Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Andrés Díaz Sánchez - Espadas de Castilla



En Los Manuscritos Perdidos y en Mercenarios del Infierno.


La Reconquista, la lucha entre el Islam y la Cristiandad en uno de sus episodios más sangrientos.

 “La sangre se ennegrece, el cambio ha empezado.
Sintiendo el odio de todos los condenados del infierno.
La carne empieza a arder, retorcerse y deformarse,
mana la sangre de los ojos, consecuencia de la muerte
que transforma los cinco dedos en dos garras.”
Altar del sacrificio, Slayer

“La tierra castellana arrojó hombres de hierro, pendones en mano, a través de los océanos, hasta los confines de la Tierra. ¿Qué era lo que les animaba a vivir o morir con las botas puestas, rodeados de peligros más formidables que los encantamientos de malévolos brujos, o en una pelea con un caballero errante en busca de un castillo misterioso? ¿Qué les animaba a una existencia de lucha constante, privación y amenaza?”
Lewis Spence

José Luis Gómez desenvainó la espada, más larga que su propio brazo. El acero soriano esplendía bajo el Sol del mediodía. El silbar del arma al abandonar su vaina pasó totalmente desapercibido entre aquel colosal tintinear de cotas, lórigas, mazas, picas, armaduras, escudos y arneses de rocín. Se concentraban en la llanura cinco mil hombres procedentes de toda la Cristiandad Ibérica, en su mayoría orgullosos castellanos y leoneses. También aventureros procedentes de otras tierras que deseaban contribuir en la guerra contra el sarraceno: recios gallegos y astures, cántabros, vascones, navarros de pechos amplios como toneles y hombros rocosos, hoscos luchadores del Mediterráneo catalán, y rebeldes del Sur, de Granada, Córdoba o Sevilla, que no aceptaban las leyes de los Califatos.
El Cid había lanzado el desafío a los cuatro vientos: la guerra se dirigía hacia el Este, a Valencia, y desde allá proseguiría, siempre en dirección meridional, hasta echar abajo todo Al-Andalus. El rey Alfonso, señor de Castilla y León, aunque mantuviera la orden del destierro, permitió la marcha de guerreros cristianos a las filas del Cid. Ya miles se habían unido en los últimos meses a su ejército. Querían luchar con El Invencible, el que, partiendo con sólo trescientos hombres desde Burgos, y reclutando después cientos de guerreros con ansias de lucha, había asolado y arramblado y arrasado a los sarracenos en Castejón, Bubierca, Ateca, Alcocer, Monterreal, y otros muchos más bastiones de la Media Luna.
La estrella de la victoria guiaba al de Vivar, sus fuerzas constituían la punta de una lanza llamada “Reconquista”. El poder musulmán había decaído, las luchas intestinas y el fraccionamiento en reinos de parias harían posible la ocupación de Al-Andalus.
Ahora, en la gran llanura sobre el más próximo Noroeste del reino valenciano, el ejército del Campeador se sentía unido, aun a pesar de las rivalidades entre castellanos y leoneses, por un propósito común: derrocar al Gigante Musulmán.
Aquella mañana, los mensajeros habían vuelto con noticias capaces de encrespar el ánimo del más tranquilo: el rey moro de Valencia sabía de la venida del Cid y enviaba una expedición punitiva compuesta por más de siete mil cimitarras. Todos intuían que en aquella serena llanura de hierba y tierra seca, bajo un Sol implacable, tendría lugar la batalla. Se murmuraba que el Campeador en persona comandaría las huestes. Los líderes habían agrupado a sus hombres mediante gritos y puntapiés. El pertrecho fue rápido y el desayuno frugal. Los sacerdotes no daban abasto para poner tanto hombre en peligro de muerte a bien con el Señor. Con una celeridad pasmosa, los guerreros formaron sobre la planicie y los caudillos ordenaron silencio.
José Luis Gómez obedecía tales mandatos. Ya tenía la espada desenvainada y el escudo embrazado. Miró a sus dos amigos, inseparables del soriano: el burgalés Álvaro Martín y el vallisoletano Gonzalo Miranda. Eran los tres típicos guerreros de la frontera entre Al-Andalus y la Cristiandad, desde los tiempos en que tal linde se correspondiera con la línea del Duero. Si bien José Luis y Gonzalo se habían unido al Campeador tras la invitación del de Vivar, Álvaro, más veterano, siguió a Rodrigo desde los primeros tiempos del destierro, pues era militante original de su ejército. Se habían conocido los tres durante los últimos días: amaban la guerra y eran fervientes cristianos, aunque se permitían ciertas licencias pecaminosas en cuanto al yantar y el trasegar.
En aquel momento, el trío castellano se volvió, como sus otros compañeros de mesnada, hacia la llanura frontera, y descubrieron en ella al Cid y su comitiva trotando a paso rápido.
Muchos todavía no lo habían contemplado: el Campeador surgió de una colina cercana, acompañado de sus inseparables Martín Antolínez y Alvar Fáñez. Les seguían treinta recios caballeros burgaleses. Las túnicas ondeaban al viento; el acero de las cotas, cascos y remaches esplendían como chispas de hoguera. Babieca era el más vivaz de entre todos los caballos. El Campeador lo refrenaba con severidad. Rodrigo subió hasta un promontorio y allí paró, quedando frente a su ejército, flanqueado por los componentes de su séquito, a unos cuarenta metros de la vanguardia.
Reinaba un silencio total, sólo roto por algún ocasional bufido de caballo. El líder observó atentamente a sus guerreros. Era un hombre alto, de aspecto rocoso, hombros y espalda amplios, densos, gruesos miembros y porte altivo. La barba le caía luenga sobre el comienzo del titánico pecho envuelto en tela de campaña y cota de mallas. Colada descansaba, envainada, pendiente de su cadera izquierda. El escudo mostraba el emblema del rey Alfonso. Con la diestra aferraba las cinchas de Babieca. No alcanzaban los cristianos casi a distinguir su rostro, pero percibían, en todo él, crudo poder. Los pechos se inflaban y los corazones galopaban ante su sola presencia. Aun quienes lo odiaran deberían mostrarle respeto. Los luchadores sintieron sobre ellos la implacable mirada del Cid.
–¡Cristianos! –rugió el Campeador, con voz excepcionalmente alta y grave–. ¡Estamos a las puertas del Reino de Valencia! ¡Un reino, como tantos otros, arrebatado a sus dueños legítimos por los sarracenos! ¡Hemos venido con un sólo propósito: vencer! ¡Os prometí riquezas y gloria si os uníais a mis huestes...! ¡Y así será! ¡Los mahometanos vienen en nuestra busca! ¡Más de siete mil son! ¡Pero no hay nada imposible para los guerreros cristianos! ¡No hay nada imposible para quien tiene fe en sí mismo y no teme a la muerte! ¡Ellos son muchos...! ¡Pero nosotros somos más vigorosos! ¡Hoy, aquí, haremos tan poderosa guerra que no se hablará de otro tema en toda la Cristiandad! ¡Aplastaremos a nuestros enemigos, a quienes nos han arrebatado nuestras tierras, los que han impuesto otros usos y religión sobre los parajes que nos vieron nacer! ¡Los invasores de la Media Luna! ¡Desterrad la duda de vuestros corazones! ¡Que las espadas canten y la sangre riegue nuestros suelos! ¡Hoy, demostraremos al mundo de qué madera están hechos los guerreros cristianos!
Desenvainó a Colada, y en ese instante todo el orgullo y la rabia escaparon por cinco mil gargantas en forma de aullidos combativos a grito pelado. El fuego de la guerra ardía ya en todos los corazones. Honor y Coraje. Fe y Tradición. Victoria o Muerte.
Entonces, nuevos mensajeros volvieron desde el Este. Transmitieron las noticias al Campeador, y de su cuadrilla surgieron diez hombres, que al poco hablaban con los capitanes y caudillos de cada hornada. Éstos gritaron las órdenes correspondientes.
El Cid había escogido el momento preciso para lanzar su arenga arrasadora. El ejército de la Media Luna ya se aproximaba a toda velocidad. Los cristianos lo recibirían con verdaderas ganas de luchar.
José Luis, Gonzalo y Álvaro eran guerreros de infantería, así que hubieron de situarse, junto al resto de los soldados de a pie, en el centro y retaguardia del ejército. La caballería constituía la vanguardia, dispuesta para cargar los primeros y abrir brecha en el bloque enemigo.
La polvareda levantada por los cascos equinos resultaba espantosamente densa, a muchos provocaba arcadas y hasta vómitos. A partir de entonces, todo transcurrió con sorprendente rapidez. José Luis sintió temblar el suelo bajo sus pies. Las piedras saltaban hasta alcanzar sus rodillas. Un fragor brutal ascendió desde la vanguardia. El polvo se espesó aún más, de tal modo que no fue capaz de verse su propia mano. El tronar de cascos se alejaba poco a poco. Eso quería decir que los caballeros ya estaban aguijando sus monturas, en busca del enemigo. Trote ligero. Galopada. Carrera desenfrenada.
–¡Ánimo, José Luis, ánimo, Gonzalo! –oyó gritar a Álvaro, una sombra difusa a su derecha.
Casi no alcanzaba a distinguir sus palabras, sumidos como estaban en el caos sónico.
–¡Que Dios os Bendiga, amigos! –respondió el soriano.
–¡Carga! –la orden surgió del líder de la infantería castellana y se transmitió fila por fila.
Los hombres echaron a correr, alzando las espadas y los escudos, zambulléndose en un mundo grisáceo y cremoso donde la tierra volaba por el aire y había que escupirla o estornudarla para que no llegara al estómago o los pulmones.
Aún a pesar del peso que suponían el armamento y las protecciones corporales, ya todos corrían a la mayor velocidad posible. Muchos vomitaban el contenido de sus tripas sobre el pecho, pero no refrenaban la marcha. El ardor de la batalla los había vuelto de hierro, insensibles a toda molestia o cansancio.
–¡Por Castilla! –rugían–. ¡Por Dios!
El polvo de la caballería fue aposentándose, y los primeros infantes de vanguardia observaron, al menos cien metros por delante, un maremagnum de caballos y hombres. La visión de túnicas, turbantes, cimitarras y estandartes adornados con la Media Luna enloqueció a los rebeldes.
–¡A ellos! –gritó un astur, escapado de los suyos, que enarbolaba una gigantesca hacha de doble hoja.
José Luis rió como un demente. Había leoneses a su izquierda y varios cántabros a la diestra. Todos eran uno, uno solo contra el invasor musulmán. El cuerpo de la batalla se tornaba difuso a causa del mucho polvo alzado, mas la infantería cristiana arribó a la lid. La caballería castellana y leonesa había abierto una espantosa brecha en el bloque sarraceno. Los infantes saltaban sobre decenas y decenas de caballos y hombres muertos. Olía a sangre y metal. Aquel perfume los enardeció todavía más.
José Luis corrió sobre varios cuerpos gimientes y ensangrentados. Distinguió un tumulto, formado por cinco sarracenos de túnicas y armaduras parduscas que hostigaban a dos jinetes leoneses caídos de sus monturas muertas. Un musulmán, de rostro cetrino y anguloso, ensartó a un caballero con su larga lanza. El arma penetró por el cuello y surgió bajo de la axila, desgarrando la camisola y hasta el entramado de la cota. El segundo cristiano desmontado se defendía a fuerza de espadazos desesperados.
José Luis aulló un grito de batalla. Alzó la espada y el escudo. Se lanzó sobre los sarracenos. Estaba tan cargado de energía que temía estallar de un momento a otro. No le hubiera extrañado descubrir chispas azuladas en torno a su puño enguantado. Atacó al de la lanza, descargando tan poderoso golpe de espada que rompió el astil de la pica y abrió el rostro del africano. Se volvió y la emprendió a tajos con dos Hijos del Profeta, obligándolos a retroceder. El caballero hostigado aprovechó para enterrar su acero, hasta las guardas, en el cuerpo del enemigo más cercano. El astur que antes corriera junto a José Luis llegó tal que exhalación. Rugía como un león ansioso de sangre. Aplicó con las dos manos un golpe de hacha que levantó por los aires al moro. La hoja curva abandonó la carne acompañada de hilas de tela, entramado de mallas y una leve llovizna escarlata. El norteño arrolló con su hombro a otro árabe y cayó sobre él. Su hacha no traspasó el pectoral, pero aplastó costillas y pulmones.
José Luis se enfrentaba a un enorme negro cuyo rostro se contraía a causa de la furia. Chocaron la espada soriana y la cimitarra africana, centellearon en el aire los aceros, silbando cortantemente, abriendo y abollando los escudos. Ninguno cejaría en su empeño hasta caer muerto o acabar con su rival. Al fin, José Luis descubrió un agujero en la defensa del sudanés y aprovechó tal ventaja hundiendo su acero en el costado rival. Sacó el arma lateralmente, rompiendo varias costillas y el hígado.
El astur y el leonés exterminaron a los dos últimos del quinteto musulmán. Los tres se miraron durante un segundo.
–¡Vamos, hermanos! –exclamó el caballero, apuntando la espada hacia el bullente centro de la batalla–. ¡Aún nos esperan muchos Hijos de Alá a los que degollar! ¡Que Dios Todopoderoso nos proporcione fuerza para ejecutar gloriosas hazañas en este día de hoy!
Asintieron el soriano y el astur y echaron todos a correr en la dirección indicada, junto a otros muchos guerreros ibéricos llegados desde atrás.
El caos resultaba mayestáticamente horrendo, fascinante, enloquecedor: hombres y hombres y hombres peleando unos contra otros, sobre muertos y heridos, enarbolando mazas, cimitarras, espadas cortas, hachas, lanzas, picas, cuchillos, dagas... La cacofonía de gritos y restallar de aceros resultaba insoportable. Y también gloriosa.
Desde la primera línea de guerra se levantaba una impresionante polvareda, formada por la caballería castellano-leonesa, que hundía sus colmillos y garras metálicas en las tripas del ejército musulmán, legando un rastro de hombres aplastados por cascos de caballo o ensartados en lanzas.
Algunos moros escapaban del ataque cristiano, quizá conteniendo sus entrañas a dos manos. Mas eran pocos. La mayoría aún peleaban, alzando y bajando sus cimitarras ensangrentadas, salmodiando oraciones guerreras.
José Luis perdió de vista a sus nuevos compañeros. Se vio inmerso en una turbamulta de al menos cincuenta hombres, luchando hombro con hombro junto a cristianos procedentes de Cataluña, las Vascongadas y Palencia. Se libró de la muerte muchas veces por pura suerte, y otras tantas gracias al vigor y velocidad con que manejaba su espada. Aquél no era un deporte para damiselas, sólo vencían los más audaces e implacables. Se montó gran barullo cuando una veintena de mercenarios negros sudaneses se abrió paso brutalmente entre todos ellos. Sus cimitarras y mazas no reconocían amigos o enemigos: igual aplastaban un yelmo castellano que un turbante coronado de punta metálica. José Luis peleaba contra uno de aquellos guerreros de ébano, parando y golpeando sin tregua.
En ayuda de los cristianos llegó una numerosa horda de infantes castellanos que literalmente aplastó a los sudaneses, aun a pesar de que éstos se defendían como tigres antes de morir. La retaguardia del Cid continuaba avanzando y venciendo.
Hubo muchos combates aislados. Cuando José Luis surgía de uno, sentía todo su cuerpo desfallecer, mas al avistar nuevos enemigos la energía nerviosa poseía sus miembros y lo impelía al ataque.
Tras salir de una lid, descubrió sobre el suelo rojizo la faz de su amigo Gonzalo. Yacía en el suelo, con un mahometano muerto cruzado sobre el pecho. Una cimitarra atravesaba la loriga del vallisoletano a la altura del pecho izquierdo. En sus ojos pardos brillaba la muerte. Miraba hacia el cielo y musitaba una canción de cuna que sin duda su madre le susurrara cuando era un zagal.
José Luis se arrodilló a su lado, sin saber qué decir, observando la palidez estertórea de aquél con quien compartiera peligros, frío y raciones de campaña. Gonzalo torció levemente la cabeza hacia José Luis.
–Luché hasta el final –logró decir.
Se le escapó un hilillo de sangre por entre los labios amoratados.
José Luis no pudo más que agarrar la mano de su amigo.
–Prométeme... que... –Gonzalo hizo un esfuerzo que tiñó de dolor su rostro– ganaremos esta batalla.
–Te lo juro –respondió José Luis.
–Empuña mi espada... Mi espíritu está en ella.
José Luis apartó al sarraceno y tomó el acero vallisoletano de su amigo, rojo brillante hasta las guardas. Tiró su propia espada y aferró aquella con fuerza, golpeándose el pecho con el puño.
–Tengo tu espada –aseveró–. Tengo tu espíritu. Me acompañará en la lucha, amigo. Juntos, triunfaremos.
Gonzalo murió, con una sonrisa en los labios. José Luis cerró sus ojos e hizo sobre su rostro el Signo de la Cruz.
Se levantó, empuñando la espada de su compañero. Clavó los ojos en el centro de la batalla.
–Sarracenos... –susurró–. Habéis invadido mi país. Habéis matado a mi hermano de armas. Lo pagaréis caro.
Algo arrasador subió desde las entrañas de su espíritu. Era la locura asesina propia de los más salvajes guerreros. Gritó, en busca de enemigos.
A partir de ahí, el mundo se le tornó un sueño rojizo. Tajaba y aplastaba sin compasión, riendo mientras lo hacía, segando brazos y cabezas, cortando caftanes y turbantes, golpeando y revolviéndose entre los musulmanes como un tigre hostigado por hienas. Se burlaba del peligro, arrojándose suicidamente a los lugares más arriesgados. De ellos surgía, increíblemente, victorioso, junto a los otros luchadores cristianos que en la vorágine de la guerra encontraban su auténtica vocación. Buscaba la muerte, más Ella le rehuía como lo haría una doncella de su brutal violador.
En una ocasión pasó cerca del mismísimo Campeador, quien, acompañado de su incondicional Martín Antolínez, repartía tajos en la vanguardia de la batalla. No era aquél un líder que se escondiera en la retaguardia. Alentaba a sus hombres con el ejemplo. La planta del Cid resultaba poderosa y arrebatadora. Colada iba y venía sin descanso. Babieca se encabritaba y, al caer, sus cascos aplastaban torsos y cabezas islámicas.
José Luis siguió pugnando hasta que, de pronto, no encontró más sarracenos en disposición de luchar. Vio a castellanos y leoneses levantando las armas y aullando gritos de victoria. La batalla había acabado y los rebeldes contra el Islam eran los vencedores. Los últimos musulmanes ya sucumbían bajo el acero inmisericorde de sus enemigos. Los perdedores que arrojaban las armas sufrían violentos puntapiés y puñetazos, pero conservaban la vida. Otros intentaban escapar. Los Guerreros de la Cruz, a pie o a caballo, partían en su búsqueda con ansia cazadora. Tarde o temprano los atraparían.
Todo había terminado tan súbitamente como empezara.
José Luis levantó los brazos y aulló un grito de victoria. Dio gracias a Dios. Observó entonces la melladísima espada de Gonzalo.
–Descansa en paz, amigo –dijo.
Cayó de rodillas, sintiéndose muy débil. Una poderosa mano sujetó su cuerpo.
–¡No te mueras ahora, muchacho! –bramó Álvaro Muñoz; el burgalés estaba ajado y sanguinolento, pero sonreía con ferocidad–. ¡Aún tenemos que celebrarlo!
Lo levantó, cogiéndole de las axilas, sin delicadeza alguna. El soriano logró sostenerse sobre dos piernas vacilantes y reprimir las arcadas.
–¡Vive Dios, qué batalla! –exclamó Álvaro–. ¡Digna de ser relatada a nuestros nietos!
–Habrá muchas más –musitó José Luis, mientras guardaba la espada de Gonzalo en su propia vaina; su voz se endureció–. Y, al final, venceremos.
Álvaro asintió. Se apoyaron el uno en el otro y echaron a andar, pisando cadáveres y tierra ensangrentada.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.