Ésta es la última historia del libro. Por una razón muy especial (y no simplemente porque es la última en ser impresa, chicos listos). Es el final de una aventura y el inicio de un viaje. El fin para esta antología y la necesidad de hacer un último esfuerzo y demostrar lo que se supone que el libro pretendía demostrar (si no ha sido así, Dios no lo quiera, todo el material que antecede sólo ha hecho el trabajo adecuadamente); una última salva de fuegos artificiales para iluminar la escena. El final. Lo último. Quizás una patada en el trasero, algo que les deje jadeantes, un fuera de combate.El inicio de un viaje: la carrera de un nuevo escritor. Pueden ustedes presenciar la partida del barco, ofrecer el cesto de frutas, tirar los confetis, decir adiós agitando el pañuelo, y nosotros les estaremos mirando. El gran viaje al gran mundo. El periplo. Pero ¿por qué esta historia, por qué este escritor?Toulouse-Lautrec dijo en una ocasión: "Uno nunca debería conocer a un hombre cuya obra admira. El hombre es siempre muy inferior a la obra". Lamentablemente, casi siempre es cierto. El gran novelista resulta ser un quejica. El penetrador de las debilidades humanas se mete los dedos en la nariz en público. La gran autoridad sobre Sudáfrica nunca ha estado más allá de Levittown. El escritor de apasionantes aventuras resulta ser un patético homosexual bajito que vive aún con su madre inválida. Oh, Henri el Loco, tenías tanta razón... Pero no ocurre así con el autor de la historia que he elegido para cerrar este intento de provocación.Muy pocas veces me he sentido tan impresionado con un escritor como cuando conocí por primera vez a Samuel R. Delany. Estar en la misma habitación con "Chip" Delany es saber que uno está en presencia de un acontecimiento inminente. No es su ingenio, que es considerable, o su intensidad, que es como una cálida luz, ni su erudición, que es asombrosa, ni su sinceridad, que es tan real que tiene forma y sustancia. Es una indefinible pero innegable impresión de que allí hay un hombre que lleva grandes obras en él. Hasta ahora no ha escrito casi nada excepto novelas, y ésas para una casa de libros de bolsillo alabada por dar a los recién llegados una oportunidad, pero criticada por la baja calidad de sus presentaciones. Los títulos son Jewels of Aptor (Las joyas de Aptor), Captives of the Flame (Cautivos de la llama), The Towers of Toron (Las torres de Toron), City of a Thousand Suns (La ciudad de los mil soles), La balada de Beta-2, Empire Star (Estrella imperial) y un increíble pequeño volumen titulado Babel-17, que ganó en 1966 el premio Nebula de la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de Norteamérica Ignoren los títulos. Son las lucubraciones de marketing de editores en las paredes de cuyas oficinas están pegados carteles recordando: "¡COMPETID!, Pero lean los libros. Demuestran un talento inquieto, intrincado, singular, e pleno proceso de desarrollo. Chip Delany está destinado a ser uno de los escritores auténticamente importantes surgidos en el campo de la literatura especulativa. Una clase de escritor que pasará a otros campos y se convertirá para la literatura general en algo importante, a su delanymanera, como Bradbury, Vonnegut o Sturgeon. Su talento es así de grande.Nacido el 1 de abril de algún año durante la segunda guerra mundial, Delany creció en el Harlem de Nueva York. Una educación en una escuela primaria muy privada, muy progresista, luego la escuela superior de Ciencias del Bronx, una asistencia esporádica al City College, con un periodo como director de poesía de Promethean. Escribió su primera novela de ciencia ficción a los diecinueve años. Ha trabajado, entre novela y novela, como dependiente de una librería, en barcos langostineros en el golfo de Texas, como cantante folk en Grecia, y ha ido arriba abajo entre la ciudad de Nueva York y Estambul. Está casado. En la actualidad reside en el Lower East Side de la ciudad de Nueva York, y está trabajando en una enorme novela de ciencia ficción, Nova, que será publicada próximamente por Doubleday. Muy pocas cosas respecto a alguien que escribe tan formidablemente como Delany. Pero al parecer es todo lo que él desea que se sepa.Sin embargo, su ficción es lo bastante elocuente. Sus novelas abordan los clichés de la ficción especulativa gastados y envejecidos por el tiempo con una enorme y cautivante ingeniosidad Llevan frescura a un campo que ocasionalmente se hunde en la línea de menor resistencia. Esta frescura es manifiestamente visible en la historia que están a punto de leer, a su manera una de las mejores de lastreinta y tres obras maestras incluidas aquí. Por supuesto se clasifica como una visión "peligrosa", y tanto Chip como yo pensamos que hubiera sido difícil incluirla en el mercado de las publicaciones periódicas establecidas. Quizás hayan visto ustedes algún relato corto o novela corta de Delany impresos antes de leer la historia que sigue, pero no olviden que ésta fue la primera historia corta escrita por Chip. No había hecho nada excepto novelas antes de aceptar escribir algo para este libro. Se sitúa, para mí, como un de los más memorables vuelos en solitario de la historia del género.
*
* *
Y
descendimos en París:
Donde
recorrimos la calle Médicis con Bo, Lou y Muse dentro de la verja, Kelly y yo
fuera, haciéndonos muecas entre los barrotes, haciendo ruidos, haciendo rugir
los Jardines de Luxemburgo a las dos de la madrugada. Luego saltamos la verja y
bajamos hasta la plaza frente a Saint-Sulpice, donde Bo intentó echarme a la
fuente.
En
cuyo momento Kelly observó lo que ocurría a nuestro alrededor, tomó la tapa de
un cubo de basura, y corrió hacia los urinarios, golpeando sus paredes. Cinco
chavales salieron precipitadamente; ni siquiera los urinarios más grandes
pueden albergar a más de cuatro.
Un
chico realmente rubio apoyó su mano sobre mi brazo y me sonrió.
—"No
crees, espaciano, que tu... gente debería irse?
Miré
su mano sobre mi uniforme azul.
—Est-ce
que tu es un frelk?
Alzó
las cejas, luego agitó la cabeza.
—Une
frelk—corrigió—. No, no lo soy. Desgraciadamente para mí. Tienes aspecto de
haber sido un hombre alguna vez. Pero ahora...—Sonrió—. Ahora no tienes nada
para mí. La policía. —Señaló con la cabeza al otro lado de la calle, donde
observé por primera vez la gendarmería—. A nosotros no nos molestarán. Pero
vosotros sois extranjeros...
Pero
Muse estaba ya gritando:
—¡Eh,
venid! Larguémonos de aquí.
Y
nos fuimos. Hacia arriba de nuevo.
Y
bajamos otra vez en Houston:
—¡Maldita
sea!—dijo Muse—. Control de Vuelo Géminis... ¿Queréis decir que ahí es donde
empezó todo? ¡Larguémonos fuera de aquí, por favor!
De
modo que tomamos un autobús hasta Pasadena, y de allí la monolínea hasta
Galveston; íbamos a bajar hasta el golfo, pero Lou encontró a una pareja con
una camioneta...
—Encantados
de llevaros, espacianos. La gente de ahí arriba en sus planetas y cosas,
haciendo todo ese buen trabajo para el gobierno.
...
que se dirigían hacia el sur, ellos y el bebé, de modo que subimos a la parte
de atrás durante cuatrocientos kilómetros de sol y viento.
—¿Creéis
que son frelks?—preguntó Lou, dándome con el codo—. Apostaría a que son frelks.
Están simplemente esperando a echarnos el anzuelo.
—No
digas tonterías. Tienen el aire encantador y estúpido de
un
par de chicos campesinos.
—¡Eso
no quiere decir que no sean frelks!
—Tú
no confías en nadie, ¿verdad?
—No.
Y
finalmente un autobús de nuevo, que nos llevó a sacudidas cruzando Brownsville
y la frontera hasta Matamoros, donde bajamos con rodillas temblorosas al polvo
y al ardiente atardecer, con un montón de mexicanos y pollos y pescadores de
langostinos del golfo de Texas —que olían aún peor—, y nosotros fuimos
quienes gritamos más fuerte. Cuarenta y tres putas —las conté— se habían
preparado para los langostineros, y para cuando rompimos dos de las ventanas de
la estación de autobuses ya estaban todos riendo. Los langostineros decían que
no iban a pagarnos nada de comida, pero que nos emborracharían hasta las orejas
si queríamos, porque ésa era la costumbre con los langostineros. Pero nosotros
gritamos y rompimos otra ventana; luego, mientras yo estaba tendido de espaldas
en los escalones de entrada de la oficina de telégrafos, cantando, una mujer de
labios oscuros se inclinó sobre mí y puso sus manos sobre mis mejillas.
—Eres
muy guapo.—Su densa mata de pelo cayó hacia delante—. Pero los hombres están
todos por ahí observándote. Y eso les hace perder tiempo. Por desgracia, su
tiempo es nuestro dinero. Espaciano, ¿no crees que... tu gente debería irse?
Sujeté
su muñeca.
—¡Usted!—susurré en español—. ¿Usted
es una frelka?
—Frelko
en español. —Sonrió y palmeó el broche en forma de sol que colgaba de la
hebilla de mi cinturón—. Lo siento. Pero tú no tienes nada que... pueda
servirme a mí. Es una lástima, porque parece como si alguna vez hubieras sido
una mujer, ¿no? Y a mi me gustan las mujeres también...
Me
aparté del porche.
—¡Esto
es un aburrimiento, un completo aburrimiento! —estaba gritando Muse—. ¡Venga!
¡Vámonos!
Conseguimos
estar de vuelta en Houston antes del amanecer, no sé cómo. Y subimos.
Aquella
mañana llovía en Istanbul:
En
la cantina bebimos nuestro té en vasos en forma de pera, mirando afuera al otro
lado del Bósforo. Las islas Príncipes parecían montones de basura ante la
ciudad llena de agujas.
—¿Quién
sabe su camino en esta ciudad?—preguntó Kelly.
—¿No
vamos a ir juntos?—dijo Muse—. Creía que íbamos a ir todos juntos.
—Me
han retenido mi cheque en la oficina del sobrecargo —explicó Kelly—. Estoy
hecho polvo. Creo que el sobrecargo me tiene manía. —Se alzó de hombros—. No me
apetece en lo más mínimo, pero voy a pescar a algún frelk rico y hacerme amigo
suyo.—Volvió a su té; luego observó el pesado silencio que se había hecho—.
¡Oh, vamos! Me estáis mirando como si fuera a romperos cada uno de los huesos
de vuestro cuerpo tan-cuidadosamente-condicionados-desde-la-pubertad. ¡Eh, tú!
—dijo dirigiéndose a mi—. ¡No me mires con esa cara de santurrón como si nunca
hubieras ido con un frelk!
Ya
empezaba.
—No
te estoy mirando con ninguna cara —dije, irritándome tranquilamente.
El
deseo, el viejo deseo.
Bo
se echó a reír para romper la tensión.
—Mirad,
la última vez que estuve en Istanbul, un año antes de unirme a esta compañía,
recuerdo que salimos de la Plaza Taksim para bajar al Istiqlal. Justo pasados
todos esos cines baratos encontramos un pasaje pequeño bordeado de flores.
Frente a nosotros había otros dos espacianos. Hay un mercado allí dentro, y más
abajo venden pescado; luego hay un patio con naranjas y caramelos y erizos de
mar y coles. Pero sobre todo flores. De todos modos, observamos algo curioso en
aquellos espacianos. No eran sus uniformes: eran perfectos. El corte de pelo:
correcto. No fue hasta que los oímos hablar... Eran un hombre y una mujer
vestidos como espacianos, ¡intentando pescar frelks! ¡Imaginad, vaya plan para
los frelks!
—Sí
—dijo Lou—. Ya he oído eso antes. Hay montones de ellos en Rio.
—Les
dimos una buena paliza a aquellos dos—concluyó Bo—. Los llevamos a una calle
lateral y ¡cómo nos lo pasamos!
El
vaso de té de Muse chasqueó contra la superficie de la mesa.
—¿Desde
Taksim bajando hasta el Istiqlal hasta que encuentras las flores? ¿Por qué no
nos dijiste que era alli donde estaban los frelks, eh?
Una
sonrisa en el rostro de Kelly hubiera arreglado las cosas. Pero no hubo ninguna
sonrisa.
—Demonios—dijo
Lou—, nadie ha tenido que decirme nunca dónde mirar. Salgo a la calle, y los
frelks me huelen llegar. Los distingo a medio camino de Piccadilly. ¿No tienen
nada más que té en este lugar? ¿Dónde podemos tomar una copa?
Bo
sonrió.
—Es
un pais musulmán, ¿recuerdas? Pero abajo, al final del Pasaje de las Flores,
hay un montón de bares pequeños con puertecitas verdes y mostradores de mármol
donde puedes conseguir un litro de cerveza por unos quince centavos en liras. Y
están también todos esos puestos donde venden pescado frito y bocadillos de
tripa de cerdo...
—¿Nunca
habéis observado la cantidad que pueden meterse dentro los frelks? Alcohol,
quiero decir..., no tripas de cerdo.
Y
nos lanzamos a contar un montón de apasionantes historias. Terminamos con
aquella acerca del frelk al que un espaciano intentaba enrollar y que declaró:
"Hay dos cosas que me gustan. Una son los espacianos; la otra, una buena
pelea...".
Pero
lo único que hacen es calmar. No curan nada. Ahora incluso Muse sabia que cada
uno iba a pasar el día por su lado.
La
lluvia había cesado, así que tomamos el ferry para el Cuerno de Oro. Kelly
preguntó inmediatamente el camino de la plaza Taksim y el Istiqlal, y le
aconsejaron que tomara un dolmush, lo cual descubrió que era un taxi, excepto
que tan sólo va a un lugar y recoge montones y montones de gente por el camino.
Y es barato.
Lou
se dirigió al puente Ataturk para ver la Ciudad Nueva. Bo decidió ir a ver lo
que era realmente el Dolma Boche; y cuando Muse descubrió que uno podía ir
hasta Asia por quince centavos —una lira y cincuenta krush—, bien, Muse decidió
ir a Asia.
Yo
me metí en la confusión del tráfico a la entrada del puente, pasados los grises
y chorreantes muros de la Ciudad Vieja, bajo los cables del trolebús. Hay veces
en las que gritar y hacer tonterías no llena el vacío. Hay veces en las que uno
debe caminar por si mismo porque duele mucho estar solo.
Caminé
por un montón de callejuelas con mulos empapados y camellos empapados y mujeres
con velos; y luego por un montón de grandes calles con autobuses y papeleras y
hombres con trajes de negocios.
Alguna
gente mira a los espacianos; otra no. Alguna gente mira o no mira de una forma
que un espaciano aprende a reconocer una semana después de haber salido de la
escuela de entrenamiento a los dieciséis años. Yo estaba andando por el parque
cuando noté que me miraban. Ella vio que yo me había dado cuenta y desvió su
mirada.
Me
acerqué lentamente sobre el mojado asfalto. Estaba de pie bajo la arcada del
pequeño y vacio cascarón de una mezquinta. Cuando pasé por su lado ella salió
al patio entre los cañones.
—Disculpe.
Me
detuve.
—¿Sabe
usted si éste es o no el santuario de Santa Irene?—Su inglés tenia un acento
encantador—. Me he dejado la guía en casa.
—Lo
siento. Yo también soy turista.
—Oh.—Sonrió—.
Soy griega. Pensé que tal vez fuera usted turco por el tono oscuro de su piel.
—Piel
roja norteamericano.
Hice
una inclinación de cabeza. Ella me la devolvió.
—Entiendo.
Acabo de entrar en la universidad, aquí en Istanbul. Su uniforme me dice que es
usted —y en la pausa, todas las especulaciones resueltas— un espaciano.
Me
sentía incómodo.
—Sí.—Me
metí las manos en los bolsillos, agité un poco mis pies sobre la suela de mis
botas, me chupé el tercer molar izquierdo empezando por detrás..., hice todas
esas cosas que hace uno cuando se siente incómodo. "Eres tan excitante
cuando te pones asi", me dijo en una ocasión un frelk—. Si, lo soy —dije
demasiado secamente, con voz demasiado fuerte, y ella se sobresaltó un poco.
Así
que ella sabia que yo sabia que ella sabia que yo sabia; me pregunté cómo
íbamos a jugar al juego Proust.
—Soy
turca—dijo ella—. No griega. Y no empiezo la universidad. Me he graduado en
historia del arte aquí en la universidad. Esas pequeñas mentiras que una
inventa frente a los extraños para proteger su ego... ¿Por qué? A veces pienso
que mi ego es muy pequeño.
Es
una estrategia.
—¿Vive
muy lejos de aquí?—pregunté—. ¿Y cuál es la tarifa en liras turcas?
—No
puedo pagarle.—Apretó su impermeable en torno a sus caderas. Era muy hermosa—.
Me gustaría.—Se alzó de hombros y sonrió—. Pero soy... una pobre estudiante. No
una rica. Si desea usted irse ahora mismo, no se lo reprocharé. Pero me quedaré
triste.
Me
quedé. Pensé que ella iba a sugerir un precio al cabo de un rato. No lo hizo.
Me
estaba preguntando "¿Y qué demonios piensas hacer con ese maldito dinero,
de todos modos?", cuando un soplo de viento nos arrojó agua de uno de los
grandes cipreses del parque.
—Creo
que todo esto es triste.—Se secó unas gotas del rostro. Su voz se había roto
por un momento, y por un momento miré los rastros de las gotas de agua
demasiado cerca—. Creo que es triste que hayan tenido que alterarle para hacer
de usted un espaciano. Si no lo hubieran hecho, entonces nosotros... Si los
espacianos no hubieran existido, entonces nosotros no hubiéramos podido... ser
como somos. ¿Al principio era usted masculino o femenino?
Una
nueva ducha. Yo miraba al suelo, y las gotas se metieron por mi cuello.
—Masculino—dije—.
No tiene importancia.
—¿Cuántos
años tiene? ¿Veintitrés, veinticuatro?
—Veintitrés
—mentí.
Es
un reflejo. Tengo veinticinco, pero cuanto más joven creen que eres, más te
pagan. Pero yo no deseaba su maldito dinero...
—Entonces
he calculado bien—asintió—. La mayoría de nosotros somos expertos en
espacianos. ¿No se ha dado cuenta? Supongo que tenemos que serlo.—Me miró con
unos enormes ojos negros. Al final de su mirada, parpadeó rápidamente—. Debió
de ser usted un hombre muy apuesto. Pero ahora es usted un espaciano,
construyendo unidades de conservación del agua en Marte, programando
ordenadores de prospección minera en Ganímedes, ocupándose de las torres
repetidoras de comunicaciones en la Luna. La alteración...—Los frelks son las
únicas personas a las que he oído decir "la alteración" con tanta
fascinación y lástima—. Creo que hubieran podido hallar alguna otra solución.
Que podrían haber hallado otro medio distinto a neutralizarles, convirtiéndoles
en criaturas ni siquiera andróginas; cosas que son...
Puse
mi mano en su hombro, y ella se detuvo como si la hubiera golpeado. Miró si
había alguien cerca. Entonces, ligeramente, muy ligeramente, alzó su mano hacia
la mía.
Retiré
rápidamente mi mano.
—¿Que
son qué?
—Podrían
haber hallado otra forma.
Sus
dos manos estaban en los bolsillos ahora.
—Hubieran
podido. Si. Allá arriba, más allá de la ionosfera, muchacha, hay demasiadas
radiaciones para esas preciosas gónadas, si hay que trabajar en algo que te
obliga a permanecer allí veinticuatro horas al día, como en la Luna, o Marte, o
los satélites de Júpiter...
—Hubieran
podido fabricar escudos protectores. Hubieran podido efectuar más
investigaciones en adaptación biológica...
—La
era de la Explosión Demográfica —dije—. No, estaban buscando una excusa para
cortar la producción de niños aquí abajo..., especialmente los malformados.
—Oh,
sí. Aún seguimos luchando para librarnos de la reacción neopuritana de la
libertad sexual del siglo veinte.
—Fue
una excelente solución.—Sonreí, y me di unas palmadas en la entrepierna—. Estoy
contento con ella.
Nunca
he sabido por qué ese gesto es mucho más obsceno cuando lo hace un espaciano.
—Ya
basta—estalló ella, apartándose.
—¿Qué
le ocurre?
—Ya
basta—repitió—. ¡No lo haga! Es usted un niño.
—Pero
ellos nos han elegido entre los niños cuyas respuestas sexuales eran
irreversiblemente retardadas en la pubertad.
—¿Y
sus infantiles y violentos sustitutos del amor? Supongo que ésa es una de las
cosas que consideran más atractivas. Si, sé que es usted un niño.
—¿De
veras? ¿Y qué hay de los frelks?
Pensó
un instante.
—Creo
que son los retardados sexuales que han sido olvidados. Quizá fuera la solución
correcta. ¿Realmente no lamenta no tener sexo?
—Los
tenemos a ustedes —dije.
—Si.—Bajó
la vista. Miré para ver la expresión que estaba ocultando. Era una sonrisa—.
Tienen ustedes su gloriosa y exultante vida, y nos tienen a nosotros.—Volvió a
alzar el rostro. Resplandecía—. Giran ustedes en el cielo, el mundo gira bajo
ustedes, y saltan de país en país, mientras nosotros...—Volvió la cabeza a la
derecha, luego a la izquierda, y su negro cabello se enroscó y se desenroscó en
el cuello de su impermeable—. Nosotros tenemos nuestras vidas tristes,
cerradas, atadas a la gravedad, ¡adorándoles!
Me
miró directamente.
—Pervertidos,
¿no? ¡Enamorados de una pandilla de cadáveres en caída libre! —Repentinamente,
hundió los hombros—. No me gusta tener un complejo de desplazamiento-sexual-en-caída-libre.
—Eso
siempre me ha sonado muy fuerte.
Apartó
la mirada.
—No
me gusta ser un frelk. ¿Es mejor así? —Tampoco me gustaría a mi. Sea otra cosa.
—Uno
no eligen sus perversiones. Usted no tiene perversiones. Usted está libre de
todo eso. Le amo por eso, espaciano. Mi amor empieza con el miedo al amor. ¿No
es eso maravilloso? Un pervertido sustituye algo inalcanzable para el amor
"normal": el homosexual, un espejo, el fetichista, un zapato, un
reloj o un cinturón. Aquellos que sufren un complejo de
desplazamiento-sexual-en...—Frelks —la corregí.—Los frelks sustituyen —me miró
de nuevo intensamente —la carne fláccida y colgante.—Eso no me ofende.—Lo
hubiera preferido.—¿Por qué?—Usted no tiene deseos. No lo
comprendería.—Inténtelo.—Le deseo porque usted no puede desearme. Eso es el
placer. Si alguien tuviera realmente una reacción sexual ante... nosotros nos
sentiríamos aterrados. Me pregunto cuánta gente había antes que ustedes,
aguardando su creación. Somos necrófilos. Estoy segura de que ya no se violan
más tumbas desde que ustedes aparecieron. Pero no comprenden...—Hizo una
pausa—. Si lo hicieran entonces yo no estaría ahora aquí removiendo las hojas
con la punta del pie e intentando pensar dónde podría conseguir sesenta liras —Apoyó
un pie sobre la protuberancia de una raíz que había roto el pavimento—.
Incidentalmente, ésa es la tarifa en Istanbul.Calculé.—Las cosas no son más
baratas a medida que uno va hacia el este.—Ya sabe—dijo, y dejó que su
impermeable se abriera—, usted es diferente de los demás. Usted al menos desea
saber...—Si escupiera sobre usted por cada vez que le ha dicho eso a un
espaciano, se ahogaría.—Vuelva a la Luna, trozo de carne fláccida.—Cerró los
ojos—. Cuélguese en Marte. Hay satélites en Júpiter donde podría hacer algo
bueno. Vuelva arriba y descienda sobre alguna otra ciudad.—¿Dónde vive
usted?—¿Quiere venir conmigo?
—Deme
algo —dije—. Deme algo...; no es necesario que valga sesenta liras. Deme algo
que usted aprecie, algo suyo que signifique algo para usted.
—¡No!
—¿Por
qué no?
—Porque
yo...
—...
no desea tener que entregar parte de ese ego. ¡Ninguno de ustedes, frelks, lo
desea!
—¿No
comprende realmente que no deseo comprarle?
—No
tiene nada con que comprarme.
—Es
usted un chiquillo—dijo ella—. Le quiero.
Llegamos
a la puerta del parque; Ella se detuvo y permanecimos allí lo suficiente para
que una brisa se levantara y muriera en el césped.
—Yo...—ofreció
tentativamente, señalando sin sacar las manos de los bolsillos de su
impermeable—. Vivo ahí abajo.
—Está
bien—dije—. Vamos.
Una
conducción de gas había estallado en una ocasión en aquella calle, me explicó,
un chorro de llamas siguiendo la calle hasta los almacenes del fondo, demasiado
rápido y demasiado ardiente. Había sido dominado en unos pocos minutos, ninguna
casa se había derrumbado, pero las fachadas ennegrecidas relucían.
—Es
una especie de barrio de artistas y estudiantes. Cruzamos los adoquines—. Yuri
Pasha, número catorce. En caso de que vuelva usted alguna vez a Istanbul.
La
puerta estaba cubierta de escamosidades negras; la alcantarilla, llena de
basura.
—Muchos
artistas y gente profesional son frelks —dije, intentando parecer estúpido.
—Y
también montones de otra gente.—Entró y sujetó la puerta—. Sólo que nosotros no
somos tan discretos.
En
el vestíbulo habia un retrato de Ataturk. Su habitación estaba en el segundo
piso.
—Un
momento, mientras busco la llave...
¡Paisajes
de Marte! ¡Paisajes de la Luna! ¡En la cabecera de su cama había un cuadro de
dos metros mostrando un amanecer desde un cráter! Había reproducciones de las
fotos originales de la Luna realizadas por el Observer, clavadas con chinchetas
en las paredes, y fotos de todos los generales de mirada impávida del Cuerpo
Espaciano Internacional.
En
una esquina de su escritorio había un montón de esas fotonovelas sobre
espacianos que uno puede encontrar en todos los quioscos del mundo: he oído a
gente decir seriamente que son publicadas para los niños de las escuelas
superiores del espíritu aventurero. Nunca había visto las danesas. Ella tenia
unas pocas también. Había una estantería con libros de arte, textos de historia
del arte. Sobre ellos había gran cantidad de aventuras espaciales impresas en
papel barato: Vicio en la estación espacial nº 12, Cohete explorador, Orbita
salvaje.
—¿Raque,
ouzo o pernod? —preguntó—. Puedes elegir. Pero es posible que todos salgan de
la misma botella.
Sacó
unos vasos del escritorio, luego abrió un pequeño mueble que resultó ser una
nevera. Sacó una bandeja de cosas: pasteles de frutas, delicias turcas, carnes
braseadas.
—¿Qué
es eso?
—Dolmades.
Hojas de vid rellenas con arroz y piñones.
—Repitalo.
—Dolmades.
Procede de la misma palabra turca que dolmush. Ambas significan
"relleno".—Puso la bandeja junto a los vasos—. —Siéntese.
Me
senté en el sofá cama. Bajo el brocado sentí la profunda y fluida elasticidad
de un colchón de glycogel. Tienen la idea de que eso se aproxima a la sensación
de caída libre.
—¿Está
cómodo?... ¿Me disculpa un momento? Tengo algunos amigos al otro lado del
descansillo. Desearía decirles algo.—Me guiñó un ojo—. Les gustan los
espacianos.
—¿Va
a hacer una colecta para mi?—pregunté—. ¿O desea que hagan cola al otro lado de
la puerta y aguarden su turno?
Inspiró
profundamente.
—En
realidad iba a sugerir ambas cosas.—De pronto meneó la cabeza—. Oh ¿qué es lo
que quiere?
—¿Qué
me dará usted? Quiero algo —dije—. Por eso vine; me siento solo. Quizá desee
descubrir hasta dónde llega esto. Aún no lo sé.
—Llegará
tan lejos como usted quiera. En cuanto a mi..., estudio, leo, pinto, hablo con
mis amigos...—Se acercó a la cama, se sentó en el suelo—. Voy al teatro, miro a
los espacianos que se cruzan conmigo por la calle hasta que uno me devuelve la
mirada; yo también estoy sola.—Puso una mano sobre mi rodilla—. Deseo algo.—Al
cabo de un minuto ninguno de los dos se había movido—. Pero no es usted quien
puede dármelo.
—No
va a pagarme por ello—respondí yo—. No va a hacerlo, ¿verdad?
Su
cabeza tembló en mi rodilla. Tras un instante dijo en un susurro, casi sin voz:
—¿No
cree que... debería irse?
—De
acuerdo—dije, y me puse en pie.
Ella
permanecía sentada sobre el borde de su impermeable. Aún no se lo había
quitado.
Me
dirigí a la puerta.
—Incidentalmente—cruzó
las manos sobre su regazo—, hay un lugar donde quizás encuentre lo que está
buscando; se llama el Pasaje de las Flores. ..
Me
volví hacia ella, furioso.
—¿EI
punto de cita de los frelks? Escuche, ¡no necesito dinero! ¡Dije que cualquier
cosa serviría! No deseo...
Ella
había empezado a menear la cabeza, sonriendo suavemente. Luego apoyó su mejilla
en las arrugas del lugar donde yo había estado sentado.
¿Persiste
usted en no querer comprender? Es un lugar de citas de espacianos. Cuando usted
se vaya, iré a visitar a mis amigos y hablaremos de..., oh, si, del apuesto
espaciano que se nos ha escapado. Pensé que tal vez hallaría usted... a alguien
a quien conozca.
Con
rabia, todo terminó.
—Oh—dije—.
Oh, es un lugar de reunión de espacianos. Si. Bien, gracias.
Y
salí. Y encontré el Pasaje de las Flores, y a Kelly, Lou, Bo y Muse. Kelly
estaba comprando cerveza a fin de que todos pudiéramos emborracharnos, y
comimos pescado frito y almejas fritas y salchichas fritas, y Kelly estaba
agitando su dinero por todos lados y diciendo.
—¡Deberíais
haberlo visto! ¡Los cambios por los que hice pasar a ese frelk, deberíais
haberlo visto! Ochenta liras es la tarifa aquí, ¡y me dio ciento cincuenta!
Y
bebimos más cerveza. Y subimos.
*
* *
¿Qué
es lo que entra en una historia de ciencia ficción..., en esta historia de
ciencia ficción?
Un
mes a toda marcha en París, un verano pescando langostinos en el golfo de
Texas, otro mes pasado en Istanbul. En otra ciudad oí a dos mujeres en un
cóctel discutir sobre el último astronauta:
—...Tan
aséptico, tan inhumano... ¡casi asexuado!
—¡Oh,
no! ¡Es absolutamente divino!
¿Por
qué poner todo esto en una historia de ciencia ficción? Sinceramente, creo que
es el medio más adecuado para integrar el disparate y la técnica con lo
desesperado y humano.
Alguien
preguntó sobre esta historia en particular:
—Pero
¿qué pueden hacer entre ellos?
A
riesgo de traicionarme, déjenme decirles que ésta es básicamente una historia
de horror. No hay nada que puedan hacer. Excepto subir y bajar.
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