No
es de esperar que el público en general crea las afirmaciones que voy a
efectuar en este documento. Han sido escritas para llamar la atención del señor
Wilfred Cording (o Cordy), si es que aún vive, o de sus amigos y familiares.
Mayores detalles pueden serme solicitados (por cualquiera de esas personas
interesadas) a lista de correos, Wharfedale, Yorkshire. Mi nombre es Chesney, y
soy lo suficientemente conocido allí como para que me lleguen esas cartas.
El
asunto en cuestión ocurrió hace dos años, el último día de agosto. Yo poseía un
pequeño y excelente coto de caza cerca de Kettlewell, pero esa mañana una densa
niebla había hecho la práctica de la caza completamente imposible. Sin embargo,
no me lamentaba de perder el día, puesto que en las inmediaciones había
descubierto recientemente una cueva y me sentía ansioso por explorarla... La
exploración de las grutas naturales es, después de la caza, mi mayor afición.
Sugerí
a mi guardabosque que viniera conmigo a inspeccionar la cueva; me dio alguna
excusa, y yo no insistí. Los habitantes de aquellos lugares contemplan las
cuevas locales con temor, más que con respeto. Nunca confesarán públicamente
que creen en fantasmas, pero me temo que sus creencias van por ahí. En
anteriores ocasiones había tomado reacios ayudantes conmigo para explorar otras
cuevas, y habían resultado un estorbo tal que no insistí más para que el
guardabosque me acompañara. De modo que tomé velas, una caja de cerillas, un poco
de alambre de magnesio, un rollo pequeño de cuerda y un buen frasco de whisky,
y me fui solo.
Hacía
más de una semana que no había visto la cueva, y me sentí irritado al descubrir
por las huellas de botas que un montón de gente la había visitado en el intervalo.
Sin embargo, esperaba que en su mayoría hubieran sido pastores, y confié en
hallar su interior aún sin alterar demasiado.
Era
bastante fácil entrar en la cueva. Empezaba con una pendiente en forma de
embudo compuesta de tierra de turba, fango y arcilla, y muy marcada con huellas
de botas; luego venía una desmoronada pared de grandes piedras, adentrándose
oblicuamente, bajo la cual me arrastré con la cabeza por delante hasta que la
luz detrás de mí disminuyó. El camino se hacía cada vez más oscuro, de modo que
encendí una vela para evitar accidentes, me metí hasta las rodillas en una
rápida corriente de agua, y avancé rápidamente. Era una vulgar cueva caliza,
con pequeñas estalactitas, y mucha humedad por todas partes. No parecía haber
sido visitada, y seguí alegremente adelante.
Luego
las cosas empezaron a ir mal. El techo fue bajando gradualmente, poco a poco
pero de forma constante. Parecía como si pronto mi camino fuera a quedar
cortado. Sin embargo, el agua debajo de mí era cada vez más profunda, y así
vadeé hasta tan lejos como me fue posible. Hacía frío, el agua me llegaba hasta
la barbilla, y el aire no contribuía a mejorar la situación. Empezaba a pensar
que iba a pillar un resfriado sin conseguir ningún resultado apreciable.
Pero
con los caprichos de las cuevas uno nunca sabe. Justo cuando imaginaba que
había llegado ya al final de mis fuerzas, pude volver a ponerme en pie; una
docena de metros más adelante salí a roca seca, y pude descansar un poco y
beber un sorbo de whisky. El techo había desaparecido del alcance de la luz de
la vela, de modo que quemé unos veinte centímetros del alambre de magnesio para
efectuar una mejor inspección. Era realmente una cueva magnífica, bien provista
de estalactitas arriba y estalagmitas abajo; la vela ardía brillantemente,
indicándome que el aire era bueno. Y sin embargo, el aire de aquella cueva no
parecía normal; había algo nuevo en él, y cualquier cosa nueva en la forma en
que huele una cueva es siempre sospechosa. No era el olor de la turba, o del
hierro, o de la arenisca, o de hongos; era un ligero olor almizcleño, bastante
nauseabundo. Cuando inhalé una profunda bocanada de él, casi se me puso la
carne de gallina.
Ante
mí se extendía un lago de agua negra, con una playa de desmoronada piedra
caliza en el extremo más alejado. Tiré una piedra al agua, agitando la
superficie por primera vez en un millón de años. Sí, vale la pena aunque sólo
sea una vez al año explorar alguna cueva para hacer algo así. La piedra se
hundió con un voluptuoso «plop». El agua era a todas luces muy profunda. Pero
ya me había mojado hasta el cuello, así que no me importaba nadar un poco.
Con
un terrón de arcilla fijé una vela en mi gorra, coloqué un par más en la roca
seca como faro para guiar mi regreso, me introduje en el agua, y empecé a
nadar. El olor a almizcle me oprimía, y observé que se estaba haciendo más
fuerte por momentos. De modo que no me entretuve. Calculé que el lago tenía
aproximadamente unos cincuenta metros por treinta.
Llegué
gateando a la desmoronada piedra caliza, con un estremecimiento; el olor a
almizcle era lo bastante fuerte como para hacerme toser. Pero cuando me puse en
pie, y sujeté de nuevo la vela en mi mano, un nuevo estremecimiento me sacudió,
aunque esta vez por causas muy distintas. Una docena de metros más adelante una
parte de la pared se había derrumbado, allí donde algún monstruoso y torpe
animal había quedado aprisionado en las olvidadas eras del pasado, moldeando su
cuerpo y dejando tan sólo el cascarón exterior de su forma y tamaño. Este había
resistido durante años, siendo violado solamente por la acción erosionante del
agua y algún terremoto en los pasados tiempos. Un experto yesero de París
habría podido sacar un modelo exacto de aquella bestia que había desaparecido
del conocimiento del mundo hacía nadie sabía cuántos millones de años.
Se
había tratado de una especie de lagarto o cocodrilo, y con la imaginación
empezaba ya a ver su figura restaurada en el Museo Nacional, cuando mi mirada
fue atraída por algo que yacía entre las piedras y que me devolvió a la tierra
sobresaltado. Me incliné y lo recogí. Era un cortaplumas vulgar y corriente de
mango blanco, del tipo que compran los turistas por un chelín. En uno de sus
lados había el nombre de Wilfred Cording (o Cordy), raspado aparentemente con
una uña. Al principio el nombre estaba claramente grabado, pero el autor del
trabajo debía de haberse ido debilitando, de modo que el apellido era demasiado
impreciso como para estar seguro de él.
En
el nervioso impulso del momento lancé el cuchillo lejos a las negras aguas y
maldije. A un explorador le resulta bastante desagradable descubrir que se le
han adelantado. Pero desde entonces he tenido más de una ocasión de lamentar
las cosas duras que dije contra Cording (si ése es su nombre). Si está vivo, le
pido disculpas. Si, como sospecho, tuvo un terrible fin en esa cueva, transmito
mi pesar a sus familiares.
Miré
al molde del fósil del saurio, ahora con el ardor del descubrimiento casi
apagado. Era consciente del frío ambiente, y el olor almizcleño era más intenso
y más desagradable que nunca. Creo que habría regresado directamente a la luz
del día para cambiarme de ropa si no hubiera creído ver las formas de otro
fósil. Era impreciso, como cualquier cosa que se ve a través de la escasamente
transparente piedra caliza y a la luz de una solitaria vela de parafina. Le di
un malhumorado puntapié.
Se
desprendieron algunas escamas de piedra, y oí distintamente un crujido más
intenso. Pateé más duramente..., con todas mis fuerzas, de hecho. Cayeron más
escamas, y luego hubo una pequeña andanada de crujidos. No sonaba como si
hubiera pateado piedra. Sonaba como si se tratara de algo que cediera. Y
hubiera podido jurar que el olor almizcleño se incrementaba. Sentí que me
invadía una curiosa sensación, en parte frialdad, en parte excitación, en parte
náusea; pero reuní todo mi valor y pateé de nuevo, una y otra vez. La piedra
caliza se desprendía en una lluvia tintineante. Ya no había ninguna duda acerca
de que había algo elástico debajo, y yo estaba convencido de que eso elástico
era el cadáver de otro saurio. Ahí estaba la suerte, ahí estaba el
descubrimiento. Ahí estaba yo, el descubridor del cuerpo de una bestia
prehistórica, preservada en la piedra caliza a lo largo de las eras como habían
sido preservados los mamuts en el hielo siberiano. Mientras pateaba y golpeaba
la dura y escamosa piel de aquel anacronismo, que debía de haber perecido hacía
diez millones de años, me pregunté si aquel descubrimiento me iba a reportar
algún título nobiliario.
Luego,
de pronto, tuve un sobresalto. Hubiera jurado que la carne muerta se había
movido bajo mis pies.
Pero
me grité a mí mismo mi desdén. Diez millones de años... Era imposible. A
continuación tuve otro sobresalto, más intenso esta vez. Mientras levantaba una
piedra para dar otro golpe, una astilla de piedra saltó como si fuera
presionada desde abajo, y voló por los aires. Se me heló la sangre, y por un
momento la soledad de aquella cueva desconocida me resultó opresiva. Sin
embargo, me dije a mí mismo que yo era un hombre adulto; aquello eran
chiquilladas. Seguí mi golpear hasta que un nuevo movimiento no me dejó la
menor duda: la bestia se estaba moviendo realmente, por voluntad propia.
Moviéndose...;
estaba viva. Estaba retorciéndose y agitándose para abandonar el lecho de roca
donde había yacido inmóvil durante todos aquellos incontables ciclos de tiempo,
y yo la observaba con un petrificado terror. Sus esfuerzos arrancaron montones
de desmenuzada roca a la vez. Pude ver los músculos de su lomo tensarse a cada
esfuerzo. Pude ver la parte expuesta de su cuerpo crecer en tamaño cada vez que
dislocaba las paredes de aquella semieterna prisión.
Luego,
mientras yo miraba, dobló el espinazo como un caballo corcoveando y asomó su
gruesa cabeza y sus largos tentáculos, lanzando al mismo tiempo un pequeño y
agudo grito como el de un niño herido. Entonces, con otro esfuerzo, extrajo su
larga cola y se inmovilizó sobre los despedazados restos de la piedra caliza,
jadeando en su recién hallada vida.
La
miré con malsana fascinación. Su cuerpo tenía casi el tamaño de dos caballos.
La cabeza era curiosamente corta, pero la boca se abría casi hasta los hombros;
y brotando de su nariz había dos enormes tentáculos, cada uno de ellos al menos
de dos metros de largo, y rematados con carnosos zarcillos como dedos, que se
abrían y cerraban trémulamente. Su color era de un brillante verde hierba. Y lo
peor de todo era el olor almizcleño.
A
todo esto yo permanecía completamente inmóvil, pero la bestia debió de captar
algún ligero movimiento. No pude ver ningún tipo de orejas; y sin embargo, ella
me oyó, no tengo la menor duda de ello. Peor aún, renqueó girando torpemente
con sus rígidas patas, y agitó sus tentáculos en dirección a mí. No pude
distinguir ningún tipo de ojos; su sensibilidad parecía residir en esos largos
tentáculos y en los carnosos dedos que se retorcían a sus extremos.
Luego
abrió sus grandes mandíbulas, bostezó cavernosamente y avanzó hacia mí. No
parecía mostrar miedo o vacilación. Renqueó torpemente hacia delante,
exhibiendo su monstruosa deformidad a cada momento, precedida siempre por
aquellos odiosos tentáculos.
Durante
un momento permanecí inmóvil en mi lugar, demasiado paralizado por el horror
ante aquella terrible cosa que yo había sacado de su olvidada muerte. Pero
entonces uno de sus tentáculos me tocó, y los carnosos dedos manosearon mi
rostro. El movimiento volvió a mí. La bestia estaba hambrienta después de su
ayuno de diez millones de años... Me di la vuelta y corrí.
Me
siguió. A la débil luz de la solitaria vela podía verla renquear y renquear...,
más aprisa y menos torpemente ahora, a medida que se quitaba de encima el
anquilosamiento que las eras habían impuesto a sus articulaciones. Ahora me
estaba siguiendo con una velocidad idéntica a la mía.
Si
la pesada bestia hubiera mostrado ira, ferocidad, cualquier sentimiento, habría
sido menos horrible; pero carecía absolutamente de emociones en su persecución,
y eso me hizo sentir que estaba perdido, que debía rendirme ante lo inevitable.
Me pregunté torpemente si habría habido otra bestia similar sepultada junto a
ella, y si ésa habría devorado al hombre al que pertenecía el cortaplumas.
Ese
pensamiento me sugirió una idea. Tenía una sólida navaja en mi bolsillo. La
saqué, y me volví para defenderme, justo en el momento en que los tentáculos,
con el fleco de sus manoteantes dedos, se hallaban agónicamente cerca de mí.
Golpeé y tajé fieramente, y sentí mi navaja rozar su armadura. Lo mismo hubiera
podido acuchillar una barra de hierro.
Sin
embargo, aquel intento me hizo bien. Hay un amor animal hacia la lucha
agazapado en lo más profundo de todos nosotros, y el mío se despertó en aquel
momento. No sé si esperaba vencer; pero al menos mi intención era causarle el
mayor daño posible antes de ser derrotado. Lancé una acometida, salté a la
espalda de la reptante bestia y me deslicé detrás de ella; el animal lanzó su
pequeño grito silbante y se volvió rápidamente en mi persecución.
Giramos,
dimos vueltas, fintamos, entre las resbaladizas rocas. Cada vez que estábamos
lo bastante cerca el uno del otro, lanzaba mi cuchillo apenas divisaba una
rendija entre las placas de su armadura. De todos modos, estaba claro que
aquello no podía durar mucho. La bestia ganaba en fuerza y actividad, y
probablemente en rabia irracional, aunque yo no apreciaba ningún signo de ello;
mientras que yo me iba notando cada vez más magullado, más arañado, más
exhausto a cada momento.
Finalmente,
trastabillé y caí. La bestia, con sus torpes y anadeantes pasos cortos, estuvo
sobre mí antes de que yo pudiera volver a alzarme, y en mi desesperación lancé
un brazo hacia arriba para clavar el cuchillo con todas mis fuerzas en la parte
inferior de su cuerpo.
Aquello
resultó, finalmente. La bestia se contorsionó, y se agitó con un frenesí que yo
nunca había visto antes. Su grito se hizo tan agudo y estridente que superó el
silbido de una máquina de vapor. Lancé una y otra vez mis furiosos golpes,
hasta que se apartó desesperadamente de mí y se dirigió con su paso tambaleante
hacia el agua. Se sumergió en ella, nadó enérgicamente con su cola, luego la vi
hundirse y desaparecer por completo.
¿Qué
hacer entonces? Yo también me lancé al agua, y nadé como nunca había nadado
antes. No tenía alternativa..., o corría el riesgo de nadar, o me quedaba allí
esperando ser devorado. Cómo atravesé el lago es algo que no sé. Cómo llegué a
la otra orilla tampoco lo sé. Cómo seguí de vuelta el tortuoso camino hasta la
salida de aquella cueva es más de lo que puedo decir, y tampoco sé si la bestia
me siguió o no en mi huida. De alguna manera alcancé de nuevo la luz del día,
tambaleándome como un borracho. Corrí como pude hasta el pueblo, notando cómo
la gente se apartaba corriendo de mí. En la taberna, el propietario me gritó si
yo tenía la peste. Al parecer, el olor almizcleño que me había llevado conmigo
era insoportable, aunque en aquel momento el detalle de mi olor corporal era
algo que estaba mucho más allá de mis preocupaciones.
Me
quitaron mis apestosas ropas, me lavaron y me metieron en la cama; luego vino
un médico y me dio un sedante. Cuando doce horas más tarde desperté
completamente despejado, tuve el buen sentido de contener mi lengua. Todo el
pueblo deseaba saber de dónde procedía aquel espantoso olor; dije que debía de
haberme caído en algún sitio.
Y aquí termina el asunto, por el momento. No
he vuelto a explorar ninguna cueva, y no ofrezco mi ayuda a aquellos que lo
hacen. Sin embargo, si el hombre al que perteneció ese cortaplumas de mango
blanco está vivo, me gustaría comparar nuestras experiencias.
FIN
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