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Andrés Díaz Sánchez - Zandazz



En El Virus Púrpura 8, diciembre de 2000.

Había una vez, en un país del que nadie se acuerda, un valle sombrío, encajonado entre tres montañas siniestras que se alzaban como los colmillos de un terrible Dios. En el valle no existía vegetación, ninguna en absoluto; sus sembrados eran de piedras y guijarros. Constantemente cubierto de nubes, casi nunca se llenaba con la luz del Sol. En aquellas montañas no había nieve, nunca nevaba sobre ellas; en el valle tampoco había ríos ni lagos, la única fuente líquida era un antiguo pozo, un agujero en el centro de la gran hondonada, como un desagüe. En su fondo reposaba un agua obscura y de sabor vasto. Aquel valle parecía una mancha de ceniza entre las montañas.
No había animales ni personas, nadie pasaba por allí... su único morador era un guardián y su mujer, el Guardián del Valle.
Su nombre, Sor. Un nombre sobrio para un hombre sobrio. Tenía cincuenta años, pero aparentaba ochenta. Cuidaba del valle, lo que más quería en el mundo, porque era suyo, lo único realmente suyo.
Sor vivía en una casita achaparrada con su esposa, Sara. Ella había perdido, a sus cuarenta y siete años, el brillo de la esperanza. Llegaron al valle tras un viaje que duró veinte años. De un lugar a otro, de una villa a otra, de un país a otro. La mala fortuna se había cebado en ellos. Cuando parecía que todo marchaba bien, surgía un golpe de mala racha; o era la peste, de la que huyeron durante mucho tiempo, o la quiebra del empleo de su esposo, o un delito imputado injustamente. Hasta acostumbrarse, hubo mucho dolor y amargura, destrozándose sus esperanzas una y otra vez. Pero cuando aprendió a vivir con aquello la amargura persistió, pero el dolor pasó a ser dejadez e indiferencia, más bien hastío, por todo lo que ocurría a su alrededor.
Y llegaron al valle. Llegaron justo cuando el último morador, que había vivido en la misma casita, moría a los ciento quince anos. Le vieron agonizar, y sus últimas palabras estaban dirigidas a ellos: "Quedaos", les dijo. Lo enterraron y ocuparon aquella casa. El anciano había permanecido en el valle desde los quince años, sin salir casi nunca de él. Nadie dijo nada sobre suplantar al viejo, relevarle de su puesto, pero Sor continuó la tarea del muerto y la continuaría hasta el fin de su vida. Aquello era algo que nunca habían mencionado, pero que sabían desde el instante en que llegó a la casa: que sería el nuevo Guardián.
Sor trabajaba en una cantera de pizarra, en uno de los tres colmillos, sacando sólo lo necesario para subsistir. Una vez al año bajaba al pueblo más cercano (a unos veinte kilómetros) y vendía la pizarra, con lo que compraba víveres hasta la próxima bajada. Y aún cuando sólo salía del valle por esa razón, tardaba lo menos posible para seguir guardándolo, como si alguien pudiese arrebatárselo en su ausencia.
Así pasaron los años, y a medida que iba envejeciendo, Sor sentía que debía dejar un heredero que cuidase el valle como él lo hacía, esperando ya la segura muerte. No tenía hijos, y ansiaba fervientemente un varón que perpetuase su misión. Pero éste no llegaba, y Sor se desesperaba día tras día.
Aunque, como dice el viejo dicho, todo lo que es buscado es encontrado. Y Sor encontró lo que buscaba. Su mujer se quedó encinta y en el desierto de su rostro se dibujó una sonrisa, forzada y torpe por la poca práctica, pero una sonrisa al fin y al cabo. Sor se imaginaba día tras día cómo le enseñaría e inculcaría a su futuro hijo la admiración por aquella tierra, y la responsabilidad para con ella.
Una tarde Sara dio a luz, y sintió algo que nunca habla sentido: felicidad, y un amor inmenso por su criaturita. Pero cuando le tendió el bebé a su esposo, no encontró en el rostro del hombre muestra alguna de alegría, sino sólo una mirada dura como el acero. Sor, con el semblante obscuro, ahogó al recién nacido con sus dos fuertes manos, ante los ojos de Sara. Luego arrojó la pequeña criatura al negro fondo del pozo. No era un niño; era una niña.
Tras la desesperación y la histeria por lo ocurrido, Sara cayó en una profunda depresión de la que nunca jamás salió, más allá del odio y la tristeza, y aunque le repugnaba la presencia de su marido, éste la obligó a seguir con el intento de tener un hijo varón.
En aquella yerma tierra, amparados por la penumbra, nacieron tres criaturas más. Las dos primeras fueron hembras, que no vivieron más de veinte minutos en el valle, siendo arrojadas a la obscuridad del pozo, como semillas de muerte que hacían germinar la maldición del valle. El tercero fue un varón. Nació a costa de la muerte de su madre, que falleció en el parto, como si no quisiera contemplar el motivo de la pérdida de sus tres niñas, sus tres perlas.
Y su padre, Sor, le llamó Zanndazz, que en su idioma significaba "Roble". Pero a medida que crecía, Sor se daba cuenta de que su hijo era lo menos parecido a un roble. Zanndazz debería haber reído y cantado, tal era su naturaleza, pero no conocía ni el canto ni la risa. De aspecto débil, gustaba de perderse en ensoñaciones y eso le preocupaba enormemente a su padre, pues comprendió que su hijo escaparía del valle en cuanto tuviese ocasión. Estaba claro que su deseo de conocer mundo era mayor que el de guardar aquella dura y noble tierra. Así que ideó un plan.
Le inculcó a su hijo que el mayor valor que un hombre podía tener era su honradez, y que no debía nunca, bajo ningún concepto, romper una promesa. Zanndazz no hizo demasiado caso de las enseñanzas de aquel hombre, pero esto último se le quedó grabado en mente y espíritu. Largos años de tesón empleó Sor para marcarle esa idea en la frente.
Un día de niebla, Sor, ya viejo, se levantó con el semblante de acera, miró a su hijo de una extraña manera, como nunca lo había hecho, y salió a trabajar a la cantera.
Zanndazz fue a buscarle, como cada día, al caer la tarde, y se lo encontró caído al pie de uno de los colmillos. Debía haberse precipitado por la falda de la montaña, a pesar de su pericia como escalador. Corrió hacia él, encontrando a su padre moribundo. Aún sin fuerzas, Sor agarró a su hijo con un vigor sobrehumano, por los hombros, y le pidió un favor, la última voluntad de un muerto, la que siempre debe cumplirse. En susurros, le pidió su promesa y su palabra de que guardaría el valle hasta el fin de sus días, sin irse de él. Aplastado por una tristeza y un terror indescriptibles, Zanndazz le respondió, y su padre murió tranquilo y en paz.
Zanndazz creció y vivió en aquella tierra yerma, solo, más solo que nunca, obligado a guardarla por un juramento que le había arrancado el alma cuando salió de sus labios. Estaba condenado por él mismo a permanecer en una tierra maldita a la que odiaba y a la que temía enormemente, porque iba minando su deseo de vivir. Pero al mismo tiempo, en su interior bullía un fuego que le abrasaba día tras día, que le sumía en un sufrimiento terrible: Zanndazz anhelaba la libertad.

Un día encontró algo que le produjo muchísimo júbilo. Zanndazz encontró el mayor tesoro que jamás había imaginado: un amigo, un águila. La halló en uno de los numerosos pedregales del valle, tirada, aleteando nerviosamente, con un ala rota. Zanndazz había oído hablar a su padre de algunos animales, pero contadas veces, pues Sor no quería imbuir en el chico más curiosidad por el mundo exterior de la que ya sentía. A pesar de ello, reconoció en la hermosa criatura la majestuosa estampa del Águila Real. Lo recogió tiernamente, como si fuese de porcelana, y se lo llevó a su casa. Allí cuidó de ella, deleitándose en observar sus movimientos, su mirada. Los dos se hicieron amigos y al final acabaron comunicándose, no haciendo falta los sonidos.
Un día el águila le hizo saber que quería marcharse, volver a sus montañas, con los suyos, que quería sentir la majestuosidad del cielo. Zanndazz comprendió que aquel amigo, el único que tenía, la única cosa que daba sentido a su vida, se marcharía y le dejaría solo. Así que, rompiéndosele el corazón, lo encerró en una jaula tal como hizo su padre con él mismo tras los barrotes de un juramento que no podía quebrantar.
Pasó el tiempo y el águila languidecía en su jaula. Una jaula de oro y plata, con grandes trozos de carne de la más selecta calidad, cosas por las cuales Zanndazz había trabajado el cuádruple de lo normal en la cantera de pizarra. Lo lavaba y limpiaba cuidadosamente, y cuidaba de su salud con más empeño que de la suya propia. Quizá quería hacerle olvidar que se encontraba encerrada, y así olvidarse él también de su propio encierro, pero al fin y al cabo, el águila, majestuosa, hecha para volar y surcar los cielos, seguía encarcelada, aunque fuera dentro de una jaula dorada.
Con el tiempo, dejaron de ser amigos, pues la tristeza del águila no permitía la amistad. Aquella tristeza fue profundizando poco a poco hasta el fondo de ellos y muchas veces los dos lloraban en silencio la libertad perdida, uno en su almohada y otro en su jaula.
Pero un día, con la madrugada, Zanndazz supo lo que debía hacer, y soltó al águila, sin decir palabra. El águila echo a volar, y, sin darse cuenta, olvidó despedirse de aquel que le había salvado la vida, le había cuidado y había sido su amigo. Sólo tuvo sentidos para la enorme vastedad del cielo, olvidando al que continuaba encerrado.
Para Zanndazz, ahora la tierra que cuidaba se volvió más áspera, más dura, le pareció que las nubes nunca se apartaban para dejarle ver el cielo, y se las imaginaba como la tapa del ataúd que era el valle. Su vida consistía en una rutina mecánica: levantarse, trabajar en la cantera, recorrer el valle para guardarlo, volver a la casa y dormir. Cada día le producía más repugnancia y asco su vida, pero no podía hacer nada para cambiarla. Estaba obligado por un juramento.
Cuando las barbas le llegaban hasta el pecho y las arrugas abundaban en su cansado cuerpo vio aparecer en el cielo un punto que cayó en el centró del valle. Zanndazz fue hasta él con la ilusión en los ojos. Se trataba del águila, su único amigo, que había venido a morir allí. En los últimos años de su vida, el águila sintió que tenía una deuda pendiente con su amigo y salvador humano. Quería morir junto a él, en aquel valle. Y Zanndazz lo comprendió todo nada más ver los ojos acuosos y tiernos del majestuoso animal. Se miraron y un vínculo, más fuerte aún que la muerte, los unió. Zanndazz enterró el águila y lloró, pero no de pena, sino de emoción.
Pasaron los años y primero fue un brote, luego un saludable tallo verdusco, luego un lozano arbolillo y después un árbol en todo su esplendor. Nació y creció sobre la tumba del águila, y en lo majestuoso de su porte recordaba al águila real. Era un roble, y Zanndazz lo contempló maravillado, desde que brotó hasta su plenitud. Se tumbó bajo el árbol y durmió, bajo la fresca sombra de las ramas. Soñó que volaba en libertad por el cielo y dejaba el valle. Sus sueños eran tan nítidos que se acongojaba cuando despertaba. Zanndazz ya no trabajaba la cantera, y se había olvidado del valle, igual que un náufrago en el mar se olvida de éste cuando encuentra una isla. Y pasaba todo el tiempo soñando bajo el árbol. Pero los sueños, sueños son. Porque Zanndazz quería volar realmente, sin temor a despertarse y acabarse así la maravilla. Y eso no era posible. Tan sólo la muerte podría liberarlo.
Un día descubrió que el árbol comenzaba a dar sus frutos, y de sus flores hinchadas caían unas bellotas color crema. Zanndazz pensaba que las bellotas sabían amargas, pero cuando comió una de las de su roble, no le supo así, sino de un sabor tan dulce que le cortó la respiración. Cerró los ojos y se separó de aquel valle ceniza, de una forma real, y el fuego de libertad que había dentro de él escapó a su control y salió como un río de lava que todo lo arrasaba. Contempló cómo ardía el valle bajo unas llamas de tal intensidad que eran capaces de consumir el mar. Después viajó por un abismo de negrura hacia una luz que parecía inalcanzable y que le deslumbraba con su poder, su fuerza y su amor, que le iluminó por completo. Entonces supo que era de verdad la libertad, y se sintió libre de toda atadura. Ya no era Zanndazz; Zanndazz había quedado inerte bajo un hermoso roble que fue el primero de los miles de vegetales que poblaron tiempo después el valle entre los colmillos, cuando las nubes se apartaron y entró el Sol, cuando nevó sobre las montañas.
Y llegó la obscuridad. Y con ella el tiempo. Enseguida vivió millones de siglos en la negrura. Entonces, llegado un momento indeterminado, la obscuridad cambió, la nada desapareció substituida por un calor y bienestar sin límites. Se encogió y encogió, tal como se lo dictaba su instinto, y después empujó y empujó hasta que su envoltura se rompió. Descubrió unos ojos muy grandes que le miraban y a sus hermanos, saliendo de los huevos, tal como él lo había hecho. Sus padres le trajeron comida y le cuidaron, y con el tiempo aprendió a volar y surcó el cielo, quedando empequeñecido ante la gloria del cielo y las alturas, en total libertad.
Un día, movido por una irresistible atracción, voló hasta un valle perdido entre montañas, un paraíso donde los animales y los vegetales convivían en perfecta armonía. En una de las tres montañas, coronadas por la blanca y pura nieve instaló su nido, y cuando sintió que se moría de viejo, no quiso hacerlo allí, sino que bajó al centro del valle y se pasó en una de las ramas de un enorme roble, donde cerró sus ancianos ojos para siempre.



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