En Los
Manuscritos Perdidos, Active Web
E-Zine, y Qliphoth.
Krantor El
Poderoso dominó a lo largo de su azarosa vida numerosos países. Conquistó
gracias a su bravura y temeridad legendarias el corazón de incontables hombres y
mujeres. Cuando sus ejércitos atacaban, los enemigos huían o eran aplastados
sin compasión. Él mismo, aunque estratega y emperador, avanzaba siempre a la
vanguardia de sus huestes. Su espada hacía volar cabezas y se revolvía entre
los adversarios con tales furia, valor y destreza que provocaba admiración en
amigos y enemigos.
Fue también buen gobernante en la paz,
implacable con los traidores, dadivoso con los justos y los honrados.
Su familia le amaba, su pueblo le quería,
sus guerreros cabalgarían hasta el Infierno por él. Incluso los enemigos, en el
fondo de sus corazones, le respetaban y envidiaban sin poder evitarlo, y por
ello le aborrecían dos veces más y más aún se odiaban a si mismos.
El Imperio de Krantor El Poderoso se extendió como fuego sobre pasto seco. Nadie se
atrevía a hacerle frente.
Así pues, en el seno de una prosperidad tan
arduamente ganada, el Rey fue envejeciendo y las arrugas visitaron su rostro.
Sobrevivió a su amada esposa y a muchos de sus amigos y, con el transcurso de
los años, llegó un momento en que alrededor suyo sólo encontraba desconocidos.
Sus hijos le querían, mas no comprendían su forma de pensar; ellos habían
nacido y sido criados en la paz, mientras que Krantor había forjado su carácter
entre espadas, flechas y cadáveres.
Sintiéndose solo, los días pasaban
largamente para el viejo rey. El hastío llenaba sus horas. Únicamente hallaba
placer rememorando con dulce dolor las aventuras y gestas del pasado. Ahora ya
nadie quería combatir, los jóvenes se dedicaban a la ciencia, la política o la
economía. La civilización extendía sus tentáculos y los aventureros comenzaban
a extinguirse.
El anciano monarca, antaño poderoso, se
había convertido en un anacronismo sin sentido. Todo le resultaba absurdo y
vano. Ni siquiera podía confiar a nadie sus pensamientos, ya que todos sus
viejos camaradas habían muerto tiempo ha.
Entonces, el mal llegó a Krantor. Los físicos de la Corte intentaron curarlo
con sanguijuelas, ungüentos y reposo. Pero la corrupción se había engarfiado en
su todavía fuerte cuerpo. A veces, experimentaba mareo y vomitaba sangre y
hasta trozos de carne. Otras, los pies que antaño pisotearan reinos no podían
sostenerle y se desplomaba miserablemente de rodillas.
El mal también corrompía su espíritu. Negras pesadillas poblaban sus
noches. En tan febriles visiones los cadáveres se alzaban desde las tumbas y le
pedían cuentas por todas las muertes que él había causado. Pero en la vigilia
no había mejora, espesas depresiones aniquilaban su voluntad, hasta el punto de
que el Imperio todo pensaba que Krantor iba a morir. Sus habitantes suspiraban
por la suerte del anciano Señor y ya se preguntaban quién sería su nuevo amo...
Una noche especialmente tenebrosa, el Rey
vio en sueños una calavera envuelta en un aura azulada. La testa espectral se
expandía más allá de los límites del Tiempo y el Espacio. Abrió su quijada y
rió profunda y burlonamente. Aquel sonido provocaba en Krantor una indecible
agonía.
Despertó, exhalando un ronco grito. Bañado
en sudores, comprendió entonces que quien se le había aparecido en sueños era
la mismísima Muerte, la Señora Parca, que se regocijaba contenta porque en días
u horas le arrebataría el fresco hálito de la existencia.
Krantor saltó de la cama y paseó inquieto y
angustiado por los solitarios y vetustos pasillos de palacio. Negras espadas
hendían su alma. Contempló amargamente los cuadros de batallas, los escudos
heráldicos, las espadas que habían hecho posibles tantas gestas. El Rey sentía
un espeso nudo en la garganta. De haber sido ésa su costumbre, habría llorado.
Pero era duro de carácter y mostrar sus más íntimos sentimientos en público,
incluso cuando él era todo el público que podía contemplarle, le resultaba
imposible. ¡Sí aún tuviera enemigos contra quien batallar o una empresa arriesgada
que llevar a término...! Entonces, podría sentirse vivo y al menos gozar con
intensidad del tiempo que le restaba hasta la muerte. Pero ya no quedaban
adversarios y la guerra era un recuerdo turbulento del pasado.
Entonces, el viejo rey alzó su mirada. En
ella chispeaba un fuego que él creía extinto. Había tenido una visión.
–Si no tengo enemigos y la Muerte me consume
poco a poco... –musitó, para alzar la voz en un bravo juramento–: ¡Lucharé
contra la misma Parca, ella será mi rival! ¡Y la venceré!
Exhaló una brutal y loca carcajada, impropia
de un anciano. Tal sonido reverberó entre las columnas de mármol y los muros de
roca, despertando a los sirvientes y alarmando a la guardia.
Todos ellos descubrieron al Rey vistiendo su
mejor armadura, pertrechado con la espada más afilada, el escudo más resistente
y el más fiero hacha y se cubrió la cabeza con un pesado yelmo. Bajó a las
caballerizas reales y ensilló al mejor caballo de combate, un macho negro como
el azabache y cuyo nombre era Tormenta.
Intentaron persuadirle para que volviera a
sus aposentos, pero les apartó con rudeza. Todos temieron el fuego de su
mirada. Krantor había recuperado el vigor de otros tiempos.
Montó en el magnífico Tormenta y se dirigió a sus súbditos con voz de trueno:
–¡Apartaos! ¡Debo librar la más dura batalla
de mi vida! ¡Pelearé contra la misma Muerte y triunfaré!
Los presentes menearon sus cabezas,
incrédulos, pensando que el monarca sufría locura senil.
Pero lanzó otra carcajada demoníaca.
Entonces, el mal se cebó en él, haciéndole vomitar sangre en un negro chorro.
La debilidad casi lo arrojó del caballo, pero él endureció el mentón y resistió
sobre la silla, sonriendo malignamente.
–Tormenta,
la Muerte nos teme –dijo al fiel caballo–. Me ataca con todas sus fuerzas ahora
que le he declarado la guerra. ¡Mas no me conoce si cree que voy a abandonar!
¡Adelante, amigo!
El noble bruto relinchó salvajemente, pues
amaba profundamente a su señor. Después, echó a cabalgar.
Jinete y caballo salieron del castillo y
atravesaron las calles de la capital imperial, provocando el asombro de los
soñolientos ciudadanos.
Al salir a terreno abierto, Krantor
descubrió que su propia caballería, más de treinta mil guerreros, le seguía los
pasos.
–¡Míralos, Tormenta! –susurró el rey– Quieren devolverme a mi castillo, a mi
cama, a los tratamientos de los físicos. ¡Corre, fiel amigo, galopa como el
viento huracanado! ¡No permitas que nos atrapen!
El caballo aumentó su velocidad. Un furor
salvaje, el espíritu de la vida, que también había poseído al animal, dio alas
a los cascos. Su marcha se tornó tan rápida que el mundo alrededor de ellos dos
devino un jirón confuso y multicolor. El rey su corcel se perdieron
definitivamente de la vista de sus perseguidores.
Ya lejano el peligro, Krantor frenó a Tormenta y ambos descansaron en un
fresco bosque. El rey cazó con su lanza. Después, comió la presa, un fuerte y
joven venado, crudo. Aquel tosco manjar le satisfizo mil veces más que las
exquisitas viandas de palacio.
Continuaron su imparable camino, siempre hacia
Oriente, atravesando el Imperio y saliendo, por fin, de sus límites.
Surcaban ahora tierras desconocidas: estepas
nevadas, praderas frescas y brillantes, pasos montañosos de arisca roca y un
sinfín más de parajes libres, bellos, salvajes.
Peleó contra bandidos y asaltadores,
venciéndolos una y otra vez, ora gracias a la fuerza, ora a la astucia.
Mas a quien no podía derrotar era al Mal de
la Muerte, que se cebaba en él con crueldad inusitada; entonces, el rey sentía
sus ojos ciegos, de ellos caían sangre y mucosidades; las arcadas doblaban su
cuerpo brutalmente, temblaba y sufría incluso espasmos y horrendas jaquecas le
impedían pensar con claridad.
Durante tales estados Tormenta acariciaba con el hocico el ajado rostro y, a pesar del
dolor, Krantor sonreía desafiante. Y decía:
–Mi buen Tormenta,
la Muerte trata de aniquilarme por completo, mas yo resistiré. Mi cuerpo está
maltrecho, sus golpes hacen retemblar todo mi ser... ¡Pero al final, yo
venceré!
Tanta era su obstinación que en los momentos
de mayor debilidad lograba alzar su espada y golpear a los fantasmas del aire,
aquellos espectros invisibles, servidores de la Muerte, que robaban el vigor a
los fuertes. Así lo hacía hasta que caía al suelo sin sentido.
Cuando despertaba, notaba su cuerpo débil y maltrecho.
Pero montaba sobre Tormenta, incapaz
de rendirse.
No se detenía en aldeas o burgos. Los
observaba a distancia con el ceño fruncido.
–Mi trato con los humanos ya ha pasado –solía
murmurar a Tormenta, su único amigo–.
Ahora me enfrento a enemigos más poderosos.
Y reía, poseído por la alegre locura de la
que nada saben los hombres cabales.
Un día, se hallaba sobre una rompiente de
rocas, observando al mar agitado destrozarse contra los colosos pétreos. El
aire fresco y cargado de salitre golpeaba su rostro y nubecillas de brillante
espuma salpicaban sus botas. Krantor había quedado embelesado, mientras
contemplaban el infinito mar, dejando que los recuerdos fluyeran y trazaran
dulces heridas sobre la piel del alma.
Entonces, el mal se fue. Inesperadamente,
Krantor lo sintió salir de su cuerpo como un humor espeso e invisible, un gordo
gusano húmedo exhalado por los poros de su piel.
Ahora volvía a experimentar la plenitud de
la carne sana. La ceguera, los dolores, las jaquecas y las náuseas habían desaparecido.
El rey cerró su puño y sintió la bendita potencia de músculos y tendones
robustos y ágiles, el rápido fluir de la sangre, la respiración profunda y la
visión clara.
Sonrió, pensativo y triunfal.
–He ganado la primera batalla. He logrado
que retroceda el enemigo. Pero la guerra sólo terminará cuando lo haya vencido
definitivamente.
El caballo lo miró con sus negrísimos e
inteligentes ojos. Tal vez comprendiera o no la locura o la agudeza del rey. De
cualquier modo, en ellos brillaban el cariño y la lealtad.
Continuaron camino, un viaje hacia ninguna
parte.
Llegaron a un gigantesco y triste erial. En
él no había vida, excepto ellos dos: ni siquiera las moscas o los gusanos se
aventuraban en aquel reino, el Imperio de la Muerte.
Krantor desmontó. El silencio se espesaba
sobre los sonidos de roces y pisadas como una serpiente aplastando lentamente a
su presa. Tal pesadez resultaba terrible, por momentos intolerable.
Krantor desenvainó su espada y enarboló en
la otra mano el hacha de batalla. Alzó las dos armas hacia el cielo y su voz
tronó:
–¡Yo, Krantor El Poderoso, te injurio a ti, Muerte, con la Maldición de la Vida!
¡Estoy poseído por el Espíritu de la Vida y te reto a luchar noblemente y sin
piedad!
El silencio continuó durante unos minutos.
Entonces, se escuchó sobre el Universo una
bestial carcajada y una voz maligna y antigua:
“¿Quién eres tú, hombrecillo, que osas
retarme a mí, que soy Aquélla a quien nadie puede escapar, la mayor fuerza del
Cosmos?”
Tormenta a punto estuvo de caer en la histeria. Se revolvía y relinchaba,
aterrorizado. Mas continuó en su sitio. Krantor descubrió, recortada contra las
sombras, una figura en pie. Era alta y delgada. Vestía túnica rasposa y obscura
que la cubría desde la cabeza a los pies. La capucha estaba alzada y al
observar la negrura de su interior Krantor experimentó crudo vértigo, como si
se tambaleara al borde de insondables abismos. Tuvo que desviar su mirada y
concentrarla en un punto bajo el cuello del ser. De las amplias mangas surgían
dos manos de hueso desnudo que sujetaban el asta de una larga guadaña.
–¡Al fin has salido a recibirme! –exclamó
Krantor, sacando fuerzas del puro miedo.
“Te lo aseguro, hombrecillo: sufrirás el
más terrible fin que jamás ser inteligente alguno haya podido imaginar. Rebasarás
umbrales de agonía más allá de toda comprensión. Concentraré mi inconmensurable
crueldad en un tormento inacabable, y cuando me supliques a gritos el sueño
eterno, afilaré el dolor hasta volverlo delirante, enloquecedor.”
Krantor, de pronto, experimentó una tremenda
debilidad. Al fin y al cabo, aunque él era un rey poderoso, sólo se trataba de
un humano, peleando contra Aquélla que había hecho doblar la rodilla a todos
los vivos sin excepción.
Pero sintió el salvaje fluir de la sangre en
sus arterias y el violento galopar de su corazón. Su rostro se contorsionó,
iracundo.
–¡Tú eres la Muerte, pero yo la Vida! ¡Tú
permaneces, te mantienes inmóvil, pero yo vuelo y me elevo sobre las nubes obscuras!
¡No soy yo quien te reta, sino la Vida misma, y sin vida eres menos que nada!
La Muerte guardó silencio, como rumiando
aquellas palabras. Alzó una de sus cadavéricas manos y el suelo entre Krantor y
Ella se abrió súbitamente, provocando un estruendo ensordecedor.
El rey se tambaleó. Tormenta relinchó, víctima del pánico. Pero no sólo los humanos
pueden realizar gestos heroicos: permaneció junto a su amo.
Por la grieta surgieron Pesadillas. No
tenían otro nombre. Eran los miedos agazapados en el fondo de la mente humana,
convertidos en materia sólida. Surgieron de la grieta en legión, como un
enjambre de insectos gigantes. Eran el mal, el mal puro. Los había de todas las
formas, algunas capaces de quebrar la cordura del más sereno. Los Miedos
Humanos, transmutados en músculos, carne, patas, seudópodos, ojos, colmillos y
pelo, cerraron contra Krantor.
El rey se sintió a punto de desfallecer, el
horror que supuraba tanta alimaña le golpeaba en el rostro como un puño de hierro.
Pero, sin explicarse cómo, afirmó las piernas en el suelo quebrado y abierto en
múltiples grietas, alzó el hacha y la espada y golpeó sin piedad.
El glorioso metal hendió la carne y el
hueso. Había que luchar y matar. Era un trabajo que Krantor conocía bien. Se
abandonó a la batalla, como un guerrero joven y deseoso de honores. De nuevo
experimentaba aquella loca euforia, como en épocas lejanas, cuando los días y
las noches transcurrían nebulosamente entre lucha y lucha. Empujaba, rajaba,
pinchaba, aplastaba. Ellos eran muchos, pero una vez se les hacía frente, sin
miedo, resultaba fácil vencerlos.
Al poco, el rey se halló rodeado de
cadáveres informes, salpicado de sangre multicolor, temblando el hacha y la
espada entre sus fuertes dedos. Los Miedos Humanos habían retrocedido,
asustados ellos mismos por el ímpetu y el salvajismo de su oponente.
La Muerte alzó de nuevo su mano y las
criaturas volvieron a las entrañas del mundo. Las heridas de la Tierra cerraron
y cicatrizaron velozmente. Los labios de la gigantesca grieta fueron unidos y
se transformaron en simple y llano erial.
–¿Y bien, Muerte? –rugió Krantor, con ojos
desorbitados–. ¡Ya he vencido a tus primeras huestes!
“Poco has hecho, hombrecillo –contestó la
Parca–. Ahora te enfrentarás a tus semejantes.”
Krantor notó que el suelo bajo él temblaba.
Se apartó de un salto. De allá donde apoyara los pies surgió una cabeza
macilenta, plagada de diminutos y reptantes gusanos carroñeros. Tras la testa
surgió el resto del cuerpo, humano, pero decrépito, surcado por jirones y
abierto en decenas de agujeros. Tal ser llegaba precedido por un hedor insoportable,
el olor de la putrefacción. Era un cadáver, un muerto viviente regurgitado
desde los intestinos del mundo por su Señora la Muerte. El muerto miró a
Krantor, que se hallaba transpuesto a causa del horror, y sonrió malignamente,
abriendo las quijadas ahítas de tierra.
“Míralos –ordenó la Muerte–. Son mis hijos,
mis retoños, pero también tus semejantes, aquello en lo que sin duda te
convertirás cuando ponga mi fría mano sobre tu nuca. Conócelos mejor. Intima
con tus congéneres.”
Por todo el erial surgían los cadáveres,
como obscenos vegetales creciendo y desarrollándose a un ritmo anormal. Pronto
Krantor se halló rodeado de cientos de muertos redivivos. El rey retrocedió,
intentando vencer el alucinante horror. Su mente se convertía en agua mientras
contemplaba a los niños, las mujeres, los hombres y los ancianos espectrales
que se le acercaban mugiendo triste, estúpidamente. Había allí soldados,
sacerdotes, damas de alcurnia, mendigos, reyes, campesinos, comerciantes,
prostitutas, caballeros, mercenarios... Todos por igual habían muerto y ahora
nacían de nuevo, impulsados por un malsano y tosco instinto, imbuido por La
Parca.
Tormenta relinchaba agudamente junto a Krantor. El animal se alzaba sobre
sus patas traseras y se revolvía, aterrorizado. El rey, ejecutando, un supremo
esfuerzo de voluntad, atravesó la barrera del miedo y cargó contra los
cadáveres animados.
De nuevo el hacha y la espada hacían volar
miembros y cabezas, mas esta vez los enemigos no sucumbían, pues ya estaban
muertos. Desmembrados, tullidos, decapitados, andaban o se arrastraban en su
busca. El filo de las armas se manchó de tierra, gusano y sangre estancada.
Aquél no era un combate honorable ni limpio. Krantor a duras penas reprimió un
sollozo cuando hubo de partir a un niño espectral. También, contra su
costumbre, debía aniquilar a mujeres y ancianos. Sin embargo, procuraba pensar
que aquellos seres ya habían fallecido, horas, meses o años antes de caer bajo
sus armas.
Cuando ya el cerco se estrechaba
peligrosamente, los cadáveres se detuvieron y separaron de él, rodeándolo.
Sumidos en escalofriante silencio, se abrieron para dejar pasar a un compañero
más.
Krantor vio llegar a su esposa, a su dulce
mujer, fallecida años ha por culpa de unas fiebres malignas. No era como el
resto, se presentaba tan bella y resplandeciente como el día que la desposó.
Los rizos de oro caían sobre su rostro sereno y angelical.
–Esposo mío, únete a mí. Bebe la miel de mi
boca y permite a tu cansada frente yacer en mi regazo.
Krantor se sintió de pronto exhausto.
También ridículo y viejo. Al fin y al cabo, ¿qué era él? Sólo un hombre. Y el
destino de todo hombre era la muerte. Libraba una batalla sin sentido, ahora lo
comprendía. Deseó reposar entre los brazos de su esposa, añoraba sus cuidados,
su amor, hacía demasiado tiempo desde que desapareció de su vida y el dolor de
su pérdida había llenado los últimos años con un negro peso. A lo largo de su
azarosa existencia conoció a muchas, pero ella fue su favorita.
Tiró la espada y el hacha y recibió el
abrazo. Acarició el suave cabello ensortijado. Los labios de su reina se
entreabrieron para entregarle un largo y cálido beso.
Entonces, algo gritó dentro de su mente,
algo a miles de leguas de distancia y al mismo tiempo tan cercano que parecía a
punto de hacer reventar su cráneo. Aquello era el instinto de la supervivencia,
que siempre lo había avisado cuando el peligro arreciaba. Al contrario que
otros, él nunca lo tomó a la ligera.
Los labios del rey no llegaron a tocar a su
esposa. Separó su cabeza de ella.
–¡Bésame! –ahora, aquella dulce voz se había
tornado un crujido de piedra sobre piedra–. ¡Abrázame, esposo mío!.
Krantor abrió sus ojos y contempló el
pútrido cadáver de su mujer deshacerse entre sus brazos como lluvia de ceniza,
gusanos y tierra.
Retrocedió, espantado, y escuchó un alegre y
maligno tronar. Miró a la Muerte con amarga ira. Los cadáveres habían
desaparecido y en el sombrío erial La Parca reía con voz cascada, profunda como
las simas oceánicas.
“¡Estúpido! ¿Ves a lo que te ha llevado tu
insensato juego? Dolor en tus ojos, eso es lo que descubro. ¡Sólo un inútil
sufrimiento!”
–No... –musitó Krantor, confuso.
“¿Te consideras el paladín de la Vida? –continuó
La Segadora– ¡Yo te enseñaré qué es la Vida!”
Krantor mantenía los ojos abiertos, y ante ellos
el yermo campo desapareció y contempló animales y seres humanos heridos,
sufrimiento físico y espiritual, miseria y desesperanza por doquier. Se hundía
en un océano de lágrimas amargas. Divisó a los hombres batallando y muriendo,
hermano contra hermano, padre contra hijo, amigo contra amigo, palpó su odio,
descubrió la codicia y la lujuria que pervertían al inocente, el engaño que
destruía la ilusión, la corrupción espiritual, el amargo desamor, las hirientes
traiciones... Vio seres afanándose por continuar en pie un día, una hora, un
segundo más, resistiendo y aguantando el peso de su propia infelicidad y
resultando, al fin, aplastados sin piedad. Asistió a penosos espectáculos, como
el del joven idealista cuyos sueños languidecían y acababan por desintegrarse
en un mar de cinismo, a medida que la realidad aplastaba sus convicciones.
También lo observó envejecer y ambicionar más dinero y poder. De igual modo, la
muchacha dulce, risueña y amorosa se convertía, al final de su vida, en una
arpía envidiosa de las mocitas que poseían lo que en ella se había secado y
curtido. Rabia, cólera, desengaño, resignación... Incontables seres que
caminaban arrastrando los pies, caían y se levantaban de nuevo, sobre una rueda
sin principio ni fin, sufriendo una existencia implacable, hasta que caían
desde el borde al eterno abismo.
“¡Esto es la vida! –la voz de la Muerte
acompañaba a todas aquellas imágenes–. Dolor, agonía, desencantos... Una
alegría aplastada por mil tristezas y rencores. Pero yo soy quien acaba con esta
locura. Mi mano trae el descanso y la placidez que tú, viejo débil y senil,
deseas, te atreves a rehusar.”
“Eres el Campeón de la Vida. Pues entonces,
experimenta lo que la Vida es... ¡siente el dolor de vivir!”
Y el sufrimiento atravesó, arrasó y dominó a
Krantor. La agonía física y espiritual de los seres aferrados a la Vida se
concentró en él. Gritó. Estaba ciego, en el paroxismo del malestar. Aquello
resultaba insoportable, pero la Muerte no le permitía morir. Por el contrario,
le mantenía plenamente consciente.
Tras una espantosa infinitud, las garras de
La Parca soltaron su torturado espíritu. El rey se desplomó en la Tierra, medio
loco, jadeante, farfullando ininteligibles sonidos. Sollozaba, como un niño
desamparado.
Por contra, la Muerte, ante a él, emitía
burlonas y eufóricas carcajadas.
“Hombrecito, ya has experimentado en qué
consiste realmente la Vida. ¿Te ha gustado la experiencia? ¿Sigues dispuesto a
continuar tu patética existencia cuando has descubierto lo que verdaderamente
entraña?”
Un atisbo de voluntad quedaba en Krantor, y
a él se agarraba el rey, como un náufrago a la tabla. Buscaba razones, buscaba
el porqué. Pero ya no podía encontrar las suficientes fuerzas como para seguir
batallando.
De rodillas, derrotado e impotente,
concentró su mirada angustiada en el negro suelo del erial. Y entonces
descubrió algo brillante que surgía de la yerma Tierra. Lo miro con atención y
comenzó a reír estruendosamente.
La Muerte cesó sus carcajadas. Lo que
Krantor había descubierto era un simple trébol, un trébol de cuatro hojas,
brillante, verde y fresco. También La Parca percibió aquella excepción en su
seco y obscuro reino.
–¡Esto es la vida! –bramó Krantor–.
¡Oponerse a la Muerte! Luchar contra ella segundo a segundo, como este ser que
ha nacido donde nada debería crecer! ¡Ha surgido de nuestra lucha, y constituye
mi victoria y tu derrota! Puedes hablar
hasta el fin del Mundo, Muerte. Puedes dar incontables razones sobre la
conveniencia de morir, de abandonar la Vida. Pero la Vida no exige ni precisa
motivos. La Vida surge. No tiene un porqué, ella misma es fuerza pura,
derrochadora y rebosante. La Muerte es debilidad, la Vida es el Poder, el Poder
de resistir, luchar... ¡y ganar!
Aquellas palabras llenaban la mente de
Krantor. Sentía fuego en todo su ser. Agarró el hacha que había soltado y lo
lanzó contra La Parca.
La Segadora desapareció y el hacha pasó allá
donde se alzara su triste figura y chocó contra la Tierra.
La Parca había huido. Krantor venció al fin.
Una majestuosa paz le invadía al hombre. De
pronto, la inmortalidad corrió a través de sus arterias. Llegó hasta el fiel Tormenta y montó. El caballo relinchó,
contento. Su dueño le palmeó el robusto cuello.
–¡Vámonos, amigo! –exclamó Krantor El Poderoso– ¡Aún nos queda mucho por
vivir!
El caballo echó a trotar y los dos se
alejaron, entre nubes de polvo y tierra, abandonando el negro y yerto erial.
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