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ran los últimos días de noviembre del año 1456.
Nevaba sobre París con rigurosa persistencia. A veces una racha de viento hacía
que la nieve formara irregulares montones; otra caía, copo tras copo, formando
una inmensa sábana que cubría la capital.
Las pobres gentes
desconocedoras de los fenómenos de la Naturaleza se preguntaban con asombro
cuál sería el motivo de tal suceso. Maese Francis Villon propuso aquella noche
la siguiente cuestión: ¿Sería que Júpiter pelaba todos los gansos del Olimpo,
o que los angelitos habrían sacudido todos los molinos del cielo? Él -añadió-
que como no era más que un pobre Maestro en Artes, y el asunto se relacionaba
con la Teología, no se atrevía a solucionarla.
El aire era desagradable y
frío y los copos eran espesos y caían rápidamente. Toda la ciudad estaba
cubierta. Un ejército entero hubiera podido marchar por sus calles alfombradas
sin que sus pasos hicieran ruido. La nieve ocultaba las hermosas cresterías de
la gótica Catedral; muchas santas cabezas aparecían cubiertas con grotescos
gorros; muchos nichos semejaban rellenos de algodón en rama; y en los
intervalos del viento se oía el monótono gotear todo alrededor del sagrado recinto.
El cementerio de San Juan
había tenido su parte en el abundante reparto de nieve. Todas las losas estaban
cubiertas del blanco ropaje. Caudillos de imponente estatura, armados de todas
armas, y respetables burgueses miembros de algún Parlamento, escondían
igualmente sus estatuas, erguidas o yacentes, en aquel blanco y frío plumaje.
No había más luz que la debilísima proyectada por la lámpara del Sagrario en la
Capilla. Eran las diez de la noche cuando pasó la patrulla con sus linternas y
alabardas, sin ver nada de extraño en el cementerio de San Juan.
Pero junto al muro del
cementerio había una pequeña casa y en ella todavía había alguien despierto en
aquellos soñolientos barrios, y despierta con malas intenciones. Sólo dos
indicios había de que estuviera habitada: el poco humo que salía de su chimenea
y las huellas que se veían a la puerta de la casita. Pero dentro, detrás de las
cerradas persianas, Maese Francis Villon y algunos ladrones de la fonda, a la
que él pertenecía, pasaban la velada bebiendo de la botella que ante sí
tenían.
En la vieja chimenea la
lumbre producía un agradable calor. Ante ella resplandecía la rolliza figura
de Nicolás, asiduo frecuentador de aquel garito, el cual se calentaba
exponiendo al fuego sus gruesas y desnudas piernas. Su maciza sombra cubría la
mitad del cuarto y no dejaba pasar más que un pequeño rayo de luz por cada
lado de su robusta persona. Su rostro presentaba todos los síntomas del bebedor
profesional; estaba cubierto con una red de venas congestionadas que le daban
la apariencia de los distintos tonos de la remolacha, pero en este momento
tenía una palidez amoratada, pues aunque tenía cerca el fuego, el frío hacía
sufrir mucho, atenazándole las carnes. Allí permanecía el hombre quejándose y
dividiendo en dos la estancia con la majestuosa sombra de su robusta persona.
A su derecha Francis Villon
y Guy Tabary se inclinaban sobre un trozo de pergamino. Villon componiendo una
balada que se tenía que llamar Balada del Pescado Frito y Tabary lanzando
exclamaciones de admiración por encima de su hombro. El poeta era un
hombrecillo moreno, flaco y pequeño, con las mejillas hundidas y el cabello
negro y lacio. Llevaba sus veinticuatro años con animada viveza. Los vicios le
habían marcado alrededor de los párpados la violácea sombra de unas ojeras; y
su falsa y diabólica sonrisa le había causado dos arrugas prematuras en las
comisuras de la boca. En la expresión de su rostro parecía que luchaban un lobo
y un cerdo. Sus manos, pequeñas aun para un niño, tenían dedos tan flacos que
parecían manojos de cuerdas, y se movían siempre acentuando las palabras con
expresiva pantomima. En cuanto a Tabary desde su estrecha frente hasta su boca
grande y de gruesos labios se extendía una imbecilidad admirativa que por lo
menos era sincera. Se había hecho ladrón, lo mismo que hubiera podido hacerse
el más decente de los burgueses, por las imperiosas circunstancias que dirigen
los designios humanos y que a veces y sobre todo, según los caracteres,
excluyen casi el libre albedrío.
Al otro lado de Nicolás,
Montigny y Thevenin Pensete se enredaban en un juego de azar. El primero aún
conservaba vestigios de buen nacimiento y elegancia, y era la figura de un
ángel caído; tenía alto y esbelto porte y facciones morenas y aguileñas. Thevenin
se encontraba en el mejor de los mundos, había dado un buen golpe en el
Faubourg San Jacques y toda la noche le estaba ganando a Montigny, así que una
inexpresivo sonrisa dilataba su pálido rostro, su calva resplandecía en medio
de una corona de escasos rizos rojos y su pequeño, aunque protuberante abdomen,
se agitaba con la satisfacción interior.
-¿Pares o nones? -preguntó
Thevenin.
-Algunos prefieren comer con
ceremonias -dijo el poeta- aunque lo que coman sea pan y queso. ¡Oh, ayudadme
a salir de aquí, Grigá!
Tabary dejó escapar algunos
sonidos sin sentido.
-Perejil en un plato de oro
-prosiguió el poeta.
El viento era cada vez más
frío; hacía remolinos con la nieve y dejaba oír fúnebres lamentos en la
chimenea. El frío se hacía más sensible a medida que la noche avanzaba.
Villon encogiendo los labios
imitaba el silbido del viento; éste era uno de los talentos del poeta por
cierto muy detestado por Nicolás.
-¿No lo oís cómo silba en la
chimenea? -preguntaba el poeta-. Parece que todos los diablos están esta noche
bailando por el aire. ¡Bailad, queridos míos! No por eso estaréis más
calientes. ¡Pid! ¡Juinfí...! ¿Eh? ¡Qué magnífica racha! Parece que se lleva de
la calle los árboles. ¡Eh, Nicolás! ¿Hará frío esta noche en el camino de San
Denís?
Nicolás guiñó sus gordos
ojos y pareció ahogarse con el bocado de Adán.
Montfaucon, el Cadalso
público de París, estaba en el camino de San Denís y la broma le había ido
derecha al cuello. En cuanto a Tabary, a cada una de aquellas imitaciones al
viento se reía inmoderadamente añadiendo que nunca había oído imitación mejor
hecha, y se agarraba la cintura con ambas manos.
-¡Cállate, mal poeta! -decía
Francis- y piensa en consonantes para pescados.
-¿Pares o nones? -preguntó
tenazmente Montigny.
-¡Con todo mi corazón! -se
apresuró a contestar Thevenin.
-¿La botella ya está vacía?
-preguntó Nicolás.
-Abrid otra -dijo Villon-.
¿Cómo pensáis llenar esa enorme barriga con algo tan pequeño como las botellas?
¿Cómo queréis así alcanzar el Cielo? ¿Cuántos ángeles creéis que serían
necesarios para transportar un semejante mole o es que creéis que cual a otro
Elías os van a llevar en coche?
Por toda respuesta Nicolás
volvió a llenar el vaso. Tabary prorrumpió en carcajadas.
Francis le pellizcó la nariz
diciendo: -¡Reíd ahora de mis ocurrencias!
-Es que tienen tanta -objetó
Tabary. Villon le hizo una mueca repitiendo:
-Buscad consonante a pescado
-y añadió bajando la voz-. Mirad a Montigny.
Los tres dirigieron sus
miradas al jugador. No parecía contento con su suerte. Tenía la boca un poco
torcida, las narices dilatadas como si le faltara aire que respirar; según el
vulgar dicho, tenía al perro negro a la espalda y su pecho anhelante se diría
que sentía la carga.
-Parece como si le fuera a
dar de cuchilladas -dijo Tabary, abriendo sus redondos ojos.
Nicolás se estremeció y
separando la vista extendió sus manos al fuego. El estremecimiento fue a causa
del frío, pues Nicolás no tenía exceso de sensibilidad moral.
-Acercaos aquí -dijo
Francis-; vamos a ver cómo suena lo que llevamos hecho de la balada -y empezó
a leerla en voz alta a Tabary cuando a los pocos versos fueron interrumpidos
por un grito ahogado que partió del grupo de jugadores. El motivo fue que la
partida había terminado y en el momento en que Thevenin iba a proclamar su
nueva victoria, saltó Montigny sobre él y le partió el corazón de una puñalada.
Sólo pudo lanzar un grito ahogado, su cuerpo se estremeció dos o tres veces con
las últimas convulsiones, abrió y cerró las manos y su cabeza cayó hacia atrás
con los ojos enormemente abiertos. El alma de Thevenin Pensete voló a la
presencia de Aquél que la había creado.
Cada cual se puso de pie,
pero el asunto estaba concluido. Los cuatro hombres vivos se miraron con
rostros alterados, el muerto con sus abiertos ojos miraba sin ver, de una
manera horrible.
-¡Oh, Dios mío! -dijo Tabary
poniéndose a rezar. Villon se rió de forma histérica, se adelantó e hizo un ridículo
y profundo saludo a Thevenin, volvió a reír más fuerte y por último tuvo que
sentarse y continuó riendo como si todo su pequeño cuerpo fuera a romperse.
Montigny fue el primero en
calmarse.
-Veamos qué llevaba encima
-dijo, y acercándose al muerto con una destreza que revelaba su profesión, le
quitó la bolsa, colocó su contenido en cuatro montones y guardándose uno, dijo
a los demás-: eso para vosotros.
-¡Todos pasaremos por ello!
-exclamó el poeta en las convulsiones de su siniestra alegría-. Todos
acabaremos como éste que está delante, menos los que... -hizo una horrible
mueca apretándose el cuello con una mano y sacando la lengua como una
caricatura de un ahorcado. Después se metió en el bolsillo la cantidad que le
correspondía y dio una patada en el suelo para restablecer la circulación.
Tabary fue el último que la
recogió, la metió en un pañuelo y se fue a contarlo al otro extremo de la
habitación. Montigny puso al muerto derecho en la silla en que quedó sentado y
le sacó la daga tras la cual salió un chorro de sangre.
-Compañeros -dijo mientras
limpiaba la hoja en el vaso de su víctima-. Lo mejor sería marcharnos.
-Comparto esa opinión -dijo
el poeta con un hipo-. ¡Dios maldiga esa cabezota! La siento adherida a mi
garganta como una flema; ¿qué derecho tiene un hombre a tener pelo rojo después
de muerto? -y arrojándose hecho un ovillo sobre una silla se cubrió la cabeza
con las manos.
Montigny y Nicolás soltaron
la carcajada y hasta Tabary sonrió.
-Llora, niño -dijo Nicolás.
-Siempre he dicho que es una
mujer -observó Montigny-. ¡Siéntate derecho! -añadió dándole otro empujón al
cuerpo del asesinado-. Aviva ese fuego, Nicolás.
Pero éste estaba ocupado en
un trabajo más productivo que aquél. Mientras el poeta se sentaba gimiendo y
convulso, Nicolás le había aligerado del peso de la parte recibida. Los otros
dos ladrones con gestos pidieron su parte en el inesperado botín y por serías
también se lo prometió Nicolás, mientras escondía bajo su casaca la bolsa del
sensible poeta. Tan cierto es que la sensibilidad algunas veces perjudica al
hombre.
Apenas se habían borrado las
huellas del robo, Francis saltó de la silla y cogiendo una badila empezó a
apagar el fuego. Montigny abrió la puerta con cuidado y salió a la calle. No
había moros en la costa, es decir, no había patrulla a la vista. Sin embargo
juzgaron más prudente salir separados, y como el poeta tenía mucha prisa por
perder de vista al muerto y los demás deseaban que se fuera antes de que se
diera cuenta de la expoliación, resolvieron de común acuerdo que éste fuera el
primero en marchar.
El viento había ganado
logrando despejar el cielo de nubes. Sólo algunos ligeros vapores trasparentes
como gasas flotaban entre las estrellas. La temperatura era crudísima y por un
efecto de óptica causado por el frío los objetos a alguna distancia parecían
muy distintos que a la luz del día. Reinaba un silencio profundo en la ciudad
durmiente.
-Francis maldijo su suerte:
¿por qué no seguiría nevando? Ahora por donde quiera que fuese iba dejando sus
huellas sobre la nieve sin que las borrase nada; por donde quiera que fuese
dejaba detrás de sí las huellas que le unían a la siniestra casita del
cementerio de San Juan. ¡Por donde quiera que fuese iba tejiendo con sus pies
la cuerda que le ataba al crimen y quizás también le ataría un día a la horca!
El miedo del muerto le volvía en otra forma. Sacudió los dedos como para darse
valor con aquel ademán, y escogiendo una calle al azar se metió atrevidamente
por en medio de la nieve.
A medida que caminaba dos
imágenes le aterraban: la de la terrible horca de Montfaucon y la del muerto
con su calva reluciente rodeada de pequeños hueles rojos. Ambos recuerdos le
sobrecogían el corazón y maquinalmente apretó el paso como si la acción de
andar más de prisa tuviese a distancia los pensamientos. En ocasiones se giraba
aterrado creyendo que alguien le seguía, pero él era lo único que se movía en
la calle fuera de la nieve que el viento arrastraba y que empezaba a congelarse
formando una superficie dura y brillante.
De repente vio a bastante
distancia suya un bulto negro y dos linternas, el bulto se movía y las
linternas avanzaban con él, no podía engañarse, era una patrulla y aunque no
tenía más que cruzar su línea de marcha prefería retroceder, pues tenía humor
para ser interrogado y sabía que sus huellas podían descubrir más de lo
necesario.
A su izquierda se alzaba un
palacio de pequeñas torres góticas y un gran pórtico. Estaba casi ruinoso y
recordaba que había estado mucho tiempo deshabitado. De un brinco se refugió
bajo el pórtico. Estaba muy oscuro sobre todo cuando los ojos se acostumbrado
al brillo de la nieve, así es que extendió los brazos y con mucha precaución
continuó internándose en el pórtico delante del edificio. De pronto tropezó con
un objeto que presentaba una indescriptible mezcla de resistencias dura y
suave a la vez; su corazón dio un salto dentro del pecho y retrocedió dos pasos
para que sus ojos ya más acostumbrados a la oscuridad pudieran ver la calidad
del obstáculo. Entonces suspiró aliviado y sonriendo se convenció de que no era
más que una mujer y de que estaba muerta. Se arrodilló a su lado para convencerse
de este último punto. Estaba fría como el hielo y rígida como un palo, el
viento hacía flotar unos lazos que llevaba en la cabeza y sus mejillas debían
haber sido vivamente coloreadas con afeites aquella misma noche. Sus bolsillos
estaban completamente limpios pero Francis todavía encontró dos monedas de
escaso valor, de las llamadas blancas; poco era, pero era algo y el poeta
sentía una enorme compasión hacia aquella infeliz que había muerto de frío sin
haber tenido tiempo de gastar sus monedas. Esto le parecía a él un sarcasmo de
la suerte y dirigía su mirada de las monedas a la muerta y de ésta otra vez a
las monedas, moviendo su cabeza reprobando las injusticias de este mundo.
Enrique V de Inglaterra muriendo en Vimennes después de haber conquistado
Francia y esta pobre ramera muriendo de frío en el pórtico de un palacio sin
haber podido gastar sus monedas, le parecieron dos crueles ejemplos de
fatalidad.
Dos blancas se gastan
rápido, pero hubieran sido un bocado de algo agradable o un sorbo de algo
caliente antes de entregar el alma al diablo y el cuerpo a los cuervos y a los
gusanos. Él, por ejemplo, sentía mucho no poder disfrutar cuanto llevaba
encima antes de que la luz se apagara y la linterna se rompiera.
Estas ideas que pasaban por
su mente le llevaron maquinalmente a buscar su bolsa. De pronto su corazón se
paró; sintió escalofríos a lo largo de la columna vertebral y le pareció que
en la nuca recibía un golpe de maza. Por un momento permaneció inmóvil, luego
volvió a buscar con movimientos febriles, hasta que se convenció de la pérdida
y entonces sintió su cuerpo cubierto de sudor. Para los viciosos el dinero es
la llave de sus placeres, éstos no tienen más límite que el que les presenta
el primero. Para esta gente perder dinero es privarse de lo que para ellos
constituye el único interés de la vida. Un vicioso con algún dinero es más
feliz que un Emperador de Roma, mientras le dura; para esta clase de hombres
perder dinero es privarse de sus placeres, es decir, es perderlo todo, es pasar
del cielo al infierno, es pasar del todo a la nada en un instante. ¡Y si para
obtenerlo ha expuesto su pellejo y si quizás mañana mismo puede ser ahorcado
por esa misma bolsa tan difícilmente obtenida y tan estúpidamente perdida!
Villón se maldijo a sí mismo
y a todo lo existente, arrojó las dos blancas en medio de la nieve, rugió de
rabia y pateó con furia sin estremecerse al sentir que pisaba aquel pobre
cadáver. Después empezó a desandar rápidamente su camino con intención de
volver a la casucha del cementerio. Había perdido todo temor a la patrulla, que
ya había pasado hacía rato, y no tenía más preocupación que su perdida bolsa.
Inútilmente miró a derecha e izquierda sobre la nieve, estaba seguro de no
haberla dejado caer en la calle; ¿la había dejado en la casa? Muchas ganas
tenía de ir, pero le detenía la idea del siniestro habitante que en ella
quedaba; comprobó además que los esfuerzos que había hecho para apagar el fuego
habían sido infructuosos y que la lumbre se reflejaba en las ventanas y aumentó
su terror pensando en las autoridades de París y en la terrible horca.
Volvió al Palacio del
pórtico y se inclinó sobre la nieve para buscar las dos monedas que había
arrojado en su infantil acceso de cólera; pero sólo pudo encontrar una, la otra
sin duda había quedado sepultada en la nieve. Con una blanca en el bolsillo se
desvanecía su proyectada orgía en alguna taberna conocida; y no eran sólo los
placeres los que huían burlándose de él, es que le esperaba una noche horrible
de frío y necesidades no satisfechas en aquel tan siniestramente ocupado
pórtico. El sudor se le había secado en el cuerpo, el viento había cesado, pero
el frío aumentaba y él empezó a sentirse dominado por cierta rigidez y angustia
en el corazón; ¿qué es lo que podría hacer?
Aunque ya era muy tarde e
improbable el éxito, trataría de que su padre adoptivo el Capellán de San
Benito, le admitiera en su casa.
Allí se dirigió corriendo y
llamó tímidamente. No contestaron. Volvió a llamar una y otra vez animándose
cada vez más; por último se oyeron en el interior pasos que se aproximaban. Se
abrió una pequeña ventana enrejada dando paso a un rayo de luz amarillenta.
-¡Poneos delante de la
ventanilla! -dijo desde dentro la voz del Capellán.
-No es nadie, soy yo
-murmuró con timidez Francis.
-¡Ah!, con que ¿sólo vos?
-gritó el Capellán, indignado por habérsele molestado a aquella hora y le
despidió con mal humor.
-Tengo las manos lilas de
frío -suplicaba Villón-; mis pies están yertos, me duelen las narices cortadas
por el aire y tengo frío hasta el corazón. Sólo esta vez, padre mío, y delante
de Dios, os juro que no os volveré a molestar.
-Haber venido más temprano
-dijo el cura fríamente-, los jóvenes necesitan una lección de vez en cuando.
Cerró la ventanilla y se
retiró resueltamente al interior de la casa.
Villon estaba fuera de sí,
golpeó a la puerta con manos y pies llamando al Capellán con destempladas
voces, pero sin éxito.
-¡Maldito viejo avaro!
-gritó Villon-. Si algún día te pillo por mi cuenta yo te enviaré al infierno
en donde estarás como en tu propia casa.
Se cerró una puerta en el
interior de la casa y todo quedó en silencio; el poeta se pasó la mano por la
boca lanzando un juramento. Después empezó a encontrar el lado cómico de la
situación y se rió mirando al cielo cuyas brillantes estrellas parecían hacerle
guiños; ¿qué debía hacer? Aquello se iba pareciendo mucho a una noche en la
calle entre el frío y la nieve. El recuerdo de la mujer muerta llenó de temor
su corazón, lo que le había ocurrido a ella en las primeras horas de la noche,
bien podría sucederle a él antes de llegar el día; ¡a él, tan joven y con
tantas facultades para divertirse desordenadamente!
Empezó a compadecerse a sí
mismo como si hubiera sido alguna otra persona, y hasta compuso en su imaginación
una viñeta para ilustrar la escena del encuentro del cadáver a la mañana
siguiente. Se puso a calcular todas las circunstancias dando vueltas a la
blanca entre sus dedos. Por desgracia estaba en malos términos con algunos
antiguos amigos que quizás le hubieran ayudado a salir de tan crítica
situación. Los había ridiculizado en sus versos, les había pegado y engañado y
a pesar de todo esto pensó que quizás entre ellos uno al menos se dejaría
ablandar. Era una probabilidad. Por lo menos valía la pena probar y allí se
dirigió de inmediato.
Dos incidentes que le
sucedieron en el camino torcieron el giro de sus reflexiones. Tropezó con una
patrulla y logró darle esquinazo; esto le animó bastante, porque vio que no se
realizaban sus presentimientos de verse cogido y arrastrado sobre la nieve de
las calles de París. El otro contratiempo le impresionó de diferente manera. Al
doblar la esquina se encontró justamente en el mismo lugar en que años antes
había sido devorada por los lobos una pobre mujer y su hijo.
Con un tiempo parecido bien
podría repetirse el hecho de que los lobos empujados por el hambre volvieran a
entrar en París, y que en numerosas manadas recorrieran aquellas desiertas
calles en busca de algún alimento. Se detuvo y miró a su alrededor con inquieto
recelo, era un sitio en el que se cruzaban varias calles, y las inspeccionó
una después de otra, temiendo ver a cada momento algunos bultos negros
galopando sobre la nieve u oír aullidos entre él y el río. Recordaba que su
madre le había explicado esa anécdota, retratándole el sitio siempre que
pasaban por allí, siendo él niño. ¡Su madre! Si supiera dónde vivía estaría
seguro de encontrar asilo. Decidió averiguarlo al día siguiente y aun iría a
visitar a la pobre vieja. Acompañado de estos pensamientos llegó a su destino;
¡su última esperanza por aquella noche!
La casa estaba completamente
oscura como todas las de la vecindad, sin embargo pronto oyó una puerta que se
abría en el interior, y una voz cautelosa que preguntaba quién estaba allí. El poeta
dijo su nombre y esperó, no sin algún sobresalto, el resultado; éste no se hizo
esperar, se abrió una ventana y por ella arrojaron un cubo lleno de aguas
sucias. El poeta que ya estaba preparado para algo por el estilo se habla
guarecido bajo el quicio de la puerta pero no pudo evitar que las salpicaduras
le mojasen, y como esta circunstancia aumentaba las ya numerosas probabilidades
de la muerte por el frío, el joven la vio llegar cara a cara, sobre todo dada
su escasa resistencia física. Tuvo un violento golpe de tos y la inminencia del
peligro fortaleció sus nervios. Se puso a corta distancia de la casa en que
había sido tan maltratado y se puso a reflexionar, apoyando un dedo en su
nariz. No veía más que un camino de hallar alojamiento y éste era tomarlo.
Recordaba una casa no lejos de allí en donde no parecía difícil entrar y a ella
se dirigió con rapidez acariciando las imágenes de una habitación caliente y
una mesa con algunos restos de comidas, donde poder pasar las horas negras de
la noche, y de donde poder salir al rayar el día con las manos llenos de
objetos de plata; hasta empezó a considerar qué platos y qué vinos escogería y
mientras pasaba revista a sus platos favoritos se acordó entre ellos del
pescado frito, y su recuerdo le hizo sonreír y horrorizarse al mismo tiempo.
-¡Nunca acabaré esa balada!
-pensó y después con un estremecimiento añadió-: ¡maldita sea aquella cabeza
gorda! -y escupió en la nieve.
La casa en cuestión parecía
oscura a primera vista, pero una inspección más minuciosa en busca del sitio
más fácil para verificar el asalto, le hizo descubrir un rayo de luz
filtrándose por una ventana cubierta con una cortina.
-¡Diablo! -pensó-. ¡Gente
despierta! Algún estudiante o algún santo, ¡el diablo cargue con ambos! ¿No
podrían haberse emborrachado y estar ahora roncando en la cama como sus
vecinos? ¿Para qué sirve, pues, el día si a la gente le da por estar despierta
toda la noche? ¡Al infierno con ellos! -rechinó los dientes y después murmuró
resueltamente-: Cada cual a su negocio. Ya que están despiertos, a ver si por
esta vez puedo honradamente lograr una cena y un refugio y engañar al diablo.
Se aproximó a la puerta con
valentía y llamó con mano segura. En las otras dos ocasiones había llamado con
timidez y cierto temor de ser oído, pero ahora que acababa de desechar la idea
de entrar con fractura, el llamar a una puerta le parecía la cosa más sencilla.
El ruido de sus golpes resonó en toda la casa con fantásticas vibraciones, como
si estuviera completamente vacía. Pero éste apenas se había extinguido cuando
se oyeron unos pasos mesurados, el descorrer de dos cerrojos y una de las hojas
de la puerta se abrió francamente como si el miedo y aun la prudencia fueran
desconocidos para los moradores de aquella casa.
Un hombre alto, esbelto y
musculoso, aunque un tanto encorvado, se presentó ante Villon; la cabeza era de
líneas vigorosas pero finamente trazadas, su nariz corta se unía a un par de
pobladas cejas, los ojos y la boca estaban rodeados de finas arrugas y toda la
faz tenía por base una espesa y limpia barba blanca. Visto este conjunto a la
cambiante luz de una lámpara de mano, quizás pareciera más hermoso de lo que
era en realidad, pero de todos modos era un noble viejo más honrado que
inteligente, fuerte y sencillo y justo.
-Tarde llamáis, hidalgo
-dijo en tono resonante pero educado.
Villon murmuró cuantas
frases serviles se le ocurrieron; en esta circunstancia el mendigo se sobrepuso
y el hombre de genio ocultó la cabeza lleno de vergüenza.
-¿Tenéis frío? -preguntó el viejo-,
¿y hambre? Bueno, pasad adelante -y con un ademán lleno de nobleza le invitó a
entrar.
-Debe ser un gran señor
-pensó Francis, mientras el desconocido dejaba la lámpara en el suelo para
volver a correr los cerrojos.
-Disculpadme si voy delante
-dijo cuando esto estuvo hecho, y precedió al poeta subiendo las escaleras
hasta entrar en una vasta habitación bien caldeada por un buen fuego que ardía
en la chimenea e iluminada por una lámpara colgante. Los muebles eran escasos
dadas sus dimensiones, algunos vasos de orfebrería en un estante, una armadura
completa colocada entre las dos ventanas y algunos infolios repartidos por la
estancia. De las puertas colgaban tapices representando uno de ellos la
Crucifixión de Nuestro Señor, y el otro una escena pastoril. Sobre la chimenea
se ostentaba un escudo de armas.
-Sentaos cómodamente -dijo
el anciano- y dispensadme si os dejo solo, pero yo lo estoy esta noche y si
habéis de comer -algo he de ir a buscarlo.
Apenas había salido cuando
Villon saltando de su silla se puso a examinarlo todo con la febril movilidad
de un gato. Pesó los vasos preciosos, abrió los libros, investigó las armas y
pasó sus dedos sobre la tela que revestía los muebles. Levantó las cortinas de
las ventanas y vio que los cristales de ellas eran tallados y seguramente de
gran valor.
Después se detuvo en mitad
del cuarto, abarcándolo todo con la vista como si quisiera imprimir en ella
cada detalle de la habitación
-¡Siete piezas de
orfebrería-se dijo-, si hubiera habido diez hubiera arriesgado el golpe! Noble
casa y noble caballero, así me ayuden los Santos.
Y oyendo los pasos firmes
del anciano en el pasillo se apresuró a volver a sentarse colocando sus húmedas
piernas ante el fuego de la chimenea.
Su desconocido protector
traía un plato con carne en una mano y un jarro de vino en la otra. Colocó
ambos sobre la mesa, hizo seña a Francis de que acercara su silla, fue al
estante y cogió dos vasos, los llenó y tocando con uno de ellos el borde del
otro:
A vuestra salud -dijo
gravemente.
-Por nuestro conocimiento
-respondió con atrevimiento el poeta.
Si éste hubiera sido un
sencillo hombre del pueblo, se hubiera cortado por la cortesía del caballero,
pero Villon estaba acostumbrado a actuar de bufón entre grandes señores y los
juzgaba en general tan despreciables canallas como él mismo. Así que se dedicó
a satisfacer su voraz apetito mientras que el noble anciano le observaba con
mirada curiosa.
-Tenéis sangre en el hombro,
joven -dijo.
Montigny debía haber dejado
caer su mano húmeda en ella.
-No es mía -murmuró.
-No lo he imaginado -dijo
cortésmente el desconocido-. ¿Acaso una pelea?
-Algo de eso -admitió
Francis.
-¿Algún compañero asesinado?
-volvió a preguntar.
-¡Oh! Asesinado no -dijo el
poeta cada vez más confuso-. Ha sido por casualidad y yo no he tenido parte de
ello, así me mate Dios si miento -añadió fogosamente.
-Un pillo menos, me atrevo a
decir -observó el dueño de la casa.
-Bien lo podéis decir
-convino Francis, aumentando su confianza-. El pillo más grande que pueda
encontrarse entre París y Jerusalén. Cayó como un cordero, pero fue cosa
terrible de ver. Supongo, caballero, que también habéis visto muertos en
vuestros tiempos -añadió mirando a la armadura
-Muchos -contestó-. Como
podéis figuramos he sido soldado.
Villon dejó por un momento
el cubierto y mirando al anciano preguntó:
-¿Habéis visto alguno calvo?
-¡Oh, sí! Y con cabellos tan
blancos como los míos.
-Creo que eso no me hubiera
impresionado tanto. Éste era rojo -y volvió a sentir el mismo estremecimiento y
las ganas de reír que ahogó con un largo trago de vino-. No puedo menos de
sentir un escalofrío cuando me acuerdo de él, ¡maldito sea!, además, el frío le
hace a uno ver visiones o las visiones le dan frío, no lo sé bien.
-¿Tenéis dinero? -preguntó
el viejo caballero.
-Tengo una blanca -contestó
el poeta-, que he cogido sobre el cadáver de una ramera que estaba muerta de
frío en el pórtico de un Palacio. Estaba muerta como César la pobrecilla, más
fría que una iglesia, y aún flotaban en sus cabellos los lazos con que se había
adornado.
-Yo -dijo el noble anciano-
soy Enquerrando de la Fruillée, Señor de Brisetout, Bailio de Patatrac. ¿Quién
y qué podéis ser vos?
Villon se alzó e hizo una
reverenda apropiada a las circunstancias.
-Mi nombre Francis Villon
-dijo-. Soy un pobre maestro de Artes de esta Universidad. Tengo algún conocimiento
del latín y muchos vicios. Sé hacer baladas, canciones y libelos y me gusta
mucho el vino. Nací casualmente y no es improbable que muera ahorcado. Puedo
añadir que desde esta noche soy el más humilde de vuestros servidores y que
tendré a mucha honra poderos servir en cualquier ocasión.
-Nada de servidor -respondió
el noble-. Nada más que mi huésped por una noche.
-Un huésped agradecido
-añadió el joven dedicando un mudo brindis a la salud de su Mecenas.
-Sois inteligente -observo
el viejo, señalando a la frente-, muy inteligente. Tenéis instrucción, sois
bachiller, y, sin embargo, habéis cogido una moneda sobre el cadáver de una
mujer, ¿no es eso una especie de robo?
-Es una especie de robo
-contestó el poeta-, muy practicado en las guerras, señor caballero.
-Las guerras son los campos
del honor -replicó altivamente el viejo soldado-. Allí un hombre juega su vida
por su causa y lucha en nombre de Dios, de su Rey y de su Dama.
-Pues digamos que he sido
ladrón -admitió el poeta pero también he arriesgado la vida contra enemigos
poderosos.
-Por la ganancia, pero no
por el honor.
-¡Ganancia! -repitió Villon
con sarcástica amargura-. El infeliz que tiene hambre coge su cena donde la
encuentra; lo mismo hace el soldado en campaña. Todas esas requisas que sufre
el pueblo, ¿qué son? Si no son ganancias para el que se las lleva, son
seguramente pérdida para el que las da. Los hombres de armas beben su vino
sentados ante un buen fuego, mientras el pobre burgués se roe las uñas para
proporcionarles vino y leña. He visto muchos ahorcados, de una vez sola vi
treinta, ¡oh, qué facha tan horrible hacían colgados de los árboles!; y al
preguntar qué habían hecho, me respondieron que no habían conseguido reunir
bastante dinero para satisfacer a los soldados.
-Esas son necesidades de la
guerra, que los villanos deben sufrir pacientemente. Es verdad que algunos
capitanes exageran sus derechos. En todas las clases hay almas poco movidas
por el amor al prójimo y también es cierto que muchos siguen la carrera de las
armas sin ser en el fondo más que bribones.
-Ya veis -dijo Francis- que
no se puede separar al soldado del bribón, ¿y qué es un ladrón más que un
bribón aislado con menos campo de acción? Si yo robo un cordero sin siquiera
molestar el sueño de sus dueños que al notarlo gruñen un poco pero no dejan de
comer igual por ello, no causo gran perjuicio. Pero llegáis vos precedido del
glorioso batir de los tambores y sonar de los clarines, os lleváis todo el rebaño
y le dais una paliza mayúscula al aldeano. Yo no tengo trompetas ni tambores,
soy Juan o Pedro, un miserable, un perro, que aun la horca es demasiado para
mí, pero preguntad al aldeano a cuál aborrece más y a quién maldice durante sus
noches sin sueño.
-Pues mirándonos a los dos
-dijo el anciano levantándose en toda su imponente estatura-. Yo soy anciano,
pero robusto y honrado. Si mañana tuviera yo que abandonar mi casa, cientos de
personas se enorgullecerían de acogerme en la suya. Muchas son las familias de
aldeanos que si yo manifestara deseos de estar solo, saldrían a la calle con
sus hijos por complacerme, y a vos os encuentro vagando en una noche como ésta
sin casa ni hogar, obligado a recoger miserables monedas sobre los cadáveres
que halláis al paso. Yo no temo a nadie ni a nada, a vos he visto cambiar de
color varias veces, por una sola palabra. Yo espero la voluntad de Dios
tranquilamente en mi propia casa, y si el Rey se sirve volverme a llamar,
espero tranquilo la muerte en el campo de batalla, vos esperáis temblando la
horca, muerte deshonrosa, sin esperanza y sin honor; ¿no hay diferencia entre
nosotros?
-¡Tanta como de esta luz a
la luna! -asintió Villon-. Pero y si yo hubiera nacido el señor de Brisetout y
vos el pobre estudiante Francis, ¿no sería la diferencia la misma? ¿No habría
estado yo entonces calentándome las rodillas en este hermoso fuego y vos
robando las monedas sobre los cadáveres y tiritando de frío perdido en medio
de la nieve? ¿Entonces no habría yo sido el soldado y vos el ladrón?
-¡Un ladrón! -gritó el
viejo-; ¡yo un ladrón! Si comprendiérais vuestras palabras os arrepentiríais
de ellas.
-Si vuestra señoría me
hubiese hecho el honor de seguir mi argumento -dijo Francis restregándose las
manos con gesto de admirable cinismo...
-Os hago demasiado honor en
tolerar vuestra presencia -dijo con severidad el caballero-; y aprended a
controlar vuestras palabras cuando habléis con hombres viejos y honrados o
encontraréis alguno, ¡vive Dios!, que os responda como merecéis -y empezó a
medir la estancia con sus pasos, tratando de dominar su enojo y antipatía.
Villon subrepticiamente se
volvió a llenar el vaso y estirando las piernas adoptó una postura más cómoda
en la silla. Ahora se hallaba repleto y caliente y habiendo podido apreciar el
carácter de su huésped le interesaba por lo mismo que era tan diferente del
suyo. La noche después de todo se había pasado bastante bien y tenía el
presentimiento que saldría sin dificultad a la mañana siguiente.
-Decidme una cosa -preguntó
el viejo deteniendo su paso-: ¿Verdaderamente sois un ladrón?
-Me acojo a los sagrados
derechos de la hospitalidad -contestó Francis-. Sí, señor caballero, lo soy.
-¡Tan joven! -murmuró el
anciano con cierta compasión.
-Pues ni aun hubiera llegado
a esta edad -dijo Francis enseñando sus dedos-. Estos diez talentos han sido
los padres que me han criado, educado y vestido.
-Aún podéis arrepentimos
-dijo el noble.
-Yo me arrepiento todos los
días -respondió el poeta-. Pocos hay tan dispuestos al arrepentimiento como
este desgraciado Francis. En cuanto a cambiar de profesión, antes han de
cambiar las circunstancias, pues el hombre no puede dejar de comer aunque no
sea más que por no dejar de arrepentirse.
-¡El cambio debe empezar en
el corazón! -dijo solemnemente el guerrero.
-Pero mi querido caballero,
¿creéis que yo robo por gusto? -contestó Francis-. Odio el robo como todo lo
que sea trabajo y peligro. Me castañetean los dientes sólo con pensar en la
horca, pero tengo que comer, tengo que beber, y he de tener algunos placeres,
¡qué diablos!, el hombre es un animal sociable. Hacedme mayordomo del Rey o
Abad de San Denís o Bailio de Patatrac y ya veréis cómo cambio en seguida; pero
mientras sea el pobre estudiante Francis por fuerza he de seguir lo mismo.
-¡La gracia de Dios es
todopoderosa!
-Sería un hereje si lo
pusiera en duda -respondió el poeta-. Ella os ha hecho Bailio de Patatrac y
señor de Brisetout y a mí no me ha dado más que un poco de ingenio bajo mi
sombrero y estas diez herramientas en las manos. Puedo permitirme otro
traguito, muchas gracias. Tenéis unas excelentes viñas.
El señor de Brisetout había
reanudado su paseo con las manos a la espalda; quizás atormentaba su vieja
cabeza poco hecha a la meditación, con aquel paralelo entre soldados y ladrones,
quizás Francis le había interesado despertando en él una especie de
involuntario simpatía, puede que se encontrara fatigado por un trabajo mental
al que no estaba acostumbrado, pero ello es que hubiese querido encontrar
argumentos con que hacer cambiar de vida a aquel joven y le repugnaba la idea
de echarle así a la calle.
-Estas son cosas muy
profundas -dijo- para mi rudo ingenio de soldado.
»Vuestra boca está llena de
sutilezas y el diablo os ha dado más talento del necesario, pero el diablo es muy
poca cosa ante la Verdad de Dios, y basta una palabra de verdadero honor para
desbaratar todas sus sutilezas como se desvanece la sombra ante un rayo de
sol. Oídme una vez más. Hace muchos años que aprendí que un caballero debe de
vivir respetando a Dios, a su Rey y amando a su Dama, y aunque he tenido muchas
ocasiones de serles infiel, he luchado con todas mis fuerzas para no salirme de
la senda del deber. Estas reglas inmutables están inscritas en el corazón de
cada hombre si sólo se quieren dar el trabajo de leerlas. Habláis de comer y de
bebe, y bien sé que son pruebas difíciles de soportar, pero no habláis de otras
necesidades más perentorias aún. Olvidáis la Fe en Dios, el Honor, el amor al
prójimo y el amor sin reproche. Puede ser que no tenga yo bastante ingenio,
aunque me parece que en esta cuestión no ando equivocado, pero me parece que
habéis perdido el camino y cometéis un grave error en vuestra vida.
»Os curáis de las pequeñas
necesidades, y olvidáis las grandes, las únicas verdaderas. Sois como el que
tomara medicinas para quitarse un dolor de muelas en el día del juicio Final.
Porque estas cosas sagradas como son la Fe, el honor y el amor no sólo son más
nobles que el vil alimento sino que son necesarias y que su falta nos debe
hacer sufrir mucho más. Os hablo del modo que creo me comprenderéis mejor.
Mientras os cuidáis de llenar vuestro vientre, ¿no desatendéis otros apetitos
de vuestro corazón, cuya falta amarga todos los placeres de vuestra vida y os
hace perpetuamente desgraciado?
Villon estaba visiblemente
aburrido de tan largo sermón.
-¡Decís que no tengo
sentimiento del honor! -dijo-. Soy bastante pobre gracias a Dios, y es muy duro
ver a otros con guantes forrados cuando uno se sopla los dedos de frío; un
vientre vacío es una cosa muy desagradable, quizás si lo hubierais tenido
tantas veces como yo, cambiaríais de opinión, y si soy un ladrón, no soy un
diablo del infierno, así Dios me ayude. Os hago saber que yo también tengo una
especie de honor, para mí vale tanto como el vuestro, y no me envanezco de
ello día y noche como si fuera un milagro de Dios el tenerlo. A mí me parece
muy natural y le tengo en el arca hasta que hace falta sacarle, y si no, os voy
a convencer. ¿Cuánto rato hace que estoy en este recinto? ¿No me habéis dicho
que estáis solo en la casa? Pues mirad esos objetos de oro y plata; vos podéis
ser fuerte aún, pero sois viejo y estáis sin armas, mientras que yo tengo mi
cuchillo; no necesitaba yo hacer más que un movimiento rápido y ahí quedaríais
vos con el acero clavado entre las costillas, y ahí me marcharía yo con una
carga de metales preciosos con que vivir bien durante un año. ¿Creéis que no se
me ha ocurrido? Pues sin embargo rechazo la idea con desprecio, y ahí quedan
vuestros malditos cubiletes tan seguros como en una iglesia, aquí quedáis vos
con vuestro corazón latiendo como siempre y aquí estoy yo dispuesto a marcharme
tan pobre como vine y sin más capital que esa blanca que tanto me habéis
refregado por las narices. Y ahora diréis ¡Dios me asista!, ¿que no tengo
sentimiento del honor? El viejo alargó el brazo.
-Voy a deciros lo que sois
-dijo-. Sois un bribón, un cínico y desalmado bribón, bribón y vagabundo. Me
siento deshonrado al pensar que he pasado una hora en vuestra compañía y que
habéis comido y bebido a mi mesa. Vuestra presencia me repugna. La noche ha
pasado y las luces de la mañana alejan las sombras, ¿queréis hacerme el favor
de marchamos?
-Como queráis -dijo el poeta
poniéndose en pie-. Sois un digno caballero -añadió vaciando el vaso-. Muy honrado,
quisiera poder añadir y de mucho talento -y pegándose con los nudillos en la
cabeza añadió: ¡Oh! ¡Vejez, vejez! ¡Cómo embotas los sesos!
El viejo caballero por
cortesía hacia su huésped de una noche le acompañó hasta la puerta. Villon le
siguió silbando y con los pulgares metidos en su cinturón.
-¡Dios se apiade de vos!
-dijo el señor de Brisetout a la puerta.
-¡Buenas noches, papá! -dijo
Frands bostezando-. Y muchas gracias por la cena.
La puerta volvió a cerrarse
detrás de él. Las luces de la aurora empezaban a reflejarse sobre los blancos
techos. El día empezaba por una mañana fría y desapacible. Villon se estiró en
medio de la calle pensando:
-¡Qué idiota era ese
anciano! ¿Qué podían valer aquellos vasos?
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