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¡Satán Reina! En Poder y Gloria, sobre
nosotros, nuestros ancestros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Y
en Su Templo los Sacerdotes Supremos realizan la invocación suprema y realizan
los necesarios sacrificios humanos. Y Él aparece, Fuerte y Temible, para
regocijo y pánico de Sus feligreses...
No existen sucesos morales, sino una
interpretación moral de los sucesos. El Mal es, simplemente, lo que
desconocemos.
F. Nietzsche
Los candiles del Templo del Deseo de Satán desprendían una luz aceitosa y trémula.
Iluminaban las figuras grotescas y poderosas de negro basalto brillante, las
fauces arrugadas de mandíbulas prominentes y belfos retraídos, los ojos de
fulgor diamantino, rojos como la sangre. Las desnudas esclavas bajaban la
cabeza cuando pasaban junto a las estatuas de los Héroes del Infierno. Las figuras habían sido bautizadas con sangre
de recién nacido y dotadas de un eterno poso mágico. Ningún cultita, salvo los
sacerdotes –y sólo unos pocos de entre ellos– eran capaces de aguantar sus
miradas pétreas e implacables, tan sórdidas como todo lo demás de aquel ámbito.
Techo, suelo y paredes estaban construidos
en oro obscuro, plata roja y celeste, mármol amarillento y jade color del mar.
La luz comulgaba con las tinieblas, los entes demoníacos preferían los rincones
obscuros a la claridad. Muchos acólitos imprudentes habían sido poseídos y
después abandonados al dolor y la locura por acercarse demasiado a los lugares
más sombríos. En general, nadie osaba aventurarse por entre las hileras de
inexpugnables columnas ni aproximarse a las paredes, pues a los diablos les
gustaba la piedra y atrapaban a todo el que se les aproximara de forma
imprudente.
Aquella noche ocurriría algo crucial.
Tendría lugar la Más Alta Invocación,
la Gran Posesión, protagonizada por
el mismísimo Satán, Señor De Todos Los
Infiernos. Cada seiscientos sesenta y seis días, atendiendo a la cifra
mágica de La Bestia, se celebraba una
Invocación de Alto Nivel, en la cual
un ente perteneciente a la nobleza infernal –quizás un barón o un condestable–
poseía a un Recipiente por medio del
cual se comunicaría con los creyentes. Los Recipientes
solían ser esclavos de ambos sexos –los demonios, aunque nadie conocía sus
ritos de reproducción, si los tenían, mostraban caracteres y comportamiento de
marcada sexualidad–, los más bellos ejemplares, entrenados para no resistirse
al ente posesor. Las criaturas terrenales solían intentar defenderse contra la
violación mental y física que suponía una posesión infernal. Sin embargo, allá
se les había adiestrado para brindar gozosamente al demonio todo su ser.
Durante estas fiestas de Invocación y Posesión se encerraba al Recipiente en un círculo pentacular que
retendría al demonio. Éste impartiría sus enseñanzas durante la Misa de Posesión. Tras el mensaje del
ente –que podía durar instantes o hasta ciclos menores– el demonio abandonaba
el cuerpo poseído, cuyo verdadero dueño solía morir o sufrir una profunda
locura hasta el final de su pequeña vida. Aparte de estas Altas Posesiones, todos los ciclos menores tenían lugar otras,
protagonizadas por entes demoníacos de bajo poder. Se encaprichaban con cuerpos
humanos masculinos o femeninos y los tomaban. Por ejemplo, dos ciclos menores
atrás un guardián del Tercer Nivel fue poseído por un demonio guerrero y lo
convirtió durante seis ciclos de instantes en un loco asesino. El poseído mató
con su lanza a siete esclavos, dos Sacerdotes Azules y tres mozos de lucha. El
demonio lo abandonó al fin y el hombre volvió a recuperar el control de su
mente y cuerpo. Fue indultado y bendecido por el Sumo Sacerdote Gris. Tres
ciclos menores antes de este suceso, una manada de súcubos entró en un pequeño
harén de esclavos masculinos. Los muchachos fueron violados durante horas.
Cuando los demonios femeninos se marcharon como vaharada de vapor rojizo los
poseídos lloraban y suplicaban a gritos más placer.
Los sabios aseguraban que el Templo del Deseo de Satán no era más que
un portal entre el Infierno y el resto de las realidades. Nadie sabía en que
punto del Todo estaba ubicado. Se decía que flotaba en la Dimensión de los Sueños –ciertos acólitos aseguraban haber
despertado en él tras una vida anterior de vigilia... o tal vez inconsciencia–.
Otros afirmaban que se hallaba en una línea tangencial a la curvatura del
espacio o del tiempo. Muchos viajeros lo habían buscado incansablemente sin éxito,
otros cayeron en sus pétreas fauces sin desearlo. Un ciclo menor, el Templo aparecía sobre un desierto de
arena negra, al siguiente flotaba plácidamente en un mar de mercurio... Su
posición era itinerante, se movía a través de dimensiones, o quizá éstas fueran
las que girasen y el Templo
permaneciera quieto.
Nadie conocía tampoco los límites físicos
del Templo, dónde empezaba y dónde
acababa, ni la totalidad de sus innumerables salas y pasillos. Tampoco su
antigüedad ni la identidad de sus constructores, fueran humanos o no. Los
árboles genealógicos de ciertas familias sacerdotales se remontaban
interminablemente hacia el pasado. Ni siquiera se comprendía cómo transcurría
el tiempo allí, y por conveniencia trataba de medirse mediante dos tipos de
relojes de agua y arena, que marcaban instantes, ciclos de instantes, ciclos
menores –compuestos de ciclos de instantes– y ciclos mayores –compuestos de
ciclos menores–. Mas... ¿qué fiabilidad podría existir, cuando quizá los
juguetones demonios podían volver del revés las clepsidras antes de que cayera
el último grano o gota?
De cualquier modo, existía una persona que
ostentaba el poder: Barokk, Supremo
Sacerdote del Templo, Sumo Sacerdote
Rojo. Su clan cromático se había impuesto al final de las Guerras Sacerdotales, ochocientos ciclos
mayores atrás. Había tenido que pelear mental y mágicamente contra otros muchos
aspirantes de su propio clan y de los restantes. Él decidía los días en que se
celebrarían las Misas de Posesión,
fuesen éstas Mayores o Menores, los Ciclos de Matanza, las Fiestas del Ensueño o los nuevos
decretos que se incluirían en el Libro
del Arte, la enciclopedia que trataba todos y cada uno de los aspectos
comprensibles de la Magia en el Templo.
Aquel ciclo menor, el de la Altísima Invocación, Barokk marchaba por
el largo y vasto pasillo de basalto negro, sentado sobre un trono de oro
transportado por diez esclavos de fuerza. Le llevaban hacia la Capilla
Posesional. Observaba con deleite las columnatas, las estatuas, los frisos, los
mosaicos de exquisita belleza y malignidad, los tapices de terciopelo, las
armaduras hechas para enfundar cuerpos no humanos...
Nunca se dignaría a volverse, pero sabía que
le seguía una multitudinaria procesión: sacerdotes con túnicas de diferentes
colores siempre tras su trono –quien osara rebasarlo sería despellejado vivo
por el Jefe de la Casta de Torturadores
y después empalado–, las huestes de orgullosos guerreros, las masas de músicos,
arquitectos, pintores, poetas, escultores... Y por último, los rebaños de esclavos,
ya fueran de placer, adornados exquisitamente con sedas y piedras preciosas, de
fuerza, musculosos y estúpidos o de otros múltiples usos, menos valiosos aún
que los anteriores.
Inmediatamente detrás del trono de Barokk, y
sostenido por quince esclavos desnudos y aceitados, estaba el Gran Huevo de Plata, que albergaba el Recipiente sagrado.
Barokk era delgado y alto, de cráneo
rasurado, rasgos suaves y ojos muy negros, inteligentes y penetrantes. Su
voluntad había sido templada al fuego de las despiadadas luchas políticas,
mentales y mágicas contra sus compañeros de casta.
Amaba su puesto. Amaba el Templo. Él había instaurado el Deber del Deseo Satisfecho. Según tal
directriz cada cual tenía la obligación de dejarse llevar por sus instintos más
íntimos. Quien los reprimiera sufriría una ejecución ignominiosa. Por supuesto,
primero hubo de normalizarse esta ley mediante rigurosos decretos basados en
una premisa fundamental: el Derecho
del Ser de Voluntad Fuerte sobre el Ser de Voluntad Débil. Ello permitía que
la criatura de carácter más agresivo y poderoso impusiera todos sus caprichos,
su amor o su crueldad, sobre sus inferiores.
La Casta
de Voluntad Más Fuerte era la sacerdotal, dotada de inteligencia y
conocimientos profundos, capaces de plegar el tapiz de la realidad a su antojo.
Después le seguía la casta guerrera, cuyas contiendas no tenían ningún motivo:
Barokk había comprendido que en todo muchacho dormía un deseo de aplastar y
matar un enemigo con sus propias manos. Si se reprimía tal instinto en beneficio
de la comunidad el individuo sufriría al experimentarlo sentimientos de culpa y
remordimiento, que podían desembocar en timidez, neurosis, depresión y un
descenso pronunciado de vitalidad. Así pues, en las Cámaras de Matanza del Templo los jóvenes con deseos agresivos se
aliaban en ejércitos rivales y daban rienda suelta a su sed de sangre sin
sufrir culpa ni piedad. Miles de guerreros luchaban sólo por el placer de
lidiar y asesinar, sobreviviendo los más rápidos y fuertes, de cuerpos
musculosos y salpicados de carne, sesos y sangre. Ellos liderarían a los que
vinieran después, hasta que otros consiguieran destruirlos, habiendo vivido por
la espada y muriendo igualmente por la espada, en el seno del combate, con una
loca sonrisa en el rostro.
Había Cámaras
de Satisfacción para todas las exigencias.
En las Cámaras
de Contemplación los bohemios e intelectuales hundían sus mentes en el
sopor de las drogas o en los libros de sentido más abstracto para conseguir el
conocimiento profundo que realmente buscaban. Muchos se convertían en
sacerdotes.
En las Cámaras
de Belleza las mujeres más hermosas mostraban su desnuda feminidad, sólo
cubiertas por perfumes, joyas, sedas y cosméticos, a masas de hermosos hombres
encadenados y sometidos a forzosa abstinencia sexual. Ellos trataban de
alcanzarlas con sus manos, siempre sin éxito. Ellas veían en los ojos de los
hombres la adoración absoluta provocada por su hermosura. Paseaban sus cuerpos
deliciosos con deliberado encanto. Así, lograban el placer que sus orgullos
femeninos les demandaban. Había allí concursos y certámenes. Las ganadoras
podían desfigurar el rostro, de por vida, a las perdedoras.
También había Cámaras de Dominación Sexual. En éstas, los hombres y las mujeres
más duros, diestros e implacables ejercían su Derecho del Ser de Voluntad
Más Fuerte sobre admiradores, amantes, temblorosos esclavos de pasión de
ambos sexos, a los que partían el corazón una vez tras otra, de manera refinada
y cruel.
Barokk había descubierto la llave del poder
absoluto: el placer. Dándole placer a los inferiores, el placer que realmente
buscaban, siempre los mantendría controlados. Para envidia y desdicha de otros
sacerdotes, las masas se rebelarían si intentaran expulsarle de su puesto.
Mas... ¿cual era el mayor placer para Barokk?
¿El conocimiento, tal vez? Él había soportado un saber capaz de quebrar mentes
muy poderosas. No, aquella respuesta no lo satisfacía del todo.
Comprendió de pronto que lo que llenaba su
vida era el Amor. Un cariño enorme por su trabajo, por sus inferiores, por su Templo. Los amaba sin reservas. También
amaba a Satán, por supuesto. No le había entregado el alma –esa era una
prerrogativa personal de cualquier habitante del Templo, desde los esclavos a los sacerdotes–, pero ciertamente lo
amaba.
Mas, ¿quién o qué era Satán?, se preguntó.
Al cabo de una vida de difíciles estudios, había llegado a la conclusión de que
no era más que un Ser de Voluntad
Sumamente Fuerte. Una criatura gobernante de ciertas dimensiones o reinos
capaz de enamorar, atraer, dominar y arrastrar a incontables de criaturas. No
podía comprender los esquemas mentales de Satán, pues una Voluntad Fuerte, con el paso del tiempo, acababa expandiendo su
mente hasta hacerla incomprensible para los inferiores. Tampoco conocía si
tenía un último cuerpo o si usaba los de otros, si era un alma, un espíritu, un
espectro, o escapaba a toda descripción física.
Escuchó un gimoteo a su izquierda. Irritado,
miró hacia allí. Una bonita esclava, vestida con gasas sedosas, se había
acercado al trono de Barokk. La mujer sollozaba quedamente y no osaba mirarlo
al rostro –de haberlo hecho, le habrían arrancado con pinzas sus bellos ojos.
–¿Qué quieres, esclava? –preguntó Barokk.
–Amo... La Sacerdotisa Amaria me envía a
vos...
–¿Sabes que serás empalada por interrumpir
mis cavilaciones?
Ella reprimió un sollozo.
–Sí, amo, pues sólo soy una esclava. La
señora Amaria me ordenó llamaros y no podía negarme a obedecerla. Quiere
preguntaros algo...
–Di.
–La señora Amaria desea saber si ella podría
protagonizar la Gran Posesión.
–Ve a tu señora con esta palabra en los
labios: "No". Ya se lo he dicho otras veces. Después de la ceremonia,
preséntate en las Cámaras de Tortura
para que el Sumo Torturador te empale
lentamente. Puedes retirarte, esclava.
–Gracias, amo –la muchacha, sin cesar de
llorar, se marchó cabizbaja.
Barokk miró a la esclava hasta que ésta
desapareció. También la amaba a ella, profundamente. A todos los amaba. Incluso
a la irritante Suma Sacerdotisa Negra
Amaria.
Accedieron a la gigantesca Capilla de Posesión. Llegado un momento
determinado, el trono de Barokk fue depositado en el suelo. Subió la escalinata
sagrada. Los Sumos Sacerdotes del Resto
Cromático –Verde, Azul, Gris, Amarillo y Negro– caminaron tras él con la
cabeza baja. Ninguno de ellos –ni siquiera Barokk– pisó el Sagrado Círculo Pentacular.
Barokk se colocó tras el altar de oro, su
metal favorito. El resto de los sacerdotes se dispuso a su izquierda y derecha.
Distinguió por el rabillo del ojo a Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra. Ya antes de que la magia la convirtiera en
un ser de divina hermosura había sido una mujer muy bella. No podía ocultar
bajo su pesada túnica las rotundas y adorables curvas de su cuerpo. Quizá ella
no las deseara esconder, sino insinuar. El rostro lucía maravilloso, de rasgos
finos y delgados, ojos y cabello muy negros y tersa piel blanca que contrastaba
con unos labios rojos y llenos, labios lujuriosos creados para ser estrujados y
saboreados sin compasión. Era un Ser de
Voluntad Fuerte y conseguía lo que le apetecía. Gustaba de enloquecer a
decenas de hombres y mujeres con su belleza. A muchos los había conducido al
suicidio, tan sólo por pura diversión.
La Sacerdotisa
Negra mostraba un rostro tranquilo, severo. Pero sus ojos no podían ocultar
la ansiedad y la frustración.
Tras el sermón de rigor, escuchado en
expectante silencio por miles de fieles, Barokk ordenó subir el Recipiente al pentáculo.
Los esclavos llevaron la esfera de plata
cerca del altar y la abrieron con gran cuidado –el error de uno costaría una
muerte muy lenta para todos en las Cámaras
de Tortura. Dentro del brillante huevo, ahora abierto, había una mujer
exquisita, apenas cubierta por tenues sedas, maquillada y peinada de manera
elegante. El sedoso y abundante cabello rubio caía graciosamente sobre su
espalda y sus llenos y dulces pechos. Estaba arrodillada, con las manos sobre
los muslos y la cabeza baja. Sus ojos de largas pestañas permanecían
obedientemente cerrados.
Ella sería la víctima, el cuerpo poseído por
Satán.
Barokk se acercó al huevo. Sonrió
tiernamente mientras contemplaba a la chica, como un padre ante su hija.
Acarició el pelo dorado. Ella permanecía inmóvil. La habían drogado para no
ejercer resistencia a la Posesión.
–Puedes abrir tus ojos, doncella –dijo
Barokk con voz meliflua.
La esclava obedeció. Eran azules, con
dilatadas pupilas que brillaban febrilmente.
–Sal de la esfera y colócate en el
pentáculo.
El Recipiente
se movió lánguida y suavemente, provocando un expectante silencio general.
Entró en el círculo pentacular y se arrodilló otra vez, las manos en los muslos
y la cabeza baja. Barokk entró igualmente en la figura geométrica. Sacó de
entre sus ropajes la daga enjoyada e hizo dos cortes, uno en cada muñeca de la
chica. Ella se estremeció ligeramente, mas no emitió sonido alguno.
El Sumo
Sacerdote apretó con sus pulgares las arterias de los finos antebrazos
durante largos instantes. Después retiró la presión y la sangre fluyó, cayendo
en dos grandes cuencos. Utilizó los dedos para pintar de nuevo las líneas de la
estrella invertida y del círculo que rodeaba a la joven. Mientras realizaba
esta tarea musitaba cánticos y adoraciones a los Altos Señores del Infierno, convocándoles, implorándoles fuerza y
dicha. También emitía con trémula voz hechizos arcaicos, poderosos, palabras que
una vez pronunciadas provocaban irreversibles reacciones en cadena.
El aire comenzó a espesarse, como si dos
manos gigantescas estuviesen aplastándolo lentamente. Los presentes sentían
sucios escalofríos que recorrían sus columnas vertebrales. Los más débiles
sollozaban silenciosamente a causa del hipnótico terror. Espectros menores se
debatían alrededor del círculo pentacular, como jirones de aire caliente.
Intentaban penetrar en la figura para poseer a aquella adorable víctima. Mas
Barokk había consagrado el Recipiente
al Altísimo y no permitiría
intromisiones. Así pues, los íncubos chillaban al chocar contra la inmaterial
protección. Muchos pagaban su frustración con el público, poseyendo
furiosamente a diversas esclavas hasta hacerlas aullar entre espasmos.
La sangre de círculo y pentáculo brilló
fulgurantemente. Era una línea de luz escarlata que serpenteaba hasta las
muñecas del Recipiente.
Barokk lamió la daga y después alzó los
brazos. Parecía dotado de un aura de fortaleza. Desorbitó los ojos y gritó con
voz poderosa:
–¡Yo te invoco, Señor de Todos los Infiernos, Príncipe
de las Mentiras! ¡Te invoco por el poder del Mal en los corazones de los
hombres! ¡Por el Universo entero! ¡Ven, Señor Satán, toma esta ofrenda, habla a
tus fieles!
El Recipiente,
de pronto, abrió de par en par sus bellos ojos. A pesar de las drogas, el
horror que sentía era puro, real. Sus pechos se alzaban y bajaban rápidamente,
su fina piel brillaba a causa del sudor. El rostro se contrajo en una expresión
de dolor lacerante. La rubia cabeza cayó hacia atrás y con ella el resto del
cuerpo, como traccionado por una fuerza invisible.
La capilla comenzó a llenarse de murmullos
exclamativos y silencios de admiración.
Amaria se acercó a Barokk, quien contemplaba
al Recipiente contorsionarse inútilmente,
como si un gran peso la aplastara contra el suelo.
–¡Déjame entrar en el círculo pentacular!
–pidió a Barokk Amaría, la Suma
Sacerdotisa Negra, mirando con lujuria mal disimulada al Recipiente–. ¡Tienes el poder de cambiar
la víctima u ofrecerle otra más al Gran Señor!
Barokk la miró con irritación.
–No lo haré, Amaria. Tú ya fuiste Recipiente otra vez. Deja que ahora otro
ocupe ese puesto.
Amarla bufó como una gata furiosa. Tres Altas Invocaciones en el pasado ella
había sido el Recipiente. Se ofreció
voluntaria, aún conociendo los peligros de la Posesión de Satán. Barokk sonrió al recordarla encadenada y
desnuda, anhelando la venida de Su Señor. Satán la había penetrado y embestido
salvajemente una y otra vez. Ella comenzó chillando de dolor, mas pronto sus
alaridos sonaron llenos de placer y lujuria. Miles de acólitos contemplaron a
la Suma Sacerdotisa Negra retorcerse
lúbricamente y gritar obscenidades que hasta para ellos resultaron
escandalosas. En esa ocasión, el Señor de
Todos los Infiernos no les habló; se limitó a satisfacer una lujuria
animal. Pero el público dudaba sobre quién realmente había disfrutado más: si
el posesor o su víctima.
Desde entonces, Amaria había solicitado y
hasta suplicado a Barokk ser el Recipiente
en las siguientes Altas Invocaciones.
El Sacerdote Supremo, divertido, se
negó una vez tras otra.
Los gritos de dolor del Recipiente devenían poco a poco gemidos, para al poco convertirse
en roncos gritos deleitosos de lujuria.
Barokk entrecerró los ojos, contemplando la
posesión. Una criatura sensible, hasta no ser ocupada por un Ser de Mayor Voluntad y despojada
implacablemente de toda intimidad y orgullo, no experimentaba el arrasador
placer reservado al sujeto absolutamente dominado.
Amaria observaba al Recipiente con manifiesta envidia. Barokk sonrió de nuevo. Qué
ironía que la Suma Sacerdotisa Negra,
tan fría, arrogante y cruel, una mujer poderosa que había partido mil corazones
de hombres y mujeres, estuviera tan dispuesta a humillar públicamente su
orgullo a cambio de tamaño placer.
–Eres más esclava que ella –le imprecó
Barokk, señalando al Recipiente
dentro del círculo pentacular.
Amaria le miró con furia asesina, mas de
pronto se vio atacada por la vergüenza y el pudor y se cubrió con las manos su
bellísimo rostro. Aún así, volvió la vista hacia la jovencita poseída, sin
lograr apartarla de ella, entreabriendo los labios. Barokk rió, con gran
placer. También amaba a la ansiosa Amaria, Suma
Sacerdotisa Negra. ¡Cómo los amaba a todos, sus Hijos, sus Retoños! El Recipiente aulló, sin control alguno de
cuerpo y mente. De pronto, fue levantada como por una mano invisible. Sus ojos
se desorbitaron, el horror se pintó en ellos. La boca se abrió hasta que las
mandíbulas se descoyuntaron y vomitó vísceras, intestinos y sangre. El rostro
de la joven estaba ceniciento. Sus ojos brillaban con una agonía capaz de
romper la mente. Surgieron de ella palabras ininteligibles, similares a rugidos
de un tigre, que hacían volar gotas de sangre y espuma. Restallaban como latigazos
metálicos contra el silencio absoluto. Satán les estaba hablando.
Calló. La chica, aún viva, expelió por sus
ojos un humor blanco y amarillo de agrio hedor. De pronto, surgieron
incontables voces de su garganta: mugidos, ladridos, gritos, carcajadas... Y en
todos los tonos. Ninguna resultaba inteligible. Aquella cacofonía resultaba
fascinantemente horrenda. Barokk volvió a preguntarse si Satán sería un solo
ser, un grupo de entes unidos o una mente con múltiples personalidades.
El Recipiente
sufrió una violenta arcada. Volvió a vomitar sangre. Su cabeza se volvió
lentamente. Miró a Amaria. La poseída le sonrió de manera lasciva. Sus ojos
ardían con fulgor rojizo. Llamó a la sacerdotisa moviendo el dedo índice.
Amaria, como hipnotizada, anduvo hacia el
círculo pentacular.
De pronto, gritó de dolor. La barrera mágica
no le permitía entrar en él. La sacerdotisa lo intentó de nuevo,
frenéticamente, pero fue repelida hacia atrás una y otra vez. Al fin, acabó en
el suelo, sudorosa, jadeante, temblando de rabia y frustración. La poseída se
reía de ella con carcajadas infantiles, que aumentaron su frecuencia hasta
convertirse en una sola nota, vibrante y aguda.
Muchos de los presentes rieron también,
sobre todo los Sacerdotes Negros
rivales de Amaria.
Ésta retrocedió, medio a rastras,
horrorizada. La risa se tornó general. Barokk también se regocijó. Al fin y al
cabo, aparte de ser el Príncipe de las
Mentiras, Satán era el Rey de la
Crueldad y la Humillación. La Suma
Sacerdotisa Negra desapareció miserablemente de vista.
El Recipiente
habló voz de hombre, profunda y grave. Abría y cerraba la boca bruscamente como
un muñeco de carne y hueso manejado por un invisible ventrílocuo:
–¡AMADOS FIELES! –un inconmensurable trueno
estalló desde el público. ¡Era el Gran Satán quien les hablaba! Le aclamaron,
riendo y llorando, hasta rompérseles la voz–. ¡YO OS HE
CREADO! ¡YO HE CREADO ESTE TEMPLO! –Barokk esbozó una levísima mueca de
desagrado–. ¡HE HECHO POSIBLES VUESTRAS VIDAS, VUESTRAS
JERARQUÍAS, VUESTRO PODER, VUESTRO PLACER Y VUESTRO DOLOR! ¡ADORADME!
¡ADORADME, GUSANOS!
Miles y miles de acólitos, todos los
presentes en aquella inmensísima sala, se arrodillaron y gritaron su nombre
gozosamente. Eran sus esclavos, lo desearan o no. El poder de la veneración
vencía cualquier orgullo.
Barokk también se postró y tocó con su
frente el suelo. Amaria también lo hizo. Ahora reía felizmente, llena de gozo y
dicha, mientras gritaba el nombre de su amo.
–¿ME AMÁIS? –rugió Satán–. ¿TODOS ME AMÁIS?
Una sola voz afirmativa fue su respuesta.
–¿HASTA EL FONDO DE VUESTROS CORAZONES?
Otra ovación unánime.
–¿NADIE OSARÁ MENTIR?
Una negación de masas.
Los ojos de la poseída salieron expulsados
del rostro. El cadáver se desplomó en el suelo.
–¡BLASFEMIA!
El grito ascendió hacia lo alto y después bajó
al suelo, clamando aquella terrible palabra. Miles de corazones pegaron un
vuelco en sus pechos. La voz, ya fuera del Recipiente,
voló de un extremo a otro de la capilla, como un ave fugaz, su volumen
ascendiendo y descendiendo fantasmalmente:
–¡NO TODOS ME AMÁIS POR COMPLETO! ¡MENTÍS A
VUESTRO SEÑOR!
Barokk sintió pánico: la presencia invocada
estaba fuera del círculo pentacular... Las normas habían sido infringidas, un
imprevisto no sucedido en más de cien Altas
Invocaciones. Un escalofrío subió por su columna vertebral.
Alzó la cabeza, pasmado. Ante él, en el aire,
se abría un vacío de negrura. Era pura nada, obscuridad total y pegajosa, un
desgarrón creciente sobre el tapiz de la realidad. En el centro de la tiniebla
se abría otra más densa, la cual albergaba, a su vez, una tercera sombra que la
superaba en opacidad. Los agujeros crecían concéntricamente, su centro se
remontaba hacia el Infinito. Y todos los abismos miraban a Barokk.
–¿Qué...? –logró musitar el sacerdote.
Quiso retroceder, pero estaba demasiado
horrorizado y fascinado como para hacer otra cosa que permanecer de rodillas,
la vista fija en el agujero sobre el tapiz de la realidad.
"¡SACERDOTE SUPREMO!" –bramó el
Abismo–. "¡ERES TÚ! ¡ERES TÚ QUIEN ME AMA DE FORMA
FALSA! ¡QUIEN NO ME QUIERE CON TODO SU SER!"
Barokk estrelló su frente contra el suelo.
–¡No! –sollozó– ¡Te amo, Señor Mío! ¡Te amo
con todo mi corazón!
"¡NO! AMAS EL TEMPLO. AMAS EL ORDEN,
LA JERARQUÍA, LAS NORMAS... ¡AMAS EL PODER QUE TE DA TU DIOS, PERO NO AMAS A TU
DIOS!
Estalló una brutal, tronante carcajada que
sumió en el terror más abyecto a los presentes. Barokk aún mantenía una parte
de su mente en orden; con ella, escuchaba y entendía lo que Satán le dijo:
"HE VIAJADO A TRAVÉS DE EONES Y
DIMENSIONES. HE CRUZADO LOS ABISMOS, HE BUCEADO EN EL CAOS. HE VISTO EL PASADO
Y EL FUTURO. HE CONTEMPLADO Y HE DOBLEGADO A DIOSES. HE OBSERVADO TODAS LAS
RELIGIONES DE LOS HOMBRES EN TODOS LOS ÁMBITOS DE LA REALIDAD. SUS SUMOS
SACERDOTES SOIS IGUALES. LO QUE REALMENTE AMÁIS ES EL PODER. Y TÚ, BAROKK... TÚ
SÓLO TE AMAS A TI MISMO"
Barokk sufrió un fuerte estremecimiento. La
agonía y el arrepentimiento llenó su espíritu. Comprendió de pronto que Satán
llevaba razón. Él estaba en lo cierto. Era un mal creyente, un falso, un
ególatra que utilizó el poder de Su Señor únicamente en beneficio propio.
El Sumo
Sacerdote vibró. Aulló de manera espeluznante. La mancha de color que era
el sacerdote fluctuó y se retorció como un jirón de formas, se estiró
imposiblemente, se separó del suelo y fue absorbida por la Obscuridad. La tiniebla, entonces, se desgajó en dos gigantescos
ojos de inconmensurable y enloquecedor mal. Elevados por una columna de fuego
blanco y dorado, aquellas dos tenebrosas joyas se alzaron sobre sus fieles.
Ninguno de ellos osó despegar la vista del suelo.
"¡OÍD Y OBEDECED!" –ordenó la voz
sagrada–. "¡DE AHORA EN ADELANTE, NO HAY NORMAS NI
LEYES EN EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN! ¡SOIS LIBRES! ¡SOIS TODOS TOTAL Y
COMPLETAMENTE LIBRES PARA HACER CUANTO DESEÉIS! ¡OS CONCEDO LA LIBERTAD!"
Las dos sombras se expandieron
infinitamente, dispersándose en el Tiempo y el Espacio, hasta desaparecer por
completo.
Los miles de acólitos quedaron en silencio.
Al poco, se oyeron murmullos asombrados, luego conversaciones, quejidos,
protestas, primero gritos y por último un clamor vociferante tan furioso como
angustiado:
–¿Qué haremos ahora?
–¡No hay leyes!
–¿Cómo se regirá el Templo?
–¿Quién nos dirigirá?
–¿Quién será el nuevo Sacerdote Supremo?
–¡Yo! –Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra, estaba en pie, con las manos en las
caderas.
Los miraba altiva y desafiante. Todos
callaron.
Entró en el círculo pentacular, besó en la
boca al muerto Recipiente. Se dirigió
a los fieles:
–¡Hay nuevas normas! –gritó la mujer–. ¡Yo
las impondré! ¡Yo seré el Nuevo Sacerdote
Supremo del Templo del Deseo de Satán!
Miles de seres respiraron, aliviados. La
alegría estalló en forma de salvas y vítores a la nueva Sacerdotisa Suprema del Templo
del Deseo de Satán. Amaria sonrió, satisfecha. Les contempló, borracha de
triunfo, pero también de desprecio: ¡pobres criaturas! Ellos siempre
necesitarían un líder. Jamás dejarían de ser unos esclavos... ¡esclavos de sí
mismos!, incapaces de tomar sus propias decisiones y actuar conforme a ellas.
¡Qué fino sentido del humor el de Su Señor Satán, prometiéndoles la libertad!
Si, ciertamente Él era el Príncipe de las
Mentiras.
De pronto, a pesar de que les despreciaba,
Amaria sintió un enorme cariño hacia ellos. La fuerza de sus emociones la
sorprendió: los amaba. Eran sus hijos, sus niños, a los que ella mimaría,
dirigiría y castigaría. Era un gran gozo el que experimentaba, queriéndolos de
tal manera. Casi sentía pena por Barokk, el frío y duro Barokk, que estuvo tan
concentrado en los elevados asuntos y tan alejado de lo mundano. Amaria decidió
que él nunca podría haber experimentado ese amor hacia sus súbditos. No, era
imposible que Barokk hubiese amado a nadie salvo a sí mismo, como dijo Satán.
Amaria lo compadeció. Pero soltó una gran carcajada. También lo amaba,
estuviera donde estuviese ahora. Mas no cometería los errores que le llevaron a
la ruina. Ella amaba a los acólitos. Estaba llena de amor. Ella no era como
Barokk. La Sacerdotisa Suprema ordenó
retirar el cadáver de la esclava poseída y limpiar el círculo pentacular. Habló
con fuerza y gravedad a sus súbditos y permitió que la aclamaran muchas veces.
Cuando estuvo satisfecha, les dio permiso para marcharse de vuelta a sus
cubiles. Los alborozados fieles se fueron. Había sido una inolvidable Alta Posesión. Había muerto un Sumo Sacerdote y otro tomó su puesto.
Satán les había hablado, les había dado la libertad. ¡Qué gran Señor era! Sin
embargo, todos experimentaban un gran alivio y tranquilidad, a pesar de tan
magnos acontecimientos: era como si, en realidad, nada hubiese cambiado. Nada.
Y eso era lo que realmente les hacia sentirse tan felices.
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