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Vladimir Colin - El contacto



Todo es extraño aquí, tan extraño que mi exploración parece que no va a agotar nunca la reserva de sorpresas que atesora este mundo tan distinto y engañoso. Incluso las diferencias entre los reinos de la naturaleza han sido borradas, y no sé si la explosión de colores que percibo es igual para las criaturas que viven bajo este cielo azul que para mí, en el estado de asombro en que me encuentro por el insoportable resplandor que me rodea. Todo deslumbra, hiere y quema mi retina desacostumbrada al desbordamiento de luz en la que los colores danzan tan salvajemente. ¡Oh!, la danza de la vida frenética de los colores chillones... Desde el primer instante me sentí deshecho por sus impalpables filos, y desde entonces, he estado tambaleándome en un esfuerzo desesperado por captar cuál es el desenvolvimiento normal de las cosas en este mundo, lo usual; pero me parece que todo lleva la máscara del enigma.
He entrado en un universo críptico, tan seguro de que sus claves están perfectamente codificadas que no necesita defenderse: vive despreocupado. Aquí todo me resulta extraño y todo me ignora, negándome incluso hasta la posibilidad de investigar. Con horror comprendo que en este mundo no existo. Y sin embargo, por más pueril que pueda parecer, trato desesperadamente de captar el sentido de un universo, completamente distinto de mi anterior idea de la realidad, comparando lo desconocido de este mundo con lo habitual en el mío. El resultado es incierto y equívoco.
Vi una vasta extensión de líquido que reflejaba el extraño color del sol; el viento la rizaba y abría caminos maravillosos en ella. Descendí rápidamente, y lo que había confundido con el mar, resultó ser una masa de tiernos tallos amarillos, altos y delgados, mecidos por el viento en movimientos continuos. Los llamo tallos, aunque puedo estar equivocado, porque no son como los tallos de nuestras plantas. En la parte superior ostentan un nódulo alargado rodeado por un gran número de antenas. ¿Realmente están inclinándose hacia mí o es sólo producto de mi imaginación?
Me acerco al borde verde que marca la parte oriental de la extensión amarilla. Y de nuevo, completamente anonadado, me pregunto qué podrían ser esas oscuras columnas que proyectan innumerables alargamientos delgados e irregulares, formando un extraño esqueleto, semicubierto por algunas partículas verdes de forma y tamaño idénticos. A diferencia de lo que ocurre con el esqueleto oscuro, las porciones verdes se mueven sin cesar, y su agitación me transmite un extraño sentimiento de peligro y temporalidad. De pie y equidistantes unas de otras, las columnas inmóviles se parecen a una hilera de máquinas, pero su utilidad me resulta incomprensible; sólo puedo apercibirme de lo frágiles que son. Sus partes verdes (si pudieran llamarse partes) están moldeadas con una delicadeza inusitada. No encuentro palabras para describir las finas líneas que las cruzan, y no creo que nadie en nuestro mundo pudiera imitarlas. En este mundo que es más pequeño que el nuestro, todo es naturalmente más frágil, y sin embargo la diferencia entre lo que había imaginado y lo que veo es tan grande que estoy seguro de que no serán capaces de comprender enteramente lo que quiero decir con la palabra frágil.
Esta fragilidad es preocupante: hace surgir en mí un sentimiento de ternura y piedad. Me parece que ahí todo es lánguidamente débil, inestable. Cuando aprieto ligeramente la columna negruzca que está delante de mí, la huella de mi presión persiste en la materia blanda, señal segura de inferioridad estructural.
Algo se está moviendo rápidamente en mi dirección. ¿Será un ser vivo, ese cilindro que está avanzando por medio de cuatro elementos móviles, mientras que un quinto se está moviendo frenéticamente en su extremo? Al llegar más cerca, puedo distinguir sus ojos y una cavidad que se abre y se cierra espasmódicamente. Me pregunto si está produciendo sonidos que no puedo oír. Se mueve en un círculo a mi alrededor, tratando de saltar con la ayuda de sus elementos móviles. Excepto en los ojos, todo su cuerpo está cubierto por muchas antenas cortas de color blanco, formando una maraña rígida, y me acuerdo de los palpos de la parte superior de los tallos amarillos... ¿Podría ser este absurdo cilindro una especie de aparato enviado para hacer un reconocimiento? Ello significaría que mi presencia ha sido observada, cosa que, después de todo, se podía esperar razonablemente.
Ahora está dando vueltas a mi alrededor con mayor furia, peleando tercamente, tratando de alcanzarme. Incapaz de creer que un aparato pueda actuar tan locamente, lo relego definitivamente al reino animal. Al principio no puedo acostumbrarme a la idea... Aquí está el primer animal descubierto en el misterioso mundo azul que hemos estado observando durante miles de años, preguntándonos al principio si estaba habitado, descubriendo después señales positivas de algunas transformaciones deliberadas, que al cabo de bastante tiempo nos permitieron establecer algunas teorías sobre la apariencia externa de seres pensantes que —ya no nos cabía duda— estaban destinados a poblarlo. Durante siglos habíamos estado acariciando la idea de que estas criaturas se nos parecerían, confiados en que la razón sólo podía ser atribuida a seres semejantes a nosotros. Después la razón, liberándose gradualmente de los prejuicios, rechazó nuestras locas esperanzas... Entendimos que la vida, abriéndose paso ciegamente hacia la perfección, adopta un número infinito de formas adaptadas a distintas condiciones. Y como las condiciones sobre el planeta azul diferían obviamente de nuestro entorno, las criaturas estaban impelidas a ser radicalmente diferentes de todo lo que nos era familiar.
Este cilindro viviente es un animal. ¿Cuántos intentos fracasados, cuántas formas no viables descartadas implica la existencia de esta criatura, que me parece tan ridícula? Sin duda, él también me diría que yo le parezco ridículo, si pudiera comunicar sus impresiones. El hábito nutre prejuicios despóticos, y estoy empezando a temer la apariencia de mis criaturas amarillas...
Para escapar a mi perseguidor, me remonto y alejo hasta que ya no puedo verle. Entonces, haciéndome invisible para evitar cualquier posible peligro, vuelo lentamente en dirección a una considerable aglomeración que se dibuja en lontananza. Éste puede ser uno de esos misteriosos centros en los que innumerables puntos empiezan a brillar en cuanto se hace de noche, la fuente de numerosas leyendas sobre los seres vivos más evolucionados de este mundo. El aire se está oscureciendo gradualmente. Con dolorosa sorpresa percibo unas siluetas agrupadas que se parecen bastante a nuestras plantaciones y empiezo a sospechar que los amos del planeta azul podrían ser descubiertos aquí. ¿Y si el destello de las aglomeraciones es debido únicamente a la fosforescencia de grandes plantas, tan poderosamente desarrolladas como la flora que tan bien conozco y sobre la que he volado tantas veces? Me deslizo cada vez más rápido, y las masas oscuras de siluetas se dibujan aún más claramente. Me parece que ahora puedo discernir su estructura celular. A distintos niveles empiezan a aparecer luces de distintas intensidades, y no consigo comprender por qué la luminosidad no sigue un orden lógico: una mancha brillante por aquí, otras por allí. Aparecen de repente, y de repente desaparecen. En un instante, surgen líneas brillantes, rectas o curvas, más brillantes, rectas o curvas, más brillantes que las demás. Me doy cuenta de que ninguna de las líneas brillantes desaparece, mientras que las luces aisladas se hacen más densas, como si la luz se difundiera de algún modo incomprensible de aglomeración en aglomeración. Un aura reluce delicadamente, en silencio, por encima de todo esto. Ya no me puede caber ninguna duda; me dirijo hacia uno de los centros en el que considerábamos que podía hallar una prueba de que seres racionales vivían en el planeta azul y cada vez me domina más el temor de sufrir una decepción...
Animales brillantes, que proyectan los rayos de sus redondos ojos en la lejanía, se mueven entre las oscuras siluetas. Es más frecuente verlos caminando en fila india, deslizándose al fondo de la masa celular que parados. A diferencia de nuestra flora pujante y sin adornos, estas plantas conservan incluso por la noche los colores llamativos que pertenecen a la exuberante vida de este mundo. Unos destellos de colores brillantes brotan de sus cuerpos, que se retuercen y doblan sin descanso, exudando su cromática vitalidad. Descarto la posibilidad de que haya algún sentido en sus idas y venidas. Como sus colores se desvanecen sólo para aparecer de nuevo, sin cambiar, no pueden expresar más que una llamada, quizá la inconsciente urgencia de la reproducción.
He alcanzado el borde de la aglomeración. Aquí una zona circunscrita se halla cubierta con extrañas formas blancas y negras cuyo sentido no alcanzo a comprender. Una vez más me pregunto si estas formas, con su geometría idéntica —una línea vertical cortada por una horizontal— no son aparatos con alguna función especial. ¿Podrían proporcionar un clima favorable para las amplias plantaciones que se extienden en torno suyo? Cada uno va encima de una pequeña elevación cubierta por láminas muy delicadas de color verde, entre las que puedo distinguir unos espacios coloreados de inimaginable fragilidad.
Uno de los animales brillantes que se agitan entre las masas vegetales se queda inmóvil de pronto. Sus redondos ojos pierden el brillo, pero al mismo tiempo un fulgor centellea a lo largo de su cuerpo listado, y una abertura lateral se dibuja en la cubierta brillante. De ella emergen dos extrañas formas, y son tan extrañas que desciendo para distinguirlas mejor. Durante un rato imagino que podría estar asistiendo a un alumbramiento, pero veo que en realidad hay una gran diferencia anatómica entre las dos siluetas emergentes y el pesado animal. ¿Son alguna clase de parásitos? Liberado de su carga, el animal saca su luz interna y empieza a deslizarse alejándose, despreocupado, mientras sus ojos redondos se llenan otra vez de luz.
Las extrañas criaturas están solas ahora. ¿Cómo las describiría? Unas figuras finas y alargadas, que empiezan con dos elementos que se unen en un tronco y acaban en una esfera. En la imperfecta esfera brillan dos ojos a cada lado de una protuberancia con una estrecha raja horizontal bajo ella. Dos prolongaciones laterales del tronco cuelgan fláccidas o se mueven independientemente, cada una con cinco apéndices articulados moviéndose en su extremo...
Comprendo lo insatisfactoria que resulta esta descripción, pero no puedo explicarlo más claramente. Su apariencia es tan distinta de las criaturas de nuestro mundo que me veo impotente para hacer una comparación que pudiera sugerir la fragilidad de su improbable estructura. No puedo imaginar el lugar que ocupan en la escala animal del mundo azul, pero supongo que tales seres indefensos, que se desplazan por medio de un movimiento rítmico de los dos elementos que soportan sus troncos alargados, debe estar entre los más bajos. Por ello resulta innecesario seguir su dolorosa y lenta trayectoria entre las orgullosas siluetas de la plantación. Trato en vano de imaginarme a los seres superiores de este mundo extraño, mientras me pregunto a qué se parecen y dónde viven.
...Poco tiempo después, mis ojos se han acostumbrado a las potentes radiaciones coloreadas que pulsan a intervalos regulares en las cubiertas de las plantas. Me siento con suficiente valor para acercarme un poco más. La mayor parte de las paredes de las células de las plantas están iluminadas ahora, y descubro, enmudecido por el asombro, que las porciones iluminadas se han vuelto transparentes. Y cosa extraña también, innumerables parásitos de la clase que acabo de describir se han instalado en estas células. Algunos están quietos, otros se mueven libremente por ellas, parecen haber organizado una vida compleja, utilizando la estructura de la célula con asombrosa habilidad. Pues estas plantas imponentes tienen una constitución poco habitual, esponjosa basada en ringleras de células cuyos detalles internos se repiten sólo aproximadamente.
En los espacios vacíos entre sus elementos componentes, puedo distinguir formaciones que no alcanzo a identificar; una superficie plana que descansa en cuatro diminutos pilares, rodeada por todas partes por unas formaciones más pequeñas que no difieren mucho de ellas; un paralepípedo en el que una de las diminutas criaturas que parecen haber invadido las plantas está revolviendo precisamente en este instante; algunas imágenes extrañas, planas, pero que sugieren profundidad, fijadas a las paredes de las células; globos luminosos, brillantes formas refulgentes con huecos de distintas dimensiones en ellas, excrecencias multicolores, y una multitud de elementos indescriptibles. Nunca habría imaginado que la morfología de las plantas pudiera ser tan complicada. Pero lo que es realmente sorprendente es la habilidad con la que estos parásitos adaptan la forma natural de las células a las sencillas necesidades de su vida.
A primera vista un observador no informado podría pensar que los propios parásitos habían creado el alojamiento detallado en el que se mueven, pues sus gestos y movimientos son perfectamente tranquilos y naturales. Ahora, por ejemplo, un grupo de estas criaturas se ha reunido en esas formas peculiares que consisten en superficies planas cada una de ellas sostenida por cuatro puntos, mientras las protuberancias móviles de los parásitos están manipulando algunas sustancias de distintos colores, colocadas en la amplia superficie plana a cuyo alrededor se han reunido. Por primera vez veo que las criaturas alargadas tienen hijos, unas criaturas más pequeñas, que se parecen mucho a sus padres adultos. Al examinarlos más cuidadosamente, empiezo a darme cuenta de que esas esferas, cada una con un par de ojos, no son absolutamente idénticas, como pensé al principio. Son ligeramente diferentes en tamaño y pigmentación, lo que les confiere por lo menos unos rasgos característicos si no una individualidad particular. Unos son más bajos y otros más altos, el color de sus ojos varía (cosa poco corriente y, por lo que yo sé, que no se da en nuestro mundo animal), las esferas móviles de la parte superior de sus cuerpos están cubiertas por diferentes cantidades de materia blanca, amarilla o roja capaz de adoptar varias formas; incluso las cubiertas de sus cuerpos difieren en cada individuo. Naturalmente no sé lo que puede ser atribuido al mimetismo o a una propiedad básica; sin embargo, cuanto más observo a estos insignificantes parásitos de las plantas, más me parece que no puedo negar que tienen alguna forma de inteligencia. Cuesta imaginar que sólo por instinto puedan realizar las distintas acciones que estoy observando. Por otra parte, aunque estos sencillos parásitos puedan detentar algunos rudimentos de inteligencia, debo admirar a los creadores de la civilización del planeta azul, y la idea de que quizá nos hayan superado en algunos campos de actividad no me parece demasiado arriesgada.
¿Pero por qué no se muestran ellos mismos? Obviamente, a pesar de su notable conducta, he pasado demasiado tiempo observando la actividad de los parásitos en las células de las plantas, y ya es hora de que dirija mi atención hacia las criaturas que estoy buscando. Me deslizo entre las masas de la plantación, admirando una vez más los colores que se abren paso a lo largo de ciertas porciones de la flora estrictamente delimitadas. Además, las mismas formas aparecen bajo diferentes colores, como si las extrañas líneas rectas y curvas trazadas por el chorreo de luz coloreada no fueran accidentales, como si tuvieran algún sentido racional que superase a la llamada vital instintiva que sospeché. ¿Podría ser así realmente?
En este momento se abre de par en par un orificio debajo de las bandas multicolores de los faros que observo, y entre un rayo de luz, una multitud de parásitos salen de la masa que está cerca de mí. ¿Qué pánico ciego les ha sacado de sus células, cuál es la causa oculta de tal emigración inesperada? Aisladas o en grupos, las misteriosas criaturas alargadas se mueven tan rápido como sus dos prolongaciones móviles se lo permiten, y algunas de ellas penetran en los cuerpos de animales minúsculos semejantes a los que ya he visto deslizándose por la base de las masas de plantaciones. Al principio están parados, durmiendo con sus ojos cerrados. Sin embargo, en cuanto los parásitos se han introducido en sus cuerpos, los animales se despiertan, sus ojos redondos empiezan a brillar, y las torpes criaturas se deslizan con rapidez sorprendente, dispersándose en todas direcciones. ¿Diré lo que pienso? No puedo evitar sospechar que estos animales estaban esperando la llegada de los parásitos, como si aspiraran a restablecer una anhelada simbiosis.
No todos los parásitos han encontrado tales refugios móviles. Muchas de las criaturas que han surgido de las células de plantas adornadas con faros multicolores se mueven por sí mismas. El espacio entre las plantas se ha llenado de criaturas que se mueven en direcciones opuestas. Sin embargo, un animal cuyos ojos redondos fulgen aparece y se dirige a la planta marcada por la violenta explosión de faros coloreados. Una diminuta criatura viene a su encuentro, moviendo una de las delgadas protuberancias de su cuerpo. El brillante animal no se apercibe de ello y pasa de largo despreocupadamente, un segundo después se para obediente cuando el parásito se dirige hacia él, e incluso le permite acomodarse en su cavidad, iluminada durante un instante...
¡No, eso no puede ser! No puedo creerlo, aunque trato en vano de no expresar el pensamiento en un «tono» mental demasiado alto. Todo lo que les he transmitido hasta ahora tendrá que ser reexaminado a la luz del asombroso descubrimiento que acabo de hacer, ahora que he visto por primera vez, de frente, a la cosa que había tomado por un animal.
En realidad, la masa brillante en la que refulgen unos ojos redondos y cuyo interior hueco puede ser iluminado, parece ser puesta en funcionamiento por una de esas pequeñas criaturas que había despreciado. El llamado animal debe ser una máquina, un instrumento perteneciente a las extrañas criaturas verticales. Sin embargo, a duras penas consigo creer que son precisamente estas criaturas quienes representan a nuestros semejantes racionales, los dueños de este mundo desconocido. Mis recelos persisten en vista de la enorme diferencia entre nuestra forma y la suya, pero si pudiéramos vencer nuestros prejuicios y, para ser francos, nuestras testarudas esperanzas reconoceríamos en su conducta una manifestación positiva de inteligencia.
Ahora que miro de forma distinta todo lo que me rodea, comprendo que todo lo que he descubierto es la prueba de la actividad deliberada llevada a cabo por estos hermanos nuestros del planeta azul. Y me asombra su habilidad para conocer y realizar la síntesis. Han levantado edificios que tomé por plantas, edificios de vastas dimensiones si se los compara con sus diminutos cuerpos. Sus faros de colores forman un sistema de señalización, cuyo sentido se nos escaparía, pero que ellos puedan captar perfectamente. Han inventado máquinas peculiares, cambiado las características de su planeta y volado para explorar el espacio exterior. Ellas, las pensantes criaturas verticales...
No puedo decir nada más, no puedo aclarar mis ideas. ¿Comprenden lo que esto significa? He descubierto a los impulsores de la civilización en el tercer planeta del sol amarillo. Puedo verlos, están aquí. Se mueven delante de mis mismísimos ojos y no se dan cuenta de que les veo. De ahora en adelante (y esto no es una leyenda), no estamos solos. ¿Lo entienden? No estamos solos.
¡Ya no estamos solos!


FIN


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