), no hay en absoluto nada 
extraordinario en esta historia, a menos que entiendan claramente desde el 
principio que no estaba dando en absoluto un paseo maravilloso o romántico.
Caballeros, mi tío caminaba con los pulgares metidos en los bolsillos del 
chaleco, tomando para sí la mitad de la calle, cantando ahora un verso de un 
poema de amor, luego un verso de uno etílico, y silbando melodiosamente cuando 
se había cansado de ambos, hasta que llegó a North Bridge, que pone en contacto 
las ciudades antigua y nueva de Edimburgo. Se detuvo allí un minuto para 
examinar los extraños e irregulares grupos de luces apilados unos encima de 
otros y que parpadeaban a tanta altura que parecían estrellas, brillando desde 
los muros del castillo por un lado y del Calton Hill por el otro, como si 
estuvieran iluminando castillos en el aire, mientras la antigua y pintoresca 
ciudad dormía pesadamente entre la oscuridad de abajo: su palacio y capilla de 
Holyrood, guardada día y noche, tal como solía decir un amigo de mi tío, por la 
antigua sede de Arturo que se elevaba oscura e insolente, como un genio ceñudo, 
sobre la antigua ciudad que durante tanto tiempo había vigilado. Digo, 
caballeros, que mi tío se detuvo allí un minuto para mirar a su alrededor; y 
luego, haciéndole un cumplido al clima, que tan poco había mejorado, mientras 
que la luna se estaba hundiendo, empezó a caminar de nuevo con tanta gallardía 
como antes, ocupando la mitad de la calle con gran dignidad, y con el aspecto de 
que estaría encantado de encontrarse con alguien que quisiera disputarle esa 
posesión. Pero sucedió que no hubo nadie dispuesto a disputársela, y así siguió 
adelante con los pulgares en los bolsillos del chaleco, como un apacible ser.
Cuando mi tío llegó al extremo de Leith Walk, tenía que cruzar un descampado 
bastante grande que le separaba de una calle corta por la que debió bajar para 
llegar a su alojamiento. Ahora bien, sucede que en ese descampado había en aquel 
tiempo un cercado perteneciente a algún carretero que tenía contratada con 
Correos la compra de los coches-correo desgastados por el tiempo; y a mi tío, 
que le encantaron los coches de mayor, de joven y de mediana edad, se le metió 
inmediatamente en la cabeza e salirse de su camino sin otro fin que el de 
escudriñas esos coches tras el cercado, y recordaba haber viste más o menos una 
docena de ellos amontonados en el interior en un estado de gran abandono y 
olvido Mi tío, caballeros, era una persona de lo más entusiasta y simpática; por 
eso, al darse cuenta de que no podía tener una buena visibilidad entre las 
estacas saltó por encima de ellas, se sentó tranquilamente sobre un eje de rueda 
y empezó a contemplar los coches de correos con mucha gravedad.
Debía de haber una docena de ellos, o quizá más -mi tío no estuvo nunca seguro 
sobre este punto, dado que era un hombre de escrupulosa veracidad con respecto a 
los números, no le gustaba confesar lo-, pero allí estaban, todos amontonados en 
la condición más desolada que quepa imaginar. La, puertas habían sido arrancadas 
de los goznes y quitadas; les habían arrancado los forros; sólo algún clavo 
oxidado mantenía, aquí y allá, un jirón colgante; la lámparas no estaban, las 
varas hacía tiempo que habían desaparecido, el forjado estaba oxidado y la 
pintura se había caído; el viento silbaba entre las grietas de la estructura de 
madera, y la lluvia, que había quedado recogida en los techos, caía gota a gota 
en los interiores con un sonido hueco y melancólico. Eran los esqueletos en 
decadencia de los coches abandonados, y en ese lugar solitario, a esa hora de la 
noche, parecían fríos y lúgubres.
Mi tío descansó la cabeza sobre las manos y pensó en las personas atareadas y 
bulliciosas que años antes habrían traqueteado en los viejos coches, que ahora 
estaban cambiados y silenciosos; pensó en todas aquellas personas á las que uno 
de aquellos locos y desmoronados vehículos había llevado, noche tras noche, 
durante muchos años y con todo tipo de condiciones climáticas, la 
correspondencia ansiosamente esperada, el giro tan necesario, la promesa de 
salud y seguridad, el anuncio repentino de enfermedad y muerte. El comerciante, 
el amante, la esposa, la viuda, la madre, el escolar e incluso el niño que 
tambaleándose se había acercado a la puerta a la llamada del cartero... cómo 
habían esperado todos la llegada del viejo coche. ¡Y dónde estarían todos ahora!
Caballeros, mi tío solía decir que pensó todo esto en aquel momento, pero yo 
sospecho más bien que lo sacó después de algún libro, pues afirmaba con claridad 
que cayó en una especie de siesta mientras estaba sentado sobre el viejo eje de 
ruedas mirando los coches de correos en decadencia, hasta que de pronto le 
despertaron unas campanadas de iglesia que daban las dos. Ahora bien, mi tío no 
fue nunca muy rápido en el pensamiento, y si había pensado todas estas cosas 
estoy seguro de que habría necesitado para ello, por lo menos, hasta mucho más 
allá de pasadas las dos y media. Por tanto, soy decididamente de la opinión, 
caballeros, de que mi tío cayó en una especie de adormecimiento sin haber 
pensado nada en absoluto.
Sea como sea, las campanas de una iglesia dieron las dos. Mi tío despertó, se 
frotó los ojos y se sobresaltó asombrado.
Un instante después de que el reloj diera las dos, todo aquel lugar tranquilo y 
desértico se había convertido en el escenario de la vida y la animación más 
extraordinarias. Las puertas de los coches estaban sobre sus goznes, los forros 
en su sitio, el forjado era tan bueno como nuevo, la pintura había sido 
restaurada, las lámparas encendidas, en cada pescante había cojines y grandes 
mantas, los mozos colocaban paquetes en todos los maleteros, los guardas 
amontonaban las bolsas de las cartas, los palafreneros arrojaban cubos de agua 
sobre las ruedas renovadas; muchos hombres se apresuraban por la zona poniendo 
varas en cada coche; llegaron los pasajeros, se entregaron las maletas, se 
colocaron los caballos; en suma, resultaba absolutamente evidente que iban a 
salir de inmediato todos los coches que allí había. Caballeros, mi tío abrió los 
ojos tanto ante todo aquello que hasta el último momento de su vida se asombró 
de que hubiera sido capaz de volverlos a cerrar otra vez.
-¡Vamos! -gritó una voz mientras mi tío sentía una mano en su hombro-. Ha 
comprado usted billete de interior. Será mejor que entre.
-¿ Yo lo he comprado? -preguntó mi tío dándose la vuelta.
-Sí, claro.
Mi tío, caballeros, no era capaz de decir nada; tan asombrado estaba. Lo más 
extraño de todo era que aunque hubiese tal multitud de personas, y aunque 
estuvieran apareciendo nuevos rostros a cada momento, no podía saberse de dónde 
venían. Parecían brotar de alguna extraña manera del mismo suelo, o del aire, 
para desaparecer del mismo modo. Cuando un mozo metió su equipaje en el coche y 
recibió la propina, se dio la vuelta y desapareció; y antes de que mi tío 
hubiera empezado a preguntarse qué había sucedido con él, aparecieron media 
docena más tambaleándose bajo el peso de unos paquetes que parecían lo bastante 
grandes como para aplastarlos. ¡Los pasajeros iban vestidos todos de manera muy 
extraña! Grandes capas abrochadas de falda ancha, de puños enormes y sin 
cuellos; y pelucas, caballeros... grandes y serias pelucas con un lazo atrás. Mi 
tío no podía sacar nada en limpio de todo aquello.
-¿ Va usted a entrar ya? -dijo la misma persona que se había dirigido antes a mi 
tío.
Iba vestido como un escolta de correos, con peluca y capa de puños enormes, un 
farol en una mano y en la otra un trabuco enorme que en ese momento iba a 
guardar en un pequeño cofre.
-¿ Va a entrar ya, Jack Martin? -dijo el escolta sosteniendo el farol a la 
altura del rostro de mi tío. -¡Oiga! -exclamó mi tío retrocediendo uno o dos 
pasos-. ¡Eso es demasiada familiaridad!
-Así lo pone en el billete -contestó el escolta. -¿Y no lleva un «señor» 
delante? -preguntó mi tío. Pues pensó, caballeros, que el hecho de que un 
escolta al que no conocía le llamara Jack Martin era una libertad que Correos no 
habría permitido de haberla conocido.
-No, no lo lleva -contestó fríamente el escolta. -¿Está pagado el billete? 
-preguntó mi tío. -Claro que sí -contestó el otro.
-¿Lo está, sí lo está? ¡Pues vayamos allí entonces! ¿Qué coche es?
-Éste -contestó el escolta señalando a un coche que unía Londres con Edimburgo, 
pasado de moda, que tenía los escalones bajados y la puerta abierta-. ¡Un 
momento! Hay otros pasajeros. Déjeles entrar primero.
Mientras el escolta hablaba, apareció inmediatamente, delante de mi tío, un 
caballero joven de peluca empolvada y una capa color azul celeste adornada con 
plata, de faldones llenos y anchos, y forrada de bocací. En el lino del chaleco 
y el calicó estaba impreso Tiggin y Welps, caballeros, por lo que mi tío 
reconoció de inmediato los materiales. Llevaba pantalones hasta la rodilla, y 
una especie de polainas sobre las medias de seda, y zapatos con hebillas; 
volantes en las muñecas, sombrero de tres picos en la cabeza y una espada larga 
y afilada al costado. Las solapas del chaleco le llegaban hasta la mitad de los 
muslos, y el extremo de la corbata hasta la cintura. Caminó con paso grave hasta 
la puerta del coche, se quitó el sombrero y lo sostuvo por encima de la cabeza 
con el brazo extendido: al mismo tiempo sostenía levantado el dedo meñique como 
hacen algunas personas afectadas cuando toman una taza de té. Luego juntó los 
pies, hizo una grave reverencia y extendió la mano izquierda. Mi tío iba a 
adelantarse para estrechársela cordialmente cuando se dio cuenta de que aquellas 
atenciones no se las dirigía a él, sino a una joven dama que en ese momento 
apareció al pie de los escalones, ataviada con un anticuado vestido de 
terciopelo verde de cintura larga y peto. No llevaba sombrero en la cabeza, 
caballeros, que ocultaba con una capucha de seda negra, y miró a su alrededor un 
instante cuando se disponía a entrar en el coche, revelando un rostro tan 
hermoso como mi tío no había visto nunca, ni siquiera en un cuadro. Subió al 
coche levantándose el vestido con una mano; y tal como decía siempre mi tío 
acompañándolo de un juramento rotundo, cuando contaba esta historia, no habría 
creído posible que existieran piernas y pies de tal perfección a menos que los 
hubiera visto con sus propios ojos.
Pero en ese vislumbre del hermoso rostro mi tío vio que la joven dama le lanzaba 
una mirada implorante, y que parecía aterrada y entristecida. Observó también 
que el joven de la peluca empolvada, a pesar de sus muestras de galantería, que 
eran grandiosas y muy finas, la sujetó con fuerza por la muñeca cuando ella 
subió, y se metió inmediatamente detrás. Un tipo de un mal aspecto poco común, 
de peluca castaña y traje de color ciruela, que llevaba una espada muy grande y 
botas hasta las caderas, se incluía en el grupo. Y cuando se sentó junto a la 
joven dama, que estaba encogida en una esquina al acercarse el otro, mi tío vio 
confirmada su impresión original de que iba a suceder algo oscuro y misterioso; 
o tal como decía siempre para sí mismo, que «había algún tornillo suelto en 
alguna parte». Es sorprendente con qué rapidez había decidido mi tío ayudar a la 
dama ante cualquier peligro, si ésta necesitaba su ayuda.
-¡Muerte y rayos! -exclamó el joven caballero llevando la mano a la espada 
cuando mi tío entró en el coche.
-¡Sangre y truenos! -rugió el otro caballero. Diciendo esto, sacó la espada y 
lanzó una estocada a mi tío sin más ceremonias. Mi tío no tenía ningún arma, 
pero con gran destreza le quitó de la cabeza el sombrero de tres picos al 
caballero de mal aspecto, y recibiendo la punta de la espada de éste con el 
centro del sombrero, apretó los lados y la mantuvo sujeta.
-¡Hiérele por detrás! -gritó el caballero de mal aspecto a su compañero mientras 
se esforzaba por recuperar la espada.
-Será mejor que no lo haga -gritó mi tío enseñando el tacón de uno de sus 
zapatos de modo amenazador-. Le sacaré el cerebro a patadas si tiene alguno, y 
si no tiene le fracturaré el cráneo.
Poniendo en ejercicio en ese momento toda su fuerza, mi tío quitó la espada al 
caballero de mal aspecto y la tiró limpiamente por la ventana del coche, ante lo 
cual el caballero más joven volvió a vociferar su grito de «¡Muerte y rayos!» y 
se llevó la mano a la empuñadura de la espada, con actitud feroz, pero sin 
sacarla. Quizá, caballeros, tal como solía decir mi tío con una sonrisa, quizá 
tenía miedo de alarmar a la dama.
-Vamos, caballeros -dijo mi tío sentándose con actitud decidida-. No quiero que 
haya muerte alguna, con o sin rayos, en presencia de una dama, y hemos tenido ya 
suficiente sangre y truenos para un viaje; así que, si están de acuerdo, nos 
sentaremos en nuestros sitios bien tranquilos. Escolta, por favor, recoja el 
cuchillo de tallar del caballero.
Nada más decir mi tío esas palabras apareció el escolta ante la ventanilla del 
coche llevando en la mano la espada del caballero. Sostuvo en alto el farol y 
miró fijamente el rostro de mi tío al entregárselo: con su luz mi tío vio con 
gran sorpresa que una multitud inmensa de escoltas de coches de correos se 
arremolinaba alrededor de la ventana, y que cada uno de ellos tenía la mirada 
fija en él. Nunca, desde que nació, había visto un mar tan grande de rostros 
blancos, cuerpos rojos y ojos fijos.
«Esto es lo más extraño que me ha pasado nunca», pensó mi tío.
-Permítame que le devuelva el sombrero, señor -dijo mi tío.
El caballero de mal aspecto recibió en silencio el
sombrero de tres picos, miró el agujero que tenía en el centro con actitud 
inquisitiva, y finalmente se lo colocó encima de la peluca con una solemnidad 
cuyo efecto quedó un poco dañado porque en ese mismo momento estornudó 
violentamente y con la sacudida volvió a destocarse.
-¡Todo en orden! -gritó el escolta del farol subiéndose al pequeño asiento de la 
parte posterior del coche.
Partieron. Mi tío se quedó mirando por la ventanilla del coche hacia fuera 
mientras salían del descampado y observó que otros coches con cocheros, 
escoltas, caballos y pasajeros, daban vueltas y vueltas en círculos a un trote 
lento de unos ocho kilómetros por hora. Mi tío, caballeros, ardía de 
indignación. Como hombre dedicado al comercio, pensaba que no se podía jugar con 
las bolsas del correo, y decidió escribir un memorial sobre el tema a la Oficina 
de Correos en el instante mismo en que llegara a Londres.
Sin embargo, en ese momento sus pensamientos se ocupaban de la joven dama 
sentada en la esquina más alejada del coche, con el rostro bien oculto bajo la 
capucha; el caballero de la capa azul celeste se sentaba frente a ella; el del 
traje color ciruela a su lado; y ambos la vigilaban estrechamente. Si ella hacía 
crujir demasiado los pliegues de la capucha, mi tío podía oír que el hombre de 
mal aspecto se llevaba la mano a la espada, y podía saber por la respiración del 
otro (estaba tan oscuro que no podía verle el rostro) que parecía que fuera a 
devorarla de un bocado. Aquella intrigó más y más a mi tío hasta que decidió 
que, pasara lo que pasara, llegaría hasta el final. Sentía una gran admiración 
por los ojos brillantes, los rostros dulces y las piernas y los pies hermosos; 
en resumen, le encantaba todo lo del otro sexo. Eso va con nuestra familia, 
caballeros, y lo mismo me sucede a mí.
Fueron muchas las tretas que puso en práctica mi tío para atraer la atención de 
la dama, o al menos para introducir en conversación a los misteriosos 
caballeros. Pero todo en vano; los caballeros no hablaban y la dama no miraba. A 
intervalos sacaba la cabeza por la ventanilla del coche y vociferaba que por qué 
no iban más deprisa. Pero gritó hasta quedarse ronco; nadie le prestaba la menor 
atención. Se arrellanó en el coche y pensó en las hermosas piernas, pies y 
rostro que tenía delante. Eso resultó mejor; le ayudaba a pasar el rato y le 
impedía preguntarse adónde iba y cómo era que se encontraba en una situación tan 
extraña. De todos modos, no es que aquello le preocupara mucho: mi tío, 
caballeros, era de esas personas totalmente libres y sencillas, vagabundas, a 
las que nada les importa. De pronto, el coche se detuvo.
-¡Vaya! -exclamó mi tío-. ¿Qué demonios pasa ahora?
-Baje aquí -dijo el escolta poniendo los escalones. -¿Aquí? -gritó mi tío.
-Aquí -replicó el escolta.
-No haré nada semejante-dijo mi tío.
-Muy bien, entonces quédese donde está -dijo el escolta.
-Así lo haré-dijo mi tío.
-Muy bien -contestó el escolta.
Los demás pasajeros habían prestado gran atención a este coloquio y, viendo que 
mi tío estaba decidido a no bajarse, el hombre más joven pasó junto a él, 
rozándole, para ayudar a descender a la dama. En ese momento, el hombre de mal 
aspecto inspeccionaba el agujero que tenía en la parte superior de su tricornio. 
Cuando la joven dama le rozó al pasar, dejó caer uno de los guantes en la mano 
de mi tío y con los labios le susurró suavemente, tan cerca de su cara que 
sintió en la nariz el cálido aliento de la joven, una sola palabra: «¡Socorro!» 
Caballeros, mi tío saltó del coche de inmediato y con tal violencia que volvió a 
golpearse en los muelles.
-¡Ah! Lo ha pensado mejor, ¿no es así? -preguntó el escolta al ver a mi tío de 
pie en el suelo.
Mi tío le miró unos segundos, dudando si no sería lo mejor arrancarle el 
arcabuz, dispararlo en la cara del hombre que llevaba la espada grande, golpear 
con la culata en la cabeza a los demás, coger a la joven dama y salir pitando. 
Sin embargo, lo pensó mejor y abandonó el plan, pues su ejecución le pareció 
excesivamente melodramática, y siguió a los dos hombres misteriosos, quienes 
llevando a la dama en medio entraban ahora en una casa antigua delante de la 
cual se había detenido el coche. Se metieron por el pasillo y mi tío les siguió.
De todos los lugares ruinosos y desolados que había contemplado mi tío, aquél 
era el que más. Daba la impresión de haber sido en otro tiempo una amplia casa 
de entretenimiento, pero el techo se había caído en muchos lugares y las 
empinadas escaleras estaban desgastadas y rotas. En la habitación en la que 
entraron había una chimenea enorme ennegrecida por el humo, pero sin que 
hubieran encendido fuego alguno. Todavía el polvo blanquecino de la leña quemada 
se esparcía sobre el hogar, pero estaba frío y todo se encontraba oscuro y 
lúgubre.
-Bueno -dijo mi tío mirando a su alrededor-, me parece que un coche que viaja a 
doce kilómetros por hora y se detiene un tiempo indefinido en un agujero como 
éste constituye un proceder bastante irregular. Haré que se sepa esto. Escribiré 
a los periódicos.
Mi tío lo dijo en voz bastante alta y de una manera abierta y sin reservas con 
el objetivo de tratar de iniciar una conversación con los dos desconocidos. Pero 
ninguno de ellos se fijó en él más que lo necesario para susurrarse algo el uno 
al otro y mirarle aviesamente al hacerlo. La dama estaba en el otro extremo de 
la habitación y en una ocasión se aventuró a hacerle una seña con la mano, como 
pidiéndole ayuda a mi tío.
Finalmente los dos desconocidos avanzaron un poco y se inició la conversación.
-Imagino, amigo, que no sabe usted que esto es una habitación privada -dijo el 
caballero vestido de azul celeste.
-No, amigo, lo ignoro -contestó mi tío-. Pero si esto es un salón privado 
preparado especialmente para la ocasión, imagino que el salón público debe ser 
verdaderamente cómodo.
Mientras decía lo anterior, mi tío tomó con los ojos unas medidas tan exactas 
del caballero que Tiggin y Welps podrían haberle proporcionado calicó impreso 
para un traje sin que sobrara ni faltara un centímetro, basándose sólo en 
aquella estimación.
-Salga de esta habitación -dijeron al unísono los dos hombres llevándose las 
manos a las espadas. -¿Cómo? -preguntó mi tío, que no parecía entender el 
significado de aquello.
-Abandone la habitación o es hombre muerte -dijo el tipo de mal aspecto y espada 
grande al tiempo que la sacaba y la blandía en el aire.
-¡A por él! -gritó el caballero de azul celeste sacando también la espada y 
retrocediendo dos o tres metros-. ¡A por él!
La dama lanzó un fuerte grito.
Ahora bien, mi tío fue famoso siempre por si gran audacia y presencia de ánimo. 
Aunque todo e tiempo había parecido tan indiferente a lo que estaba sucediendo, 
en realidad estaba buscando astuta mente algún objeto arrojadizo o arma 
defensiva, y en el instante mismo en el que se sacaron las espadas él veía en 
una esquina de la chimenea un viejo estoque de empuñadura de cestería y vaina 
oxidada. De un solo salto mi tío lo tuvo en la mano, lo sacó, lo blandió 
galantemente por encima de su cabeza, dijo en voz alta a la dama que se 
mantuviera apartada lanzó la silla al hombre de azul celeste y el estoque: del 
traje color ciruelo, y aprovechándose de la confusión cayó sobre ellos 
atropellándolos.
Caballeros, hay una antigua historia referente un joven y apuesto caballero 
irlandés -que no es peor por ser cierta-, al que cuando le preguntaron si podía 
tocar el violín contestó que sin duda podía, pero que no podía decirlo con 
seguridad porque nunca lo había intentado. Pues esa historia no deja de 
aplicarse a mi tío y su arte para la esgrima. Nunca antes había tenido una 
espada en la mano, salvo en una ocasión en la que interpretó a Ricardo III en un 
teatro privado: y en esa ocasión se había llegado a un arreglo con Richmond para 
que saliera corriendo, desde atrás, sin plantear pelea alguna. Y ahora estaba 
allí, combatiendo y acuchillando a dos expertos espadistas: arremetiendo y 
defendiendo, aguijoneando y tajando, comportándose de la manera más varonil y 
diestra posible aunque hasta ese momento no se había dado cuenta de que tuviera 
la menor idea de esa ciencia. Esto sólo demuestra lo auténtico que es el viejo 
refrán que dice, caballeros, que un hombre no sabe nunca lo que puede hacer 
hasta que lo intenta.
El ruido del combate fue terrible; cada uno de los tres combatientes juraba como 
un carretero, y las espadas entrechocaban con tanto ruido como si estuvieran 
resonando al mismo tiempo todos los cuchillos y aceros del mercado de Newport. 
Cuando la lucha estaba en su momento culminante, la dama (posiblemente para 
estimular a mi tío) se quitó totalmente el capuchón del rostro dejando al 
descubierto un semblante de belleza tan sorprendente que habría combatido contra 
cincuenta hombres para obtener una sonrisa de ella y después morir. Hasta ese 
momento había hecho maravillas, pero desde entonces comenzó a pulverizarlos como 
s fuera un gigante loco y delirante.
En ese momento el caballero de azul celeste se dio la vuelta, y viendo a la 
joven dama con el rostro des cubierto lanzó una exclamación de rabia y celos, 
volvió el arma contra el hermoso pecho de la joven, apuntó a su corazón, 
haciendo que mi tío lanzara un grito de aprensión que resonó en todo el 
edificio.
La dama se apartó con paso ligero, y quitándole de la mano la espada al joven, 
antes de que éste hubiera recuperado el equilibrio, lo lanzó contra la pared y 
después le atravesó con la espada, lo mismo que al entablado, hasta la 
empuñadura misma, dejándole allí clavado y fijo. Fue un ejemplo espléndido. Mi 
tío, con un poderoso grito de triunfo y una fuerza irresistible obligó a su 
adversario a retirarse en la misma dirección y clavó el viejo espadín en centro 
mismo de una enorme flor roja perteneciente al dibujo de su chaleco, dejándole 
clavado junto su amigo; y allí quedaron los dos, caballeros, me viendo los 
brazos y las piernas en agonía como las figuras de los escaparates de juguetes 
que se mueve con un trozo de bramante. Después mi tío dijo siempre que ése era 
uno de los medios más seguro que conocía para deshacerse de un enemigo; pero 
cabía una objeción por razón de los gastos, por cuanto implicaba la pérdida de 
una espada por cada hombre incapacitado.
-¡El coche, el coche! -gritó la dama corriendo hasta donde estaba mi tío y 
rodeándole el cuello con sus hermosos brazos-. Todavía podemos escapa
-¿Podemos? -gritó mi tío-. Bien, querida mía, ¿no habrá nadie más a quien matar, 
no?
Mi tío se sintió bastante decepcionado, caballeros, pues pensó que un rato 
tranquilo de amores resultaría agradable tras la carnicería, aunque sólo fuera 
para cambiar de tema.
-No tenemos un instante que perder aquí -dijo la joven dama-. Él (y señaló al 
joven caballero de azul celeste) es el hijo único del poderoso marqués de 
Filletoville.
-Pues entonces, querida mía, me temo que no llegará nunca a heredar el título 
-dijo mi tío mirando fríamente al joven caballero clavado en la pared, como si 
fuera un escarabajo-. Ya se han cortado los vínculos, amor mío.
-He sido apartada de mi hogar y mis amigos por estos villanos -dijo la joven 
dama cuyos rasgos brillaban por la indignación-. En una hora más ese perverso se 
habría casado conmigo mediante violencia.
-¡Que el diablo confunda su desvergüenza! -exclamó mi tío lanzando una mirada de 
desprecio al moribundo heredero de Filletoville.
-Como podrá deducir de lo que ha visto -intervino la joven dama-, el grupo 
estaba dispuesto a asesinarme si apelaba a cualquiera pidiendo ayuda. Si sus 
cómplices nos encuentran aquí, estamos perdidos. ¡Dentro de dos minutos puede 
ser demasiado tarde! ¡Al coche!
Con aquellas palabras enfatizadas por sus sentimientos, y el esfuerzo de haber 
clavado al joven marqués de Filletoville, la dama, fatigada, se dejó caer en 
brazos de mi tío. Éste la cogió y la llevó hasta la puerta de la casa. Allí 
estaba el coche con cuatro caballos negros de cola y crines largas ya 
enjaezados, pero no había cochero, ni escolta, ni palafrenero a h cabeza de los 
caballos.
Espero, caballeros, no ser injusto con la memoria de mi tío si expreso la 
opinión de que aunque era soltero ya había tenido antes a algunas damas; en sus 
brazos; en realidad creo que acostumbraba besar con frecuencia a las camareras, 
y sé que en uno o dos casos había sido visto por algún testigo de confianza 
abrazar a la propietaria de una taberna de manera bien perceptible. Menciono 
esta circunstancia para demostrar que el hecho de que la joven y hermosa dama 
fuera una persona a la cual poco podía estar habituado debió afectar a mi tío 
éste solía decir que cuando los largos cabellos oscuros de la dama cayeron sobre 
su brazo, y sus hermosos ojos oscuros se fijaron en su rostro al recuperarse, él 
se sintió tan extraño y nervioso que le temblaron las piernas. Pero ¿quién puede 
contemplar el más dulce par de ojos oscuros sin sentirse raro? Yo no, 
caballeros. Me da miedo contempla algunos ojos que me sé, y ésa es la verdad.
-No me abandone nunca -murmuró la joven dama.
Jamás -contestó mi tío con toda la intención de cumplirlo.
-¡Mi querido salvador! -exclamó la joven dama-. ¡Mi querido, amable y valiente 
salvador!
-No siga-dijo mi tío interrumpiéndola. -¿Por qué? -preguntó ella.
-Porque su boca es tan hermosa cuando habla que me temo que cometeré la 
imprudencia de besarla-replicó mi tío.
La joven dama levantó la mano como para impedir que mi tío lo hiciera y dijo... 
no, no dijo nada, sonrió.
Cuando uno está contemplando los labios más deliciosos del mundo, y los ve 
abrirse en una sonrisa pícara, si uno está muy cerca de ellos, y no hay nadie
más, no hay mejor manera de testificar la admiración propia hacia su hermoso 
color y forma que besándolos enseguida. Así lo hizo mi tío, y yo le honro por 
ello.
-¡Escuche! -gritó la joven dama sobresaltándose-. ¡Se oyen ruedas y caballos!
-Cierto -dijo mi tío prestando atención. Tenía buen oído para las ruedas y el 
ruido de los cascos, pero daba la impresión de que venían desde lejos tantos 
caballos y carruajes que era imposible conjeturar su número. El sonido era 
semejante al que producirían cincuenta tiros formados por seis purasangres cada 
uno.
-¡Nos persiguen! -gritó la joven agarrándose las manos-. Nos persiguen. ¡Usted 
es mi única esperanza!
Había tal expresión de terror en su hermoso rostro que mi tío se decidió 
enseguida. La subió al coche, le dijo que no se asustara, volvió a unir los 
labios a los de ella y después, aconsejándole que subiera la ventanilla para que 
no entrara el aire frío subió al pescante.
-Un momento, mi amor-gritó la joven. -¿Qué sucede? -preguntó mi tío desde el 
pescante.
-Quiero hablarle, sólo una palabra. Sólo una querido mío.
-¿Me bajo? -preguntó mi tío. La dama no respondió, pero volvió a sonreír. ¡Qué 
sonrisa, caballeros! Convirtió al otro en nada. Mi tío bajó del pescante en un 
santiamén.
-¿Qué ocurre, querida? -preguntó mi tío mirándola por la ventanilla del coche. 
En ese momento la dama se inclinó hacia delante y mi tío pensó que parecía 
todavía más hermosa que antes. En ese momento, caballeros, estaba muy cerca de 
ella, por l que tenía que saberlo realmente.
-¿Qué sucede, querida? -volvió a preguntar mi tío.
-¿No amará nunca a otra, no se casará con ninguna otra? -preguntó la joven dama.
Con un juramento solemne mi tío afirmó que nunca se casaría con ninguna otra y 
entonces la joven dama metió la cabeza y subió la ventanilla. El tío se subió de 
un salto al pescante, cuadró los codos, ajustó las riendas, cogió el látigo que 
estaba sobre el techo, tocó con él al primero de los caballos allá que se fueron 
los cuatro caballos negros de largas colas y largas crines a unas buenas quince 
millas inglesas por hora arrastrando detrás el viejo coche de correos.
¡Vaya! ¡Cómo corrieron a toda velocidad!
El ruido de atrás se hizo más fuerte. Cuanto más rápido iba el viejo coche, más 
rápido se acercaban los perseguidores: hombres, caballos y perros se habían 
unido en la persecución. El ruido era terrible, pero por encima de él se oía la 
voz de la joven dama que azuzaba a mi tío y gritaba:
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Los oscuros árboles pasaban a su lado como plumas arrastradas por un huracán. 
Casas, puertas, iglesias, almiares y todo tipo de objetos pasaban junto a ellos 
con una velocidad y ruido semejantes al de las aguas rugientes que de pronto 
quedan libres. Pero el ruido de la persecución se iba haciendo más fuerte, y mi 
tío podía seguir escuchando a la joven dama que gritaba desesperadamente:
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Mi tío utilizó con ahínco látigo y riendas, y los caballos volaron hacia delante 
hasta que se cubrieron de espuma; y, sin embargo, atrás el ruido aumentaba, y la 
joven dama seguía gritando:
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Mi tío dio una fuerte patada en el pescante, impulsado por la tensión del 
momento, y... descubrió que la mañana era gris y estaba sentado en el descampado 
sobre el pescante de un antiguo coche inglés, temblando por el frío y la 
humedad, y pateando el suelo para calentarse los pies. Se bajó y buscó 
ansiosamente en el interior a la hermosa y joven dama. ¡Pero ay! No había puerta 
ni asiento en el coche. Era una simple carcasa.
Evidentemente mi tío sabía muy bien que había algún misterio en aquello, y que 
todo había pasad exactamente tal como solía relatarlo. Permaneció fiel al 
juramento que había hecho a la hermosa joven dama, rechazando por ella a varias 
dueñas desposada con las que hubiera podido casarse, y final mente murió 
soltero. Siempre dijo que era curiosa, que hubiera descubierto él, por un simple 
accidente como el de cruzar la cerca, que todas las noches acostumbraban a 
viajar con regularidad los fantasmas de coches de correos y caballos, escoltas, 
cocheros y pasajeros. Solía añadir que creía ser la única persona viva que había 
sido aceptada como pasajero en una de aquellas excursiones. Y creo, caballeros, 
que tenía razón: al menos no he oído que le sucediera a nadie más.

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