Vivía en la orilla de un
enorme río, ancho y profundo, que se deslizaba silencioso y constante hasta un
vasto océano desconocido. Fluía así, desde el Génesis. Su curso se alteró
algunas veces, al volcarse sobre nuevos canales, dejando el antiguo lecho,
seco y estéril; pero jamás sobrepasó su cauce, y seguirá siempre fluyendo hasta
la eternidad.
Nada podía progresar, dado
su corriente impetuosa e insondable. Ningún ser viviente, ni flores, ni hojas,
ni la menor partícula de cosa animada o sin vida volvía jamás del océano
desconocido. La corriente del río oponía enérgica resistencia, y el curso de un
río jamás se detiene, aun cuando la tierra cese en sus revoluciones alrededor
del sol.
Vivía en un paraje
bullicioso, y trabajaba intensamente para poder subsistir. No tenía esperanza de
ser alguna vez lo suficientemente rico como para descansar durante un mes, pero
aun así, estaba contento, tenía a Dios por testigo y no le faltaba voluntad para
cumplir sus pesadas tareas. Pertenecía a una inmensa familia, cuyos miembros
debían ganarse el sustento por sí mismos con la diaria tarea, prolongada desde
el amanecer hasta entrada la noche. No tenía otra perspectiva ni jamás había
pensado en ella.
En la vecindad donde residía
se oían constantes ruidos de trompetas y tambores, pero no le concernían en
absoluto. Esos golpes y tumultos procedían de la familia Bigwig, cuya extraña
conducta no dejaba de admirar. Ellos exponían ante la puerta de su vivienda las
más raras estatuas de hierro, mármol y bronce y oscurecían la casa con las
patas y colas de toscas imágenes de caballos. Si se les preguntaba el
significado de todo eso, sonreían con su rudeza habitual y continuaba su ardua
tarea.
La familia Bigwig (compuesta
por los personajes más importantes de los alrededores, y los más turbulentos
también) tomó a su cargo la misión de evitar que pensara por sí mismo,
manejándolo y dirigiendo sus asuntos. "Porque, verdaderamente -decía él-,
carezco del tiempo suficiente, y si son tan buenos al cuidarme, a cambio del
dinero que les pagaré -pues la situación monetaria de dicha familia no estaba
por encima de la suya-, estaré aliviado y muy agradecido al considerar que
ustedes entienden más que yo." Aquí continuaban los golpes y tumultos, y
las extrañas imágenes de caballos ante las cuales se esperaba debía
arrodillarse y adorar.
-No comprendo nada de eso
-dijo, frotándose confuso la frente arrugada-. Debe tener un significado
seguramente, que yo no alcanzo a descubrir.
-Eso significa -contestó la
familia, sospechando lo que quería decir- honor y gloria en lo más alto, para
el mayor mérito.
-¡Oh! -respondió él, y quedó
satisfecho.
Pero cuando miró hacia las
imágenes de hierro, mármol y bronce, no encontró ningún compatriota suyo de
valor. No pudo descubrir ni uno de los hombres cuyo saber lo rescató a él y a
sus hijos de una enfermedad terrible, cuyo arrojo elevó a sus antepasados de
la condición de siervos, cuya sabia imaginación abrió una existencia nueva y
elevada a los más humildes, cuya habilidad llenó de infinitas maravillas el
mundo del hombre trabajador. En cambio descubrió a otros acerca de los cuales
no había escuchado jamás nada bueno, y otros más, aún, sobre quienes sabía
que pesaban muchas maldades.
-¡Hum! -se dijo para sí-. No
lo entiendo del todo.
De modo que se fue a su casa
y se sentó junto a la lumbre, para no pensar más en ello.
En este tiempo no había
lumbre en su chimenea, cruzada por surcos ennegrecidos; a pesar de ello, era
su lugar favorito. Su mujer tenía las manos endurecidas por el trabajo
constante, y había envejecido antes de tiempo, pero aun así la amaba mucho.
Sus hijos, detenidos en el crecimiento, exhibían señales de una alimentación
deficiente; pero se notaba belleza en sus ojos. Por sobre todas las cosas,
existía en el alma de ese hombre el ardiente deseo de instruir a sus hijos.
"Si algunas veces resulté engañado -decíapor falta de saber, al menos que
ellos aprendan para evitar mis errores. Si es duro para mí recoger la cosecha
de placer y sabiduría acumulada en los libros, que a ellos les resulte
fácil."
Pero la familia Bigwig
estalló en violentas discusiones acerca de lo que era legítimo enseñar a los
hijos de ese hombre. Algunos miembros insistían en que determinados asuntos
eran primordiales e indispensables, y la familia se separó en distintas
facciones, escribió panfletos, convocó a sesiones, pronunció discursos, se
acorralaron unos a otros en tribunales laicos y cortes eclesiásticas, se arrojaron
barro, cruzaron las espaldas das y cayeron en abierta pugna e incomprensible
rencor. Mientras tanto, este hombre contempló al demonio de la ignorancia
irguiéndose y arrastrando consigo a sus hijos. Vio a su hija convertida en una
prostituta andrajosa, a su hijo embrutecerse en los senderos de baja
sensualidad, hasta llegar a la brutalidad y al crimen; la naciente luz de la
inteligencia en los ojos de sus hijos pequeños cambiaba hasta convertirse en
astucia y sospechas, a tal punto que los hubiera preferido imbéciles.
-Tampoco soy capaz de
entenderlo -dijo entonces-; pero creo que no puede justificarse. ¡No! ¡Por el
cielo nublado que me ampara, protesto y me reconozco culpable!
Tranquilizado nuevamente
(porque sus pasiones eran por lo común de escasa duración y su natural
bondadoso), miró a su alrededor, en los domingos y feriados, y notó cuánta
monotonía y fastidio existía por doquier; cuánta embriaguez surgía de allí,
con
su séquito de ruindades.
Entonces recurrió a la familia Bigwig, diciendo:
-Somos gente trabajadora, y
sospecho que la gente trabajadora, de cualquier condición, necesita refrigerio
mental y distracciones. Vean las condiciones en que caemos cuando descansamos
sin ellas. ¡Vengan! ¡Distráiganme inocentemente, muéstrenme alguna cosa, denme
una escapatoria!
Pero la familia Bigwig se
alborotó.
Cuando varias voces pudieron
escucharse, se le propuso enseñar las maravillas del mundo, las grandezas de la
creación, los notables cambios del tiempo, la obra de la naturaleza y las
bellezas del arte en cualquier período de su vida y cuanto pudiera contemplarlas.
Esto originó entre los miembros de la familia Bigwig tanto desorden y desvarío,
tantos tribunales y peticiones, tantos reclamos y memoriales, tantas mutuas
ofensas, una ráfaga tan intensa de debates parlamentarios donde el "no me
atrevo" seguía al "lo haría si pudiera", que dejaron al pobre
hombre estupefacto, mirando extraviado a su alrededor.
-Yo he provocado esto -se
dijo, y se tapó aterrorizado los oídos-. Sólo intento hacer una pregunta
inocente, surgida de mi experiencia familiar y el saber común de todo hombre
que desea abrir los ojos. No lo entiendo y no soy comprendido. ¿Qué surgiría
de semejante estado de cosas?
Inclinado sobre su trabajo,
repetíase con frecuencia esta pregunta cuando comenzó a extenderse la noticia
de una peste que había aparecido entre los trabajadores, provocando muertes a
millares. Al mirar a su alrededor, pronto descubrió que la noticia era cierta.
Los moribundos y los muertos se mezclaban en las casas estrechas y sucias en
que vivieron. Nuevos venenos se filtraban en la atmósfera siempre triste,
siempre nauseabunda. Los fuertes y los débiles, la ancianidad y la infancia,
el padre y la madre, todos eran derribados a la par.
¿Qué medios de escape
poseía? Quedóse allí y vio morir a aquellos a quienes más amaba. Un benévolo
predicador vino hacia él, tratando de decir algunas plegarias con las cuales
calmar su corazón entristecido, pero él replicó:
-¡Bah! ¿Qué eficacia posees,
misionero, al acercarte a mí, a un hombre condenado a vivir en este lugar
hediondo, donde cada sentimiento que se demuestra se convierte en un tormento y
donde cada minuto de mis días contados es una nueva palada de lodo agregada a
la pila que me oprime? Pero denme el fugaz resplandor del cielo por medio del
aire y la luz; denme agua pura, ayúdenme a mantenerme aseado; iluminen esta atmósfera
pesada y esta vida oscura en la que nuestros espíritus se hunden y que nos convierten
en las criaturas indiferentes y endurecidas que tan a menudo contemplan; gentil
y bondadosamente lleven los cadáveres de aquellos que murieron fuera de esta mísera
habitación, donde ya nos hemos familiarizado en tal forma con el terrible
cambio que, para nosotros, hasta ha perdido su santidad, y, maestro, oiré
entonces, nadie mejor que tú lo sabes cuán voluntariamente, a Aquel cuyo
pensamiento estaba siempre con los pobres y que compadecía todas las miserias
humanas.
Estaba ya de nuevo en su
trabajo, triste y solitario, cuando el amo apareció y permaneció a su lado,
vestido de negro. También él había sufrido mucho. Su joven esposa, su esposa
tan bella y tan buena, había muerto, llevando consigo su único hijo.
-¡Señor! Es muy duro de
sobrellevar, lo sé, pero consuélate. Yo trataré de aliviarte en lo posible.
El patrón le agradeció desde
el fondo de su corazón, pero contestó:
-¡Oh, trabajadores! La
calamidad comenzó entre ustedes. Si hubieran vivido en forma más saludable yo
no sería el viudo desconsolado del presente.
-Señor -replicó el
trabajador, moviendo la cabeza-, he comenzado a comprender
hasta cierto punto que la
mayor parte de las calamidades provendrán de nosotros, como provino esta, y que
nada se detendrá ante nuestras pobres puertas mientras no nos unamos a aquella
gran familia pendenciera, para hacer las cosas que deben hacerse. No podemos
vivir sana y decentemente hasta que aquellos que se comprometieron a dirigirnos
nos proporcionen los medios. No podemos ser instruidos hasta que no nos enseñen;
no podremos divertirnos razonablemente hasta que ellos no nos procuren diversiones;
sólo podremos creer en falsos dioses, en nuestros hogares, mientras ellos ensalzan
a muchos de los suyos en todos los lugares públicos. Las malas consecuencias de
una educación imperfecta, de una indiferencia peligrosa, de inhumanas
restricciones; y el rechazo absoluto de cualquier goce, todo procederá de
nosotros y nada se detendrá. Se extenderán en todas direcciones. Siempre
sucede así, al igual que con la peste. Esto entiendo yo, al menos.
Pero el amo respondió:
-¡Oh, ustedes, trabajadores!
¡Cuán raramente se dirigen a nosotros, si no es por algún motivo de queja!
-Señor -replicó-. No soy
nadie y tengo escasas posibilidades de ser escuchado, o tal vez no desee ser
oído, excepto cuando existe alguna queja. Pero ella nunca tiene origen en mí,
y nunca puede terminar conmigo. Tan seguro como la muerte que desciende hasta
mí para hundirme.
Había tanta razón en lo que
decía, que la familia Bigwig llegó a notificarse y, terriblemente asustada por
la reciente catástrofe, resolvió unirse a él para hacer las cosas con más
justicia, en todo caso, hasta donde esas mismas cosas estuvieran asociadas con
la inmediata prevención, humanamente hablando, de una nueva peste. Pero en
cuanto desapareció el temor, cosa que sucedió muy pronto, se reanudaron las
mutuas querellas y no se hizo nada. En consecuencia, la desdicha volvió a
reaparecer, rugió como antes, se extendió como antes, vengativamente hacia
arriba, arrastrando un gran número de descontentos. Pero ni un solo hombre
entre ellos quiso admitir, aun en el más ínfimo grado, ser uno de los
culpables.
Por consiguiente, siguióse
viviendo y muriendo en igual forma, y esto es lo primordial en la Historia de
Nadie.
¿No tiene nombre?,
preguntarán. Tal vez se llama legión. Importa poco cuál sea su nombre
verdadero.
Si han estado en los pueblos
belgas, cerca del campo de Waterloo, habrán visto en alguna iglesia pequeña y
silenciosa el monumento erigido por fieles compañeros de armas a la memoria
del coronel A., del mayor B., de los capitanes C, D y E, de los subtenientes F
y G, alféreces H, 1 y J, de siete oficiales y ciento treinta soldados que
cayeron en el cumplimiento de su deber en un día memorable. La Historia de
Nadie es la historia de los soldados anónimos de la tierra. Ellos tomaron
parte en la batalla, les corresponde parte de la victoria; cayeron y no dejaron
su nombre más que en conjunto. La marcha del más orgulloso de nosotros se encauza
en el sendero polvoriento que ellos atravesaron.
¡Oh! Pensemos en ellos este
año, ante el fuego de Navidad, y no los olvidemos después que este se haya
extinguido.
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