Todo es
extraño aquí, tan extraño que mi exploración parece que no va a agotar nunca la
reserva de sorpresas que atesora este mundo tan distinto y engañoso. Incluso
las diferencias entre los reinos de la naturaleza han sido borradas, y no sé si
la explosión de colores que percibo es igual para las criaturas que viven bajo
este cielo azul que para mí, en el estado de asombro en que me encuentro por el
insoportable resplandor que me rodea. Todo deslumbra, hiere y quema mi retina
desacostumbrada al desbordamiento de luz en la que los colores danzan tan
salvajemente. ¡Oh!, la danza de la vida frenética de los colores chillones...
Desde el primer instante me sentí deshecho por sus impalpables filos, y desde
entonces, he estado tambaleándome en un esfuerzo desesperado por captar cuál es
el desenvolvimiento normal de las cosas en este mundo, lo usual; pero me parece
que todo lleva la máscara del enigma.
He entrado en
un universo críptico, tan seguro de que sus claves están perfectamente
codificadas que no necesita defenderse: vive despreocupado. Aquí todo me
resulta extraño y todo me ignora, negándome incluso hasta la posibilidad de
investigar. Con horror comprendo que en este mundo no existo. Y sin embargo,
por más pueril que pueda parecer, trato desesperadamente de captar el sentido
de un universo, completamente distinto de mi anterior idea de la realidad,
comparando lo desconocido de este mundo con lo habitual en el mío. El resultado
es incierto y equívoco.
Vi una vasta
extensión de líquido que reflejaba el extraño color del sol; el viento la
rizaba y abría caminos maravillosos en ella. Descendí rápidamente, y lo que
había confundido con el mar, resultó ser una masa de tiernos tallos amarillos,
altos y delgados, mecidos por el viento en movimientos continuos. Los llamo
tallos, aunque puedo estar equivocado, porque no son como los tallos de
nuestras plantas. En la parte superior ostentan un nódulo alargado rodeado por
un gran número de antenas. ¿Realmente están inclinándose hacia mí o es sólo
producto de mi imaginación?
Me acerco al
borde verde que marca la parte oriental de la extensión amarilla. Y de nuevo,
completamente anonadado, me pregunto qué podrían ser esas oscuras columnas que
proyectan innumerables alargamientos delgados e irregulares, formando un
extraño esqueleto, semicubierto por algunas partículas verdes de forma y tamaño
idénticos. A diferencia de lo que ocurre con el esqueleto oscuro, las porciones
verdes se mueven sin cesar, y su agitación me transmite un extraño sentimiento
de peligro y temporalidad. De pie y equidistantes unas de otras, las columnas
inmóviles se parecen a una hilera de máquinas, pero su utilidad me resulta
incomprensible; sólo puedo apercibirme de lo frágiles que son. Sus partes
verdes (si pudieran llamarse partes) están moldeadas con una delicadeza
inusitada. No encuentro palabras para describir las finas líneas que las
cruzan, y no creo que nadie en nuestro mundo pudiera imitarlas. En este mundo
que es más pequeño que el nuestro, todo es naturalmente más frágil, y sin
embargo la diferencia entre lo que había imaginado y lo que veo es tan grande
que estoy seguro de que no serán capaces de comprender enteramente lo que
quiero decir con la palabra frágil.
Esta
fragilidad es preocupante: hace surgir en mí un sentimiento de ternura y
piedad. Me parece que ahí todo es lánguidamente débil, inestable. Cuando
aprieto ligeramente la columna negruzca que está delante de mí, la huella de mi
presión persiste en la materia blanda, señal segura de inferioridad
estructural.
Algo se está
moviendo rápidamente en mi dirección. ¿Será un ser vivo, ese cilindro que está
avanzando por medio de cuatro elementos móviles, mientras que un quinto se está
moviendo frenéticamente en su extremo? Al llegar más cerca, puedo distinguir
sus ojos y una cavidad que se abre y se cierra espasmódicamente. Me pregunto si
está produciendo sonidos que no puedo oír. Se mueve en un círculo a mi
alrededor, tratando de saltar con la ayuda de sus elementos móviles. Excepto en
los ojos, todo su cuerpo está cubierto por muchas antenas cortas de color
blanco, formando una maraña rígida, y me acuerdo de los palpos de la parte
superior de los tallos amarillos... ¿Podría ser este absurdo cilindro una
especie de aparato enviado para hacer un reconocimiento? Ello significaría que
mi presencia ha sido observada, cosa que, después de todo, se podía esperar
razonablemente.
Ahora está
dando vueltas a mi alrededor con mayor furia, peleando tercamente, tratando de
alcanzarme. Incapaz de creer que un aparato pueda actuar tan locamente, lo
relego definitivamente al reino animal. Al principio no puedo acostumbrarme a
la idea... Aquí está el primer animal descubierto en el misterioso mundo azul
que hemos estado observando durante miles de años, preguntándonos al principio
si estaba habitado, descubriendo después señales positivas de algunas
transformaciones deliberadas, que al cabo de bastante tiempo nos permitieron
establecer algunas teorías sobre la apariencia externa de seres pensantes que
—ya no nos cabía duda— estaban destinados a poblarlo. Durante siglos habíamos
estado acariciando la idea de que estas criaturas se nos parecerían, confiados
en que la razón sólo podía ser atribuida a seres semejantes a nosotros. Después
la razón, liberándose gradualmente de los prejuicios, rechazó nuestras locas
esperanzas... Entendimos que la vida, abriéndose paso ciegamente hacia la
perfección, adopta un número infinito de formas adaptadas a distintas
condiciones. Y como las condiciones sobre el planeta azul diferían obviamente
de nuestro entorno, las criaturas estaban impelidas a ser radicalmente
diferentes de todo lo que nos era familiar.
Este cilindro
viviente es un animal. ¿Cuántos intentos fracasados, cuántas formas no viables
descartadas implica la existencia de esta criatura, que me parece tan ridícula?
Sin duda, él también me diría que yo le parezco ridículo, si pudiera comunicar
sus impresiones. El hábito nutre prejuicios despóticos, y estoy empezando a temer
la apariencia de mis criaturas amarillas...
Para escapar a
mi perseguidor, me remonto y alejo hasta que ya no puedo verle. Entonces,
haciéndome invisible para evitar cualquier posible peligro, vuelo lentamente en
dirección a una considerable aglomeración que se dibuja en lontananza. Éste
puede ser uno de esos misteriosos centros en los que innumerables puntos
empiezan a brillar en cuanto se hace de noche, la fuente de numerosas leyendas
sobre los seres vivos más evolucionados de este mundo. El aire se está
oscureciendo gradualmente. Con dolorosa sorpresa percibo unas siluetas
agrupadas que se parecen bastante a nuestras plantaciones y empiezo a sospechar
que los amos del planeta azul podrían ser descubiertos aquí. ¿Y si el destello
de las aglomeraciones es debido únicamente a la fosforescencia de grandes
plantas, tan poderosamente desarrolladas como la flora que tan bien conozco y
sobre la que he volado tantas veces? Me deslizo cada vez más rápido, y las
masas oscuras de siluetas se dibujan aún más claramente. Me parece que ahora
puedo discernir su estructura celular. A distintos niveles empiezan a aparecer
luces de distintas intensidades, y no consigo comprender por qué la luminosidad
no sigue un orden lógico: una mancha brillante por aquí, otras por allí. Aparecen
de repente, y de repente desaparecen. En un instante, surgen líneas brillantes,
rectas o curvas, más brillantes, rectas o curvas, más brillantes que las demás.
Me doy cuenta de que ninguna de las líneas brillantes desaparece, mientras que
las luces aisladas se hacen más densas, como si la luz se difundiera de algún
modo incomprensible de aglomeración en aglomeración. Un aura reluce
delicadamente, en silencio, por encima de todo esto. Ya no me puede caber
ninguna duda; me dirijo hacia uno de los centros en el que considerábamos que
podía hallar una prueba de que seres racionales vivían en el planeta azul y
cada vez me domina más el temor de sufrir una decepción...
Animales
brillantes, que proyectan los rayos de sus redondos ojos en la lejanía, se mueven
entre las oscuras siluetas. Es más frecuente verlos caminando en fila india,
deslizándose al fondo de la masa celular que parados. A diferencia de nuestra
flora pujante y sin adornos, estas plantas conservan incluso por la noche los
colores llamativos que pertenecen a la exuberante vida de este mundo. Unos
destellos de colores brillantes brotan de sus cuerpos, que se retuercen y
doblan sin descanso, exudando su cromática vitalidad. Descarto la posibilidad
de que haya algún sentido en sus idas y venidas. Como sus colores se desvanecen
sólo para aparecer de nuevo, sin cambiar, no pueden expresar más que una
llamada, quizá la inconsciente urgencia de la reproducción.
He alcanzado
el borde de la aglomeración. Aquí una zona circunscrita se halla cubierta con extrañas
formas blancas y negras cuyo sentido no alcanzo a comprender. Una vez más me
pregunto si estas formas, con su geometría idéntica —una línea vertical cortada
por una horizontal— no son aparatos con alguna función especial. ¿Podrían
proporcionar un clima favorable para las amplias plantaciones que se extienden
en torno suyo? Cada uno va encima de una pequeña elevación cubierta por láminas
muy delicadas de color verde, entre las que puedo distinguir unos espacios
coloreados de inimaginable fragilidad.
Uno de los
animales brillantes que se agitan entre las masas vegetales se queda inmóvil de
pronto. Sus redondos ojos pierden el brillo, pero al mismo tiempo un fulgor
centellea a lo largo de su cuerpo listado, y una abertura lateral se dibuja en
la cubierta brillante. De ella emergen dos extrañas formas, y son tan extrañas
que desciendo para distinguirlas mejor. Durante un rato imagino que podría
estar asistiendo a un alumbramiento, pero veo que en realidad hay una gran
diferencia anatómica entre las dos siluetas emergentes y el pesado animal. ¿Son
alguna clase de parásitos? Liberado de su carga, el animal saca su luz interna
y empieza a deslizarse alejándose, despreocupado, mientras sus ojos redondos se
llenan otra vez de luz.
Las extrañas
criaturas están solas ahora. ¿Cómo las describiría? Unas figuras finas y
alargadas, que empiezan con dos elementos que se unen en un tronco y acaban en
una esfera. En la imperfecta esfera brillan dos ojos a cada lado de una
protuberancia con una estrecha raja horizontal bajo ella. Dos prolongaciones
laterales del tronco cuelgan fláccidas o se mueven independientemente, cada una
con cinco apéndices articulados moviéndose en su extremo...
Comprendo lo
insatisfactoria que resulta esta descripción, pero no puedo explicarlo más claramente.
Su apariencia es tan distinta de las criaturas de nuestro mundo que me veo
impotente para hacer una comparación que pudiera sugerir la fragilidad de su
improbable estructura. No puedo imaginar el lugar que ocupan en la escala
animal del mundo azul, pero supongo que tales seres indefensos, que se
desplazan por medio de un movimiento rítmico de los dos elementos que soportan
sus troncos alargados, debe estar entre los más bajos. Por ello resulta
innecesario seguir su dolorosa y lenta trayectoria entre las orgullosas
siluetas de la plantación. Trato en vano de imaginarme a los seres superiores
de este mundo extraño, mientras me pregunto a qué se parecen y dónde viven.
...Poco tiempo
después, mis ojos se han acostumbrado a las potentes radiaciones coloreadas que
pulsan a intervalos regulares en las cubiertas de las plantas. Me siento con
suficiente valor para acercarme un poco más. La mayor parte de las paredes de
las células de las plantas están iluminadas ahora, y descubro, enmudecido por
el asombro, que las porciones iluminadas se han vuelto transparentes. Y cosa
extraña también, innumerables parásitos de la clase que acabo de describir se
han instalado en estas células. Algunos están quietos, otros se mueven
libremente por ellas, parecen haber organizado una vida compleja, utilizando la
estructura de la célula con asombrosa habilidad. Pues estas plantas imponentes
tienen una constitución poco habitual, esponjosa basada en ringleras de células
cuyos detalles internos se repiten sólo aproximadamente.
En los
espacios vacíos entre sus elementos componentes, puedo distinguir formaciones
que no alcanzo a identificar; una superficie plana que descansa en cuatro
diminutos pilares, rodeada por todas partes por unas formaciones más pequeñas
que no difieren mucho de ellas; un paralepípedo en el que una de las diminutas
criaturas que parecen haber invadido las plantas está revolviendo precisamente
en este instante; algunas imágenes extrañas, planas, pero que sugieren
profundidad, fijadas a las paredes de las células; globos luminosos, brillantes
formas refulgentes con huecos de distintas dimensiones en ellas, excrecencias
multicolores, y una multitud de elementos indescriptibles. Nunca habría
imaginado que la morfología de las plantas pudiera ser tan complicada. Pero lo
que es realmente sorprendente es la habilidad con la que estos parásitos
adaptan la forma natural de las células a las sencillas necesidades de su vida.
A primera
vista un observador no informado podría pensar que los propios parásitos habían
creado el alojamiento detallado en el que se mueven, pues sus gestos y
movimientos son perfectamente tranquilos y naturales. Ahora, por ejemplo, un
grupo de estas criaturas se ha reunido en esas formas peculiares que consisten
en superficies planas cada una de ellas sostenida por cuatro puntos, mientras
las protuberancias móviles de los parásitos están manipulando algunas
sustancias de distintos colores, colocadas en la amplia superficie plana a cuyo
alrededor se han reunido. Por primera vez veo que las criaturas alargadas
tienen hijos, unas criaturas más pequeñas, que se parecen mucho a sus padres
adultos. Al examinarlos más cuidadosamente, empiezo a darme cuenta de que esas
esferas, cada una con un par de ojos, no son absolutamente idénticas, como
pensé al principio. Son ligeramente diferentes en tamaño y pigmentación, lo que
les confiere por lo menos unos rasgos característicos si no una individualidad
particular. Unos son más bajos y otros más altos, el color de sus ojos varía
(cosa poco corriente y, por lo que yo sé, que no se da en nuestro mundo
animal), las esferas móviles de la parte superior de sus cuerpos están
cubiertas por diferentes cantidades de materia blanca, amarilla o roja capaz de
adoptar varias formas; incluso las cubiertas de sus cuerpos difieren en cada
individuo. Naturalmente no sé lo que puede ser atribuido al mimetismo o a una
propiedad básica; sin embargo, cuanto más observo a estos insignificantes
parásitos de las plantas, más me parece que no puedo negar que tienen alguna
forma de inteligencia. Cuesta imaginar que sólo por instinto puedan realizar
las distintas acciones que estoy observando. Por otra parte, aunque estos
sencillos parásitos puedan detentar algunos rudimentos de inteligencia, debo
admirar a los creadores de la civilización del planeta azul, y la idea de que
quizá nos hayan superado en algunos campos de actividad no me parece demasiado
arriesgada.
¿Pero por qué
no se muestran ellos mismos? Obviamente, a pesar de su notable conducta, he
pasado demasiado tiempo observando la actividad de los parásitos en las células
de las plantas, y ya es hora de que dirija mi atención hacia las criaturas que
estoy buscando. Me deslizo entre las masas de la plantación, admirando una vez
más los colores que se abren paso a lo largo de ciertas porciones de la flora
estrictamente delimitadas. Además, las mismas formas aparecen bajo diferentes
colores, como si las extrañas líneas rectas y curvas trazadas por el chorreo de
luz coloreada no fueran accidentales, como si tuvieran algún sentido racional que
superase a la llamada vital instintiva que sospeché. ¿Podría ser así realmente?
En este
momento se abre de par en par un orificio debajo de las bandas multicolores de
los faros que observo, y entre un rayo de luz, una multitud de parásitos salen
de la masa que está cerca de mí. ¿Qué pánico ciego les ha sacado de sus
células, cuál es la causa oculta de tal emigración inesperada? Aisladas o en
grupos, las misteriosas criaturas alargadas se mueven tan rápido como sus dos
prolongaciones móviles se lo permiten, y algunas de ellas penetran en los
cuerpos de animales minúsculos semejantes a los que ya he visto deslizándose
por la base de las masas de plantaciones. Al principio están parados, durmiendo
con sus ojos cerrados. Sin embargo, en cuanto los parásitos se han introducido
en sus cuerpos, los animales se despiertan, sus ojos redondos empiezan a
brillar, y las torpes criaturas se deslizan con rapidez sorprendente,
dispersándose en todas direcciones. ¿Diré lo que pienso? No puedo evitar
sospechar que estos animales estaban esperando la llegada de los parásitos,
como si aspiraran a restablecer una anhelada simbiosis.
No todos los
parásitos han encontrado tales refugios móviles. Muchas de las criaturas que
han surgido de las células de plantas adornadas con faros multicolores se
mueven por sí mismas. El espacio entre las plantas se ha llenado de criaturas
que se mueven en direcciones opuestas. Sin embargo, un animal cuyos ojos
redondos fulgen aparece y se dirige a la planta marcada por la violenta
explosión de faros coloreados. Una diminuta criatura viene a su encuentro,
moviendo una de las delgadas protuberancias de su cuerpo. El brillante animal
no se apercibe de ello y pasa de largo despreocupadamente, un segundo después
se para obediente cuando el parásito se dirige hacia él, e incluso le permite
acomodarse en su cavidad, iluminada durante un instante...
¡No, eso no
puede ser! No puedo creerlo, aunque trato en vano de no expresar el pensamiento
en un «tono» mental demasiado alto. Todo lo que les he transmitido hasta ahora
tendrá que ser reexaminado a la luz del asombroso descubrimiento que acabo de
hacer, ahora que he visto por primera vez, de frente, a la cosa que había
tomado por un animal.
En realidad,
la masa brillante en la que refulgen unos ojos redondos y cuyo interior hueco
puede ser iluminado, parece ser puesta en funcionamiento por una de esas
pequeñas criaturas que había despreciado. El llamado animal debe ser una
máquina, un instrumento perteneciente a las extrañas criaturas verticales. Sin
embargo, a duras penas consigo creer que son precisamente estas criaturas
quienes representan a nuestros semejantes racionales, los dueños de este mundo
desconocido. Mis recelos persisten en vista de la enorme diferencia entre
nuestra forma y la suya, pero si pudiéramos vencer nuestros prejuicios y, para
ser francos, nuestras testarudas esperanzas reconoceríamos en su conducta una
manifestación positiva de inteligencia.
Ahora que miro
de forma distinta todo lo que me rodea, comprendo que todo lo que he
descubierto es la prueba de la actividad deliberada llevada a cabo por estos
hermanos nuestros del planeta azul. Y me asombra su habilidad para conocer y
realizar la síntesis. Han levantado edificios que tomé por plantas, edificios
de vastas dimensiones si se los compara con sus diminutos cuerpos. Sus faros de
colores forman un sistema de señalización, cuyo sentido se nos escaparía, pero
que ellos puedan captar perfectamente. Han inventado máquinas peculiares,
cambiado las características de su planeta y volado para explorar el espacio
exterior. Ellas, las pensantes criaturas verticales...
No puedo decir
nada más, no puedo aclarar mis ideas. ¿Comprenden lo que esto significa? He
descubierto a los impulsores de la civilización en el tercer planeta del sol
amarillo. Puedo verlos, están aquí. Se mueven delante de mis mismísimos ojos y
no se dan cuenta de que les veo. De ahora en adelante (y esto no es una
leyenda), no estamos solos. ¿Lo entienden? No estamos solos.
¡Ya no estamos
solos!
FIN
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