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Mildred Clingerman - Un corazón rojo y rosas azules


       
Es sobradamente conocida la importancia del complejo de Edipo, así como la posibilidad de transferirlo sobre otra persona cuando la madre falta o no es idónea para la fijación afectiva del sujeto. Se trata sin duda de un impulso fuerte; aunque por fortuna no tanto como para producir los desconcertantes efectos que se le atribuyen en este extraño relato.



«Estoy bien despierta», aseguré al espectador, el cual había vigilado mis sueños y los estaba ahora comentan­do entre divertido y disgustado. De haber dormido, ¿sabría la hora en aquellos momentos? Y por supuesto que la sabía. Era aquella hora razonablemente apacible en que los visitantes han abandonado ya el hospital, la hora en que la comida no es más que una lejana promesa, co­rredor abajo. Estaba despierta. Pero el espectador pare­cía tan sólo interesado en indicarme, silenciosamente, con su dedo, a través de una profunda grieta, el gran hospital donde proseguía «la caza del Snark» de Lewis Carroll.
–Siguieron su rastro con gran cuidado –comentaba el espectador.
Obediente, me dispuse a seguir, al pie de la letra, el párrafo: «Le persiguieron con tenedores y esperanza; amenazaron su vida con un trozo de raíl».
–¿Está usted muy enferma, querida?
La cálida y maternal voz llegaba a mí a través del vacío azul profundo en que me estaba sumiendo.
–¡Oh, no! –su interés me animó–. Lo hicieron todo más soportable con sonrisas y jabón.
Abrí los ojos y, en unos momentos, me desperté to­talmente. En la cama vecina a la mía, una enorme y son­rosada mujer se incorporaba para dirigirse a mí.
–Estaba durmiendo de nuevo –me acusó con tono festivo–. Entre despierta y dormida ha dicho usted co­sas sorprendentes, querida. Pero no me importa en absoluto; me ha ayudado a distraerme. ¿Sabía que ha estado aquí su esposo? Se pasó usted todo el tiempo dur­miendo.
Le di más y más vueltas a este hecho, tratando de recordar. «Llevaba una corbata que no iba en absoluto con la camisa a rayas.» Estaba triunfal y positivamente despierta.
–Estuvo usted muy brusca con él –comentó–, pero, de todos modos, pareció muy complacido.
Permanecí relajada y en silencio por un momento, como quien necesita reposo tras realizar un gran es­fuerzo.
–¿Cuándo ingresó usted en el hospital?
Luchaba por mantenerme despierta el tiempo nece­sario para oír la respuesta, pero fracasé.
–...días –estaba diciendo la mujer–, pero no me han traído aquí hasta hoy por la mañana. Estaba usted dormida. En un principio me acomodaron en una habi­tación individual, pero, finalmente, decidieron que no me convenía estar aislada. Continúo teniendo pesadillas, ¿sabe usted?, acerca de tatuajes...
–...flan de tapioca o jalea, si lo prefiere.
La enfermera se estaba poniendo pesada acerca de algo. Sus brazos eran de color amarillo pálido, muscu­losos. Me senté y comí el flan de tapioca.
La otra mujer comía con apetito de una fuente re­pleta. No daba tregua a su tenedor, que clavaba en algo color pardo obscuro, de apariencia sabrosa. Repentina­mente, me sentí desgraciada y hambrienta. Bebí una taza de té con mucho azúcar.
–Tomaré también la jalea –dije, pero la enfermera y la bandeja habían desaparecido.
–...un hijo en la Marina.
Era avanzada la mañana y la mujer alzó los hombros, en señal de disgusto, dentro de su camisón rosado.
–¡Caramba, mi hijo está también en la Marina!
Me incorporé con fuerza para dejarme caer luego, cómodamente, sobre la almohada, y me quedé mirándola, como si el cepillo que estaba blandiendo fuera una varita mágica.
–Ya lo sé, querida. Esto es precisamente lo que le estaba diciendo. Me lo contó su marido. Mi hijo no está en la Marina, sino en el Ejército de Tierra. Los médicos creen que éste puede ser, precisamente, el ori­gen de todos mis problemas. Las pesadillas, ¿sabe us­ted? Verá, mi padre y todos mis tíos estuvieron en la Marina. Cuando me casé, mi marido no había cumplido aún el servicio militar, pero siempre supuse que nuestro hijo elegiría la Marina cuando llegara el momento. Bue­no, no lo hizo así –suspiró al tiempo que se aplicaba a librar de cabellos el cepillo–. En cierto modo, mi hijo me ha decepcionado. No era lo bastante bueno en ma­temáticas para matricularse en Annapolis o West Point. El año próximo será ya licenciado, y tiene intención de colocarse de aprendiz en una empresa de pompas fúne­bres. ¿Llamaría usted ambición a esto?
–Una ambición eminentemente respetable, diría yo –contesté titubeando.
Agitó su cepillo ante mí, como amenazándome.
–Se siente ya mejor, ¿verdad? –observó.
Desde luego que sí. Después de haber devorado tan miserable desayuno, me sentía con fuerzas suficientes para contarle a mi compañera de habitación todo (y más) acerca de mi hijo y de la Marina.
–Está en uno de los nuevos submarinos «Polaris» –expliqué–. El haber nacido y crecido en el desierto hizo que el chico viviera tan sólo pensando en el mo­mento de ingresar en la Marina. Sentía pasión por el agua. Nunca logramos que nadara en la superficie: siem­pre estaba bajo el agua. Más tarde, cuando estudiaba bachillerato, se hizo socio de un club de buceadores y se pasaban horas y horas en el fondo de la piscina, senta­dos en círculo.
–¿Les visita a menudo? –preguntó, mientras se fro­taba la frente con el dorso de la mano.
–No mucho –repuse quejosa–. Además, huye de escribir cartas como si de la peste se tratara. En cam­bio, se le va la mano en lo que a llamadas de larga dis­tancia se refiere. Las pagamos en casa, claro.
–Desde luego; Clay hace exactamente lo mismo.
Una corriente de simpatía con origen en pesares co­munes se estableció entre las dos. Después de todo, éra­mos dos madres de mediana edad con crecidísimas facturas de la compañía telefónica que pagar.
–Pero cuénteme, querida, ¿le lleva su hijo, en oca­siones, a alguno de sus compañeros de servicio a casa? Para quedarse algún tiempo, quiero decir.
–Nunca, pero no me importaría que lo hiciera.
–Esto es lo que cree ahora –dijo sombría–, Debe tener mucho cuidado. Me temo que hay más de un huér­fano sirviendo en la Marina. Suponiendo que fuera eso...
–¿Quién?
–¿Seguro que no lo mencioné ayer? Ese chico, ese hombre, esa cosa que Clay nos trajo a casa por Navidad hace un par de años.
–Puedo recordar las Navidades de hace un par de años –repuse–, pero lo que dijo ayer...
Me lanzó una mirada de estupefacción.
–Pero si tenía los ojos abiertos, e incluso hizo al­gunos comentarios mordaces. ¿Quiere hacerme creer que estuvo durmiendo todo el día?
–¡Oh! Tan sólo amodorrada. Creo que luché todo el tiempo tratando de retener el presente actual, pero sin soltar ni el último ni el inmediato. Era de lo más difícil. Tenía que hacer uso de las dos manos para sujetar a uno de ellos, por lo que los dos restantes no cesaban de caérseme. Estoy realmente apenada. Lo bueno del caso es que me las apaño divinamente haciendo juegos mala­bares con tres naranjas... –dudé unos instantes y decidí ser honesta– algunas veces.
Soltó una especie de bufido, pero era evidente que perdonaba mi poca atención del día anterior.
–No se lo tome tan a pecho, querida. Es del todo ló­gico pensar en una mujer de seis manos para compren­der y manejar a alguien como Damon Lucas. Creo que era una especie de demonio. Mi esposo piensa que era un gorrón por excelencia. Rhoda, mi hija, que tiene die­cinueve años y es muy linda, cree que era uno de estos latosos que se dedican a perseguir a mujeres de cierta edad. Clay dice, simplemente, que es un bicho raro. ¿Se da usted cuenta? Ni la misma gente que le trató puede ponerse de acuerdo a la hora de definirle. Quizá, en cierto modo, estábamos todos poco predispuestos hacia él –hizo una pausa, que aprovechó para frotarse el entrecejo–. No me preocuparía si supiera, de modo po­sitivo, que sólo se trata de un misterio de familia, con todos nosotros tranquilamente sentados aquí y allá, es­peculando acerca de lo que es o no es. Incluso podría haberse tratado de una broma pesada.
–¿Por qué no habría de ser así?
Me estaba arrepintiendo de haber dedicado todas aquellas horas del día anterior a estúpidos juegos mala­bares, cuando habría podido pasarlo estupendamente intentando colocar en su sitio las piezas de aquel com­plicado rompecabezas.
–¿Cómo vamos a tomarlo a broma, si no deja de aparecérsenos una y otra vez? Y siempre que lo hace, parece más y más joven.
Me estaba desesperando.
–¿Sería tan amable de empezar de nuevo desde el principio, e ir más despacio? Creo que voy a necesitar de las seis manos otra vez.
–Claro que lo haré, querida. ¡Pobrecita, qué poco considerada soy!
Su semblante se suavizó y me sonrió como a una chi­quilla de tres años que acaba de abotonarse la ropa al revés. Parecía el ideal de madre que cada uno guarda en su mente, hasta tal punto que estuve tentada de acurrucar mi cabeza en su mullido regazo y llorar un mar de lágrimas. Además, estaba muriéndome de hambre en aquel horrible hospital, pero esto no parecía importarle a nadie. Di un respingo, puse los ojos en blanco y hablé fríamente, mirando hacia el techo:
–Supongo que se habrá dado cuenta de que se han olvidado de traernos comida.
–Pero, querida, son tan sólo las nueve –dijo, saliendo de la cama; empezó a hurgar en los cajones de su me­silla de noche, y luego, descalza, se acercó a mi cama–. Tome estas pastillas de chocolate. En realidad, me hará un gran favor comiéndoselas. Estoy engordando dema­siado. Pero que no la vea la enfermera, ¿de acuerdo? –corrió a meterse en su cama, dirigiendo una furtiva mirada a la puerta.
–Ni siquiera sé su nombre –había dado ya cuenta de tres chocolatines antes que ella hubiera tenido tiem­po de recuperar el aliento y arreglar las ropas de su cama.
–Me llamo Pemberton, Katie Pemberton, rondando los cuarenta y con más carne de la que deseo. ¿No le parece que, con una figura como la mía, una mujer pue­de sentirse totalmente a salvo de muchachos desapren­sivos por el resto de sus días? Bueno, también yo lo creía así, hasta que Damon Lucas comenzó a perseguir­me como si se tratara de un perrito faldero. A primera vista, todos pensamos que era atractivo, rubio y agra­dable, como en efecto parecía. Rhoda estaba dispuesta a prendarse de él, lo sé; pero, después de haber estado unas horas con nosotros, se veía claramente que a él no le interesaba en absoluto. De hecho, no recuerdo que la mirara siquiera. No irá a decirme que éste es un com­portamiento normal en un joven de veintiséis años, libre, y menos aún tratándose de una muchacha tan bonita como es mi hija Rhoda. Philip, mi marido, empezó a preocuparse. Pensó que Damon debía de tener inclina­ciones sexuales un tanto dudosas, pero, después de ha­ber interrogado a fondo a Clay y de vigilar a Damon cuando mi hijo rondaba por allí, llegó a la conclusión de que estaba menos interesado por Clay que por Rhoda, si ello era posible. Parecía como si, en realidad, Clay le cayera mal, y cada día se afirmaba más en nosotros esta convicción. En aquel tiempo todos nos sentíamos incómodos por su causa, por una u otra razón. Nada concreto, pero el hecho subsistía.
La señora Pemberton suspiró y fijó sus ojos en el único cuadro que había en la habitación: una imagen de Jesús, dando su bendición a un grupo de chiquillos.
–Fueron unas Navidades muy extrañas, se lo ase­guro.
–¿Por qué le invitó Clay? ¿Eran acaso buenos ami­gos?
–¡Oh, no! Clay no le había visto jamás, hasta el mo­mento en que se encontraron en la sala de espera de la estación de autobuses. Le contaré cómo fue. Clay no esperaba que le dieran permiso para pasar las Navida­des en casa. Lo supo muy tarde, tanto que no le dio tiempo de hacer las oportunas reservas en ningún vuelo. Dos líneas aéreas estaban en huelga y las restantes no podían admitir ya más pasaje, por lo que Clay llamó por teléfono –pagando nosotros la llamada, claro– diciéndome que llegaría en autobús.
»Más tarde me contó que la estación de autobuses estaba repleta de soldados pertenecientes a todas las armas del Ejército, todos ellos intentando obtener pasa­je para ir a sus casas a pasar las Navidades. Entre la multitud, había soldados y marinos que disponían de automóvil y buscaban compañeros de viaje que supieran conducir y que, al propio tiempo, les ayudaran a cubrir los gastos.
»Clay pensó que aquél sería un buen sistema para po­der llegar a casa más pronto, de modo que se dispuso a encontrar a algún compañero que llevara su misma dirección. Al fin, un muchacho vestido de paisano se acercó a Clay y le dijo que iba a Phoenix, por lo que aceptó encantado. Sin embargo, por una vez Clay hizo uso de su sentido común. Dio un vistazo al coche –un "Corvette" de competición casi nuevo–, para tomar nota de la matrícula y el nombre de su propietario, y llamó a casa de nuevo para contarme sus planes y en­terarme de los detalles. Creo que, de haber demostrado disgusto ante sus planes, Clay los habría llevado a tér­mino a pesar de todo. En su conversación telefónica no se cansó de repetir lo maravilloso que sería conducir un coche semejante.
»No lo aprobé, en realidad. Llámelo instinto, o tal vez era sólo mi convencimiento de que iban a conducir demasiado rápido, pero no lo consideré seguro. De veras que no me gustaba la idea, pero era Navidad y Clay es aún un chiquillo en muchos aspectos... Sólo me dio tiempo para decirle que tuviera mucho cuidado, y, des­pués de colgar, empecé a rezar.
–¿Sufrieron algún accidente?
Deseaba sinceramente que no, pero el caso es que me sentía repleta de chocolate y de contento. Era de lo más agradable estar cómodamente en la cama mientras una madre de respetables proporciones, rosada, me con­taba historias.
–Nada serio. Nevaba en Nuevo México, y Clay, que no había conducido antes por carreteras heladas, metió el coche en la cuneta. Estuvieron allí siete horas, hasta que la policía de carreteras llegó y les prestó un par de palas con las que liberar al coche y a ellos mismos de nieve. Incluso con este retraso, hicieron el viaje –casi tres mil doscientos kilómetros– en un tiempo increíblemente corto. Me temo que sólo pararon para repostar gasolina y comprar comida, y supongo que debieron de dormir por turnos, mientras uno de ellos conducía. Llegaron un sábado por la tarde, cubiertos de barro hasta las orejas. Tenían los ojos enrojecidos y estaban exhaustos. Habría sido muy poco humano no ofrecer a ambos un baño caliente, comida y reposo.
«Philip corrió a preparar la cama de campaña en la habitación de Clay, al tiempo que sacaba el viejo saco de dormir. La habitación de Clay es pequeña, ¿sabe?, y está dispuesta de forma que parece el camarote de un capitán, muy compacta y marinera. Arreglamos el cuarto de esta manera cuando el chico no tenía más que diez años y yo abrigaba aún esperanzas de que le iba a dar por la Marina. Bien, olvidemos esto...
«Después de haberse duchado y afeitado, y de devo­rar bocadillo tras bocadillo de jamón, junto con un par de litros de leche, se fueron a dormir y no volvi­mos a verles hasta la noche. Había ya desistido de ma­riposear cerca de la cerrada puerta del cuarto, cuando apareció Clay parpadeando y sonriente, medio muerto de hambre. Damon continuaba durmiendo en la cama de Clay. Mientras asaba unas lonchas de carne, Clay me contó unas pocas cosas de Damon, lo único que había podido sacarle durante el viaje.
»Damon había sido licenciado recientemente en la Marina; tenía veintiséis años, era soltero y proyectaba establecerse en Arizona, con preferencia cerca de Phoenix, donde tenía un pariente lejano, un primo segundo, según creo, al que jamás había visto. Era el único pa­riente que tenía, aparte de sus padres, fallecidos en un accidente de automóvil hacía poco tiempo. Para ser más exactos, había sucedido pocos meses atrás, en el día de la Fiesta del Trabajo. Era evidente que Clay estaba afectado, como yo misma, por la situación de aquel mu­chacho y su incierto futuro, y muy especialmente por lo desolado que debía de sentirse ante aquellas primeras Navidades sin sus padres. Las tierras y la casa que po­seían fueron vendidas casi en seguida, después del do­ble funeral. Damon había adquirido el coche con parte del dinero que recibió del seguro, y le quedaba bastante para poder vivir unos meses, hasta que encontrara el trabajo que le convenía y un lugar donde fijar su resi­dencia.
«Mientras me contaba todo esto, Clay comía la carne asada, una gran fuente llena de ensalada y medio pastel de nueces. Antes de llegar al pastel y al café, sabía que le pediría a Damon que pasara aquella Navidad en casa. También sabía que cualquier otra decisión que hubiera tomado habría disgustado tremendamente a Clay, a pesar de no sentirse atado a Damon en ningún aspecto. El había servido en otra arma, era algunos años mayor que Clay y, según la propia expresión de mi hijo, era «divertidamente peculiar», en cierto modo. La acti­tud de Clay ante situaciones de este tipo es muy simple: los perros, gatos y seres humanos sin hogar deben reci­bir alimento, cariño y cobijo en cualquier época del año. En Navidad había que extremar el trato, por el mero hecho de ser Navidad. Es por esta cualidad de Clay que siempre me siento entre desesperada y emo­cionada. No le habría dejado ir por esos mundos...
La señora Pemberton encontró un pañuelo y se sonó. Me dirigió una penetrante mirada para asegurarse, creo, de que continuaba despierta. Asentí con la cabeza y, tran­quilizada, prosiguió:
–La mayoría de huéspedes son, para mí, un estorbo. Incluso cuando son de lo más considerados. Se nota algo raro en el ambiente, en cada habitación, en toda la casa. Las pertenencias de uno comienzan a parecer lo mismo decrépitas que escandalosamente nuevas. Las costumbres de la familia parecen salirse de su orden acostumbrado, e incluso me dan la impresión de ser del todo estúpidas. Debo admitir que hay un par de personas, quizá tres, que pueden permanecer en mi casa sin afectar mi vida para nada, y, si lo hacen, de ello resulta un aumento de placer y excitación. Pero incluso esto puede resultar fastidioso. Ya debe de conocer aquel refrán que dice que «el pescado y los invitados empiezan a oler mal a partir del tercer día». En el caso de Damon, debería decir que empezó a oler tres segundos después de despertar y de reunirse con nosotros en la salita.
»Para empezar, tras breves inclinaciones de cabeza dirigidas a Philip y a Rhoda (ignoró por completo a Clay), se dirigió tan sólo a mí. "Encontré la cama muy cómoda –dijo–. La habitación también me ha gustado, pero la cama de campaña parece llenarlo todo. La he guardado. Clay puede dormir en esta otra habitación que he descubierto al final del vestíbulo. La cama está repleta de regalos de Navidad, pero creo que aún puede hacerse un poco de sitio para él." Después se frotó las manos enérgicamente, y, con la barbilla, me indicó el camino a la cocina. Supongo que debí de quedar mirán­dolo con la boca abierta, porque vino hacia mí y, pegándome un juguetón puñetazo en el mentón, exclamó: "¡Vamos, mami, dame de comer! ¡Tu nuevo chico está hambriento!"
–Supongo que le mandó usted a paseo –observé–. Imagino que yo le habría pegado un puntapié y orde­nado salir de mi casa.
–También yo lo habría hecho –me contestó la se­ñora Pemberton secamente–. Siguió un largo silencio, esperando, cada uno de nosotros, que alguien se movie­ra o dijese algo; pero todo lo que hicimos fue reír del modo más estúpido, tan sorprendidos estábamos. Des­pués, sin saber apenas lo que hacía, me levanté y salí de la sala con Damon pegado a mis talones. Philip se levantó también y siguió a Damon. Fui derecha a la ha­bitación de Clay, saqué de nuevo la cama de campaña y, con la ayuda de Philip, la desplegué. Luego, trasladé todos los regalos de Navidad a la cama de campaña. Acto seguido, y siempre bajó la atenta mirada de Philip y Damon, cargué con la maleta de éste y la llevé a la habitación ya preparada, dejándola caer con estrépito al suelo. «Dormirás aquí», dije., Esta es la clase de estupideces que comete la gente cuando se enoja y pierde los estribos.
–¿Por qué dice usted eso? Me parece muy natural que lo hiciera.
–Pero ¿no comprende? Apoyé a Damon... Di por sen­tado que se quedaba en casa. Creo que, desde el mo­mento en que hablé con Clay y decidimos pedir a Da­mon que pasara la Navidad con nosotros, ya me había propuesto, inconscientemente, prepararle aquella habita­ción, y, bajo la tensión de lo que sucedió más tarde, hice lo planeado horas antes sin darme cuenta. Fue algo automático, como el recoger algún hilo de la alfom­bra cuando la casa está ardiendo por los cuatro costa­dos. Vi al momento, por la expresión que tenía la cara de Philip, que había procedido mal.
»"Esta noche –dijo Philip a Damon– puedes que­darte. Por la mañana, no dudo que querrás continuar tu viaje". No había equívocos en lo que quiso decir mi marido. Damon se irguió y la sonrisa murió en sus la­bios. Palideció y sus ojos adquirieron una expresión entre herida y confundida. "Espero no haberme sobre­pasado, señor –dijo–. Ha sido sólo una broma que pensé gastarles, justo desde que desperté. Mis padres y yo acostumbrábamos gastarnos montones de ellas. Su­pongo que fue el sentirme otra vez en un verdadero hogar lo que me hizo obrar así." Comenzó a decir algo acerca de mami y se empañó su voz, dejando de hablar.
»Era evidente que Philip se ablandaba. Es de muy buena pasta, ¿sabe? Debió de hacer un gran esfuerzo para hablar a Damon en la forma en que lo hizo. "Bue­no, Damon –dijo–, ven, vamos a ver qué te encontra­mos para comer." Philip salió de la habitación y, por un par de segundos, Damon y yo quedamos solos. Nos mi­ramos el uno al otro y, moviendo los pies como si tra­tara de efectuar unos curiosos pasos de baile, empezó a sonreír de nuevo. "Papi es un maravilloso hombrecito –dijo quedamente–. Estupendo de verdad." Luego, me guiñó un ojo y salió. Más tarde, cuando Philip y yo estábamos a punto de acostarnos, intenté contarle lo de aquel guiño y también algo de mi disgusto y desconfian­za inspirados por aquel joven; pero ni lo uno ni lo otro pareció preocuparle gran cosa. "Ha sido muy mal cria­do –dijo Philip–, pero es Navidad y se encuentra solo y perdido. Puedes darte cuenta de esto. No es precisa­mente de nuestra clase, como tú dices, aunque esto sue­na muy esnob, Katie. Creo que debemos permitirle que­darse con nosotros, siempre que sepa comportarse contigo." En realidad, era la falta de respeto de Damon hacia Philip lo que me preocupaba; pero no dije pala­bra de esto. No es la clase de comentario que a una le gusta hacer a su marido.
»Todo ello aconteció cinco días antes de Navidad. Nadie pidió a Damon que se quedara. Parecía, simple­mente, que todos nosotros lo considerábamos como algo inevitable y de lo más natural, incluyendo a Damon. Yo estaba muy atareada limpiando y cocinando. Los chicos se pasaban fuera de la casa la mayor parte del tiempo: Clay yendo de un lado para otro, como un loco, con mi coche, visitando a sus amigos, y Rhoda tomando notas en la biblioteca de la Universidad, pues tenía que hacer un trabajo y entregarlo después de las vacaciones, y, también, comprando cosas para mí. Philip, por supues­to, trabajaba todo el día. Damon apenas salía de casa, a pesar de que los chicos le pedían a menudo que fuera con ellos. Él rehusaba con un aire tan despectivo, que me maravilla aún el buen trato que recibía de ellos. Más tarde, sin embargo, todos fuimos extrañamente pa­cientes con él. Creo que debo llamarlo "paciencia", al menos al principio. Después, más bien parecía miedo. Se pasaba todo el día rondándome, vestido con una camise­ta ceñida y corta y unos viejos "téjanos" de Clay. Ha­bíamos llevado sus ropas a la lavandería, ya que daba la impresión de no tener otras que las que trajo puestas. Por otra parte, jamás vimos rastro alguno de su indu­mentaria militar. El único signo aparente de su paso por la Marina era un repulsivo tatuaje en su brazo iz­quierdo. Se trataba de un gran corazón sangrante, junto con un ancla azul, y, debajo de ambas cosas, la palabra mami en letras rojas entrelazadas con rosas azules. Pa­recía sentirse muy orgulloso de aquel tatuaje.
La señora Pemberton permaneció callada por unos instantes, como si la momentánea imagen de aquel co­razón chorreando sangre la hubiera dejado sin aliento. Antes de que se animara a continuar su relato, aparecie­ron los médicos que se ocupaban de ambas, con aire amistoso y ganas de bromear, pero también con grandes prisas. Con algún temor hacia la enfermera que les acom­pañaba, me las apañé para informar a mi médico, de un modo bastante confuso, de mi comportamiento du­rante las últimas veinticuatro horas. Pareció aburrirle tanto como a mí misma, pero, al marcharse, me dio unas palmaditas en el hombro a modo de absolución.
–Mañana haremos que se levante –canturreó al marchar.
Puse todo mi empeño en no oír nada de lo que se estaba diciendo a mi lado, pero no pude evitar pescar algunos comentarios hechos en voz alta por el médico que atendía a la señora Pemberton, el cual parecía que­rer tranquilizar a sus pacientes dejando oír su vozarrón.
–Bien, bien –tronó–. Si todo marcha bien durante esta noche, mañana podrá regresar a su casa. No hay nada en usted que el tiempo no pueda solucionar. Tiempo y un poco de autodisciplina, Katie. Ahora, haga un esfuerzo y tome su medicina, como una buena chica, y aparte de una vez estas tonterías de su cabeza. ¡Áni­mo! Está usted mejor de la cabeza que yo mismo y dis­fruta de una salud a prueba de bomba. ¡Control! Esto es lo que necesita... Tiene que prometerme que no va a pensar tanto, ¿de acuerdo?
Salió de la habitación, no sin antes dirigirme una sonrisa en la que hubo profusión de dientes.
Por algunos minutos me abstuve de mirar hacia don­de yacía la señora Pemberton. Por los rumores que lle­gaban a mí, adiviné que estaba llorando. Sin embargo, poco después se sirvió un vaso de agua y arregló la almohada un tanto ruidosamente, por lo que deduje que la crisis había remitido y que pronto pasaría del enfado a la resignación. No le llevaba mucho tiempo.
–En fin... –suspiró–. Jim siempre ha sido un idio­ta sin tacto, pero es un buen médico. Y es cierto que me siento mejor; la última noche fue la primera, tras va­rias semanas, en que no me desperté gritando como una posesa por culpa de la pesadilla. Ha tenido suerte de no haberme oído. Dicen que aúllo como un lobo, como para poner los cabellos de punta a cualquiera.
De pronto, tuve una corazonada.
–¿Tiene Damon algo que ver con su pesadilla?
–Todo. Él es la única causa –contestó la señora Pemberton–. Cuando, por último, le pedimos que se marchara, pensé que todo se resolvería, pero no fue así.
–¿Le echaron?
–La víspera de Navidad –asintió–. Tuvimos una ho­rrible escena... Damon y yo. Los chicos estaban fuera y Philip en cama, durmiendo. Aquel final se había estado incubando dentro de mí durante días. No es fácil hacer­me perder los estribos, créame, pero Damon hizo rebo­sar la copa...
»La hora de las comidas, por ejemplo. Mientras yo trasteaba en la cocina preparando la comida, tenía siem­pre a Damon pegado a mi espalda, fiscalizando todos mis movimientos. Metía las narices en todos mis guisos y no dejaba ninguno por probar; si necesitaba algún cuchillo, podía tener la seguridad de encontrarlo en sus manos, haciendo como quien toca el violín, probando su filo o clavándolo en mi madera de trinchar.
»A veces cantaba unas canciones horribles a voz en cuello, canciones que describían la muerte de alguien que había sido echado a un río después de haberle gol­peado hasta la muerte. Lo que en verdad me ponía en­ferma es que, en ocasiones, reía estúpidamente, sin ra­zón alguna, durante largo tiempo. En la mesa hablaba muy poco, lo que no dejaba de ser una bendición; pero comía con tal voracidad y ruido que era difícil sostener una conversación. Lo cogía todo con los dedos, ¿sabe?, y tomaba comida del plato de Clay cuando éste habla­ba. Si se producía un silencio, rompía a reír de aquel modo tan horrible, y sus pies estaban siempre reme­dando aquella especie de estúpido baile, incluso estando sentado.
»Si alguien hacía un comentario acerca de la comida, como "este pastel está riquísimo", Damon se henchía visiblemente de orgullo y decía: "Mami lo ha hecho. A ella le gusta cocinar para su marino." ¿Qué contestaría usted a una observación de esta clase? No soy lo bas­tante vieja para ser la madre de Damon, y el modo en que me llamaba mami me irritaba sobremanera, más que cualquier otra cosa. Si su madre hubiese muerto tan sólo cuatro meses atrás, ¿podría llamar mami a cualquier otra mujer con tanta facilidad?
–Probablemente, no –contesté.
–Luego está el incidente del árbol de Navidad. Los chicos lo han adornado siempre con tanto esmero... Están muy orgullosos de algunos de los viejos adornos que tenemos. Unos son adorables, pero los hay horri­bles. Teníamos una muñeca de celuloide a la que corres­pondía el lugar de honor en el árbol, simplemente por­que siempre se lo habíamos otorgado. Damon la piso­teó. Quedó como un papel de fumar, de puro aplasta­da. No fue un accidente... Cuando Rhoda la colgó, Damon se mostró despreciativo, y no dejó de burlarse y desdeñar el trabajo que los demás teníamos con el árbol, hasta que, al fin, anunció que el próximo año tendríamos un árbol de aluminio sin adornos, sólo luces. Antes de que pudiera recordarle que el año próximo no estaría con nosotros, salió dando un portazo.
»Se producían infinidad de incidentes de esta clase, quizá sin importancia; pero, todos juntos, se nos anto­jaban una verdadera montaña. Si Clay y yo intentába­mos hablar, allí estaba Damon interrumpiéndonos, con el solo objeto de apartar mi atención de lo que Clay me decía, para lo cual hablaba más y más alto, con creciente excitación. Clay tenía sólo diez días de permi­so y yo empezaba a desesperar de poder tener siquiera un momento para poder estar a solas con él. A menu­do desistía de hablar conmigo y se encerraba en su habi­tación para disfrutar de un rato de paz.
»De un modo inconsciente, en aquella casa, en la que las puertas habían estado siempre abiertas, empezamos todos nosotros a encerrarnos siempre que podíamos. En el caso de Clay, estaba plenamente justificado. Damon había empezado a saquear su ropero, a pesar de tener su propia ropa ya limpia. Caso de tener que asistir a una fiesta, al ir a vestirse, Clay encontraba su mejor camisa blanca en el cuarto de Damon, arrugada y sucia.
«Sabiendo que Damon pasaría la Navidad con noso­tros, había hecho algunas compras extraordinarias, ya que también él tendría algunos regalos bajo el árbol. Puesto que parecía necesitarla, decidí comprarle ropa. Una tarde me encerré en mi habitación con el fin de poder envolverlo todo con lindos papeles y cintas. Tam­bién envolví un hermoso y grueso jersey color oro para Clay, que sería el regalo sorpresa (lo estuvo admirando en un escaparate el día en que fue a la ciudad con Rhoda). Cuando lo tuve todo listo, coloqué los regalos junto a los que ya había bajo el árbol.
»Estuve muy atareada aquel día, y, gracias al cielo, Damon pasó la mayor parte del tiempo en otros luga­res de la casa, y no fastidiándome como solía. Poco antes de cenar, se presentó hecho un brazo de mar, vis­tiendo toda la ropa que había estado envolviendo horas antes para ofrecerle como regalo de Navidad, más el jersey dorado que compré para Clay. "No me gusta es­perar, mami –dijo–. He leído mi nombre en los pa­quetes, así que los he tomado." Me quedé tan confun­dida, que empecé a dudar de mí misma. Quizá escribí el nombre de Damon en el paquete con el jersey de Clay.
De cualquier modo, no estaba segura, así que lo dejé estar. A la mañana siguiente mandé a Rhoda a la ciu­dad a comprar un nuevo jersey para Clay.
»La víspera de Navidad me sentía tensa como las cuerdas de un violín. Los chicos se habían reunido con un grupo de su edad con el que recorrerían la vecindad cantando villancicos, y, más tarde, irían a una fiesta. Philip y yo apagamos todas las luces excepto las del árbol, acercamos nuestras sillas al hogar y escuchamos música navideña. Damon nos sorprendió marchando con su "Corvette" casi inmediatamente después de cenar. La casa estaba maravillosamente apacible sin él. Mis dudas y temores comenzaron a disiparse. Serían casi las diez cuando Philip decidió irse a dormir; por mi parte, le comuniqué mi intención de quedarme hasta más tarde, para poder saborear más la paz de la Na­vidad. Alrededor de las once se presentó Damon. Ad­mito que lo que estaba haciendo podía parecerle tonto a alguna gente... Los chicos tienen estas viejas medias de Navidad, de grueso punto, y las cuelgan todavía jun­to a la chimenea cada año. Ya había llenado la de Rhoda con cosméticos, medias y cosas por el estilo. En la de Clay puse útiles para el afeitado, peines, lápices y otras menudencias. Estaba de pie, sonriendo junto a la media de Clay, que tenía aún la punta del pie pegada por dentro, debido a un trocito de caramelo a medio roer que puso allí cuando era niño.
»Damon se me acercó y, de un tirón, arrancó la media de mis manos y la echó al fuego. No tuve tiempo de sentir enojo o sorpresa; uniendo la acción al pensa­miento, rescaté al momento la media de entre las llamas y comprobé, con alivio, que apenas se había chamusca­do. Luego me volví rápidamente a Damon, furiosa, desconcertada. Quería saber por qué había obrado de aquel modo, y quién demonios creía ser para irrumpir en mi casa y arruinar mi Navidad. Mi comportamiento no fue el que es lógico esperar de una dama. Incluso creo que usé un lenguaje bastante fuerte...
«Cuando me calmé lo suficiente para poder ver y ra­zonar con claridad, noté que Damon murmuraba y esta­ba temblando, más pálido que un espectro. Creo que intentaba decirme que Clay era demasiado mayor para colgar la media en la chimenea. Aquello fue bastante para hacerme perder de nuevo los estribos. No puedo recordar todas las cosas que dije. Cuando me calmé un poco, Damon seguía murmurando; se había quitado el jersey dorado y estaba arremangándose la camisa para mostrarme el brazo izquierdo. Me llevó cierto tiempo centrar la visión y ver lo que trataba de enseñarme. Se había pasado la tarde entera en el asqueroso antro de un tatuador, el cual había añadido unas palabras al horrible dibujo que tenía en el brazo. Ahora podía leer­se: "Mami, te quiero".
»No se cansaba de repetir: "Lo hice para ti, ¿lo ves? Tu regalo de Navidad..., lo hice para ti". Bueno, el caso es que me desmadejé y empecé a dar alaridos. Todavía no sé si reía o lloraba. Damon danzaba a mi alrededor, hablando tan rápido que apenas podía entenderle. En cuanto mi histeria fue cediendo, comencé a escuchar con toda atención, y esto es lo que oí: Lo tenía todo planeado; mis hijos eran casi mayores, por lo que pron­to podrían abandonar el hogar y apañárselas solos. El ocuparía su lugar. Encontraría trabajo y cuidaría de mí para siempre. Incluso si el "viejo" moría, no me quedaría sola, nunca. Nada podría hacer que me dejara, nunca, nunca. Yo era su mami, me había escogido. Entre todas las del mundo, me había escogido a mí. Yo le per­tenecía y él me pertenecía, por el resto de nuestras vidas.
»Era como un cántico. No cesaba de repetirlo, y el horror que sentía se acrecentaba, hasta que creí que iba a gritar. Cuando no pude resistir más, corrí afue­ra de la habitación atropelladamente, para escapar de aquella voz. Me asustaba la posibilidad de que me si­guiera, pero no lo hizo. Podía oírle aun en la sala de estar, cantando. Lavé mi cara con agua fría en el frega­dero de la cocina, y me sequé con una toalla de papel. Luego fui a su habitación y arreglé su maleta. Salí por la puerta de atrás y coloqué todas sus cosas en el "Corvette". Acto seguido, silenciosamente, volví a la casa y desperté a Philip. Por suerte, pudimos persuadir a Damon para que se marchara; pero, por unos minu­tos, creí que sería necesario llamar a la policía..., o a una ambulancia bien equipada, incluso con camisa de fuerza. Tenía tanto miedo de que volviese...
–¿Lo hizo?
–No. Nunca volvió a casa. Ignoro el lugar al que se dirigió aquella noche. Debió de abandonar la ciudad. Estuvimos pendientes del tráfico durante semanas, tra­tando de descubrir su «Corvette» rojo, pero no lo vol­vimos a ver. Estuve muchas semanas sin poder olvidar sus palabras, que parecían encerrar una amenaza. Las dijo segundos antes de empuñar el volante: «Volverás a verme, mami. No podrás librarte de mí tan fácilmen­te. De un modo o de otro, volverás a verme».
–¿Le ha vuelto a ver?
La señora Pemberton mordióse el labio inferior y me miró con expresión atormentada.
–No exactamente –repuso al fin–. Puesto que he llegado hasta aquí, bien puedo contarle el resto, y si luego resulta que me cree una loca, bueno...
–Oí decir a su médico que gozaba de una perfecta salud mental, así que me arriesgaré –contesté.
–De acuerdo entonces, querida. Seis meses después, cuando ya habíamos empezado a olvidar a Damon, Philip recibió una llamada de larga distancia, por la noche, de la policía de San Diego. Según ellos, nuestro hijo de doce años, que se había fugado de casa, había sido detenido cuando merodeaba por los alrededores de un establecimiento dedicado al dudoso arte del tatuaje Nos pedían, por favor, que fuéramos por él o mandára­mos dinero para el viaje de vuelta para el chico y un acompañante, un graduado social. El chico les había contado que su nombre era Damon Pemberton, que era nuestro hijo..., nuestros nombres y dirección, todo. Nos costó trabajo convencerles de que no teníamos tal hijo. Incluso pedimos a nuestra policía local que se comu­nicara con ellos para que dieran fe de lo que afirmá­bamos. Fue así como nos enteramos de que el mucha­cho había escapado del lugar donde quedó detenido. No hemos podido enterarnos aún de la identidad de aquel chico o de la persona que lo metió en aquello.
»Lo de San Diego aconteció en junio. En agosto, Philip y yo pasamos un fin de semana en el Gran Cañón. Nos alojamos en el albergue que hay justo en la cima del cañón. Habíamos almorzado momentos antes, y Phi­lip estaba leyendo el periódico en el vestíbulo. Salí al exterior para contemplar la puesta de Sol y estaba pa­seando por el camino que bordea la cima cuando, de pronto, alguien corrió detrás de mí. Era un chiquillo; jadeaba y gritaba, tratando de librarse de alguien que le sujetaba. Me volví, y, al propio tiempo, me agarré para aguantar el empujón que recibí de aquel chico al lanzarse hacia mí con los brazos abiertos, con los cuales me rodeó con fuerza, escondiendo su rostro entre los pliegues de mi falda. Me abrazó con tanto ímpetu que casi me hizo perder el equilibrio. Un muchacho de más edad que el que estaba aferrado a mí retrocedió lenta­mente al verme. Al darse cuenta de ello, el pequeño se desasió y corrió junto al otro gritándole: "Ya te arregla­rá mi mami, pedazo de estúpido". El otro muchacho le volvió la espalda y echó a correr, perdiéndose pronto de vista.
»El chico volvió hacia mí y, dándome un gran abra­zo, dijo: "Mami, te quiero". Mientras trataba de digerir aquello, me soltó y se confundió con la obscuridad que estaba envolviéndonos, pero pude oír el ruido de sus pies al correr, así como su risa. Iba con un gorro de marino, y en uno de sus movimientos pude distinguir un gran tatuaje en su brazo izquierdo.
–¡Oh, estoy segura de que no fue tal cosa! –aseve­ré–. Con certeza sería una de esas calcomanías con las que los chicos se cubren toda la piel visible del cuerpo. Les encanta hacerlo. Además, se parecen mucho a los tatuajes.
–Quizá –repuso la señora Pemberton–. En septiem­bre último, Philip y yo fuimos de pesca a las White Mountains. Ahora que ya somos mayores, no pensamos en acampar, así que alquilamos una habitación en el motel de Show Low. Philip marchaba muy de mañana en el coche en busca de los ríos y lagos en donde abundan las truchas. Aquel día preferí quedarme en el mo­tel; había decidido escribir unas cartas y lavarme la ca­beza. Era muy temprano y no había mucha gente alrededor. Tomé un café con Philip, en uno de esos locales que permanecen abiertos toda la noche, junto a la auto­pista, y luego regresé sola al motel, caminando, tras despedir a mi marido. No hacía mucho rato que estaba en la habitación, cuando oí ruidos al otro lado de la puerta, como si alguien arañase la madera. Creí que se trataba de una mujer de la limpieza, aunque era dema­siado temprano para que rondaran por allí, o bien algún jardinero que rastrillaba la zona destinada a estacio­namiento de vehículos.
«Permanecí sentada junto al pequeño escritorio, con los ojos fijos en la puerta, y vi como alguien introducía un papel por debajo de ella. "Propaganda", pensé. Pero, cuando lo recogí, comprobé que se trataba de una hoja de libreta de las que usan los chiquillos en la escuela. Había un dibujo hecho a lápiz, de color rojo. Era un corazón sangrante, y, escritas en letras de imprenta, vacilantes, como las que escribiría un chico de segundo grado, las palabras "mami, te quiero". No sé cuánto tiempo permanecí de pie, contemplando el papel, aun­que sí recuerdo lo mucho que mis manos temblaban. Abrí la puerta y miré. No había un alma en el patio del motel. Dejé la puerta abierta y corrí fuera de la habitación, oteando a ambos lados de la calle principal. Casi una manzana más abajo, un muchachito con traje de marino acababa de volver la esquina, gritando como si fuera a salírsele el corazón del pecho. Cuando llegué a la esquina, había desaparecido.
La señora Pemberton estaba sentada en la cama, me­dio vuelta hacia mí, implorando, con su mirada, alguna respuesta.
–Oh –balbucí de mala gana, luchando por encon­trar algo que añadir–. ¿Coincidencia? –sugerí.
–No lo creo –contestó tristemente la señora Pem­berton–. ¡Oh, quisiera creerlo, de veras! No puede ima­ginarse hasta qué punto desearía tener la seguridad de estar haciendo una montaña de pequeñas cosas sin im­portancia. Hace algunas semanas que empezaron mis pe­sadillas... con origen, lo sé, en todas estas llamémoslas «coincidencias», demasiado frecuentes y perturbadoras para mí. No he tenido el coraje suficiente para contar a otros, ni siquiera a Philip, todas las cosas que he visto y oído, hayan sido ciertas o no.
–¿Se siente usted, cómo diría yo, perseguida? –pre­gunté.
–Me sentí así largo tiempo. Tenía la sensación de ser rastreada, como si fueran a darme caza. Me sentía enojada. Y tenía miedo. Miedo de salir a la calle, de contestar las llamadas telefónicas; miedo de dormirme, una vez empezaron las pesadillas.
–¿Qué es lo que la asusta tanto, en sus pesadillas, que la obliga a gritar?
La señora Pemberton me miró con sorpresa.
–El bebé, claro. Lo encuentro en el portal, y es tan dulce y tan cálido... Me siento tan encantada con él... Luego, cuando lo tomo en brazos y le arreglo las ropas, se desliza la manta, dejando al descubierto el bracito con el horrible tatuaje...
No hablamos gran cosa más el resto del día. Llega­ron las bandejas con la comida y fueron retiradas luego, muy aligeradas de su carga (al menos, la mía). Nos tra­jeron flores, que fueron admiradas cumplidamente por ambas. Alguna que otra visita traspasó el umbral de nuestra habitación de modo casi fugaz, marchándose con gran alivio después de haber permanecido las unas sentadas durante escasos minutos en un par de incó­modas sillas; las otras, en pie, descansando ora sobre una pierna, ora sobre la otra.
Cuando el largo día nos trajo, al fin, aquella amable hora de sosiego que precedía a la cena, pregunté a la señora Pemberton lo que me había estado preocupando la mayor parte del tiempo.
–Si ya no abriga usted resentimiento, ni se cree perseguida, ¿cuáles son sus sentimientos?
–Le he dado muchas vueltas a esto –respondió–. Ahora, la pesadilla es distinta. Esta es la razón por la cual no me ha oído usted gritar por la noche. Ya no es una pesadilla con visos de realidad, ¿sabe? Sueño que me hacen un obsequio. Algo muy frágil y de gran valor que alguien me ha entregado después de arrostrar gra­ves dificultades y peligros. Yo lo acepto, aunque no sin grandes reservas. Mis dedos se niegan a tocarlo. Lo arrojo al suelo y se rompe, pero no como lo haría el cristal. Queda allí, en el suelo, y sangra... Una vez des­pierta, todo lo que me queda del sueño, para el resto del día, no es más que tristeza. Sólo tristeza.
A la mañana siguiente, después del desayuno, una enfermera se presentó con una silla de ruedas para pre­parar la partida de la señora Pemberton. Mientras la muchacha esperaba, sonriendo, la señora Pemberton se despidió de mí.
–En realidad, no necesito la silla para nada –me explicó–. Pero este hospital tiene la siniestra norma de no permitir a ningún paciente, ya recuperado, salir del mismo por su propio pie.
–Continúa la caza del Snark –dije.
Me estrechó la mano con firmeza, y abandonó el cuarto.
–Estaré con usted en unos momentos –me dijo la enfermera desde la puerta–. La ayudaré a sentarse en una silla. Según tengo entendido, se marcha usted ma­ñana.
Cuando regresó, le pregunté con ansiedad:
–¿Cree usted que la señora Pemberton está realmen­te bien?
–Desde luego. Ingresó en el hospital para que se le hicieran algunos análisis y, también, para tenerla en observación por unos días. Eso es todo. En cualquier caso, es ya algo mayor para tener otro bebé.
–Oh..., claro –repuse.
–Está un poco asustada, creo. Pero ya verá cómo va a estar más y más animada para cuando el bebé llegue. Pensará que no hay un niño igual al suyo en todo el mundo.
–¡Oh, Dios Santo! –contesté–. Espero que no.




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