En Los
Manuscritos Perdidos y en Mercenarios
del Infierno.
La Reconquista, la lucha entre el Islam y
la Cristiandad en uno de sus episodios más sangrientos.
“La sangre
se ennegrece, el cambio ha empezado.
Sintiendo el odio de todos los condenados del
infierno.
La carne empieza a arder, retorcerse y deformarse,
mana la sangre de los ojos, consecuencia de la
muerte
que transforma los cinco dedos en dos garras.”
Altar del sacrificio, Slayer
“La tierra castellana arrojó hombres de hierro,
pendones en mano, a través de los océanos, hasta los confines de la Tierra.
¿Qué era lo que les animaba a vivir o morir con las botas puestas, rodeados de peligros
más formidables que los encantamientos de malévolos brujos, o en una pelea con un
caballero errante en busca de un castillo misterioso? ¿Qué les animaba a una existencia
de lucha constante, privación y amenaza?”
Lewis
Spence
José Luis Gómez desenvainó la espada, más
larga que su propio brazo. El acero soriano esplendía bajo el Sol del mediodía.
El silbar del arma al abandonar su vaina pasó totalmente desapercibido entre
aquel colosal tintinear de cotas, lórigas, mazas, picas, armaduras, escudos y
arneses de rocín. Se concentraban en la llanura cinco mil hombres procedentes
de toda la Cristiandad Ibérica, en su mayoría orgullosos castellanos y
leoneses. También aventureros procedentes de otras tierras que deseaban
contribuir en la guerra contra el sarraceno: recios gallegos y astures,
cántabros, vascones, navarros de pechos amplios como toneles y hombros rocosos,
hoscos luchadores del Mediterráneo catalán, y rebeldes del Sur, de Granada,
Córdoba o Sevilla, que no aceptaban las leyes de los Califatos.
El Cid había lanzado el desafío a los cuatro
vientos: la guerra se dirigía hacia el Este, a Valencia, y desde allá
proseguiría, siempre en dirección meridional, hasta echar abajo todo Al-Andalus.
El rey Alfonso, señor de Castilla y León, aunque mantuviera la orden del
destierro, permitió la marcha de guerreros cristianos a las filas del Cid. Ya
miles se habían unido en los últimos meses a su ejército. Querían luchar con El Invencible, el que, partiendo con
sólo trescientos hombres desde Burgos, y reclutando después cientos de
guerreros con ansias de lucha, había asolado y arramblado y arrasado a los
sarracenos en Castejón, Bubierca, Ateca, Alcocer, Monterreal, y otros muchos
más bastiones de la Media Luna.
La estrella de la victoria guiaba al de
Vivar, sus fuerzas constituían la punta de una lanza llamada “Reconquista”. El
poder musulmán había decaído, las luchas intestinas y el fraccionamiento en
reinos de parias harían posible la ocupación de Al-Andalus.
Ahora, en la gran llanura sobre el más
próximo Noroeste del reino valenciano, el ejército del Campeador se sentía unido, aun a pesar de las rivalidades entre
castellanos y leoneses, por un propósito común: derrocar al Gigante Musulmán.
Aquella mañana, los mensajeros habían vuelto
con noticias capaces de encrespar el ánimo del más tranquilo: el rey moro de
Valencia sabía de la venida del Cid y enviaba una expedición punitiva compuesta
por más de siete mil cimitarras. Todos intuían que en aquella serena llanura de
hierba y tierra seca, bajo un Sol implacable, tendría lugar la batalla. Se
murmuraba que el Campeador en persona
comandaría las huestes. Los líderes habían agrupado a sus hombres mediante
gritos y puntapiés. El pertrecho fue rápido y el desayuno frugal. Los
sacerdotes no daban abasto para poner tanto hombre en peligro de muerte a bien
con el Señor. Con una celeridad pasmosa, los guerreros formaron sobre la
planicie y los caudillos ordenaron silencio.
José Luis Gómez obedecía tales mandatos. Ya
tenía la espada desenvainada y el escudo embrazado. Miró a sus dos amigos,
inseparables del soriano: el burgalés Álvaro Martín y el vallisoletano Gonzalo
Miranda. Eran los tres típicos guerreros de la frontera entre Al-Andalus y la
Cristiandad, desde los tiempos en que tal linde se correspondiera con la línea
del Duero. Si bien José Luis y Gonzalo se habían unido al Campeador tras la invitación del de Vivar, Álvaro, más veterano,
siguió a Rodrigo desde los primeros tiempos del destierro, pues era militante
original de su ejército. Se habían conocido los tres durante los últimos días:
amaban la guerra y eran fervientes cristianos, aunque se permitían ciertas
licencias pecaminosas en cuanto al yantar y el trasegar.
En aquel momento, el trío castellano se volvió,
como sus otros compañeros de mesnada, hacia la llanura frontera, y descubrieron
en ella al Cid y su comitiva trotando a paso rápido.
Muchos todavía no lo habían contemplado: el Campeador surgió de una colina cercana,
acompañado de sus inseparables Martín Antolínez y Alvar Fáñez. Les seguían
treinta recios caballeros burgaleses. Las túnicas ondeaban al viento; el acero
de las cotas, cascos y remaches esplendían como chispas de hoguera. Babieca era el más vivaz de entre todos
los caballos. El Campeador lo
refrenaba con severidad. Rodrigo subió hasta un promontorio y allí paró,
quedando frente a su ejército, flanqueado por los componentes de su séquito, a
unos cuarenta metros de la vanguardia.
Reinaba un silencio total, sólo roto por
algún ocasional bufido de caballo. El líder observó atentamente a sus
guerreros. Era un hombre alto, de aspecto rocoso, hombros y espalda amplios,
densos, gruesos miembros y porte altivo. La barba le caía luenga sobre el
comienzo del titánico pecho envuelto en tela de campaña y cota de mallas. Colada descansaba, envainada, pendiente
de su cadera izquierda. El escudo mostraba el emblema del rey Alfonso. Con la
diestra aferraba las cinchas de Babieca.
No alcanzaban los cristianos casi a distinguir su rostro, pero percibían, en todo
él, crudo poder. Los pechos se inflaban y los corazones galopaban ante su sola
presencia. Aun quienes lo odiaran deberían mostrarle respeto. Los luchadores
sintieron sobre ellos la implacable mirada del Cid.
–¡Cristianos! –rugió el Campeador, con voz excepcionalmente alta y grave–. ¡Estamos a las
puertas del Reino de Valencia! ¡Un reino, como tantos otros, arrebatado a sus
dueños legítimos por los sarracenos! ¡Hemos venido con un sólo propósito:
vencer! ¡Os prometí riquezas y gloria si os uníais a mis huestes...! ¡Y así
será! ¡Los mahometanos vienen en nuestra busca! ¡Más de siete mil son! ¡Pero no
hay nada imposible para los guerreros cristianos! ¡No hay nada imposible para
quien tiene fe en sí mismo y no teme a la muerte! ¡Ellos son muchos...! ¡Pero nosotros
somos más vigorosos! ¡Hoy, aquí, haremos tan poderosa guerra que no se hablará
de otro tema en toda la Cristiandad! ¡Aplastaremos a nuestros enemigos, a
quienes nos han arrebatado nuestras tierras, los que han impuesto otros usos y
religión sobre los parajes que nos vieron nacer! ¡Los invasores de la Media
Luna! ¡Desterrad la duda de vuestros corazones! ¡Que las espadas canten y la
sangre riegue nuestros suelos! ¡Hoy, demostraremos al mundo de qué madera están
hechos los guerreros cristianos!
Desenvainó a Colada, y en ese instante todo el orgullo y la rabia escaparon por
cinco mil gargantas en forma de aullidos combativos a grito pelado. El fuego de
la guerra ardía ya en todos los corazones. Honor y Coraje. Fe y Tradición.
Victoria o Muerte.
Entonces, nuevos mensajeros volvieron desde
el Este. Transmitieron las noticias al Campeador,
y de su cuadrilla surgieron diez hombres, que al poco hablaban con los
capitanes y caudillos de cada hornada. Éstos gritaron las órdenes
correspondientes.
El Cid había escogido el momento preciso
para lanzar su arenga arrasadora. El ejército de la Media Luna ya se aproximaba
a toda velocidad. Los cristianos lo recibirían con verdaderas ganas de luchar.
José Luis, Gonzalo y Álvaro eran guerreros
de infantería, así que hubieron de situarse, junto al resto de los soldados de
a pie, en el centro y retaguardia del ejército. La caballería constituía la
vanguardia, dispuesta para cargar los primeros y abrir brecha en el bloque
enemigo.
La polvareda levantada por los cascos
equinos resultaba espantosamente densa, a muchos provocaba arcadas y hasta
vómitos. A partir de entonces, todo transcurrió con sorprendente rapidez. José
Luis sintió temblar el suelo bajo sus pies. Las piedras saltaban hasta alcanzar
sus rodillas. Un fragor brutal ascendió desde la vanguardia. El polvo se espesó
aún más, de tal modo que no fue capaz de verse su propia mano. El tronar de
cascos se alejaba poco a poco. Eso quería decir que los caballeros ya estaban
aguijando sus monturas, en busca del enemigo. Trote ligero. Galopada. Carrera
desenfrenada.
–¡Ánimo, José Luis, ánimo, Gonzalo! –oyó
gritar a Álvaro, una sombra difusa a su derecha.
Casi no alcanzaba a distinguir sus palabras,
sumidos como estaban en el caos sónico.
–¡Que Dios os Bendiga, amigos! –respondió el
soriano.
–¡Carga! –la orden surgió del líder de la
infantería castellana y se transmitió fila por fila.
Los hombres echaron a correr, alzando las
espadas y los escudos, zambulléndose en un mundo grisáceo y cremoso donde la
tierra volaba por el aire y había que escupirla o estornudarla para que no
llegara al estómago o los pulmones.
Aún a pesar del peso que suponían el
armamento y las protecciones corporales, ya todos corrían a la mayor velocidad
posible. Muchos vomitaban el contenido de sus tripas sobre el pecho, pero no
refrenaban la marcha. El ardor de la batalla los había vuelto de hierro,
insensibles a toda molestia o cansancio.
–¡Por Castilla! –rugían–. ¡Por Dios!
El polvo de la caballería fue aposentándose,
y los primeros infantes de vanguardia observaron, al menos cien metros por
delante, un maremagnum de caballos y hombres. La visión de túnicas, turbantes,
cimitarras y estandartes adornados con la Media Luna enloqueció a los rebeldes.
–¡A ellos! –gritó un astur, escapado de los
suyos, que enarbolaba una gigantesca hacha de doble hoja.
José Luis rió como un demente. Había
leoneses a su izquierda y varios cántabros a la diestra. Todos eran uno, uno
solo contra el invasor musulmán. El cuerpo de la batalla se tornaba difuso a
causa del mucho polvo alzado, mas la infantería cristiana arribó a la lid. La
caballería castellana y leonesa había abierto una espantosa brecha en el bloque
sarraceno. Los infantes saltaban sobre decenas y decenas de caballos y hombres
muertos. Olía a sangre y metal. Aquel perfume los enardeció todavía más.
José Luis corrió sobre varios cuerpos
gimientes y ensangrentados. Distinguió un tumulto, formado por cinco sarracenos
de túnicas y armaduras parduscas que hostigaban a dos jinetes leoneses caídos
de sus monturas muertas. Un musulmán, de rostro cetrino y anguloso, ensartó a
un caballero con su larga lanza. El arma penetró por el cuello y surgió bajo de
la axila, desgarrando la camisola y hasta el entramado de la cota. El segundo
cristiano desmontado se defendía a fuerza de espadazos desesperados.
José Luis aulló un grito de batalla. Alzó la
espada y el escudo. Se lanzó sobre los sarracenos. Estaba tan cargado de
energía que temía estallar de un momento a otro. No le hubiera extrañado
descubrir chispas azuladas en torno a su puño enguantado. Atacó al de la lanza,
descargando tan poderoso golpe de espada que rompió el astil de la pica y abrió
el rostro del africano. Se volvió y la emprendió a tajos con dos Hijos del Profeta, obligándolos a
retroceder. El caballero hostigado aprovechó para enterrar su acero, hasta las
guardas, en el cuerpo del enemigo más cercano. El astur que antes corriera
junto a José Luis llegó tal que exhalación. Rugía como un león ansioso de
sangre. Aplicó con las dos manos un golpe de hacha que levantó por los aires al
moro. La hoja curva abandonó la carne acompañada de hilas de tela, entramado de
mallas y una leve llovizna escarlata. El norteño arrolló con su hombro a otro
árabe y cayó sobre él. Su hacha no traspasó el pectoral, pero aplastó costillas
y pulmones.
José Luis se enfrentaba a un enorme negro
cuyo rostro se contraía a causa de la furia. Chocaron la espada soriana y la
cimitarra africana, centellearon en el aire los aceros, silbando cortantemente,
abriendo y abollando los escudos. Ninguno cejaría en su empeño hasta caer
muerto o acabar con su rival. Al fin, José Luis descubrió un agujero en la
defensa del sudanés y aprovechó tal ventaja hundiendo su acero en el costado
rival. Sacó el arma lateralmente, rompiendo varias costillas y el hígado.
El astur y el leonés exterminaron a los dos
últimos del quinteto musulmán. Los tres se miraron durante un segundo.
–¡Vamos, hermanos! –exclamó el caballero,
apuntando la espada hacia el bullente centro de la batalla–. ¡Aún nos esperan
muchos Hijos de Alá a los que degollar!
¡Que Dios Todopoderoso nos proporcione fuerza para ejecutar gloriosas hazañas
en este día de hoy!
Asintieron el soriano y el astur y echaron
todos a correr en la dirección indicada, junto a otros muchos guerreros
ibéricos llegados desde atrás.
El caos resultaba mayestáticamente horrendo,
fascinante, enloquecedor: hombres y hombres y hombres peleando unos contra
otros, sobre muertos y heridos, enarbolando mazas, cimitarras, espadas cortas,
hachas, lanzas, picas, cuchillos, dagas... La cacofonía de gritos y restallar
de aceros resultaba insoportable. Y también gloriosa.
Desde la primera línea de guerra se levantaba
una impresionante polvareda, formada por la caballería castellano-leonesa, que
hundía sus colmillos y garras metálicas en las tripas del ejército musulmán,
legando un rastro de hombres aplastados por cascos de caballo o ensartados en
lanzas.
Algunos moros escapaban del ataque
cristiano, quizá conteniendo sus entrañas a dos manos. Mas eran pocos. La
mayoría aún peleaban, alzando y bajando sus cimitarras ensangrentadas,
salmodiando oraciones guerreras.
José Luis perdió de vista a sus nuevos
compañeros. Se vio inmerso en una turbamulta de al menos cincuenta hombres,
luchando hombro con hombro junto a cristianos procedentes de Cataluña, las Vascongadas
y Palencia. Se libró de la muerte muchas veces por pura suerte, y otras tantas
gracias al vigor y velocidad con que manejaba su espada. Aquél no era un
deporte para damiselas, sólo vencían los más audaces e implacables. Se montó gran
barullo cuando una veintena de mercenarios negros sudaneses se abrió paso
brutalmente entre todos ellos. Sus cimitarras y mazas no reconocían amigos o
enemigos: igual aplastaban un yelmo castellano que un turbante coronado de
punta metálica. José Luis peleaba contra uno de aquellos guerreros de ébano,
parando y golpeando sin tregua.
En ayuda de los cristianos llegó una
numerosa horda de infantes castellanos que literalmente aplastó a los
sudaneses, aun a pesar de que éstos se defendían como tigres antes de morir. La
retaguardia del Cid continuaba avanzando y venciendo.
Hubo muchos combates aislados. Cuando José
Luis surgía de uno, sentía todo su cuerpo desfallecer, mas al avistar nuevos
enemigos la energía nerviosa poseía sus miembros y lo impelía al ataque.
Tras salir de una lid, descubrió sobre el
suelo rojizo la faz de su amigo Gonzalo. Yacía en el suelo, con un mahometano
muerto cruzado sobre el pecho. Una cimitarra atravesaba la loriga del
vallisoletano a la altura del pecho izquierdo. En sus ojos pardos brillaba la muerte.
Miraba hacia el cielo y musitaba una canción de cuna que sin duda su madre le
susurrara cuando era un zagal.
José Luis se arrodilló a su lado, sin saber
qué decir, observando la palidez estertórea de aquél con quien compartiera
peligros, frío y raciones de campaña. Gonzalo torció levemente la cabeza hacia
José Luis.
–Luché hasta el final –logró decir.
Se le escapó un hilillo de sangre por entre
los labios amoratados.
José Luis no pudo más que agarrar la mano de
su amigo.
–Prométeme... que... –Gonzalo hizo un
esfuerzo que tiñó de dolor su rostro– ganaremos esta batalla.
–Te lo juro –respondió José Luis.
–Empuña mi espada... Mi espíritu está en
ella.
José Luis apartó al sarraceno y tomó el
acero vallisoletano de su amigo, rojo brillante hasta las guardas. Tiró su
propia espada y aferró aquella con fuerza, golpeándose el pecho con el puño.
–Tengo tu espada –aseveró–. Tengo tu
espíritu. Me acompañará en la lucha, amigo. Juntos, triunfaremos.
Gonzalo murió, con una sonrisa en los
labios. José Luis cerró sus ojos e hizo sobre su rostro el Signo de la Cruz.
Se levantó, empuñando la espada de su
compañero. Clavó los ojos en el centro de la batalla.
–Sarracenos... –susurró–. Habéis invadido mi
país. Habéis matado a mi hermano de armas. Lo pagaréis caro.
Algo arrasador subió desde las entrañas de
su espíritu. Era la locura asesina propia de los más salvajes guerreros. Gritó,
en busca de enemigos.
A partir de ahí, el mundo se le tornó un
sueño rojizo. Tajaba y aplastaba sin compasión, riendo mientras lo hacía,
segando brazos y cabezas, cortando caftanes y turbantes, golpeando y
revolviéndose entre los musulmanes como un tigre hostigado por hienas. Se
burlaba del peligro, arrojándose suicidamente a los lugares más arriesgados. De
ellos surgía, increíblemente, victorioso, junto a los otros luchadores
cristianos que en la vorágine de la guerra encontraban su auténtica vocación.
Buscaba la muerte, más Ella le rehuía como lo haría una doncella de su brutal
violador.
En una ocasión pasó cerca del mismísimo Campeador, quien, acompañado de su
incondicional Martín Antolínez, repartía tajos en la vanguardia de la batalla.
No era aquél un líder que se escondiera en la retaguardia. Alentaba a sus
hombres con el ejemplo. La planta del Cid resultaba poderosa y arrebatadora. Colada iba y venía sin descanso. Babieca se encabritaba y, al caer, sus
cascos aplastaban torsos y cabezas islámicas.
José Luis siguió pugnando hasta que, de
pronto, no encontró más sarracenos en disposición de luchar. Vio a castellanos
y leoneses levantando las armas y aullando gritos de victoria. La batalla había
acabado y los rebeldes contra el Islam eran los vencedores. Los últimos
musulmanes ya sucumbían bajo el acero inmisericorde de sus enemigos. Los
perdedores que arrojaban las armas sufrían violentos puntapiés y puñetazos,
pero conservaban la vida. Otros intentaban escapar. Los Guerreros de la Cruz, a pie o a caballo, partían en su búsqueda
con ansia cazadora. Tarde o temprano los atraparían.
Todo había terminado tan súbitamente como
empezara.
José Luis levantó los brazos y aulló un
grito de victoria. Dio gracias a Dios. Observó entonces la melladísima espada
de Gonzalo.
–Descansa en paz, amigo –dijo.
Cayó de rodillas, sintiéndose muy débil. Una
poderosa mano sujetó su cuerpo.
–¡No te mueras ahora, muchacho! –bramó
Álvaro Muñoz; el burgalés estaba ajado y sanguinolento, pero sonreía con
ferocidad–. ¡Aún tenemos que celebrarlo!
Lo levantó, cogiéndole de las axilas, sin
delicadeza alguna. El soriano logró sostenerse sobre dos piernas vacilantes y
reprimir las arcadas.
–¡Vive Dios, qué batalla! –exclamó Álvaro–.
¡Digna de ser relatada a nuestros nietos!
–Habrá muchas más –musitó José Luis,
mientras guardaba la espada de Gonzalo en su propia vaina; su voz se endureció–.
Y, al final, venceremos.
Álvaro asintió. Se apoyaron el uno en el
otro y echaron a andar, pisando cadáveres y tierra ensangrentada.
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