Año del señor 879, 11 de Febrero
¿Es ésta la vida?
Tengo frío, un terrible frío que me cala hasta los huesos y que esta manta pesada y
áspera no llega a mitigar.
¿Es el frío lo que me ha tenido despierto toda la noche? ¿O
este torbellino irregular de pensamientos que agita mi mente y me arrastra al desorden?
Silencio. Es la regla.
Fuera está oscuro. Solo los
gritos de las rapaces nocturnas hieren esta quietud irreal, revelando malos
presagios.
Siento la respiración profunda de
mis camaradas de dormitorio.
Veo la sombra de sus cuerpos
inmóviles sobre el jergón, proyectada sobre el muro por la luz débil de la
lámpara alimentada de grasa animal que queda encendida durante las horas del
reposo.
Atravesan el día nutriéndose de
esperanza y de fe. Sin dudas, sin porqué.
Recitar los oficios nocturnos y
las alabanzas matutinas. Después el trabajo, la Santa Misa, la celebración de
la sexta, La campana del Angelus que llama al almuerzo, el reposo. Y todavía el
trabajo hasta el crepúsculo, la cena frugal, el breve recreo y la hora de
completas.
Y por fin aún el silencio. Es la
regla.
¿Y yo? Yo, perdido entre ellos,
vivo el tormento de horas larguísimas y angustiosas.
¿Qué me sucede, Dios mío? ¿Por
qué esta inquietud, esta sed que me hace arder las entrañas y que ninguna de
las fuentes a mi disposición es capaz de extinguir?
Dentro de poco el repicar seco de
las campanas anunciará otro día y todo comenzará de nuevo y de nuevo. Y así
para siempre.
Por los siglos de los siglos.
Año del señor 879, 29 de Marzo
Mañana será un día importante. Se inicia la copia de un nuevo volumen y
no se trata de un volumen cualquiera.
He llevado a buen término con
cuidado extremo el trabajo de preparación de gran parte del pergamino que me
será necesario.
Las hojas son de la mejor calidad, perfectamente lisas, resistentes,
compactas y de un color cándido.
He medido las páginas, trazando en cada una esas sutilísimas líneas
horizontales, las guías sobre las cuales colocaré las letras, una después de
otra hasta componer el texto.
He calculado los intervalos entre letra y letra, entre palabra y
palabra. He aislado los espacios destinados a las iniciales adornadas, sobre
las cuales al final de la copia, el miniaturista ejercitará su difícil arte.
Sé cuántos folios necesitaré y, con buena aproximación, cuánto tiempo
emplearé en concluir mi obra. Diez páginas al día, si todo va bien y no surgen
dificultades, doce. Será un buen trabajo.
También los materiales para redactar las hojas están listos.
Negro de humo y colores obtenidos del sulfuro de mercurio, cochinillas
maceradas, azurita y lapislázulis.
En mi mente ya puedo acariciar la obra terminada. Sé con precisión dónde
reposará la vocal de tal palabra o dónde se recostará la consonante de tal otra.
El trabajo preliminar como siempre ha sido largo y gravoso, pero esta vez no me
han visitado el cansancio y el aburrimiento.
Me siento invadido por una emoción intensísima, como nunca había
conocido.
Aunque practico este arte desde decenios, he copiado decenas y decenas
de texto y mi habilidad es considerada igual, sino superior, a la de los
grandes copistas del monasterio de Tours.
Mis jóvenes alumnos me miran con admiración y se nutren de mis
enseñanzas. Me llaman Maestro y por respeto evitan mirarme a los ojos cuando me dirigen la palabra.
Pero también yo, tiemblo de emoción ante la tarea que me concentro a
desenvolver.
Tiemblo de emoción sólo con mirar
el libro que me tendrá ocupado durante el próximo año.
Porque si es verdad que “llegar
a buen puerto es tan grato para el marinero como para el
cansado amanuense llegar a la
última fila del manuscrito”,
a veces también partir libera sensaciones profundas.
Es un enorme privilegio y junto
con ello una responsablidad muy grande la que el abad ha querido confiarme.
Ruego a Dios ser digno y espero
con mi dedicación y mi fatiga poder rescatar alguno de los años de purgatorio
que se me atribuyan el día del Juicio Final.
Año
del Señor 879, 10 de Abril
Es día de mercado. Desde mi
escritorio puedo oír perfectamente las voces ininterrumpidas de mercaderes y
compradores.
Desde hace tiempo es usanza de
colocar el mercado poco distante de los muros del monasterio, al margen de un
vasto terreno que mis hermanos roturan, aran y siembran con gran sudor de su
frente y del cual recibimos gran parte de nuestro sustento.
El abad ve con buen ojo que los
cambios vengan a este lugar donde convergen gentes de todos los pueblos
circundantes.
Hace tiempo alguien sugirió que
también nosotros participásemos en el comercio con nuestros productos. La
cuestión fue llevada al Capitolio y discutida en el consejo de los monjes. La
Regla quiere que en el consejo participen también los más jóvenes, porque a
menudo es a ellos que el Señor revela las mejores decisiones.
Y fue justamente nuestro hermano
Gandolfo, cuya faz rosada estaba recubierta desde hacía poco de una rubia y
suave perilla, en hacer ver, con argumentos fuertes e incontrastables, la
inoportunidad de la propuesta y la contrariedad a las enseñanzas benedictinas.
Y al final el abate rechazó la
idea, como así convenía.
Alzo la cabeza de la página y me quedo escuchando.
¿Qué pasará ahí fuera? ¿De qué cosa tendrán necesidad todas aquellas
personas deseosas de adquirir mercancías de varios géneros? Discuten, pujan
sobre el precio, se dejan embaucar.
La oferta crea la necesidad. Pero no solo es ésto que les empuja a
encontrarse. Es la ocasión misma del encuentro que funciona como estímulo y
pretexto. Imagino que se cambien opiniones, experiencias, noticias.
Supongo que mezclen dialectos, comportamientos, ideas. E incrementan
recíprocamente los propios conocimientos enriqueciendo su existencia de
novedades de otro modo inalcanzables.
Es gente pobre y analfabeta
ésta. Gente que no tiene la posibilidad
de encontrar una respuesta en el tesoro
universal que es la escritura. ¿Pero es seguro que esta gente se haga
preguntas? Sin embargo es gente que sabe lo que quiere.
No lo niego, la gente me intriga. El mundo me intriga, y a la vez,
siempre más a menudo me siento manco, prisionero de una elección que no ha sido del todo
mía. Tengo conocimientos envidiables de las cosas de la vida. Los libros leídos
y escritos han suscitado mi entusiasmo y estupor, producido dolor y amor.
Me han proporcionado las herramientas para afrontar las situaciones del
mundo, resolver los problemas más diversos, desenvolverme entre las
dificultades comunes y extraordinarias.
He visto lugares jamás visitados y he estado en contacto con culturas
ignotas. He conocido mil creadores del cielo y de la tierra y he sabido de
teorías tan audaces, capaces de hacer estremecerse al peor de los paganos.
Lo inaccesible se ofrece a mi curiosidad entre los estantes riquísimos
de la biblioteca. Sin nada pretender, al alcance de la mano.
No obstante, ¿Cómo me la
arreglaría fuera del amparo seguro de estos muros? ¿Qué es verdaderamente
vivir? ¿Tiene un sentido lo que hago desde cuando poseo la edad de la razón y
que haré hasta cuando conserve el uso de ella?
Pensamientos que cada vez más a
menudo me asaltan, y no consigo alejar.
El espíritu humano necesita mesurarse, se alimenta de la confrontación.
Nosotros los hermanos, vivimos en el interior de un recinto resguardado
y seguro, sometidos a una disciplina rígida hecha de órden y estabilidad, plegarias y trabajo.
Pero otros religiosos no renuncian
a ocuparse de las vicisitudes del mundo.
Y no por éso puede decirse que no sean fieles servidores de nuestra
Madre Iglesia.
Incluso el Papa Juan VIII, que Dios tenga en su Gloria, no desdeña las
cosas terrenas.
No ha dudado en vestirse de caudillo y entrar en armas contra los
infieles o utilizar la diplomacia para restablecer la jurisdicción
eclesiástica.
Y todo esto mientras yo consumo las horas en una actividad que siempre
con mayor insistencia me parece vacía e inútil.
Inclino la cabeza sobre la página que toma lentamente forma y reflexiono
que lo que he perdido no lo sabré nunca.
Año del Señor 879, 3 de Mayo
El trabajo sigue rápido y sin tropiezos.
Es una obra maestra absoluta la
que tengo en las manos. Una obra maestra de valor inestimable que la usura del
tiempo está inexorablemente consumando.
Algunas páginas están tan usadas
que solo la intuición y un esfuerzo de inteligencia me permiten interpretar el
sentido y transcribirlo.
El pergamino que se usaba una vez se deteriora con mayor facilidad
respecto al papel obtenido de la piel animal. Pero, en conciencia, a ningún
libro se le puede pedir que resista entero durante casi cuatro siglos.
Espero vivamente que Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus, autor de esta
obra magnífica e iluminada titulada Institutiones
divinarum lectionum, me absuelva de cualquier inexactitud.
El texto es de fundamental
importancia para la formación de los
monjes en las siete artes liberales. Es un compendio rico y completo de las
obras de los Maestros.
Comprende sea la parte dedicada
al trivio, con el tratado de gramática, dialéctica y retórica, sea la parte
dedicada al cuadrivio inherente a la aritmética, la geometría, la música y la
astronomía.
Pero no solo esto.
¿Cuál religioso ha sostenido y aplicado la teoría según la que, además
de la literatura sacra, es necesario conocer y estudiar la literatura profana?
¿Quiénes otros sino el Senador Cassiodorus? Magister officiorum, questor, praefectus praetorio y, al final,
después de una vida vivida de potente entre los potentes, monje en este
luminoso limbo de tierra meridonal.
Por su voluntad y convicción.
A él, fundador de este monasterio
llamado Vivarium, le debemos reconocimiento por sus enseñanzas y por la escuela
que ha instituído al servicio del Señor.
Pero, todavía una vez más, me pregunto si su grandeza depende de lo completo de su
existencia. Antaño fue literato,
escritor, filósofo. Pero actuó entre los hombres, dentro de los asuntos de la
política, entre las guerras, las llamadas del poder y las intrigas de palacio.
Y por consiguiente, muy fácilmente, durante larga parte de su vida
alejado, en los pensamientos y en las acciones, del Señor Dios nuestro.
¿Es esta la fórmula de alcanzar la comprensión de la vida a Dios?
A aquel Dios que nunca quiera que
yo deba seguir el camino contrario.
Año del Señor 879, 28 de Junio
Esta mañana temprano, en la puerta del convento se ha presentado un
viajero buscando refugio por unos días. Tiene un aspecto abandonado y cansado y
los vestidos desgarrados y sucios. Ha contado que es un peregrino proveniente
de lejanas tierras del norte y ha manifestado aspiraciones de anacoreta, pero
su aire astuto y su
actitud maliciosa, traicionan, a mi parecer, otros y diversos caminos.
También otros monjes han tenido la misma sensación
que yo y la han comunicado al abad. Aún así, puesto que el huésped es como
Cristo, ha sido acogido según los dictados de la Regla y abastecido sin
privaciones.
Ha reposado un par de horas en la celda que le
ha sido asignada y después de la celabración de la nona, en la cual no ha
tomado parte, ha pedido permiso para quedarse un poco en la biblioteca. De allí
y sin autorización ha pasado al scriptorium adyacente curioseando entre los
bancos de los hermanos amanuenses ya trabajando.
Cuando ha llegado cerca de mi puesto ha dado
una rápida mirada a la página que estaba copiando y no ha sabido contener un
prolongado murmullo de aprobación.
Con ojos severos le he invitado a guardar
silencio y dejarme continuar en paz mi absorbente trabajo.
Por toda respuesta atrevidamente me ha
preguntado cuándo podríamos cambiar dos palabras a solas. Lo he ignorado
buscando la concentración perdida. No he concluido nada el resto del día. El
pensamiento está en otro lugar. Aquel hombre me inquieta y estoy seguro que no
perderá la ocasión para entablar conversación.
Me quedo en el scriptorum mientras los otros
van al refectorio. Pongo en orden la mesa de trabajo y me organizo para el día
siguiente. Al final salgo por el paseo habitual a lo largo del pórtico del
claustro, antes que sea la hora de completas.
Muchos de los monjes se han parado en grupo en
el centro del patio, en las inmediaciones del pozo. Noto una insólita, aunque
contenida, agitación. Me acerco.
En el centro del grupo está el peregrino. Lee
algunos versos escritos sobre un pequeño folio de pergamino. Cuando me
vislumbra se para un momento, explica que se trata de una adivinanza y retoma
la lectura desde el principio para facilitarme participar en la solución.
Es un latín distinto, el que lee. Similar,
pero no igual a la lengua que conozco, que hablo, en la cual escribo.
“Se
pareva boves, alba pratalia araba,
albo
versorio teneba, et negro semen seminaba.
Gratias
tibi agimus omnipotens sempiterne Deus”.
Me desafía a adivinar sonriendo abiertamente.
Los hermanos me miran sin osar pronunciar palabra casi conteniendo el aliento.
Quisiera sustraerme a ese insulso juego, pero advierto el trepidante interés de
los monjes entre los cuales están presentes muchos de mis jóvenes discípulos.
Es para ellos una velada distinta
y particular, que rompe los esquemas de un tiempo siempre igual a sí mismo. El
forastero, quienquiera que sea, está consiguiendo llamar la atención y ofrecer
una diversión impensable y grata.
En el fondo, no veo nada de malo y no puedo decepcionarle. Vuelvo a
pensar en la frase poniéndola en la lengua correcta..
“Empujaba
delante de sí sus bueyes, un campo blanco araba
Tenía un
blanco arado y una semilla negra sembraba.
Te damos gracias por siempre, Dios
omnipotente”
La imagen del amanuense que
empuja delante los dedos escribiendo sobre un folio blanco con una pluma de oca
embebida de tinta negra me viene a la mente de pronto.
Ofrezco mi versión con
naturalidad, como por descontado.
La sonrisa burlona del forastero se extingue, dando paso casi a una
mueca, al mismo tiempo en que el rostro de mis hermanos se ilumina indicando
satisfacción.
Año del señor 879, 3 de Julio
El huésped no parece tener ningún respeto a mi discreción. En los
últimos dos días estoy consiguiendo rehuirle, pero ahora me ha parado a la
salida del refectorio, cortando todas las posibles vías de escape.
Es la hora de recreo, después del almuerzo. Desde que he comenzado a
trabajar en las Institutiones, he
preferido dedicar también este espacio a la obra, tan grande es el deseo de
completar la transcripción en el más breve tiempo posible.
A la larga no se ha revelado una
elección correcta. Las manos me duelen y me hormiguean continuamente y los ojos
me queman y lagrimean. Así que estoy obligado a interrumpir la copia por una
docena de minutos cada dos o tres horas. Pero a pesar de estas precauciones, la
situación no mejora mucho y el trabajo global padece un sensible retraso. Mejor
hubiera hecho dosificando las fuerzas. No tengo ya la capacidad física de un
tiempo. Las largas horas transcurridas inclinado sobre el banco, junto a la
edad que avanza, han debilitado mi resistencia.
Y así, también por prolongar el alivio de la pausa, no busco sustraerme
a la atención del forastero y decido afrontarlo de una vez por todas.
Me saluda, dice dos palabras de
cortesía, tergiversa. Pero se ve que no está en apuros, al contrario. Está solo
esperando el momento de introducir el argumento que más le interesa.
Y en efecto, después de los pocos
cumplidos lanza su obscena oferta.
No está aquí por casualidad. Mi
nombre y mi fama han llegado a oídos de un rico señor del ravenado del cual
está a sueldo.
Dicho señor posee una inmensa
fortuna constituida de dominios sin final, castillos principescos y tesoros
incalculables. Pero tiene una desazón que le atormenta. Es un maniático de los
libros y se le ha metido en la cabeza realizar la más grande y valiosa
biblioteca de aquellas provincias. Es una obsesión que no lo abandona y lo
mantiene esclavizado.
Quizás, me confiesa a baja voz,
porque la ambición jamas realizada es poder competir con otros caballeros,
probablemente menos ricos, pero ciertamente más cultos, puesto que él, su jefe,
casi no sabe leer y en cuanto a escritura apenas conoce la letras para formar
su propio nombre.
Me propone en suma, dirigir la
constitución de la biblioteca sin por eso dejar mi oficio de copista.
Me deja entrever perspectivas
asombrosas, relaciones interesantes e influyentes, convenios de alta cultura,
reconocimientos y atribuciones personales.
Otra vida, en suma.
Quería, en conclusión, que me
trasladase a un monasterio de la zona y prestase mis servicios a favor de su
rico señor.
Hubiera debido volverle la
espalda con desdén, sin siquiera preocuparme de terminar la conversación con
una decisiva negativa.
Y en cambio estoy aquí, en el scriptorium,
razonando sobre ello, dejando galopar la mente y deleitándome con el
pensamiento de un futuro finalmente distinto y satisfactorio.
¿Qué es la tentación? Un mal oscuro e insistente que se introduce
en la debilidad del alma humana. Un animal hipócrita y malvado que devora de un golpe dogmas y
valores fatigosamente construidos atravesando mil pruebas.
¡Pero qué dulce sugestión
devuelve a cambio! ¡Qué mágico encanto regala!
¿Y por qué yo, humilde monje al
servicio de la Iglesia, debería oponer resistencia? ¿Por qué debería terminar
mi existencia terrena privándome de la necesidad de entender el sentido de las
cosas? Romperme la espalda sobre pergaminos descoloridos, perder la vista sobre
los libros, atrofiarme las manos sosteniendo una pluma... ¿Esto es lo que el
destino tenía guardado para mí? ¿De qué
sirve saber tantas cosas sin poderlas usar?
Los pensamientos me confunden
mientras continuo la copia del texto del Senador Cassiodorus.
En dos horas cometo tantos
disparates como no había hecho en el periodo entero de los seis meses
precedentes.
Titivillus, el diablo que
aterroriza a los copistas y que cada día, invisible, merodea entre nosotros,
puede estar satisfecho. Ha llenado un saco entero de mis errores y lo
presentará en mi cargo el día del juicio.
No puedo continuar así. No debo.
Dios mío perdóname. Esta misma tarde hablaré con el abad.
Año
del Señor 879, 12 de Agosto
El forastero ha retomado el
camino hacia las provincias del norte.
Sin mí.
El coloquio con el abad me ha
aclarado la mente hacía tiempo ofuscada de falsas quimeras y visiones
ilusorias.
Él, como quiere la Regla, me ha enseñado lo que es bueno y santo y, en
su infinita sabiduría, me ha explicado una vez más los mandamientos de Dios.
Hemos hablado largamente sobre las cosas del mundo exterior, con extrema
sinceridad y confianza. Le he expuesto mis dudas, mis aspiraciones y mis
sentimientos.
Él me ha escuchado con paciencia
y atención. Sin que nunca un gesto o una expresión expresaran sorpresa o
desaprobación por cuanto estaba diciendo.
Me ha escuchado largo tiempo y después largo tiempo ha hablado con su
tono tierno pero firme, que sólo es capaz de demostrar quien ha conseguido en
la verdad la paz de espíritu.
Y finalmente he comprendido.
Yo tengo un cometido divino que cumplir, una mision sublime que
desempeñar.
Ahora todo es claro para mí como un cielo terso de junio.
Mi trabajo fatigoso no vive por si mismo y no morirá conmigo.
No soy el guardián de doctrinas estériles o de un patrimonio vacío. ¡No!
Soy un puente que une el pasado al futuro para que nada se pierda.
Los libros que yo fielmente he transcrito lo atraversarán alcanzando
gente lejana en el tiempo y en el espacio y se regenerarán en los siglos de los
siglos, hasta el fin del mundo.
Soy parte del diseño celeste, motor del progreso, difusor de cultura.
Nada de lo que sucede fuera de los muros gruesos de este convento puede
ocurrir sin el trabajo del que hago obsequio a las generaciones que vendrán.
Como el hombre genera hombres para la conservación de la especie, yo genero
libros para la conservación del conocimiento.
¿Es ésta la vida?
Es mi vida. De mí depende el saber.
Soy yo la memoria del mundo.
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