© 2001 by Andrés Díaz Sánchez
En Liter
Área Fantástica.
Abrió los ojos y vio el atardecer, rojo y
franjas amarillas, un cielo sangriento sobre los verdes y cimbreantes campos,
salpicados aquí y allá de inquietos bosques. El Sol murió, viejo, lento y
silencioso. Luego, la obscuridad.
Alzó la cabeza cuando las parturientas
llegaron, como un ejército de furiosas, macizas, repletas madres, arrastrándose
sobre la piel del firmamento, con prisa, viejas, viejísimas: las viejas nubes.
Y entre aquellas y lúgubres damas cabalgaban los jinetes de fuego, blanco
electrizante sobre gris obscuro, un fulgor terrible, intolerable que iluminaba
por momentos la faz de las nubes, descubriendo las terribles formas, los
rostros iracundos, los cuerpos hinchados, bulbosos y deformes. Durante un
latido los alumbraban y los buches gibosos pugnaban por esconderse. Pero al
instante siguiente todo era obscuridad. Brillante y gris, encendido y apagado,
fuego y negrura, mientras los rayos reían a carcajadas con descomunales rugidos,
aquel juego del gato y el ratón. Las nubes se hinchaban, las grandes señoras
del cielo engordaban insanamente, iluminadas por jirones de impúdica luz. Pero
seguían arrastrándose; por aquí venía un grupo de ellas; por allá otro,
tragándose el cielo con voraz ansia y engordando y engordando y engordando de
forma obscena, terrible...
...Hasta que ya no hubo estrellas ni limpia
obscuridad, sino una bóveda de carne gris. Y los relámpagos heraldos bajaban
hasta la Tierra y la hacían saltar en pedazos y la abrían en llamaradas, como
el martillo que aplasta el metal incandescente contra el yunque.
El aire se llenó de tensión, preñado de
furia contenida, las chispas volaban y morían, enloquecidas y alegres en su
fugaz vida. Algo en el cielo reventó, el parto dio comienzo: las nubes se
fundieron bajo el cálido y doloroso abrazo de los señores relámpagos. Y
cayeron, cayeron gritando con suave y desesperado murmullo, como un grito que
exhalaran cientos de gargantas espectrales. Se estrellaron contra el suelo,
eran líquido, cielo fundido, castigadas. Y los truenos rugían furiosos, sin
saber por qué ni por qué no, como ciegos que han perdido la cordura y bailan y
aúllan en la obscuridad, locos que aúllan sin razón concreta. El cielo lloró,
lloró con fuerza durante rabiosas eternidades, como un loco y arrasador
frenesí: aquí un río desbordado, acá una presa rota, allá una cascada en la
montaña. Y los campos verdes fueron inundados, uniendo la lluvia, hierba,
barro, flores, animales y rocas en una misma substancia. Caló en la Tierra y
vagó hasta sus más íntimos rincones, donde las criaturas desconocen la luz y el
color y se oye el sordo retumbar del corazón del Mundo.
Y lloró el cielo durante horas, hasta quedar
sin lágrimas, hasta que no hubo pedazo de firmamento sin fundir. Corrieron los
nuevos manantiales, serpenteando y buscando ávidamente, y siguieron su fluir,
saltando en rápidos y cayendo en cascadas, como niños traviesos y deseosos de
aventura y exploración, hasta cansarse y reposar en lagos y remansos. La masa
amorfa y continua que era ahora la superficie del Mundo descansó de su
turbulencia, y hubo paz después del caos.
El parto había concluido. La obscuridad
cesaba su ser gris. Un nuevo día asomaba su clara faz, cíclope poderoso y
cegador, despidiendo suave y poderoso calor liberado de las llamas. Como un
bálsamo, suavizaba los dolores y cerraba las heridas tras aquel traumático nacimiento.
El nuevo Mundo se engalanó con un fresco perfume de rocío, obsequiando pureza a
lo grotesco y salvaje. Los seres, los pequeños puntos en movimiento, salieron
tímidos para contemplar al nacido y de nuevo la belleza; la alegría de la vida,
pletórica y radiante, que no admitía excusas, inundó los devastados campos. Los
anillos del Arco Iris se reflejaron en los charcos entre el cieno.
Y tras haberlo visto todo, cerró sus ojos y
marchó desde la torre de los sueños hasta la transitoria obscuridad.
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