Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Luigi Combariati - La memoria del mundo


 

Año del señor 879, 11 de Febrero


¿Es ésta la vida?
Tengo frío, un terrible frío que me cala hasta los huesos y que esta manta pesada y áspera no llega a mitigar.
¿Es el frío  lo que me ha tenido despierto toda la noche? ¿O este torbellino irregular de pensamientos que agita mi mente y me arrastra  al desorden?
Silencio. Es la regla.
Fuera está oscuro. Solo los gritos de las rapaces nocturnas hieren esta quietud irreal, revelando malos presagios.
Siento la respiración profunda de mis camaradas de dormitorio.
Veo la sombra de sus cuerpos inmóviles sobre el jergón, proyectada sobre el muro por la luz débil de la lámpara alimentada de grasa animal que queda encendida durante las horas del reposo.
Atravesan el día nutriéndose de esperanza y de fe. Sin dudas, sin porqué.
Recitar los oficios nocturnos y las alabanzas matutinas. Después el trabajo, la Santa Misa, la celebración de la sexta, La campana del Angelus que llama al almuerzo, el reposo. Y todavía el trabajo hasta el crepúsculo, la cena frugal, el breve recreo y la hora de completas.
Y por fin aún el silencio. Es la regla.
¿Y yo? Yo, perdido entre ellos, vivo el tormento de horas larguísimas y angustiosas.
¿Qué me sucede, Dios mío? ¿Por qué esta inquietud, esta sed que me hace arder las entrañas y que ninguna de las fuentes a mi disposición es capaz de extinguir?
Dentro de poco el repicar seco de las campanas anunciará otro día y todo comenzará de nuevo y de nuevo. Y así para siempre.
Por los siglos de los siglos.


Año del señor 879, 29 de Marzo

Mañana será un día importante. Se inicia la copia de un nuevo volumen y no se trata de un volumen cualquiera.
He llevado a buen término con cuidado extremo el trabajo de preparación de gran parte del pergamino que me será necesario.
Las hojas son de la mejor calidad, perfectamente lisas, resistentes, compactas y de un color cándido.
He medido las páginas, trazando en cada una esas sutilísimas líneas horizontales, las guías sobre las cuales colocaré las letras, una después de otra hasta componer el texto.
He calculado los intervalos entre letra y letra, entre palabra y palabra. He aislado los espacios destinados a las iniciales adornadas, sobre las cuales al final de la copia, el miniaturista ejercitará su difícil arte.
Sé cuántos folios necesitaré y, con buena aproximación, cuánto tiempo emplearé en concluir mi obra. Diez páginas al día, si todo va bien y no surgen dificultades, doce. Será un buen trabajo.
También los materiales para redactar las hojas están listos.
Negro de humo y colores obtenidos del sulfuro de mercurio, cochinillas maceradas, azurita y lapislázulis.
En mi mente ya puedo acariciar la obra terminada. Sé con precisión dónde reposará la vocal de tal palabra o dónde se recostará la consonante de tal otra. El trabajo preliminar como siempre ha sido largo y gravoso, pero esta vez no me han visitado el cansancio y el aburrimiento.
Me siento invadido por una emoción intensísima, como nunca había conocido.
Aunque practico este arte desde decenios, he copiado decenas y decenas de texto y mi habilidad es considerada igual, sino superior, a la de los grandes copistas del monasterio de Tours.
Mis jóvenes alumnos me miran con admiración y se nutren de mis enseñanzas. Me llaman Maestro y por respeto evitan mirarme a  los ojos cuando me dirigen la palabra.
Pero también yo, tiemblo de emoción ante la tarea que me concentro a desenvolver.
Tiemblo de emoción sólo con mirar el libro que me tendrá ocupado durante el próximo año.
Porque si es verdad que  “llegar a buen puerto es tan grato para el marinero como  para el  cansado amanuense llegar a la  última  fila del manuscrito”, a veces también partir libera sensaciones profundas.
Es un enorme privilegio y junto con ello una responsablidad muy grande la que el abad ha querido confiarme.
Ruego a Dios ser digno y espero con mi dedicación y mi fatiga poder rescatar alguno de los años de purgatorio que se me atribuyan el día del Juicio Final.


Año del Señor 879, 10 de Abril

Es día de mercado. Desde mi escritorio puedo oír perfectamente las voces ininterrumpidas de mercaderes y compradores.
Desde hace tiempo es usanza de colocar el mercado poco distante de los muros del monasterio, al margen de un vasto terreno que mis hermanos roturan, aran y siembran con gran sudor de su frente y del cual recibimos gran parte de nuestro sustento.
El abad ve con buen ojo que los cambios vengan a este lugar donde convergen gentes de todos los pueblos circundantes.
Hace tiempo alguien sugirió que también nosotros participásemos en el comercio con nuestros productos. La cuestión fue llevada al Capitolio y discutida en el consejo de los monjes. La Regla quiere que en el consejo participen también los más jóvenes, porque a menudo es a ellos que el Señor revela las mejores decisiones.
Y fue justamente nuestro hermano Gandolfo, cuya faz rosada estaba recubierta desde hacía poco de una rubia y suave perilla, en hacer ver, con argumentos fuertes e incontrastables, la inoportunidad de la propuesta y la contrariedad a las enseñanzas benedictinas.
Y al final el abate rechazó la idea, como así convenía.
Alzo la cabeza de la página y me quedo escuchando.
¿Qué pasará ahí fuera? ¿De qué cosa tendrán necesidad todas aquellas personas deseosas de adquirir mercancías de varios géneros? Discuten, pujan sobre el precio, se dejan embaucar.
La oferta crea la necesidad. Pero no solo es ésto que les empuja a encontrarse. Es la ocasión misma del encuentro que funciona como estímulo y pretexto. Imagino que se cambien opiniones, experiencias, noticias.
Supongo que mezclen dialectos, comportamientos, ideas. E incrementan recíprocamente los propios conocimientos enriqueciendo su existencia de novedades de otro modo inalcanzables.
Es gente pobre y analfabeta ésta.  Gente que no tiene la posibilidad de  encontrar una respuesta en el tesoro universal que es la escritura. ¿Pero es seguro que esta gente se haga preguntas? Sin embargo es gente que sabe lo que quiere.
No lo niego, la gente me intriga. El mundo me intriga, y a la vez, siempre más a menudo me siento manco, prisionero de una elección que no ha sido del todo mía. Tengo conocimientos envidiables de las cosas de la vida. Los libros leídos y escritos han suscitado mi entusiasmo y estupor,  producido dolor y amor.
Me han proporcionado las herramientas para afrontar las situaciones del mundo, resolver los problemas más diversos, desenvolverme entre las dificultades comunes y extraordinarias.
He visto lugares jamás visitados y he estado en contacto con culturas ignotas. He conocido mil creadores del cielo y de la tierra y he sabido de teorías tan audaces, capaces de hacer estremecerse al peor de los paganos.
Lo inaccesible se ofrece a mi curiosidad entre los estantes riquísimos de la biblioteca. Sin nada pretender, al alcance de la mano.
No obstante,  ¿Cómo me la arreglaría fuera del amparo seguro de estos muros? ¿Qué es verdaderamente vivir? ¿Tiene un sentido lo que hago desde cuando poseo la edad de la razón y que haré hasta cuando conserve el uso de ella?
Pensamientos  que cada vez más a menudo me asaltan, y no consigo alejar.
El espíritu humano necesita mesurarse, se alimenta de la confrontación.
Nosotros los hermanos, vivimos en el interior de un recinto resguardado y seguro, sometidos a una disciplina rígida hecha de órden y estabilidad,  plegarias y trabajo.
Pero otros religiosos no renuncian  a ocuparse de las vicisitudes del mundo.
Y no por éso puede decirse que no sean fieles servidores de nuestra Madre Iglesia.
Incluso el Papa Juan VIII, que Dios tenga en su Gloria, no desdeña las cosas terrenas.
No ha dudado en vestirse de caudillo y entrar en armas contra los infieles o utilizar la diplomacia para restablecer la jurisdicción eclesiástica.
Y todo esto mientras yo consumo las horas en una actividad que siempre con mayor insistencia me parece vacía e inútil.
Inclino la cabeza sobre la página que toma lentamente forma y reflexiono que lo que he perdido no lo sabré nunca.


Año del Señor 879, 3 de Mayo


El trabajo sigue rápido y sin tropiezos.
Es una obra maestra absoluta la que tengo en las manos. Una obra maestra de valor inestimable que la usura del tiempo está inexorablemente consumando.
Algunas páginas están tan usadas que solo la intuición y un esfuerzo de inteligencia me permiten interpretar el sentido y transcribirlo.
El pergamino que se usaba una vez se deteriora con mayor facilidad respecto al papel obtenido de la piel animal. Pero, en conciencia, a ningún libro se le puede pedir que resista entero durante casi cuatro siglos.
Espero vivamente que Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus, autor de esta obra magnífica e iluminada titulada Institutiones divinarum lectionum, me absuelva de cualquier inexactitud.
El texto es de fundamental importancia  para la formación de los monjes en las siete artes liberales. Es un compendio rico y completo de las obras de los Maestros.
Comprende sea la parte dedicada al trivio, con el tratado de gramática, dialéctica y retórica, sea la parte dedicada al cuadrivio inherente a la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.
Pero no solo esto.
¿Cuál religioso ha sostenido y aplicado la teoría según la que, además de la literatura sacra, es necesario conocer y estudiar la literatura profana?
¿Quiénes otros sino el Senador Cassiodorus? Magister officiorum, questor, praefectus praetorio y, al final, después de una vida vivida de potente entre los potentes, monje en este luminoso limbo de tierra meridonal.
Por su voluntad y convicción.
A él, fundador de este monasterio llamado Vivarium, le debemos reconocimiento por sus enseñanzas y por la escuela que ha instituído al servicio del Señor.
Pero, todavía una vez más, me pregunto si su  grandeza depende de lo completo de su existencia.  Antaño fue literato, escritor, filósofo. Pero actuó entre los hombres, dentro de los asuntos de la política, entre las guerras, las llamadas del poder y las intrigas de palacio.
Y por consiguiente, muy fácilmente, durante larga parte de su vida alejado, en los pensamientos y en las acciones, del Señor Dios nuestro.
¿Es esta la fórmula de alcanzar la comprensión de la vida a Dios?
A aquel Dios que  nunca quiera que yo deba seguir el camino contrario.

 

Año del Señor 879, 28 de Junio


Esta mañana temprano, en la puerta del convento se ha presentado un viajero buscando refugio por unos días. Tiene un aspecto abandonado y cansado y los vestidos desgarrados y sucios. Ha contado que es un peregrino proveniente de lejanas tierras del norte y ha manifestado aspiraciones de anacoreta, pero su aire astuto y su actitud maliciosa, traicionan, a mi parecer, otros y diversos caminos.
También otros monjes han tenido la misma sensación que yo y la han comunicado al abad. Aún así, puesto que el huésped es como Cristo, ha sido acogido según los dictados de la Regla y abastecido sin privaciones.
Ha reposado un par de horas en la celda que le ha sido asignada y después de la celabración de la nona, en la cual no ha tomado parte, ha pedido permiso para quedarse un poco en la biblioteca. De allí y sin autorización ha pasado al scriptorium adyacente curioseando entre los bancos de los hermanos amanuenses ya trabajando.
Cuando ha llegado cerca de mi puesto ha dado una rápida mirada a la página que estaba copiando y no ha sabido contener un prolongado murmullo de aprobación.
Con ojos severos le he invitado a guardar silencio y dejarme continuar en paz mi absorbente trabajo.
Por toda respuesta atrevidamente me ha preguntado cuándo podríamos cambiar dos palabras a solas. Lo he ignorado buscando la concentración perdida. No he concluido nada el resto del día. El pensamiento está en otro lugar. Aquel hombre me inquieta y estoy seguro que no perderá la ocasión para entablar conversación.
Me quedo en el scriptorum mientras los otros van al refectorio. Pongo en orden la mesa de trabajo y me organizo para el día siguiente. Al final salgo por el paseo habitual a lo largo del pórtico del claustro, antes que sea la hora de completas.
Muchos de los monjes se han parado en grupo en el centro del patio, en las inmediaciones del pozo. Noto una insólita, aunque contenida, agitación. Me acerco.
En el centro del grupo está el peregrino. Lee algunos versos escritos sobre un pequeño folio de pergamino. Cuando me vislumbra se para un momento, explica que se trata de una adivinanza y retoma la lectura desde el principio para facilitarme participar en la solución.
Es un latín distinto, el que lee. Similar, pero no igual a la lengua que conozco, que hablo, en la cual escribo.
“Se pareva boves, alba pratalia araba,
albo versorio teneba, et negro semen seminaba.
Gratias tibi agimus omnipotens sempiterne Deus”.
Me desafía a adivinar sonriendo abiertamente. Los hermanos me miran sin osar pronunciar palabra casi conteniendo el aliento. Quisiera sustraerme a ese insulso juego, pero advierto el trepidante interés de los monjes entre los cuales están presentes muchos de mis jóvenes discípulos.
Es para ellos una velada distinta y particular, que rompe los esquemas de un tiempo siempre igual a sí mismo. El forastero, quienquiera que sea, está consiguiendo llamar la atención y ofrecer una diversión impensable y grata.
En el fondo, no veo nada de malo y no puedo decepcionarle. Vuelvo a pensar en la frase poniéndola en la lengua correcta..
“Empujaba delante de sí sus bueyes, un campo blanco araba
Tenía un blanco arado y una semilla negra sembraba.

Te damos gracias por siempre, Dios omnipotente”

La imagen del amanuense que empuja delante los dedos escribiendo sobre un folio blanco con una pluma de oca embebida de tinta negra me viene a la mente de pronto.
Ofrezco  mi versión con naturalidad, como por descontado.
La sonrisa burlona del forastero se extingue, dando paso casi a una mueca, al mismo tiempo en que el rostro de mis hermanos se ilumina indicando satisfacción.


Año del señor 879, 3 de Julio


El huésped no parece tener ningún respeto a mi discreción. En los últimos dos días estoy consiguiendo rehuirle, pero ahora me ha parado a la salida del refectorio, cortando todas las posibles vías de escape.
Es la hora de recreo, después del almuerzo. Desde que he comenzado a trabajar en las Institutiones, he preferido dedicar también este espacio a la obra, tan grande es el deseo de completar la transcripción en el más breve tiempo posible.
A la larga no se ha revelado una elección correcta. Las manos me duelen y me hormiguean continuamente y los ojos me queman y lagrimean. Así que estoy obligado a interrumpir la copia por una docena de minutos cada dos o tres horas. Pero a pesar de estas precauciones, la situación no mejora mucho y el trabajo global padece un sensible retraso. Mejor hubiera hecho dosificando las fuerzas. No tengo ya la capacidad física de un tiempo. Las largas horas transcurridas inclinado sobre el banco, junto a la edad que avanza, han debilitado mi resistencia. 
Y así, también por prolongar el alivio de la pausa, no busco sustraerme a la atención del forastero y decido afrontarlo de una vez por todas.
Me saluda, dice dos palabras de cortesía, tergiversa. Pero se ve que no está en apuros, al contrario. Está solo esperando el momento de introducir el argumento que más le interesa.
Y en efecto, después  de los pocos cumplidos lanza su obscena oferta.
No está aquí por casualidad. Mi nombre y mi fama han llegado a oídos de un rico señor del ravenado del cual está a sueldo.
Dicho señor posee una inmensa fortuna constituida de dominios sin final, castillos principescos y tesoros incalculables. Pero tiene una desazón que le atormenta. Es un maniático de los libros y se le ha metido en la cabeza realizar la más grande y valiosa biblioteca de aquellas provincias. Es una obsesión que no lo abandona y lo mantiene esclavizado.
Quizás, me confiesa a baja voz, porque la ambición jamas realizada es poder competir con otros caballeros, probablemente menos ricos, pero ciertamente más cultos, puesto que él, su jefe, casi no sabe leer y en cuanto a escritura apenas conoce la letras para formar su propio nombre.
Me propone en suma, dirigir la constitución de la biblioteca sin por eso dejar mi oficio de copista.
Me deja entrever perspectivas asombrosas, relaciones interesantes e influyentes, convenios de alta cultura, reconocimientos y atribuciones personales.
Otra vida, en suma.
Quería, en conclusión, que me trasladase a un monasterio de la zona y prestase mis servicios a favor de su rico señor.
Hubiera debido volverle la espalda con desdén, sin siquiera preocuparme de terminar la conversación con una decisiva negativa.
Y en cambio estoy aquí, en el scriptorium, razonando sobre ello, dejando galopar la mente y deleitándome con el pensamiento de un futuro finalmente distinto y satisfactorio.
¿Qué es la tentación?  Un mal oscuro e insistente que se introduce en la debilidad del alma humana. Un animal hipócrita  y malvado que devora de un golpe dogmas y valores fatigosamente construidos atravesando mil pruebas.
¡Pero qué dulce sugestión devuelve a cambio! ¡Qué mágico encanto regala!
¿Y por qué yo, humilde monje al servicio de la Iglesia, debería oponer resistencia? ¿Por qué debería terminar mi existencia terrena privándome de la necesidad de entender el sentido de las cosas? Romperme la espalda sobre pergaminos descoloridos, perder la vista sobre los libros, atrofiarme las manos sosteniendo una pluma... ¿Esto es lo que el destino tenía guardado para mí?  ¿De qué sirve saber tantas cosas sin poderlas usar?
Los pensamientos me confunden mientras continuo la copia del texto del Senador Cassiodorus.
En dos horas cometo tantos disparates como no había hecho en el periodo entero de los seis meses precedentes.
Titivillus, el diablo que aterroriza a los copistas y que cada día, invisible, merodea entre nosotros, puede estar satisfecho. Ha llenado un saco entero de mis errores y lo presentará en mi cargo el día del juicio.
No puedo continuar así. No debo. Dios mío perdóname. Esta misma tarde hablaré con el abad.


Año del Señor 879, 12 de Agosto

El forastero ha retomado el camino hacia las provincias del norte.
Sin mí.
El coloquio con el abad me ha aclarado la mente hacía tiempo ofuscada de falsas quimeras y visiones ilusorias.
Él, como quiere la Regla, me ha enseñado lo que es bueno y santo y, en su infinita sabiduría, me ha explicado una vez más los mandamientos de Dios.
Hemos hablado largamente sobre las cosas del mundo exterior, con extrema sinceridad y confianza. Le he expuesto mis dudas, mis aspiraciones y mis sentimientos.
Él me ha escuchado con paciencia y atención. Sin que nunca un gesto o una expresión expresaran sorpresa o desaprobación por cuanto estaba diciendo.
Me ha escuchado largo tiempo y después largo tiempo ha hablado con su tono tierno pero firme, que sólo es capaz de demostrar quien ha conseguido en la verdad la paz de espíritu.
Y finalmente he comprendido.
Yo tengo un cometido divino que cumplir, una mision sublime que desempeñar.
Ahora todo es claro para mí como un cielo terso de junio.
Mi trabajo fatigoso no vive por si mismo y no morirá conmigo.
No soy el guardián de doctrinas estériles o de un patrimonio vacío. ¡No!
Soy un puente que une el pasado al futuro para que nada se pierda.
Los libros que yo fielmente he transcrito lo atraversarán alcanzando gente lejana en el tiempo y en el espacio y se regenerarán en los siglos de los siglos, hasta el fin del mundo.
Soy parte del diseño celeste, motor del progreso, difusor de cultura.
Nada de lo que sucede fuera de los muros gruesos de este convento puede ocurrir sin el trabajo del que hago obsequio a las generaciones que vendrán.
Como el hombre genera hombres para la conservación de la especie, yo genero libros para la conservación del conocimiento.
¿Es ésta la vida?
Es mi vida. De mí depende el saber.
Soy yo la memoria del mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.