―¿CUÁL DIRIA usted, jefe, que fue su
experiencia más sorprendente en todos los años que estuvo en la policía?
Larry Finch, hasta hacía poco tiempo
jefe de policía en nuestra ciudad de Coleton, se recostó en los cojines amplios
y bien tapizados del club Antelope. Su rostro cuadrado y coloradote, marcado
por la calvicie de su cráneo, su nariz roma, sus ojos pequeños y de color gris
azulado, que brillaban con gran inteligencia, por encima de sus arrugas grasientas,
expresaba una especie de sonrisa vaga y torturada.
―Bueno, ya comprenderán, amigos
―dijo, mientras que los cuatro o cinco de nosotros nos acercábamos todavía más,
arrastrando las sillas y los sillones del club―, que nadie puede desempeñar
durante treinta años un trabajo como el mío sin tener que enfrentarse a ciertos
tipos raros. De todos modos, no creo que ningún caso estuviera tan cerca de
hacer que me volviera loco, como el de Emerson J. Karr. Tenía ciertas
características que hacían que fuera mucho más que un caso policiaco normal. De
hecho, no puedo decir que lo entiendo completamente, ni siquiera ahora.
¿Recuerda alguno de ustedes a Emerson J. Karr?
―Me parece haber leído algo sobre él
en los periódicos, en alguna ocasión, ¿no es eso posible, jefe? ―le pregunté,
debido a que el nombre despertaba en mí un recuerdo impreciso.
―¡Ya lo creo que sí! ―afirmó Finch,
al tiempo que tiraba las cenizas de su grueso cigarro puro―. No obstante, hace
de eso más de veinte años. Sí, hace cerca de veinticinco años, Emerson J. Karr
era un hombre famoso en su campo. Era director del Departamento de Sánscrito de
la Universidad Newlands, y había escrito varios libros importantes y efectuado
varias traducciones que se decía que estaban en todas las bibliotecas
universitarias. De todos modos, era el hombre al que menos hubiera podido
relacionarse con el eximen organizado.
―¿Con el crimen organizado?
Varios de nosotros dimos un
respingo; mientras tanto, olvidándonos de nuestros martinis, nos acercamos todavía más, llenos de excitación.
―Si hubieran visto ustedes alguna
vez a ese tipo ―siguió diciendo el jefe, después de tomar lo que quedaba de su Old-fashioned y darle un par de chupadas
a su cigarro puro―, hubieran esperado que fuera tan honrado como un párroco.
Era una especie de palo de frijoles que se movía, con una cabeza enorme. Nunca
vi una cabeza parecida. Yo creo que era suficientemente grande para dos; como
un bulbo calvo y monstruoso, con dientes amarillentos y grandes, como los de
una calabaza del día de brujas, y dos ojos de color, verde pálido que parecían
mirarlo a uno desde alguna especie de mundo de ensueño, que le era propio. Su
rostro estaba siempre extraordinariamente pálido, y su gran manzana de Adán, en
el cuello, le ascendía y descendía continuamente; no obstante, lo que hacía que
resultara todavía más extraño, era una cicatriz larga, grisácea y serpenteante,
que corría hacia abajo, a partir de la comisura izquierda de sus labios.
―No parece que fuera precisamente
una belleza, ¿verdad? ―observó Fred Mayfield, por encima de mi hombro.
―¡Créanme que no lo era! Quizá fuera
esa una de las razones por las que ninguna mujer se había fijado en él. Tenía
sesenta y uno o sesenta y dos años de edad y no se había casado. Vivía con su
madre, de ochenta y tres años de edad, en una casa descuidada de los suburbios;
en la universidad era una especie de institución, ya que había ocupado su cargo
durante más tiempo de lo que la mayoría de la gente podía recordar; todos lo
respetaban, pero era el tipo de persona que tenía numerosos conocidos y ningún
amigo. Sus hábitos eran tan regulares como los de un monje. Nunca iba a ninguna
parte, y dudo mucho que, durante muchos años, lo haya visto alguien en algún
otro lugar que los ochocientos metros de camino que separaban su casa de la
universidad. Se corría incluso el rumor de que podían ajustarse los relojes por
sus idas y venidas, y creo que era cierto... Por esa razón no pude tomar en
serio los informes que parecían relacionarlo con la banda de Nich Rocco.
―¿La banda de Nich Rocco? ―inquirí―.
¿No era la que...?
―Sí, mi amigo. La peor banda que se
haya conocido en esta parte del país y, sin duda, la que más contribuyó a que
me salieran canas ―declaró Finch, pasándose los dedos por los pocos cabellos
plateados que le quedaban a los lados de la cabeza―. Su especialidad era el
robo de cajas fuertes en bancos, almacenes y fábricas, y lograron realizar con
éxito tantos robos, sin ser arrestados, qué se acostumbraron a pintar una gran
R en rojo, por pura fanfarronería, siempre que efectuaban una de sus fechorías.
Les aseguro que era algo increíble. Durante cierto tiempo, parecía que iba a
perder mi propio empleo, si no lograba vencerlos. Precisamente en esa época fue
cuando comenzó a intervenir Emerson J. Karr.
―¿Qué relación podía tener Emerson
J. Karr con un bandido como Nich Rocco?
―Esa era la pregunta que nos
preocupaba a todos.
Cuando comenzaron a llegarme los
primeros informes, pensé que se trataba de fantasías. Recuerdo cuando el agente
Pete Kelly, que era bastante novato, dijo que había visto al profesor Karr en
la calle, precisamente frente al Seaboard National Bank, a las tres de la
mañana, justamente antes de que hicieran volar sus cajas fuertes. Aseguraba que
conocía de vista a Karr, debido a que había iniciado su servicio como vigilante
en la universidad. Pero no pudo explicarme qué era lo que podía estar haciendo
un hombre como Karr, a las tres de la mañana, ante el Seaboard National Bank.
―Simplemente, no parece razonable
―murmuró Joe Tracy, que estaba sentado a mi izquierda.
―¿Y me lo dicen a mí? Pero tan
cierto como que soy un hombre y no un mono, que no estuve tan seguro de ello
hasta dos días más tarde, cuando me presentó un informe semejante el capitán
O'Donnell, uno de nuestros veteranos. Se había apresurado a acudir, con un
grupo de agentes, a la Coddings Lumber Mills, inmediatamente después de que
sonara la alarma. Estuvieron a punto de detener a dos de los bandidos, pero
consiguieron huir, en alguna forma, saltando por encima de una cerca, y el
oficial juraba que uno de ellos era un tipo alto y delgado, con una cabeza
gigantesca, una gran manzana de Adán y una cicatriz grisácea y serpenteante que
iba hacia la parte baja de su rostro, partiendo de la comisura izquierda de sus
labios.
―Debía ser un doble de Karr
―sugerí―. He visto a hombres que se parecen tanto que sería posible tomarlos
por hermanos gemelos.
El jefe se inclinó un poco hacia
adelante en su asiento, mientras se pasaba una mano regordeta por su cuadrada
barbilla.
―A decir verdad, yo también pensaba
que debía tratarse de algo así. Por otra parte, en lo que se refiere al detalle
de la cicatriz. . ., en medio de tanta excitación, un hombre puede llegar a ver
realmente lo que cree ver. Por consiguiente, dejé las cosas en paz durante otra
semana, hasta que los agentes Muzzio y Olsen, dos hombres en los que confiaba
mucho, me describieron a un individuo que tenía exactamente las mismas
características, y al que habían visto huyendo después de un atraco en plena
calle.
―Si lo veían con tanta frecuencia
―dije―, es posible suponer que lo detendrían.
Finch movió bruscamente su gran
cabeza cuadrada; su rostro parecía estar todavía más enrojecido que de
costumbre, debido a la luz proyectada por las lámparas del club.
―Eso era precisamente lo que nos
sorprendía más que cualquier otra cosa. Antes de que finalizara el mes, fue
señalada su presencia cuatro o cinco veces más. Más de una vez, mis hombres
estaban casi a punto de arrestarlo; pero, repentinamente, se evadía. Se lanzaba
en torno a las esquinas, a través de las ventanas o trepando por las paredes,
en forma que mis hombres no eran capaces de explicar de manera precisa, aparte
de que todos coincidían en que se desplazaba como una bala.
―Eso me parece muy extraño.
―¿Raro dice? ¡Espere a oír el resto!
Por supuesto, ya muy endurecidos, ninguno de nosotros suponía que pudiéramos
enfrentarnos a otra cosa que un rufián extraordinariamente hábil. Lo que sí sé
es que esperaba resolver el misterio el día que fui a visitar al profesor Karr.
Estaba convencido de que ningún gusano de biblioteca como aquel pudiera ser
capaz de engañarme; pero me quedaban por aprender aún ciertas cosas. Créanme que iba a aprender ciertas cosas.
El jefe pidió un segundo Old-fashioned; luego, después de
tomárselo apresuradamente, siguió diciendo, de una manera vacilante y llena de
timidez:
―Como saben ustedes, amigos, no soy
un tipo que se siente fácilmente embarazado..., era algo que no podía
permitirme en el trabajo que desempeñaba, si es que deseaba salir adelante. De
todos modos, podía comparárseme con un colegial recitando su primer verso
cuando me encontré en presencia del profesor. Había preparado una excusa
ficticia, como, quizá, la de pedirle que declarara como testigo... en lo que
era todavía un secreto de la policía. Sé mostró tan extraordinariamente lleno
de cortesía que hubiera podido creerse que yo era el rey de Inglaterra: “Tenga
la bondad de pasar, oficial.” “Siéntase en su casa, oficial”, y toda clase de
frases parecidas, pronunciadas con un tono de voz de bajo profundo, que si lo
hubieran oído no podrían olvidarlo nunca. Me condujo a su estudio, situado en
el primer piso y que estaba lleno de libros desde el suelo hasta el techo; no
comprendo cómo puede haber algún hombre capaz de leer tantos volúmenes en toda
su vida. Naturalmente, me sentí bastante incómodo y fuera de lugar al
encontrarme frente a él, al otro lado de su escritorio, sobre el que se
encontraba una máquina de escribir portátil; me miró de una forma tan
especulativa con sus grandes ojos redondos de color verde claro, que tuve la
sensación de ser yo quien estaba sometido a inspección. No obstante, conseguí
hacerle todas mis preguntas.
―Profesor, ¿recuerda usted dónde
estuvo el jueves pasado, por la noche?
Ni siquiera lo pensó mucho.
―El jueves..., por supuesto.
Recuerdo que ese día estuve muy ocupado toda la velada, escribiendo mi artículo
sobre “Varios aspectos de la filosofía de Sankara”, para la revista The International Scholar.
De todos modos, eso creo que fue lo
que dijo, y me sorprendió mucho. Así pues, seguí diciendo: «¿Y el martes por la
noche?»
―Tampoco dudó en absoluto antes de
responder. «El martes por la noche..., esa noche preparo siempre mi conferencia
para mi curso avanzado sobre el Sutras de Pata-Patanjali», creo que era, o algo
semejante.
Créanme, amigos, que me sentía como
acorralado. Respondió también de manera inmediata clara a todas mis demás
preguntas, estableciendo el hecho de que no había abandonado su casa ninguna
noche del mes. Lo que es más, parecía tan sincero que no me era posible creer,
de ninguna manera, que estaba mintiendo, sobre todo cuando sus declaraciones
fueron corroboradas por su madre. Ella era una ancianita adorable y diminuta
como un pajarillo, con unos ojos tan claros y una mirada tan franca que hacía
que uno se sintiera despreciable por abrigar sospechas. Esa dama, que no parecía
de ninguna manera tener ochenta y tres años de edad, se presentó
aproximadamente a las nueve de la noche, con una tetera. «Emerson siempre toma
su té a esta hora», me dijo, «¿no quiere usted acompañarnos, oficial?» ¡No
tienen más que imaginarse, amigos, que yo tomara té! En todo caso, en mi
trabajo era preciso someterse a toda clase de cosas, de modo que acepté la
invitación con una expresión absolutamente normal.
Me esforcé además en hacer charlar
un poco a la madre, y le dije: «¿Y cuándo toma el té su hijo, señora, las
noches en que sale?»
―¡En realidad, no sale nunca! ―me
respondió―. No creo que Emerson haya salido de noche ni una sola vez desde que
daba conferencias en el Colegio Clinton, hará un año en mayo.
Interrogué en mis tiempos a muchos
hombres y mujeres y los atrapé en multitud de mentiras; pero hubiera apostado
mi reputación, en aquella ocasión, a que no había ni siquiera la menor
posibilidad de que me estuviera mintiendo aquella anciana de ojos tan claros y
llenos de dulzura. No, de alguna manera, habíamos cometido un tremendo error.
Me quedé otro rato, cuando la madre
se fue, sólo para guardar las apariencias, mientras que el profesor me enseñaba
algunos de los libros que había escrito. Había varias cosas raras, estudios de
poemas hindúes y cosas así, y otros con títulos impronunciables, que ni
siquiera tengo la menor idea de sobre qué trataban. Fue por eso que me llevé
una enorme sorpresa, cuando me disponía a marcharme, al ver una franja de color
castaño que resaltaba bajo un montón bastante grande de revistas, en una
estantería. Tomando el libro de que se trataba, recibí una fuerte impresión al
ver que se trataba de un ejemplar de «Relatos de crímenes famosos».
Dejé escapar un silbido y alcancé a
ver que el rostro del profesor enrojecía.
―¡Santo cielo! ¡Me estoy haciendo
descuidado! ―exclamó, con el aspecto de un pequeño colegial sorprendido en el
acto de robar algo—. Le ruego que lo empuje hasta el fondo, oficial, para que
no lo vea mi madre. No me gustaría que ella lo descubriera... ¿Comprende
usted?, en mi trabajo necesito a veces aliviarme un poco de la tensión y
últimamente he descubierto que me reposan mucho los relatos de bandidos y
policías. Por supuesto, es sólo un método de descanso intelectual. Por
consiguiente, le agradecería que me ayudara a ocultárselo a mi madre...
Sabía muy bien que muchos
científicos leen, a veces, relatos sangrientos y violentos, con el fin de
liberarse de parte de su tensión. No obstante, me preguntaba si no sería una
prueba. Antes de que tuviera tiempo de hacer más preguntas, llamaron a la
puerta y un hombre de rostro, bigote y cabello negros entró, dándole la mano al
profesor de manera amistosa.
―Oficial, le presento a mi amigo, el
señor Rasmani ―me dijo el profesor―. Antes fue mi alumno, pero ahora lo soy yo
de él. Me está instruyendo en la práctica del Yogi.
Eso estaba mucho más allá de mis
conocimientos y comenzaba a sentirme incómodo en presencia, de aquel hindú, que
me dedicó una mirada que pareció atravesarme como un cuchillo. Por ende, tomé
mi gorra y me fui. ¡Santo cielo! ¡Les
aseguro que me vi contento al encontrarme fuera de aquella casa!
El jefe sacó otro cigarro puro y
pasó medio minuto encendiéndolo.
―Bueno, no me parece que haya
llegado a ninguna conclusión ―comenté en el intervalo de tiempo―. Por lo que he
podido colegir, abandonó la casa sin pruebas de ninguna clase.
―También yo pensaba lo mismo ―siguió
diciendo Finch, recostándose hacia atrás, con una sonrisa, como alguien que
festeja una buena broma sobre sí mismo―. Traten de imaginarse hasta qué punto
me sentí confundido aquella noche cuando sonó una alarma. Las joyerías
Firestone habían sido robadas a las dos y media, y el mismo palo de frijoles caminante,
que se parecía al profesor incluso en la cicatriz que partía de sus labios,
había sido visto dirigiendo a los ladrones, inmediatamente antes de que
huyeran.
―Bueno, en mi opinión ―manifestó
Mayfield―, debía tratarse de un caso de personalidad dividida o disociada.
Todos hemos oído hablar de hombres en cuyo interior se produce una división del
tipo de doctor Jekyll y mister Hyde, que actúan como dos individuos distintos,
uno de los cuales no tiene conocimiento de lo que hace el otro. Así, el viejo
Karr podía estar colaborando con bandidos durante parte de su tiempo, sin que
su personalidad normal tuviera conocimiento de dichos delitos.
―Bueno, no deben suponer siquiera
que pasamos por alto esa posibilidad, amigos. En verdad, era la única teoría
que parecía aceptable. Si Karr tenía verdaderamente una doble personalidad; era
posible que saliera por las noches y participara en los robos. Para comprobar
esa suposición, coloqué a dos de mis hombres, vestidos de civil, para que
vigilaran la casa todas las noches, ocultos entre los arbustos, de tal modo que
nadie pudiera entrar o salir sin que lo vieran. Pero no sucedió absolutamente
nada en el curso de las tres noches siguientes. Parecía que la banda de Rocco
había decidido descansar. Luego, la cuarta noche, se repitió la antigua
historia, entraron por efracción al Hawley Cash Market, en la calle Main, y se
llevaron de una bandeja varios cientos de dólares. Dos tipos que pasaron por
allí casualmente, antes de la comisión del delito, declararon haber visto a un
hombre alto y delgado, con una cabeza enorme, lentes de montura de carey y una
cicatriz en el labio, que se paseaba frente al mercado; pero los agentes Ryan y
Benton, que habían estado vigilando la casa de Karr, aseguraron, de manera
definitiva, que no era posible que hubiera salido de allí nadie.
Entonces di órdenes especiales para
que mis hombres se concentraran en aquel larguirucho endemoniado. Fuera quien
fuese, Karr o su hermano gemelo, teníamos que arrestarlo con rapidez.
Créanlo ustedes o no, era casi como
si jugara con nosotros. Seguían señalando su presencia y estaban a punto de
detenerlo una y otra vez. Escuchen, por ejemplo, lo que le sucedió al
patrullero Pat Mulligan.
―Ese sucio individuo estaba
paseándose por Jefferson Square a las dos de la mañana ―me informó Pat―. Muy
bien, amigo, haga el favor de acompañarme, le dijo, tendiendo el brazo para
ponerle las esposas. «¡Santa Madre de Dios, jefe!», exclamó. «Va usted a pensar
que estuve viendo visiones; pero el caso es que cuando alargué la mano, ya no
estaba allí en absoluto. Yo diría que eso tiene algo de muy extraño. Debe tener
tratos con el maligno.
―Mulligan ―le respondí, con
severidad―, parece ser que usted ha tenido tratos con la botella. Hará bien en
mantenerse sobrio mientras se encuentre de servicio, si desea permanecer en la
policía.
De todas formas, sabía que Mulligan
no era un gran bebedor. Me sentí tanto más sorprendido al saber que se había
efectuado un robo importante de pieles de Jefferson Square, entre las dos y las
des y media de aquella misma mañana. Unas cuantas noches después me sentí
nuevamente lleno de confusión, cuando el agente Kelly, junto con Swensen y
McGrath, me informaron que habían arrinconado al profesor Karr en un callejón
sin salida que conduce de la calle East Fifth hacia el Athens Grill.
―Le doy mi palabra, jefe, de que lo
reconocí perfectamente ―insistió Kelly―. Lo vimos precisamente bajo la luz de
la calle, y sus grandes ojos saltones proyectaban ese extraño resplandor
verdoso que le es característico. Lo hubiera reconocido entre un millón de
personas. Mis hombres se abstenían de disparar. Tenían órdenes de no hacerlo, a
menos que fuera absolutamente necesario, y en aquella ocasión no había parecido
así. Cuando lo perseguían por el callejón sin salida, sin que tuviera lugar
para escapar, a no ser por encima de un muro de ladrillo de diez pisos de
altura, para cuando llegaron al fondo había desaparecido, sin dejar ni siquiera
rastro. Los tres agentes me aseguraron que no podía haber huido por medios
naturales. Más tarde, aquella misma noche, el Athens Grill sufrió el robo de
novecientos dólares.
―¿Estaban ustedes vigilando todavía
la casa de Karr?
El jefe asintió, volvió a recostarse
hacia atrás en su asiento, le dio varias chupadas profundas a su cigarrillo y
esperó un momento, mientras el resto de nosotros nos acercábamos a él todavía
más.
―Por supuesto, seguíamos efectuando
la guardia, sin dejar pasar una sola noche. Pero los agentes aseguraban que el
profesor no salla ninguna noche, que se iba a acostar a las diez y media con la
regularidad de un reloj. Podían verlo encender la luz de su dormitorio; luego
le daba cuerda a su reloj de pulsera y al despertador, retiraba las sábanas de
la cama, cerraba las persianas y, finalmente, apagaba las luces... Todo eso lo
efectuaba de una manera tan metódica que no pareciera que cualquier noche fuera
diferente de ninguna manera a la siguiente.
―Bueno, quizá se trataba tan sólo de
una artimaña para que se confiaran ―conjeturó Joe Tracy―. Quizá se deslizaba a
la calle por las noches, un poco más tarde.
―Tampoco pasamos por alto esa
posibilidad, aun cuando no era fácil ver cómo le sería posible salir sin que lo
vieran mis hombres.
De todos modos, una noche, hacia la
una de la mañana, llamé a su número de teléfono. Cuando respondió, lo que hizo
al cabo de bastante tiempo, parecía estar totalmente atontado por el sueño;
pero reconocí con facilidad su voz de bajo profundo.
―¿Es Elliot veinticinco ochenta y
nueve?, pregunté, indicándole a propósito un número equivocado.
―¡No, maldita sea, es el veinticinco
noventa y ocho!, me respondió con un gruñido.
Me sentí un poco sorprendido al ver
que no se privaba de maldecir.
―¿Le parece correcto despertar a un
hombre a estas horas de la noche?
Oí que colgaba el teléfono
bruscamente y me sentí más sorprendido que nunca.
Pero aquello no podía compararse con
el asombro que experimenté media hora más tarde, cuando me señalaron la comisión
de un robo en la Atlas Plating Mills. Habían visto al profesor Karr dos de los
agentes, cuando huía precipitadamente del lugar de los hechos; pero había
conseguido dar vuelta a la esquina de un edificio y escapar.
―Bueno, ¿no es posible preguntó
Mayfield― que se dirigiera apresuradamente hacia allá inmediatamente después de
su llamada telefónica?
―No, es imposible. Precisamente, eso
era lo más asombroso de todo. Supongo que no saben ustedes dónde se encuentra
la Atlas Plating Mills... Está en el camino a Dumbarton, al otro extremo de la
ciudad desde donde vive Karr. Un automóvil, a toda velocidad, puede recorrer
esa distancia en cuarenta y cinco minutos. Sin embargo, recuerden que el robo
se produjo menos de media hora después de que hablé con Karr.
―En ese caso ―comenté―, es evidente
que debía tratarse de algún error de identidad.
―¡No era error de identidad en
absoluto! ―aseguró Finch con impaciencia―. Con sólo ver a aquel tipo una sola
vez, no sería posible cometer un error de identidad. Además, lo que ocurrió más
tarde demostró que no estábamos equivocados respecto a su identidad.
―Bueno, ¿qué sucedió después?
―Muchas cosas. Sin embargo, el punto
crucial no se presentó hasta que metí el dedo directamente en el pastel. Por
supuesto, normalmente, no acompañaba a mis hombres en ninguno de los casos;
pero prometí acompañarlos para esperar al profesor y cumplí mi promesa. Para
entonces, como lo supondrán, comenzaba ya a desesperarme. Los robos de aquella
maldita banda se estaban haciendo tan importantes y frecuentes, que se había
despertado ya un fuerte clamor público, y no tenía ni la más ligera
probabilidad de seguir ocupando mi cargo si seguía adelante aquella cadena de
robos. Por consiguiente, consideré que era mejor que yo mismo me ocupara de
resolver el caso.
―¿Lo hizo? ―inquirí.
―¡Ya les dije antes qué sí! Pero no
al principio. Las cosas comenzaban a empeorar con rapidez. Todo se complicó
cuando los muchachos capturaron una noche a dos de los hombres de Rocco, cuando
huían con su botín de la Northern Security Company. Les aplicamos el tercer
grado, como nunca antes lo habíamos hecho con nadie; pero juraron en todos los
tonos que no habían visto nunca al viejo Karr ni a nadie que se le pareciera.
Sabía muy bien que hubieran mentido sin cesar con el fin de salvar su propio
pellejo, pero no comprendía por qué tendrían interés en mentir para salvar al
profesor, sobre todo cuando les prometimos soltarlos pronto con tal de que lo
delataran. Lo que es más, no daban la impresión de estar mintiendo. No creo que
hubieran podido fingir la sorpresa que demostraron cuando les hablamos del
profesor.
―Bueno, ¿y qué nos dice respecto al
modo en que resolvió el caso?
―Ya voy a llegar a eso ―con una
sonrisa tímida, Finch se pasó con timidez la mano por el rostro enrojecido―.
¡Señor! Les aseguro que no me imaginaba siquiera lo que me esperaba una noche
en la que mis hombres me comunicaron que habían averiguado que iban a robar la
Morehouse Appliance Company. Pensé que no era probable que el profesor se
encontrara lejos de algo semejante, y tomé decisión de atraparlo, si es que
existía algún poder humano capaz de hacerlo. En realidad, creo que tenía
bastante confianza en mí mismo; aunque me esperaba una tarea difícil. De todos
modos, aquella noche no la olvidaré jamás, ni aunque llegue a cumplir cien años
―concluyó el jefe, produciendo un sonido, entre suspiro y gruñido, mientras se
limpiaba el sudor invisible de su calva brillante.
―Entonces, ¿vio de nuevo a su amigo,
el profesor Karr?
―Esperen, esperen, no vayan con
tanta rapidez me contuvo―. Habíamos preparado todo perfectamente para atrapar a
cualquiera que acudiera. Había seis de nosotros distribuidos por toda la
oficina, que era bastante amplia... Estábamos bien escondidos detrás de
puertas, escritorios y muebles. Personalmente, ocupé un lugar privilegiado,
detrás de varias hileras de archivos, apenas con suficiente espacio entre dos
de ellos para poder observar sin ser visto. Todos nosotros estábamos ocupando
nuestros lugares antes de medianoche, y les aseguro que fue una espera larga y
aburrida, en la oscuridad, y sin que ninguno de nosotros osara siquiera fumar o
hablar, por miedo a delatar nuestra presencia.
―¿Y se presentó alguien? ―intervino
Joe Tracy.
―Por supuesto que sí. Mi reloj de
pulsera, con números luminosos, marcaba exactamente las tres y cuarto cuando
oímos un crujido suave; les garantizo que trataba de respirar sin hacer ruido.
Quizá fueran las malditas ratas; pero se oyó otro crujido y otro más... y
comprendimos que estaban forzando la ventana de la parte posterior. Les aseguro
que admiraba la forma en que trabajaban aquellos tipos. Con rapidez y
experiencia, no perdían ningún tiempo, ni producían ruidos innecesarios. No
pasó ni medio minuto antes de que los oyéramos acercarse. Felizmente, en el
curso de la última media hora, la luna, que estaba casi llena, se había
desplazado a una distancia suficientemente alejada como para iluminar
precisamente a través de la gran ventana situada frente a mí, y la iluminación
era suficiente para ver todas las cesas ordinarias, a pesar del extraño color
de las paredes, que estaban pintadas de una especie de color azul enfermizo, en
el que la luz de la luna se reflejaba extrañamente. Quizá parezca inapropiado
que lo diga, pero me sentía como alguien que estuviera esperando pacientemente en
una tumba.
―Sí, pero, ¿quiénes eran los
ladrones? ¿Era realmente la banda de Rocco?
―Parte de esa banda. Tres rufianes,
que parecían tan seguros de sí mismos como si fueran plomeros que tuvieran que
arreglar una llave del agua, se dirigieron en línea recta hacia la caja fuerte,
o, mejor dicho, lo hicieron dos de ellos, y el tercero se quedó vigilando. No
movimos ni un solo músculo hasta que estuvieron en sus lugares. Tuvimos la
suerte de que no sospecharan en absoluto que algo andaba mal. Es posible que los
éxitos obtenidos los hubieran hecho descuidarse.
Repentinamente, cuando dos de ellos
se encontraban inclinados sobre la caja fuerte, di la señal.
Todo salió exactamente como lo
habíamos planeado. Antes de lo que se tarda en decirlo, los tres bandidos se
encontraron rodeados por seis de nosotros, que les apuntábamos con nuestras
pistolas. No necesitamos decirles que levantaran las manos. Comprendieron
perfectamente que el juego había concluido y que cualquiera de ellos que
hiciera el menor movimiento podía considerarse muerto.
―¿Y el profesor? ¿No estaba allí?
―¡Déjenme continuar y lo verán! ―nos
tranquilizó Finch, tomándose su tiempo para encender otro cigarro puro―. Como
les estaba diciendo, capturamos a los tres rufianes. Todo ocurrió con tanta
rapidez que ni siquiera tuvimos tiempo para encender las luces. Por
consiguiente, los acorralamos bajo aquella extraña iluminación proyectada por
la luna, y dos de los agentes se disponían a ponerles las esposas; pero
precisamente en ese momento vi otra figura. Les aseguro que no sé de dónde
salió. Posteriormente, todos mis hombres declararon que no lo habían visto
llegar; pero allí estaba, haciéndoles señales a los ladrones, tratando de
advertirles. Estaba exactamente al otro lado de un escritorio muy amplio, que se
encontraba frente a mí, tan cerca que pude ver su rostro con claridad. Su gran
cabeza calva. Sus ojos grandes y saltones bajo los lentes de montura de carey,
su cuello delgado, con la manzana de Adán muy prominente.
Bueno, no perdí ningún tiempo en
recuperarme de la sorpresa que casi me paralizaba. Le apunté con la pistola y
le grité: «¡Manos arriba!»
Ni siquiera pareció oírme. Como si
no le importara en absoluto el resto del mundo, comenzó a desplazarse... Sí, me
parecía que flotaba en línea recta hacia la puerta de salida, situada a unos
cinco metros de distancia.
―«¡Alto!», le grité. «¡Alto o
disparo!»
Parecía ser totalmente sordo. No se
apresuró, como un hombre tratando de huir, sino que siguió desplazándose hacia
la puerta, como alguien que caminaba en sueños. Un segundo después, su mano
había aferrado la perilla de la puerta; si pasara un segundo más, se pondría
lejos de nuestro alcance.
Les aseguro, amigos, que no sé cómo
ocurrió todo. No obstante, estoy absolutamente seguro de que no tenía intenciones
de disparar, al menos, no de la manera en que lo hice; pero supongo que me
temblaban los dedos y mi excitación me venció. Pueden representarse la escena
ustedes mismos, bajo la luz azulada que llenaba la oficina, tres hombres
cubriendo con las pistolas a los tres rufianes y otros dos dispuestos a
ponerles las esposas, cuando aquel diablo larguirucho apareció Dios sabe de
dónde, y comenzaba a huir, como si no le importara la presencia de nadie. No es
de extrañar que disparara.
Se produjo un estampido que pareció
más fuerte que el disparo de cualquier pistola que había oído hasta entonces.
Una lengua de humo se dirigió en línea recta hacia el corazón del hombre; oí,
al mismo tiempo que recuerdo todavía en mis pesadillas, aunque hasta hoy no sé
si el grito fue lanzado por el hombre herido o Dios sabe por quien. De todos
modos, y fue lo que más me preocupó de todo, cuando se dispersó el humo el
viejo Karr se había esfumado. Todavía más, no encontramos su cadáver tendido en
el suelo. Ni siquiera había rastro de sangre. La puerta estaba cerrada, lo cual
demostraba que no había podido salir por ella; la bala se había incrustado
profundamente en la madera, lo cual probaba que no había podido ser abierta en
el momento del disparo.”
El jefe hizo una pausa, lanzó un profundo
suspiro y pidió otro trago.
―Quizá sólo se imaginó haberlo visto
―osó sugerir Mayfield.
―¿Me lo imaginé? ¡De ninguna manera!
―negó Finch, dándose una palmada sonora en uno de sus muslos, con una de sus
manos rechonchas―. Todos mis hombres juraron que lo habían visto también.
Además, tuve otra buena prueba, antes de que transcurriera la noche. Sí, una
prueba que hace que sienta un fuerte escalofrío en la columna vertebral, cada
vez que pienso en ella. Apenas habíamos regresado al cuartel general, llevándonos
detenidos a los tres bandidos, cuando me advirtieron que me llamaban
urgentemente por teléfono. Era el agente Ryan, que había estado de guardia ante
la casa de Karr; su voz temblaba tanto que podría haberse pensado que temía que
se produjera una invasión de marcianos.
―¡Jefe, jefe! ¡Por el amor del
cielo! ¡Jefe, salte en su automóvil y venga aquí a toda velocidad!
―¿Qué diablos está pasando?, inquirí
a gritos.
Como un hombre víctima del delirium
tremens, había colgado ya el teléfono sin dar muestras de haberme oído. Por
consiguiente, no me quedaba otra cosa que hacer que ir rápidamente hacia la
casa de Karr gruñendo y maldiciendo como un estibador, y jurando que
destituiría a Ryan en el caso de que su llamada no tuviera objeto.
―Pero, ¿fue inútil su
desplazamiento?
―¡No, de ninguna manera!
Finch se mordió su grueso labio
inferior, meneó la cabeza tristemente y siguió diciendo, con lentitud:
―Cuando llegamos a la casa de Karr,
vimos que todas las luces estaban encendidas. Ryan salió a mi encuentro en
cuanto me bajé del automóvil, y su rostro estaba blanco, bajo la iluminación de
la calle.
Lo seguí hacia el dormitorio del
profesor, y antes incluso de llegar a él, oí que una mujer estaba sollozando.
Cuando entré precipitadamente, lo primero que vi fue al hindú, Rasmani, que me
observaba casi como un gato que se dispusiera a saltar sobre mí. Un segundo
después, me había hecho cargo dei resto de la escena. La pobre anciana,
acurrucada en un rincón, lloraba junto a la cama. Reconocí al doctor Edmunds, puesto
que había sido médico de cabecera de mi hermana; pero cuando me calmé un poco y
observó con mayor atención, vi que había alguien tendido en la cama, tan
inmóvil como una roca. Ya no llevaba sus lentes de montura de carey y sus ajos
vidriosos estaban muy abiertos, reflejando el más extraordinario dolor y
terror.
―¡Santo Dios..., estaba..., estaba
...!
―Cuando entré, el doctor se volvió
de junto al cuerpo tendido ―siguió explicando Larry, sin prestar atención a mi
interrupción.
―Contento de verlo, jefe, ―me
saludó. Hice todo lo que pude; pero parece ser inútil.
―¿Qué pasó, doctor? ¿Le falló el
corazón?.
―Bueno, puede decirse así. Así es
como tendremos qué designarlo en el informe.
Pero noté que tenía ciertas
reservas.
―De todos modos, no creo que
encuentre usted ninguna prueba de violencia.
Entonces, por primera vez, la madre
levantó la mirada. Me sorprendí al ver la fuerza y la furia que demostraba.
―¡Debe haber habido violencia!
¡Emerson tenía el corazón muy sano! ¡Recordará usted muy bien, doctor, que lo
examinó apenas el verano pasado y le dijo que debería vivir cien años!.
―Sí, pero a veces hay complicaciones
que no se aprecian fácilmente, señora Karr.
―¡Pero no escuchó su grito en medio
del silencio de la noche! ¡Nunca olvidaré ese grito, que era como el de un
hombre al que estuvieran asesinando! ¡Y luego..., luego, cuando llegué aquí...
lo encontré..., lo encontré como está ahora..., tirado en la cama!
Era lamentable ver el modo en que la
pobre dama se esforzaba en vencer sus sentimientos. Luego, se rindió y volvió a
sollozar.
―De todos modos, tenía que hacerle
varias preguntas.
Así pues, en cuanto se tranquilizó,
le pregunté, con toda la amabilidad que pude:
―¿Tiene usted alguna idea, señora, de a qué hora se produjo todo?
―Sí, estoy muy segura de ello
―respondió, en cuanto logró controlarse―. No podía dormirme y fui a tomar una
pastilla somnífera en la sala de baño. Vi entonces la hora que era: exactamente
las tres y dieciocho minutos.
―¿Las tres y dieciocho? ―repetí,
extraordinariamente sorprendido―. ¡Fue, precisamente a esa hora cuando lo vi en
Morehouse y le disparé, me sorprendió el modo en que recibieron mi declaración.
No, no por parte de la madre de Karr, sino por Rasmani, que se había mantenido
inmóvil en uno de los rincones.
―Así pues, ¿le disparó usted? ―me
lanzó, en un tono de voz feroz y acusador que no le toleraría nunca a ningún
hombre, a menos que me hubieran destrozado a balazos.
―Bueno, ¿y qué si lo hice? Estaba
allí, junto a los ladrones de cajas fuertes.
Rasmani murmuró algo que no logré
comprender, probablemente una maldición en su lengua nativa. Pero sus
siguientes palabras fueron casi un grito.
―¡Ahora comprendo! ¡Ahora comprendo!
¡Desde el momento en que recibí la llamada telefónica de la señora Karr, que
estaba histérica, sospeché que estaba pasando algo parecido. ¡Usted le disparó
al pobre Emerson! ¿Sabe usted exactamente lo que ha hecho?
Me es imposible explicarles con qué
fuerza me fueron dirigidas esas palabras. Tenían una potencia extraña, algo que
me hizo retroceder hasta un rincón, mientras Rasmani permanecía en pie, frente
a mí, señalándome con un dedo, como un juez QUE ESTUVIERA CONDENÁNDOME.
―Quizá no lo sabía, ―dijo―, que Karr
estaba estudiando Yogi bajo mi dirección.
―Sí, me lo había dicho ya.
―Entonces, debe saber que estaba
todavía en las primeras etapas. Sólo había avanzado lo suficiente para poder
liberar su cuerpo astral, su espíritu, como lo llaman ustedes, los
occidentales, mientras estaba dormido. Podía ir a cualquier lugar que deseara y
ser visto, ya que se trataba de una entidad real...
―Pero, en ese caso, me esforcé en
decir, cada vez más lleno de confusión, ¿por qué se mezcló con ésos bandidos?
Con un movimiento rápido y brusco,
Rasmani metió la mano bajo la cama y sacó un montón de revistas de colores
brillantes: «Relatos de crímenes sangrientos» y otras cosas similares.
―Porque había estado leyendo en
secreto libros como éstos, de violencia, como alivio intelectual; porque así
satisfacía sus impulsos aventureros suprimidos, calmaba además su impaciencia y
contrarrestaba la rutina y la monotonía, que lo habían atormentado durante toda
su vida. Naturalmente, en esas primeras etapas Yogi, cuando el alma se libera
en el suelo toma el camino de menor resistencia, el de sus sueños diurnos que,
en su caso, estaban conectados con delincuentes y detectives. En el astral
inferior, como diríamos nosotros; los orientales. De todos modos, hubiera
llegado a tiempo, a no ser por su disparo.
―¿Mi disparo?
―Sí, su disparo. ¿No entiende ahora
lo que ha hecho? Al dispararle, debido a su enorme ignorancia, le imprimió un
choque terrible a su parte astral. Lo cual, a su vez, fue transmitido al cuerpo
físico, que estaba durmiendo profundamente en la cama. Es bien sabido que
cualquier hombre, incluso el más sano, puede morir a causa de un choque
nervioso suficientemente fuerte. En su caso, el choque recibido fue mucho mayor
de lo que podría resistir cualquier ser humano. Se despertó en un momento de
intenso horror, que hizo que gritara, de modo que lo oyó la señora Karr. Y eso
fue todo. ¡Quizá no lo comprenda usted, jefe Finch; pero es usted un asesino! ¡Un asesino!
Mientras los ojos de Rasmani y de la
señora Karr me seguían acusadoramente, abandoné la habitación.
Me dije que aquel fakir hindú estaba
más loco que un murciélago; pero, de todos modos, me sentía verdaderamente como
un asesino. Y después de que pasó cierto tiempo, sin que volviera a presentarse
aquel diabólico larguirucho en los lugares de los robos, la banda de Rocco pudo
ser aniquilada y vencida. Sabía que Rasmani tenía razón. Karr había hecho algo
más que estar presente cuando los hombres de Rocco estaban efectuando uno de
sus trabajos. Al recordar cómo les estaba haciendo señales inmediatamente antes
de que le disparara, supe que era su guía, su capitán secreto. Quizá algunos de
ellos no lo veían y desconocían todo lo relacionado con él; pero estoy
mortalmente seguro de que algunos de ellos lo siguieron, sin saber que no era
de carne y hueso. Les mostraba dónde hallar buenos botines y cómo huir de
nuestras redes. Y es por eso que cuando reflexiono cuidadosamente en todo ello,
me alegro de haber disparado, ya que, aunque acabé con el viejo Karr, aniquilé
también a la banda de Rocco. Así le pusimos fin a la mayor oleada de delitos
que ha conocido esta ciudad.
Publicado en el libro Cuentos
Macabros
Editorial Novaro, 1972
Scan y Revisión: Centurion, 2003
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