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Andrés Díaz Sánchez - Muerte en la estepa



En Los Manuscritos Perdidos.

El Sol comenzaba su lento declinar sobre las estepas del extremo Occidental de Turán.
Los soldados de Yezdigerd, corajudos, orgullosos del poder impuesto por el Gigante Turanio, observaban sin embargo con temor los montes y las llanuras: sabían que el Lobo Kozaki tenía largos colmillos. Los demonios de las estepas habían atacado en aquel perímetro varias caravanas con destino a la lujuriosa Zamora y otros reinos de Poniente, llevándose ricos cargamentos.
El comandante Sartag, quien lideraba aquel destacamento de seguridad que recorría la zona, maldecía ahora a los incompetentes mandamases que habían ordenado aquellas expediciones de patrulla. Sabía que su Señor Yezdigerd, el ambicioso rey de Turán, había sido mal aconsejado respecto a los kozakis, el enemigo más salvaje del comercio occidental de Turán. Contra los kozakis sólo se podían llevar a cabo dos clases de lucha: defensiva, reforzando la seguridad en caravanas y emplazamientos y villas de situación peligrosa, u ofensiva, enviando ejército tras ejército en busca de los jinetes, hostigándolos sin descanso a través de llanuras y montes, manteniendo un pulso de poder con ellos y ganándolo, dándoles al fin caza y exterminándolos hasta el último, sin compasión, aplastando su orgullo y su rebeldía sin dudas ni vacilaciones.
La expedición que Sartag comandaba se quedaba entre ambos extremos, en un tímido punto muerto a la mitad de los extremos; aquello sólo les acarrearía a los turanios males mayores: el destacamento de Sartag se ofrecía como fácil blanco, un manjar que los kozakis, maestros en el arte de golpear duro y huir rápido, no desaprovecharían.
Mas Sartag era en el fondo un soldado, y el férreo código de conducta por el que se había regido toda su vida no le permitía desobedecer órdenes. Hacía tiempo que no se hacía ilusiones acerca de la posibilidad de llegar a viejo: había combatido a los kozakis en el Norte, a los nómadas de tez cetrina del Sur, e incluso contra los zamorios. Conocía la violenta franje occidental de su nación como la palma de su propia mano; en aquel extensísimo territorio había matado a muchos, sufrido hambre, sed, heridas, había bebido el amargo vinagre de la derrota y el elixir embriagador de la victoria. Llevaba en su entrañas el veneno de la guerra, ése que hacía despreciar el descanso y la jubilación de algunos veteranos y los impulsaba a seguir unidos al acero, la sangre, el compañerismo y la disciplina. Tenía el ánimo recio, languidecería en ambientes más cómodos y seguros, su brazo aún era rápido, su mente todavía conservaba la agudeza, y su pecho aún ardía cuando cruzaba la lanza o la espada con el enemigo. Vivía para la guerra y por la guerra moriría. No tenía esposa ni hijos. La guerra era su mujer.
Ahora, en aquella tarde mortecina, sintió una punzada en el corazón, y supo de pronto que antes de la noche moriría. Experimentó un ramalazo de terror y excitación. El miedo, vencido tantas veces, pero siempre presente, profundo como el latir del corazón, aminoró. Sartag quedó en un placentero estado de paz consigo mismo. Había esperado durante toda su vida este momento.
Podría haberse echado atrás, ordenar a los doscientos diez soldados, colocados en secciones de a tres, a los capitanes, sargentos y cabos, todos ellos a su cargo, la vuelta, el regreso a la guarnición de la que partieran. Pero hubiera supuesto una traición a toda una vida de férreas convicciones militares. No, rendirse era del todo imposible, él era un soldado ante todo y debía cumplir con su deber, aunque éste resultara suicida. Se sabía capaz de soportar lo inevitable y cercano de su propia muerte, pero jamás el saberse un cobarde.
Como cada vez que se enfrentaba al miedo, su mirada se tomó penetrante y su mentón se endureció. Recordó aquel viejo dicho de campaña:
“Si te aterroriza el enemigo, mátalo. Si no puedes matarlo, mata el miedo.”
Sartag hizo un esfuerzo consciente y apartó el temor de su cabeza.
Pasaron los minutos. Un silencio pesado caía desde las colinas y los eriales. La hierba rala y seca se agitaba gracias a una ligera brisa. Los caballos bufaban, inquietos, y sus jinetes tiraban de los frenos con suavidad para mantenerlos bajo control. También los hombres estaban nerviosos, con esa expectación que precede a la violencia de altas proporciones.
Primero fue un ligero ronroneo que culebreaba sobre las patas de los caballos. Pronto aquel rumor se tornó un suave y leve martilleo. Las piedrecillas sobre la tierra comenzaron a botar levemente.
Sartag ordenó el alto alzando una sola mano. El tañedor emitió tres largos soplidos sobre el cuerno y las voces de los jefes de sección restallaron como látigos. El ejército turanio detuvo completamente su marcha. El silencio se espesó y Sartag escuchó con atención. Los oía venir... desde el Norte... el Oeste... el Este... ¡Y también del Sur!
–Tarim Sagrado... –musitó, con las pupilas dilatadas–. Los hijos de mala perra nos tienen rodeados...
Sartag sintió que se le secaba dolorosamente le garganta. La que tendría lugar sería una verdadera masacre. Normalmente, los kozakis atacaban en pequeños grupos y huían rápidamente. Pero esta vez no: sabedores de que el destacamento turanio hollaba aquellas tierras de nadie, se habían unido varias hordas y convertido en fabuloso ejército que superaría a los de Yezdigerd en número doble o triple. No se contentarían con hostigarlos y causar un gran número de bajas. No. Los aplastarían, destrozarían, diezmarían y después torturarían a los prisioneros durante largas horas.
Todo ello pasaba por la cabeza del comandante y de los integrantes más veteranos del destacamento, quienes ya murmuraban La Última Canción del Soldado, una rápida oración mediante la que encomendaban su alma a Tarim antes de morir. Los más jóvenes y novatos, por el contrario, sentían retortijones en el estómago a causa del miedo y la excitación, deseando explotar y entrar ya en combate.
Sartag pensó con rapidez: no tendría sentido efectuar una defensa en círculo o una retirada. Tan sólo podrían hacer una cosa: atacar hacia el frente con todas sus fuerzas, con toda su rabia suicida, hacia donde menos lo esperaba el enemigo, y tener la esperanza de escapar milagrosamente del campo de batalla o morir pronto en él, evitando así el cautiverio kozaki y sus crueles torturas. Sabía que los enemigos atacarían en tromba por los cuatro frentes, cada uno de éstos se extendería hacia los lados en sus extremos y se espesaría en la vanguardia en forma de cuña, cuya ancha punta embestiría de manera demoledora. Desde la retaguardia se cerraría un círculo completo y los últimos kozakis se encargarían de vigilar el perímetro de la batalla, preparados para cazar a los turanios fugados e intervenir en los lugares donde sus compañeros flaquearan.
El comandante se sacudió de la cabeza los pensamientos funestos y, hombre de decisiones rápidas como era, comenzó a impartir órdenes a sus inmediatos subordinados. Estos las transmitieron a los suyos y el sargento de cada sección las aulló a los cabos y soldados, disponiendo las secciones conforme al ataque que pronto se llevaría a cabo. La multitud turania obedeció, nerviosa y expectante, los caballos se agitaron inquietos, pero obedecieron a sus amos. Se levantó un espeso polvo del suelo terroso, y la bestia de guerra turania comenzó a funcionar con premura y eficacia, uniéndose unas secciones con otras hasta formar todo al ejército dos gruesas líneas que formaban una ancha cuña.
Dos secciones de lanceros, sesenta jinetes armados con largas y afiladas lanzas, se dispusieron en la punta de vanguardia: ellos penetrarían los primeros el muro kozaki, atravesando a los esteparios con sus picas. Cada lancero subió el escudo hasta la altura de los ojos y después apuntó su vara hacia el frente.
El resto de los guerreros, obedeciendo puntualmente las órdenes impartidas, desenvainaron sus sables de resistente y afilado acero, silbando metálicamente las armas al ser sacadas de las aceitadas vainas, y también dispusieron sus escudos altos, cubriendo el busto.
La cruda energía saltaba de hombre en hombre y hasta los caballos la sentían, pues chillaban y mostraban los dientes. Aquel destacamento de caballería turanio ya estaba perfectamente organizado, dispuesto para el combate. Todos sus componentes esperaban la orden de partida con inquietud.
El comandante Sartag se adelantó y encaró con sus hombres, llevando cuidado de colocarse en una posición tal que todos le divisaran, incluso los más lejanos. El silencio resultaba denso, opresivo. Les lanzó una severa, terrible mirada, que recorrió las dos gigantescas líneas de la cuña.
–¡SOMOS SOLDADOS DE TURAN! –gritó, en un volumen asombrosamente alto, logrando que sus palabras llegaran incluso a los dos extremos de retaguardia. Su rostro se contrajo en una mueca feroz y su vozarrón vibró sobre el silencio, roto tan sólo por el murmullo de los cada vez más cercanos kozakis– ¡NO TENEMOS MIEDO! ¡PELEAMOS POR NUESTRAS MUJERES, POR NUESTROS HIJOS! ¡POR EL PODEROSO YEZDIGERD! ¡POR TARIM! ¡POR TURÁN!
Muchos veteranos asintieron afirmativamente, con mirar lúgubre. Nadie rompería la disciplina, que ordenaba callar cuando el líder hablaba. Nadie les censuró. Los jóvenes, llenos de ansiedad y una salvaje alegría, apenas podían reprimir los murmullos que surgían por entre sus apretados dientes, los restos de gritos ahogados por una férrea voluntad.
Los ojos de Sartag se desorbitaron, su rostro era el de un loco señor de la ira:
–¡SOMOS TURANIOS! ¡TURÁN ES EL AMO! ¡Y LOS KOZAKIS SON NUESTROS ESCLAVOS! ¡VAMOS A MATARLOS A TODOS! ¡A TODOS! ¡SOMOS LOS HALCONES DE GUERRA DE YEZDIGERD! ¡Y VAMOS A GANAR! ¡VENCEREMOS!
Aquello no figuraba en las Ordenanzas, pero todo líder, ante la cercanía de la batalla, debía saber arengar a sus tropas, excitarlas, hasta convertir al soldado dubitativo una fiera llena de orgullo por sus colores y odio hacia el enemigo.
Sartag alzó el puño cerrado, y, dado el permiso, la ferocidad de sus guerreros se desbocó en un maremagnum de rudas loas a Turán y Yezdigerd e insultos y promesas de muerte y esclavitud para los rebeldes kozakis.
Sartag asintió, satisfecho. Los jefes de cada sección continuaron la labor del comandante rugiendo parecidos discursos, breves, duros e incendiarios. La excitación se extendió como el fuego sobre la paja seca y ya todos deseaban, enfermizamente, entrar en combate.
Un combate que Sartag sabía el último para la mayoría, si no todos, de aquellos hombres: jóvenes y viejos caerían aplastados bajo la espada kozaki. Una punzada de dolor cruzó su ajado rostro al descubrir el brillo salvaje en los ojos de los soldados novatos. Con suerte uno podía esperar una muerte rápida; había visto suficientes prisioneros escapados de los campamentos kozakis como para preferir un final súbito y violento a las torturas de los lobos de la estepa; había visto los cuerpos a los que se les había arrancado la piel con cruel precisión, los rostros deformados brutalmente, sin nariz, orejas, ojos ni labios. Pero sobre todo temía el Azote de la Sed. Tal tortura consistía en encerrar a los cautivos en una cabaña de piedra, rodeada de brasas siempre incandescentes. A estos pobres desgraciados se les alimentaba exclusivamente con pan duro y pasta de trigo, todo ello sazonado con abundante sal. Por supuesto, se les prohibía el agua o cualquier otro líquido potable. Al cabo de pocos días la sed volvía locos a los reos, incapaces de hablar, de hacer otra cosa que languidecer o arrastrarse dentro de su prisión, con la lengua ennegrecida y la piel fina y tirante sobre los huesos. Desde fuera, los guardianes kozakis solían mostrarles cazos llenos de fresca agua que arrojaban al suelo. Muchos de estos torturados llegaban a hacerse saltar las venas de brazos y piernas para beberse su propia sangre, se daban de cabezazos en la piedra, hasta matarse, o le pedían a sus propios compañeros que los asesinaran, pues todo final, por violento que fuera, resultaba preferible a aquel espantoso suplicio.
Por todo ello, Sartag guardaba en una bolsita de cuero duro, adherida a su cinturón, una pequeña aguja empapada en un veneno rápido y letal: en caso de ser capturado se suicidaría inmediatamente.
El comandante volvió al mundo real y se concentró en la tarea que debía llevar a cabo. Aulló la orden de avance. El tañedor la transmitió y los jefes de la línea de lanzas y de cada diferente sección la repitieron a sus hombres. Los caballos comenzaron a avanzar, al trote ligero. Poco a poco iban aumentando la velocidad. El sonido que producían aquellos doscientos treinta y un animales resultaba titánico, colosal, un constante tronar que se extendía sobre la estepa y hacía huir a cualquier bestezuela en una milla a la redonda. Comenzó a sonar un grito, repetido constante y rítmicamente, que cada garganta expulsaba al más alto volumen:
“¡Turán!... ¡Turán!... ¡TURÁN!...”
Pronto, se impuso al martilleo de la cabalgata. Todos los jinetes enronquecían al vociferar el nombre de su patria, a pesar de que se les colaba el polvo levantado por los cascos en la boca y la nariz.
Sartag corría inmediatamente detrás de la vanguardia de lanceros, gritando también. El mundo botaba al compás de su silla de montar. Las nubes de tierra se espesaban, pero aún podía otear al frente, entre los cascos de los jinetes de la primera línea. Sentía la mano que empuñaba el sable decidida y segura, pero su corazón latía salvajemente, pugnando por escapar de su pecho.
Al grito turanio se unió el rugido de los kozakis. Sartag los vio en la lontananza, una línea negra y espesa de hombres y caballos, sobre la cúspide de una suave ladera. Hincó las espuelas en su caballo y el resto de los turanios le imitaron. El terror y la excitación se unieron en un éxtasis casi insoportable. Kozakis y turanios cabalgaban directamente hacia la violencia y la sangre, estaban mirando a la Parca directamente a los ojos y sosteniendo Su mirada. La humanidad se rendía, ahogada por un suicida deseo de matar.
Sartag no hizo esfuerzos por mantener la sangre fría; no existía salida posible, tan sólo pelear hasta morir con nobleza. Los kozakis eran demasiados y se aproximaban desde todas direcciones, rodeándolos. La línea enemiga del Este se acercaba y acercaba como una negra y creciente ola, coronada por una nube grisácea y pardusca, el polvo y la tierra levantados. El estruendo se volvió ensordecedor, crecía y creía hasta transformarse en un inmenso, artificial y sordo silencio que zumbaba contra las paredes del cráneo.
Sartag rió, sin poder evitarlo, de manera demoníaca. Ya podía distinguir con perfecta nitidez los rostros kozakis, sus barbas grises o negras, sus pellizas de cuero y lana, sus gorros y bacinetes adornados con calaveras humanas o cuernos de toro. Vio los sables de la estepa y las curvas cimitarras, los escudos circulares de madera, cuero y metal. Sintió la furia enemiga llegar hasta él, como una primera e invisible onda que precedía a la descarga humana. Experimentó el turanio una explosión de energía, desde el esternón a la cabeza. El vello se erizó y le desapareció el miedo.
Los ejércitos chocaron, dos muros compactos de hombres y caballos colisionando a toda velocidad. Las lanzas turania atravesaron a equinos y humanos, levantando a éstos últimos de sus sillas de forma espectacular. Muchas picas se astillaron y rompieron, mientras que los kozakis atravesados eran empujados hacia adelante por los que llegaban de atrás. Los caballos se volvieron histéricos, relinchaban salvajemente y trataban de escapar a la brutal presión. Algunos, los más vigorosos, lograban alzarse de manos y al bajar rompían huesos con sus cascos. Otros se encabritaban y abrían paso a fuerza de coces. Muchos turanios fueron atravesados por los sables alzados hacia el frente de sus enemigos. El lugar se convirtió en un marasmo furioso de hombres y bestias que se desparramaban hacia los lados debido a la presión de ambas retaguardia. Toda criatura que caía al suelo era pisoteada y aplastada, y provocaba a su vez nuevas caídas, algunas en masa, de hasta cinco o seis nobles brutos acompañados de sus jinetes.
Sartag pudo resistir sobre la silla. Su caballo, no obstante, había sido atravesado por un sable kozaki y seguía tan sólo debido a estar comprimido por otros que le impedían caer. El comandante turanio forcejeó hasta lograr liberar sus pies de los estribos, con los tobillos casi sobre la silla, en precario equilibrio.
Un rebelde de las estepas se le echó encima. Le sobresalía un pie y medio de lanza turania. La pica le había atravesado desde la axila derecha a la cadera izquierda. Aullaba, pero su grito se perdió en medio de aquel caos ensordecedor. Sartag le asestó un sablazo de revés, tan sólo por puro instinto, pues el desdichado se hallaba ya a las puertas de la muerte.
Ahora llegaba el momento en que los hombres debían reaccionar, cuando cada uno había de luchar desesperadamente por salvar el pellejo. El gigantesco cúmulo de jinetes y caballos había perdido espesor y ya existía espacio suficiente entre guerrero y guerrero como para que las espadas hablaran: las hojas entrechocaron, acero turanio contra metal kozaki. Un titánico chillido compuesto de cientos de pequeños impactos llenó la estepa. Caía el atardecer, derramando una luz mortecina, enrojeciendo el campo de batalla.
Sartag estaba inmerso entre cabezas, cuerpos, patas, brazos y piernas, todo ello enmarañado en un absoluto caos, y sobre el conjunto se alzaba un bosque de aceros que zumbaban vertiginosamente en múltiples direcciones. El comandante turanio peleaba instintivamente, sin decidir de forma consciente sus movimientos, revolviéndose y repartiendo tajos furiosamente. La orden racional llegaba mucho más tarde que la propia acción física. Como muchos otros, Sartag sólo veía objetivos sobre los que actuar: un cráneo turanio, y su mano se contenía en el último segundo, una cabeza kozaki y la hoja se lanzaba en pos de ella. Muchos hombres sólo luchaban empleando la espada y por ello morían. Los más veteranos y los que mis rápidamente se habían adaptado a esta enloquecedora situación utilizaban también puños, codos, hombros, pies, rodillas y cabezas como arma: todo servía con tal de sobrevivir.
El comandante cayó al fin de su caballo, el cual chorreaba sangre por el tremendo corte. El líquido caliente embadurnaba los muslos de Sartag, y el turanio los liberó y se separó del animal cuando éste se desplomaba, gracias a que ya había sacado los pies de los estribos. Muchos hombres perdían una pierna o morían aplastados por no escapar a tiempo del enorme peso. Sartag llegó al suelo, se levantó y resbaló sobre varios cadáveres, derrumbado otra vez. De nuevo se alzó, a tiempo para ver a dos kozakis que venían hacia él a pie, aullando locamente.
Sartag les salió al encuentro.
En ese momento, un caballo desbocado se abrió paso entre otros luchadores y llegó cerca de los tres. El animal tenía una espada clavada en su cuello. En los estertores, el noble bruto coceaba histérico, rompiendo la espalda a más de uno, y relinchaba aterrorizado, soltando espumarajos por la boca. Uno de los dos kozakis se volvió hacia la bestia descontrolada. El animal lo golpeó con su musculoso pecho, tirándolo al suelo, y después lo pisoteó en su alocada carrera, rompiéndole literalmente el rostro. El caballo huyó, perdiéndose de nuevo entre el tumulto. El kozaki herido quedó en tierra, de rodillas, gimiendo y agarrándose los huesos y los jirones de carne de su faz destrozada. Un soldado turanio se acercó por detrás y le asestó un tremendo sablazo que abrió su cráneo en dos. El turanio partió de allí, en busca de nuevas víctimas.
Mientras, el segundo kozaki había seguido su camino y ahora abalanzaba sobre Sartag. El turanio aulló el nombre de su rey y las espadas chillaron. Ambos notaban la muñeca y el brazo temblar dolorosamente cada vez que los aceros chocaban. Sartag advirtió enseguida que el kozaki practicaba ataques altos, siendo su zona desprotegida la mitad inferior del cuerpo. Sartag se agachó y describió al mismo tiempo un giro con su sable. La hoja hendió la pierna derecha del kozaki, cortando el cuero de la bota, la basta tela del pantalón y los músculos bajo la rodilla, quedando encallada contra la tibia. El kozaki abrió mucho sus ojos, pero descargó un golpe descendente. Sartag se apartó a tiempo, ágil como un gato, mientras sacaba su arma del enemigo, haciendo deslizar la afilada hoja en ángulo con la herida, para causar así mayor daño. El nativo de la estepa perdió el equilibrio y trastabilló, logrando sostenerse precariamente, apoyando el peso sobre la pierna sana. La herida sangraba profusamente, tiñéndolo de rojo hasta el tobillo. Sartag volvió a golpear, al tiempo que se levantaba; pero esta vez pinchó, en lugar de cortar, y el sable se introdujo entre las costillas del kozaki, desprovisto de cota, coselete, peto o cualquier otra protección. El turanio había empujado el sable con todo el cuerpo y la hoja quedó atrapada dentro del rival, pero su dueño tiró de ella diagonalmente, destrozando órganos internos en su viaje de salida. El kozaki boqueó, incrédulo, y cayó de lado. Intento levantarse, pero ya no tenía fuerzas.
Sartag, por el, contrario, buscaba nuevos enemigos.
Y pronto los encontró: tres kozakis a pie igualmente merodeaban, entre los grupos de combatientes y los cadáveres. Uno le señaló con su oriental y curva cimitarra y se le aproximaron a la carrera.
El turanio gruñó, ávido de victoria y sangre, y saltó sobre un caballo que agonizaba. Aspiró el aire cargado de sudor y violencia y cargó a sablazos contra los enemigos. Éstos, salvajes y esquivos como lobos, aguantaron la lluvia de golpes, repartiéndose el terreno, intentado rodearle. La hoja del comandante describía fulgurantes giros, en golpes cerrados y potentes, rápidos como el ataque de una cobra. Cada lance iba acompañado de un trallazo metálico al ser interceptado por las armas enemigas y un agudo silbido cuando sólo encontraba aire. El comandante había logrado hacerles retroceder varios pasos, pero la furia remitió durante unos instantes y ellos llevaron a cabo su ofensiva. Sartag frenó y desvió varios tajos, intentando que se estorbaran unos a otros. Mas eran demasiados, y por ende ágiles y fuerte. Uno de los aceros le alcanzó en el casco. Sintió el turanio un zumbido espantoso en la mitad derecha de su cráneo. El dolor se extendió, helado y eléctrico, hasta las mandíbulas. El yelmo, ahora abollado, le había salvado la vida, pero se sentía como un yunque golpeado por el martillo del herrero. El mundo vino y se fue ante sus ojos. Trastabilló, deteniendo milagrosamente un golpe más. Pero enseguida recuperó el vigor.
Aulló el nombre de su patria y se lanzó al suelo alzando la espada. La punta se hundió en el vientre de un rival, pero la cota de mallas zamoria no permitió la herida. El kozaki, no obstante, se dobló en dos como alcanzado por el puño de un luchador de tabernas, sin respiración, boqueando en busca de aire, y se derrumbó de rodillas.
Un segundo kozaki del trío alcanzó el costado izquierdo de Sartag con su cimitarra, rompiéndole dos costillas. La cota impidió el derramamiento de sangre, pero el turanio se retorció y retrocedió, sintiendo en fuego la zona golpeada.
Siguió reculando, sin perder la cara a los contrincantes, como un animal rabioso y hostigado, encorvado y jadeante, su rostro pálido y tenso. Sentía las costillas rotas clavándosele igual que finos palos de bambú afilado en la carne. Experimentó genuino terror, pues se sabía ya totalmente perdido. Los enemigos se aproximaban y él no tenía energías, no tenía nada, se sentía vacío por dentro, helado ante la llegada de la muerte.
Aún así, se lanzó hacia adelante, sin quererlo o dejarlo de querer, gritando de nuevo el nombre de su nación. Su sable amagó un golpe bajo, dobló por sorpresa en el último momento, pasando por encima del rival, y atravesó limpiamente el ojo kozaki, atravesando el cerebro. Ambos cayeron al suelo, turanio sobre kozaki.
Rodó, para evitar el golpe de la cimitarra enemiga. Ante él se alzaba el último del trío, escupiéndole insultos y amenazas en su lengua natal. Sartag se apartó y la punta enemiga hincó el barro de tierra y sangre un palmo a la diestra de su cabeza. El comandante pateó la rodilla enemiga, tratando de quebrarla, pero sólo logró desequilibrar ligeramente al kozaki, quien, negruzco, poderoso, cubierto por pieles y lana, volvió a tajar. El turanio esquivó de nuevo, arrastrándose, y su hombro dio con el asta de una lanza. La tomó a dos manos y alzó, a tiempo para detener otro golpe con destino a su cara. El asta crujió, pero era buena y gruesa madera del Oeste y soportó el trallazo. Sartag inmediatamente la hizo girar entre sus expertas manos y la lanza describió un giro fulgurante, estrellándola, como un palo, contra la boca kozaki. El oriental retrocedió un paso, mientras escupía un diente y echaba a sangrar por los labios rotos. Tragándose la agonía de sus costillas rotas, Sartag se incorporó sobre una rodilla, aprovechando el aturdimiento del rival, y avanzó al frente, pinchando. El kozaki desvió la hoja de la pica con su propia cimitarra, pero su costado había quedado desprotegido con esta acción y Sartag clavó en él la suela de su bota, tirándolo al suelo. Pasó la hoja de la lanza por entre la cimitarra y el hombro enemigos y cortó el rostro kozaki, desde el mentón a la sien. Sartag profirió un salvaje alarido y clavó la hoja en el cuello de toro. La retorció en la herida, contemplando con ojos desorbitados, la faz tiznada de sangre, el final de su enemigo.
Se volvió, exhausto, presa del vértigo y la debilidad.
Vio una masa de al menos cincuenta hombres, a caballo o a pie, que luchaban furiosamente. Aquella vorágine se desplazaba, impulsada por la presión de sus integrantes y los que se le unían, como un inmenso enjambre de cuero, carne y metal. Todo ello se le vino encima. El oficial se tapó la cabeza instintivamente y fue derribado. Le pisotearon, cayeron sobre él, vivos o moribundos, resbalaban y tropezaban, se arrastraban, acuchillaban mientras se retorcían aún con las entrañas abiertas. Sartag se sintió aplastado por la marea humana. Le estaban asfixiando. Fue presa de un terror abismal, enloquecedor. El pánico le dio energías para empujar y revolverse, en busca de aire, hasta lograr salir del bullicio y respirar libremente. Se arrastró y después avanzó de pie, muy encorvado, a punto de desplomarse, sujetándose el costado donde sus costillas estaban rotas con una rojiza mano.
Un joven turanio con la cabeza partida se desplomó ante él y un kozaki –probablemente su asesino– se encaró con Sartag. El comandante lo vio venir como en un sueño, la figura sucia y chillona destacando perfectamente contra el caos de la batalla. Sartag intentó esquivar el golpe. Sin embargo, los miembros ya no le obedecían con la rapidez y el vigor necesarios, y la espada le alcanzo en el hombro derecho, destrozando la articulación. Un rayo de dolor atravesó a Sartag y cayó al suelo.
El kozaki, en sus ojos la demencia, se alejó, buscando nuevas víctimas. Sartag se arrastró penosamente, tratando de sacar fuerzas para ponerse nuevamente en pie y continuar luchando. El brazo derecho le colgaba lacio de la articulación partida, y aquel nuevo y espantoso dolor se sumaba a la agonía de sus ulcerantes costillas.
Recordó entonces las brillantes torres de Aghrapur, los jardines donde su madre, perfumada de rosas y lavanda, le contaba cuentos. Por su memoria pasaron los rostros de las mujeres que había amado; ninguna de ellas logró apartarle de la vida peligrosa. Ante sus ojos delirantes se dibujó la figura del rey Yezdigerd, el rostro duro, la mirada aguda e incendiaria propia de los hombres dominados por la ambición, la fuerza y la hostilidad latentes del macho más fuerte de la manada... Aquel día, en la graduación de Sartag como oficial del Real Ejército Turanio, El Rey Guerrero, famoso por su implacable sed de conquistas y su temeraria determinación, pasó revista a sus tropas. Sartag hubiera querido arrojarse al suelo al pasar su señor, como tantos otros en aquel día. Allá estaba, junto a él, en carne y hueso, quien había enriquecido y glorificado Turán, quien le había dado poder sobre otras naciones.
–Turán... –susurró, somnoliento, en el suelo del campo de batalla– ¡Turán!
Gruñendo como una alimaña, se alzó sobre sus rodillas y logró alzarse en pie. Tenía los ojos vidriosos y enrojecidos. La piel del rostro se había vuelto tirante y destacaba cadavéricamente sobre los pómulos.
–La gloria... –musitó.
Sonrió con obscura alegría. Vio una espada en el suelo y la tomó con la mano izquierda. Era acero turanio.
–¡Sí! –exclamó, enloquecido– ¡Turán es el amo!
Y echó á andar, a los traspiés, hacia una pequeña masa de combatientes kozakis que despachaban a turanios heridos. El dolor de sus costillas y de su hombro desapareció. Le pareció que su mente gobernaba el cuerpo de manera perfecta, totalmente libre de la tiranía impuesta por el cansancio y la debilidad. Cuando le atacó el primer enemigo, le desvió sin problemas y le ensartó el sable en el cuello. Sonrió entonces, y notó una euforia que resplandecía en sus ojos. Este era el momento culmen de su larga carrera. Era como si una fuerza le poseyera, como si formara parte de algo enorme, superior. Otro hombre murió bajo su acero. De un violento tirón lo interpuso en el camino de una lanza, se agachó con elegancia, haciendo gala de la economía de movimientos propia del experto espadachín, y pinchó una rodilla, quebrándola, arrancando un gemido a su dueño. Sacó el arma como un fulgor rojizo y ya estaba apoyada en el cuello negruzco. Resbaló el filo, cortando garganta y tendones, y un bulto más se desplomó a sus pies. Sartag rió, mientras esquivaba una maza atrasando brevemente el tronco y la cabeza. El kozaki ya tenía el sable en la axila y el turanio, mediante un giro de muñeca, cambio la orientación del alma y luego la empujó, todo ello en un parpadeo, consiguiendo que el acero penetrara hasta los pulmones. Se volvió, con un tajo de revés, desviando otra lanza, y cortó una de las dos muñecas que la sujetaba. Con un paso lateral se desvió de la trayectoria del cuerpo que había tratado de embestirle. El kozaki se encontró un sable bajo la mandíbula, que salió con un siseo húmedo cuando, como un toro malherido, se desplomó con el rostro por delante.
Sartag estaba rodeado de cadáveres. Sonreía de manera espantosa, esperando más enemigos. Los kozakis le rodeaban, como lobos a la presa herida. De pronto, se lanzaron sobre él. Sartag esquivó la primera cimitarra, pero el número prevaleció, y los aceros le atravesaron sin piedad. Gritó, volviendo a experimentar la miseria de la carne. Por encima de las calientes cabezas kozakis divisó el Cielo: el Sol moría junto a él, cubriendo la tierra con un manto de colores miel y escarlata, una luz agónica dolorosamente bella. Sus pupilas recogieron con ansia la gloria del anochecer.
Los dedos que aferraban la empuñadura de su curvo y aguzado sable comenzaron a abrirse, pero realizó un titánico esfuerzo, el último de su existencia y quizá el más importante, para conseguir cerrar de nuevo el puño. Debía morir con el arma en la mano, como un auténtico guerrero. Sintió ganas de gritarles a sus asesinos: “¡Aún no me habéis vencido!”, pero de su boca sólo surgió la sangre, en un fino riachuelo. Una furia y una éxtasis incomparables, una emoción victoriosa ajena a su memoria cargada de triunfos, invadió su mente, como un reguero de fuego líquido y arrasador, y se reflejó en sus ojos, en su gesto de orgullo y poder.
El cuerpo se relajó, débil, sostenido por las múltiples cimitarras del anochecer, hincadas hasta las guardas en su carne. Los dedos de la diestra permanecían, cerrados, rígidos y tozudos, sobre el puño del sable.
El Sol lanzó su último rayo y desapareció por completo. Reinaron las sombras.




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