En Conan.
Aguardamos en la obscuridad, entre paredes
de piedra. Oímos a la muchedumbre, allá afuera. Impacientes y sedientos de
sangre, miles de ciudadanos del Imperio Romano desean vernos pelear y morir. La
cacofonía de sus voces se me antoja el rugido de una bestia hambrienta.
Trato de pensar pragmáticamente. Yo, Iombar,
británico de nacimiento, soy el Jefe Gladiador del Grupo Azul. Somos los
mejores, imbatidos durante dos años. Muchos compañeros han caído en la arena
con las tripas colgando del abdomen. Mas pronto fueron reemplazados, y el
equipo conserva todo su poder.
Escudriño en la tiniebla, buscando los
rostros de mis hombres. Veo a Kunn, el nubio. Su negra piel reluce de sudor, el
ancho pecho sube y baja rápidamente. Zeani tiene ascendencia egipcia. Sus
castaños ojos despiden chispas mientras anhela, como todos, la lucha. Marco y
Publio eran dos asaltadores que actuaban en los alrededores de la capital. Sus
compañeros fueron crucificados. A ellos dos los emplearon en el Circo debido a
su bravura y coraje.
Y yo, capitaneándolos, estoy tan ansioso de
lucha y sangre como el que más.
Ciato, nuestro entrenador, fue en su
juventud un gladiador de éxito. Se nos acerca, imponiéndose su enorme figura
sobre el resto de las sombras.
–Recordad: el Grupo Rojo tiene dos
"redes" en sus filas –cada hombre es designado por el arma que porta–,
también una "maza". ¡Zeani y Kunn, los más ágiles, ocupaos de las
redes! ¡Tú, Iombar, encárgate de la maza! El resto de los Rojos serán presa
fácil. Y recordadlo: ¡ganaremos!
–¡Sí! –grita roncamente Marco–. ¡Los
mataremos a todos! ¡A todos!
–¡No puedo esperar más! –agito mi espada
corta con nerviosismo.
La ansiedad me trae loco. Mis otros
compañeros también se revuelven como fieras inquietas.
–¡Ya se levanta el rastrillo! –grita Ciato–.
¡A por ellos!
Suena un crujido chirriante y al fondo de la
sombras se abre un pequeño recuadro de luz. Pasamos a través del hueco. Voy el
primero. Veo la cara temerosa del empleado que guarda esta puerta.
–Que tengáis suerte, gladiadores...
Kunn le envía al suelo de una patada en el
estómago.
–¡Aparta, inútil!
Ante mí, el rastrillo termina de alzarse. La
luz del Sol golpea mis pupilas. Salgo afuera y alzo los musculosos brazos en
señal de triunfo. Mis compañeros hacen lo mismo. Rugen y gritan.
El fervor de las masas es ensordecedor.
Miles de cabezas que gritan y chillan, insultan o veneran. Somos dioses. Pero
sólo mientras continuemos ganando. La muchedumbre, esa bestia sedienta de
sangre, no perdona a los vencidos.
Cincuenta metros al frente veo surgir al
Equipo Rojo. Son cinco, como nosotros. Sus corazas, faldellines, sandalias y
protectores son de color sangre. Nosotros, atendiendo a las normas, vestimos de
azul.
La cabeza me estalla. Echo a correr hacia
los enemigos, enloquezco. Me encanta esta sensación.
–¡VAMOS! ¡AL DEGÜELLO! –me oigo gritar.
Mis compañeros echan a correr tras de mí. El
griterío aumenta más aún su volumen, es pura energía eléctrica que me vuelve
más y más peligroso.
Veo las figuras rojas acercarse. Hay dos
negros enormes. Un tipo rubio (quizás. nórdico o germano) parece el Líder Rojo.
Enarbola una maza claveteada con puntas de hierro. Él es mi objetivo.
Estamos ya muy cerca. Tanto ellos como
nosotros nos desplegamos. Según las normas, los combates han de ser
individuales, un hombre contra un hombre. No puedes ayudar a un compañero hasta
que acabes con tu rival.
El Jefe Rojo baja su maza y la sube en un
golpe a dos manos. Salto hacia la derecha, el arma pasa cerca de mi abdomen.
Hubiera sido una tontería intentar pararla con mi escudo de antebrazo, me
hubiera roto el miembro hasta el codo.
Giramos uno alrededor del otro. Sus ojos
azules parecen salírsele de las órbitas al mirarme. Sopesa en sus manos la maza
de mango largo y cabeza maciza, cilíndrica. Estoy seguro de que es un maestro
con tal artefacto. Sus labios aparecen morados, cubiertos de espuma. Ha debido
ingerir estimulantes y bebedizos que potencian la agresividad. Ciato no nos los
proporciona. Prefiere que en el combate mantengamos la cabeza lo más fría
posible. El enemigo me escupe un torrente de palabras en su tosco idioma. Por
el rabillo del ojo veo a Kunn esquivando la red que le echa su rival. El nubio
se mueve como una pantera.
El Jefe Rojo se lanza otra vez al ataque.
Golpea hacia izquierda y derecha, imprime a sus lances gran potencia merced a
repentinos giros de cadera. No intento pararlos con el escudete. Retrocedo
ágilmente, la maza corta el aire a escasos centímetros de mi barbilla.
No me gusta pelear a la defensiva. ¡Quiero
su sangre! Mas no puedo enfrentarme a esa maza, un solo golpe me haría pedazos,
he de esperar a encontrar un hueco y atacar con la espada.
El bárbaro, enloquecido por la droga,
arremete con un tosco golpe descendente. Intento no sonreír, lo esquivaré y
golpearé en su flanco, bajo el peto. La maza cae, yo la esquivo y, entonces,
para mi sorpresa y horror, su dueño la voltea hacia arriba y la derecha antes
que toque el suelo. ¡Yo esperaba que el arma se hundiera en la tierra pero él
me ha engañado!
Me retuerzo y protejo con el escudo de
antebrazo. La maza impacta en él. Siento que algo chasquea en mi codo, el golpe
retumba hasta el hombro. El dolor... ¡El dolor! Es helado y arrasador. Trato de
sobreponerme aunque me tiemblan las piernas. Mejor es perder un brazo a la cabeza.
Me trago el grito, me alejo. Él ataca sin
piedad, tal como lo haría yo. Mi brazo izquierdo cuelga fláccido a la altura
del codo. Intento levantarlo y la agonía me atraviesa. La maza viene y va, roza
mi hombrera derecha, barre el suelo y he de saltar para que no haga pedazos mis
tobillos. Él perpetra una estocada, intentando atravesarme con el pincho
superior de la maza. Éste es un mal movimiento para un arma pesada y aprovecho
la oportunidad: giro hacia afuera y mi espada golpea una mano desprotegida. Le
he cortado tres dedos, que caen a la arena como gordos gusanos. Él grita. La
droga intensifica el dolor tanto como la ira.
Trata de protegerse, mas ya estoy junto a
él, mi espada entra y sale por debajo de su peto. Le he atravesado el hígado y
un pulmón. Se envara y gruñe. Piadosamente, le rebano el cuello, privándole así
de ser devorado vive por las fieras.
Trastabilla. Tiene pecho y abdomen manchados
de sangre. Intenta gritar, pero le he cortado las cuerdas vocales y la tráquea.
La sangre deja de llegar al cerebro y pierde el sentido. Se desploma, muerto,
en la arena.
Me vuelvo, empapado en sudor y medio mareado
por el dolor del antebrazo roto.
Veo a Marco en el suelo, atrapado en la red.
Su captor, uno de los dos negros del Equipo Rojo, ensarta a su víctima una y
otra vez con el tridente. Marco alza una mano, escupe sangre y muere.
Cercano a tal drama, Zeani levanta la cabeza
decapitada de su rival. Ríe salvajemente.
Kunn tiene entre sus manos un tridente,
robado a su enemigo, y con él ensarta al rival.
Veo, muy lejos, a Publio correr detrás de su
contrincante. Éste sangra por un costado. Mi compañero lo sigue enarbolando en
cada mano una espada.
El que ha matado a Marco mira a su
alrededor. Ve a sus compañeros muertos o derrotados. Desesperado, lanza una loca
carcajada digna da Marte, Señor de la Guerra.
Corre hacia mí apuntándome con el tridente.
Me agacho ágilmente, cortándole los tendones de la rodilla izquierda. Se
desploma en el suelo. Intenta levantarse pero no puede.
Me mira aterrorizado.
–¡Mátame, por favor! –suplica–. ¡No quiero
que las fieras me devoren vivo! ¡Hazlo!
Yo también desearía una muerte rápida y
limpia, así que hundo la espada en su cráneo.
Saco el arma y me vuelvo hacia mis hombres.
–¡Vamonos! –grito–. ¡Van a salir las fieras!
Publio deja de perseguir a su presa. Kunn y Zeani ya corren hacia el portón por
donde hemos salido a la arena.
Veo el rastrillo de las fieras alzarse. El
pánico me hiela el pecho. Leones y leopardos, sometidos al hambre durante dos
días, surgen al ruedo. Ellos darán cuenta de los vencidos. Los animales miran a
su alrededor, asustados por el griterío del público. Rugen atronadoramente. De
pronto, huelen la sangre.
Yo ya estoy corriendo, aunque el antebrazo
izquierdo, hinchado y azul a causa de la hemorragia interna, me duele
atrozmente. De no haber estado protegido por el pequeño escudo la maza me lo
hubiera arrancado del codo.
Miro hacia atrás. Veo al que huía de Publio
retorcerse entre las zarpas de un gigantesco león. Las otras fieras están dando
cuenta de los cadáveres.
Entramos en el pasillo, el rastrillo se baja
con gran estruendo. Estamos a salvo. Jadeamos ruidosamente, empapados en sudor.
–¡Hemos ganado! –grita Kunn, riendo.
Pronto todos le imitamos. El pasillo de
piedra se convierte en un estallido de carcajadas y aullidos victoriosos. Nadie
recuerda al compañero caído, en nuestra vida no hay lugar para el pasado.
¡Sobrevivimos, eso es lo que cuenta!
–¡Lo habéis hecho bien! –Ciato sale a
recibirnos.
Su severo rostro se curva en una extraña
sonrisa, ya que él no sabe sonreír, sólo vociferar y hacernos sufrir en los
entrenamientos.
Aspiro aire con fuerza... ¡porque estoy
vivo! ¡He escapado de las fauces de la muerte!
–Esta noche, ¡vino y rameras para
celebrarlo! –aúlla Ciato.
–¡Y un gran banquete! –grita Zeani.
–¡También!
Mi vida transcurre monótonamente. Pero es
una monotonía terriblemente intensa y que nunca aburre.
Cada día Ciato inventa nuevas maneras de
crueldad en los entrenamientos.
Hoy, por ejemplo, nos ha hecho correr sobre
veinticinco metros de carbones ardientes con los pies desnudos. Sobre los
hombros transportamos un saco de piedras. El que no corre y salta con rapidez
sufre quemaduras en las plantas de los pies. Ciato nos hace repetir la prueba
una y otra vez, incansablemente. A mí no me ayuda el hecho de llevar el
antebrazo entablillado y atado al tronco. Tengo que sujetar el saco lo mejor
posible con una mano. Uno de mis compañeros tropieza y se quema una rodilla.
Grita de dolor.
–¡Arriba, niñita! –Ciato siempre nos llama
de tal guisa–. ¡Cuando las fieras te devoren me reiré a tu costa!
El aludido aprieta los dientes y se levanta.
Sigue corriendo, con la rodilla humeante y rojiza.
–¡Rapidez, agilidad y técnica! –ése es el
grito de batalla de nuestro entrenador.
Nos lo chilla incesantemente. A veces, por
la noche, algún sonámbulo muge tal rezo hasta que le gritan que se calle.
La preparación física, que dura cuatro
horas, resulta brutal. Nos levantan con la salida del Sol, tomamos rápidamente
algunos alimentos concentrados y mucha agua y después Ciato nos tortura hasta
el almuerzo: hemos de levantar pesos, correr, saltar, escalar cuerdas y muros,
esquivar, revolvernos, tirarnos al suelo, avanzar a rastras, agacharse y
levantarse y un sin fin más de ejercicios básicos. Estoy seguro de que por las
noches nuestro entrenador se devana los sesos buscando nuevas formas de
martirio.
Tras un brutal almuerzo, en el cual
devoramos kilogramos de carne y litros de agua y vino, dormimos profundamente
durante dos horas, dándole un merecido descanso a nuestros torturados músculos.
Ciato nos levanta del catre a patadas.
Salimos del barracón a la carrera. El último en hacerlo limpiará las hediondas
letrinas y sufrirá junto a los "inútiles" (aquéllos que se rezagan o
no se concentran durante el entrenamiento) una hora extra de sudor y
endurecimiento muscular.
Este entrenamiento de la tarde se basa en el
manejo de armas y técnicas de lucha. Resulta al menos el triple de duro que el
matinal. Al cansancio físico hay que unir el mental, pues debemos concentrarnos
en ejecutar los movimientos, ataques y fintas. Ciato hace un doloroso hincapié
en la técnica. Afila nuestra destreza y conocimientos con armas hasta límites
insospechados. Por ello somos los campeones. No se estanca en el uso de armas
tradicionales, sino que se rumorea visita a maestros y soldados llegados de
tierras lejanas y les interroga implacablemente hasta dominar formas de lucha
extranjeras y empleo de armas exóticas, inculcándonos a nosotros tal
conocimiento después.
Cuando ya el brazo que sostiene la espada o
la lanza se derrumba, exhausto tras repetir un movimiento miles de veces, Ciato
reparte sus temibles puñetazos e incrementa la velocidad del entrenamiento.
Empleamos las dos últimas horas en el combate. Ciato nos entrega armas de
madera y, aunque no suele haber fracturas de gravedad, solemos terminar llenos
de hematomas y moratones por todo nuestro endurecido cuerpo.
Nuestro entrenador es invencible, el mejor
luchador que he visto jamás. Maneja a la perfección todo tipo de armas. Sé que
otros entrenadores basan su trabajo en la fuerza y potencia. Él perfecciona y
depura incansablemente nuestra técnica. Nosotros somos muchas veces más fuertes
que él, pero sus conocimientos de lucha le hacen superior. Las armas vuelan
entre sus manos, sus puños son tan ágiles que deja sin sentido a cualquiera
antes de que la víctima comprenda qué ha pasado.
Por la noche nuestras últimas fuerzas se
emplean en comer la abundantísima cena que nos sirven. Literalmente la
devoramos. De ahí a la cama, donde apenas cerramos los ojos ya estamos
dormidos.
Nuestro entrenador es especialmente cruel
con los novatos. Cuando llegan, procedentes de las prisiones civiles o
militares, se muestran llenos de rabia, odio y orgullo herido. Ciato se
enfrenta a los más osados y resuelve los problemas a golpes. A alguno ha
llegado a matarlo de un puñetazo. Así los somete desde un principio a su
voluntad. Sonríe diabólicamente cuando los obliga a correr hasta que vomitan el
contenido de sus estómagos sobre el pecho. Entonces les hace aumentar la
velocidad de carrera, a pesar de las violentas arcadas. Todos hemos pasado por
eso y sabemos que en pocas semanas el organismo se endurece y convierte en una
máquina poderosa y rápida con tan poca grasa que los músculos abultan
rocosamente bajo una piel cristalina.
A pesar de todo, nuestro entrenador es muy
apreciado. Sobre todo porque no permite, como hacen los otros, que políticos y
comerciantes influyentes se lleven a algunos de nosotros para servirles como
amantes. A pesar de las presiones recibidas Ciato se opuso radicalmente a ello.
Algunos sospechan que, cuando fue gladiador, burgueses adinerados abusaron de
él y por eso no consiente que nosotros suframos el mismo trato. Por contra,
permite que las damas romanas, casadas con adinerados y gordos maridos, se nos lleven
para sus bacanales y orgías.
Alguno ha pasado de ser gladiador a esclavo
de compañía de una rica burguesa. Nadie envidia su suerte, pues cuando dichas
mujeres se cansan de ellos y dejan de protegerlos los maridos suelen darles
muerte de manera cruel.
Dos veces a la semana se nos obsequia con
prostitutas para nuestra diversión. Las usamos, ellas se llevan su dinero y
todos quedan satisfechos. También tenemos nuestra pequeña bacanal, una vez cada
cinco días, una noche durante la cual bebemos, comemos, vomitamos y continuamos
bebiendo y comiendo hasta la extenuación. Al día siguiente el entrenamiento
será aún más temible y sudaremos el doble.
Vivimos en una pequeña fortaleza anexa al
Circo. Se podría decir que nunca salimos de éste. La fortaleza es gigantesca,
dividida en varias secciones donde se alojan los cinco grupos rivales: verde,
azul, rojo, blanco y negro. Hay patios para paseos, gimnasios, baños y
barracones. Los únicos que pueden salir del Circo son los entrenadores. Ciato
tiene una pequeña villa en las afueras de la ciudad. Se cuentan muchas
historias de él (a nadie se le ocurriría preguntarle personalmente).
Se oye que sirvió, de joven, en campañas
extranjeras y que una traición le llevó a la deserción y el bandidaje. Fue
capturado y pasó tres años en el Circo, realizando grandes proezas. Se dice que
llegó a matar a un león, hecho que le valió el indulto del público y
convertirse en entrenador. Ya no tendría que salir nunca más a la arena para
luchar. Al parecer, en su villa tiene una esposa y hasta esclavos. Pero él vive
casi todo el tiempo en el Circo, entrenando a los gladiadores.
Sin embargo, a pesar de todas sus
prerrogativas, no es libre. Le está prohibido alejarse de la capital, tiene
unos cuantos derechos civiles y, por supuesto, no posee la Ciudadanía Romana.
No puede dirigir discursos en el foro popular y, de tener en contra a algún
noble o aristócrata, no podría defenderse en el juicio y acabaría sin duda
crucificado o devorado por las fieras.
Treinta gladiadores estamos a su cargo, en el
Equipo Azul, y los cinco mejores combatimos en la arena. Sólo acceden nuevos al
quinteto por causa de muerte o incapacidad de los titulares. Hay múltiples
reservas, dispuestos y afilados para entrar en acción.
Ciato es inflexible con quienes no soportan
su terrible ritmo de trabajo: se mueren en el entrenamiento o los expulsa de
sus filas. Entonces, pasan a manos de otro entrenador. El nuestro nunca acepta
a los expulsados de otro grupo. Sólo admite material "de primera
mano".
Nadie ha escapado con vida del Circo. Se
cuenta la leyenda de un tal Espartaco, quien muchos años atrás lograría
comandar una rebelión, de gladiadores... ¡Una rebelión de gladiadores! Esta
idea a veces me da vueltas en la cabeza cuando, extrañamente, sufro de
insomnio. Sin embargo, sospecho que tal historia no es más que la fábula de
algún fantasioso luchador. Parece imposible escapar del puño de hierro del
Imperio, por mucho que a Ciato, cuando bebe (raramente), se le escapen
comentarios en contra del poderío romano; dice que el Imperio caerá, víctima de
la corrupción y falta de disciplina. En sus propias palabras, "la espada,
antes cortante y poderosa, ahora tiene el filo oxidado y mordido por culpa de
la burocracia y los militares incompetentes". Afirma que las fronteras del
Norte bajan más año tras año. Los vándalos y bárbaros se envalentonan y los
emperadores son elegidos no por su valía sino a causa de intrigas e intereses
económicos, algunos resultando del todo inútiles.
Además, están los cristianos. En contra de
los comentarios de Ciato, yo no creo a los cristianos tan poderosos como para
hacer daño al Imperio... ¡Una religión que predica la piedad en una época de
guerras! Es imposible que triunfen. Los nobles se convierten al cristianismo
tal y como hicieron antaño con los cultos de Egipto o Extremo Oriente,
simplemente porque está de moda. En un mundo como el romano, donde conviven mil
y una religiones, los adinerados se apuntan a cada nueva y extraña filosofía.
Los demás gladiadores no ocupan su mente en
tales reflexiones. Yo sí, y por ello me sé mentalmente superior a ellos. A
todos nosotros el Imperio nos ha pisoteado y arrancado de nuestros hogares.
Nadie parece recordarlo. Yo, por ejemplo, nací en la Britania. A pesar de que
lo intento con fuerza no puedo olvidar los recuerdos que me llegan en la noche.
Rememoro los prados verdes y frescos, el mar estrellándose contra los
acantilados, el sonido de carcajadas y cantos en las fiestas, la sonrisa
natural de las muchachas jóvenes, cada una más valiosa que mil rameras o
burguesas romanas...
Nací y crecí en el seno del Imperio. Mi país
estaba ya ocupado por las Legiones. Sin embargo, había un fuerte movimiento de
resistencia. Atrincherados en el terreno más abrupto y encrespado, los rebeldes
practicaban el combate de guerrillas contra Roma. En cuanto pude empuñar un
arma huí de mi aldea y me uní a los insurrectos.
Los siguientes años fueron duros, plagados
de derrotas y alguna pequeña victoria. Finalmente, fuimos aplastados debido a
la traición de un compatriota ruin y ambicioso.
A los supervivientes nos embarcaron en
galeras. Estos barcos descendieron hacia el Sur, realizando una travesía de
cabotaje. Pasamos entre África e Iberia y atravesamos el Mediterráneo. Durante
el tiempo que pasé moviendo remos llegué al aplastante y amargo convencimiento
de que resultaba imposible vencer al Imperio. A fuerza de latigazos y palizas
me habían quitado la rebeldía, mas no el odio.
Fui vendido como esclavo en la misma Roma.
Debido a mi aptitud para el combate pasé al Circo. Soy uno de los gladiadores
más veteranos, he luchado en la arena durante dos años. Dentro de la desgracia
que supone la esclavitud, esta vida no me desagrada. No hay tiempo para
amargarse, como ocurriría de servir a algún gordo terrateniente. Me gusta la
lucha, desde joven he peleado y no me resignaría a una vida cómoda y
sedentaria. Éste es un camino limpio, la derrota supone la muerte, la victoria
el éxtasis del triunfo.
Y sin embargo, vuelvo a mis reflexiones y
recuerdos. Veo volar los pájaros en el cielo. Entonces, la furia me corroe y
domina. Yo debería ser libre. A pesar de mi vida excitante y rápida, soy tan
sólo un esclavo, carne de cañón para el Imperio.
Hoy echan a la arena a los cristianos. Los
sueltan junto a los ladrones y asesinos. Están todos aterrorizados, en el centro
del ruedo. La multitud se burla de ellos y pide sangre. El rastrillo de las
fieras sube y surgen los enormes y hambrientos felinos. La mayoría de los
condenados echa a correr. Intentan subir por la lisa pared circular. El público
los insulta y les lanza huevos y fruta podría. Sólo dos quedan quietos, de
rodillas en el suelo, rezando a su extraño dios. Son un anciano y una niña. Las
fieras los devoran rápidamente, disputándose los trozos de carne. Acaban con el
resto. El público ruge, satisfecho y contento. No odio a los leones y
leopardos. Actúan sin maldad, siguiendo los dictados de su naturaleza.
Pero cuando miro a las masas enfervorizadas,
siento repulsión y asco, una rabia que me ahoga.
Mis compañeros gladiadores no parecen tan
afectados como yo. Comentan la carnicería, gastan bromas... Sólo en los ojos de
Ciato veo un brillo similar. Él también tiene conciencia de su esclavitud.
Salimos a la arena. Gertes, un íbero
combativo de enormes espalda y pecho, ha substituido a Marco. Bebe, come y
lucha como el que más. Es un tipo salvaje y me resulta simpático. Lucharemos
contra el Equipo Negro. Los veo, cincuenta metros frente a mí. La energía
enloquecedora me asalta de nuevo. Levanto mi espada y mi hacha. Rujo. Mis
compañeros hacen igual. Corro hacia el enemigo. Avanzamos en forma de cuña. Yo
adopto el papel de punta afilada. Somos el equipo más agresivo. Sé que el resto
nos tiene miedo.
Vivir o morir, es todo un juego. Nada me
importa más que moverme, saltar, correr, luchar... Nos hemos acostumbrado a la
cercanía de la muerte tal y como lo hace la persona casada con su cónyuge.
El equipo negro está compuesto de cinco
gladiadores. Son todos de raza blanca. Hay una "red", armado con
tridente. Éste será el más peligroso y de él me ocuparé.
Se produce el choque. Nos llega una tormenta
sónica desde las gradas. El enemigo me lanza la red. La esquivo. Veo por el
rabillo del ojo al emperador. Hoy ha venido a ver los Juegos. Está rodeado de
nobles y otros parásitos. Un odio brutal surge de mi interior al contemplar su
sonrisa divertida. He de concentrarme en la lucha.
Retrocedo sobre las puntas de mis pies. Si
me quedo quieto la red caerá sobre mí y mientras trate de zafarme de ella mi
rival me ensartará con su tridente. No puedo ver sus ojos y eso me incomoda.
Viste un negro yelmo de hierro. Debe ser un hombre de gran voluntad para
soportar el calor que produce su casco. Por contra, posee la ventaja de que un
golpe en la cabeza no le afectará seriamente. También tiene cubiertos hombros,
abdomen y pecho. Sin embargo, bajo la ligera falda de cuero las piernas
aparecen desnudas. En ellas golpearé.
Es rápido y hábil, maneja soberbiamente sus
armas. No se limita a las estocadas sino que golpea de revés, utilizando
también el extremo inferior del tridente. Alguna vez he de agacharme para
esquivar el asta metálica, que rompería mi cráneo de alcanzar su objetivo.
Trata de mantener la lucha en una distancia media-larga. Si me acerco mucho la
red no le servirá de nada. He de seguir buscando un hueco en su enconada
defensa.
Oigo un grito, veo una nube de sangre. El
íbero ha decapitado con su espada larga al rival. Corre a ayudar a Kunn, quien
sangra a raudales por un escalofriante tajo en el pecho. El negro morirá, he
visto demasiadas heridas y sé reconocerlas. Él también sabe cuál será su
suerte. Sus ojos se desorbitan y carga contra el sonriente enemigo.
El tridente pasa a mi derecha, la red vuela
sobre mí. Debería alejarme, pero el duende de la temeridad pica espuelas. Me
lanzo al suelo, avanzo casi en cuclillas bajo la red cuando ésta se halla aún
en el aire. Él lanza una estocada desesperada, mi espada para el ataque
encajándose entre dos puntas del tridente. Mi hacha golpea y vuela su mano
izquierda, aquélla que manejara la red. Ésta cae al suelo tras de mí. Empujo
con la espada, aún trabada en el tridente. Él retrocede chillando mientras se
mete el muñón chorreante bajo la axila derecha. No puedo ver su rostro, pero sé
que está aterrorizado. Gruño como un oso, levanto su tridente y le rajo una
rodilla con el hacha. Cae al suelo, aullando de dolor. En su nerviosismo ha
soltado el tridente. Lanzo una estocada perfecta con la espada, el filo se
hunde entre peto y yelmo, atravesando garganta y columna vertebral. Saco el
arma. Él se convulsiona espasmódicamente y muere.
Me vuelvo. Siento el pecho helárseme de
terror. Todos mis compañeros están muertos. ¡Todos! Gertes, Kunn, Zeani y
Publio permanecen en el suelo, bañados en sangre.
Los tres enemigos supervivientes se me
acercan empuñando sus armas cortas y largas. Sonríen ferozmente. Me acorralarán
como a un animal salvaje hasta darme caza. Uno contra tres supone muerte
segura.
Bien, hasta aquí ha llegado mi vida. Sólo
puedo acabar como empecé: luchando.
Tratan de envolverme. Yo retrocedo para que
se abran lo máximo posible. Si me convierto en el centro del triángulo estoy
perdido. Distingo la red en el suelo, tras de mí. Actúo con rapidez: la agarro
y lanzo sobre el del centro. Mientras trata de quitársela tomo el largo
tridente enemigo. Corro hacia el de la derecha, pero oriento el tridente en
dirección al atrapado por la red, ensartándolo a la altura del abdomen. Suelto
el tridente y lanzo tajos vertiginosos con la espada para mantener ocupado a mi
objetivo primario. El moribundo mira el tridente clavado en sus entrañas y cae
al suelo. El más lejano se me acerca esgrimiendo una maza claveteada. Lo
califico instantáneamente como el más lento, por lo cual no es prioritario
ocuparse de él.
A mi más inmediato rival lo acoso lanzándole
tajos. Giro sin cesar para que los dos se estorben entre sí. Me alejo, oigo el
titánico caos de la multitud enfervorizada.
Los dos corren hacia mí enceguecidos por la
cólera. Estoy en inferioridad numérica, pero tengo mucha más experiencia y me
sé todos los trucos.
El de la maza se me acerca como un toro furioso.
Veo el hueco en su defensa, me agacho y avanzo en cuclillas junto a su costado,
abriéndoselo con la espada. Gruñe, se me llena la cara con su sangre. Al
levantarme hago girar mi arma y le corto el gaznate. Ya está muerto.
Su compañero maneja, como yo, una espada. Es
hábil. Atacamos y retrocedemos, el acero choca brutalmente soltando chispas
incandescentes. Estamos muy igualados, pero yo soy más astuto. Me coloco frente
al Sol, entrecerrando los ojos, y ataco como un poseso. No le dejo pensar
durante unos segundos. De pronto doy dos pasos laterales, él gira conmigo y se
encuentra con la sorpresa de un Sol cegador golpeando sus pupilas. Alza un
brazo inconscientemente para protegerse de la luz. En ese segundo se decide el
combate, pues yo aprovecho el hueco en su defensa y hundo la espada en su
desprotegido gaznate mediante una estocada alta.
Me aparto rápidamente. La sangre chorrea por
su pecho. Abre mucho los aterrorizados ojos y cae de rodillas. Ya está
sentenciado.
Permanezco en pie, rodeado de cadáveres. Soy
el superviviente de un combate en el que nueve guerreros poderosos han
sucumbido. Pasan varios segundos antes de que me lo crea.
El público chilla tanto que siento peligrar
mis tímpanos. Los veo como una marea de rostros enrojecidos. Tras esta hazaña
lo más posible es que deje de jugarme la vida en la arena para pasar a entrenar
campeones. Podré salir del Circo, poseer una villa y disfrutar de ingresos
materiales substanciosos. Llevaré una vida cómoda y no tendré que sufrir los
rigores de la existencia gladiadora. Sonrío, lleno de energía y placer.
Entonces veo al emperador. Me mira desde su
palco. Habla con sus consejeros, ellos también me miran. Sonríe arrogantemente.
Comprendo que para ellos no soy más que un trozo de carne con el que se
divierten, un juguete viviente que martirizar por capricho, tal y como el niño
hace con la hormiga indefensa. A pesar de todos mis privilegios futuros siempre
seré un esclavo del Imperio, un peón más del engranaje.
La rabia vuelve. Todos los recuerdos y la
furia reprimida durante años surgen de mi interior e inundan mi mente,
llenándola de locura asesina. Tengo el derecho de elegir mi final y lo hago en
un solo segundo. ¡No soy un animal o un muñeco! ¡Soy un hombre!
–¡Muerte al Imperio! –aúllo.
Mi grito pasa desapercibido entre los de la
multitud. El emperador me mira, divertido.
Agarro la espada ensangrentada como una
pequeña jabalina. Doy tres grandes zancadas clavando mis ojos en él y lanzo el
arma. La espada traza una línea recta y se ensarta en su pecho, atravesándolo y
clavándolo en su butaca de fina y brillante madera.
Lo veo mirarse el ensangrentado torso. Tiene
los ojos abiertos como platos. ¿Dónde está ahora tu sonrisa arrogante, cerdo?
¡Me quitaste la libertad, esclavizaste a mi pueblo! ¡Paga por ello! ¡Muere!
Pierde el sentido. Estoy seguro de que lo he
matado. La espada, como poco, debe haber atravesado un pulmón, el cual pronto
se encharcará. El emperador no podrá respirar, se ahogará entre toses de sangre
antes que puedan restañar su herida. ¡Una muerte atroz para el tirano! Sus
allegados tratan de reanimarlo, sin éxito. Comprenden que ha llegado su fin,
tan justamente merecido.
En las gradas va imponiéndose el terror. Las
masas entienden por fin qué ha ocurrido hoy aquí. Las mujeres chillan, hay
gritos de incrédula sorpresa.
Un militar de alta graduación, junto al
moribundo emperador, me apunta con su dedo índice. He golpeado al Imperio,
ahora el Imperio se vengará.
¿Y qué me importa la muerte? ¡Por fin, he
ganado! ¡Soy libre! La energía inunda mis arterias... ¡Tengo el poder absoluto
sobre mi mente y mi espíritu, y eso jamás me lo quitarán!
Río triunfalmente, saludando a los dioses. Y
sigo riendo cuando más de diez flechas se ensartan en mi cuerpo. Muero en paz,
mi alma camina hacia la Gloria.
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