En Los Manuscritos
Perdidos y en Mercenarios del
Infierno.
Los viejos dioses luchan contra la llegada
de la cruz. Algunos guerreros no renuncian a sus antiguas creencias.
Sostengo un estandarte empapado en sangre,
os invito a que seáis valientes,
os conduzco a la tumba.
Vuestros huesos construirán mis palacios,
vuestros ojos adornarán mi corona.
Orgasmatron, Motörhead
Permanezco en pie, sobre las rocas,
contemplando el mar. Es un día frío y gris. El tipo de día que me gusta. La luz
del Sol pasa a duras penas entre la red de nubes. Las olas rompen contra las
piedras con fragor de bestia hambrienta. Su blanca gelidez empapa mis piernas
enfundadas en basta tela y cuero. El viento golpea mi rostro. Aspiro el salitre
del aire. La mirada se me pierde en el mar... Es tan vasto, tan hermoso y
letal... Me ha robado el corazón. Pertenezco al mar. A él, y a mi Señor Odín,
Dios de la Fuerza y la Sabiduría.
Cierro los ojos y noto su presencia, una
columna de fuego invisible que llega desde el cielo hasta mi cabeza. Esta
energía baja por mi espinazo y se expande por brazos y piernas. Agarro vigorosamente
el asa de mi escudo y el astil del hacha. Cuero, madera y metal escandinavos.
La Furia de Odín sigue penetrando en mí. Me llena con su fuego arrasador.
Estoy preparado para la batalla.
Al volverme y abrir los ojos, descubro a mis
vikingos. Esperan mi señal. También están dispuestos para luchar. Algunos
muerden los escudos con tal fuerza que les sangran las encías. Sus ojos se
desorbitan. Tiemblan espasmódicamente. Son mis segadores. Y los enemigos, sus
espigas.
Me abro paso entre ellos hasta encaramarme a
las más altas rompientes. Desde aquí, puedo observar la playa de guijarros.
En ella, se encuentran los hombres de Sigurd
El Torvo, y el propio Sigurd. Ya
acarrean fuera del agua los botes y los sacos que contienen el botín del último
pillaje. Se dirigen a una cercana zona de cuevas. En una de ellas pretenden
pasar la noche.
Sigurd no me espera, y por eso reparte
órdenes con talante relajado. Es noruego y vikingo, como yo. Pero se ha
atrevido a asolar las costas bajo mi control y tributo. Ese error le costará la
vida. No soporto la competencia. Durante toda mi existencia, me he regido por
la Ley de la Fuerza. Coger al mundo por el cuello y tomar lo que se desee de
él, sin pedir permiso ni perdón. Al final, sólo existe la Fuerza. Los Reinos se
crean y desaparecen gracias a la Fuerza. Los hombres triunfan gracias a la
Fuerza. La Fuerza del Espíritu y del Corazón. La Fuerza que Nuestro Señor Odín
nos da.
Una ráfaga de viento cortante alza sus
dorados cabellos. Sigurd está gordo, pero es ancho de hombros y rápido en la
pelea. Aunque viste cota de mallas, cuero y telas escandinavas, y tatuajes de
dragones adornan sus blancos y musculosos brazos, ostenta una cruz de oro en el
cuello. Como muchos otros vikingos, se ha convertido a la nueva religión.
Prefieren servir a los obispos y reyes cristianos, más ricos y poderosos, antes
que a los últimos líderes paganos. Sigurd ha olvidado las enseñanzas de Odín.
Hoy, va a pagar esa traición con sangre.
Miro a mis hombres. Esperan, agazapados tras
las rocas. Alzo mi hacha y mi escudo.
–¡Salve, Odín, Señor de los Cielos! –rujo, y
el viento se hace más cortante–. ¡Conduce a tus hijos a la victoria!
Los de Sigurd nos ven salir del escondite y
abren mucho ojos y bocas. Tiran los botes que sostenían. La madera cruje contra
la piedra. Son tantos como nosotros. Y los mataremos a todos.
Corro, corro libre, como el águila que busca
la paloma en los cielos. Mis botas hacen crujir los guijarros del suelo. Detrás
de mí, oigo a mis hombres aullar y rugir, lobos salvajes en busca de carne.
Somos una jauría humana. Si me vuelvo, veré rostros contraídos por la furia y
aceros que brillan bajo la fría luz del Sol. Dejamos libre la bestia que otros
aprisionan y retienen en las jaulas del alma. Somos guerreros. Guerreros hasta
la muerte, y más allá aún.
Siento el fuego de Odín en mi cráneo, me
encrespa el vello del cuerpo, noto la energía helada. Explosiona en mi alto
estómago y fluye hacia el resto de mi ser. Estoy en peligro de muerte y percibo
sonidos y colores con mucha más claridad. El tiempo parece congelarse mientras
me acerco a mi primer enemigo. Es joven. Me mira con ojos horrorizados. Trata
de musitar alguna palabra. ¡Qué vergüenza de vikingo! Ni siquiera es capaz de
desenvainar su espada: tironea estúpidamente del puño, sin resultado alguno. La
fuerza de mi golpe surge desde la cadera, gracias a un violento giro. La hoja
pasa a través de su rostro con un chasquido húmedo y crujiente. Está muerto. Lo
arrollo y tiro al suelo. Paso sobre él de un salto.
El siguiente sí merece mis respetos: un
bravo veterano de barbas canas, todo furia y nervio. Tiene el rostro lleno de
tatuajes. Mis tímpanos peligran a causa de su rugido. Me ve venir corriendo y
golpea con su espada, oblicua y ascendentemente. No le sigo el juego de parar
con mi escudo. Doy un paso lateral y me coloco a su izquierda. A causa de la
inercia mis pies resbalan y levantan los guijarros del suelo. La hoja de mi
hacha baja con toda la fuerza de mi cuerpo y atraviesa su rodilla. El filo se
hunde entre los guijarros. El vikingo trata de volverse para atacar, pero le
falta media pierna y cae sobre el muñón. Me aparto golpeando, mi hacha se
introduce en su casco. Ha sido un golpe curvo y he de tironear para arrancar el
arma del cadáver.
Alzo el escudo y el hacha y grito a los
cielos, hasta que el dolor lacera mi garganta y los músculos abdominales se me
tensan como maromas de barco.
Miro en derredor. Sobre la playa, la batalla
está en todo su apogeo. Decenas de hombres intercambiando golpes furiosos,
muertos hechos literalmente pedazos por los berzerkrs,
brillo de hojas ensangrentadas, rostros contraídos por la rabia... Aullidos y
entrechocar de metales. El fuego de la guerra, incomprensible para los
burgueses civilizados., inunda mi espíritu.
Echo a caminar, pisando con fuerza guijarros
y cadáveres. Soy poderoso, un destructor de hombres. Nada ni nadie puede
detenerme. Soy invencible. Veo a un enemigo moribundo y lo remato de un
hachazo. Un vikingo llega corriendo. Enarbola una maza tocada de tachones
metálicos. Pretende aplastar mi cabeza con ella. Ambos rugimos. Estamos hechos
de la misma pasta. Su mazo destroza mi escudo: la madera cruje y se parte, el
cuero es roto, un tachón abolla el metal del borde. Yo contraataco, mi hacha va
y viene horizontalmente. Saltan esquirlas de su escudo, Los trallazos arrancan
pequeñas tablas.
–¡Odín, dame fuerzas! –exclamo, entre
jadeos.
Él retrocede, yo avanzo. Lanzo un tajo y
abro su escudo, hasta el asa de cuero y piel.
–¡Odín, dame fuerzas!
En otro lance le arranco por fin el maldito
escudo, ya hecho pedazos. Mete la mano zurda bajo la axila. Sin duda tiene uno
o dos dedos rotos a causa de la sacudida.
–¡Odín! –aúllo, enronquecido, esperando que
mi grito sea oído por dioses y demonios, trölls y duendes, gigantes y valkyrias–.
¡Dame fuerzas!
El hacha baja y corto su mano derecha a la
altura de los nudillos. La maza, ensangrentada por el astil, cae al suelo. El
vikingo trastabilla, febril a causa del dolor. Mira hacia el cielo.
–Valhalla... –musita; lucha por no
desmayarse; la muerte no lo acobarda; tiene temple; me gusta este hombre–.
¡Valhalla!
El filo del hacha, ya romo y lleno de
mordiscos, se hunde en su cara. Fue un buen guerrero. Antes del final divisó su
destino.
Cruje el trueno, como si la cúpula de los
cielos hubiese sido golpeada por el martillo de Thor. Entre las nubes sombrías
estalla un ramalazo de luz azulada.
Sigo caminando, cada vez más rápido,
clavando los pies en el suelo de guijarros. Rompe a llover, densamente. Oigo el
rugido del mar. Las nubes se cierran aún más y el mundo gana en frío y obscuridad.
Me gusta.
Dirijo mis pasos hacia Sigurd. Sigue en pie,
sosteniendo una espada ensangrentada y un escudo hecho trizas. Ha matado, él
solo, a un trío de enemigos que yacen a sus pies. A pesar de todo, es un buen
guerrero. Parece consternado. Los suyos están siendo aniquilados.
–¡Sigurd! –le llamo.
Se vuelve hacia mí. Tira el escudo y agarra
la espada a dos manos. Casi puedo oír el gruñido que le surge desde el pecho.
–¡Cerdo! –me increpa.
Golpeo, el hacha baja fugazmente. Su espada
es muy dura, logra parar el golpe. El restallar de aceros reverbera
dolorosamente en mi cabeza.
–¡No te recogerán las Valkyrias, Sigurd! –exclamo;
retrocedo y golpeo ascendentemente; detiene este nuevo intento, pero la hoja
del hacha ha rozado su cota de mallas–. ¡No visitarás los salones del Valhalla!
Está asustado. Parpadea varias veces para
sacarse el sudor de los ojos. Vuelvo a golpear. La vibración surgida del choque
entre las armas me duele hasta el hombro, pero, por la mueca de su rostro,
deduzco que a él le duele aún más. Sonrío cruelmente. Un trueno destroza las
alturas.
–¡Has abandonado a tus dioses! –le increpo; siento
auténtica rabia–. ¡Ahora vistes la Cruz!
–¡La Cruz se impondrá, estúpido! –contesta–.
Ya se extiende por el Sur, reyes y jarls se alían con sacerdotes y obispos.
¡Tienen más oro y guerreros que los paganos! ¡El Nuevo Dios es más poderoso que
los Antiguos!
–¡Blasfemo! –rujo.
Mi hacha casi le arranca la espada de las
manos. Su hoja rebota en el suelo.
–¿Crees que hay futuro para los seguidores de
Odín? –pregunta, con amarga alegría–. ¡Incluso Harald Diente Azul, ese danés resistente, se ha convertido al
cristianismo! Los paganos como tú seréis perseguidos hasta el exterminio. Nadie
os empleará en sus guerras, ni se os dará cobijo en las noches de tormenta
marina. ¡Estáis solos! ¡Y moriréis solos, como perros abandonados!
Sus palabras me escuecen. No quiero
reconocer que son ciertas.
–¿Y qué han hecho ellos por ti? –le espeto–.
Hoy morirás aquí, y tu espíritu vagará por los abismos infinitos, donde los
trölls y los demonios te torturarán sin descanso. ¡Mírate! Yo conocí a otro
Sigurd: él se hubiera enfrentado a la muerte como un auténtico vikingo. Tienes
miedo, y no temes a la muerte, sino a lo que hay después de la muerte. Yo no temo a la muerte, ni al Más Allá...
¡Porque yo no he renegado de mis dioses!
Se le escapa un gemido. Su espíritu no tiene
fuerzas. No puede levantar la espada. Mi hacha le taja el cuello, matándolo
definitivamente.
Un trueno más. Un relámpago azulado. Siento
que voy a estallar. Estoy lleno de fuego invisible. Mi pecho se infla y aprieto
los dientes hasta que me zumban las sienes.
El momento del éxtasis pasa. Dejo escapar el
aire. Las olas se estrellan contra las rompientes. La lluvia furiosa limpia las
armas asesinas. Abstraído como estaba en la lucha, no he reparado en mis
hombres. Me rodean. Seguramente han contemplado en silencio el combate. Lo han
oído todo. Tras la cortina de agua, sus rostros aparecen sombríos y funestos,
como cincelados en roca. Clavan sus miradas en mí. ¿Acaso les estoy conduciendo
a un futuro sin esperanzas de victoria final? Quizá Sigurd llevara razón y los
viejos dioses estén muriendo, aplastados por un culto que se extiende como el
fuego sobre el seco trigal. Cada año hay menos vikingos que continúen honrando
al viejo Odín. Todos son atraídos por la Cruz. Ellos tienen más oro y más
poder. Me siento viejo y cansado.
Todos estos pensamientos que cruzan mi
cabeza los veo reflejados en las miradas de mis hombres. Soy su líder y debo
conducirles al triunfo, no a un final desesperado, a un callejón sin salida.
Al fin, haciendo un desgarrador esfuerzo de
voluntad, me como las dudas y alzo la cabeza orgullosa, desafiantemente. Les
devuelvo sus miradas con hostilidad.
–¡Los enemigos están muertos! –grito, con
voz firme–. ¡Hoy, hemos luchado y hemos vencido! ¡Eso es lo que importa!
Hay un momento de silencio. Un instante
crucial.
Cuatro o cinco alzan las espadas y aúllan
voces de victoria. El resto les secunda. Todo el pesimismo se ha convertido de
pronto en una explosión de alegría. Ahora comprendo que, de haber yo mostrado
debilidad, las cosas habrían terminado hoy, aquí, para nosotros.
Mis vikingos comienzan a llevarse a los
muertos, compañeros y enemigos que despertaron su admiración. Mañana los
incineraremos. Otros, más hábiles, atienden a los heridos.
Yo permanezco en pie, mirándolos, solo.
Un vikingo llamado Svenson se me acerca. Es
veterano y sabio. Me agarra con fuerza del hombro y clava sus ojos de hielo en
los míos.
–Has hecho bien, amigo mío –me dice, con voz
firme–. Nuestros cuerpos morirán, pero nuestros actos pervivirán por encima del
implacable paso del tiempo. Somos la materia de la que se forjarán las
leyendas. Los hombres del futuro mirarán hacia el pasado, sólo para
contemplarnos, y soñarán con nuestro valor.
Permanecemos en silencio. Le devuelvo el
apretón del hombro, fuerte y cálidamente. Afirma con la cabeza y se aleja.
Quedo otra vez sumido en mis propias
reflexiones. Levanto el hacha y miro fijamente su hoja, durante unos instantes
que se me hacen siglos. La lluvia escampa. En el cielo, las nubes se abren para
dejar pasar la luz del Sol.
Me vuelvo y grito órdenes a mis hombres. Mis
fuerzas renacen. El fuego vuelve a mi corazón.
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