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Eric Frank Russell - Cita al mediodía



Appointment at noon, © 1954 (Amazing Stories, Marzo de 1954).


Henry Curran era robusto, ocupado, y le molestaban las nimiedades. Tenía la constitución de un luchador de lucha libre, el alma de un tigre, y su tiempo valía más de mil por hora. No sabía de nadie que cobrase más.
¿Y decían que el crimen no pagaba? ¡Bah!
La táctica de la jungla daba resultado. Toda la oposición ha sido eliminada por condicionamiento de los hombres gracias a eso a lo que llamamos civilización. Entrando en su espaciosa oficina con el rá­pido y pesado paso de un hombre robus­to en plena posesión de sus facultades combativas, Henry colgó su sombrero en una percha, miró al reloj de pared, y se fijó en que eran las doce menos diez.
Plantándose en el asiento tras el escri­torio, mantuvo su mirada expectante sobre la puerta por la que había entrado. Su espera duró unos diez segundos. Re­soplando al pensar en ello, Curran exten­dió la mano y apretó un botón rojo en su enorme mesa.
–¿Qué es lo que pasa? –estalló cuando la señorita Reed entró–. Cada día es usted peor. ¿Acaso le está llegando la se­nectud?
Ella se quedó quieta –era alta, bien cui­dada y precisa– contemplándole desde el otro lado del escritorio, con un toque de humildad nacido del miedo en sus ojos. Curran empleaba únicamente a personas sobre las que sabia demasiado.
–Lo lamento, señor Curran, estaba...
–No me cuente su coartada. ¡Sea más rápida, o de lo contrario...! Me gusta la velocidad. Velocidad... ¿comprende?
–Sí, señor Curran.
–¿Ha telefoneado ya Lolordo?
–No, señor Curran.
–Ya debería haber acabado, si todo fue bien –contempló de nuevo el reloj, gol­peó irritado su mesa–. Si lo ha estropea­do todo y corre la voz, diga que dejen a Lolordo cocerse en su propia salsa. De to­das maneras, no está en posición de ha­blar. Una temporada en la cárcel le ense­ñará a no ser estúpido.
–Sí, señor Curran. Hay un viejo...
–Cállese hasta que haya terminado. Si Michaelson llama y dice que la Firefly pa­só, telefonee a Voss y dígaselo sin pérdi­da de tiempo. ¡Y quiero decir sin pérdida de tiempo! ¡Es importante! –recapacitó un momento, y luego terminó–: Hay esa reunión en la parte baja de la ciudad a las doce veinte. Dios sabe cuánto tiempo durará, pero, si quieren problemas, los van a tener, y muchos. Si alguien pregun­ta por mí, no sabe donde estoy, y no me espera de regreso hasta las cuatro.
–Pero, señor Curran...
–Ya oyó lo que dije. Nadie puede verme antes de las cuatro.
–Hay un hombre que ya está aquí –di­jo ella con una especie de jadeo de ex­cusa–. Dijo que tenía una cita con usted para las doce menos dos minutos.
–¿Y se creyó una cosa como ésa? –la estudió con abierto desprecio.
–Sólo puedo repetir lo que dijo. Pare­cía bastante sincero.
–Eso si es raro –se burló Curran–. Sinceridad en la sala de espera. Se ha equivocado de dirección. Vaya y dígale que se eche a las vías del tren.
–Le dije que usted había salido, y que no sabía cuándo regresaría. Se sentó y me dijo que esperaría, porque usted iba a volver a las doce menos diez.
Involuntariamente, ambos miraron al reloj. Curran dobló el brazo, y contempló su reloj de pulsera para comprobar la exactitud del instrumento de la pared.
–Eso es lo que los grandes cerebros científicos llamarían precognición. Yo di­ría que fue pura suerte. Debería apostar a las carreras –hizo un gesto definitivo–. Échelo fuera... ¿O tengo que hacer que los chicos lo hagan por usted?
–No será necesario. Es viejo y ciego.
–No me importa un mismísimo comino si además le faltan los brazos y las pier­nas... es su mala suerte. Échelo a patadas.
Obedientemente, ella salió. Pocos mo­mentos después regresaba, con el aire martirizado de alguien que se ve obligado a enfrentarse con su destino.
–Lo lamento terriblemente, señor Cu­rran, pero insiste que tiene una cita con usted a las doce menos dos minutos. Tie­ne que verle acerca de un asunto personal de tremenda importancia.
Curran resopló hacia la pared. El reloj decía que faltaban cuatro minutos para las doce. Habló con énfasis sardónico:
–No conozco a ningún ciego, y no olvi­do nunca una cita. Échelo escaleras abajo.
Ella dudó, quedándose allí con los ojos muy abiertos.
–Me preguntó sí...
–¡Escúpalo de una vez!
–...sí no habrá sido enviado por alguien que prefiera que no lo pueda identificar a usted al verlo.
Se lo pensó un poco, y dijo:
–Podría ser. De vez en cuando, utiliza usted el cerebro. ¿Cuál es su nombre?
–No lo quiere decir.
–¿Ni mencionar qué asunto le trae?
–No.
–¡Hum! Le daré dos minutos. Si va mendigando para alguna caridad, lo echa­ré por la ventana. Dígale que mi tiempo es precioso, y hágalo entrar.
Se fue, y trajo al visitante, llevándolo a una silla. La puerta se cerró silenciosa­mente tras ella. El reloj marcaba las do­ce menos tres minutos.
Curran se recostó y contempló a su visi­tante, observando que era alto, delgado y de cabello cano. La ropa del viejo era uni­formemente negra, de un profundo, som­brío y solemne color negro que acentua­ba la brillantez de los azules ojos ciegos que se delineaban sobre su pálida faz.
Aquellos extraños ojos eran su caracte­rística más notable. Tenían una cualidad muy curiosa de una ciega penetración, co­mo si de alguna manera pudieran ver dentro de las cosas a las que no podían mirar. Y estaban tristes... tristes por lo que veían.
Notando una débil sensación de alarma, por primera vez en su vida, Curran dijo:
–¿Qué puedo hacer por usted?
–Nada –respondió el otro–. Nada en absoluto.
Su baja voz, parecida a la de un órgano, apenas si era un susurro, y con su sonido una extraña frialdad llenó la habita­ción. Se quedó allí sentado, quieto y contemplando lo que fuera que mirase un cie­go. El frío aumentó, se hizo punzante, y Curran se estremeció a pesar suyo. Re­sopló, y logró recuperar el aplomo.
–No malgaste mi tiempo –advirtió–. Diga lo que le trae aquí, o váyase al in­fierno.
–La gente no malgasta el tiempo. Es el tiempo el que desgasta a la gente.
–¿Qué demonios quiere decir? ¿Quién es usted?
–Ya sabe quién soy. Cada hombre es un Sol que brilla para sí mismo hasta que es apagado por su compañero obscuro.
–No tiene usted gracia –dijo Curran, quedándose helado.
–Nunca hago gracia.
La mirada de tigre iluminó los ojos de Curran cuando se ponía en pie, y coloca­ba un grueso y firme dedo cerca del pul­sador de su escritorio.
–¡Basta de tonterías! ¿Qué es lo que busca?
Extendiendo repentinamente un brazo que no tenía longitud ni dimensiones, la Muerte susurró tristemente:
–¡A usted!
Y se lo llevó.
Exactamente a las doce menos dos mi­nutos.




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