El señor Bliss regresó a casa del trabajo un lunes
por la tarde. Fue un gran error.
Le dolía la cabeza, y su secretaria, después de
ofrecerle varias medicinas patentadas, junto con los eslóganes de sus
fabricantes, le había dicho:
-¿Por qué no se toma el resto del día libre, señor
Bliss?
Todo el mundo le llamaba señor Bliss. Los otros de
la oficina eran Dave o Dan o Charlie, pero él era el señor Bliss. Le gustaba
así. A veces pensaba que incluso su esposa debería llamarle señor Bliss.
En cambio, estaba hablando con Dios.
Su voz procedía del piso de arriba. Del
dormitorio. No parecía sentir dolor, pero el señor Bliss podría remediarlo.
No estaba sola; alguien gemía en armonía con sus
gritos al Creador. El señor Bliss se sintió amargado por esto.
Sin esperar a colgar su abrigo, caminó de
puntillas hacia la cocina, y sacó del anaquel magnético uno de los cuchillos
japoneses que su esposa había pedido después de verlos anunciados en televisión.
Estaban diseñados para cortar las cosas en pequeños trozos, y estaban
garantizados de por vida, por larga que ésta fuera. El señor Bliss se
encargaría de que su esposa no tuviera lugar a quejas. Se apartó del anaquel,
se detuvo para suspirar, luego retrocedió y seleccionó otro cuchillo. El
primero era para la que quería reunirse con Dios, y el segundo para quien hacía
aquellos ruidos animales.
Después de un momento de reflexión, decidió usar
la escalera trasera. Era más silenciosa, y el señor Bliss intentaba guardar un
gran secreto en cuanto pudiera organizarlo.
Tuvo una erección por primera vez en semanas, y su
dolor de cabeza desapareció.
Se movió con todo el cuidado y la prisa que pudo,
cruzando el parquet y subiendo de dos en dos los escalones con lentas y
dolorosas zancadas. Sabía que un escalón crujía, pero no podía recordar cuál
era, y sabía que lo iba a pisar de todas formas.
Aquello apenas importaba. Los gemidos y jadeos
llegaban in crescendo, y el señor Bliss sospechó que ni siquiera una banda de
cornetas los habría distraído de su asunto. Estaban a punto de conseguir algo,
y quería estar allí antes de que lo hicieran.
El dormitorio ocupaba todo el piso superior de la
casa. Había sido un capricho suyo alagar a su joven esposa con todo el espacio
que su salario pudiera permitir; la escalera alfombrada con buen gusto
conducía inexorablemente hacia él. '
El señor Bliss pisó el escalón que crujía, maldijo
en voz baja y abrió la puerta.
Los ojos de su mujer, girando, eran como canicas
mojadas. Sus labios resoplaban mientras se apartaba el pelo húmedo de la cara.
Los hermosos pechos que le habían persuadido para casarse con ella estaban
cubiertos de sudor, y no todo era suyo.
El señor Bliss ni siquiera reconoció al hombre; no
era nadie. ¿El lechero? ¿Un registrador del censo? Era gordo, y necesitaba un
corte de pelo. Aquello le decepcionó. Ponerle los cuernos con un Adonis al
me-nos habría sido comprensible, pero esto era una afrenta personal.
El señor Bliss dejó caer un cuchillo al suelo, agarró
el otro con las dos manos y lo dejó caer sobre el lugar donde la espina dorsal
se encuentra con el cráneo.
Funcionó de inmediato. El hombre emitió un gruñido
más y cayó de espaldas, la hoja rechinó contra el hueso mientras la cabeza y el
mango golpeaban el suelo.
La señora Bliss estaba allí, sofocada y manchada,
completamente desnuda sobre las sábanas empapadas.
El señor Bliss recogió el otro cuchillo.
La agarró por el pelo y la apuñaló en la cara.
Ella borboteó sangre. Loca, pero metódicamente, hundió el agudo acero en todos
los lugares que pensaba le gustarían menos.
La mayoría de sus experimentos tuvieron éxito.
Ella murió de forma desgraciada.
La última expresión que pudo musitar fue una
mezcla de dolor, reproche y resignación que le excitaron más que ninguna cosa
que le hubiera mostrado desde su noche de bodas.
Aún no había acabado con ella. Nunca había sido
tan sumisa. Se hizo de noche antes de que soltara el cuchillo y se vistiera.
El señor Bliss había creado un revuelo terrible.
Limpiar era siempre una lata, como ella le había recordado tan frecuentemente,
pero se dedicó igualmente a la tarea. Lo peor fue que había apuñalado la cama
de agua, pero al menos aquello había diluido parte de la sangre.
Los enterró en lugares separados del jardín, y llegó
tarde al trabajo. Aquello era algo sin precedentes. Los ceños burlones de sus
colegas le crisparon los nervios.
Por alguna razón no le apetecía volver a casa
aquella noche. En cambio, fue a un motel. Se puso a ver la televisión. Vio una
película de alguien que se dedicaba a matar a varias personas, pero aquello no
le divirtió tanto como había esperado. Sintió que era de mal gusto.
Dejó colgado el cartel de «No molesten» en el pomo
de su puerta todos los días; no deseaba que le molestaran. Sin embargo,
empezaba a molestarle volver cada noche a la cama sin hacer. Le recordaba su
casa.
Después de unos cuantos días, el señor Bliss
sintió vergüenza de volver a la oficina. Aún llevaba puestas las mismas ropas
con las que salió de casa, y estaba seguro de que sus colegas la olerían. Nadie
había ansia-do nunca el fin de semana tan apasionadamente como él.
Entonces tuvo dos días de paz en la habitación del
motel, acurrucado bajo las mantas en la oscuridad, y viendo a la gente
matándose mutua-mente bajo un brillo fosforescente, pero el domingo por la
noche miró sus calcetines y supo que tendría que regresar a casa.
Aquello no le hacía feliz.
Cuando abrió la puerta principal, recordó su
última entrada. Sintió que el escenario estaba preparado. Sin embargo, todo lo
que tenía que hacer era subir la escalera y coger algunas ropas. Acabaría en
cuestión de minutos. Sabía dónde estaba todo.
Usó la escalera principal. La alfombra hacía los
escalones más silenciosos, y de alguna manera sentía la necesidad de emplear
cautela. De todas formas, no le gustaba la escalera trasera.
A mitad de camino, advirtió dos cuadros de rosas
que su esposa había puesto allí. Los quitó. Esta era su casa ahora, y los
cuadros siempre le habían molestado vagamente. Por desgracia, los espacios blancos
que dejaron en la pared le molestaron también.
No sabía qué hacer con las pinturas, de modo que
se las llevó al dormitorio. Allí no parecía haber manera de librarse de ellas.
Tuvo miedo de que esto pudiera ser un presagio, y durante un segundo consideró
la idea de enterrarlas en el jardín. Esto le hizo reír, pero no le gustó el
so-nido. Decidió no volver a hacerlo.
El señor Bliss se plantó en medio del dormitorio y
miró a su alrededor, críticamente. Había hecho un buen trabajo. Estaba
abriendo un cajón de la cómoda cuando oyó un golpe sordo debajo. Miró sus
calzoncillos.
Un roce siguió al golpe, y entonces oyó el sonido
de algo que subía por la escalera trasera.
No se preguntó qué era; ni siquiera por un
instante. Cerró el cajón y se dio la vuelta. Su párpado izquierdo temblequeó;
pudo sentirlo. Caminó sin pensarlo hacia la escalera delantera cuando oyó que
la puerta se abría. Sólo un sonido débil, un cerrojo descorriéndose. De
repente, sintió el interior de su cabeza tan grande como el dormitorio.
Sabía que venían a por él, uno de cada lado. ¿Qué
podía hacer? Corrió por la habitación, golpeando todas las paredes y
descubriendo que eran sólidas. Entonces se apostó junto a la cama y se llevó
una mano a la boca. Una risita histérica se le escapó entre los dedos, y esto
le puso furioso porque era un momento importante.
Venían a por él.
Pasara lo que pasase con él (no más trabajo, no
más televisión), había inspirado un milagro. Los muertos habían vuelto a la
vida para castigarle. ¿Cuántos hombres podían decir lo mismo? ¡Venid, sonidos
reptantes! Esto era un triunfo.
Se apoyó contra la pared para tener mejor visión.
Cuando las dos puertas se abrieron sus ojos oscilaron de un lado a otro. Se
pasó la lengua por los labios. Experimentó un éxtasis de horror.
El desconocido, por supuesto, había usado la
escalera trasera.
Había intentado olvidar qué amasijo había hecho
con ellos, especial-mente con su esposa. Y ahora estaban aún peor.
Y, sin embargo, mientras ella se arrastraba por el
suelo, hubo algo en su pálida piel, manchada de púrpura donde la sangre se
había secado, que le llamó la atención como rara vez había hecho antes. Su piel
estaba salpicada de rica tierra marrón. «Necesita un baño», pensó, y empezó a
resoplar con una risa que pronto sería incontrolable.
Su amante, que se aproximaba desde el otro lado,
estaba apenas marcado. No había sentido ningún deseo de castigarle, sólo de
detenerle. No obstante, el golpe del cuchillo le había cortado la espina
dorsal, y su cabeza colgaba desagradablemente. La extraña decepción que el señor
Bliss había sentido por la gordura del hombre se intensificó. Después de seis
días bajo tierra, lo que se arrastraba hacia él era positiva-mente rechoncho.
El señor Bliss trató de sofocar sus risas hasta
que los ojos se le anega-ron de lágrimas y resopló. A pesar de que su fin se
aproximaba, vio su imposible ansia de venganza como su reivindicación
definitiva.
Sin embargo, sus pies no estaban tan dispuestos a
morir como él. Corrieron por la alfombra hacia la puerta del ropero.
Su esposa le miró como pudo. Los ojos dentro de
las órbitas parecían encogidos, como pasas inquisidoras. Una parte de ella,
donde había cortado profundamente, cayó al suelo.
Su amante se arrastró hacia adelante apoyándose en
manos y pies, dejando una especie de rastro detrás.
El señor Bliss arrastró la cama para hacer una
barricada. Dio un paso atrás hacia el ropero. El olor del perfume de ella y de
su sexo le en-volvían. Estaba enterrado en sus ropas.
Su esposa llegó a la cama primero, y agarró las sábanas
con los pocos dedos que le quedaban. Se encaramó a ella. La sangre manchó las
sábanas. Desde luego, éste era el momento de cerrar la puerta del ropero, pero
quería mirar. Estaba absolutamente fascinado.
Se arrastró sobre las almohadas, sacudiendo los
brazos, y luego quedó tumbada de espaldas. Hubo un borboteo. ¿Podía estar
muerta por fin?
No.
No importaba. Su amante llegó arrastrándose por el
otro lado. El señor Bliss quiso ir al cuarto de baño, pero el camino estaba
bloqueado.
Dio un respingo cuando el amante de su esposa (por
cierto, ¿quién era ese cadáver que se arrastraba?) estiró unos dedos
gordezuelos, pero en vez de buscar venganza los dedos cayeron sobre lo que
habían sido los pechos del cuerpo que tenía debajo. Empezaron a moverse
suave-mente.
El señor Bliss se ruborizó cuando empezó el
ritual. Oyó sonidos que le habrían hecho sonrojarse incluso cuando la carne
estaba viva: sacudidas líquidas, gemidos cadavéricos y gritos sobrenaturales.
Se encerró en el ropero. Lo que tenía lugar en la
cama ni siquiera se tomó la molestia de mirarle. Estaba enterrado en seda y
poliéster. Era peor de lo que había temido. Era insoportable.
Después de todo, no habían venido a por él.
Habían venido a buscarse mutuamente.
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