En El
Virus Púrpura 8, diciembre de 2000.
Había una vez, en un país del que nadie se
acuerda, un valle sombrío, encajonado entre tres montañas siniestras que se
alzaban como los colmillos de un terrible Dios. En el valle no existía
vegetación, ninguna en absoluto; sus sembrados eran de piedras y guijarros.
Constantemente cubierto de nubes, casi nunca se llenaba con la luz del Sol. En
aquellas montañas no había nieve, nunca nevaba sobre ellas; en el valle tampoco
había ríos ni lagos, la única fuente líquida era un antiguo pozo, un agujero en
el centro de la gran hondonada, como un desagüe. En su fondo reposaba un agua obscura
y de sabor vasto. Aquel valle parecía una mancha de ceniza entre las montañas.
No había animales ni personas, nadie pasaba
por allí... su único morador era un guardián y su mujer, el Guardián del Valle.
Su nombre, Sor. Un nombre sobrio para un
hombre sobrio. Tenía cincuenta años, pero aparentaba ochenta. Cuidaba del
valle, lo que más quería en el mundo, porque era suyo, lo único realmente suyo.
Sor vivía en una casita achaparrada con su
esposa, Sara. Ella había perdido, a sus cuarenta y siete años, el brillo de la
esperanza. Llegaron al valle tras un viaje que duró veinte años. De un lugar a
otro, de una villa a otra, de un país a otro. La mala fortuna se había cebado
en ellos. Cuando parecía que todo marchaba bien, surgía un golpe de mala racha;
o era la peste, de la que huyeron durante mucho tiempo, o la quiebra del empleo
de su esposo, o un delito imputado injustamente. Hasta acostumbrarse, hubo
mucho dolor y amargura, destrozándose sus esperanzas una y otra vez. Pero
cuando aprendió a vivir con aquello la amargura persistió, pero el dolor pasó a
ser dejadez e indiferencia, más bien hastío, por todo lo que ocurría a su
alrededor.
Y llegaron al valle. Llegaron justo cuando
el último morador, que había vivido en la misma casita, moría a los ciento
quince anos. Le vieron agonizar, y sus últimas palabras estaban dirigidas a
ellos: "Quedaos", les dijo. Lo enterraron y ocuparon aquella casa. El
anciano había permanecido en el valle desde los quince años, sin salir casi
nunca de él. Nadie dijo nada sobre suplantar al viejo, relevarle de su puesto,
pero Sor continuó la tarea del muerto y la continuaría hasta el fin de su vida.
Aquello era algo que nunca habían mencionado, pero que sabían desde el instante
en que llegó a la casa: que sería el nuevo Guardián.
Sor trabajaba en una cantera de pizarra, en
uno de los tres colmillos, sacando sólo lo necesario para subsistir. Una vez al
año bajaba al pueblo más cercano (a unos veinte kilómetros) y vendía la
pizarra, con lo que compraba víveres hasta la próxima bajada. Y aún cuando sólo
salía del valle por esa razón, tardaba lo menos posible para seguir
guardándolo, como si alguien pudiese arrebatárselo en su ausencia.
Así pasaron los años, y a medida que iba
envejeciendo, Sor sentía que debía dejar un heredero que cuidase el valle como
él lo hacía, esperando ya la segura muerte. No tenía hijos, y ansiaba
fervientemente un varón que perpetuase su misión. Pero éste no llegaba, y Sor
se desesperaba día tras día.
Aunque, como dice el viejo dicho, todo lo
que es buscado es encontrado. Y Sor encontró lo que buscaba. Su mujer se quedó
encinta y en el desierto de su rostro se dibujó una sonrisa, forzada y torpe
por la poca práctica, pero una sonrisa al fin y al cabo. Sor se imaginaba día
tras día cómo le enseñaría e inculcaría a su futuro hijo la admiración por
aquella tierra, y la responsabilidad para con ella.
Una tarde Sara dio a luz, y sintió algo que
nunca habla sentido: felicidad, y un amor inmenso por su criaturita. Pero
cuando le tendió el bebé a su esposo, no encontró en el rostro del hombre
muestra alguna de alegría, sino sólo una mirada dura como el acero. Sor, con el
semblante obscuro, ahogó al recién nacido con sus dos fuertes manos, ante los
ojos de Sara. Luego arrojó la pequeña criatura al negro fondo del pozo. No era
un niño; era una niña.
Tras la desesperación y la histeria por lo
ocurrido, Sara cayó en una profunda depresión de la que nunca jamás salió, más
allá del odio y la tristeza, y aunque le repugnaba la presencia de su marido,
éste la obligó a seguir con el intento de tener un hijo varón.
En aquella yerma tierra, amparados por la
penumbra, nacieron tres criaturas más. Las dos primeras fueron hembras, que no
vivieron más de veinte minutos en el valle, siendo arrojadas a la obscuridad
del pozo, como semillas de muerte que hacían germinar la maldición del valle.
El tercero fue un varón. Nació a costa de la muerte de su madre, que falleció
en el parto, como si no quisiera contemplar el motivo de la pérdida de sus tres
niñas, sus tres perlas.
Y su padre, Sor, le llamó Zanndazz, que en
su idioma significaba "Roble". Pero a medida que crecía, Sor se daba
cuenta de que su hijo era lo menos parecido a un roble. Zanndazz debería haber
reído y cantado, tal era su naturaleza, pero no conocía ni el canto ni la risa.
De aspecto débil, gustaba de perderse en ensoñaciones y eso le preocupaba
enormemente a su padre, pues comprendió que su hijo escaparía del valle en
cuanto tuviese ocasión. Estaba claro que su deseo de conocer mundo era mayor
que el de guardar aquella dura y noble tierra. Así que ideó un plan.
Le inculcó a su hijo que el mayor valor que
un hombre podía tener era su honradez, y que no debía nunca, bajo ningún
concepto, romper una promesa. Zanndazz no hizo demasiado caso de las enseñanzas
de aquel hombre, pero esto último se le quedó grabado en mente y espíritu.
Largos años de tesón empleó Sor para marcarle esa idea en la frente.
Un día de niebla, Sor, ya viejo, se levantó
con el semblante de acera, miró a su hijo de una extraña manera, como nunca lo
había hecho, y salió a trabajar a la cantera.
Zanndazz fue a buscarle, como cada día, al
caer la tarde, y se lo encontró caído al pie de uno de los colmillos. Debía
haberse precipitado por la falda de la montaña, a pesar de su pericia como
escalador. Corrió hacia él, encontrando a su padre moribundo. Aún sin fuerzas,
Sor agarró a su hijo con un vigor sobrehumano, por los hombros, y le pidió un
favor, la última voluntad de un muerto, la que siempre debe cumplirse. En
susurros, le pidió su promesa y su palabra de que guardaría el valle hasta el
fin de sus días, sin irse de él. Aplastado por una tristeza y un terror
indescriptibles, Zanndazz le respondió, y su padre murió tranquilo y en paz.
Zanndazz creció y vivió en aquella tierra
yerma, solo, más solo que nunca, obligado a guardarla por un juramento que le
había arrancado el alma cuando salió de sus labios. Estaba condenado por él
mismo a permanecer en una tierra maldita a la que odiaba y a la que temía
enormemente, porque iba minando su deseo de vivir. Pero al mismo tiempo, en su
interior bullía un fuego que le abrasaba día tras día, que le sumía en un
sufrimiento terrible: Zanndazz anhelaba la libertad.
Un día encontró algo que le produjo
muchísimo júbilo. Zanndazz encontró el mayor tesoro que jamás había imaginado:
un amigo, un águila. La halló en uno de los numerosos pedregales del valle,
tirada, aleteando nerviosamente, con un ala rota. Zanndazz había oído hablar a
su padre de algunos animales, pero contadas veces, pues Sor no quería imbuir en
el chico más curiosidad por el mundo exterior de la que ya sentía. A pesar de
ello, reconoció en la hermosa criatura la majestuosa estampa del Águila Real.
Lo recogió tiernamente, como si fuese de porcelana, y se lo llevó a su casa.
Allí cuidó de ella, deleitándose en observar sus movimientos, su mirada. Los
dos se hicieron amigos y al final acabaron comunicándose, no haciendo falta los
sonidos.
Un día el águila le hizo saber que quería
marcharse, volver a sus montañas, con los suyos, que quería sentir la
majestuosidad del cielo. Zanndazz comprendió que aquel amigo, el único que
tenía, la única cosa que daba sentido a su vida, se marcharía y le dejaría
solo. Así que, rompiéndosele el corazón, lo encerró en una jaula tal como hizo
su padre con él mismo tras los barrotes de un juramento que no podía
quebrantar.
Pasó el tiempo y el águila languidecía en su
jaula. Una jaula de oro y plata, con grandes trozos de carne de la más selecta
calidad, cosas por las cuales Zanndazz había trabajado el cuádruple de lo
normal en la cantera de pizarra. Lo lavaba y limpiaba cuidadosamente, y cuidaba
de su salud con más empeño que de la suya propia. Quizá quería hacerle olvidar
que se encontraba encerrada, y así olvidarse él también de su propio encierro,
pero al fin y al cabo, el águila, majestuosa, hecha para volar y surcar los
cielos, seguía encarcelada, aunque fuera dentro de una jaula dorada.
Con el tiempo, dejaron de ser amigos, pues
la tristeza del águila no permitía la amistad. Aquella tristeza fue
profundizando poco a poco hasta el fondo de ellos y muchas veces los dos
lloraban en silencio la libertad perdida, uno en su almohada y otro en su
jaula.
Pero un día, con la madrugada, Zanndazz supo
lo que debía hacer, y soltó al águila, sin decir palabra. El águila echo a
volar, y, sin darse cuenta, olvidó despedirse de aquel que le había salvado la
vida, le había cuidado y había sido su amigo. Sólo tuvo sentidos para la enorme
vastedad del cielo, olvidando al que continuaba encerrado.
Para Zanndazz, ahora la tierra que cuidaba
se volvió más áspera, más dura, le pareció que las nubes nunca se apartaban
para dejarle ver el cielo, y se las imaginaba como la tapa del ataúd que era el
valle. Su vida consistía en una rutina mecánica: levantarse, trabajar en la
cantera, recorrer el valle para guardarlo, volver a la casa y dormir. Cada día
le producía más repugnancia y asco su vida, pero no podía hacer nada para
cambiarla. Estaba obligado por un juramento.
Cuando las barbas le llegaban hasta el pecho
y las arrugas abundaban en su cansado cuerpo vio aparecer en el cielo un punto
que cayó en el centró del valle. Zanndazz fue hasta él con la ilusión en los
ojos. Se trataba del águila, su único amigo, que había venido a morir allí. En
los últimos años de su vida, el águila sintió que tenía una deuda pendiente con
su amigo y salvador humano. Quería morir junto a él, en aquel valle. Y Zanndazz
lo comprendió todo nada más ver los ojos acuosos y tiernos del majestuoso
animal. Se miraron y un vínculo, más fuerte aún que la muerte, los unió.
Zanndazz enterró el águila y lloró, pero no de pena, sino de emoción.
Pasaron los años y primero fue un brote,
luego un saludable tallo verdusco, luego un lozano arbolillo y después un árbol
en todo su esplendor. Nació y creció sobre la tumba del águila, y en lo
majestuoso de su porte recordaba al águila real. Era un roble, y Zanndazz lo
contempló maravillado, desde que brotó hasta su plenitud. Se tumbó bajo el
árbol y durmió, bajo la fresca sombra de las ramas. Soñó que volaba en libertad
por el cielo y dejaba el valle. Sus sueños eran tan nítidos que se acongojaba
cuando despertaba. Zanndazz ya no trabajaba la cantera, y se había olvidado del
valle, igual que un náufrago en el mar se olvida de éste cuando encuentra una
isla. Y pasaba todo el tiempo soñando bajo el árbol. Pero los sueños, sueños
son. Porque Zanndazz quería volar realmente, sin temor a despertarse y acabarse
así la maravilla. Y eso no era posible. Tan sólo la muerte podría liberarlo.
Un día descubrió que el árbol comenzaba a
dar sus frutos, y de sus flores hinchadas caían unas bellotas color crema.
Zanndazz pensaba que las bellotas sabían amargas, pero cuando comió una de las
de su roble, no le supo así, sino de un sabor tan dulce que le cortó la
respiración. Cerró los ojos y se separó de aquel valle ceniza, de una forma
real, y el fuego de libertad que había dentro de él escapó a su control y salió
como un río de lava que todo lo arrasaba. Contempló cómo ardía el valle bajo
unas llamas de tal intensidad que eran capaces de consumir el mar. Después
viajó por un abismo de negrura hacia una luz que parecía inalcanzable y que le
deslumbraba con su poder, su fuerza y su amor, que le iluminó por completo.
Entonces supo que era de verdad la libertad, y se sintió libre de toda atadura.
Ya no era Zanndazz; Zanndazz había quedado inerte bajo un hermoso roble que fue
el primero de los miles de vegetales que poblaron tiempo después el valle entre
los colmillos, cuando las nubes se apartaron y entró el Sol, cuando nevó sobre
las montañas.
Y llegó la obscuridad. Y con ella el tiempo.
Enseguida vivió millones de siglos en la negrura. Entonces, llegado un momento
indeterminado, la obscuridad cambió, la nada desapareció substituida por un
calor y bienestar sin límites. Se encogió y encogió, tal como se lo dictaba su
instinto, y después empujó y empujó hasta que su envoltura se rompió. Descubrió
unos ojos muy grandes que le miraban y a sus hermanos, saliendo de los huevos,
tal como él lo había hecho. Sus padres le trajeron comida y le cuidaron, y con
el tiempo aprendió a volar y surcó el cielo, quedando empequeñecido ante la
gloria del cielo y las alturas, en total libertad.
Un día, movido por una irresistible
atracción, voló hasta un valle perdido entre montañas, un paraíso donde los
animales y los vegetales convivían en perfecta armonía. En una de las tres
montañas, coronadas por la blanca y pura nieve instaló su nido, y cuando sintió
que se moría de viejo, no quiso hacerlo allí, sino que bajó al centro del valle
y se pasó en una de las ramas de un enorme roble, donde cerró sus ancianos ojos
para siempre.
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