de "Reventando Corbatas", ©
1988 Torres Agüero Editor
Pulpo
El hombre se entera que esta noche, en el Verde, hay cazuela de pulpo,
así que decide no perdérsela y ahí está acodado a la barra, esperando y
dispuesto a disfrutar de una buena cena ya que se trata de uno de sus platos
favoritos. Aparece Romero, un carpintero del barrio. Saluda y se le sienta al
lado. El hombre contesta amablemente, aunque este encuentro no lo haga feliz.
Pensaba comer en paz y sabe que Romero tiene el vicio de la comunicación,
práctica que el hombre no reprueba, salvo cuando intentan experimentarla con
él. Efectivamente, Romero se larga a hablar y a contarle de su vida. Está
realizando un trabajo importante, en la casa de una turca, viuda, que vive con
tres hijas cuyas edades oscilan entre los veinte y los treinta años.
Mientras escucha, el hombre advierte que alguien se ha sentado del otro
lado, a su izquierda. Reconoce a Pierre Fontenelle, el Exorcista. Lo ha visto
una sola vez, pero es inconfundible con su sobretodo negro y la polera blanca
en la noche calurosa. El hombre se pregunta si volverá a repetir la ceremonia
de la hostia.
Romero, mientras tanto, sigue con su historia: teniendo en cuenta que el
trabajo encomendado se prolongará bastante tiempo y que él vive solo, un
mediodía la turca mayor le propone que ocupe momentáneamente una piecita en la
terraza de la casa. Romero acepta. Por lo tanto se muda, trabaja, almuerza y
cena con las mujeres. Una noche, tarde, se abre la puerta de la pieza donde
duerme y en la claridad lunar advierte que está recibiendo la visita de la
turca mayor. Tienen un encuentro muy acalorado, después la turca se va y sigue
la rutina de siempre.
A la noche siguiente, vuelve a abrirse la puerta. Romero piensa que se
trata nuevamente de la turca mayor, pero esta vez la que acude es una de las
turquitas. Posteriormente aparece la segunda turquita y luego la tercera.
Durante el día nadie habla del asunto y es como si se tratara de un gran
secreto. Romero trabaja duro, se alimenta bien, se acuesta y espera.
El hombre oye, a su izquierda, la voz del Exorcista que recita: "La
amada se desliza a través de la noche con andar de gacela y sus labios son
dulces como el néctar de las flores". Aclara: "Cantar de los
Cantares."
Pide perdón por la interrupción, estira la mano por delante del hombre y
se presenta a Romero: "Pierre Fontenelle." Inmediatamente pregunta si
las cuatro mujeres son lindas. Romero contesta que son ardientes y que según su
modesta opinión, en cuanto a mujeres fogosas, no hay nada que supere a una
turca fogosa, no importa la edad que tenga. El hombre percibe que hacia la
izquierda, por el lado del Exorcista, acaba de aumentar considerablemente la
temperatura ambiente. Por fin llega la cazuela.
Apresado entre dos fuegos, el hombre se resigna y empieza a comer. De
pronto advierte que el Exorcista extrae una hostia del bolsillo, la sostiene en
la mano y la aprieta un poco con el pulgar en la parte superior, de manera que
se ahueque y tome forma de cuchara. Después introduce la hostia en la cazuela,
la maneja con habilidad y consigue llevarse un buen trozo de pulpo. Se chorrea
salsa sobre la solapa del sobretodo y se limpia con una servilleta de papel. Al
hombre esto no le gusta nada y está a punto de ponerse un poco maleducado. Pero
recapacita y se dice que nada ni nadie conseguirá arruinarle la cena, así que
se dirige al Exorcista y solamente pregunta: "¿Ya no las come con
vinagre?" "Según la hora", contesta Pierre Fontenelle.
Mientras tanto, Romero sigue con su historia y confiesa que si bien la
situación con las turcas le agrada, está comenzando a sentirse un poco raro,
como si se encontrase apresado en una tela de araña y se lo estuviesen
devorando lentamente. El Exorcista vuelve a interrumpirlo y, disculpándose,
opina que en esa casa reina una enorme confusión, un gran extravío y que esas
mujeres, sin duda, necesitan un guía espiritual. Por lo tanto se ofrece para
efectuar una visita desinteresada a las turcas, esa misma noche si Romero lo
desea. Ahí nomás le pide la dirección. Romero se hace el tonto y no contesta.
El Exorcista declama: "Si entras en casa de mujer sola y esa mujer se
enseñorea sobre tu cuerpo y espíritu, no deseches la ayuda del hombre sabio.
Agustín, Confesiones." Vuelve a pedir la dirección de las turcas y Romero
sigue haciéndose el distraído.
El hombre, de reojo, ve que en la mano del Exorcista acaba de aparecer
una cosa blanca y redonda que pretende avanzar hacia el pulpo. Entonces toma
rápidamente la cazuela y se muda a una mesa. Automáticamente, el Exorcista y
Romero se sientan con él. El hombre se corre hasta quedar arrinconado contra la
pared. Protege la cazuela con la mano izquierda, mientras come con la derecha.
El Exorcista insiste: "Cuando tropieces con cuatro mujeres y
adviertas que sus almas están muy confundidas, acude inmediatamente a un hombre
del Señor, porque él, sólo él y únicamente él podrá aportar ayuda a las
extraviadas hijas del Levante. Pablo, Epístola a los Corintios."
Romero sigue sin largar prenda. El hombre, siempre en la posición de
defender su pulpo, oye la última frase de Pierre Fontenelle y se dice que esa
carta, seguramente, los Corintios no la recibieron nunca.
Golpe de calor
a
Raúl Santana
Después de la noche en que defendiera
tan angustiosamente su cazuela de pulpo ante las oscuras intenciones de Pierre
Fontenelle, apodado el Exorcista, el hombre no había vuelto a toparse ni con
Pierre ni con el carpintero Romero. Hasta hoy, cuando ve al carpintero parado
en la esquina, jugueteando con unas tuercas que va pasando de una mano a la
otra. Romero ostenta una mirada maligna y las tuercas son de grueso calibre.
Charlan un rato y el hombre se entera que Romero sigue enquistado en el hogar
de la turcas y que cada noche, en aquella piecita de la terraza, va recibiendo
ordenadamente los favores de las cuatro fogosas hijas del Levante.
Mientras escucha, el hombre deduce que la casa en cuestión debe quedar
cerca, ya que ésta es la segunda vez que encuentra a Romero dando vueltas por
el barrio y es sabido que nadie arriesgaría alejarse demasiado del lugar donde
viven y lo aguardan cuatro fogosas hijas del Levante. De todos modos, como se
vio, la dirección es algo difícil de conseguir y es probable que el paradero de
la turca mayor y las tres turquitas siga permaneciendo un misterio para todos y
para siempre.
O para casi todos. Porque resulta que hace exactamente dos días,
alrededor de las once de la mañana, desde la terraza, Romero descubrió a un
tipo parado en la vereda de enfrente, quieto bajo el sol, con un libro abierto
y en actitud de orar más que de leer. De tanto en tanto el fulano levantaba la
vista y miraba la casa. A Romero no le costó trabajo identificar a Pierre
Fontenelle, fundamentalmente porque llevaba puesto el inconfundible sobretodo
negro. Cómo llegó hasta ahí, a qué tortuosos recursos apeló para averiguar la
dirección, es algo que jamás se sabrá. Después de media hora, un poco más, el
Exorcista se fue. Regresó al día siguiente–ayer–, oró, mantuvo una guardia
prolongada y partió.
Anoche, pensando y pensando, Romero recordó que cuando chico era
insuperable en el arte de voltear pájaros a hondazos. Por lo tanto se fabricó
una buena horqueta, consiguió dos tiras de goma, un pedazo de cuero y armó una
sólida honda. Pasó por una obra en construcción , revolvió en una pila de canto
rodado y se proveyó de un puñado de proyectiles bien contundentes.
Como era de prever, esta mañana, poco antes del mediodía, volvió a
aparecer el Exorcista. Se detuvo en la vereda de enfrente, abrió el libro e
inició su ceremonia. En la terraza, oculto detrás de unas macetas, Romero tomó
puntería y disparó. Fue un impacto entre ceja y ceja. El Exorcista cayó hacia
atrás y quedó desparramado en el suelo. Acudieron unas muJeres que regresaban
del mercado, lo apantallaron con un diario y trataron de reanimarlo. Una de
ellas golpeó en la casa de las turcas y pidió un vaso de agua Mientras tanto,
las otras lo levantaron y lo ayudaron a cruzar la calle para sacarlo del sol.
Apareció el vaso de agua, apareció una silla, el Exorcista entró al patio de la
casa de las turcas y terminó sentado a la sombra de una parra. Una de las
mujeres comentó que seguramente se trataba de un golpe de calor y que ese señor
estaba excesivamente abrigado teniendo en cuenta los treinta y dos grados de
temperatura.
El Exorcista tenía una expresión beatífica, pero seguramente no se debía
al hecho de que se sintiera bien, sino a que el hondazo lo había dejado medio
tonto Cuando consiguió hablar declaró, en tono profético haber sido tocado por
un rayo, algo sobrenatural venido desde arriba, un impacto terrible, pero al
mismo tiempo benéfico, porque había sido justamente esa luz lo que le había
permitido franquear la puerta de la casa.
Después tomó café y una copita de licor. Repuesto, con una sonrisa de
comprensión iluminándole la cara, relató una dudosa variante de la historia del
Buen Samaritano . Ya era la hora de almorzar, las turcas lo invitaron
amablemente a quedarse y el Exorcista aceptó. Bendijo la comida y seguidamente
deslumbró a las dueñas de casa con abundantes citas en latín, inmediatamente
traducidas, para gran regocijo de las cuatro turcas, que no paraban de llenarle
el plato y la copa y se sentían evidentemente felices y honradas con la presencia
de un huésped tan distinguido.
El que no se sentía feliz era Romero, que desde el otro extremo de la
mesa elaboraba planes sumamente sórdidos. Llegaron al final del almuerzo y hubo
más café y más licor y hacia el atardecer el Exorcista anunció que se retiraba,
pero que volvería al día siguiente y aseguró una vez más que lo sucedido en la
calle no había sido un accidente sino una señal auspiciosa, y nientras besaba a
las damas en ambas mejillas les prometió que jamás las privaría de su apoyo espiritual.
Ni bien el Exorcista desapareció, Romero se dedicó a perfeccionar su
honda y consiguió unas tuercas con las que se podría voltear un caballo. Son
las mismas que va pasando de una mano a la otra, mientras explica que ya eligió
un lugar estratégico donde interceptará la marcha del intruso hacia la casa de
las turcas.
Ahí está, sopesando los proyectiles, en la esquina de Paraguay y
Reconquista, el carpintero Romero, insuperable en el manejo de la honda,
firmemente decidido a convertir a Pierre Fontenelle, el Exorcista, en una
moderna versión del gigante Goliat.
El mejor alimento
Ayer a las cuatro de la tarde, cuando
acababa de cruzar la calle Paraguay, mientras subía a la vereda, el octogenario
don Honorio, viejo vecino del barrio, se desplomó y murió. Alguien se ocupó de
llamar por teléfono, apareció una ambulancia, cargaron al minúsculo cuerpo del
anciano sobre una camilla, lo cubrieron con una sábana, lo metieron en el
vehículo y adiós don Honorio.
Esta mañana, frente al puesto de verduras del mercado de la calle San
Martín, un grupo de clientas comenta lo ocurrido. El hombre está presente,
escucha, comparte. Las mujeres lamentan la triste suerte de don Honorio. Una,
con énfasis, señala la ineficacia del servicio de ambulancias, ya que la de
ayer tardó media hora en aparecer y cuando llegó, claro, don Honorio estaba
muerto, pero hasta unos minutos antes seguía vivo, ella puede asegurarlo porque
estaba ahí. Todas opinan, se quejan. Mientras tanto, del otro lado del
mostrador, don Yaco, el verdulero, las apura: "La siguiente, vamos que no
tenemos todo el día." Una de las señoras señala que don Honorio era muy
creyente porque siempre se lo encontraba en la primera misa, comulgando en la
Basílica del Santísimo Sacramento, que está ubicada detrás del edificio
Kavanagh. Otra confirma la religiosidad de don Honorio porque también ella
solía verlo comulgando, pero en la iglesia Santa Catalina de Siena, en San
Martín y Viamonte. Una tercera agrega un detalle curioso: cierta vez se lo
cruzó muy temprano en una iglesia del barrio, pero más tarde, de visita en casa
de una parienta, por Constitución , y habiéndola acompañado a misa, volvió a
toparse con don Honorio, comulgando por segunda vez en el mismo día.
Un anciano que hasta ahora no habló, pide permiso para intervenir y
asegura que nadie, salvo él, conoce la verdadera historia de don Honorio. Las
mujeres le ceden la palabra. Don Honorio– relata el anciano– vivía en una
piecita, en la terraza de uno de los edificios de la calle Reconquista, cobraba
una pensión miserable que no le alcanzaba ni para pagar la luz. Así que,
imposibilitado de trabajar y negándose a mendigar, tuvo que inventar algo para
sobrevivir y no morirse de hambre. Decidió alimentarse de hostias. En su
piecita tenía un mapa de la ciudad y, marcadas con cruces rojas, todas las
iglesias. Una flecha señalaba el camino más corto para ir de una a otra. Así
que cada mañana don Honorio partía de madrugada, con su paso lento, apoyándose
en el bastón, recorría todas las iglesias posibles y comulgaba. De esta forma,
al cabo de la jornada, conseguía echar un poco de alimento en su maltratado
estómago. "De todos modos–concluye el anciano–, no es improbable que haya
muerto de inanición."
La historia causa impresión en las mujeres y agrega un matiz nuevo a la
charla. Una, escandalizada, sostiene que don Honorio estaba cometiendo pecado.
Otra, comprensiva, considera que dadas las circunstancias, sería imposible
culparlo. Una tercera, gorda, autoritaria, dice: "Creo que es uno de los
casos en que el cuerpo del Señor ha sido bien utilizado." Una cuarta apoya
el criterio de la gorda: "Bien mirado, el cuerpo de nuestro Señor es el
mejor alimento."¿Cuántas hostias podría consumir por día?", pregunta
otra. Se oye la voz de don Yaco: «No muchas, a esa edad se come como un
pajarito." Una anciana que está con su nieta razona: "¿Cómo podría
morir de inanición alguien que se alimenta de eso?" La nena, que ha estado
escuchando todo con atención, interviene: "¿No se habrá intoxicado?"
La abuela le pega un tirón de pelos y la hace callar. La nena se queja, se
frota la cabeza, murmura: "Y bueno, si comía tantas a lo mejor se
intoxicó."
La primera mujer: "Seguro que para hacer las cosas más rápido las
masticaba y eso sí es pecado." Nuevo aporte del anciano que contó la
historia de don Honorio: "Oí decir que una vez intentó profanar el
sagrario para llevarse las hostias; para mí que ya no podía comer otra
cosa." Don Yaco: "Se había convertido en adicto, toda adicción es
mala." Otra mujer: "Profanar el sagrario es una herejía, no me digan
que no." Nuevas interpretaciones. Ahora más acaloradas. La cosa promete
durar y ponerse interesante. De tanto en tanto, el aporte de don Yaco que sigue
arrojando frutas y verduras sobre la balanza: "¿Por qué no consultan con
el Vaticano?" Y así va transcurriendo la mañana.
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