En Los
Manuscritos Perdidos, Realidad Cero,
y Mercenarios del Infierno.
Fantasía terrorífica. Durante la Edad Media
las guerras entre los polacos y los caballeros teutónicos conducen a traiciones
con consecuencias insospechadas.
Era el año 1411 del Señor. Los polacos
luchaban a muerte contra los caballeros teutónicos, vencidos estos últimos por
el soberano Ladislao II. Polonia triunfaba sobre el poder alemán. Mas todavía
persistían ejércitos teutones, como aquél que asolara la ciudad de Cztesjow.
«Junto a Lucifer, con Belial a mi espalda,
he nadado en el lago de llamas,
caminado por las sendas prohibidas,
le he hecho el amor a Lillith,
he bailado la danza de los no-muertos,
he estrechado la mano de los segadores.»
Llegado desde el Infierno, Venom
Era una fría y lluviosa tarde de otoño. El
cielo encapotado invitaba a lúgubres reflexiones. La llanura bajo tal
firmamento ofrecía aún peor aspecto: la enfangada planicie aparecía cubierta de
cadáveres. La mayoría eran teutones, guerreros cuyas armaduras y cotas de malla
se veían rajadas y abolladas. Los mercenarios de Wolfgang El Rojo, vencedores en aquella contienda cuyos frutos eran tres mil
quinientos dieciocho muertos, deambulaban por entre los caídos, rapiñando las
armas y los pertrechos aún servibles.
Sobre una alta loma esperaban cinco mil
soldados polacos. Constituían la gran guardia de Cztesjow. Estaban comandados
por el burgomaestre Otón, antaño famoso militar. Junto a éste permanecía el
Abad Mayor Ivar.
Mil metros atrás del ejército polaco,
Cztesjow levantaba sus altas y pétreas murallas. Ahora los habitantes podían respirar
tranquilos, pues los teutones habían sido masacrados.
–Y todo gracias al esfuerzo de Wolfgang El Rojo y sus mercenarios –dijo el
burgomaestre Otón.
La lluvia repicaba sobre su casco. Pasó una
mano sobre las crines del caballo. Era un hombre de espíritu marcial. Aún
conservaba ese amargo gusto por las vistas de una batalla.
–El problema comienza ahora, pues hemos de
pagarle –el Abad Mayor Ivar dirigió una mirada penetrante hacia Otón.
Ivar era un político nato. Acostumbrado a
una vida cómoda y lujosa, le fastidiaba tener que hallarse allí, sometido a la
lluvia, a pesar de que un joven monje le librara de mojarse gracias al paraguas
que su mano derecha sostenía. El muchacho, por contra, estornudó violentamente,
calado hasta los huesos.
–Hay suficiente oro en las arcas de la
ciudad –respondió Otón, con el ceño fruncido.
–Recordad que estamos en guerra, y en
tiempos bélicos el oro redobla su valor.
–Nuestro rey Ladislao ha consolidado el
Estado polaco. La guerra prácticamente ha acabado.
El Abad dirigió una mirada desdeñosa hacia
el campo de batalla.
–Me parece impropio de personas civilizadas
repartir sus riquezas con bárbaros mercenarios. Miradlos: sucios, desarrapados,
sanguinarios... Son aún peores que los teutones. ¡Ni siquiera son católicos!
Profesan adoración a dioses paganos; hay quien sostiene que ofrendan
sacrificios al Maligno.
Se santiguó rápidamente.
–Pero vos y yo le prometimos a Wolfgang ese
oro. Nuestros soldados están frescos. La Compañía de El Rojo ha hecho el trabajo sucio. Ahora se les debe pagar.
–Recordad que no hay prueba por escrito de
tal contrato –el Abad Mayor sonrió maliciosamente–. Ese pacto fue una decisión
apresurada, un error por nuestra parte.
Otón le miró con ojos escandalizados.
–¡Pero vos sabéis que, si no les pagamos,
atacarán nuestra ciudad!
Ivar sacudió lentamente su oronda cabeza.
–Mi buen Otón, mirad fijamente el campo de
batalla. Allá abajo hay unos ochocientos mercenarios, cansados y heridos tras
la refriega. Aquí arriba, cinco mil soldados polacos. Podemos aplastarlos con
facilidad.
–¿Sugerís que los exterminemos? ¡Son
nuestros aliados!
–¡Son herejes y ateos! –rugió el Abad Mayor–.
¡La mayoría ni siquiera están bautizados!
–¡El rey no lo aprobaría!
–El rey nunca lo sabrá. No haremos
prisioneros. Éste no es momento para gastos superfluos. Nuestra ciudad nos lo
agradecerá.
–Me niego –afirmó Otón–. Mercenarios o no,
son hombres, soldados que han luchado por nuestra causa.
–Por
nuestro dinero, no lo olvidéis. Además, un soldado nace para morir –los
ojos de Ivar se clavaron en el burgomaestre–. Tal vez el rey Ladislao, cuando
pase por aquí con sus ejércitos, llegue a conocer esos pequeños desfalcos que
vos habéis realizado en el erario público de Cztesjow...
Otón desorbitó los ojos.
–¡No seríais capaz de contárselo!
–¿Seguro que no? –el Abad sonrió
maliciosamente; de pronto, sus rasgos se endurecieron–. Burgomaestre Otón, vos
sois el entendido en cuestiones bélicas. Dad las órdenes pertinentes y acabad
con los bárbaros mercenarios. Es hora de hacer limpieza.
Durante diez segundos, Otón luchó contra sí
mismo. Al fin, apesadumbrado, hizo girar al caballo y llamó a voces a sus
oficiales mayores.
–Lo haré –dijo con resignación–. Que Dios Nos
perdone.
–Él lo hará –contestó el Abad–. Somos Sus
siervos.
Las huestes polacas se movieron rápida y
eficazmente. Cuando los más avispados oficiales de la Compañía Mercenaria
comprendieron que les estaban rodeando, ya era demasiado tarde.
La infantería polaca, armada con largas
picas ideadas para ensartar al enemigo antes de llegar al cuerpo a cuerpo,
avanzaban a la carrera, cerrando el círculo en torno a los mercenarios. Éstos
se agruparon, gritando rabiosamente, pues entendían que habían sido
traicionados y que los polacos iban a exterminarlos.
Las picas empalaron a los mercenarios. El
erial volvió a llenarse de hombres armados que luchaban para matar o morir.
Cada soldado de fortuna valía por tres infantes, pero, aunque peleaban con
nervio y denuedo, la superioridad numérica polaca no dejaba dudas acerca de
quién vencería.
Las hachas silbaron bajo la lluvia, las
espadas rajaban petos, camisolas y cotas de malla, las mazas aplastaban yelmos
y corazas. El espantoso vocerío resultaba ensordecedor. Sobre el repiqueteo
monótono de la lluvia se oía el rechinar brutal del acero. La vida y la muerte se
unían en un orgasmo enfermizo y arrasador. La lluvia mezclaba sangre y fango.
En menos de una hora, los polacos aullaban
gritos de victoria. Algunos mercenarios aún sobrevivían. Entre ellos se hallaba
Wolfgang El Rojo. A pesar de un serio
tajo en el hombro izquierdo, permanecía en pie. Lo llevaron con el resto de los
cautivos (cincuenta mercenarios y quinientos teutones). Los prisioneros
marchaban en largas filas, custodiados por la caballería polaca.
Al fin, Wolfgang y los suyos pasaron cerca
de los pabellones de mando polacos. El burgomaestre Otón y el Abad Mayor Ivar
contemplaban con rostro impasible las columnas de cautivos. Muchos de éstos
pedían unirse a los vencedores. Mas esta vez no habría misericordia para los
vencidos. Ingentes mercenarios paganos y ateos imploraban convertirse al
catolicismo para así salvar sus vidas. En general, los presos suplicaban un
sacerdote que les confesara antes del momento final. El Abad Mayor Ivar,
cruelmente, denegó tales permisos que normalmente se administraban a los
prisioneros de guerra.
Cuando Wolfgang El Rojo, de melena color fuego y cuerpo hercúleo, descubrió a Ivar
y Otón, rugió tal que una alimaña y salió de la fila de prisioneros. Echó a
correr en dirección a los dos grandes pares de Cztesjow, esquivando milagrosamente
las lanzas de los jinetes guardianes. Wolfgang logró descabalgar a un polaco y
apoderarse de su alabarda. Clavó la punta en el caballo de otro jinete. El
animal herido se encabritó y su amo cayó sobre un costado.
–¡Detenedlo! –rugió Otón.
El rostro de Ivar temblaba, temeroso.
Comenzó a hacer retroceder su caballo. Los mercenarios cautivos se removían
tumultuosamente. Pero una sección de arqueros polacos aplastó la rebelión a
flechazos.
–¡Otón! –rugió Wolfgang, aún mientras
peleaba contra cinco infantes polacos; la lluvia pegaba su leonina cabellera al
rostro cosido a cicatrices–. ¡Nos habéis traicionado! ¡Te mataré! ¡Y a ti
también, Abad Mayor! ¡Os mataré a los dos!
Una flecha le atravesó el muslo derecho.
Cayó al fango. Otro dardo le rompió un hombro. Mas aquel hombre salvaje aulló
un grito rabioso y, aunque cojo, siguió corriendo hacia la pareja mandataria.
La guardia personal del burgomaestre cerró
filas, pero Wolfgang, totalmente enloquecido, cargó contra ellos y cayó con
cinco soldados al suelo. Alguien le golpeó con una maza, rompiéndole un
omóplato. Pero se levantó y saltó por encima de varios hombres. Ya sólo estaba
a diez metros de Ivar y Otón, quienes lo observaban con hipnótico horror.
–¡Aunque muera, volveré para mataros! –gritó
Wolfgang–. ¡Lo juro por mi alma!
Una flecha se le hundió en el ojo derecho y
surgió por la sien izquierda. Recibió nueve saetazos más en la espalda, abdomen
y garganta. Gruñó y se desplomó, muerto.
Otón miraba con ojos desorbitados al líder
mercenario. Ivar vomitaba, apoyado en su monje de confianza. Cuando se
incorporó, el Abad estaba muy pálido. La lluvia volvía lustrosas sus fláccidas
facciones.
–¡Matad a los prisioneros! –aulló–.
¡Matadlos!
En vano rogaron los teutones. Se les llevó a
una hondonada baja. Los arqueros polacos se dispusieron alrededor suyo y
dispararon hasta vaciar las aljabas.
Al cabo de veinte minutos, en la depresión
no había más que cadáveres y flechas. La lluvia arreció. Un trueno crujió desde
las nubes. Los polacos volvían hacia su ciudad.
Aquella noche, Cztesjow sufrió la ira del
Cielo: fantásticos relámpagos culebreaban con luz azulada sobre el manto
nocturno. La lluvia era una cortina densa que tornaba a los hombres sombras
borrosas y obscuras. Pequeñas riadas se deslizaban sobre el empedrado de las
calles. El viento destrozó varias casuchas e hizo volar tejados como si fuesen
hojas de árbol.
En la mansión del burgomaestre, Otón sufría
pesadillas. El rostro de Wolfgang se le aparecía una y otra vez en sueños.
Despertó, gritando, cubierto de sudor.
Destemplado, ordenó que le trajeran vino y
carne. Ya había cenado, mas tenía la esperanza de que el yantar le liberaría de
aquella plomiza desazón.
Fue entonces que a su mansión llegó un
mensajero. Era un soldado de la guardia sita en la muralla externa Sur.
El chico, empapado de lluvia, con la tez
blanca y los ojos espantados, le dio las nuevas:
–Señor, fuera de la ciudad hay un pequeño
ejército, a menos de mil metros. Se acercan rápidamente hacia las murallas.
–¿Son teutones? –preguntó Otón.
–La lluvia impide distinguir sus banderas.
Pero... no creo que sean... teutones, señor.
–¿En qué se basa esa creencia?
El muchacho tragó saliva ruidosamente.
–Señor, sería mejor que vos mismo los
contemplarais.
Diez minutos después, Otón observaba desde
una tronera en la fachada de la gran fortificación el amplio y obscuro
barrizal. El oficial mayor de la guardia señaló con el índice hacia la llanura,
más allá del enorme foso, ahora rebosante. Otón aguzó su mirada de águila, pero
la lluvia furiosa era un velo grueso que obstaculizaba cualquier observación.
Cuando ya el burgomaestre se disponía a abandonar el intento, un relámpago
iluminó el mundo entero y bajo su luz distinguió, allá fuera, a menos de
quinientos metros del foso, hombres armados, corriendo o andando. Al menos
serían doscientos. Hubo algo en ellos que le espantó.
El burgomaestre retrocedió. El trueno crujió
violentamente. Miró a los oficiales, en cuyos ojos se reflejaba un leve temor,
semejante al suyo.
–Teniente, reforzad las murallas y enviad
parlamentarios a ese ejército. Quiero saber cuáles son sus intenciones.
Movilizad a la soldadesca y reforzad la vigilancia en toda la defensa exterior.
Cualquier nueva me será inmediatamente comunicada. Y nada de todo esto llegará
a conocimiento de la población civil. ¿Entendido?
–Como ordenéis.
El oficial se marchó a la carrera.
El burgomaestre, seguido de sus mandos
inmediatamente inferiores, repartió órdenes con rapidez y decisión. A pesar de
ejercer la política, tenía alma de militar, así que estas situaciones le eran
íntimamente agradables. Aun así, constantemente debía sofocar un extraño temor
engarfiado en su espíritu, y no osó mirar de nuevo por las troneras.
Los parlamentarios no volvieron. Los
observadores informaron que Cztesjow estaba rodeado por hombres armados, quizá
unos dos mil. La lluvia hacía difícil una aproximación exacta. Las fuerzas de
la urbe ascendían a más de seis mil hombres armados. En caso extremo, podría
movilizarse a la población civil.
Fue entonces cuando el Abad Mayor Ivar se
personó en el Centro de mando de la fortificación exterior. Le acompañaba su
monje de confianza. El religioso jadeaba debido al esfuerzo que le había
supuesto subir a la carrera la escalinata de la torre.
Los oficiales de Otón lo miraron con
desconfianza. El burgomaestre les ordenó retirarse.
–Compruebo que no se te escapa ninguna
noticia –dijo Otón, ya a solas con Ivar.
–Mi servicio de espionaje es eficaz. ¿Qué
ocurre ahí afuera?
–Al parecer, vamos a ser atacados. Y no
sabemos aún quiénes son los agresores.
Un joven muchacho, vestido con el uniforme
de infantería, y un oficial mayor, entraron en el cuarto.
–¡Perdonad la intromisión, burgomaestre! –se
disculpó el superior–. Escuchad a este soldado de la guardia, os lo ruego.
–Señor... –comenzó el joven, con voz temblorosa;
la lluvia tornaba lustroso su rostro, en el que resaltaban los ojos
desorbitados–. ¡La guardia del Nordeste ha caído!
Se hizo el silencio en la sala.
–¡Habla! –rugió Otón.
–Los... ¡Los asaltantes! ¡Señor, os lo juro!
¡Derribaron las piedras del muro exterior! Su fuerza es increíble... ¡No son
humanos!
–¿Habéis reforzado la brecha? –preguntó
inmediatamente Otón al oficial mayor. Por alguna extraña razón, no dudaba de la
palabra del joven.
–Si, Señor. He enviado hacia allá
trescientos infantes.
–Sigue hablando –ordenó Otón al muchacho.
–Utilizaron un ariete metálico –continuó el
joven–. Lograron cruzar con él el foso y golpearon en la base del muro, hasta
abrir un enorme boquete en él.
–¿Romper
el muro? –casi chilló Ivar.
Un trueno reventó sobre sus cabezas.
–Sí, Señor Abad Mayor –respondió
humildemente el soldado–. Parece increíble, pero ocurrió. Les arrojamos flechas
y piedras desde los parapetos. Pero ellos... ¡ellos volvían a levantarse, a
pesar de ser heridos sin compasión!
–¿A qué te referías cuando dijiste que no
eran humanos? –preguntó Otón.
El informador titubeó. Al fin, se persignó
rápidamente y echó a hablar.
–¡Son diablos, Señor! Visten cotas de mallas
y armadura, pero tienen cuernos y colmillos. ¡Y rabo! ¡Sus ojos son rojos, y
algunos exhalan fuego por la boca! ¡Os lo juro por Dios Nuestro Señor!
–¡Blasfemo! –gritó Ivar–. ¡Estás loco!
¡Serás interrogado y juzgado por los inquisidores!
–¡No! –el mozo lloraba, histérico–. ¡Yo lo
vi! ¡Lo vi!
–Lleváoslo –ordenó Otón.
El oficial mayor casi lo tuvo que sacar a
rastras del cuarto.
Otón e Ivar cruzaron lúgubres miradas.
Entonces, un oficial de la guardia penetró a la carrera en el cuarto. Su
armadura ligera aún chorreaba agua de lluvia.
–¡Burgomaestre Otón! –el hombre luchaba
contra el miedo y la desesperación–. ¡Todo el sector Oeste de la fortificación
externa ha caído! Nuestros hombres lucharon denodadamente, pero sólo unos pocos
logramos escapar. Los invasores son increíblemente fuertes... ¡y el acero no
les afecta!
Otón vestía la armadura de batalla, incluido
el yelmo de hierro. La lluvia empapaba su rostro, convulsionado por el horror.
Había ordenado movilizar a todo varón capaz
de empuñar un arma. Un contingente de mil hombres armados quedaba encargado de
establecer el orden entre la población civil, que a estas alturas ya habría
perdido los nervios. Durante la última hora toda la muralla externa de Cztesjow
había caído con pavorosa celeridad. Los soldados desertaban de sus puestos
cuando contemplaban a los invasores. Y no había promesa o castigo capaz de
hacerles volver al frente.
Al parecer, la fuerza invasora en realidad
contaba con más de diez mil soldados, y continuaba cerrándose en círculo
alrededor de la ciudad. Otón aún no quería creer lo que se contaba de los
agresores: cuernos, piel escamosa, lengua viperina y ojos rojos y brillantes
como polilla ahítas de sangre. Y ninguno de ellos moría: aun erizados de
flechas y tajados brutalmente por hachas y espadas, seguían peleando sin
disminuir su vigor.
No mostraban compasión: diezmaban a los
polacos con la facilidad de la guadaña en el trigal. Y reían mientras lo
hacían. No tomaban prisioneros.
La cuestión de salvar la ciudad había
quedado obsoleta. Ahora se trataba de encontrar la mejor vía de escape. Otón
había hecho multitud de planes con sus estrategas. La mejor forma, la única, de
hacer huir a la población civil, aún segura en el centro de la ciudad,
consistía en atacar sobre el enemigo con un ejército en cuña. Tal vez por la
brecha pudieran huir los habitantes de Cztesjow. Por supuesto, era un plan
imposible, pero había que intentarlo.
Otón siempre creyó ser capaz de empuñar el
arma y morir luchando. Mas, cuando, desde aquella alta torre en el borde de la
zona edificada, contempló a los enemigos, su resolución vaciló como una llama
de vela golpeada por el viento.
Bajo la lluvia furiosa pudo distinguir una
masa de seres levemente parecidos a hombres que empuñaban picas, hachas y
espadas. Reían y aullaban locamente. Sus ojos brillaban con fulgor de rubí. Y
se abrían paso alzando y bajando maquinalmente las armas, destrozando los
cuerpos de quienes osaran cruzarse en su camino. Aquello parecía un enjambre de
cuerpos rabiosos, una ola arrasadora de carne y metal.
En menos de veinte minutos llegarían a la
torre desde cuya azotea el burgomaestre contemplaba la batalla.
Otón escuchó a uno de sus oficiales rezar el
Padrenuestro. Nadie más osaba hablar. Sólo Borowsky, uno de sus mejores
estrategas:
–Señor, hemos de retroceder.
–¿A dónde? –preguntó Otón con voz átona–. No
hay posibilidad de salvación. Valdría más que empuñáramos aquí y ahora nuestras
armas y lucháramos hasta el final.
–Pero el plan para salvar a los civiles...
–Están ya muertos. Todos lo estamos. Los
enemigos no nos permitirán huir. No atenderán a razones. ¿Es que no los veis?
Son diablos. Van a aplastar entera nuestra ciudad.
Un capitán mayor echó a correr hacia las
escaleras. Otón no se lo reprochó. Otros pocos también huyeron, resbalando
sobre el suelo de piedra encharcado. El horror había quebrantado su sentido de
la disciplina.
Otón endureció el mentón.
–Dadme una espada y un escudo.
–Pero... ¡Señor!
–En vos queda el mando de la ciudad.
Renuncio al cargo de burgomaestre. ¡Vuelvo a ser un simple soldado!
Rió a carcajadas, y más cuando empuñó la
recta y larga espada y se embrazó el escudo.
Bajó celéricamente las escaleras. Su rostro
apasionado y demente hizo huir a cuantos subordinados hallaba en su camino.
–Si hay que morir, ¡lo haré luchando! –gritó.
Su risa de loco resquebrajó la moral de los
hombres, quienes se dispersaron confusamente. Pero muchos lo siguieron,
enarbolando las armas, dispuestos a caer en liza. También los hubo que se
arrodillaron y rezaron entre sollozos.
Otón no subió a ningún caballo. A los mozos
de caballería les resultaba imposible controlarlos. El burgomaestre echó a
correr sobre el fango en dirección a la multitud enemiga. Cerca de quinientos
guerreros polacos le acompañaban, aullando, enloquecidos por el horror y la sed
de sangre.
La lluvia le impedía ver los cuerpos de los
enemigos, pero en la obscuridad resplandecían sus ojos de color bermellón. Otón
descargó un espadazo en el cráneo de un luchador con garras descomunales y
rostro de pesadilla. Le hendió la cabeza hasta la garganta. El ser seguía
riendo, pese a soltar chorros de sangre humeante. Su aliento hedía a azufre.
Una flecha rota surgía de entre sus costillas, cubiertas por el peto de la
compañía de Wolfgang El Rojo. Otón
paró un espadazo. Guerreó sin control alguno de sí mismo. El ejército polaco le
alcanzó, como una marea de cotas de mallas, espadas y escudos. La infantería se
abrió paso a tajo limpio. Un relámpago iluminó la escena, mostrando cuerpos
sobre cuerpos, sangre que la lluvia se llevaba, demonios con patas de carnero y
cola serpentina contra soldados aterrados y rabiosos.
La obscuridad volvió, y con ella el crujido
del trueno enmudeciendo momentáneamente los gritos y el restallar de los
aceros.
Otón sintió colmillos en el cuello. Alzó el
brazo izquierdo y golpeó con el muñón, pues le habían amputado la mano de un
hachazo. Cinco criaturas gargolescas lo apresaron con dedos inexpugnables,
acarreándolo acto seguido fuera de la carnicería. Reían obscenamente y hablaban
entre ellos en un idioma digno de reptiles.
Al fin lo arrojaron al suelo enfangado. Otón
levantó la cabeza, molida a golpes. Su único ojo sano distinguió, tras la
cortina lluviosa, una figura que conocía: Wolfgang El Rojo. Sus ojos brillaban como el vino tinto bajo el Sol. Ahora
poseía cola, un largo apéndice escamoso que latigueaba en todas direcciones.
–¡Wolfgang El Rojo! –aulló Otón–. ¡Sirves al Diablo!
Sonó como una acusación, mas Wolfgang rió a
carcajadas.
–¡Ya le servía antes de morir! –contestó–.
Pero deseaba tanto vengarme de Ivar y de ti que le vendí el alma a cambio de
esta justa revancha. Un alma tan condenada como tu negro corazón. Mi señor
Lucifer hizo revivir a las huestes de la Compañía Mercenaria y me prestó además
unos cuantos de sus ejércitos infernales... ¡Todo para haceros pagar vuestra
sucia traición!
Cara a cara con la muerte, hay hombres que
se derrumban y sollozan. Pero otros la aman más que a cualquier otra mujer e
inconscientemente la buscan durante toda la vida. Entonces, cuando la
encuentran, alzan la cabeza y ríen loca y desafiantemente. Otón pertenecía a
este segundo tipo.
–¡Acaba ya de una vez, Wolfgang, perro
amargado! –gritó el burgomaestre–. ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Mata también a
Ivar, ese gordo clérigo, que corrió levantando sus faldones cuando olió el
peligro!
–No te preocupes por Ivar... Otro Más Fuerte
que yo se encargará de él.
Abrió la garra y un mercenario del Infierno
le pasó un hacha descomunal.
Otón miró fijamente al rival, gruñendo como
un perro de presa. Se debatió, pero le obligaron a arrodillarse y humillar la
cabeza. Le despojaron del yelmo, el peto y la cota de mallas. Manos escamosas doblegaron
su testa. Ahora mostraba el cuello, desnudo, brillante, mojado. El burgomaestre
reía rabiosamente. De pronto, experimentó un chispazo de dolor. Estaba rodando
sobre un charco. Su cuerpo decapitado, a un metro de él, temblaba
espasmódicamente. Otón deseó gritar, aullar contra el mundo entero. Pero se
hizo la Nada.
Ivar corría y tropezaba. Un pillo le había
arrancado la túnica de terciopelo y ahora su larga ropa interior se le pegaba a
las orondas carnes. Casi no podía ver a través de la lluvia. Cayó al suelo y
durante un instante gateó en el fango. Los tumultuosos le despojaron del
caballo y el cofre con las joyas. Su guardia personal huyó, abandonándole.
También su monje de confianza.
La ciudad era un caos absoluto.
Un relámpago disipó brutalmente las
tinieblas. En la calle, un demonio golpeó de revés con su maza a una muchacha,
reventándole el cráneo. El monstruo reía alegremente. Una gárgola viviente
devoraba las entrañas de un anciano recién degollado. Una partida de soldados
infernales saltaba y correteaba sobre el suelo infestado de cadáveres. No
dejarían ningún habitante con vida.
Ivar echó a correr de nuevo. Súbitamente,
una mano le tomó del brazo.
–Venid conmigo, Abad Mayor. Yo os ayudaré.
Era un hombre vestido con lujosa armadura
dorada. Su voz resultaba profunda, un oasis de calma en medio de aquel
estrépito. Ivar se dejó llevar y al poco entraron en el más próximo edificio.
El Abad respiró profundamente, ahora a salvo
de la lluvia. Se sentó sobre algo plano. Se escuchó el chocar del pedernal y el
eslabón. El caballero desconocido sopló sobre una lámpara con paja seca y se
hizo la luz. Llevó el candil hasta la mesa junto a la cual se había sentado el
Abad Mayor. Era un hombre delgado, alto, de porte imponente. Cuando se quitó el
yelmo, tocado en la frente por una pequeña cabeza de león rugiente, Ivar
descubrió un rostro masculino tan hermoso que le cortó la respiración.
–No os preocupéis, Abad Mayor –dijo aquel
caballero, que tenía al tiempo facciones de adulto y de niño inocente; mas sus
ojos... en ellos podía haber de todo menos inocencia.
–¿Quién sois vos, que me habéis salvado de
esas criaturas infernales? –preguntó Ivar, aún fascinado por su salvador.
–Yo soy su amo.
Ivar se quedó en silencio. Sus ojos trataban
de desentrañar el misterio; mientras, el caballero sonreía plácida... y
malignamente.
De pronto, Ivar comprendió. Y gritó. Cayó al suelo. Una cucaracha huyó a la carrera
para no ser aplastada bajo su peso. El Abad retrocedió casi a rastras, hasta
que su espalda chocó con una pared.
–¡Padre Nuestro y Señor Jesucristo, salvadme
del Mal! –chilló el Abad, con los ojos horrorizados clavados en el desconocido.
El caballero dorado rió alegremente.
–Mi buen Abad, no debéis temerme –dijo, con
voz suave–. A partir de hoy sois mío, de mi propiedad, y no sería correcto por
vuestra parte mostrarse irrespetuoso con vuestro nuevo dueño. He subido para
contemplar el trabajo de mis huestes. Y su labor me agrada.
–¡Retrocede, Maligno! –clamó Ivar–. ¡El Buen
Dios me protege, porque yo Le he servido!
El caballero rió de nuevo. Clavó su mirada
en Ivar.
–No. Me habéis servido a mí. Engañasteis a
un mercenario llamado Wolfgang El Rojo.
Y ello provocó una serie de hechos que han desembocado en el exterminio de
miles de inocentes. Siempre me habéis servido, mi buen Abad, aunque sin
saberlo. Lo habéis hecho mejor que muchos de mis más fervientes lacayos. Y,
aunque se dice que mi Reino está lleno de buenas intenciones, vos y yo sabemos
que ése no es vuestro caso.
–No... –Ivar casi musitaba las palabras–.
Yo... yo he contribuido a la construcción de catedrales... Cumplí con las
bulas...
–Ntsch, ntsch... Gracias a vuestras
maquinaciones y sed de poder, se ha incrementado el sufrimiento y el odio
globales.
–¡No! –chilló Ivar–. ¡No acabaré en el
Infierno! ¡He sido fiel a las Normas! ¡Subiré al Bendito Cielo!
–Permitidme dudarlo, Abad Mayor –sonrió de
oreja a oreja–. Si estáis equivocado, en mi reino sufriréis un castigo acorde
con vuestras acciones. Averigüemos quién de los dos lleva la razón.
Cerró su puño derecho. El corazón de Ivar
dejó de latir.
El caballero dorado miró durante un instante
el cadáver del religioso y después salió a la calle, aún poblada de diablos y
muerte. Un relámpago iluminó la ciudad arrasada. El trueno retumbó
ominosamente. La lluvia persistía.
Nota del autor
Cztesjow es una ciudad imaginaria. Igual
ocurre con sus habitantes y la Compañía Mercenaria de Wolfgang El Rojo. Cualquier parecido con los
sucesos acaecidos en esta historia es fruto de la casualidad.
Sí es verídico que durante el siglo XV los
polacos lucharon denodadamente contra los teutones, y que el rey Ladislao II
consolidó la soberanía polaca sobre el país. Como testimonio histórico, cabe
citar un comentario acerca de la batalla de Tannenberg, en 1410, tras la cual
los polacos quedaban como vencedores y los Caballeros Teutónicos conocían la
derrota:
“En este combate encontraron la muerte
cincuenta mil enemigos y cuarenta mil fueron hechos prisioneros. Fueron
capturados cincuenta y un estandartes. Los vencedores se enriquecieron con los
despojos del enemigo. Aunque cuesta trabajo creer las cifras de muertos, hay un
medio de confirmarlas: a lo largo de algunas millas, el camino estaba cubierto
de muertos. La tierra estaba impregnada de sangre y el aire se cubría con los
gritos y lamentos de los moribundos. (Joannis Dlugossi seu Longini Canonici Cracoviensis Historiae Polonicae
libri XI).”
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