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Colette - La última fogata


 

¡Enciende, en el hogar, la última fogata del año! El sol y la llama iluminarán juntos tu rostro. Al conjunto de tu ademán un ardiente ramillete surge, enlazado de humo, pero ya no reconozco en él nuestra fogata del invierno, nuestra fogata arrogante y parlanchina, alimentada de ramas secas y de cepas frescas. Es porque un astro más poderoso, que ha entrado de golpe por la ventana abierta, habita como un dueño nuestro cuarto, desde esta mañana...
¡Mira! no es posible que el sol favorezca, tanto como el nuestro, a los demás jardines. ¡Mira bien! Porque nada se asemeja aquí a nuestro cercado del año último, y este año, joven todavía y tembloroso, se ocupa ya en cambiar el decorado de nuestra apacible vida retirada... Alarga, con un botón en punta y barnizado, cada rama de nuestros perales, con un penacho de hojas afiladas cada breña de lilas...
¡Oh, las lilas sobre todo, mira cómo crecen! Sus flores que tú besabas, al pasar, el año pasado, ya no las respirarás, cuando llegue mayo, más que encaramándote sobre las puntas de los pies, y tendrás que levantar las manos para bajar sus racimos hasta tu boca... Contempla bien la sombra, en la arena del sendero, que dibuja el delicado esqueleto del tamarindo: el año que viene, no lo reconocerás ya...
Y las violetas mismas, nacidas por magia en la hierba, esta noche. ¿Las reconoces? Te agachas y, como yo, te asombras. ¿No son, esta primavera, más azules? No, no, te equivocas, el año último yo las he visto menos oscuras, de un morado azulado, ¿no te acuerdas? Protestas, ladeas la cabeza con tu grave risa, el verde de la hierba nueva descolora el agua dorada de tu mirada... Más moradas, no, más azules... ¡Cesa de esos tiquismiquis! Lleva mejor a tu nariz el perfume invariable de estas violetas cambiantes, y mira, respirando el filtro que anula los años, mira, como yo, resucitar y crecer ante ti la primavera de tu infancia... Más moradas, no, más azules... Vuelvo de los prados, de  los bosques profundos  a  los que el primer brote abruma con un verde inalcanzable, de los riachuelos fríos, de las fuentes perdidas, bebidas por la arena tan pronto como nacen, de  las primaveras de Pascua, de las flores amarillas con corazón azafranado, y de las violetas, de las violetas, de las violetas... Vuelvo a ver a una niña silenciosa a la que la primavera encantaba ya con una dicha salvaje, con una triste y misteriosa alegría... Una niña prisionera, durante el día, en una escuela, y que cambiaba juguetes y estampas contra los primeros ramos de violetas de los bosques, anudados con un hilo de algodón rojo, traídos por  las  pastorcitas  de  las  granjas  vecinas... Violetas de corto tallo, violetas blancas y violetas azules, y violetas de un blanco azul veteado de nácar malva, violetas de cuco anémicas y anchas que alzan sobre largos tallos sus pálidas corolas inodoras... Violetas de febrero, florecidas bajo la nieve, descuartizadas, enrojecidas por el hielo, feúchas, mendigas perfumadas... ¡Oh, violetas de mi infancia! Subís ante mí, todas, enrejáis el cielo lechoso de abril, y la palpitación de vuestras caritas innumerables me embriaga...
¿En qué piensas, tú, con la cabeza echada hacia atrás? Sus ojos tranquilos se levantan hacia el sol al que desafían... Pero es sólo para seguir el vuelo de la primera abeja, embotada, extraviada, en busca de una flor de melocotonero, melosa... ¡Despáchala! ¡Se va a dejar atrapar por el barniz de ese botón de castaño...! No, se pierde en el aire azul, color de leche de pervinca, en ese cielo brumoso, y, sin embargo, puro, que te deslumbra... ¡Oh tu, que te satisfaces, quizá, con ese pedazo de azur, con ese trapo de cielo limitado por los muros de nuestro reducido jardín, piensa que hay, en algún sitio del mundo, un lugar envidiado desde donde se descubre todo el cielo! Piensa, como pudieras pensar en un reino inaccesible, piensa en los confines del horizonte, en el empalidecimiento delicioso del cielo que se junta con la tierra... En este día de primavera vacilante, adivino allá lejos, a través de los muros, la línea conmovedora, ondulada apenas, de lo que de niña llamaba yo el límite de la tierra... Se torna rosado, luego azulea, y se pierde, para renacer después de una bruma enrojecida, en un oro más dulce al corazón que el jugo de una flor... No me compadezcáis, hermosos ojos piadosos, por evocar tan vivamente lo que anhelo. Mi anhelo voraz crea lo que le falta y se satisface en ello. Soy yo la que sonríe, caritativa, a tus manos ociosas, vacías de flores... ¡Demasiado pronto, demasiado pronto! Nosotros y la abeja, y la flor del melocotonero, buscamos demasiado pronto la primavera...
El iris duerme, enrollado en cucurucho bajo una triple seda verdusca, la peonía atraviesa la tierra con una rígida rama de coral vivo, y el rosal no se atreve todavía más que a brotecillos de un pardo rosa, de un vivaz color de lombriz... Recoge, sin embargo, el alelí moreno que se adelanta al tulipán; es coloreado, rústico y vestido con un sólido terciopelo, como una labradora... No busques todavía el muguete; entre dos valvas de hojas, acortadas en conchas de almejas, misteriosamente se redondean sus perlas de un oriente verde, de donde se desprenderá el olor soberano...
El sol ha andado sobre la arena... Un soplo de hielo, que huele a granizo, sube del Este violáceo. Las flores del melocotonero vuelan horizontales... ¡Qué frío tengo! La gata siamesa, ha poco muerta de bienestar en el muro tibio, abre de repente sus ojos de zafiro en su rostro de terciopelo oscuro... ¡Ven! Tengo miedo de esa nube violeta, bordeada de cobre, que amenaza la caída del sol...
El fuego que han encendido hace poco baila en el cuarto, como un alegre animal prisionero que acecha nuestra vuelta...             
¡Oh, última fogata del año! ¡La última, la más hermosa! Tu alelí rosa, desmelenado, colma el hogar con una gavilla incesantemente florecida. Inclinémonos hacia el fuego, tendámosle nuestras manos que su fulgor atraviesa y ensangrienta... No hay en nuestro jardín una flor más hermosa que él, un árbol más complicado, una hierba más movible, una liana tan traidora, tan imperiosa. Permanezcamos aquí, mimemos a este dios cambiante que hace bailar una sonrisa en tus ojos melancólicos... Ahora, cuando me quite mi vestido, me verás toda rosa, como una estatua. Permaneceré inmóvil ante él, y bajo su fulgor jadeante mi piel parecerá animarse, temblar y moverse como en las horas en que el amor, con una ala inevitable, se abate sobre mí. ¡Qué demonios! El último fuego del año nos invita al silencio, a la pereza, al tierno reposo. Escucho, con la cabeza sobre tu pecho, palpitar el viento, las llamas y tu corazón, mientras que contra el cristal negro toca incesantemente una rama de melocotonero rosa, deshojada a medias, espantada y deshecha como un pájaro bajo la tormenta...

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