En Los
Manuscritos Perdidos, DATA 15, AnteBiblioteca, y Active Web E-Zine.
Más allá de las Fronteras del Espacio y del
Tiempo se extiende un Universo que se muere de forma lenta e implacable. Sólo
queda un habitante en él, un Héroe que lucha desesperadamente para no ser
destruido por la desolación...
El Héroe, enfundado en su negra y brillante
armadura, alzó la visera del yelmo para contemplar mejor el panorama. El Gran
Desierto, la desolación absoluta, el mar de las dunas, se extendía hacia el Infinito
sobre un cielo eternamente azul obscuro. Sabía que, otrora, aquella gran bóveda
apareció salpicada de constelaciones, de lunas y maravillosos planetas
fulgentes. Ahora no quedaba nada de aquello. El País de la Arena Roja fluía
bajo sus botas y lo rodeaba en todas direcciones, como una titánica jaula de la
que él no podía escapar.
El sudor se introdujo en sus ojos de color
violeta claro y parpadeó varias veces. Miró la Piedra Guía, en la palma de su
mano, cuya punta afilada permanecía quieta, apuntando siempre hacia la misma
dirección. Debía seguir los dictados de su Piedra-Guía. Se acercó al zezzari y
le palmeó el escamoso cuello. El animal lamió con su rasposa lengua bífida el
brazo cubierto de hierro, mostrando dos hileras de mortales colmillos. La
bestia, como su amo, parecía cansada, desolada.
El Héroe apretó las mandíbulas y se obligó a
aplastar la pura desesperación. Sabía que había de continuar, siempre hacia
allá donde la Piedra-Guía le condujera. Pero... ¿por qué? ¿Para qué? No conocía
su misión. Tampoco podía recordar el pasado, salvo momentáneos estallidos
nebulosos tragados por el olvido. Alguna vez debió poseer un nombre, instantes
o eras atrás, pero lo había perdido, y únicamente se conocía a sí mismo como
“El Héroe”. ¿De dónde surgió? Una parte de sí le decía que en el País de la
Arena Roja, en el Mundo Desértico, no existía el Tiempo y por tanto él había
permanecido siempre en tal lugar. Pero otra faceta de su ser, débil y sin
embargo decidida a resistir, le rumoreaba sobre épocas lejanas, en que el todo
fue distinto. Antes de la Catástrofe
que convirtió el Universo en un rojizo desierto sin presente ni futuro, sin
cambios ni esperanza.
El Héroe se llevó los puños al yelmo, a la
altura de las sienes, y ahogó un sollozo. ¿Estaba loco? ¿Acaso un loco podía
detectar y entender su propia locura? Cayó de rodillas y permaneció así durante
un lapso de instantes o siglos.
Se incorporó, dominado por una ciega y sorda
determinación. A pesar de todo, debía seguir la dirección de la Piedra-Guía.
Sí, eso haría. Era El Héroe. Con eso bastaba y sobraba.
Montó en la gran silla sobre el zezzari y
tomó las riendas. El animal se levantó sobre sus dos fuertes extremidades
inferiores y echó a andar.
No había día o noche en el infinito País de la
Arena Roja. Tan sólo desierto y un cielo sucio, obscuro y metálico.
A veces, escuchaba Las Voces. Provenían de
todas las direcciones, parecían lejanas y sin embargo surgían de cada grano de
arena bajo sus botas, de cada puñado de aire alrededor suyo. Su volumen subía y
bajaba caprichosamente. Iban y venían como un viento inconstante. Las había
infantiles y también maduras. No existía alegría en ellas, sólo tristeza,
ansiedad, y un débil tono de ciega esperanza. Le resultaban incomprensibles,
pero lo reanimaban, hacían circular los fluidos estancados de su titánico y
añoso cuerpo, calmaban su sed y su hambre y prestaban vigor a sus músculos y
nervios.
Cuando Las Voces se tornaban más y más
poderosas, como a punto de apresar de algún modo al Héroe para liberarle de la
infinita prisión en que estaba encerrado, invariablemente aparecían Los
Gusanos.
Se trataba de enormes tubos flexibles de color
gris, compuestos por una carne que parecía piedra dotada de vida. Surgían
espectacularmente de la misma arena, levantándola en rojos surtidores. Eran
diez veces más anchos y veinte más altos que el propio Héroe. No tenían cabeza,
cuello o extremidades, ni cualquier otra particularidad que embelleciera o
deformara la rotunda monotonía de su cuerpo. Pero en su extremo anterior se
abría un negro agujero, grande como el mismísimo zezzari que El Héroe montaba.
Los Gusanos expandían aquella oquedad y por
ella succionaban Las Voces:
desgarraban y tragaban el sonido, moldeándolo de una manera fantástica,
sepultándolo en su interior. Vivían de Las Voces. ¿O tal vez vivían para
silenciarlas?
El Héroe debía proteger Las Voces, lograr
que continuaran sonando y vibrando en el caliente aire del Mundo Desértico.
Comprendía de algún modo que Ellas tenían que ver con Él, con su propia
supervivencia, con su agotadora lucha contra el País de la Arena Roja. Y
espoleaba a su fiero zezzari, que rugía airadamente, pues era también, a su
manera, un guerrero. El paladín se embrazaba el ovalado y brillante escudo
negro y desenvainaba la espada Destrucción,
de enorme y recta hoja. Acto seguido, cargaba contra el Gusano y tajaba el
cuerpo rocoso con brutal ímpetu. Destrucción
hendía el cuerpo del monstruo, que sangraba un espeso y malsano humor gris.
El Gusano se retorcía en silencio, de su
único orificio surgían afilados colmillos, bañados en pardo y amarillo. Y
atacaba. Mordía aquí y allá, pero de forma lenta y torpe; y El Héroe, a lomos
del rápido y ágil zezzari, lograba esquivar sus embates.
Quizás el Gusano cambiara de táctica y se
hundiera en la arena; entonces, sólo las vibraciones del suelo firme, como una
línea de rápidas dunas, señalaban su trayectoria mientras perseguía al zezzari
y su jinete. Para matarlo, El Héroe debía colocarse sobre los rápidos
montecillos y hundir a Destrucción en
la carne cercana al orificio succionador. Lograda tal hazaña, el Gusano se
debatía espasmódicamente y deshacía en un humor gris que la arena ávidamente
tragaba, siempre sin emitir ruido alguno.
Pero sus compañeros le relevaban y El Héroe,
de nuevo, tenía que matar o morir.
Había acabado al menos con cien Gusanos,
pero su memoria le fallaba... ¿habrían sido mil? ¿O tal vez infinitos? Eterna
parecía su estancia en el Mundo Desértico, e innumerables aquellas bestias que
lo poblaban... Fuera como fuese, él debía continuar, en aquella lenta batalla
contra la desesperación. Sólo podía seguir un camino: el que marcaba su Piedra-Guía.
Algo sí sabía con certeza: no había perdido
un solo combate en su larga guerra contra los Gusanos. De ella le quedaban
serias cicatrices. En su cuerpo de piel azul, dura y ajada, se abrían rajones y
agujeros allá donde penetraron los colmillos mas afilados. También se le habían
quebrado varias veces todos los huesos... Pero Las Voces lo curaban, cerraban sus heridas, soldaban roturas, colocaban
articulaciones, restablecían el vigor. Tal era Su poder.
En un momento dado de aquella Eternidad,
distinguió un punto brillante y verdoso sobre el sangriento horizonte. Espoleó
al zezzari. Tras una inicial carrera, creyó volverse loco de alegría: se
trataba de un oasis de espeso follaje y lagos cristalinos, donde bellas y
fascinantes criaturas se desenvolvían y compenetraban de manera sencilla y
natural. Oía Las Voces: cuanto más se acercaba al vergel, con mayor nitidez y
fuerza las apreciaba. Los Gusanos surgieron de la arena más cercana al oasis y
comenzaron a succionarlo: chupaban el
color, las formas y los sonidos. Hacían desaparecer el único rastro de vida en
el País de la Arena Roja.
–¡No! –gritaba enronquecido El Héroe,
mientras espoleaba a su zezzari–. ¡NO!
Mas sabía que no llegaría a tiempo, y
lágrimas de tristeza y amarga rabia surcaban su agrietada faz.
El oasis fue definitivamente engullido por
los gordos Gusanos. El Desierto había vencido.
El Héroe sintió estallar algo en su cabeza y
ante sus ojos el Universo se transformó en un mar sangriento y confuso. Hostigó
a los Gusanos con saña, cortándolos, haciéndolos pedazos. Destrucción, su espada, tajaba y mataba y volvía a tajar y a matar.
Los monstruos contraatacaron: sus largos colmillos causaron terribles heridas
al Héroe. A pesar de todo, continuó luchando salvajemente, hasta que las
bestias fueron todas exterminadas y él quedó de rodillas en la arena, sudoroso
y jadeante, con la espada en su mano temblorosa.
Estaba otra vez solo y desesperado... Por su
garganta ascendía un gran sollozo. Sintió la tentación de rendirse al
infortunio. Pero se tragó el dolor y la debilidad y se levantó, apoyándose en
Destrucción.
Cojeando, llegó hasta el zezzari y montó en
la silla. Observó su Piedra-Guía y continuó el interminable viaje.
Fluyó una cantidad indefinida de Tiempo.
Mató a decenas o cientos de Gusanos. Descubrió otros vergeles, cada vez más
abundantes, de los que bebió agua y comió dulces frutos. Mas las extrañas
criaturas que lo habitaban, aunque hermosas, no eran inteligentes. No existía
nadie con quien conversar o a quien interrogar. Nadie le desvelaría los
porqués. Aún así, seguía el camino de la Piedra-Guía, lleno de una fe que
ganaba consistencia por momentos.
Los Gusanos eran cada vez más fuertes y
realmente debía emplearse a fondo para vencerlos. Pero él experimentaba también
un aumento de su vigor a medida que el Desierto cedía paso lentamente a
bosques, ríos y montañas. Una vida y una belleza que él debía proteger de los
Gusanos: las bestias devoraban aquellos vergeles con rabia y avaricia. En el
País de la Arena Roja se libraba una guerra cruel entre dos mundos. Y cada bando
tenía su propio ejército: Los Gusanos y El Héroe.
Tras ascender un monte de arena en el que
brillaban charcos de vegetación, el Héroe descubrió, lejano, un árbol
gigantesco. A medida que iba acercándose captaba más y más detalles; en
realidad, se trataba de un palacio, de un castillo: sobre la corteza se
levantaban capiteles, columnas, balcones, escalinatas y terrazas que albergaban
fuentes y jardines. Tal vez en tiempos gozara de hermosura y solidez, mas ahora
estaba carcomido por gordos Gusanos que se hundían en su tronco, horadando tal
vez sus entrañas, devorándolo poco a poco, robándole la vida.
El Héroe parpadeó varias veces, con la
mirada clavada en el gran vegetal.
Conoció el fin para el cual había sido
creado: defender al Árbol y limpiarlo del Mal que lo carcomía. En su mano
derecha, la Piedra-Guía se deshizo en polvo. Ya no le hacía falta. No viajaría
más.
Cabalgó sobre el zezzari y se enfrentó a
varios Gusanos menores, dándoles muerte. Mas, cuando llegó a la base del
inconmensurable tronco, grandes behemots,
lombrices colosales armadas de temibles colmillos salieron en su busca. El
Héroe comprendió que no lograría vencerlos. Eran demasiado poderosos. Moriría y
se convertiría en arena, al igual que el Árbol, que los débiles oasis que había
encontrado hasta ahora y que sin duda florecían tímidamente por todo el
infinito País de la Arena Roja. El Universo volvería a ser Desierto, por
completo. Sólo Desierto.
Sonaron Las Voces, primero como un rumor,
después como un trueno que crecía majestuosamente. El Héroe experimentó un
fuego que llenaba su cuerpo, una alegría salvaje, una decisión sin mancha.
Bramó una carcajada y se lanzó gozoso a la batalla. Cercenó, tajó, pinchó,
despedazó y aplastó. También su fiel zezzari guerreaba, desgarrando con sus
mandíbulas, arañando con sus garras, pateando con sus pezuñas.
Aunque cubierto de sangre azulada, que
surgía por decenas de heridas, El Héroe, siempre a lomos de su valiente
montura, subió por rampas y escalinatas, abriéndose paso sin vacilaciones a
través de un enjambre grisáceo y mortal. Sus ojos de color violeta claro
brillaban locamente y un sudor febril recorría su piel. Destrucción ascendía y caía, volaba como un húmedo jirón, entonaba
su silbante y letal melodía.
Y, con los ojos desorbitados y enloquecidos,
El Héroe llegó por fin hasta el mismísimo salón central del Árbol-Palacio, el
alma del ser.
En el centro de la gigantesca estancia había
un óvalo de un blanco deslucido, tres veces más grande que el propio Héroe.
Aquel bello objeto latía débilmente. Un enorme Gusano, quizá el padre y la
madre de todos los demás, lo devoraba poco a poco, succionando lentamente su
color y su energía.
El Héroe descabalgó. Exhaló un desgarrado
grito de guerra y avanzó poderosamente hacía la bestia gris. El Gusano le
presentó su único agujero, de cuyos sucios bordes la carne se apartó para dejar
emerger curvos y filosos colmillos. Permaneció un instante quieto y después
atacó, como un látigo gigante. El óvalo palpitaba ahora con mayor energía, tal
que una pequeña estrella, y las Voces crecieron, hasta el punto de hacer
peligrar los tímpanos del Héroe. Correspondían, claramente, a un niño, un
hombre adulto y una mujer. Sonaban excitadas, esperanzadas. El Héroe sabía que
de alguna forma le imploraban. Cuando el Gusano ya se acercaba como un obscuro
borrón, alzó la espada y se juró que no defraudaría a los Dioses.
Lucharon El Gusano y El Héroe, reyes de dos
imperios antagonistas. Combatieron como lo hacen las ondas de calor contra la
ventisca helada o el esplendor de los soles contra los abismos de obscuridad.
Y, tras una eternidad de ira y esfuerzo, Destrucción penetró en la coronilla del
Gusano, matándolo. La bestia se desintegró y, con él, todos sus vástagos.
El Héroe quedó quieto, experimentando
orgullo y serenidad. Las Voces estallaban, los Dioses lloraban y reían,
borrachos de felicidad.
El vencedor llegó hasta su fiel zezzari y le
acarició la cabeza. El animal también parecía regocijado. Se asomó después a un
balcón abierto en la corteza del Árbol-Palacio. El Desierto había desaparecido,
ahora el bosque, la campiña, la montaña, el río y el mar se expandían por
doquier. La vida volvía, imparable. Las criaturas recién nacidas, extrañas y
bellas, luchaban por nacer y sobrevivir. Se fortalecían.
El Héroe abrió sus amplios brazos, y también
se expandió. Todo él crecía, se
intensificaba, llenaba este mundo cuyos cielos empezaban a cuajarse de luz, de
soles y constelaciones. Su esencia se entrelazó con la de todas las partículas,
hasta la más ínfima, del completo Universo. Estaba en todas ellas, las
moldeaba, les insuflaba vida o las destruía, siguiendo un Plan. Se había
convertido en todo el Universo, y el Universo, con sus infinitos cuerpos y
estrellas y sus infinitas criaturas obedecían Sus Deseos.
Era Dios. Ahora lo sabía. Su opuesto, el
Desierto, lo redujo y trató de destruirlo. Pero había vencido y se había
encumbrado hasta el lugar que le correspondía en la Creación. En su Creación.
Contempló a Sus hijos, a los que Él
proporcionaba energía para crecer y desarrollarse o se la quitaba, obligándolos
a perecer. Recordó el nombre de aquellos seres, unos inanimados, otros no; unos
grandes, otros pequeños. Eran los Pensamientos.
También supo que los Gusanos a los que
destruyera y el Desierto que les dio nacimiento y estuvo a punto de acabar con
Él obedecían al nombre de Olvido.
Su mundo, Su Universo, tenía un nombre
propio que le llenó de placer y alegría: Mente.
Y ahora, por fin, conocía su propio nombre,
el nombre de Dios: Voluntad de Crecer,
Voluntad de Vida, Voluntad de Poder. Voluntad de Ser. Voluntad.
Las Voces crecieron. Podía comprenderlas y
comprender el significado de sus palabras. Eran los propios Dioses de otros
Universos, pues los había en número Infinito. Voluntad reordenó a Sus criaturas, los Pensamientos, para que la Mente
respondiera al mensaje de los otros Dioses mediante mecanismos que se extendían
a nuevas, vastas y fantásticas regiones sobre las que Él tenía igualmente
absoluto poder.
Y las Voces decían:
–¡Hijo! –la mujer lloraba, abrazando la
cabeza del niño tumbado en aquella cama de aquel moderno hospital–. ¡Mi niño!
¡Hijo mío!
El pequeño tenía cables conductores de suero
alimenticio conectados a sus brazos. Se le veía pálido y ojeroso, soñoliento.
Parpadeó varias veces, como si hubiera despertado de un profundo sueño, y dijo,
muy débil:
–¿Mamá? Mamá, tengo sed...
–Sí, hijo, sí, yo te traeré agua –musitó la
madre, tomando entre sus manos la cabeza del chico, mirándolo con Infinito
cariño.
Otro niño, unos tres años quizá mayor que el
acostado, se hallaba alrededor. Hacía esfuerzos para no llorar, pero se limpió
los ojos con el dorso de la mano.
–¡Jo, menos mal que has vuelto! –exclamó, riendo y sorbiéndose los mocos– ¡Ya te echaba
de menos!
Dos hombres, cerca de la cama, contemplaban
también la escena. Uno vestía una bata de médico y sonreía plácidamente. El
otro hacía esfuerzos para contener la emoción.
–Dios mío... –dijo, con voz entrecortada–.
No puedo creerlo. Después de tanto tiempo...
–Es extraño, sí, pero ha ocurrido –dijo el
médico, observando reflexivo al chico–. Durante dos años su hijo ha permanecido
sumido en coma estacionario. De pronto, despierta. ¿Y quién sabe por qué?
Nadie. Aún conocemos demasiado poco sobre cómo funciona el cerebro.
El otro se volvió, con un deje de angustia.
–¿Está... está bien? Quiero decir...
–Guarde cuidado, le hemos hecho varios
análisis rápidos y se encuentra perfectamente. Es un niño sano y fuerte, así
que estoy seguro de que tras un cierto tiempo de rehabilitación, le verá de
nuevo correr y saltar.
El padre se cubrió la cara con las manos, se
las pasó sobre el cabello y exhaló un fuerte suspiro en el que escapaban toda
la tensión y el miedo soportados durante aquellos dos largos años.
–Enhorabuena –el médico le tendió la mano,
sonriendo de manera sincera–. Su hijo ha
vuelto.
–Gracias –contestó el otro, estrechándosela–.
De veras, gracias.
Y se acercó a la cama, para abrazar al niño,
quien los observaba a todos con el ceño fruncido, como tratando de recordar.
Pero su mirada rápidamente se aclaró y las arrugas desaparecieron de su joven frente.
Sonrió.
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